Infelices

Javier Peña · Capítulo 10 de 52

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Infelices

11 Tercera parte del testimonio de un asesor

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Tercera parte del testimonio

 

de un asesor

 

Los hechos no ocurren solos, no suceden, no se producen. Los

acontecimientos no acontecen: los acontecimientos se desencadenan. Uno

lleva al otro, el otro al siguiente, y el siguiente conduce a este testimonio. Para

que se me entienda, hoy no estaríais leyendo estas palabras si yo no hubiese

acabado sin pantalones en el baño de la Consejera, y eso no habría sucedido si

no me hubiese ardido la entrepierna, y mi entrepierna no habría entrado en

combustión si la secretaria de la Consejera no tratara de combatir el

envejecimiento del útero con ejercicios de Kegel, etcétera, etcétera. No

imagináis hasta qué punto, aquella tarde de hace dos meses, me tenía hasta la

coronilla con los dichosos ejercicios. Es decir, me parece perfecto que quiera

fortalecer su suelo pélvico, pero teniendo en cuenta que trabaja a media

jornada, bien podía hacerlo en su casa. Llega a mear cinco o seis veces en

cuestión de un par de horas, luego se sienta en la mesa delante del despacho

de la Consejera y contrae y relaja la vagina, aprieta y suelta, estrecha y dilata,

comprime y afloja. No es que me enseñe el sexo mientras lo hace, ni que me

lance pelotas de ping-pong, ni que escriba su nombre en tinta roja con el coño

como en un espectáculo en Bangkok, pero no es difícil interpretar en su rostro

cada movimiento de sus músculos vaginales, como si hiciera los ejercicios de

Kegel también con los músculos faciales. Inspira y espira, suelta el aire con

fogosidad, casi un gemido, luego se ruboriza, no de vergüenza, que tiene

poca, sino por el esfuerzo. La ejercita tanto que apostaría que puede cascar

una nuez con la vagina, lo cual sería, por otra parte, el mayor mérito de su

jornada laboral. Las competencias de Kegel —⁠llamémosla así a partir de

ahora⁠— se limitan a coger el teléfono y tomar nota de la llamada. El teléfono

suena —⁠está comprobado⁠— cada vez que Kegel está en el escusado vaciando

la vejiga y cada vez que prepara en el cubículo que usamos como office una infusión para llenar de líquido su tracto urinario. Hacer té-Beber-Mear-

Contraer Vagina-Relajarla. Ese es el trabajo por el que Kegel cobra su sueldo.

Fijaos en ella: otra vez va al baño. «Óscar, cariño, cógeme el teléfono si

suena, por favor, cielo», grita desde el extremo de la oficina. Y yo sé que va a

sonar, que es matemático, que alguna fuerza cósmica une el tránsito de la

orina por la vagina de Kegel con el invento infernal de Alexander Graham

Bell. ¿Podéis oírlo? Ahí está el timbre de nuevo, no han transcurrido ni treinta

segundos. Secretario de la secretaria, a eso se ha reducido mi carrera

profesional. Me he quedado hasta tarde para adelantar un par de discursos,

pero Kegel no para de interrumpirme. Ya solo permanecemos los dos en el

Gabinete, vacío y oscuro. Es un viernes de febrero y ni la luna casi llena da un

respiro a la negrura exterior. Cuando entré a trabajar era de noche, cuando

salga será de noche. Cruzo el despacho de prensa. Al otro lado de un pequeño

patio está la parte en la que trabajan los funcionarios, las luces llevan

apagadas ahí desde poco después de las tres, hace más de cinco horas. El

último en marcharse fue el encargado de mantenimiento, al que he escuchado

llamar con desprecio temporeros a los asesores en más de una ocasión. «Os

dais aires, pero sois como los yogures, con fecha de caducidad», le dijo un día

a Americanas. Tiene razón, pero ahora los yogures damos las órdenes que los

funcionarios cumplen con parsimonia y displicencia. Cojo el teléfono: es la

Consejera. Sobre la mesa de Kegel humea una de sus infusiones. «Ahora

mismo no está, jefa, está en el baño». En ese instante, cuando aún estoy

pronunciando la eñe, aparece Kegel de vuelta del váter corriendo con pasos

cortos y arrastrando los pies. Me arrebata el auricular de la mano mientras

golpea con su trasero achatado como una manzana la taza hirviendo que se

derrama sobre mi pantalón a la altura de los testículos. Quema. Escuece.

Duele. Pienso: si por lo menos colgase de una puta vez, podría gritar a gusto.

Pero ni eso. La única solución que encuentro plausible es bajarme los

pantalones hasta la rodilla. Por suerte el líquido abrasador no ha alcanzado los

calzoncillos: la situación ya es bastante embarazosa. Cuando Kegel termina

de hablar por teléfono, pide disculpas pero parece divertida. Me dice que me

quite los pantalones porque les va a dar con agua y jabón en el baño del

despacho de la Consejera. Así es como llegamos a estar los dos frente al

espejo, con las cremas antiarrugas de la jefa esparcidas en una bandeja junto a

un cepillo de dientes de cerdas gastadas y una caja de laxantes con el

prospecto desenrollado. Veo el reflejo sonriente de Kegel frotar con fuerza

agitando sus extensiones negras de crin de caballo. Veo a una Baby Jane con

el lunar en la mejilla equivocada. Veo a una adolescente de casi sesenta años recién liberada de un secuestro sexual donde la han mantenido media vida

alimentada a base de muesli y zumo de arándanos. Veo una muñeca Barbie

rescatada demasiado tarde del fuego como para salvar su firmeza, sus

turgencias; ahora está medio deshecha, fláccida, llena de pellejos. Y me veo

también a mí mismo, ya en declive, un puñado de años antes de cumplir los

cuarenta —⁠Kegel podría ser mi madre si se hubiese dado prisa⁠—. Veo una

nueva verruga, apenas perceptible, muy molesta a la hora de afeitarme, veo

una mancha del sol en la piel que se expande con el paso de los días, veo

venas rotas que se bifurcan una y otra vez como afluentes rojos sobre mi

nariz, veo pelos enquistados que se enroscan sobre sí mismos creciendo ad

infinitum en su madriguera y originando purulentas cápsulas en el exterior,

veo mis incisivos inferiores separarse y montarse uno sobre otro milímetro a

milímetro. Lo que me preocupa es lo que no veo: ¿no estará ahora

formándose un minúsculo tumor, como esa pequeña verruga, en alguno de

mis órganos, puede que en el hígado o seguramente el colon porque siempre

he tenido digestiones difíciles? ¿No estará enquistándose un cálculo en el

riñón, disponiéndose a obstruir el paso de la orina y generar un grave fallo

renal, tal vez una infección mortal? ¿No estará el páncreas cansándose de

segregar insulina y simplemente dejará de hacerlo provocándome el coma

diabético? ¿No estarán mis arterias, rebosantes ya de colesterol y triglicéridos,

preparadas para causar una angina de pecho, un infarto, un ictus? Envejecer

para mí es más esa sensación de pudrirme por dentro que las manchas, las

venas rotas o los pelos en las orejas; no es la virulencia de las resacas, ni

siquiera la calidad menguante de las erecciones, menos duras, menos

prolongadas, menos espontáneas, que me obligan a un parón en mi incesante

monólogo interior bajo la amenaza de ablandamiento instantáneo, y aunque

eso no sea un problema en el uso doméstico —⁠para que nos entendamos, vivo

solo⁠—, podría llegar a serlo en el uso, digamos, a domicilio. Pero aquella

tarde de febrero el uso a domicilio lleva inactivo desde tiempos inmemoriales.

Desde el episodio de Lengua Rugosa. ¿Y cuánto hace de eso? Siete, ocho

años. Eso pienso delante del espejo esa tarde malhadada: que no folio desde

hace siete años. Kegel sigue frotando y contrayendo los músculos de la cara

en una sonrisa un tanto forzada. Seguro que está aprovechando para ejercitar

el suelo de su vagina.