Infelices

Javier Peña · Capítulo 19 de 52

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20 La Venus de Willendorf

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La Venus de Willendorf

 

Cuando empezó a salir con Hans, Karl deseaba sentirse adorada. Creía que

inclinar por completo la balanza de la pareja hacia su costado le daría la

confianza que en ese momento anhelaba. La teoría de la balanza, como tantas

otras, la había extraído del Viena. «Las relaciones amorosas», había dicho

Moritz, «son en esencia una matemática del poder». El poder lo representan

los pesos que cada miembro de la pareja coloca en su plato de la báscula:

belleza, atractivo, simpatía, confianza, autoestima, seguridad, inteligencia,

dinero, desparpajo, elocuencia, cultura, estatus, relaciones sociales, destreza

sexual, desinhibición, aptitud manipulativa, bienes inmuebles, buen gusto…

La lista es infinita. Lo curioso es que el equilibrio no permanece estable, se

mueve sobre un eje de enorme fragilidad. La satisfacción sexual, por ejemplo,

suele pesar más a los dieciocho que a los treinta, aunque reaparece con fuerza

enfilando los cuarenta. A menudo la balanza oscila de un día para otro, un

mensaje de más, una palabra de menos…

«Los atributos de la diosa Justicia deberían pertenecer a Venus», había

dicho Moritz en el Viena aplastando una colilla contra los posos del café, «la

balanza y la espada, coerción y sumisión, adorar o ser adorado, dominar o ser

dominado. Pensad en las parejas que conocéis y os daréis cuenta de que el

equilibrio no existe. La balanza y la espada». Hans había apartado a

manotazos el humo que ascendía desde el fondo de la taza y había añadido

tosiendo: «La balanza, la espada y la ceguera».

En los meses posteriores al pasar a mayores, Karl mantuvo un par de

aventuras anodinas. La primera, en Cambados, con un camarero con el que

follaba en la lonja los sábados de madrugada; se colaban por un agujero

estrecho en la verja y lo hacían de pie contra el muro, embestidas cortas y

violentas, sábados de olor a pescado, domingos de cardenales en la espalda.

¿Qué habrá sido de aquel camarero con estrabismo y pelo cortado al cepillo?

Hace ocho años que Karl no pone el pie en Cambados, el pueblo donde creció, tan importante cuando era niña como insignificante le resulta ahora.

Su segundo amante era un chaval con acné de la residencia con el que

quedaba los lunes aprovechando que su compañero de cuarto se ausentaba

hasta el martes al mediodía. Con él practicaba el sexo oral, que al menos le

evitaba ver de cerca sus granos de pus a punto de estallar. Huelga decir que

Karl no sentía apego hacia ninguno de sus amantes: eran simples instrumentos

sexuales, un curso de perfeccionamiento que daba continuidad a la clase de

iniciación de Rudolph, con quien ni había repetido ni lo había intentado.

Conservaban una relación cordial fundamentada en la discreción que

caracterizaba a Rudolph en los asuntos de faldas, como suele ocurrir con los

hombres con verdadero éxito entre las mujeres.

Aquel mes de abril Karl empezó a faltar a clase y se convirtió en una

asidua del Viena; el Círculo ejercía una intensa atracción sobre ella, un deseo

de pertenencia, un deseo de ser deseada. Al carecer del talento natural de los

otros miembros, sus calificaciones flaquearon y tuvo que recuperar dos

asignaturas en septiembre. Del primer verano de universidad apenas recuerda

el aburrimiento de las tardes de estudio viendo el sol a través de la ventana de

su casa, a sus amigas pasar con la toalla de playa enroscada bajo el brazo, y lo

pronto que llegó el nuevo curso. Plenamente instalada en el Viena, convertida

en el cuarto miembro del Círculo, se acomodó en las tertulias y aprendió a

moverse en el terreno de las teorías absurdas y el humor que solo les hacía

gracia a ellos cuatro. Participó activamente en la redacción del Manifiesto

para la recuperación del buen nombre de ratas, buitres, hienas y otros

animales difamados por los mass media con el que empapelaron la facultad la

noche que se colaron por la ventana del jardín trasero. Fue la patata en la

práctica de debate televisivo en la que Moritz, Rudolph y ella aparecieron

disfrazados de tubérculos y hortalizas y se negaron a responder a las

preguntas del moderador esgrimiendo que los vegetales no hablan. Se encerró

con ellos en el vicerrectorado como protesta por la desaparición de la Sala X

de la ciudad y les ayudó a descolgar una sábana en la que la prima Uñas de

Cerdo había dibujado a John Holmes desnudo.

Fue entonces también cuando Rudolph formó su primer grupo, con el que

tocaba versiones de Nirvana y Oasis; Moritz, inesperadamente, empezó a salir

con Uñas de Cerdo; y Asun se lio con un jugador del equipo universitario de

baloncesto. Medía cerca de dos metros y, cuando dormía con ellas en la

residencia, retiraba las tablas del pie de la cama para dejar sobresalir sus

piernas inacabables. Eso les daba a Asun y a Karl la oportunidad de jugar a

otro de los juegos que ahora la abochornan. Asun le decía al gigante al oído: «Espera a que ella se duerma y luego fóllame tranquilo, duerme como un

tronco». Lo hacían de tal forma que el jugador siempre le diera la espalda a

Karl, y ella pudiera abrir los ojos y contemplar la escena. Aquel batiburrillo

de piernas y brazos no llegaba a resultar excitante, tampoco la torpeza del

baloncestista haciendo desaparecer a la menuda compañera de cuarto, ni el

rítmico tableteo de la cama que amenazaba con desmontarse aún más rápido

que las extremidades de Asun.

En definitiva, todos tenían su entretenimiento otoñal menos Karl y el

pequeño y misterioso Hans, que fuera del Viena seguía practicando su voto de

silencio y, en cualquier caso, jamás, bajo ninguna circunstancia, hablaba de

sus sentimientos.

Hans solía estudiar por las tardes en la biblioteca de Historia, una sala de

madera vieja que desprende un aroma particular y a cada paso gruñe un

gruñido distinto, una melodía de pisadas; libros con tapas de piel alejados de

manos curiosas por una malla de gallinero; inscripciones en latín, volutas

doradas en las columnas, tres lámparas de araña de veinticuatro brazos cada

una. Orlas en los pasillos que conducen a la sala, filas de veinteañeros con

una ridícula toga y una sonrisa aún más ridícula, ilusionados por comenzar la

interminable desilusión de la vida adulta. El templo de la infelicidad donde,

en palabras de Moritz, Karl se convertiría en la Venus de Willendorf de Hans.

La verdadera razón de que Hans estudiara allí nada tenía que ver con el

esplendor de la biblioteca ni con ninguna Venus, sino con el desorden que

Moritz había instaurado en la habitación compartida. El primer encuentro fue

fortuito, Karl iba a devolver un ejemplar muy usado de La conjura de los

necios cuando vio a Hans con los codos sobre la mesa, los puños en las sienes

como un jugador de ajedrez, y aunque no la invitó se sentó a estudiar a su

lado. Él miró el libro de reojo y recitó de memoria un fragmento que tenía que

ver con el sexo como panacea (Karl ha olvidado el texto por completo salvo

esas dos palabras indelebles: sexo y panacea). «¿Cómo?», dijo ella. «La

conjura de los necios. Capítulo quinto». «¿Te lo sabes entero?». «No, ¡qué

va! Solo páginas sueltas», respondió él antes de devolver la cabeza a los

puños. Karl no comprendió si Hans consideraba la cita de párrafos textuales

una herramienta de seducción o solo alardeaba de sus conocimientos, pero le

irritó, le enfadó que nunca se dirigiera a ella y, cuando por fin se decidía a

hacerlo, utilizase las palabras de Ignatius Reilly y no las suyas propias. Se

dijo «Olvídate de él», y sin embargo regresó cada día a la biblioteca. A Hans

no pareció importarle; las palabras fueron apareciendo poco a poco, surgiendo

de la nada como los intertítulos de una película muda. Los diálogos eran escasos, pero a ella le sirvieron de apoyo en un momento en que su vocación

se tambaleaba. «Yo no valgo para el periodismo», le dijo a Hans, «no sé

escribir como vosotros, lo que yo quería, lo que siempre he querido, era

estudiar Bellas Artes, pero suspendí el examen de ingreso». Él le quitó la idea

de la cabeza: «Lo que dices no tiene sentido, no conozco a un periodista que

sepa escribir; para ser periodista lo que hace falta es picardía y tú la tienes.

Apostaría ahora mismo a que llegarás más lejos que cualquiera de nosotros».

Karl intentó agarrarle la mano como muestra de gratitud, pero Hans la retiró

de inmediato.

Seguía mirándola de soslayo cuando la creía distraída, cuando se ponía de

pie y le daba la espalda. Ella lo sabía, sabía que le miraba el culo, su grueso

trasero de Venus de Willendorf (Moritz lo llamó «enterramiento auriñaciense

de células muertas» y «caso clínico de esteatopigia hotentote» cuando jugaron

a describirse); y por esa razón se exhibía, se levantaba cuanto podía, iba al

baño sin ganas, pedía prestados libros que no tenía intención de leer, se

contoneaba, esperaba una respuesta. La tarde anterior al último examen de

febrero, cuando por fin Hans la invitó a estudiar a su residencia, Karl se dijo

que había llegado el momento de la adoración. El inicio del culto a Venus.

Moritz le abrió la puerta y la saludó con una sonrisa cargada de sarcasmo.

La decepción se dibujó en las comisuras de los ojos y los labios de Karl. Hans

esperaba con las piernas cruzadas sobre la cama. Al fondo, Uñas de Cerdo, se

dedicaba a pintar los árboles que asomaban tras un ventanuco sin prestarles

atención. Karl trató a Hans con desdén durante toda la tarde, pero él no

pareció apreciarlo, lo que aumentó su irritación. No recuerda muy bien el

contexto en el que explotó, pero sí lo que le dijo. Le dijo que si con casi

veinte años nunca se había atrevido a besar a una mujer debía plantearse su

orientación sexual. Esa noche, de vuelta en su residencia, Karl recibió una

llamada telefónica. Era Hans. Quería tener una conversación con ella al

terminar el examen. Pensó que le iba a decir que era gay y se sintió como una

mierda.

Durmió con un agujero en el estómago que alcanzó su plenitud cuando se

encontraron solos en el Viena; Karl estaba tan nerviosa que para mantener las

manos ocupadas se comió el churro seco que siempre quedaba olvidado en el

platito. Hans parecía serio, distraído, más que de costumbre, entrelazaba los

dedos y golpeaba con el zapato la pata de la mesa. Cuando por fin abrió la

boca, escupió las palabras. Ella no entendió lo que decía y le pidió, por favor,

que se lo repitiera. «Que quería decirte que me gustas». El silencio que siguió

a la declaración dura en su cabeza tanto como el verano anterior. «¿Qué tengo que hacer ahora?», preguntó Hans y ella se echó a reír. Minutos más tarde, a

la altura del edificio de Correos, lo lanzó contra la pared, como si fuera el

muro de la lonja, y le besó con tanta fuerza como la había besado a ella el

francés bajo la carpa. Contra su pelvis Karl se cobró la deuda eréctil que Hans

mantenía con ella desde hacía meses.

Esa noche lo invitó a dormir a su residencia y a la hora de apagar la luz le

dijo suavemente al oído que estuviera tranquilo, que Asun dormía como un

tronco.