Frederica
Capítulo 7
7
—¡ esde luego! —reconoció Alverstoke. D
Frederica le miró.
—¡Sí, y tú también! ¡Has sido verdaderamente espléndido, y te estoy muy agradecida! ¡Ah, y te pido disculpas por inmiscuirte en este asunto! Pero estaban amenazando con encerrar a Luff, ¡e imagínate las consecuencias! Por eso les dije que era tuyo. —Una carcajada surgió de su garganta—. ¡Como El gato con botas!
—¿Como qué? —preguntó el marqués.
—¡Mi primo, el marqués de Alverstoke! —le explicó Frederica—. ¡Ya sabes!
—Debo de ser muy estúpido, porque… —el marqués se detuvo al caer en la cuenta, y dejó de fruncir el ceño—. ¡Ah! ¡Te refieres al marqués de Carabás!
—¡Claro! ¡Y funcionó! Salvo con esa horrible criatura a la que echaste con cajas destempladas. Nunca en mi vida había oído algo tan descortés, pero reconozco que me encantó —dijo, sonriendo—. ¡Oh, y estuve a punto de echarme a reír cuando dijiste que Luff era un perro de Baluchistán! ¡Y es lo que deberías ser, perro malvado! Agradecido, Lufra se incorporó sobre las patas traseras y le lamió la cara. Frederica apartó las patas de sus rodillas y se levantó.
—¡Eres un chucho desvergonzado! —le dijo. A continuación miró a Alverstoke y le ofreció la mano—. ¡Gracias! —dijo con una sonrisa—. Ahora tengo que irme. Me dirás cuánto ha tenido que pagar el señor Trevor a esos hombres, ¿verdad?
—¡Un momento! —dijo el marqués—. No me has explicado qué hacías paseando sola, prima.
—No —admitió Frederica—. Y tú tampoco me has explicado por qué debería importarte.
—Y sin embargo estoy dispuesto a hacerlo. Ignoro cuáles son las costumbres en Hertfordshire, pero en Londres, las jóvenes de tu edad y posición no pueden pasear solas por la ciudad.
—Bueno, normalmente no voy sola, y desde luego, nunca permitiría a Charis que lo hiciera. Pero ya no soy una niña. Es posible que a ti te lo parezca, porque eres mucho mayor que yo, ¡pero te prometo que dejé de ser una jovencita hace muchos años! En cualquier caso, no tengo por qué darte cuenta de mis actos, primo Alverstoke.
—¡Ya lo creo que sí! —replicó el marqués—. ¡Si quieres que te presente en sociedad, Frederica, tendrás que someterte a las normas sociales! O haces lo que te ordeno, o me desentenderé de ti. Si lo que pretendes es dar que hablar, búscate a otro protector.
Frederica le miró con la boca abierta, avergonzada. Pero, independientemente de lo que fuera a decir, se mordió la lengua y cerró los labios con firmeza. Después de una pausa logró sonreír, y dijo:
—Seguro que estarías encantado de deshacerte de nosotros después de la aventura de hoy.
—¡Oh, no! —respondió él con frialdad—. ¡Quítate esa idea de la cabeza!
—Eso es precisamente lo que no puedo hacer, aunque me encantaría, porque nada me molesta más que tener que morderme la lengua —dijo Frederica—. No me importaría ponerme a discutir contigo, pero no soy tan desconsiderada. ¡Aunque debo decir que tú sí lo eres! —añadió con franqueza.
—¿Por qué? —preguntó el marqués, que estaba empezando a divertirse.
—¡Porque cuando me has pinchado de esa manera, sabías muy bien que me vería obligada a hacerte un desaire!
Alverstoke soltó una carcajada.
—¿Crees que podrías?
—¡Desde luego! Puedo hacer comentarios muy cortantes cuando me enfado.
—¡Seré capaz de soportarlos!
Frederica sacudió la cabeza con una sonrisa.
—No, ya se me ha pasado. Si te soy sincera, creo que me he ofendido porque mi tía dice exactamente lo mismo que tú: que nada molesta más que saber que uno no tiene razón. ¿Verdad?
—No lo sé. Nunca lo había pensado.
Frederica parecía sorprendida, pero decidió no ahondar más en el asunto.
—De acuerdo, a partir de ahora intentaré no avergonzarte. El problema es que Charis ha contraído uno de sus resfriados y Jessamy, como bien sabes, estudia todas las mañanas: por eso Charis y yo nos llevamos a Luff de paseo. El pobre necesita hacer mucho ejercicio, ¡mucho más del que puede hacer en Londres!
—¿Y por qué no te llevas a Felix, o a una dama de compañía?
—No tengo dama de compañía. Solo las doncellas, y todas son londinenses. Es una lata salir a pasear con ellas, porque van muy despacio, y siempre se están quejando de que les molestan los zapatos. Me habría llevado a Felix, pero se ha ido a ver el Museo Mecánico. ¡Además, si hubiera insistido en que me acompañara, habría ido quejándose todo el camino! ¡Por favor, no me mires así! ¡No volveré a hacerlo!
—Necesitas un lacayo —dijo el marqués, frunciendo el ceño.
—¿Para qué? ¿Para protegerme? ¡De eso ya se encarga Luff, te lo prometo!
—Para que te atienda, para que te lleve los paquetes, para que entregue tus cartas…
—¡Quieres decir que necesito un lacayo para darme importancia!
—Eso también —respondió el marqués.
Frederica se quedó pensativa, y al cabo de un momento sonrió con cierta tristeza.
—¡Para dar una imagen respetable, como dice Buddle! Él insistió en que trajera a Peter, pero lo dejé en Graynard, por un lado porque el señor Porth estaba deseando contratarlo, y por otro porque me pareció un gasto innecesario. Pero reconozco que necesito un lacayo para Buddle. Está muy mayor para estas horribles casas de Londres.
—¿El gasto te supone un problema? —preguntó el marqués sin rodeos.
—¡Oh, no! Contrataré a un lacayo para que ocupe el puesto de la criada que está ayudando a Buddle.
—¡No, déjamelo a mí! —dijo el marqués—. Contratar a un lacayo en Londres no es tarea para jóvenes inexpertas.
—Te lo agradezco. Pero no hace falta que te molestes.
—No me molesta. El señor Trevor encontrará a la persona idónea y la enviará a ver a Buddle.
—Entonces le estaré muy agradecida al señor Trevor —dijo Frederica, extendiendo la mano de nuevo—. Adiós, primo.
—¡Todavía no! A menos que tengas algo importante que hacer, me gustaría acompañarte a casa de mi hermana. Está deseando conocerte, y me parece un buen momento para llevarte.
—Pero… ¿y Charis? —preguntó Frederica, asustada—. ¿No debería venir también? Lady Buxted pensará que es una descortesía que no venga cuando ha accedido a presentarla en tu baile.
—¿Cómo va a pensar eso cuando le expliquemos las circunstancias? Pensará que es mucha mayor descortesía demorar la visita.
—¡Sí, pero Charis estará recuperada en un día o dos!
—Eso espero. Por desgracia, mañana me marcho a Newmarket, y estaré fuera toda la semana. ¡Aplazar la visita hasta que estemos a una semana del baile sería una falta de respeto, te lo aseguro!
—¡Desde luego! —dijo Frederica, consternada—. ¡Cielo santo, pensará que no tenemos modales! ¡Pero yo no voy vestida para hacer visitas!
El marqués levantó su monóculo y la observó a través de él. Frederica iba vestida con un abrigo castaño, unos botines naranjas de tela y un primoroso sombrerito tocado por una pluma de avestruz.
—Yo no veo nada raro —dijo, bajando su monóculo.
—¡Puede que tú no, pero lady Buxted pensará que voy hecha un adefesio! En los últimos dos años me he puesto mucho este abrigo.
—No hace falta que se lo digas.
—¡Desde luego que no! —dijo ella, muy acalorada—. ¡Lo sabrá nada más verme!
—¿Cómo iba a saberlo? Yo no lo he notado.
—¡Porque es una mujer, por eso! ¡Vaya pregunta!
Al marqués se le iluminaron los ojos de malicia.
—¡Me subestimas, Frederica! ¡Conozco mucho más la moda femenina que mi hermana, te lo aseguro! ¿Quieres que te lo demuestre? ¡Muy bien! Tu abrigo no está a la última moda, tus botines son de tela, no de cabritilla, y has añadido una pluma teñida de naranja al sombrero para que haga juego con los botines. ¿Me equivoco?
Frederica lo miró muy seria.
—No, y mi tía Scrabster tampoco.
—¿Ah sí? ¿Te ha prevenido contra un calavera como yo? ¡Te prometo que no tienes nada que temer!
Frederica soltó otra de sus carcajadas.
—¡Ya lo sé! ¡No soy lo bastante guapa! —La joven lo miró fijamente, pero una arruga se formó entre sus cejas—. Charis sí lo es —dijo con aire pensativo—. Pero… aunque me llames inexperta, ya no soy ninguna niña, ¿sabes? ¡Sé que jamás intentarías seducirme!
—¿Cómo puedes estar tan segura? —preguntó el marqués en tono de burla.
—Bueno, la verdad es que no estoy muy familiarizada con los calaveras. De hecho, nunca había conocido a ninguno. Pero no soy tan tonta para ignorar que eres un caballero, ¡por muchas barbaridades que digas! Es más, no me extrañaría que esa falta de tacto se deba a que te has criado entre algodones.
Alverstoke se quedó tan sorprendido que por un momento no dijo nada.
—Bueno, supongo que me lo merezco —dijo al fin, con una irónica sonrisa—. ¡Acepta mis disculpas, prima! ¿Puedo acompañarte ahora a casa de mi hermana?
—Bueno… —respondió Frederica con vacilación—. Si crees que no le molestará… ¡Oh, no! ¡Te olvidas de Lufra! ¿Cómo voy a entrar en el salón de lady Buxted con un perro de campo? ¡No pienso hacerlo!
—¡Por supuesto que no! Uno de mis criados lo llevará de vuelta a Upper Wimpole Street. Yo me encargaré. ¡Toma asiento! Solo tardaré unos minutos.
El marqués salió de la biblioteca mientras hablaba, pero aunque el segundo lacayo fue corriendo a los establos, Frederica tuvo que esperar más de veinte minutos a que la guiaran al carruaje de milord. La seguían los aullidos de protesta de Lufra, al que James había atado con una correa. Pero la joven ignoró su frenética llamada con resolución, y se limitó a decir:
—Le has dicho a James que no debe soltarlo bajo ningún concepto, ¿verdad?
—Sí, se lo he dicho. Y tú también —respondió Alverstoke, al tiempo que se sentaba a su lado—. A Grosvenor Place, Roxton.
—El problema es que aún no se ha acostumbrado al tráfico de Londres — confesó Frederica mientras el marqués cerraba la portezuela del carruaje—, y no entiende que debe ir por la acera. Y cada vez que ve un gato o un perro al otro lado de la calle, se pone a cruzar entre los carruajes y los cocheros provocando un alboroto tremendo, porque asusta a los caballos y me deja en ridículo.
—¡No me extraña! ¿Y por qué diantre lo has traído a Londres?
Frederica lo miró muy sorprendida.
—¿Y qué otra cosa podía hacer?
—¿No podías dejarlo a cargo de… no sé, tu jardinero, tu guardabosques, tu administrador…?
—¡Oh, no! —exclamó ella—. ¿Cómo podría ser tan cruel? Ten en cuenta que Lufra le salvó la vida a Jessamy, como si supiera (Charis está segura de que es así) que le debía su propia vida. Por mi parte, sospecho que Lufra no lo recuerda, porque no le da ningún miedo meterse en el agua. Pero cuando el pobre Luff era solo un cachorro, tres chicos del pueblo lo tiraron al estanque con un ladrillo atado al cuello. Jessamy se lanzó a rescatarlo, ¡y no te imaginas el aspecto que tenía cuando volvió a casa con Luff! Estaba empapado, y tenía la cara llena de sangre, y un ojo morado.
—Así que Jessamy es un luchador, ¿eh?
—No, solo reacciona así ante las injusticias. Harry dice que, cuando pasa algo así, se pone hecho una fiera. Pero no le gusta el boxeo tanto como a Harry, y creo que no es un buen estilista. ¿Sabes a qué me refiero?
El marqués, que era un distinguido exponente de este noble arte, le pidió que le explicara el término.
Frederica arrugó la frente.
—Creo que significa tener buena técnica. Y no limitarse a hacer florituras. Ah, y guardar bien la postura, y… ser elegante. ¡Y muy alegre! ¡Aunque no entiendo cómo se puede ser alegre en esas circunstancias! Supongo que Harry lo es, porque él es alegre por naturaleza, pero Jessamy no.
Frederica se quedó callada, aparentemente pensando en Jessamy. Al cabo de un momento, Alverstoke dijo, divertido:
—¿Entonces Jessamy es el serio de la familia?
—¿Serio? —preguntó ella, considerando su pregunta mientras arrugaba aún más la frente—. No, no es serio precisamente. No sé cómo describirlo, porque desde que se ha hecho mayor ni siquiera yo lo entiendo. El señor Ansdell, nuestro vicario, dice que tiene un alma apasionada, y que no debo preocuparme, porque con el tiempo se volverá mucho más sensato. Jessamy quiere entrar en la Iglesia, ¿sabes? Al principio pensaba que todo se debía a su Confirmación, y que pronto se le pasaría. No es que no quiera que sea pastor, pero me parecía muy improbable. Antes era un chico de lo más aventurero, y siempre andaba metiéndose en líos. Además, era un apasionado de la caza, y mucho mejor jinete que Harry. ¡Y eso que Harry monta de maravilla! El propio Harry me dijo que Jessamy no necesita envalentonarse con alcohol, porque es capaz de saltar cualquier valla. Y no lo digo porque sea mi hermano, porque su profesor le contó a una amiga mía que Jessamy es el mejor jinete de su edad de todo el sur de Hertfordshire.
Alverstoke, cuyo interés en los hermanos de la señorita Merriville era, como mucho, moderado, murmuró, en un tono que habría hecho pensar a sus más allegados que se estaba aburriendo:
—¿De veras? Ah, sí, creo recordar que cuando tuve el placer de conocerle, me dio la impresión de que era, si no un apasionado de la caza, un apasionado de los caballos.
—¡Oh, sí! —reconoció Frederica—. Y de vez en cuando se descontrola como antes. Solo que entonces no le remordía la conciencia, y ahora sí. —La joven exhaló un suspiro, pero al instante sonrió y dijo—: ¡Te ruego que me disculpes! No dejo de decir tonterías.
—¡En absoluto! —dijo él con educación.
—Sí. Y sobre un tema que no te interesa. ¡No te preocupes! No volveré a hacerlo.
El marqués sintió una punzada de remordimiento que le llevó a decir, en un tono más cordial:
—¿Te dan muchos problemas tus hermanos?
—¡Oh, no! A veces… un poco, porque estoy a su cargo, y solo soy su hermana, y además mujer. ¡Pero son muy buenos!
—¿No tienes ningún pariente masculino? Recuerdo que hablaste de un tutor, o un administrador… No, creo recordar que era un abogado, ¿verdad?
—¡Ah sí, el señor Salcombe! Ha sido muy amable y servicial, pero no es nuestro tutor. Papá no designó a ninguno, ¿sabes? Temíamos que un tribunal asumiera la custodia de los pequeños, pero el señor Salcombe consiguió evitar esa posibilidad. Mucha gente se queja de que los abogados son terriblemente lentos, pero yo le estoy muy agradecida. No dejó de escribir cartas y alegar cuestiones legales hasta que Harry se hizo mayor de edad y pudo asumir la responsabilidad sobre los niños. Cualquier otro habría deseado librarse de nosotros, porque la batalla duró meses, pero a él parecía divertirle.
—¡Ya veo! Parece que se toma muy en serio la defensa de vuestros intereses. ¿Es él quien lleva las riendas de la familia?
—¿Quieres decir que si se ocupa de los chicos? No. No es el tipo de persona que sepa entender a los niños. Es soltero, y muy anticuado y puntilloso. Los chicos le llaman don Pelmazo, lo que me parece una falta de consideración por su parte, pero en fin… ya me entiendes.
Alverstoke sonrió.
—¡Perfectamente!
—Y el único pariente masculino que tenemos es el esposo de mi tía Scrabster. Apenas lo conozco, pero sé que no me resultaría útil. Es un hombre muy respetable, pero es muy prosaico, y su único interés es el comercio.
—Qué lástima. Pero estoy seguro de que tu hermano Harry no tardará en liberarte de tus obligaciones —dijo él con indiferencia.
Se produjo una breve pausa antes de que Frederica respondiera.
—Sí, por supuesto.
El carruaje se iba acercando, y al cabo de un momento se detuvo delante de la casa de lady Buxted. Alverstoke se alegró de que así fuera. No se le había escapado ni la vacilación de Frederica ni el matiz de reserva que había en su voz, y pensó que no tardaría en pedirle consejo, e incluso su ayuda activa en la tarea de educar a sus hermanos pequeños. Era muy capaz. Y aunque él también era muy capaz de frenar sus pretensiones con uno de sus crueles desaires, no deseaba hacerlo. Frederica le gustaba. Era extraña, y por lo tanto divertida. No era una belleza, pero tenía mucho aplomo, y un aire de distinción que le encantaba. Además, su hermana era un diamante en bruto al que estaría encantado de presentar en sociedad. Aquello iba a suscitar toda clase de rumores, pero al menos le divertiría.
Lady Buxted estaba en el salón acompañada de sus dos hijas mayores. Cuando el mayordomo anunció las visitas, se levantó con aire señorial y, con mucha parsimonia, dejó a un lado el bastidor que sostenía su bordado antes de acercarse a conocer a Frederica. La recibió con una mirada antipática, dos dedos y un saludo distante. Frederica no dio muestras de perder la compostura. Se limitó a tocarle los dedos (como advirtió Alverstoke con aprobación) al tiempo que hacía una ligera reverencia, y dijo con su franca sonrisa:
—¿Cómo se encuentra, señora? El primo Alverstoke ha tenido la amabilidad de traerme para que le haga una visita, lo cual estaba deseando hacer. Le agradezco mucho que haya accedido a presentarnos en sociedad. Mi hermana habría venido conmigo, pero está en cama con un grave resfriado, y me ha pedido que le presente sus disculpas.
Lady Buxted se relajó un poco. Para entonces, ya había asimilado hasta el último detalle del aspecto de Frederica, y la terrible sospecha de que la señorita Merriville fuera una de las maduras y deslumbrantes bellezas que atraían a su hermano se desvaneció. Al darse cuenta de que Frederica no era ni guapa ni joven, pudo mirarla de manera más imparcial, e incluso hacerle justicia. Alverstoke no tenía motivos para avergonzarse de su protegida. La joven era educada y elegante, e iba vestida con decencia y pulcritud. Milady les dijo a sus hijas que se acercaran a conocer a su prima, y mientras las tres jóvenes entablaban una dificultosa conversación, se llevó a su hermano aparte, y le dijo que Frederica parecía una joven muy educada, y que haría todo lo posible por ayudarla.
—Eso sí, no me comprometo a buscarle esposo —le advirtió—. Sin fortuna y sin un grado extraordinario de belleza, tendrá que conformarse con un matrimonio respetable. Si lo que pretende es encontrar un esposo moviéndose en los mejores círculos, tendrá que rebajar sus aspiraciones.
—¡Oh, no hace falta! —respondió Alverstoke—. Con buscar un esposo para Jane ya tienes bastante.
Lady Buxted estuvo a punto de responderle, pero se mordió la lengua al pensar en las considerables proporciones que había alcanzado la montaña de facturas de la modista de Jane. Por muy mal carácter que tuviera, su pasión por el ahorro era insuperable. Miró a su hermano con rabia, pero no dijo nada. Se limitó a alejarse de él para dirigirse al sofá, donde invitó a Frederica a sentarse.
La visita solo duró media hora, y aunque lady Buxted preguntó a Frederica muchas cosas, mantuvo las distancias, no le ofreció ningún refrigerio y no hizo el menor esfuerzo para detenerla cuando se levantó para marcharse. Tampoco la invitó a traer a Charis a Grosvenor Place, aunque dijo que trataría de encontrar tiempo para hacer una visita a la señorita Winsham. Frederica, que respondió a sus preguntas con reserva, pues detectó en ellas más curiosidad que gentileza, le dijo con una sonrisa en los labios y un peligroso destello en los ojos que su tía no cabría en sí de gozo cuando se lo contara. Al escucharla, Alverstoke se echó a reír entre dientes y murmuró:
—¡Lo tienes bien merecido, Louisa!
A continuación se despidió con una exagerada reverencia, y siguió a Frederica fuera del salón. Su hermana y sus sobrinas se quedaron muy sorprendidas por su interés en una señora (¡porque nadie podía decir que fuera una jovencita!) tan corriente, que se daba tantos aires y era tan orgullosa.
—No debería haber dicho eso —confesó Frederica cuando Alverstoke se sentó a su lado en el carruaje.
—¿Por qué no? ¡Le has bajado muy bien los humos!
—No ha estado bien, porque va a presentar a Charis en sociedad, y estoy convencida de que no desea hacerlo —Frederica volvió la cabeza para dirigirle una de sus miradas desconcertantes—. ¿La has obligado?
—¿Cómo podría obligarla? —preguntó Alverstoke.
—No lo sé, pero estoy segura de que serías capaz. No creo que lo haga por bondad, ni para complacerte, porque…
—Te equivocas —la interrumpió el marqués con una sonrisa sardónica—. Mi hermana está deseando complacerme.
Frederica siguió mirándole con aire inquisitivo, y al cabo de un momento dijo:
—¡De todas formas no me gusta! Y a ella tampoco le gustará cuando vea a Charis. A ninguna madre que tuviera que presentar a una joven tan corriente como Jane le gustaría.
—¿Entonces piensas echarte atrás?
La joven se quedó pensando, pero al cabo de un rato dijo con resolución:
—No. Si por mí fuera, lo haría, pero quiero que Charis tenga una oportunidad. Te ruego que me disculpes por no dirigirme a tu hermana con más respeto, pero sus preguntas me estaban sacando de quicio. No diré nada más.
—¡Por mí no te prives! No nos tenemos ningún cariño.
—¿Ninguno? —preguntó Frederica, perpleja.
—¡En absoluto! Por cierto, prima, ¿tenéis costumbre de bailar el vals en Hertfordshire?
—En algunas casas sí, pero no mucho. Tampoco hay costumbre de bailar cuadrillas. Por eso he contratado a un profesor de baile para que nos enseñe los pasos. Así no tendrás que avergonzarte de tus primas provincianas.
—¡Cuánto me alegra saberlo!
—Ya me imagino. Aunque sospecho que te importa un comino la impresión que causemos.
—¡Al contrario! ¡Piensa que está en juego mi reputación!
Frederica se echó a reír, pero sacudió la cabeza.
—Eso tampoco te importa. Ni eso ni nada.
El marqués se quedó sorprendido por un momento, pero respondió sin demasiada vacilación:
—No demasiado.
Frederica frunció el ceño considerando su respuesta.
—Bueno, supongo que debe de ser muy cómodo, porque si no te importa nada ni nadie, no puedes llevarte una decepción, ni tenerle miedo a nada, ni siquiera enfadarte. Pero tampoco creo que puedas ser verdaderamente feliz. A mí no me gustaría. ¡Sería demasiado aburrido! —La joven giró la cabeza para mirarle otra vez, y de pronto sonrió—. ¡Seguro que por eso te aburres tanto!
—Me aburro con frecuencia —reconoció Alverstoke—. Pero procuro estar medianamente entretenido.
—¡Sí, pero no es lo mis…! —se detuvo, muy colorada—. ¡Te ruego que me disculpes! ¡Tengo que aprender a morderme la lengua!
El marqués ignoró su comentario y dijo con una irónica sonrisa:
—Me desprecias, ¿verdad, Frederica?
—¡No, no! —se apresuró ella a responder—. Dices que soy una joven inexperta, pero ya no me chupo el dedo, ¿sabes? ¿Cómo no ibas a aburrirte si jamás se te ha negado ningún placer? Además, imagino que tus padres te mimaron mucho por ser el único hijo varón —añadió con sagacidad.
Cuando Alverstoke recordó la fría formalidad de su padre y, con mayor dificultad, los breves momentos que le dedicaba su elegante madre, que había muerto cuando aún estaba en el colegio, su irónica sonrisa se hizo más pronunciada.
—¡Así es! Me crie entre algodones, y mis padres me querían tanto que pusieron el servicio a mi entera disposición. Hasta que me fui a Harrow, disfruté de la constante atención de niñeras, ayudas de cámara, mozos de cuadra, profesores particulares y todo lo que el dinero puede proporcionar.
—¡Pobrecillo! —exclamó Frederica sin querer.
—¡En absoluto! No recuerdo expresar ningún deseo que no fuera satisfecho al instante.
Frederica parecía a punto de pronunciar un impetuoso discurso, pero se contuvo, y, después de una breve pausa, dijo muy contenta:
—¡Ahora sí que te estoy agradecida, primo! ¡Me has enseñado lo que el pobre señor Ansdell nunca logró enseñarme!
—¿Ah, sí? ¿El qué?
—¡A no envidiar las riquezas! Antes pensaba que nacer con clase, fortuna y privilegios debía de ser muy agradable, pero ahora veo que no es más que un engorro.
El carruaje había llegado a su destino. Frederica extendió la mano con un pícaro destello en los ojos.
—¡Adiós! ¡Gracias por darme una lección, y por presentarme a tu hermana! Pensaba darte las gracias por haber acudido a mi rescate, pero no lo haré, porque estoy convencida de que te ha venido muy bien sacrificarte un poco.
Alverstoke tomó su mano, pero solo para volver a colocársela con firmeza en el regazo.
—¡No tan deprisa, prima! Por muy mimado que esté, pienso sacrificarme un poco más y acompañarte a la puerta.
—¡Qué modales más distinguidos, milord! —murmuró Frederica con coquetería.
—¿Has visto? —respondió el marqués—. ¡Otra lección que tendré que enseñarte, gitanilla descarada!
Frederica se echó a reír, pero cuando volvió a extender la mano en las escaleras de la entrada, dijo mirándole a los ojos:
—¿Te he ofendido? No, creo que no. Te agradezco profundamente que hayas acudido en mi rescate, y siento mucho haberte enredado en este asunto.
—Como no me cuesta nada perder mis distinguidos modales, no pienso disculparme por decirte que eres una desvergonzada, Frederica.
Frederica soltó una carcajada. El marqués esbozó una ligera sonrisa, acarició distraídamente su mejilla y se dirigió a su carruaje ante la mirada de desaprobación de Buddle. El mayordomo, que estaba sujetando la puerta a su joven señora, se creyó en la obligación de regañarla por no guardar las distancias. De nada sirvió decirle que el marqués tenía edad más que suficiente para ser su padre, y mucho menos tratar de ignorarle. Es imposible ignorar a los criados devotos que (como no pierden ocasión de recordarte) te conocen desde la más tierna infancia.
—¡Ya está bien, señorita Frederica! —dijo Buddle con severidad—. Se lo digo por su propio bien, y estaría faltando a mi deber si no lo hiciera. Le he dicho mil veces que no puede comportarse en Londres como si estuviera en casa. ¡Estaría bonito que la tomaran por una desvergonzada!
Entretanto, el marqués iba de camino a Berkeley Square. Su intención era probar su última adquisición: unos caballos rucios. Su último dueño le había garantizado que eran muy mansos, y el caballero al que había ganado en la puja los había descrito como cuatro ejemplares magníficos. Esta agradable perspectiva se había visto perturbada por la llegada de Frederica, pero aún no era demasiado tarde para ir a dar un paseo a Richmond, o a Wimbledon. Nada más bajarse de su carruaje en Berkeley Square, ordenó que le trajeran de inmediato su faetón de pescante elevado. A continuación entró en la casa, donde fue recibido por unos alegres ladridos y una confusión de aullidos y gemidos. Lufra, que estaba atado a la barandilla de la escalera, reconoció en él al único vínculo que quedaba con su señora, y le recibió como si fuera su libertador.