Frederica
Capítulo 28
28
—¡ o, no! —dijo Frederica de manera instintiva—. ¡No estoy para N
recibir visitas!
Pero el señor Trevor ya estaba en el umbral de la puerta. Hizo una ligera reverencia a lady Elizabeth, y cuando Buddle se hubo retirado, avanzó hacia Frederica con su agradable sonrisa.
—No debe culpar a su mayordomo, señora. Me dijo que no estaba en casa, pero le sorteé.
El marqués levantó su monóculo para observarle mejor.
—Esto no es propio de usted, Charles. Supongo que tendrá sus motivos.
—Sí, señor —respondió el señor Trevor, imperturbable. El joven escrutó el rostro de Frederica al tiempo que le daba la mano—. En caso de que haya encontrado esa carta (como supongo que ha hecho), vengo a decirle que no tiene de qué preocuparse. Todo va bien, se lo prometo.
Frederica se quedó tan sorprendida que no supo qué decir. El señor Trevor le estrechó la mano en un gesto tranquilizador antes de soltarla.
—¡Se lo prometo! —repitió.
—¿Entonces no está casada? —dijo Frederica al fin—. ¿Está seguro, señor Trevor?
—¡Sí! ¡Todo ha quedado en nada!
—¡Oh, gracias a Dios! —exclamó Frederica—. ¿Dónde está?
—Ahora mismo está con la señora Dauntry, pero espero que pueda regresar a su casa mañana. Como llevaba un baúl de viaje, pensé que no convenía que volviera esta noche. Los criados podrían murmurar, ya sabe…
—¿Así que está con la señora Dauntry? —dijo Frederica, desconcertada —. ¿Pero cómo es posible que…?
—¿Qué tiene que ver usted en todo esto, Charles? —preguntó Alverstoke.
—Bueno, ¡es una larga historia, señor!
—¿Insinúa que estaba al tanto de esta lamentable decisión?
—¡No, señor, Dios me libre! Me vi implicado por casualidad. Seguro que no se lo imagina.
—¡Por supuesto que no se lo imagina! —le interrumpió Eliza—. ¡Siéntese, y cuéntenoslo todo antes de que me muera de curiosidad! ¡Oh, le ruego que me disculpe, Frederica!
—¡Déjate de disculpas! —ordenó milord. El marqués observó la expresión adusta de su secretario y sonrió—. Debe perdonarme. He llegado a un punto en el que nada me sorprende. ¿Cuál fue la casualidad que le llevó a implicarse en este asunto?
El señor Trevor se sentó, más tranquilo. Después de reflexionar un momento dijo:
—Será mejor que se lo cuente todo desde el principio. Como recordará, me pidió que atendiera un asunto de negocios en la zona del Temple. Pues bien, lo hice esta mañana. En el camino de vuelta, me pareció ver al señor Dauntry en el patio de la iglesia de Saint Clement Danes. Me extrañó encontrarlo allí, pero lo que más me extrañó fue ver que llevaba un baúl de viaje. Pero no era asunto mío, y estaba a punto de seguir mi camino cuando un coche de punto se detuvo en la puerta de la iglesia y vi que descendía su hermano, señorita Merriville. Un momento después ayudó a bajar a la señorita Charis Merriville, que cogió del coche un baúl de viaje.
—¿Estaba llorando? —preguntó el marqués.
—No lo sé. Pero, por su manera de agarrarse al brazo del señor Merriville, diría que estaba bastante nerviosa.
—Seguro que estaba llorando —dijo milord con satisfacción.
—¡Primo Alverstoke! ¡Como te atrevas a decir una palabra más…! ¡Por favor, continúe, señor Trevor!
—En fin… Entonces lo supe. Nunca hemos sido amigos íntimos, pero sabía que el señor Dauntry y la señorita Merriville estaban enamorados, y también que usted, señora, se oponía al enlace.
—Apuesto a que eso se lo contó Chloë —comentó el marqués en voz baja.
—Mucha gente lo sabía —dijo Frederica, ignorando su comentario intencionadamente—. ¿Y qué hizo entonces?
Charles, que se había puesto un poco colorado, dirigió a Frederica una mirada de agradecimiento.
—Al principio no hice nada —confesó—. Primero porque estaba paralizado, y segundo porque no sabía qué hacer. Era una situación muy extraña, ¿sabe? No tenía ningún derecho a intervenir, sobre todo sabiendo que su hermano estaba con ella. Cuando me decidí a impedir que cometieran semejante imprudencia, ya llevaban varios minutos dentro de la iglesia. Así que crucé la calle corriendo y fui en su busca. Dentro de la iglesia no había nadie. Solo ellos, el pastor y el sacristán. El pastor ya había empezado la ceremonia. Lo cual era un fastidio, porque no podía acercarme a ellos, ni gritar: «¡Esperad un momento!», ni nada parecido. ¡No podía hacerlo con la ceremonia empezada y el sacristán mirándome! Yo no soy pastor, pero mi padre sí, y mi hermano mayor también. ¡Y la idea de organizar una escena en la iglesia me daba escalofríos! Así que me senté en la parte de atrás, pensando qué hacer. Entonces me acordé del fragmento que dice si alguien conoce alguna causa o impedimento, y me quedé esperando.
—¡Charles! —exclamó Eliza, asombrada—. ¿No querrá decir que se levantó y dijo que había un impedimento?
—Así es. Me levanté y dije: «¡Lo hay!». Yo creo que el pastor nunca se había encontrado en una situación como esa, porque estaba tan asombrado que se quedó con la boca abierta. Cuando quiso reaccionar y mandarnos a todos a la sacristía, se había armado tal jaleo que nadie le hizo caso. El señor Dauntry gritó que yo no tenía ningún derecho a entrometerme, y preguntó qué demonios había querido decir con eso; el señor Merriville montó en cólera, diciendo que no existía ningún impedimento y que él era el tutor legal de la señorita Merriville; y la señorita Merriville sufrió un ataque de histeria. Fue una escena de lo más chocante. Y tengo que reconocer que yo también dije unas cuantas cosas, olvidándome de dónde estaba. Pero al final entramos en la sacristía y las cosas se calmaron un poco, porque el señor Dauntry estaba tan ocupado tratando de tranquilizar a la señorita Merriville, que no pudo seguir insultándome.
—¿Y lo consiguió? —preguntó Alverstoke.
—No, pero el señor Merriville sí. Le arrojó un vaso de agua a la cara.
—¡Bien hecho! —dijo Frederica.
—Supongo que sí —dijo Charles, dudoso—. Es verdad que consiguió calmarla, pero también la hizo llorar, y eso dio lugar a otro escándalo, porque el señor Dauntry se enfadó con el señor Merriville, y el señor Merriville le dijo que él hacía con su hermana lo que quería. Así que empezaron a pelearse. Lo cual me vino muy bien, porque eso me permitió llevarme al pastor aparte y… tranquilizarle un poco.
—Charles —dijo Alverstoke, impresionado—. No le he hecho justicia. ¡Se merece usted un puesto de diplomático!
Charles se puso colorado y soltó una carcajada.
—¡Me temo que no tuve mucho éxito, señor! El pastor estaba hecho una furia, y con razón. Pero lo más importante es que se negó a oficiar la ceremonia, hubiera un impedimento o no, porque según él éramos todos un hatajo de infieles. Entonces el señor Merriville dijo que se desentendía del asunto, y que, ya que lo había echado todo a perder, podía irme a… Bueno, quiso decir que a partir de entonces me hacía responsable de lo que ocurriera. Y se puso hecho un basilisco. Lo cual también me vino muy bien.
—¡Lo imagino! —dijo Frederica—. ¿Y qué paso después?
—Bueno, logré convencer al pastor para que nos dejara quedarnos en la sacristía hasta que la señorita Merriville se hubiera recuperado. Y cuando me libré de él y la señorita Merriville dejó de llorar… empecé a hablarles. Les dije lo indecorosa que me parecía su conducta. Entonces, el señor Dauntry dijo que él no estaba convencido desde el principio. Y al cabo de un rato confesó que creía que usted, señor, así como la señorita Merriville estaban dispuestos a todo con tal de separarle de Charis.
—¡Mea culpa! Le sugerí que no le prodigara tantas atenciones.
—Sí, me lo dijo, pero yo creo que estaba convencido de eso desde hacía tiempo. En fin, me aventuré a decirle que, en mi opinión, a usted le importaba un comino que se casara con la señorita Merriville, pero que suspendería su asignación si lo hacía de manera tan precipitada.
—¡Qué bien me entiende usted, querido! ¿Y temió que fuera a condenarle a la miseria?
—¡Oh no! Dijo que pensaba desertar y probar suerte como granjero en los condados rurales —añadió el señor Trevor con timidez.
—¡Cielo santo! Pero si estaba dispuesto a quedarse sin asignación, ¿de qué tenía miedo? ¿Qué creía que podía hacer yo para frustrar su boda?
—Parecía pensar que iba a enviarle a una misión diplomática en el extranjero —dijo el señor Trevor muy serio.
Se produjo un momento de estupefacción. Acto seguido, Eliza y Frederica se echaron a reír a carcajadas.
—Pero le dije que eso no estaba en su mano —dijo el señor Trevor.
—¡Bien hecho! —dijo Alverstoke.
—También le dije (y espero que no le moleste, señor) que lo que tenía que hacer era contárselo todo a usted, y pedirle que arreglara las cosas con la señora Dauntry.
—¿Y conmigo no? —preguntó Frederica.
—¡Sí, por supuesto! —confesó—. ¡También se lo dije! La señorita Merriville no quería volver a su casa, señora, y no sabía dónde llevarla, así que se me ocurrió llevarlos a Alverstoke House, señor.
—¡Gracias, Charles! ¿Y qué me salvó de ese horrible destino?
Por primera vez desde que inició su relato, la voz de Charles tembló ligeramente.
—El señor Dauntry se acordó de que había dejado una carta para su madre. Se la había confiado al mayordomo, para que se la diera a las doce en punto. Pensó que seguramente su madre se había llevado un disgusto al leerla, y que su deber era tranquilizarla. Así que… paramos un coche de alquiler, convencimos a la señorita Merriville de que viniera con nosotros y partimos a Green Street.
—¿Le había dejado una carta a su madre? —repitió Alverstoke—. ¡Por el amor de Dios! ¿Por qué no pudo enviársela más tarde? ¡Si ni siquiera vive con ella!
—Pensaba que era mejor escribirle cuanto antes —dijo Charles con cautela—, por si acaso se le olvidaba.
Aquello fue demasiado, incluso para Charles. El joven sucumbió a uno de sus discretos ataques de risa.
Frederica, que fue la primera en dejar de reír, dijo mientras se secaba las lágrimas:
—¡Así que se fue con ellos! ¡Nunca pensé que sería capaz de semejante acto de heroísmo, señor Trevor!
—Confieso que la idea no me hacía ninguna gracia, pero era lo menos que podía hacer después de frustrar la boda. Al señor Dauntry le daba miedo enfrentarse a su madre sin apoyos, y la señorita Merriville estaba tan asustada, que temía que cambiaran de opinión si no les recordaba su deber. Así que me fui con ellos.
—¿Y encontraron a la señora Dauntry presa de las convulsiones? — preguntó Eliza.
—No, eso fue más tarde —dijo Charles muy serio—. Cuando entramos, estaba sentada en una butaca con la carta del señor Dauntry en el regazo, y con el aspecto de haber sufrido una profunda conmoción. Nada más posar los ojos en el señor Dauntry empezó a soltarle tal reprimenda que me dieron ganas de salir corriendo. El señor Dauntry se puso hecho una fiera, y pensé que la señorita Merriville iba a desmayarse. Yo no dejaba de repetirle que no estaban casados, pero la señora Dauntry no me hacía caso. Así que me vi obligado a acercarme a ella y zarandearla con energía. Aquello la dejó tan sorprendida que dejó de hacer reproches al señor Dauntry, y gracias a eso pude contarle que no se habían casado. Entonces la señora Dauntry se lanzó al pecho de su hijo, diciéndole en tono lastimero: «¡Oh, querido, así que te acordaste de tu madre y te arrepentiste!». Lógicamente, eso enfadó aún más al señor Dauntry, que la apartó y dijo: «¡Te equivocas, madre!». Y le contó que yo era el culpable de que no se hubieran casado, y que era un maldito aguafiestas. Así que la señora Dauntry se lanzó a mi pecho —dijo Charles, que palideció al recordarlo.
—¡Oh, pobre señor Trevor! —exclamó Frederica—. ¿Y qué hizo usted?
—Eso era lo peor, que no podía hacer nada. Me había rodeado el cuello con los brazos, y no dejaba de llamarme mi querido muchacho, y mi salvador, y de besarme en la mejilla.
—¿Qué más se puede pedir? ¡Excelente, Charles! —dijo Alverstoke.
—Bueno, a mí no me pareció excelente, y al señor Dauntry tampoco. Hasta entonces se había limitado a lanzar miradas furibundas a su madre, pero cuando oyó que me daba las gracias por haber impedido que su hijo contrajera «un matrimonio desastroso», montó en cólera, y a partir de entonces fue él quien le echó una reprimenda, y además a voz en grito. Estaba tan furioso que no le importaba lo que decía. Reconozco que me quedé tan asombrado como la señora Dauntry, porque Endymion es un joven muy amable, y nunca pensé que podía enfadarse tanto. Y cuando la señora Dauntry se llevó la mano al corazón, y susurró que le iba a dar un espasmo, el señor Dauntry gritó que le podían dar todos los espasmos que quisiera, y que si se atrevía a decir una palabra más contra la señorita Merriville, no volvería a dirigirle la palabra. Pero entonces la señorita Merriville gritó: «¡Oh, no!», y corrió hacia la señora Dauntry. A continuación la rodeó con sus brazos y le suplicó que no hiciera caso al señor Dauntry, porque no lo decía en serio, y que ninguno de los dos haría nada que pudiera molestarla, y Dios sabe qué más. La convenció para que se tumbara en el sofá, le hizo oler su frasquito de sales y ordenó al señor Dauntry que fuera a buscar unas hierbas para preparar una tisana. Y cuando este le dijo que no sabía dónde estaban, le soltó una regañina, diciéndole que cómo se atrevía a tratar así a su madre; y que si no sabía dónde estaban las hierbas, no tenía más que preguntárselo a la doncella de la señora Dauntry. Así que el señor Dauntry salió del salón y volvió con un poco de brandy, que también sirvió. Pero cuando intentó decirle a la señora Dauntry que de nada servía ponerse enferma, la mujer se echó a temblar y suplicó a la señorita Merriville que no la abandonara. Entonces las dos se echaron a llorar, y al cabo de un rato la señora Dauntry estaba llamando a la señorita Merriville «mi querida hija», y las dos se habían aliado en contra del señor Dauntry. Para entonces, a Endymion se le había pasado el enfado, y si yo no le hubiera dado un pisotón, le habría pedido perdón a su madre, y habría empezado a abrazarla y a mimarla.
Los ojos de Alverstoke resplandecieron.
—¡Muy sutil, Charles!
—No lo sé, señor. Pero era evidente que cuanto más enfadado estuviera, más se encariñaría la señora Dauntry de la señorita Merriville, porque era la única que se estaba compadeciendo de ella. Mi único temor era que entrara la señorita Plumley, pero la noche anterior había caído enferma de gripe. Fue un extraño golpe de suerte, porque la doncella de la señora Dauntry estaba atendiendo a la señorita Plumley. Y como sus hijas habían sido enviadas con su institutriz a casa de una tía para escapar de la infección, la señora Dauntry había tenido que arreglárselas por su cuenta, y eso es algo a lo que no está acostumbrada. Dijo… bueno, ya sabe cómo habla, señor.
—¡Lo sé demasiado bien!
Charles sonrió.
—Bueno, dijo que no le guardaba rencor a la señorita Plumley por haberle robado a su doncella, pero que estaba tan débil que se cansaba al menor esfuerzo. Y la señorita Merriville estuvo de acuerdo. ¡De verdad! ¡No estaba fingiendo!
—¡Oh, no! —dijo Frederica—. Charis es muy buena, ¿sabe?, y se compadece de la gente por cualquier motivo. ¡Y a veces sin motivo alguno!
—¡Eso dice mucho a su favor!
—En realidad no, pero pasemos a otra cosa —dijo Alverstoke—. Imagino que Charis estará haciendo las labores de doncella, enfermera y dama de compañía a la vez. ¿La señora Dauntry ha dado su consentimiento al matrimonio desastroso?
—Aún no, pero le ha dicho a la señorita Merriville que es una jovencita encantadora, de modo que no tardará mucho. En cualquier caso, la señorita Merriville va a quedarse con ella hasta mañana. Por eso le dije al oído al señor Dauntry que, si no quería echarlo todo a perder, lo mejor sería que desapareciera por un tiempo. Así que se vino conmigo. Y… eso es todo.
—¡Y eso es todo, dice! —exclamó Frederica—. ¡Señor Trevor, nunca le estaré lo bastante agradecida! No pienso avergonzarle lanzándome a sus brazos, porque ya ha tenido bastante por hoy, pero le prometo que lo haría encantada. ¡Gracias!
—¡No hay nada que agradecer! —balbuceó Charles, avergonzado—. ¡Solo he cumplido con mi deber!
—¡No sea modesto, Charles! —dijo Alverstoke—. Sabe muy bien que nos ha superado a todos, y eso me preocupa. Es la primera vez que alguien me hace dudar de mi propio valor.
—¡Es cierto! ¡Se ha comportado como un auténtico caballero! —dijo Eliza—. ¿Pero qué vamos a hacer ahora? Coincido con Frederica en que Endymion no es un buen partido para Charis, pero si Lucretia da su consentimiento…
Frederica suspiró.
—Supongo que tendré que hacer lo mismo.
—Desde luego —dijo Alverstoke—. ¡No querrás pasarte el resto del verano con un mar de lágrimas! Tú y Lucretia daréis vuestra bendición a estos aburridos Romeo y Julieta, yo intentaré que Romeo no cometa ninguna locura, y enviaremos un anuncio oficial del compromiso a la Gazette.
—Está bien —dijo Frederica con desgana.
—Sí, pero primero deberíais enviar vuestro anuncio de compromiso, Vernon —dijo Eliza, mirándole con aire burlón—. De hecho, opino que deberíais casaros vosotros primero. Charis y Endymion pueden esperar un mes o dos antes de anunciar su enlace. Y luego puedes dar una fiesta de compromiso en su honor, y los dos podrán casarse en Alverstoke House. ¿No le parece, Charles?
—Sí, señora. De hecho estaba pensando lo mismo —dijo el señor Trevor, mirando con valentía, aunque fugazmente, a los ojos de su indignado patrón.
—¿No me diga? —preguntó el marqués con furia.
—En fin, señor, no creerá que estoy ciego… —dijo Charles.
—¿Pero de qué estáis hablando? —preguntó Frederica, que había empalidecido de repente—. ¡Eso no va a ocurrir!
—¡No diga tonterías, querida! ¡Por supuesto que va a casarse con Alverstoke! —dijo Eliza con resolución al tiempo que se ponía los guantes—. ¡Augusta me lo dijo al día siguiente de llegar a Londres! Piensa que sería la esposa perfecta para él. Lo mismo opina Sally Jersey, y…
—Eliza, ¿puedes dejarme que se lo proponga yo? —la interrumpió el marqués con aparente calma.
—¡Sí, mi querido hermano! Pero, por favor, deja de tener tanto miedo a «presionarla», y de preguntarte si es el momento adecuado, o si sería mejor esperar a que estuviera más tranquila —repuso Eliza, sonriéndole con afabilidad—. Charles, ¿está demasiado cansado para acompañarme a Somerset House?
—¡No, señora! ¡Lo haré encantado! —respondió de inmediato el señor Trevor.
—Entonces nos vamos ahora mismo. —Eliza se dio la vuelta y abrazó a Frederica—. ¡Adiós, querida! Mañana abandono Londres, así que aprovecho ahora para felicitarla. Charles, espero que me diga qué cuadros debo admirar más.
—¡Para cuadro el que ofrecen mis hermanas! —dijo el marqués con rabia, cerrando la puerta detrás del señor Trevor. Sabía que ahora le tocaba a él comportarse con cautela, y añadió en tono reflexivo—: Tengo que reconocer que Eliza tiene razón. Es cierto que tenía miedo a presionarte cuando estabas tan preocupada por Felix. ¿Y por qué diantre tenemos que esperar a que se casen esos dos tontainas?
Frederica se había quedado clavada en el suelo, y dijo, con una voz que incluso a ella le sonó muy distinta a la suya:
—Esto es ridículo, primo Alverstoke. ¡Jamás se me había ocurrido algo tan absurdo!
—Lo sé muy bien, querida —respondió él con tristeza.
—¡Nunca he pensado en el matrimonio!
—Desgraciadamente, eso también lo sé. Solo puedes pensar en gelatina de cerdo, amor mío.
—¿En gelatina de cerdo? ¡Ah…! —Frederica le miró por un momento con ojos risueños—. ¿No querrás decir que ibas a proponérmelo entonces?
—Esa era mi intención, pero cuando te pusiste a hablar de gelatina de cerdo, se me quitaron las ganas.
—¡Era gelatina reconstituyente de cerdo! —dijo Frederica sin querer. Vio que el marqués se acercaba a ella y dio un paso atrás, diciendo—: ¡Ya lo entiendo! Te sientes obligado a proponerme matrimonio porque crees que me pusiste en una situación comprometida cuando te quedaste en Monk’s Farm. Pues te aseguro que…
—¡No me quedé en Monk’s Farm, y cuando recuerdo el cuidado que tuve en no ponerte en una situación comprometida, yendo y viniendo todos los días de la peor posada que conozco, y durmiendo en una cama abominable, me asombra tu ingratitud, Frederica!
—¡Oh no, eso nunca! ¡Fuiste tan bueno y amable! ¡Pero tú no quieres casarte conmigo, Alverstoke! ¡Sabes que no!
—¡Pues claro que no! —replicó él con cortesía—. Pero como dos de mis hermanas, mi secretario (que ha demostrado ser un descarado) y dos de mis mejores amigos están convencidos de que esa es mi intención (a pesar de todos mis esfuerzos para convencerles de lo contrario), te ruego que aceptes mi oferta, Frederica. ¡No puedo soportar la humillación que supondría un rechazo!
—¡No, no, te lo ruego! —dijo Frederica en tono de súplica—. ¡Sabes muy bien cuál es mi situación! Tengo que pensar en Jessamy y Felix. ¡No puedo dejarlos a cargo de Harry! ¡Lo sabes!
—No te he pedido que los dejes a su cargo. Me imagino que les gustará pasar parte de las vacaciones con él, pero vivirán con nosotros, por supuesto. Al igual que mi querido sobrino, lord Buxted, yo también creo que necesitan urgentemente un modelo masculino. Sé que como preceptor moral no estoy a la altura de lord Buxted, pero los chicos me quieren más a mí.
—¡Pero yo no pienso casarme con lord Buxted!
—Me parece una decisión muy sabia —dijo Alverstoke—. Por una u otra razón, parece que Jessamy y Felix le han cogido manía, ¿verdad? Además, dudo mucho que esté dispuesto a acoger al perro de Baluchistán. No, si fuera tú, yo tampoco me casaría con lord Buxted. Ni siquiera con Darcy, que anoche me confesó que había hecho todo lo posible para conquistarte. Darcy no sabría manejar a los chicos.
Frederica, que se debatía entre las ganas de reír y una extraña inquietud, dijo:
—¡Lo dices como si tuviera que casarme por el bien de mis hermanos! ¡Y no pienso hacerlo!
—¡Eso ya lo sé! Pero también sé que nunca te casarías con alguien que pudiera disgustarles, o que no estuviera dispuesto a alojarlos en su casa. ¡Solo estaba intentando convencerte! Yo sí que estoy dispuesto a hacerlo, ¿sabes? Tus hermanos me agradan, y los encuentro muy interesantes. Es más, me he acostumbrado tanto a ejercer de tutor, que no pienso consentir que los alejes de la esfera de mi influencia.
—Eres muy bueno, y muy amable —balbuceó Frederica—. Pero no sé si me lo estás proponiendo porque crees que me has puesto en una situación comprometida. O tal vez por compasión, lo cual sería un error, aunque imagino que la habrás sentido alguna vez, pero…
—¡Deja de decir tonterías, Frederica! —protestó el marqués—. ¡Vaya ocurrencia! No soy bueno ni amable, no te he puesto en una situación comprometida, y si te considerara un objeto de compasión, pensaría que eres una aburrida. Pero tú no me has aburrido nunca. —Alverstoke tomó sus manos y se las estrechó con fuerza—. ¡Eres la única mujer que conozco que no me ha aburrido nunca, y que jamás podría hacerlo! ¡Pensaba que esa mujer no existía, Frederica!
La joven estaba temblando. La cabeza le daba vueltas.
—¡Imposible! Tú no estás… enamorado de mí. ¿Cómo ibas a estarlo? ¿Pretendes engañarme? ¡Por favor, no lo hagas!
—¡En absoluto! —le aseguró él con alegría—. ¡Simplemente he descubierto que no puedo vivir sin ti, Frederica!
Ella le devolvió el apretón de manos sin darse cuenta. Le miró a los ojos con una expresión de sorpresa y recelo, y dijo con timidez:
—¿Entonces esto es estar enamorada? Nunca he estado enamorada, ¿sabes?, así que no lo sé. Y hace muchos años decidí que no me casaría con nadie a menos que estuviera enamorada de verdad. No creo que lo esté, Alverstoke, porque no me siento en absoluto como Charis, y ella sí que lo sabe. Pensaba que cuando una mujer se enamora de un caballero, se vuelve automáticamente ciega a sus defectos. Pero yo soy consciente de tus defectos, y no creo que todo lo que digas o hagas esté bien. A menos que… ¿estar enamorada significa sentirse nerviosa, triste e infeliz cuando no estás?
—¡Eso es, querida! —dijo el marqués, abrazándola sin reparos.
—¡Oh! —susurró Frederica, al tiempo que emergía de un abrazo que amenazaba con ahogarla—. ¡Ahora ya lo sé! ¡Estoy enamorada!
El menor de los Merriville irrumpió en el salón un tiempo después, y los encontró sentados en el sofá.
—Buddle me dijo que no debía molestaros, pero sabía que era mentira — dijo en tono de burla—. ¡Primo Alverstoke, me gustaría pedirle una cosa! — Felix se interrumpió al percibir, de manera repentina y con desagrado, que el primo Alverstoke estaba rodeando a Frederica con el brazo. Disgustado por aquella muestra de afecto, lanzó una mirada de desaprobación a su ídolo y le preguntó—: ¿Por qué está abrazando a Frederica, señor?
—Porque vamos a casarnos —respondió el marqués con calma—. Es obligatorio, ¿sabes? Se supone que hay que abrazar a la dama con la que vas a casarte.
—¡Ah! —dijo Felix—. Pues si es obligatorio, no le pediré a nadie que se case conmigo. Señor, tengo que reconocer que nunca pensé que usted… — una vez más se interrumpió, asaltado por un pensamiento—. ¿Eso hará de ella una… marquesesa? ¿Has oído, Jessamy? ¡Frederica va a ser marquesesa!
—¡Se dice marquesa, pequeño ignorante! —replicó su austero hermano, cerrando la puerta a su espalda—. ¡Y no tiene nada de gracioso! —Jessamy miró a Frederica, y se limitó a decir—: ¡Me alegro! —Luego añadió, algo incómodo—: Te echaremos de menos… pero me alegro.
Frederica extendió la mano hacia él.
—¡Mi querido Jessamy! ¡No me echaréis de menos, porque viviremos todos juntos! La única diferencia es que todos nosotros, Felix, tú y yo, viviremos con el primo Alverstoke en lugar de en Graynard. ¡Sé que no tendréis ningún inconveniente!
En vez de responder, Jessamy dirigió los ojos al marqués, y dijo:
—¡Gracias! Pero no creo que le agrade la idea de vivir con nosotros.
—¡Desde luego que no! —reconoció Alverstoke—. Pero no había otra manera de convencer a tu hermana.
Una de sus excepcionales sonrisas se dibujó en el rostro de Jessamy.
—¡Es usted muy generoso, señor!
—¡No, no lo es! —dijo Felix—. ¿Por qué no iba a querer vivir con nosotros? ¡Ni que fuéramos a causarle alguna molestia! Lo que quería preguntarle, primo Alverstoke, es si podría tener un laboratorio en Alver. Para hacer experimentos. ¡Le prometo que no volaré la casa! ¡Por favor, primo Alverstoke!
Terminaste Frederica
Georgette Heyer
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