Infelices
20 La Venus de Willendorf
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La Venus de Willendorf
Cuando empezó a salir con Hans, Karl deseaba sentirse adorada. Creía que
inclinar por completo la balanza de la pareja hacia su costado le daría la
confianza que en ese momento anhelaba. La teoría de la balanza, como tantas
otras, la había extraído del Viena. «Las relaciones amorosas», había dicho
Moritz, «son en esencia una matemática del poder». El poder lo representan
los pesos que cada miembro de la pareja coloca en su plato de la báscula:
belleza, atractivo, simpatía, confianza, autoestima, seguridad, inteligencia,
dinero, desparpajo, elocuencia, cultura, estatus, relaciones sociales, destreza
sexual, desinhibición, aptitud manipulativa, bienes inmuebles, buen gusto…
La lista es infinita. Lo curioso es que el equilibrio no permanece estable, se
mueve sobre un eje de enorme fragilidad. La satisfacción sexual, por ejemplo,
suele pesar más a los dieciocho que a los treinta, aunque reaparece con fuerza
enfilando los cuarenta. A menudo la balanza oscila de un día para otro, un
mensaje de más, una palabra de menos…
«Los atributos de la diosa Justicia deberían pertenecer a Venus», había
dicho Moritz en el Viena aplastando una colilla contra los posos del café, «la
balanza y la espada, coerción y sumisión, adorar o ser adorado, dominar o ser
dominado. Pensad en las parejas que conocéis y os daréis cuenta de que el
equilibrio no existe. La balanza y la espada». Hans había apartado a
manotazos el humo que ascendía desde el fondo de la taza y había añadido
tosiendo: «La balanza, la espada y la ceguera».
En los meses posteriores al pasar a mayores, Karl mantuvo un par de
aventuras anodinas. La primera, en Cambados, con un camarero con el que
follaba en la lonja los sábados de madrugada; se colaban por un agujero
estrecho en la verja y lo hacían de pie contra el muro, embestidas cortas y
violentas, sábados de olor a pescado, domingos de cardenales en la espalda.
¿Qué habrá sido de aquel camarero con estrabismo y pelo cortado al cepillo?
Hace ocho años que Karl no pone el pie en Cambados, el pueblo donde creció, tan importante cuando era niña como insignificante le resulta ahora.
Su segundo amante era un chaval con acné de la residencia con el que
quedaba los lunes aprovechando que su compañero de cuarto se ausentaba
hasta el martes al mediodía. Con él practicaba el sexo oral, que al menos le
evitaba ver de cerca sus granos de pus a punto de estallar. Huelga decir que
Karl no sentía apego hacia ninguno de sus amantes: eran simples instrumentos
sexuales, un curso de perfeccionamiento que daba continuidad a la clase de
iniciación de Rudolph, con quien ni había repetido ni lo había intentado.
Conservaban una relación cordial fundamentada en la discreción que
caracterizaba a Rudolph en los asuntos de faldas, como suele ocurrir con los
hombres con verdadero éxito entre las mujeres.
Aquel mes de abril Karl empezó a faltar a clase y se convirtió en una
asidua del Viena; el Círculo ejercía una intensa atracción sobre ella, un deseo
de pertenencia, un deseo de ser deseada. Al carecer del talento natural de los
otros miembros, sus calificaciones flaquearon y tuvo que recuperar dos
asignaturas en septiembre. Del primer verano de universidad apenas recuerda
el aburrimiento de las tardes de estudio viendo el sol a través de la ventana de
su casa, a sus amigas pasar con la toalla de playa enroscada bajo el brazo, y lo
pronto que llegó el nuevo curso. Plenamente instalada en el Viena, convertida
en el cuarto miembro del Círculo, se acomodó en las tertulias y aprendió a
moverse en el terreno de las teorías absurdas y el humor que solo les hacía
gracia a ellos cuatro. Participó activamente en la redacción del Manifiesto
para la recuperación del buen nombre de ratas, buitres, hienas y otros
animales difamados por los mass media con el que empapelaron la facultad la
noche que se colaron por la ventana del jardín trasero. Fue la patata en la
práctica de debate televisivo en la que Moritz, Rudolph y ella aparecieron
disfrazados de tubérculos y hortalizas y se negaron a responder a las
preguntas del moderador esgrimiendo que los vegetales no hablan. Se encerró
con ellos en el vicerrectorado como protesta por la desaparición de la Sala X
de la ciudad y les ayudó a descolgar una sábana en la que la prima Uñas de
Cerdo había dibujado a John Holmes desnudo.
Fue entonces también cuando Rudolph formó su primer grupo, con el que
tocaba versiones de Nirvana y Oasis; Moritz, inesperadamente, empezó a salir
con Uñas de Cerdo; y Asun se lio con un jugador del equipo universitario de
baloncesto. Medía cerca de dos metros y, cuando dormía con ellas en la
residencia, retiraba las tablas del pie de la cama para dejar sobresalir sus
piernas inacabables. Eso les daba a Asun y a Karl la oportunidad de jugar a
otro de los juegos que ahora la abochornan. Asun le decía al gigante al oído: «Espera a que ella se duerma y luego fóllame tranquilo, duerme como un
tronco». Lo hacían de tal forma que el jugador siempre le diera la espalda a
Karl, y ella pudiera abrir los ojos y contemplar la escena. Aquel batiburrillo
de piernas y brazos no llegaba a resultar excitante, tampoco la torpeza del
baloncestista haciendo desaparecer a la menuda compañera de cuarto, ni el
rítmico tableteo de la cama que amenazaba con desmontarse aún más rápido
que las extremidades de Asun.
En definitiva, todos tenían su entretenimiento otoñal menos Karl y el
pequeño y misterioso Hans, que fuera del Viena seguía practicando su voto de
silencio y, en cualquier caso, jamás, bajo ninguna circunstancia, hablaba de
sus sentimientos.
Hans solía estudiar por las tardes en la biblioteca de Historia, una sala de
madera vieja que desprende un aroma particular y a cada paso gruñe un
gruñido distinto, una melodía de pisadas; libros con tapas de piel alejados de
manos curiosas por una malla de gallinero; inscripciones en latín, volutas
doradas en las columnas, tres lámparas de araña de veinticuatro brazos cada
una. Orlas en los pasillos que conducen a la sala, filas de veinteañeros con
una ridícula toga y una sonrisa aún más ridícula, ilusionados por comenzar la
interminable desilusión de la vida adulta. El templo de la infelicidad donde,
en palabras de Moritz, Karl se convertiría en la Venus de Willendorf de Hans.
La verdadera razón de que Hans estudiara allí nada tenía que ver con el
esplendor de la biblioteca ni con ninguna Venus, sino con el desorden que
Moritz había instaurado en la habitación compartida. El primer encuentro fue
fortuito, Karl iba a devolver un ejemplar muy usado de La conjura de los
necios cuando vio a Hans con los codos sobre la mesa, los puños en las sienes
como un jugador de ajedrez, y aunque no la invitó se sentó a estudiar a su
lado. Él miró el libro de reojo y recitó de memoria un fragmento que tenía que
ver con el sexo como panacea (Karl ha olvidado el texto por completo salvo
esas dos palabras indelebles: sexo y panacea). «¿Cómo?», dijo ella. «La
conjura de los necios. Capítulo quinto». «¿Te lo sabes entero?». «No, ¡qué
va! Solo páginas sueltas», respondió él antes de devolver la cabeza a los
puños. Karl no comprendió si Hans consideraba la cita de párrafos textuales
una herramienta de seducción o solo alardeaba de sus conocimientos, pero le
irritó, le enfadó que nunca se dirigiera a ella y, cuando por fin se decidía a
hacerlo, utilizase las palabras de Ignatius Reilly y no las suyas propias. Se
dijo «Olvídate de él», y sin embargo regresó cada día a la biblioteca. A Hans
no pareció importarle; las palabras fueron apareciendo poco a poco, surgiendo
de la nada como los intertítulos de una película muda. Los diálogos eran escasos, pero a ella le sirvieron de apoyo en un momento en que su vocación
se tambaleaba. «Yo no valgo para el periodismo», le dijo a Hans, «no sé
escribir como vosotros, lo que yo quería, lo que siempre he querido, era
estudiar Bellas Artes, pero suspendí el examen de ingreso». Él le quitó la idea
de la cabeza: «Lo que dices no tiene sentido, no conozco a un periodista que
sepa escribir; para ser periodista lo que hace falta es picardía y tú la tienes.
Apostaría ahora mismo a que llegarás más lejos que cualquiera de nosotros».
Karl intentó agarrarle la mano como muestra de gratitud, pero Hans la retiró
de inmediato.
Seguía mirándola de soslayo cuando la creía distraída, cuando se ponía de
pie y le daba la espalda. Ella lo sabía, sabía que le miraba el culo, su grueso
trasero de Venus de Willendorf (Moritz lo llamó «enterramiento auriñaciense
de células muertas» y «caso clínico de esteatopigia hotentote» cuando jugaron
a describirse); y por esa razón se exhibía, se levantaba cuanto podía, iba al
baño sin ganas, pedía prestados libros que no tenía intención de leer, se
contoneaba, esperaba una respuesta. La tarde anterior al último examen de
febrero, cuando por fin Hans la invitó a estudiar a su residencia, Karl se dijo
que había llegado el momento de la adoración. El inicio del culto a Venus.
Moritz le abrió la puerta y la saludó con una sonrisa cargada de sarcasmo.
La decepción se dibujó en las comisuras de los ojos y los labios de Karl. Hans
esperaba con las piernas cruzadas sobre la cama. Al fondo, Uñas de Cerdo, se
dedicaba a pintar los árboles que asomaban tras un ventanuco sin prestarles
atención. Karl trató a Hans con desdén durante toda la tarde, pero él no
pareció apreciarlo, lo que aumentó su irritación. No recuerda muy bien el
contexto en el que explotó, pero sí lo que le dijo. Le dijo que si con casi
veinte años nunca se había atrevido a besar a una mujer debía plantearse su
orientación sexual. Esa noche, de vuelta en su residencia, Karl recibió una
llamada telefónica. Era Hans. Quería tener una conversación con ella al
terminar el examen. Pensó que le iba a decir que era gay y se sintió como una
mierda.
Durmió con un agujero en el estómago que alcanzó su plenitud cuando se
encontraron solos en el Viena; Karl estaba tan nerviosa que para mantener las
manos ocupadas se comió el churro seco que siempre quedaba olvidado en el
platito. Hans parecía serio, distraído, más que de costumbre, entrelazaba los
dedos y golpeaba con el zapato la pata de la mesa. Cuando por fin abrió la
boca, escupió las palabras. Ella no entendió lo que decía y le pidió, por favor,
que se lo repitiera. «Que quería decirte que me gustas». El silencio que siguió
a la declaración dura en su cabeza tanto como el verano anterior. «¿Qué tengo que hacer ahora?», preguntó Hans y ella se echó a reír. Minutos más tarde, a
la altura del edificio de Correos, lo lanzó contra la pared, como si fuera el
muro de la lonja, y le besó con tanta fuerza como la había besado a ella el
francés bajo la carpa. Contra su pelvis Karl se cobró la deuda eréctil que Hans
mantenía con ella desde hacía meses.
Esa noche lo invitó a dormir a su residencia y a la hora de apagar la luz le
dijo suavemente al oído que estuviera tranquilo, que Asun dormía como un
tronco.