Infelices

Javier Peña · Capítulo 24 de 52

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Infelices

25 Sexta parte del testimonio de un asesor

25

 

 

Sexta parte del testimonio

 

de un asesor

 

Cuando me abre la puerta, la peluca descansa en la cómoda del recibidor

perfectamente colocada sobre una cabeza de poliestireno. Por un momento el

óvalo sintético se me antoja más real que su verdadero rostro, calvo, estrecho

y absurdo, que identifico únicamente porque se yergue al final de un cuello.

Mi córtex dibuja un cuadro de Giorgio de Chirico. Dibuja un huevo sobre el

que han pintarrajeado unos ojos, sin demasiado tiento, descuidando las

normas básicas de la simetría. Dibuja a Humpty Dumpty cayendo del muro. A

quien no dibuja, de ninguna manera, es a la chica del cáncer. El instante es de

un patetismo asombroso: a un paso del umbral deseado me siento paralizado

como si hubiese timbrado en el apartamento equivocado, como si hubiese

vuelto a las citas por Internet con una de esas mujeres que, si no me gustaban

al verlas de lejos, podía dejar plantadas porque desconocían mi identidad.

Ella, en cambio, sí me conoce, no puedo hacerme pasar por testigo de Jehová

o vendedor de biblias y probar suerte en otra puerta. Mi córtex construye

binomios: razonablemente fea. Razonablemente calva. Durante todo el

proceso ella sonríe como si pudiera leerme la mente. «Tienes que ir

acostumbrándote a esto», me dice al fin, «porque si yo te parezco rara,

imagínate tu madre». ¿Mi madre? ¿Qué tiene que ver mi madre en esto? Mi

córtex realiza ahora un rastreo. Madre. Cáncer. Mentira. Razonablemente

miserable. El momento se eterniza, ignoro si han pasado veinte segundos o

media hora, lo único que sé es que sigo sobre el felpudo. En él está impresa la

frase LO QUE PASA EN ESTE PISO SE QUEDA EN ESTE PISO. Me hizo

gracia la otra vez que estuve en su apartamento. Lo que pasó entonces se

quedó en el piso porque fue lisa y llanamente la nada. Por resumir, ella me

preparó un café frío e intragable de una máquina de cápsulas que estaba

estrenando y no sabía manejar, lo bebimos de un sorbo, luego dio un respingo para levantarse, se ajustó una gabardina gris y dijo: «¿Nos vamos?». Giró la

cerradura a conciencia mientras yo leía Lo que pasa en este piso se queda en

este piso. Ahora mi pie izquierdo está exactamente sobre la palabra pasa, pero

el pie derecho no obedece la orden y se ha detenido justo en el queda. «Entra

de una vez», me dice sin dejar de sonreírme, «y quítate esa cara de susto de

encima». «No, qué va, susto ninguno. Estás… guapa». Siempre he sido poco

convincente con mis cumplidos, esta vez le provoco una carcajada. «¡Óscar!

¿Por qué todos me decís eso? ¿Creéis que la compasión funciona? No suelo

salir de casa sin peluca, pero esta semana la llevé a una peluquería para que la

peinaran. Al entrar noté sus miradas de pena, su tono de pésame. Les pregunté

si podían peinarla y me dijeron: “¿la peluca?”. Pues claro que la peluca, ¿qué

pretendían cepillarme? ¿La calva? ¿Acaso no era una peluquería? Me

pidieron que esperase y me puse a leer una revista. Cuando levanté los ojos vi

que un chaval medio amanerado me miraba; se acercó a mí y me preguntó al

oído si me podía decir una cosa. ¿Sabes que me dijo? Me dijo: “Eres

guapísima”. Y a mí me dio la risa. Como ahora. Anda, entra ya, tómate un

café». Han transcurrido meses desde mi anterior visita, pero la máquina de

cápsulas sigue haciendo un café de mierda. «Cuéntame la historia de tu

madre», me dice. Como desconozco las circunstancias de cualquier otro tipo

de cáncer en profundidad, relleno mi mentira con un carcinoma mamario

utilizando lo que he aprendido en las últimas semanas a su lado, así como lo

que he investigado por mi cuenta. Lo explico con frases cortas, muy serio,

como si estuviera realmente afectado. Los poco habladores solemos ser

magníficos mentirosos, si cuentas lo justo es difícil equivocarte. En suma, la

historia resulta bastante creíble, aunque quién se inventaría algo semejante.

Me quedo razonablemente satisfecho con mi mentira, lo que me hace

preguntarme en qué clase de persona me he convertido. Estoy sentado muy

tieso en el borde del asiento y jugueteo con el tazón de desayuno en el que me

ha servido el café. Ella se ha puesto cómoda, apoya la espalda contra el

reposabrazos, coloca los pies descalzos sobre el sofá, las rodillas dobladas

formando un ángulo agudo, muy cerca de mí, solo una franja de aire cálido

nos separa, pero el roce no se produce. Deseo que sus pies huesudos se

apoyen en mis piernas, poder tocarlos distraídamente, acabar masajeándolos

mientras charlamos de nimiedades, una conversación banal que sirva de

banda sonora para el contacto corporal, algo como «hoy no ha parado de

llover / sí, otra vez en fin de semana / al menos si llueve ahora en verano hará

bueno / los fines de semana se pasan volando cuando llueve / mejor que

llueva a que haga frío / los fines de semana siempre se pasan volando», y que mis manos, mientras tanto, mantengan el verdadero diálogo con la planta de

sus pies. Pero los pocos centímetros que nos separan son un foso

infranqueable que se agranda cuando ella se pone en pie de un salto y coloca

sobre un plato un puñado de pastas de té y una tableta de chocolate envuelta

en papel de aluminio a la que le faltan un par de onzas. «No tengo mucho más

para ofrecerte. Soy un desastre como ama de casa. Mi madre me dice que

ningún hombre va a quererme así. Quiere decir así de desastre, no así de

calva. Pero imagina ahora las dos cosas juntas. Soy un jodido partido».

Muerdo la guinda aplastada de una de las pastas. Me gustaría decirle que la

querría incluso aunque tuviera que beber café frío y comer pastas duras todos

los días, incluso aunque la cabeza de poliestireno se parezca más a ella que

ella misma, pero no digo nada y sigo mordisqueando pastas de té. Debe de ser

entonces cuando oímos la lluvia golpear con furia el cristal de la ventana. No

nos hemos percatado a lo largo de la conversación y ahora la calle está

inundada, ríos turbios se deslizan por la acera, la alcantarilla escupe agua y

una chica que corre huyendo del chaparrón sumerge la bota hasta la canilla,

los coches salpican al pasar y los faros dejan al descubierto la profusión del

aguacero. «¿Por qué no te quedas a dormir?», me dice. «Solo tengo una cama,

pero es lo suficientemente grande para los dos». Ella viste un pijama holgado

y unas bragas anchas de tonos anaranjados que se entrevén por el borde del

pantalón, yo me dejo los bóxeres y me pongo una camiseta de la Universidad

de California que ella me presta. «No me preguntes de dónde la he sacado»,

me dice. No sé si con eso quiere decir que en realidad lo ignora o que es una

historia que no le apetece contarme. No se me ocurre mejor idea que ponerme

a pensar en la cantidad de hombres que habrán dormido en esa cama antes

que yo, cuántos habrán vestido esa camiseta, cuántos habrán estado a su lado,

tan cerca como yo, oyendo su respiración, percibiendo el olor a la vez acre y

deseable que desprende su piel. Soy incapaz de disfrutar del momento: el

córtex me obliga siempre a habitar un lugar distinto al que habita mi cuerpo;

incluso cuando el cuerpo está donde ha deseado los últimos cuatro años,

siempre tiene que dedicarse a perseguir al cerebro sin llegar a alcanzarlo,

como Aquiles con la tortuga. Arrecia de nuevo la lluvia contra la ventana de

la habitación y es ella quien se aproxima a mí, como si tuviera frío, como si

quisiera que le diese calor, llenándome de rigidez y confusión. Por suerte, la

luz está apagada pero la incomodidad no necesita iluminación, se percibe en

el aire. Finalmente, dejo caer la mano sobre su cintura, esperando una queja

que no llega; deslizo los dedos sobre la loma que forma su trasero y la

protesta sigue sin llegar. Las caricias son muy cuidadosas, evitan un movimiento brusco que casi se produce al estirar el ceñido elástico de las

bragas. A duras penas consigo meter la mano y le pregunto si le molesta.

Contesta que no, hablando muy bajito, como si tuviera miedo de despertar a

alguien. Paso dos dedos por encima del surco que separa sus nalgas, uno de

esos lugares donde no hay materia pero sí energía, un calor especial; si bajase

unos centímetros podría palpar su sexo pero, en vez de eso, con la mano que

queda libre le toco un pecho y noto el pezón duro, generoso. Ella se sacude y

dice: «No». Su voz sigue siendo un susurro, pero es el susurro más firme que

jamás haya escuchado. «Igual me has entendido mal y es culpa mía, pero no

es esto a lo que me refería con que durmieses aquí». «Perdona», digo,

«perdona». «No hay nada que perdonar. Duerme, anda». Mejor que dormir

prefiero levantarme y colarme en el cuarto de baño. Sentado sobre la taza del

váter, rechazado, humillado, erecto, me invaden las ganas de llorar, pero hago

otra cosa: me levanto y me masturbo rápidamente, un visto y no visto de

precisión quirúrgica. El esperma se escapa por el retrete tan veloz como se ha

escapado mi cortejo. Mi mano izquierda huele a semen, pero el dispensador

de jabón líquido está vacío y no encuentro ninguna pastilla ni un bote de gel,

solo un champú femenino cuyo perfume sería aún más acusador. Y, además,

qué coño. Que se aguante. Esa misma mano acaba de estar al lado de su

agujero del culo. Que se aguante si huele a semen. Ni que fuera la primera vez

que lo huele. A la salida del baño, la cabeza de poliestireno, que aún descansa

sobre la cómoda, me mira acusadora con su mirada sin ojos. Le hago un gesto

con el dedo. «Ssssh. Lo que pasa en este piso se queda en este piso».