Infelices
9 Enero: Christer Petterson
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Enero: Christer Petterson
Te escribo desde Estocolmo:
Los mástiles del museo Vasa se entrevén desde mi habitación; también se
distingue la isla de Skeppsholmen, el islote de casas-barco por el que decido
pasear a mediodía. Compro un par de libros en la tienda del Moderna Museet,
donde Niki de Saint Phalle exhibió una enorme instalación con forma de
voluptuoso cuerpo de mujer al que se entraba por la vagina. Luego me
detengo a probar langosta negra del mar del Norte en un restaurante que
ocupa el espacio de una antigua caballeriza de la Guardia Real. Las langostas,
sus pinzas, antenas y anténulas, me recuerdan inevitablemente a algo. Tú
sabes a qué, Moritz, ¿verdad? Me recuerdan a ti, siempre a ti, al Círculo, al
día que ganaste el premio de relatos de la Universidad e invertiste el montante
íntegro en invitarnos a comer. Hans dijo que el marisco no era lo suyo y le
pediste al camarero que le preparasen una hamburguesa. Cuando nos sirvieron
dos crustáceos abiertos en canal, Hans apartó su silla para evitar que Karl le
salpicase al quebrar las tenazas y dijo con su estilo enciclopédico que las
langostas eran hace un siglo el alimento de los pobres, que los campesinos se
las daban de comer a los gatos, que encontrar conchas de langosta en una casa
indicaba estrechez, que la disminución de su población provocó el aumento
de precio, que las langostas son como la felicidad, las valoramos porque
escasean. Yo dije entonces que hay dos tipos de personas: las que fingen ser
felices y las que no se molestan en fingir. Tú dijiste riendo: «¡Varo,
devuélveme mis legiones!». Clavaste el tenedor en el corazón de la carne
blanca y te llevaste un buen pedazo a la boca. Nos reímos nosotros también;
todos menos Hans, que calló y no volvió a emitir sonido. A ti sus silencios
nunca te incomodaron como al resto, ya hablabas tú por los demás. Aquel día
nos describiste cómo sería tu carrera literaria, dijiste que Moritz Schlick
comería a diario ostras y langosta, exigiste que celebrásemos tus ocurrencias, dijiste: «Es mi día, tenéis que reírme las gracias». Como si no lo hiciésemos
el resto de las ocasiones.
En la antigua caballeriza se ha agotado la langosta, así que almuerzo con
desgana unas albóndigas con nata y al salir me encuentro con que ha
empezado a nevar. El invierno es desagradable en Estocolmo, el frío es un
pequeño zorro ártico asustado que te mordisquea disimuladamente hasta
perforar un agujero del tamaño de un puño. La isla de los barcos parece
desierta y no cuesta imaginar la mancha de sangre que dos disparos por la
espalda dibujarían sobre la nieve. Después de varios resbalones decido pedir
un taxi y acuerdo con el conductor que me recoja media hora antes de la
ceremonia. El auditorio dista un kilómetro del hotel, pero no quiero correr el
riesgo de caerme y recibir el premio con aspecto de vagabundo que ha
dormido a la intemperie con un traje robado a punta de bayoneta en un centro
comercial.
De camino, el taxi rodea la Konzerthaus, el lugar donde se entregan los
Premios con mayúsculas. Es irónico que yo vaya a recoger uno al otro lado de
la calle, en un feo edificio de los años sesenta, un bloque de cemento que se
yergue sobre la calle Tunnelgatan, delante de la placa colocada en el suelo en
recuerdo de Olof Palme. Sus ventanas de aluminio oxidado se abren hacia
fuera y a ellas llega el intenso azul cerúleo de la Konzerthaus. Parece como si
algún bromista me hubiera escuchado el día que nos invitaste a langosta y
más tarde a una piedra de hachís y jugamos a ver quién aguantaba más el
humo. El que aguantase más tiempo tenía derecho a un deseo y yo dije:
«Ganar ese premio que entregan en Estocolmo».
QUÉ PAÍS TAN MARAVILLOSO ES SUECIA
OLOF PALME. La noche del 28 de febrero de 1986 el primer ministro sueco Olof Palme acude al cine acompañado de su esposa Lisbet. Al finalizar la película, cerca de la medianoche, se cruza con un colega sindicalista que le dice: «Qué país tan maravilloso es Suecia que el Primer Ministro puede caminar de madrugada sin escolta». Palme responde con una sonrisa. Nieva, los termómetros señalan temperaturas bajo cero. Cerca de la boca del metro de Hötorget, un hombre de complexión fuerte y una parka azul de esquiador agarra del hombro a Palme y le encaja dos balas a quemarropa por la espalda. Después sale corriendo por Tunnelgatan, un estrecho callejón rematado en unas escaleras. El asesino asciende los peldaños y se pierde en la oscuridad.
CHRISTER PETTERSON. Dieciséis años antes de la muerte de Palme, un hombre con aspecto de vagabundo llamado Christer Petterson está comprando regalos de Navidad en un centro comercial próximo a Tunnelgatan cuando nota un empujón en la fila que espera para pagar. Termina las compras y localiza en un callejón a los dos hombres que le han empujado. Desoyendo sus súplicas, le clava a uno de ellos la
bayoneta que lleva en el bolsillo y la retuerce hasta que su víctima se desploma. Christer pasa seis meses recluido en un centro psiquiátrico. En los años siguientes intenta aplastarle la cabeza a alguien con una barra de hierro, apuñala a tres hampones, ataca con un hacha a un camarero, y casi mata a un traficante de un navajazo.
LISBET PALME. Lisbet es la principal testigo del asesinato de su marido. Cuando se entera de que han arrestado a Christer Petterson y conoce sus antecedentes se convence a sí misma de que han encontrado al hombre de la parka azul. En la rueda de reconocimiento señala sin dudar al número cuatro. «El que tiene aspecto de alcohólico y drogadicto». Una declaración cargada de prejuicios que es suficiente para que el juez de apelación invalide el testimonio de la viuda. Christer es absuelto. Treinta años después, el asesinato de Palme sigue sin resolverse. Qué país tan maravilloso es Suecia.
La azafata me ha recibido sonriente y me ha felicitado por el premio agitando
sus pestañas largas como anténulas. Me ha estrechado blandamente la mano y
me ha dado dos besos con olor a maquillaje. Le he devuelto una sonrisa que
significaba «me gustaría introducirme entero en tu vagina como si fueras una
instalación de Niki de Saint Phalle», pero se ha alejado de mí con la misma
languidez con la que había llegado. Algún sensor en sus pestañas, como los
bigotes de uno de esos gatos devoradores de langosta, ha debido captar mi
vacilación, mi sentimiento de embaucador al recoger el premio de la
Asociación Olof Palme por un reportaje que no dice nada nuevo, que está
inspirado en mil y una noticias antiguas, que no aporta nada a nadie.
He deseado hacer algo original por una vez. He lamentado haber llegado
en taxi. Me sentiría mejor si me hubiese caído sobre la nieve, si hubiese
aparecido con el traje manchado y arrugado. O si me hubiese presentado
borracho y drogado como habría hecho Christer Petterson. Si hubiese extraído
de mi bolsillo una bayoneta y la hubiese puesto sobre el atril, si hubiese
sacado una hucha y hubiese recolectado dinero para el Estado Islámico, si
hubiese blandido la pistola que mató a Palme y hubiese comenzado a disparar
gritando «sic semper tyrannis», si después hubiese echado a correr…
Pero no he hecho nada de eso. Les he mentido como hago siempre, como
hacemos todos siempre. Les he dicho que estaba orgulloso y que La Revista
estaba más orgullosa aún, he elogiado a Palme y a La Revista que me paga
por mis mentiras. Mientras leía en voz alta un discurso anodino sobre la
función del periodismo de investigación mi vista se perdía en el otro edificio,
el azul cerúleo, el edificio de verdad, el del Premio de verdad.
Recuerdo que el día que nos invitaste a langosta asistimos a clase de
Periodismo Especializado. Aunque habitualmente por las tardes nos
saltábamos las clases, cuando estábamos drogados hacíamos una excepción, nos excitaba que los demás se dieran cuenta. Jugábamos a escribir discursos
de aceptación del Nobel, los cuatro en la última fila, el hachís en las pupilas,
la risita ruidosa de quien intenta no hacer ruido. Ese día el profesor estuvo a
punto de descubrirnos, Karl se guardó tu discurso en el escote entre las dos
copas del sujetador, yo introduje la mano para recuperarlo, ella se ruborizó,
Hans se ruborizó aún más, y tú me dijiste que yo no tenía derecho a hacerlo,
que era una operación que te correspondía, que era tu día, que nos habías
invitado a langosta. Recuerdo cómo comenzaba el discurso que extraje de
entre las tetas de Karl y leí en voz alta al desenmarañar el papel: «Gracias a la
Academia Sueca por concederme el Nobel por algo que no he hecho».
Rudolph.