Frederica
Capítulo 26
26
A excepción de Harry que, arrepentido de sus duras palabras, se reconcilió con su hermana, la situación seguía sin resolverse cuando el grupo de Hertfordshire regresó a Londres tres días después.
Antes de poner los pies en el suelo, Frederica se percató de que Charis estaba pálida y exhausta. Pero con el ajetreo de la llegada no tuvo tiempo para hablar con ella en privado. Hasta que no subieron el equipaje, saludaron al servicio, sacaron la medicina de Felix y convencieron al propio Felix (no sin dificultad) de que se fuera a la cama para recuperarse del viaje, Frederica no pudo prestar atención a su hermana. Fue entonces cuando la invitó a entrar a su habitación, pidiéndole que la ayudara a deshacer el baúl de viaje.
—¡Parece que ha pasado un siglo desde la última vez que te vi! —le dijo —. Espero no volver a vivir una experiencia como esta.
—¡Oh, no! —dijo Charis con un estremecimiento—. ¡Ha debido de ser terrible!
—Sí —admitió Frederica—. De hecho, si no fuera por Alverstoke, no sé qué habría hecho. Nunca le estaré lo bastante agradecida. ¡Ha sido tan paciente y tan persuasivo con Felix! Y un apoyo constante para mí, sobre todo los dos días en que creí que… ¡Pero será mejor que no hablemos de eso! ¿Has estado enferma, querida? ¡Estás muy pálida!
—¡Oh, no! ¡Me encuentro perfectamente! Será el calor.
—Seguro. Yo también lo he sufrido, incluso en el campo. Me encontraba muy débil, y sentía una especie de abatimiento y opresión. Aunque aquí ha tenido que ser peor. Cuando nos adentramos en el primer grupo de casas, Jessamy dijo que parecía que estábamos entrando en un horno. ¡Pero no importa! Con un poco de suerte, dentro de unos días nos encontraremos a muchas millas de Londres. ¿Te ha contado Alverstoke el maravilloso plan que ha ideado para nosotros?
—No —respondió Charis, mirándola con aprensión.
—Vamos a trasladarnos a Alver, y a quedarnos allí todo el tiempo que queramos —dijo Frederica, empezando a deshacer el baúl—. Supongo que debería haber declinado la oferta, ¡pero era demasiado tentadora! Es exactamente lo que necesitan los chicos. La finca está en Somerset, ¿sabes? Muy cerca de Bath, lo cual es una ventaja. ¡Oh, mira esta muselina, querida! Te engatusaré para que me hagas el equipaje cuando vayamos a Alver.
Como no recibió respuesta, Frederica se dio la vuelta, y descubrió que Charis se había desplomado en una silla, y tenía la cara cubierta con las manos.
—¡Charis, querida! ¿Qué te ocurre?
—¡Soy tan desdichada!
—¡Dios mío! ¿Pero por qué?
—¡Porque no quiero ir a Alver!
Frederica hizo un esfuerzo para dominar su irritación, y dijo con mucha calma:
—¿Quieres decir que preferirías ir a la costa?
—¡Oh, no! ¡No quiero ir a ninguna parte!
—Charis, me parece que no terminas de entender la situación —dijo Frederica—. Por razones de salud, es necesario que saquemos a Felix de Londres. Y si Londres se pone así en los meses de verano, tan insufriblemente caluroso y polvoriento, estoy segura de que es necesario para la salud de todos nosotros. ¿Crees que vamos a aburrirnos? Supongo que es posible, sobre todo después de las diversiones de las que hemos disfrutado en Londres, pero antes no pensabas que el campo fuera aburrido. Además, creo que Alver es precioso. ¿Recuerdas lo que decía la guía sobre el parque y el lago, con todos aquellos arbustos exóticos plantados alrededor? ¡Nunca nos cansaremos de dibujar sus paisajes! Alverstoke me ha dicho que los chicos pueden pescar truchas en el arroyo. ¡Tenías que haber visto a Jessamy cuando se enteró! ¿No querrás negarle ese placer? Al fin y al cabo, querida, ni él ni Felix se opusieron a nuestros planes cuando vinimos a Londres.
—¡Oh, no! No quería decir eso. ¡Por supuesto que debe ir! ¡Pero yo prefiero quedarme aquí! Pensé que tal vez podría alojarme en Harley Street. Si la tía Seraphina se va con vosotros, la pobre tía Amelia estará encantada de tenerme a su lado.
—La tía Seraphina no va a venir con nosotros, porque no pienso pedírselo. No creo que sea necesario llevar una acompañante, y aunque lo creyera, no reclamaría sus servicios, porque estoy muy enfadada con ella. En cuanto a dejarte con la tía Amelia, será mejor que te quites esa idea de la cabeza.
—¡Oh, Frederica!
—¡Si no quieres que me enfade, será mejor que dejes de llorar! — exclamó Frederica—. ¡Y también de fingir! ¡Tu actitud me sorprende, Charis! Lo que pretendes es quedarte en Londres para hacer el ridículo por Endymion Dauntry, y lo sabes muy bien. Supongo que eso es lo que has estado haciendo mientras yo no estaba. Espero que no hayas dado pie a habladurías.
—¡Estoy enamorada de Endymion! —declaró Charis, levantando la cabeza—. ¡Y él de mí!
—Entonces no hay razón para que te hagas la mártir —dijo Frederica con indiferencia.
Charis se levantó, ilusionada.
—¿Quieres decir que…? ¿Es posible que quieras decir que darías tu consentimiento?
—Quién sabe lo que haría si tu pasión por él fuera más duradera que las anteriores —repuso Frederica con naturalidad.
—¡Nunca dejarás que me case con él! ¡Nunca! —dijo Charis con desesperación—. ¡Lo que pretendes es separarnos!
—¿Cómo, pasando unos meses en Alver? Si vuestro amor no es capaz de sobrevivir a eso…
—¡Claro que sí! —la interrumpió Charis—. Pretendes alejarnos para que le olvide. ¡Pero nunca le olvidaré, Frederica, nunca!
—Bueno, no hace falta que desesperes. Recuerda que (si no he cambiado de opinión) dentro de dos años podrás hacer lo que te plazca.
—¡Oh, tú no sabes lo que es estar enamorada! —dijo Charis con vehemencia.
—¡No, y me alegro! Si estar enamorada significa decir estupideces y volverse una insensata, no quiero estarlo. Y déjame decirte que tú también te alegrarías. Estoy segura de que es terriblemente incómodo. ¡Así que intenta serenarte, te lo ruego! Este no es momento para organizar un escándalo por una tontería. Ya veremos cómo te sientes cuando hayas tenido tiempo para reflexionar. ¡Y por favor, no nos peleemos! No quiero resultar descortés, pero he pasado muchos nervios, y no tengo fuerzas para discutir por una…
Frederica se detuvo, pero Charis terminó la frase por ella.
—Por una tontería, ¿no? —exclamó, y salió de la habitación.
Frederica no hizo ningún esfuerzo para seguirla. Había conseguido mantener la calma, pero nunca había estado tan cerca de perderla con su hermana. Después de todo lo que había pasado, le parecía vergonzoso que Charis le organizara una escena nada más llegar a casa, cuando ella misma se sentía tan alicaída. Tal vez Charis no supiera que, cuando uno pasa por un terrible periodo de angustia, la tranquilidad no se recupera de la noche a la mañana. Tampoco Frederica esperaba que, después de la alegría por la recuperación de su hermano, fuera a sufrir episodios de rabia y melancolía. Pero aun así, Charis podía haber tenido la delicadeza de no armar un escándalo a una hora de su llegada.
La verdad era que aún estaba muy cansada, y tal vez se hubiera dejado provocar con demasiada facilidad. La última semana en Monk’s Farm había sido agotadora, porque Alverstoke ya no estaba allí para ayudarla. Se había acostumbrado tanto a recurrir al marqués para solicitar su ayuda o su consejo que lógicamente se había sentido perdida sin él. También había echado de menos su compañía. Sospechaba que, si el marqués se hubiera quedado en Monk’s Farm, no se habría deprimido tanto. También eso era lógico: por mucho que quisiera a sus hermanos pequeños, no podía hablar con ellos como con Alverstoke… o con cualquier otra persona adulta.
Esta reflexión la llevó a sumergirse en sus pensamientos y, mientras colgaba sus vestidos en el armario y trasladaba sus blusas y enaguas del baúl a la cómoda, recordó los paseos en coche y las caminatas que había disfrutado en compañía de Alverstoke, reflexionando sobre algunos comentarios que había hecho, o sonriendo al recordar otros.
Estos agradables y nostálgicos pensamientos se vieron interrumpidos por una enérgica llamada a la puerta, seguida de la entrada de Harry, que preguntó con tono imperioso:
—¿Se puede saber qué pasa, Freddy? Charis me ha dicho que pretendes pasar el verano en Somerset, en la residencia de Alverstoke. Me sorprende que estés dispuesta a depender de él de esa manera, pero yo no pienso hacerlo. Soy perfectamente capaz de ocuparme de mi familia, y espero que se lo digas. Es más, me gustaría saber qué anda tramando. Puede que tú no estés al corriente de su reputación, pero yo sí. ¡Y no pienso tolerarlo, maldita sea!
—¡Ah!, ¿no? —preguntó Frederica con aparente tranquilidad—. ¡Pues entonces empieza a ocuparte de tu familia! ¡Porque hasta ahora no has hecho nada por nosotros! Ni siquiera fuiste capaz de buscar un alojamiento cuando te lo pedí. Has permitido… No, has animado a Endymion Dauntry a cortejar a Charis, sin importarte las consecuencias. Nunca has hecho el menor esfuerzo para… aceptar tus responsabilidades. Te has contentado con dejarlo todo en mis manos. Y ahora… ahora, cuando estoy desesperada, y mi primo… no, mi hermano, acude en mi ayuda, tienes la desfachatez de decirme que no piensas tolerarlo, y que no quieres depender de él. ¡Y te sorprende que yo quiera hacerlo! ¡Pues bien, no quiero, pero lo haré, porque no puedo recurrir a nadie más! Dices que mi actitud te sorprende. ¡No más que a mí la tuya, te lo aseguro!
A Frederica se le quebró la voz. Le dio la espalda a su hermano, tan sorprendida como él. Había conseguido mantener la calma con Charis, pero jamás pensó que la perdería con Harry. No pretendía hacerle tantos reproches, y ahora le horrorizaba lo que había dicho. No podía imaginar qué se había apoderado de ella, pero de pronto estaba temblando, y presa de una ira que no había experimentado nunca. Y ahora se sentía débil, desconcertada e incapaz de contener las lágrimas.
—Lo siento —dijo en voz baja—. No pretendía… No me encuentro bien. Estoy muy cansada. ¡Olvida lo que he dicho, por favor! ¡Y márchate, te lo ruego!
—¡Por supuesto! —replicó Harry—. ¡Ahora mismo!
Y dicho esto salió de la habitación, humillado y con una violenta sensación de injusticia. Había la suficiente verdad en las hirientes acusaciones de Frederica para remover su conciencia, y eso le enfadó aún más que si no hubiera habido ninguna. ¿Quién tenía la culpa de que no hubiera aceptado sus responsabilidades? ¡Frederica, por supuesto! ¡Menudo escándalo habría organizado si hubiera intentado interferir en el gobierno de la casa! ¿Cuándo había solicitado su ayuda? ¡Nunca! O no hasta que le pidió que se ocupara de Charis durante su ausencia de Londres. ¿Y no lo había hecho? Sí, y sin quejarse en ningún momento, aunque tuvo que renunciar a todos los entretenimientos que tanto le gustaban. ¿Acaso se había quedado en Londres las últimas semanas porque le apetecía? ¡Por supuesto que no! Lo hizo porque Frederica se lo pidió. Si por él fuera, se habría marchado de inmediato a Monk’s Farm.
Harry siguió así durante un buen rato, haciéndose preguntas y encontrando respuestas irrefutables, que le proporcionaban muy poca satisfacción. Su sensación de ofensa aumentó; y cuando Charis le buscó más tarde para solicitar su ayuda, estaba lo bastante ofendido para prestarse a cualquier plan que pudiera molestar a Frederica.
En vista de su reclusión forzosa, y posiblemente inmediata, en Alver, Charis consideró que era de vital importancia consultarlo con Endymion. ¿Podría transmitirle un mensaje de su parte?, le preguntó a Harry. ¿Y sabía dónde podrían tener una cita respetable?
¡Desde luego! Harry haría una visita a Endymion esa misma tarde. Respecto a la cita respetable, nada podía ser más sencillo. Se encontrarían en Kensington Gardens, y él mismo acompañaría a Charis hasta allí.
—¡Oh, Harry, sabía que podía contar contigo! —exclamó Charis.
Aquello supuso un bálsamo para sus heridos sentimientos. ¡Al menos contaba con la simpatía de una de sus hermanas! En cierto modo, era una pena que Frederica no estuviera presente para escuchar esta declaración de fe. Pero en cualquier caso, pronto se daría cuenta de que no era el despreciable lechuguino que ella creía, sino un hombre valioso al que tener en cuenta.
Pero cuando Frederica entró en el salón justo antes de la cena, parte de su rencor se esfumó. Harry estaba solo, y su hermana fue directa hacia él, le rodeó el cuello con los brazos y le dio un beso en la mejilla, diciendo:
—¡Oh, Harry! ¡Menuda arpía tienes por hermana! ¡Perdóname!
Harry seguía dolido. Aunque la sensación ya se le estaba pasando, le llevó a decir:
—¡La verdad es que has sido muy injusta, Freddy!
Estaba dispuesto a demostrarle punto por punto, igual que se había demostrado a sí mismo, que le había juzgado mal. Y si Frederica se lo hubiera permitido, pronto habría recuperado su buen humor. Pero no se lo permitió. Ya había soportado dos escenas desagradables. Estaba cansada, le dolía la cabeza y, más que nada en el mundo, quería irse a la cama antes de iniciar otra discusión. Así que dijo:
—Sí, querido, lo sé. ¡Pero será mejor que hablemos de otra cosa!
—Como quieras, pero fuiste tú la que sacó el tema de Charis y Endymion, y…
—¡Por el amor de Dios, Harry, no! —exclamó Frederica—. ¡No tengo ni la capacidad ni el deseo de iniciar una discusión contigo!
Harry interpretó que su hermana mayor despreciaba su opinión. Inmediatamente se puso rígido y dijo con gélida cortesía:
—¡Como gustes!
Frederica sabía que había herido su sensibilidad, y que debía apaciguarle, pero también que eso requeriría tacto y paciencia, y ambas virtudes la habían abandonado. Así que se limitó a sonreírle con cansancio, y se consoló pensando que los enfados de Harry no solían durar.
Charis bajó a cenar con los ojos llorosos, pero bastante serena, y cuando ella y Frederica se retiraron al salón, se concentró en su labor. Respondió a los intentos de conversación de Frederica, pero ella no inició ninguna.
Las dos se fueron a la cama pronto. Frederica se sintió aliviada cuando su hermana le dio un abrazo en respuesta a su beso de buenas noches.
Se quedó dormida casi de inmediato, pero Charis permaneció despierta, esperando el sonido de los pasos de Harry en la escalera. Cuando los oyó, se incorporó en la cama con expectación, porque este le había prometido que le haría saber el resultado de su misión. Cuando su hermano llamó a la puerta con suavidad, susurró: «¡Pasa!». Apenas esperó a que cerrara la puerta para preguntarle:
—¿Le has visto, Harry?
—Sí, claro. ¡No grites tanto! —respondió su hermano, dirigiendo una mirada significativa a la pared que separaba su habitación de la de Frederica.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Charis, bajando la voz—. ¿Qué piensa que deberíamos hacer?
—Ha dicho que necesita un tiempo para pensarlo —contestó Harry, que fue incapaz de reprimir una sonrisa.
—Seguramente se ha quedado muy sorprendido —dijo Charis con dignidad.
—¡Oh, sí, ya lo creo! Al principio no dejaba de decir: «¡Qué contrariedad!». Pero mañana lo veremos, así que tranquilízate. Por cierto, tendremos que inventarnos una excusa, por si Frederica nos pregunta adónde vamos. ¡Porque ten por seguro que lo hará!
—¡Oh, no, Harry! ¡Detesto tener que engañarla! —dijo Charis con tristeza.
—Pues entonces no podrás ver a Endymion.
—¡Pero tengo que verlo!
—¡Entonces deja de comportarte como una estúpida! ¿No necesitas comprar nada?
Después de una prolongada reflexión, Charis dijo que si se veía obligada a ir a Alver, necesitaría papel de dibujo, aunque una vez allí no tuviera ganas de usarlo. Harry se mostró de acuerdo con su propuesta y se fue a la cama, recomendándole que no se preocupara.
Charis estaba terriblemente nerviosa a la mañana siguiente, pero la fortuna le sonrió. Cuando llegó la hora de irse a Kensington Gardens e iba a despedirse de Frederica, descubrió que su hermana estaba atendiendo a una visita, en concreto a lord Buxted.
La entrada de Charis supuso una agradable interrupción. Nada más estrechar la mano de Felix, que estaba tumbado en el sofá, el genio malvado de lord Buxted le llevó a expresar su esperanza de que nunca volviera a dar a su hermana semejante disgusto. Frederica intentó intervenir, pero en vano. Hacía tiempo que lord Buxted había decidido que era demasiado blanda y, con una sonrisa que enfureció de inmediato a los tres hermanos Merriville, dijo:
—¡Tu hermana es demasiado buena, Felix! Lamento decirlo, pero en mi opinión te mereces todo lo que te ha pasado. No voy a insistir más, pero…
—¡No pienso escucharle, diga lo que diga! —saltó Felix, con las mejillas encendidas y echando chispas por sus ojos azules—. ¡No tiene derecho a sermonearme! ¡Usted no es mi tutor!
—¡Felix, ten cuidado con lo que dices! —exclamó Jessamy con brusquedad, al tiempo que apoyaba la espalda en los cojines. El joven miró a lord Buxted y, tratando de medir sus palabras, dijo—: No es necesario que regañe a mi hermano, se lo aseguro.
—¡A él no le corresponde regañarme! —declaró Felix con furia—. Le corresponde al primo Alverstoke, y ya lo ha hecho. Y no me soltó un sermón, porque es muy bueno, y sabía que estaba arrepentido. ¡Y si quisiera darme una paliza, tiene todo el derecho a hacerlo!
Como era evidente que Felix se estaba sumiendo en un peligroso estado de excitación, y aún más evidente que cualquier intento de arrancarle una disculpa sería rechazado con violencia, Frederica recibió a su hermana con sincero alivio.
No creyó ni por un momento que Harry fuera a acompañar a Charis a comprar, pero aceptó la excusa diciendo:
—¿Vais a llevaros a Lufra? ¡Yo que vosotros no lo haría!
—¡Oh, no! —dijo Charis, soltando la correa del perro—. Pero sabe que vamos a salir, y en cuanto abramos la puerta querrá escaparse. Por eso te lo he traído, Jessamy.
El joven asintió y chasqueó los dedos para llamar a Lufra, que estaba olisqueando las lustrosas botas de lord Buxted. Charis se marchó, contenta de haber escapado a un interrogatorio.
La presencia de lord Buxted evitó las preguntas desconfiadas, pero en cualquier caso, Frederica no las habría hecho. No era una carcelera, y no quería que Charis pensara que la estaba vigilando. Estaba segura de que tenía una cita secreta con Endymion, pero por mucho que condenara su conducta, habría sido una crueldad negarle el que, con toda probabilidad, sería su último encuentro en varios meses. Y por lo menos se había llevado a Harry para que le hiciera compañía.
Así que se olvidó del asunto e intentó desviar la atención de lord Buxted, que había ofendido a Jessamy diciendo que menuda sorpresa se llevarían las visitas si encontraban a un monstruo como Lufra en el salón de Frederica.
Pero ninguna de las visitas que llegaron más tarde dio muestras de sorpresa. El primero fue Darcy Moreton, al que lord Buxted miró con hostilidad. Y al cabo de unos minutos, el mayordomo anunció a lady Elizabeth Kentmere y a lord Alverstoke.
La entrada de Alverstoke tuvo el efecto de una descarga eléctrica, observó el señor Moreton con tristeza. La alegría en los ojos de Frederica era inconfundible, y era evidente que el marqués se llevaba de maravilla con sus pupilos. Felix exclamó con alegría: «¡Primo Alverstoke!», e hizo un esfuerzo para levantarse. Jessamy, por su parte, se detuvo un momento para hacer una reverencia a lady Elizabeth, y enseguida empezó a contar a Alverstoke algo que había pasado en Monk’s Farm después de su partida. Como Felix también tenía algo que decirle, y Lufra, que había captado aquellas muestras de cariño, se puso a ladrar, durante varios minutos reinó la confusión. Lady Elizabeth soltó una carcajada y, mientras estrechaba la mano de Frederica, dijo:
—¡Sabía que lo querían, pero no que su llegada causaría tanto revuelo!
—¡No, y le pido disculpas! —dijo Frederica sonriendo—. ¡Pensará que se han criado en los barrios bajos!
—¡En absoluto! —terció lord Buxted—. Pero no creo que a Felix le convenga tanta agitación. ¿No sería mejor que Jessamy se lo llevara a otro sitio?
—¡Oh, no! —contestó Frederica—. Alverstoke sabe muy bien cómo meterlo en vereda.
Y pronto se demostró que tenía razón. El marqués acalló el escándalo sin la menor dificultad: ordenó a Felix que volviera al sofá, le pidió a Jessamy que hiciera callar al perro de Baluchistán, y añadió que, cuando quisiera que dos mocosos le dejaran sordo, ya les informaría. Estas mordaces palabras fueron recibidas con muy buen humor, circunstancia que lord Buxted observó con considerable sorpresa y cierta desaprobación. Tampoco le agradó que Alverstoke se sentara al lado de Frederica y se embarcara con ella en lo que parecía una conversación íntima. Como Eliza, que estaba hablando con el señor Moreton, tuvo el detalle de meter a su sobrino en la conversación, Buxted se vio obligado a prestarle atención, y no pudo escuchar lo que Alverstoke le decía a Frederica en voz baja.
Pero sus palabras no podían ser más inofensivas.
—¡Está mucho mejor! —comentó el marqués.
—Sí. Aunque estaba un poco cansado después del viaje, y este calor parece haber reavivado ciertos dolores y achaques.
—Cuanto antes te lo lleves a Alver, mejor. ¿Has escrito al doctor Knighton?
—Esta mañana. Mencioné tu nombre, como me ordenaste, y adjunté la carta que el doctor Elcott me dio para él.
Alverstoke asintió.
—Confío en que puedas trasladarte antes de que termine la semana. Por cierto, en el asunto del profesor creo que he excedido tus instrucciones.
—¿No querrás decir que has encontrado uno? —exclamó Frederica.
—No, lo ha encontrado Charles. Me ofreció los servicios de su hermano, Septimus, y le contraté. Ahora mismo se aloja en Berkeley Square. Es un joven muy agradable, y a los chicos les gustará. ¡Solo espero que a ti también!
—¡Oh, no tengas la menor duda! Si es hermano del señor Trevor, me tiene que gustar a la fuerza. ¡Por favor, dale las gracias a Charles de mi parte!
—Por supuesto, aunque el acuerdo será tan ventajoso para Septimus como para ti. Ya estaba buscando un puesto de profesor para las vacaciones, y este (si estás de acuerdo en pasar el verano en Alver) le permitirá seguir viviendo en su casa. La rectoría está a tan solo unas millas de la finca. Dime cuándo quieres que venga a verte, y le diré que te haga una visita.
—En cualquier momento. Ahora mismo apenas salgo, y cuando lo hago solo me ausento unos minutos —hizo una pausa, como si se le hubiera ocurrido algo—. Me pregunto si debería pedirle a Harry que haga la entrevista. Yo creo que le gustaría hacerla él.
—¿De veras? Yo creo que no. Sería muy comprometido para él, si es que consigues convencerle de que interrogue a Septimus sobre su formación, que lo dudo. Septimus está terminando sus estudios, querida, y ahora mismo está impartiendo clases en la universidad. Por cierto, no veo a Harry ni a Charis. ¿Sigue Harry ocupándose de tu hermana?
Frederica esbozó una sonrisa, pero respondió con cierta reserva:
—¡Por supuesto! Creo que la ha acompañado a hacer unas compras.
Frederica no lo creía, y tampoco le habría sorprendido saber que Charis se encontraba en ese momento en un banco de Kensington Gardens, sentada entre su hermano y su amado, y contando a Endymion que iban a separarlos para siempre.
—¡Deja de decir tonterías! —terció Harry—. ¡Te he dicho mil veces que nadie os puede separar para siempre!
—Es verdad —admitió Endymion.
—Pero una vez que esté prisionera en Alver…
—¡Eso sí que es una contrariedad! —dijo Endymion con gesto sombrío—. ¡Ha sido un truco muy sucio! No me extrañaría que todo fuera una conspiración. Alverstoke es muy listo, ¿sabes? No he vuelto a estar tranquilo desde que me dijo que no prodigara tantas atenciones a Charis. Fue muy amable, pero era evidente que me estaba haciendo una advertencia. Eso pensé entonces, ¡y está claro que tenía razón! En fin, podría ir a verte a Ramsgate, pero a Alver no. En Alver me conoce todo el mundo, y si asomo la nariz a unos metros de la finca, algún chivato se lo contará a Alverstoke.
—¡Y cuando dejemos Alver te enviarán a una espantosa misión, y Frederica me obligará a volver a Graynard!
—Si le envían a una misión, no tendrás que volver a Graynard —dijo su pragmático hermano—. Y ahora que lo pienso, de todas formas no puede obligarte. Porth alquiló la finca por un año.
—Entonces a Harrogate, para que Felix pueda beber las aguas medicinales —dijo Charis con amargura.
—Es posible —admitió Harry.
—No voy a ir a ninguna misión —anunció Endymion de repente—. Antes desertaré. Mi primo no puede hacer nada para impedírmelo. ¡Es más, una vez que haya desertado, nadie podrá impedir que me case con Charis!
—¡Pero si soy menor de edad! —le recordó Charis con tristeza.
—¡Esa es otra contrariedad! Cuando pienso que tendré que esperar dos años, y que seguramente ni siquiera podré ir a verte… ¡me dan ganas de llevarte a la frontera! ¡No digo que vaya a hacerlo! —se apresuró a añadir, mirando a Harry con prevención—. ¡Sería demasiado escandaloso!
—¡Oh, no! ¡Jamás podría hacer algo tan horrible! Si Frederica comprendiera que estamos enamorados de verdad… ¡Pero nunca dará su consentimiento, nunca!
—¡Un momento! —la interrumpió Harry, dando un respingo—. Maldita sea, ¿por qué no se me había ocurrido antes? ¡Ya lo tengo, por Júpiter!
Charis y Endymion le miraron con ansiedad.
—¿Qué es lo que tienes, querido? —preguntó Charis, muy angustiada.
—¡No necesitas su consentimiento! ¡Ella no tiene nada que decir en este asunto! —dijo Harry, con un brillo malicioso en los ojos—. ¡Frederica no es tu tutora! ¡Soy yo!