Frederica

Georgette Heyer · Capítulo 9 de 28

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Frederica

Capítulo 9

9

 

M ientras el marqués disfrutaba de una placentera estancia en Cheveley, asistiendo a diario al segundo encuentro de primavera de Newmarket, y viendo a su prometedora yegua, Revoltosa , ganar a sus competidores, las señoritas Merriville estaban ocupadas con los preparativos necesarios para su próxima aparición en Alverstoke House, sin verse excesivamente importunadas (salvo por un incidente) por sus hermanos pequeños. Al encontrar a su hermano inmerso en sus estudios, y a sus hermanas debatiéndose entre encajes y puntillas, Felix intentó divertirse por su cuenta. Recordó que el marqués le había dicho que el señor Trevor estaba dispuesto a acompañarle a Margate en barco de vapor, pero cuando fue a Alverstoke House a recordárselo, se llevó una decepción al descubrir que Charles se había tomado una semana de descanso fuera de la ciudad. Felix se llevó un chasco, pero pensó que al menos podría acercarse al río a ver cómo zarpaba el barco. Eso (como explicó más tarde) era lo único que pretendía hacer; y si el día no hubiera sido tan espléndido, las hélices tan fascinantes y el billete a Margate tan barato (si a uno no le importaba ir en el camarote común), es lo que habría hecho. Pero la combinación de estas circunstancias, unida a la riqueza que tintineaba en su bolsillo, vencieron su virtuosa resolución de no hacer nada que pudiera molestar a Frederica. Aunque la guinea que le dio el marqués no estaba intacta, al menos quedaba bastante para desembolsar nueve chelines por el privilegio de pasar unas horas en un barco abarrotado, en compañía de unas personas a las que su escrupuloso hermano habría calificado de miembros del populacho. Además, en el muelle se había hecho amigo del ingeniero, que era un tipo estupendo. Perder semejante oportunidad de ampliar sus conocimientos habría sido un pecado. Estaba seguro de que Frederica lo entendería.

En realidad, Felix pasó muy poco tiempo en el camarote común. Su entusiasmo sincero y su facilidad para hacer amigos le resultaron muy útiles, y la tripulación acabó cogiéndole cariño. Aquello, como reconoció Frederica al recompensar al fornido individuo que le devolvió a Felix al día siguiente, fue una suerte. De lo contrario, su hermano se habría visto obligado a pasar la noche en la playa, porque el dinero que le quedaba en el bolsillo no era suficiente para pagar un alojamiento en Margate. Así que Felix ofreció sus servicios al capitán (otro tipo estupendo) que, después de darle una condecoración, le dejó permanecer a bordo y lo trajo de vuelta a Londres como polizón; circunstancia que pareció proporcionarle una inmensa satisfacción.

Muy apenado, Felix dijo que sentía mucho haber preocupado a su familia, y que estaba dispuesto a aceptar el castigo que Frederica quisiera imponerle.

Pero como era evidente que ni el más severo castigo podía arrebatarle el placer de haberse mareado en la travesía de Margate a Ramsgate, y de haberse manchado de pies a cabeza de grasa y suciedad, Frederica no le impuso ningún castigo, y se limitó a pedir a Jessamy que lo vigilara. A diferencia de Charis, que era muy sensible y no había dormido en toda la noche esperando el regreso de su hermano, e imaginando los terribles accidentes que podía haber sufrido, Frederica había permanecido, a excepción de algunos recelos inevitables, bastante tranquila. Cuando Charis le reprochó su actitud, le recordó las numerosas ocasiones en que Felix, después de preocuparlas, había vuelto de sus peligrosas aventuras sin un solo rasguño. Su opinión se vio respaldada por la señorita Winsham, que dijo que aquel condenado mocoso era como un gato: siempre caía de pie.

Debatiéndose entre la desaprobación y la admiración secreta por su hermano, Jessamy aceptó la tarea de vigilarlo, y (para sorpresa de Felix) se limitó a soltarle una pequeña regañina. Aunque no quería perder el tiempo en Londres, muchas veces sentía el impulso de alejarse de los libros y disfrutar de algunas de las diversiones que ofrecía la metrópoli. El encargo de Frederica le ofreció una inestimable excusa para rendirse a sus instintos. Y aunque arrastró a Felix por los numerosos escalones del monumento al gran incendio, informándole (cuando, por seis peniques cada uno, se asomaron al balcón de hierro que había en lo alto) de que era siete metros más alto que la columna de Trajano, esa fue la primera y última visita educativa de la semana. Una vez que Felix hubo comprobado que la Casa de la Moneda (con su poderosa maquinaria de vapor y su alumbrado de gas) solo podía visitarse con una recomendación especial, se mostró dispuesto a disfrutar de espectáculos menos instructivos, como los tigres y los leones de la casa de fieras, una representación acuática en Sadler’s Wells, un apasionado melodrama en el teatro de Surrey y un combate de boxeo en el Fives Court, en St. Martin’s Street. Pero en ese momento intervino la mala conciencia de Jessamy, que se negó a llevar a Felix a una ópera bufa y a una pelea de gallos. Como no había visto otra función teatral que algunas escenas de Shakespeare, representadas en casa de su padrino con ocasión de la Navidad, Jessamy se había dejado llevar por el melodrama y había hecho oídos sordos a su conciencia, que le susurraba que llevar a Felix al teatro de Surrey implicaba exponer su alma a la corrupción. Pero cuando vio a los espectadores del Fives Court ya no pudo ignorar su conciencia, que le gritaba que no solo estaba arrastrando a su hermano por los caminos del vicio, sino que él mismo corría el peligro de sucumbir a las malvadas tentaciones de Londres.

Como Felix se negó a visitar otras atracciones más inofensivas como la Catedral de San Pablo, la Torre de Londres y el Museo de Bullock, a Jessamy se le ocurrió proponerle una travesía en barco de Paddington Basin a Uxbridge. A Felix no le habría quedado más remedio que aceptar el viaje (que, para alguien que había experimentado los placeres del barco de vapor, solo podía ser un aburrimiento), si no hubiera descubierto en su guía la existencia de Peerless Pool. Este espacioso balneario, con su piscina cubierta, su campo de bolos, su biblioteca y su estanque, estaba situado en Moorfields, detrás del hospital de Bethlem. Jessamy, que estaba empezando a conocer Londres, sospechó, debido a su ubicación, que tal vez no fuera un lugar recomendable. Pero cuando descubrió que antes era conocido como «la laguna peligrosa», debido a la cantidad de personas que se habían ahogado allí, su reticencia a visitarlo se desvaneció. Le entraron unas enormes ganas de ir, aunque decidió que no dejaría que Felix se sumergiera en la piscina hasta que no hubiera comprobado (mediante un experimento) que era razonablemente segura. Pero como hacía tiempo que Peerless Pool era un lugar seguro, y en primavera estaba prácticamente desierto, los hermanos decidieron aplazar el baño para más adelante.

Cuando se reunieron con el resto de la familia, Felix habló con naturalidad de Peerless Pool y de su intención de volver cuando hiciera más calor. Pero, una vez que se quedó a solas con Jessamy, le confesó que por nada del mundo les hablaría de su visita al Five Courts.

—¡Ya sabes cómo son las mujeres! —le dijo—. Seguro que ponen el grito en el cielo. ¡Como si hubiera algo malo en ver un buen combate!

Estas alegres palabras supusieron el golpe final para la sensible conciencia de su hermano. Jessamy se dio cuenta de que no solo había evitado contar su visita al Five Courts y al teatro de Surrey, sino que había llegado al colmo de la iniquidad enseñando a Felix (con su propio ejemplo) a mentir. La expresión austera que tanto temía su familia endureció sus ojos y afinó sus labios.

—No —dijo—, pero no debería haberte llevado, y pienso contárselo a Frederica. No había nada malo en el combate, pero sí en la compañía, y en las apuestas y… En fin, ha sido un grave error llevarte a ese lugar.

—¡No seas tonto, Jessie! —dijo su hermano con indignación.

Felix parecía dispuesto a iniciar una discusión, pero aunque a Jessamy le centellearon los ojos, ignoró el insulto y se retiró.

Cuando tuvo el valor de contárselo a Frederica, esta se lo tomó con filosofía. No pensaba que un chico de doce años corriera el peligro de corromperse por ver un melodrama o un combate de boxeo. Y aunque Jessamy le dijo que en el melodrama había aspectos decididamente inmorales, dijo con mucho sentido común:

—No creo que Felix prestara atención a eso. ¡Lo que le interesan son las aventuras! Por supuesto que no debes tomar por costumbre llevarle a ver ese tipo de obras, pero no te mortifiques, Jessamy. ¡Ten por seguro que no le has hecho ningún mal! En cuanto al boxeo, a mí no me gusta, pero sé que hay caballeros perfectamente respetables que no ven nada malo en ello. Hasta tu padrino…

—¡No era el boxeo, era la compañía! —dijo Jessamy—. ¡Yo no lo sabía, pero debí imaginarlo! ¡Y pensar que yo, que pretendo entrar en la Iglesia, estaba llevando a mi hermano por el mal camino!

Reconociendo las señales de lo que su hermano Harry llamaba «el mártir cristiano», Frederica se apresuró a decir:

—¡Bobadas! Estás creando un problema donde no lo hay. Es posible que tú te fijaras en la compañía, pero a Felix lo único que le importaba era el combate.

—Parece que desde que vinimos a Londres solo piensas en vestidos para Charis y en… cosas mundanas —dijo Jessamy con gravedad.

—Y si no lo hago yo, ¿quién va a hacerlo? —replicó Frederica—. Alguien tiene que pensar en esas cosas, ¿sabes? De lo contrario no sé qué será de nosotros —dijo, lanzándole una mirada burlona—. En vez de moralizar, querido, preocúpate un poco de las cosas mundanas, y deja de animar al vecino a que ronde nuestra casa.

—¡A que ronde nuestra casa! —repitió Jessamy, frunciendo el ceño—. Si te refieres a que es un hombre amable y educado…

—¡No me refiero a eso, tontorrón! Me refiero a que no deja de perseguir a Charis, y se está convirtiendo en una verdadera lata.

—Si no te gusta, ¿por qué no le dices a Charis que mantenga las distancias? ¿No pretenderás que le haga un desaire? Además, ¿por qué iba a hacerlo? Se dirige a Charis con mucho respeto, te lo aseguro. Es más, yo le conocí antes que Charis.

Los ojos de Frederica resplandecieron, pero dijo con gravedad:

—Lo sé.

—Además, su madre vino a visitarte, lo que me pareció muy amable y considerado por su parte. ¿Por qué te mostraste tan distante? ¿Y por qué le diste largas cuando nos invitó a todos a cenar y a pasar una velada en su casa? ¿Es que no es una persona respetable?

—Supongo que sí, pero no debemos intimar con esa familia ni con sus amigos. Si te soy sincera, Jessamy, puede que sean buenos y respetables, pero no pertenecen a la aristocracia. La protección de la señora Nutley no nos servirá de pasaporte para la buena sociedad. Es más, puede resultarnos tremendamente perjudicial. Sus modales no son distinguidos, ¿sabes? Y, según Buddle, el señor Nutley es un hombre muy vulgar.

—¡Buddle! —protestó Jessamy.

Frederica sonrió.

—¡Querido, si Buddle arruga la nariz, ten por seguro que lleva razón! Papá solía decir que un buen mayordomo puede oler a un nuevo rico a kilómetros de distancia. Reconozco que el joven Nutley es más refinado que sus padres, pero no es más que un galán de pacotilla, Jessamy.

—Si es un hombre bueno y respetable, como tú misma has dicho, lo demás no me importa —declaró Jessamy.

—¡Qué desfachatez! —exclamó Frederica—. ¡Pero si tú eres el más escrupuloso de todos nosotros! Ni siquiera el jefe de la cacería fue tan cruel con ese pobre hombre que alquiló la granja hace dos años. Dijiste que era un arribista y un advenedizo, y…

—¡Hace dos años de eso! —la interrumpió Jessamy, ruborizándose—. ¡Espero ser más sensato ahora!

—¡Sí, yo también! —repuso Frederica con franqueza—. Porque si pretendes ser pastor, no puedes condenar a los hombres respetables solo porque, por ignorancia, azuzan demasiado a los perros en las partidas de caza.

Aquella respuesta puso fin a la discusión. Jessamy se retiró en silencio, muy ofendido, y Frederica volvió a las cosas mundanas que la habían traído a Londres.

En ellas contaba con escaso apoyo por parte de Charis, en la que estaba centrada toda su ambición. Tampoco contaba con el apoyo de la señorita Winsham, que rechazaba el matrimonio como destino para la mujer, pero que reconocía, a regañadientes, que eso era lo único a lo que podía aspirar una tontorrona como Charis. La propia Charis esperaba la temporada londinense con moderado placer. Para una chica que nunca había salido de las fronteras de Hertfordshire, y cuyas diversiones se habían limitado a meriendas campestres, fiestas al aire libre y entretenimientos como danzas rústicas y alguna que otra representación teatral, la perspectiva de asistir a bailes londinenses, desayunos venecianos, veladas, salones, visitas al teatro y a la ópera e incluso, tal vez, a Almack’s, no podía dejar de ser agradable. Pero cuando descubrió que su querida Frederica pensaba gastar hasta el último penique en su guardarropa, y arreglárselas lo mejor que pudiera con sus vestidos, no quiso consentirlo. En general, Charis era la joven más dócil que cabía imaginar, pero en ocasiones podía ser muy obstinada. Y en cuanto supo que Frederica pensaba encargar su vestido de presentación a la sencilla modista de la tía Scrabster, declaró (con toda la terquedad que cabía esperar en una criatura tan dulce y encantadora como ella) que no le gustaban ninguno de los caros vestidos que le ofreció la refinada modista cuya tienda, situada en Bruton Street, Alverstoke había recomendado a Frederica.

Frederica había agradecido el consejo del marqués con frialdad, diciendo que no dudaba de su criterio en tales asuntos. Pero cuando Alverstoke, mirándola con aire burlón, le dijo que bastaba que mencionara su nombre a madame Franchot para encargarle sus mejores diseños, Frederica le respondió, con una lamentable falta de decoro:

—¡Eso haría, si quisiera que me tomara por una libertina!

—¿Y qué sabes tú de las libertinas, Frederica? —preguntó el marqués, tratando de reprimir una sonrisa.

—No mucho, pero papá me dijo que no son más que mujerzuelas bien vesti…

Frederica se interrumpió, pero el marqués la ayudó a terminar la frase.

—¡Mujerzuelas bien vestidas! Así es, pero como protector tuyo te diré que estoy escandalizado, y te ruego que en el futuro no uses semejantes expresiones. ¡Al menos en público!

—¡Oh, no! No pretendía… —Frederica le miró a los ojos y se echó a reír —. ¡Eres el hombre más detestable que conozco! Por cierto, ¿podrías recomendarme una sombrerería que merezca la pena?

—Desde luego. Visita la tienda de la señorita Starke en Conduit Street. Tiene un gusto exquisito.

—¡Muchas gracias! Supongo que será terriblemente cara, pero no me extrañaría que nos hiciera un descuento cuando sepa que Charis va a presentarse esta temporada bajo la protección de lady Buxted —dijo Frederica con astucia.

Y no se equivocaba. La señorita Starke, que muchas veces se veía obligada a diseñar sombreros y bonetes destinados a realzar rostros anodinos, y cuya sensibilidad se veía a menudo ofendida por el empeño de alguna clienta madura en comprar sombreros diseñados para jovencitas, juzgó que la señorita Merriville era un sueño hecho realidad. Como había diseñado sombreros para muchas jóvenes bonitas, su infalible instinto le permitía juzgar de un vistazo si a la señorita A. le favorecían los sombreros de copa alta, si la señorita B. debía llevar o no capotas cerradas, o si la señorita C. podía atreverse con un sombrero al estilo húsar. Pero nunca había tenido la oportunidad de proporcionar sombreros a una clienta que estaba encantadora con cualquier diseño que se pusiera encima de sus brillantes tirabuzones. Ya no se trataba de buscar un sombrero que sacara partido a la señorita Charis Merriville; la señorita Merriville sacaba partido a cualquier sombrero, transformando la impopular capota de Angulema con redecilla blanca, que solo había complacido a su creadora, en un encantador diseño, capaz de incitar a cuatro de cada cinco madres orgullosas a comprar el mismo sombrero para sus hijas. En cuanto al orgullo de la colección de la señorita Starke, con su copa exagerada, su inmensa ala y su penacho de plumas rizadas, cuando la señorita Starke dio un paso atrás para contemplar su efecto en la cabeza de Charis, sus ojos se llenaron de lágrimas de triunfo, y aunque después los volvió hacia su ayudante, solo pudo ver a aquella criticona a través de una bruma. La señorita Throckley había dudado de su genio, diciendo que el sombrero era demasiado atrevido y voluminoso. ¿Qué tenía que decir ahora la señorita Throckley?

Como era de esperar, la señorita Throckley expresó su admiración ante la imagen que ofrecía la señorita con un sombrero que (en su opinión) muy pocas mujeres podían llevar. Ella no era quién para aconsejarla, pero cuando lo imaginaba en la cabeza de una joven menos agraciada, no podía soportarlo.

Este discurso, al que la señorita Starke se unió con entusiasmo, fue interrumpido por Frederica, que preguntó por el precio. Cuando se lo dijeron, se levantó sonriendo, pero negando con la cabeza.

—Lo siento, pero no. Me temo que es demasiado caro. Mi hermana necesita varios sombreros, ¿sabe?, y no podemos encapricharnos de uno solo. Reconozco que es muy bonito, pero también lo es el sombrero de campesina, con la copa baja y las flores… aunque también es bastante caro. ¡Vamos, Charis! ¡No debemos malgastar el tiempo de la señorita Starke… y el nuestro tampoco! Es una pena, pero estoy segura de que encontrarás algo que te guste igual o más.

—¡Oh, sí! —concedió Charis, atándose las cintas de su sombrero bajo la oreja izquierda—. La verdad es que yo prefiero el sombrero de paja que vimos en aquel escaparate de Bond Street. ¡Vamos a verlo otra vez!

Pero durante este intercambio, la señorita Starke estuvo haciendo cálculos, y mientras Charis se estaba poniendo los guantes, le suplicó que volviera a sentarse. La mujer acusó a la señorita Throckley de haberse equivocado en el precio, y le dijo a Frederica que solía hacer considerables descuentos cuando la dama deseaba comprar varios sombreros, añadiendo que estaría encantada de complacer a una amiga de lady Buxted.

En realidad, milady solo le había encargado un sombrerito de encaje, pero la señorita Starke la conocía, y sabía que lady Buxted, por muy vulgar que fuera, se movía en los mejores círculos. En esos círculos presentaría a la adorable señorita Merriville. Y si la visión de esa cara encantadora, enmarcada en un sombrero exquisito, no atraía a un ejército de madres casamenteras, con sus hijas del brazo, a Conduit Street, es que la señorita Starke no sabía nada de la naturaleza humana. No era necesario insinuar a la señorita Frederica Merriville que podían llegar a un acuerdo ventajoso si decía que los sombreros de su hermana los había hecho la señorita Starke, de Conduit Street. Pocas madres se abstendrían de preguntar a la señorita Charis dónde había encontrado su bonito sombrero; y era muy improbable que aquella criatura inocente se negara a proporcionar la información deseada. La respuesta debía ser «en la sombrerería de la señorita Starke», y no «en Clarimonde’s, en New Bond Street».

De esa manera, tres preciosos sombreros fueron conducidos al carruaje de la señorita Merriville, que contaba ahora con la presencia en el pescante de Owen, el eficaz lacayo que había elegido el señor Trevor y al que Buddle había dado el visto bueno.

—¿Qué te parece? —dijo Frederica, con los ojos resplandecientes de triunfo—. ¡Tres sombreros por el precio de uno!

—¡Frederica, eran terriblemente caros!

—No más de lo que podemos permitirnos. Está bien, no eran precisamente una ganga, pero los sombreros son muy importantes, ¿sabes? ¡No te mortifiques, querida! Lo siguiente será elegir el vestido para tu presentación. ¿Te gustó alguno de los que vimos en Franchot’s? ¿Ni siquiera el de canesú ruso con adornos de raso azul? —Charis negó con la cabeza. Ligeramente decepcionada, Frederica dijo—: A mí me pareció que te sentaba muy bien. Pero si no te gusta… ¿Y qué te pareció el de raso blanco con el canesú rosa?

—¡Me pareció que tú estarías preciosa con él! Siempre te ha favorecido el rosa.

—Charis, no estamos hablando de un vestido para mí, y aunque así fuera, no se me ocurriría hacer el ridículo con un vestido diseñado para una jovencita. Además, sabes muy bien que la señorita Chibbet está haciendo exactamente lo que quiero, porque estabas conmigo cuando compré el crespón naranja italiano y la tela de raso para la enagua.

—Sí, y yo también sé muy bien lo que quiero —dijo Charis—. ¡Por favor, Frederica, di que sí!

—¡Pero querida! —exclamó Frederica—. ¡Por supuesto que puedes comprar lo que quieras! A menos que hayas elegido un vestido inapropiado. Aunque sé que no es así, porque siempre has tenido muy buen gusto. ¿Dónde lo has visto?

—Ahora mismo te lo enseñaré —prometió Charis, apretando la mano de su hermana.

Charis se negó a decir nada más, limitándose a sacudir la cabeza cuando Frederica le preguntaba, y apretando los labios con fuerza. Pero cuando llegaron a Upper Wimpole Street, se llevó a Frederica a su habitación y le enseñó el último número del Ladie’s Magazine. La revista mostraba el dibujo de una esbelta damisela ataviada con un vestido tres cuartos de seda blanca, abrochado en el centro por unas rosetas de perlas. La enagua que asomaba debajo del vestido era de raso blanco.

—¿Qué… qué te parece, Frederica? —preguntó, dirigiendo una mirada de angustia a su hermana.

Después de observar el dibujo con ojo crítico y eliminar mentalmente algunos añadidos al conjunto, como un chal de color púrpura, una tiara y un velo de encaje negro, Frederica llegó a la conclusión de que el instinto de Charis no la había traicionado. Su hermana era alta, aunque (gracias a Dios) no tan alta como la mujer del dibujo, que parecía medir cerca de dos metros. Y el diseño suave y alargado de la capa le sentaría como un guante.

—¡Me gusta! —dijo con decisión—. Es sencillo, pero no vulgar. Tienes razón, Charis: ¡te sentará de maravilla! Sobre todo esos suaves y elegantes pliegues de la enagua, sin volantes ni ribetes en el dobladillo.

—¡Sabía que dirías eso! —exclamó Charis.

—Sí, pero… —Frederica hizo una pausa, arrugando la frente. A continuación dirigió una mirada a los tiernos ojos azules de su hermana, que la observaban con aire suplicante, y dijo—: Quieres que Franchot lo copie, ¿no? ¿Tú crees que estará dispuesta? No estoy segura, pero creo que las modistas de Londres solo utilizan sus propios diseños.

—¡No, no! —dijo Charis con una vehemencia inusual—. ¡Quiero hacerlo yo!

—¡De eso nada! —replicó Frederica—. ¿Hacer tu primera aparición en sociedad con un vestido confeccionado en casa? ¡Nunca! Charis, si supieras cuánto deseo presentarte elegantemente vestida…

—¡Y lo harás! ¡Te prometo que lo harás, querida! —declaró Charis, abrazándola con cariño—. ¡Escucha! Ya sé que no soy muy lista, ni cultivada, y que no sé dibujar, ni tocar el pianoforte, pero hasta la tía reconoce que sé coser. Sí, y también sé recortar telas, y confeccionar una manga. ¿Recuerdas el vestido que me hice para la fiesta del terrateniente? Todo el mundo intentó descubrir si la tía Scrabster me lo había enviado de Londres, o si lo había encontrado en una modista de Ross, o de Hereford, pero nadie consiguió averiguarlo. Hasta lady Peasmore se dejó engañar, porque le dijo a Marianne que había algo en mi vestido que mostraba que lo había diseñado una modista de primera categoría. ¡Y sabes que me encanta hacerlo, Frederica!

Aquello era incontestable, porque Charis era una excelente costurera. Pero Frederica no dio su brazo a torcer hasta que la señorita Winsham, sentada a solas con su sobrina favorita, le dijo: «¡Déjala! Aunque le salga una chapuza (y lo dudo mucho, porque reconozco que será una tontorrona, pero cose mejor que tú, Frederica), al menos la mantendrá ocupada, y lejos de ese insufrible lechuguino de la casa de al lado».