Frederica
Capítulo 2
2
C uando el marqués entró en su casa un tiempo después, se fijó en una carta que descansaba en una de las consolas de ébano y bronce del recibidor. La dirección estaba escrita en letra grande y florida, y la oblea azul pálido que la sellaba estaba intacta. El señor Charles Trevor, el excelente secretario del marqués, había advertido de un vistazo que la carta pertenecía a una de las bellezas que atraían de vez en cuando la errática atención de milord. Después de dejar el sombrero, los guantes y el abrigo de capas que había suscitado la admiración de Kitty Buxted en manos de su lacayo, Alverstoke cogió la carta y se dirigió a la biblioteca. Al romper la oblea y extender el papel doblado, un perfume ambarino asaltó su sensible olfato. Una expresión de disgusto se dibujó en su rostro; sostuvo la carta a cierta distancia y buscó su monóculo. A través de él, leyó superficialmente la misiva, antes de arrojarla al fuego. Fanny se estaba volviendo insufriblemente aburrida, pensó. Era una joven preciosa pero, como tantas otras bellezas, nunca estaba satisfecha. Ahora se le habían antojado un par de caballos castaños para su birlocho; la semana anterior había sido un collar de diamantes. Alverstoke había satisfecho todos sus deseos, pero eso serviría como regalo de despedida.
El embriagador perfume con que Fanny había rociado la carta se había quedado impregnado en sus dedos. Se los estaba limpiando cuando Charles Trevor entró en la biblioteca. El marqués levantó la cabeza y, al ver la expresión de sorpresa de su secretario, le explicó que no podía soportar el ámbar.
El señor Trevor no dijo nada, pero era tan evidente que estaba al tanto de todo, que Alverstoke dijo:
—Sé lo que está pensando, Charles, y tiene toda la razón. Ya es hora de que le dé a Fanny unas merecidas vacaciones —dijo, suspirando—. Era divertida, pero tan estúpida como avariciosa.
Una vez más, el señor Trevor no hizo ningún comentario. Le habría resultado difícil, porque sus pensamientos sobre el tema estaban encontrados. Como moralista, no podía por menos que condenar la forma de vida de su patrón; como persona profundamente imbuida de los ideales caballerescos, sentía lástima por la pobre Fanny; pero como estaba al corriente del grado de generosidad de milord hacia la dama, se vio obligado a admitir que esta no tenía ningún motivo para quejarse.
Charles Trevor era uno de los miembros más jóvenes de una familia numerosa, y debía su empleo actual a que su padre había sido elegido, recién ordenado pastor, para el puesto de profesor particular y consejero del padre del actual marqués, y además le había acompañado a un largo viaje por el continente. Su generosa remuneración no fue la única recompensa del señor Trevor: su noble alumno le guardó un cariño sincero, fue padrino de su hijo mayor y educó a su hijo en la convicción de que el reverendo Laurence Trevor tenía derecho a su protección.
Así que, cuando el reverendo Laurence sugirió al actual marqués que Charles era un buen candidato para el puesto de secretario, Alverstoke lo aceptó con mejor disposición que los miembros de la servidumbre. Charles no tenía intención de hacerse pastor, pero era un joven de carácter serio y moral intachable, y nada de lo que había oído de Alverstoke le hacía pensar que su nombramiento pudiera ser otra cosa que una mortificación de la carne. Pero como, además de sentido común, tenía una gran dosis de afecto filial, y sabía que para un clérigo de moderada fortuna no era fácil mantener a un sexto hijo, se guardó sus recelos, aseguró a su padre que haría todo lo posible para no defraudar sus expectativas y se consoló pensando que, cuando estuviera preso en Alverstoke House, le resultaría más fácil aprovechar una buena oportunidad que esperando de brazos cruzados en una parroquia rural.
Como sus gustos se inclinaban por la política, la oportunidad aún no se había presentado. El marqués no compartía su ambición, y hacía pocas apariciones en la Cámara Alta. Pero le dejaba escribir todos los discursos breves que consideraba oportuno pronunciar y, de vez en cuando, le hacía el honor de compartir con él sus convicciones políticas.
Además, a Charles le había resultado prácticamente imposible sentir antipatía por el marqués. Aunque nada le hacía pensar que Alverstoke compartiera sus intereses, le parecía tan bondadoso como amable, y muy campechano en el trato. Siempre que compartía opiniones con un compañero en una situación similar, cuyo patrón parecía considerarle un cruce entre un esclavo africano y un sirviente, Charles se sabía afortunado. Alverstoke era capaz de hacer terribles desaires a los aduladores, pero si su secretario se equivocaba, le regañaba de forma intachable, pues no transmitía ninguna insinuación de superioridad social. Al amigo de Charles le llovían las órdenes; Charles recibía educadas peticiones, que normalmente venían acompañadas de una atractiva sonrisa. Por mucho que lo intentara, no podía resistirse al encanto del marqués, y tampoco podía evitar admirarle por su maestría como jinete y su habilidad en tantas actividades deportivas.
—Deduzco por su aire dubitativo y avergonzado que considera su deber recordarme otra obligación —dijo el marqués, con un brillo divertido en los ojos—. ¡Hágame caso, Charles, y no lo haga! Me parecerá muy descortés por su parte, y lo más seguro es que le mande a paseo.
Una sonrisa se dibujó en el rostro serio del señor Trevor.
—¡Usted nunca hace eso, señor! —dijo—. Y no es una obligación, o al menos eso creo. Solo pensé que le gustaría saberlo.
—¿Ah, sí? En mi experiencia, esas palabras son el preludio de algo que preferiría no saber.
—Lo sé —dijo el señor Trevor con ingenuidad—, pero me gustaría que leyera esta carta. De hecho, le prometí a la señorita Merriville que lo haría.
—¿Y quién es la señorita Merriville? —preguntó el marqués.
—Me dijo que usted lo sabría, señor.
—Charles, a estas alturas ya debería saber que no puedo acordarme de todas las señoritas… —Alverstoke se detuvo, frunciendo el ceño—. Merriville —repitió con mucho cuidado.
—Creo que es pariente suya, señor.
—¡Una muy lejana! ¿Qué demonios quiere?
El señor Trevor le entregó una carta sellada. El marqués la cogió, pero dijo con severidad:
—¡Debería echarla al fuego! ¡Así tendría que explicarle a la señorita Merriville que al final no pudo obligarme a leerla!
Alverstoke rompió la oblea y abrió la carta. No tardó mucho en hacerse una idea de su contenido. Cuando llegó al final, alzó los ojos y dirigió una mirada inquisitiva al señor Trevor.
—¿Acaso está indispuesto, Charles? ¿Estuvo anoche de juerga y no se encuentra bien?
—¡Por supuesto que no! —dijo el señor Trevor, escandalizado.
—¿Y cómo es que se ha vuelto loco de repente?
—¡No estoy loco!
—Tiene que estarlo. ¡Porque en los tres años que lleva a mi servicio, nunca ha dejado de excusarme ante mis familiares más inoportunos! ¡Por eso no me explico cómo es posible que haya dado esperanzas a unos muertos de hambre!
—¡Estoy convencido de que no son unos muertos de hambre, señor! No creo que sean adinerados, pero…
—Unos muertos de hambre —repitió el marqués con firmeza—. Teniendo en cuenta que mi hermana cree que vive apartada del mundo en Grosvenor Place, ¿qué se puede esperar de una familia que reconoce alojarse en Upper Wimpole Street? Y si esta… —volvió a mirar la carta— F. Merriville es la hija del único miembro de la familia al que apenas he tratado, tenga por seguro que no tiene ni un céntimo, y que espera que yo tenga la amabilidad de remediarlo.
—¡No, no! —dijo el señor Trevor—. Espero no dar esperanzas a gente así.
—Yo también —convino el marqués—. ¿Son amigos suyos, Charles? — preguntó, alzando una ceja con aire burlón.
—No los había visto en mi vida, señor —respondió el señor Trevor, muy envarado—. Tal vez debería recordarle que me parece sumamente inapropiado intentar presentarle a mis amigos.
—¡Bueno, no se enfade! Le aseguro que no pretendía ofenderle —dijo Alverstoke con amabilidad.
—¡No, señor, por supuesto que no! —dijo el señor Trevor, más tranquilo —. ¡Le ruego que me perdone! La verdad es que… En fin, será mejor que le explique cómo conocí a la señorita Merriville.
—¡Adelante! —le invitó Alverstoke.
—Vino a entregar la carta en mano —reveló el señor Trevor—. El carruaje se detuvo en la puerta justo cuando iba a entrar en la casa. Hoy no me dejó mucho que hacer, así que pensé que no le molestaría que saliera a comprarme unos pañuelos nuevos.
—¿Quién ha podido meterle esa idea en la cabeza?
El marqués arrancó otra sonrisa a su serio secretario.
—Usted, señor. En fin, la señorita Merriville bajó del carruaje con la carta en la mano, y yo estaba subiendo las escaleras. Así que…
—¡Ajá! —intervino Alverstoke—. ¡Así que no tiene lacayo! Seguramente sería un coche de alquiler.
—Eso no sabría decirlo, señor. Le pregunté si podía ayudarla, diciéndole que era su secretario, y empezamos a hablar. Le dije que le daría su carta, y… en fin…
—Le dijo que se encargaría de que yo la leyera —completó Alverstoke—. ¡Descríbame a esa encantadora criatura, Charles!
—¿A la señorita Merriville? —preguntó el señor Trevor, aparentemente desconcertado—. ¡La verdad es que no me fijé mucho en ella, señor! Era muy educada y sencilla y… desde luego no parecía una muerta de hambre —hizo una pausa, tratando de evocar la imagen de la señorita Merriville—. En fin, yo no entiendo mucho de eso, pero me pareció que iba vestida con elegancia. Era bastante joven, aunque no creo que estuviera disfrutando de su primera temporada. Ni siquiera de la segunda —añadió con aire reflexivo. Exhaló un profundo suspiro y dijo en tono reverencial—: ¡La que me llamó la atención fue la otra, señor!
—¿Ah, sí? —le animó Alverstoke, mirándole con ojos cada vez más risueños.
El señor Trevor parecía tener dificultades para explicarse, pero después de una pausa, durante la cual pareció evocar una visión celestial, dijo con solemnidad:
—¡Señor, nunca había visto… ni siquiera había soñado con una joven tan hermosa! ¡Tenía que haber visto sus ojos! ¡Eran tan grandes, y de un azul tan intenso! ¡Y su cabello…! ¡Era como el oro reluciente! Además tenía una naricita preciosa, y un cutis exquisito. Y cuando habló…
—¿Y qué me dice de sus tobillos? —le interrumpió el marqués.
El señor Trevor se ruborizó y soltó una risita.
—No pude verle los tobillos, señor, porque no se bajó del carruaje. Me llamó la atención su expresión angelical y la dulzura de su voz. La verdad es que hay algo muy cautivador en ella… No sé si me entiende.
—Me hago una ligera idea.
—En fin… Cuando se inclinó hacia mí y me sonrió, y me pidió que le diera la carta, le prometí que lo haría. ¡Aunque sabía que a usted no le haría ninguna gracia!
—Se equivoca, Charles. Confieso que no tengo el menor deseo de visitar a la señorita Merriville, pero me encantaría conocer a su acompañante. ¿Quién es, por cierto?
—No estoy seguro, señor, pero me imagino que será la hermana de la señorita Merriville, aunque no se parece nada a ella. La señorita Merriville la llamó Charis.
—Eso me confirma en mi aversión a la señorita Merriville. ¡De todas las abreviaturas que existen, Carrie me parece la más abominable!
—¡No, no! —exclamó el señor Trevor—. ¡No me ha entendido, señor! ¡Por supuesto que no es Carrie! ¡La señorita Merriville dijo claramente Charis! Y me pareció el nombre más apropiado del mundo, porque en griego significa «gracia», ¿sabe?
—Gracias, Charles —dijo el marqués con resignación—. No sé qué haría sin usted.
—Pensé que a lo mejor lo había olvidado, señor. ¡Tiene tan mala memoria!
El marqués reaccionó a este tímido ataque levantando una de sus fuertes y delgadas manos, como si fuera un espadachín.
—¡No sea descarado, Charles!
Animado por esta broma, el señor Trevor añadió:
—La señorita Merriville dijo que esperaba que fuera a visitarla a Upper Wimpole Street, señor. ¿Lo hará?
—Puede ser. Si me asegura que encontraré allí a la bella Charis.
El señor Trevor no pudo asegurárselo, pero prefirió no insistir en el asunto y se retiró sin perder las esperanzas.
Más tarde, pensando en ello, se le ocurrió que exponer a Charis al destructivo conocimiento del marqués era hacerle un flaco favor. No temía que Alverstoke intentara seducir a una jovencita respetable, por muy bella que fuera: las galanterías de milord no incluían actos escandalosos como ese. Pero sí temía que, si Charis atraía su atención, la arrastrara a uno de sus prolongados galanteos, dedicándole todo tipo de atenciones e incluso haciéndole creer que se había enamorado de ella. Cuando recordó la tierna mirada de Charis y su amable sonrisa, pensó que debía de ser fácil romperle el corazón, y le asaltó un remordimiento de conciencia. Más tarde, pensó que era imposible que estuviera sola en el mundo, y decidió que correspondía a sus padres defenderla de un consumado galán como el marqués. Además, las chicas jóvenes encabezaban la lista de cosas que aburrían mortalmente a Alverstoke. En cuanto a la señorita Merriville, al señor Trevor le había parecido perfectamente capaz de cuidar de sí misma. Había quedado deslumbrado por su bella acompañante, pero recordaba a una mujer decidida, con una nariz ligeramente aguileña y un aire amistoso y resuelto. No parecía una persona que se dejara engañar fácilmente. Estaba convencido de que el marqués no intentaría jugar con sus sentimientos. Era muy improbable que un experto en belleza como Alverstoke la considerara digna de su atención. Y aún más improbable que moviera un dedo para seducirla.
Después de varios días, durante los cuales milord no mencionó a la señorita Merriville, y tampoco fue a visitarla, empezó a parecer que, o bien había decidido ignorarla, o había olvidado su existencia. El señor Trevor sabía que su deber era recordárselo, pero no lo hizo, pensando que no era el momento. Milord se había visto obligado a soportar tres visitas (dos de sus hermanas mayores, y una de la madre de su heredero) que le habían aburrido tanto que todos los miembros del servicio pusieron especial cuidado en no irritarle.
—Porque le aseguro, señor Wicken, que cuando el señor está enfadado es capaz de cualquier cosa —dijo el orgulloso ayuda de cámara al mayordomo.
—Lo sé muy bien, señor Knapp —repuso su compañero—. Da la casualidad de que conozco a milord desde que era niño. Me recuerda a su padre, el difunto marqués, pero claro, usted no lo conoció —añadió para bajarle los humos.
Ciertamente, milord había sido sometido a una dura prueba. Lady Buxted, que nunca aceptaba la derrota, había ido a Alverstoke House con el más absurdo de los pretextos. Lo hizo acompañada de su hija mayor que, como no consiguió ablandar el corazón de su tío con zalamerías, se deshizo en lágrimas. Pero como no era una de esas mujeres afortunadas que pueden llorar sin convertirse en un adefesio, su tío se mostró tan inmune a sus lágrimas como al relato de su hermana sobre las terribles circunstancias a las que se había visto sometida. Solo la miseria, aseguró lady Buxted, la había empujado a solicitar la ayuda de su hermano en la importante tarea de presentar a Jane en sociedad. Pero su hermano le dijo, muy educado, que la palabra correcta no era la miseria, sino la tacañería. Ante lo cual milady perdió los estribos, y le echó lo que James (el primer lacayo), que estaba esperando en el recibidor, describió a su subordinado inmediato como una buena reprimenda.
La señora Dauntry fue la segunda visita de milord. Al igual que lady Buxted, era viuda, y compartía con su prima la convicción de que Alverstoke tenía el deber de mantener a sus hijos. Ahí se acababa el parecido entre ellas. Lady Buxted era descrita por el vulgo como una arpía; pero nadie podría utilizar esa palabra para describir a la señora Dauntry, que tenía un aspecto sumamente frágil, y soportaba con entereza todas las dificultades que se le presentaban. De joven había sido una famosa belleza, pero su tendencia a sucumbir a las enfermedades infecciosas la había llevado a pensar que era de constitución enfermiza. Poco después de casarse, empezó (como decían lady Jevington y lady Buxted con crueldad) a someterse a todo tipo de curanderos. La muerte prematura de su esposo fue el golpe definitivo a su mala salud: empezó a sufrir desórdenes nerviosos, y se embarcó en una serie de curas y dietas que, al incluir remedios a la melancolía como el suero de cabra (para una supuesta tisis), pronto la redujeron a las proporciones de un espíritu. A los cuarenta años se había vuelto tan adicta a la invalidez que, a menos que le ofrecieran un entretenimiento de su gusto, se pasaba el día graciosamente recostada en un sofá, con una pariente pobre que la atendía. A su lado había una mesa repleta de botellas y frasquitos que contenían infusión de canela, valeriana, gotas de asafétida, aceite alcanforado de lavanda y cualquier otro elixir o reconstituyente que le hubieran recomendado sus amigas o la publicidad del fabricante. A diferencia de lady Buxted, no tenía mal genio ni era tacaña. Tenía una voz débil y lastimera que, cuando estaba enfadada, sencillamente se volvía más débil y más cansada, y estaba dispuesta a dilapidar fortunas en sus hijos y en sí misma. Por desgracia, su patrimonio (que, según lady Jevington y lady Buxted, era considerable) no era suficiente para que pudiera vivir, sin una buena administración y economía, al estilo que según ellas estaba acostumbrada. Y como estaba demasiado inválida para dedicarse al estudio de estas artes, siempre se pasaba de su presupuesto. Hacía años que vivía a costa de Alverstoke; y aunque según ella habría preferido no depender de su generosidad, no podía evitar pensar que, puesto que su apuesto hijo era su heredero, también era su deber mantener a sus dos hijas.
La mayor de ellas, la señorita Chloë Dauntry, estaba a punto de cumplir diecisiete años. Su presentación en sociedad no había preocupado a la señora Dauntry hasta que se enteró, a través de varias fuentes confusas, de que Alverstoke estaba planeando dar un baile magnífico en honor de la señorita Jane Buxted. Puede que la señora Dauntry fuera una mujer frágil pero, según ella, en defensa de sus amados hijos podía convertirse en una leona. De esta guisa se presentó en Alverstoke House, blandiendo su arma más letal: su frasquito de sales.
La señora Dauntry no le hizo ninguna exigencia, porque ese no era su estilo. Cuando Alverstoke entró en el salón, se dirigió a él arrastrando chales y faldones y extendió las manos, que estaban exquisitamente envueltas en unos guantes de cabritilla color lavanda.
—¡Querido Alverstoke! —exclamó, mirándole con sus enormes ojos hundidos y esbozando una de sus melancólicas sonrisas—. ¡Mi querido benefactor! ¿Cómo podría agradecértelo?
El marqués ignoró por completo su mano izquierda y le estrechó brevemente la otra, diciendo:
—¿Agradecerme el qué?
—¡Oh, eres incorregible! —murmuró ella—. ¡Pero aunque tú olvides lo generoso que eres, yo no! ¡Oh, la pobre Harriet y mis hijas se han enfadado conmigo por aventurarme a salir a la calle con este frío, pero pensé que era lo menos que podía hacer! ¡Eres tan bueno!
—Vaya, esto sí que es nuevo —comentó Alverstoke—. ¡Siéntate, Lucretia, y háblame sin hacer tantos aspavientos! ¿Qué es lo que, sin darme cuenta, he hecho para merecer tu gratitud?
Nada conseguía perturbar la calma en la voz y el comportamiento de la señora Dauntry. Mientras se dejaba caer graciosamente en una butaca, respondió:
—¡Granuja! Te conozco demasiado bien para dejarme engañar. Ya sé que no te gusta que te den las gracias. De hecho, si tuviera que agradecerte lo bueno que has sido conmigo y con mi familia, tu apoyo constante y tu amabilidad con mis seres queridos, temo que podría convertirme en lo que tú llamas un verdadero plomo. Chloë, mi hija, te llama nuestra hada madrina.
—¡Debe de haberse vuelto loca! —respondió el marqués.
—¡Piensa que nadie puede compararse con su maravilloso primo Alverstoke! —dijo la señora Dauntry, riendo con delicadeza—. ¡Eres su primo favorito, te lo aseguro!
—No te preocupes —dijo Alverstoke—. ¡Ya se le pasará!
—¡Eres tan bromista! —dijo la señora Dauntry en tono divertido—. ¡Pretendes burlarte de mí, pero no te servirá de nada, te lo aseguro! En fin, efectivamente he venido a darte las gracias, sí, pero también a regañarte por haber ayudado a Endymion (algo que, desgraciadamente, yo no puedo hacer). ¡Le has comprado un caballo precioso! ¡Me ha dicho que es soberbio! Eres muy amable.
—Así que eso es lo que querías agradecerme, ¿no? —dijo milord, con una mirada sardónica—. No deberías haber salido a la calle para algo tan innecesario: cuando Endymion se alistó en el ejército le dije que le proporcionaría un caballo decente.
—¡Eres tan generoso! —suspiró la señora Dauntry—. ¡Mi hijo lo sabe muy bien! En cuanto a mí, a veces me pregunto qué habría sido de mí cuando falleció mi querido esposo si no hubiera podido contar con tu apoyo.
—Mi fe en ti, querida prima, me lleva a pensar que no habrías tardado en encontrar otro apoyo —repuso Alverstoke con la misma amabilidad. Sonrió ligeramente al ver que su prima se mordía el labio, y dijo mientras abría su caja de rapé—: Y bien, ¿a qué dificultad te enfrentas esta vez?
Al oírle, la señora Dauntry abrió los ojos de par en par, y dijo muy sorprendida:
—¿Qué quieres decir, querido Alverstoke? Dejando a un lado mi delicada salud (y ya sabes que no me gusta hablar de eso), no me pasa nada. Ya te he dado las gracias, y debo despedirme antes de que la pobre Harriet empiece a pensar que he sufrido uno de mis estúpidos espasmos. Está esperándome en el carruaje, porque no quería dejarme venir sola. ¡Se preocupa tanto por mí! ¡Entre todos me tenéis muy mal acostumbrada!
La señora Dauntry se levantó, se envolvió en su chal y extendió la mano. Pero antes de que Alverstoke pudiera estrecharla la dejó caer, exclamando:
—¡Oh, me acabo de acordar de una cosa que quería tratar contigo hace tiempo! ¡Necesito tu consejo, Alverstoke! ¡Me encuentro en un dilema!
—Me sorprendes, Lucretia —dijo él—. ¡Por mucho que te decepcione, tú nunca me decepcionas a mí!
—¡Cómo te gusta burlarte de mí! ¡Pero seamos serios, te lo ruego! Se trata de Chloë.
—En ese caso tendrás que perdonarme —dijo el marqués—. No sé nada de colegialas, y me temo que mis consejos no te servirán de nada.
—¡Ah, tú también piensas que es una colegiala! La verdad es que parece imposible que se haya convertido en una mujer. Pero así es: está a punto de cumplir diecisiete años, y aunque no pensaba presentarla hasta el año que viene, todo el mundo me dice que sería un error atrasar el evento. Dicen que la salud de nuestra querida reina es tan delicada que puede fallecer en cualquier momento. Y aunque no fuera así, se comenta que el año que viene no podrá asistir al baile de debutantes. Y eso me tiene preocupada, porque naturalmente tengo que presentar a la niña (es lo que habría deseado el pobre Henry), y si la reina está a punto de morir, es posible que no haya más bailes. En cuanto a presentarla en Carlton House, no lo haría por nada del mundo. No sé qué vamos a hacer. Aunque la duquesa de Gloucester ocupara el lugar de la reina (lo que agradaría mucho al príncipe regente, porque siempre ha sido su hermana favorita), no sería lo mismo. ¡E imagínate si nos encontramos a la
odiosa [1] lady Hertford en el lugar de la reina!
Alverstoke, al que no se le ocurrían imprevistos más inverosímiles, repuso con simpatía:
—¡Eso, imagínate!
—Así que pienso que mi deber es presentar a Chloë esta temporada, cueste lo que cueste —dijo la señora Dauntry—. Esperaba ahorrar lo suficiente para hacerlo el año que viene, pero desgraciadamente no va a ser posible. ¡Pobrecilla! Cuando le dije que tendría que presentarla con uno de mis vestidos de gala, porque el precio del vestido que quería comprarle está por encima de mis posibilidades, fue tan buena y complaciente que me partió el corazón. Es tan bonita que me gustaría vestirla con la mayor elegancia. Pero si tengo que presentarla esta temporada, no puede ser.
—En ese caso, mi consejo es que esperes al año que viene —respondió Alverstoke—. Si te sirve de consuelo, piensa que, si no hay ceremonia de presentación, ninguna de las debutantes podrá disfrutar de la experiencia.
—¡Oh, no! ¡No puedo arriesgarme a eso! —exclamó la señora Dauntry—. ¡Tengo que encontrar una manera de presentarla esta primavera! ¡Y además debo celebrar un baile en su honor! ¿Pero cómo voy a hacerlo en mi situación? —se interrumpió, asaltada por una idea—. Me pregunto si Louisa querrá presentar a Jane esta temporada. ¡La pobre tiene tantas pecas, y una figura tan lamentable! Pero ten por seguro que su madre hará un esfuerzo para presentarla con elegancia, aunque es tan tacaña que lamentará hasta el último céntimo que se vea obligada a gastar. Es más —añadió con una risita—, dicen los rumores que vas a celebrar un baile en honor de Jane.
—¿Ah, sí? —dijo milord—. Pero los rumores, como tú bien sabes, son
como «una flauta… que soplan las sospechas, los celos, las conjeturas»[2]. Se me ha olvidado el resto, pero déjame decirte, querida Lucretia, que cuando envíe las invitaciones al baile, no me olvidaré de Chloë. Y ahora déjame acompañarte a tu carruaje: pensar en la abnegada Harriet esperándote pacientemente está empezando a remorderme la conciencia.
—¡Espera! —dijo la señora Dauntry, asaltada por otra idea—. ¿Y si Louisa y yo juntáramos nuestros recursos y diéramos un baile en honor de nuestras hijas? Me temo que mi encantadora Chloë eclipsaría a la pobre Jane, pero a Louisa no le importará si puede ahorrarse unos céntimos. —La mujer levantó las manos en un gesto de súplica, y añadió con una voz que aunaba a la perfección la astucia con la adulación—: Si Louisa está de acuerdo, ¿nos dejarías celebrar el baile en tu magnífico salón, queridísimo Vernon?
—¡No, queridísima Lucretia! —repuso milord—. ¡Pero no te aflijas! ¡No va a haber ocasión, porque Louisa no estará de acuerdo! Sí, ya sé que estoy siendo tan cruel que vas a desmayarte. ¿Quieres que llame a tu fiel Harriet?
Aquello fue demasiado, incluso para la señora Dauntry. Después de dirigirle una mirada de reproche, se marchó, con un rostro que no tenía nada
que envidiar al de la señora Siddons[3], retratada por el difunto sir Joshua Reynolds como musa trágica.
La tercera visita del marqués fue lady Jevington, que no vino a pedirle un favor, sino a rogarle que no se sometiera a las exigencias de lady Buxted. Se expresó con tono mesurado y majestuoso, diciendo que aunque ella no había esperado que la ayudara a presentar a Anna en sociedad, ni se lo había pedido, le parecía una ofensa deliberada que ayudara a la señorita Buxted, la cual (dijo lady Jevington con énfasis) no compartía con su prima el privilegio de ser su ahijada. Y si su favoritismo, añadió, le llevaba a favorecer a la hija de «esa mujer», Chloë, a partir de entonces se desentendería de él.
—¡Casi logras convencerme, Augusta! —exclamó el marqués.
Estas palabras, pronunciadas con amabilidad, se vieron acompañadas de la más dulce de las sonrisas, pero lady Jevington se levantó con furia y salió del salón sin responder.
—¡Y ahora —dijo el marqués a su secretario— solo falta que tu protegida me pida que celebre un baile en su honor!