Infelices
25 Sexta parte del testimonio de un asesor
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Sexta parte del testimonio
de un asesor
Cuando me abre la puerta, la peluca descansa en la cómoda del recibidor
perfectamente colocada sobre una cabeza de poliestireno. Por un momento el
óvalo sintético se me antoja más real que su verdadero rostro, calvo, estrecho
y absurdo, que identifico únicamente porque se yergue al final de un cuello.
Mi córtex dibuja un cuadro de Giorgio de Chirico. Dibuja un huevo sobre el
que han pintarrajeado unos ojos, sin demasiado tiento, descuidando las
normas básicas de la simetría. Dibuja a Humpty Dumpty cayendo del muro. A
quien no dibuja, de ninguna manera, es a la chica del cáncer. El instante es de
un patetismo asombroso: a un paso del umbral deseado me siento paralizado
como si hubiese timbrado en el apartamento equivocado, como si hubiese
vuelto a las citas por Internet con una de esas mujeres que, si no me gustaban
al verlas de lejos, podía dejar plantadas porque desconocían mi identidad.
Ella, en cambio, sí me conoce, no puedo hacerme pasar por testigo de Jehová
o vendedor de biblias y probar suerte en otra puerta. Mi córtex construye
binomios: razonablemente fea. Razonablemente calva. Durante todo el
proceso ella sonríe como si pudiera leerme la mente. «Tienes que ir
acostumbrándote a esto», me dice al fin, «porque si yo te parezco rara,
imagínate tu madre». ¿Mi madre? ¿Qué tiene que ver mi madre en esto? Mi
córtex realiza ahora un rastreo. Madre. Cáncer. Mentira. Razonablemente
miserable. El momento se eterniza, ignoro si han pasado veinte segundos o
media hora, lo único que sé es que sigo sobre el felpudo. En él está impresa la
frase LO QUE PASA EN ESTE PISO SE QUEDA EN ESTE PISO. Me hizo
gracia la otra vez que estuve en su apartamento. Lo que pasó entonces se
quedó en el piso porque fue lisa y llanamente la nada. Por resumir, ella me
preparó un café frío e intragable de una máquina de cápsulas que estaba
estrenando y no sabía manejar, lo bebimos de un sorbo, luego dio un respingo para levantarse, se ajustó una gabardina gris y dijo: «¿Nos vamos?». Giró la
cerradura a conciencia mientras yo leía Lo que pasa en este piso se queda en
este piso. Ahora mi pie izquierdo está exactamente sobre la palabra pasa, pero
el pie derecho no obedece la orden y se ha detenido justo en el queda. «Entra
de una vez», me dice sin dejar de sonreírme, «y quítate esa cara de susto de
encima». «No, qué va, susto ninguno. Estás… guapa». Siempre he sido poco
convincente con mis cumplidos, esta vez le provoco una carcajada. «¡Óscar!
¿Por qué todos me decís eso? ¿Creéis que la compasión funciona? No suelo
salir de casa sin peluca, pero esta semana la llevé a una peluquería para que la
peinaran. Al entrar noté sus miradas de pena, su tono de pésame. Les pregunté
si podían peinarla y me dijeron: “¿la peluca?”. Pues claro que la peluca, ¿qué
pretendían cepillarme? ¿La calva? ¿Acaso no era una peluquería? Me
pidieron que esperase y me puse a leer una revista. Cuando levanté los ojos vi
que un chaval medio amanerado me miraba; se acercó a mí y me preguntó al
oído si me podía decir una cosa. ¿Sabes que me dijo? Me dijo: “Eres
guapísima”. Y a mí me dio la risa. Como ahora. Anda, entra ya, tómate un
café». Han transcurrido meses desde mi anterior visita, pero la máquina de
cápsulas sigue haciendo un café de mierda. «Cuéntame la historia de tu
madre», me dice. Como desconozco las circunstancias de cualquier otro tipo
de cáncer en profundidad, relleno mi mentira con un carcinoma mamario
utilizando lo que he aprendido en las últimas semanas a su lado, así como lo
que he investigado por mi cuenta. Lo explico con frases cortas, muy serio,
como si estuviera realmente afectado. Los poco habladores solemos ser
magníficos mentirosos, si cuentas lo justo es difícil equivocarte. En suma, la
historia resulta bastante creíble, aunque quién se inventaría algo semejante.
Me quedo razonablemente satisfecho con mi mentira, lo que me hace
preguntarme en qué clase de persona me he convertido. Estoy sentado muy
tieso en el borde del asiento y jugueteo con el tazón de desayuno en el que me
ha servido el café. Ella se ha puesto cómoda, apoya la espalda contra el
reposabrazos, coloca los pies descalzos sobre el sofá, las rodillas dobladas
formando un ángulo agudo, muy cerca de mí, solo una franja de aire cálido
nos separa, pero el roce no se produce. Deseo que sus pies huesudos se
apoyen en mis piernas, poder tocarlos distraídamente, acabar masajeándolos
mientras charlamos de nimiedades, una conversación banal que sirva de
banda sonora para el contacto corporal, algo como «hoy no ha parado de
llover / sí, otra vez en fin de semana / al menos si llueve ahora en verano hará
bueno / los fines de semana se pasan volando cuando llueve / mejor que
llueva a que haga frío / los fines de semana siempre se pasan volando», y que mis manos, mientras tanto, mantengan el verdadero diálogo con la planta de
sus pies. Pero los pocos centímetros que nos separan son un foso
infranqueable que se agranda cuando ella se pone en pie de un salto y coloca
sobre un plato un puñado de pastas de té y una tableta de chocolate envuelta
en papel de aluminio a la que le faltan un par de onzas. «No tengo mucho más
para ofrecerte. Soy un desastre como ama de casa. Mi madre me dice que
ningún hombre va a quererme así. Quiere decir así de desastre, no así de
calva. Pero imagina ahora las dos cosas juntas. Soy un jodido partido».
Muerdo la guinda aplastada de una de las pastas. Me gustaría decirle que la
querría incluso aunque tuviera que beber café frío y comer pastas duras todos
los días, incluso aunque la cabeza de poliestireno se parezca más a ella que
ella misma, pero no digo nada y sigo mordisqueando pastas de té. Debe de ser
entonces cuando oímos la lluvia golpear con furia el cristal de la ventana. No
nos hemos percatado a lo largo de la conversación y ahora la calle está
inundada, ríos turbios se deslizan por la acera, la alcantarilla escupe agua y
una chica que corre huyendo del chaparrón sumerge la bota hasta la canilla,
los coches salpican al pasar y los faros dejan al descubierto la profusión del
aguacero. «¿Por qué no te quedas a dormir?», me dice. «Solo tengo una cama,
pero es lo suficientemente grande para los dos». Ella viste un pijama holgado
y unas bragas anchas de tonos anaranjados que se entrevén por el borde del
pantalón, yo me dejo los bóxeres y me pongo una camiseta de la Universidad
de California que ella me presta. «No me preguntes de dónde la he sacado»,
me dice. No sé si con eso quiere decir que en realidad lo ignora o que es una
historia que no le apetece contarme. No se me ocurre mejor idea que ponerme
a pensar en la cantidad de hombres que habrán dormido en esa cama antes
que yo, cuántos habrán vestido esa camiseta, cuántos habrán estado a su lado,
tan cerca como yo, oyendo su respiración, percibiendo el olor a la vez acre y
deseable que desprende su piel. Soy incapaz de disfrutar del momento: el
córtex me obliga siempre a habitar un lugar distinto al que habita mi cuerpo;
incluso cuando el cuerpo está donde ha deseado los últimos cuatro años,
siempre tiene que dedicarse a perseguir al cerebro sin llegar a alcanzarlo,
como Aquiles con la tortuga. Arrecia de nuevo la lluvia contra la ventana de
la habitación y es ella quien se aproxima a mí, como si tuviera frío, como si
quisiera que le diese calor, llenándome de rigidez y confusión. Por suerte, la
luz está apagada pero la incomodidad no necesita iluminación, se percibe en
el aire. Finalmente, dejo caer la mano sobre su cintura, esperando una queja
que no llega; deslizo los dedos sobre la loma que forma su trasero y la
protesta sigue sin llegar. Las caricias son muy cuidadosas, evitan un movimiento brusco que casi se produce al estirar el ceñido elástico de las
bragas. A duras penas consigo meter la mano y le pregunto si le molesta.
Contesta que no, hablando muy bajito, como si tuviera miedo de despertar a
alguien. Paso dos dedos por encima del surco que separa sus nalgas, uno de
esos lugares donde no hay materia pero sí energía, un calor especial; si bajase
unos centímetros podría palpar su sexo pero, en vez de eso, con la mano que
queda libre le toco un pecho y noto el pezón duro, generoso. Ella se sacude y
dice: «No». Su voz sigue siendo un susurro, pero es el susurro más firme que
jamás haya escuchado. «Igual me has entendido mal y es culpa mía, pero no
es esto a lo que me refería con que durmieses aquí». «Perdona», digo,
«perdona». «No hay nada que perdonar. Duerme, anda». Mejor que dormir
prefiero levantarme y colarme en el cuarto de baño. Sentado sobre la taza del
váter, rechazado, humillado, erecto, me invaden las ganas de llorar, pero hago
otra cosa: me levanto y me masturbo rápidamente, un visto y no visto de
precisión quirúrgica. El esperma se escapa por el retrete tan veloz como se ha
escapado mi cortejo. Mi mano izquierda huele a semen, pero el dispensador
de jabón líquido está vacío y no encuentro ninguna pastilla ni un bote de gel,
solo un champú femenino cuyo perfume sería aún más acusador. Y, además,
qué coño. Que se aguante. Esa misma mano acaba de estar al lado de su
agujero del culo. Que se aguante si huele a semen. Ni que fuera la primera vez
que lo huele. A la salida del baño, la cabeza de poliestireno, que aún descansa
sobre la cómoda, me mira acusadora con su mirada sin ojos. Le hago un gesto
con el dedo. «Ssssh. Lo que pasa en este piso se queda en este piso».