Infelices

Javier Peña · Capítulo 14 de 52

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Infelices

15 Luz

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Luz

 

«¿Es este mes cuando prescribe?». La obsesión de Amara con los crímenes es

la mejor prueba de que es la hija del Círculo. De Karl, desde luego, no lo ha

heredado. Cuando tenía más o menos la edad de su hija vio en el cine El

silencio de los corderos y se pasó tres noches sin dormir: aún hoy ve las

escenas sangrientas haciéndose pantalla con la mano.

Camino del colegio, la niña arrastra los pies y se detiene cada vez que

abre la boca. Dice: «¡Es increíble, se va a salir con la suya!». Quien, según

Amara, va a salirse con la suya es un cámara que trabaja con Karl en

televisión y es sospechoso desde hace veinticinco años del asesinato de su

pareja, una chica corpulenta llamada Luz. Karl ha visto un par de fotos

antiguas de ella: en todas se la ve sonriente, luce una de esas caras de

cordialidad y paz que hacen impensable que vaya a ocurrirles nunca nada

malo.

Encontraron el coche de Luz aparcado junto a un acantilado en Punta

Herbeira, un sinfín de sierras capaces de despedazar una oveja antes de llegar

al mar. Si cayó al agua (o la arrojaron), no es extraño que el cuerpo no haya

aparecido. Hace un par de meses una ola arrastró a un pescador en la misma

zona y un niño descubrió su cadáver flotando en una playa de Francia una

semana más tarde. ¿Dónde puede haber llevado los restos de aquella chica un

cuarto de siglo de golpes de mar? Probablemente alguien se los haya comido

en forma de merluza, de jurel, de rapante, de sargo o lamprea; en una sopa,

una caldereta, en croquetas, migas o fritos de bacalao; se habrá convertido en

hidratos de carbono y calorías quemados en una clase de Pilates, una carrera

popular, un polvo furtivo en el baño del aeropuerto.

Buscaron a Luz por todas partes, zódiacs, equipos de buzo, helicópteros,

vecinos con perros de caza, la voz de la familia y los amigos desgañitándose

(«¡Luz! ¡Luz! ¡Luz!») como en el tercer versículo del Génesis. El compañero

de Karl ayudó en la búsqueda como el que más; al pasar a su lado le daban golpecitos en la espalda o lo abrazaban y el cámara agradecía el cariño

educadamente, apretando los labios y asintiendo con ese rostro que parece

esculpido en roca del acantilado. Lo que era un caso evidente de suicidio se

descompuso de repente: en un giro propio de los programas de crímenes sin

resolver que le gustan a Amara, un amigo recordó que Luz quería cortar con

el cámara. A este testimonio le siguió un hallazgo que conduciría a

veinticinco años de investigación infructuosa. Fue más bien un no-hallazgo:

en el coche no había huellas, ninguna huella, ni siquiera las que debían estar,

las de Luz; alguien se había esmerado en limpiarlas. De pronto la

reconstrucción del suicidio que parecía tan natural se convertía en un

escenario preparado, las coartadas perfectas se tambaleaban, los buenos

modales se transformaban en la máscara del monstruo.

Años más tarde, cuando Karl empezaba su carrera televisiva en Santiago,

mucho antes de tener a Amara, un comisario de policía le dijo que se

anduviera con cuidado porque uno de sus compañeros era un asesino y no

iban a poder demostrarlo. No será porque no lo intentaron: registraron su

finca una y otra vez, moviendo tierras y arruinando sus cosechas; utilizaron

las técnicas más modernas, cada nuevo avance tecnológico significaba un

nuevo levantamiento de terrenos; lo detuvieron media docena de veces, lo

interrogaron y lo mantuvieron en el calabozo tanto tiempo como les permitió

el juez. Pero ni se vino abajo ni hallaron cadáver alguno que pudiera

inculparlo. Luego surgieron otros rumores más o menos fundados: el hermano

de una expareja que había desaparecido, la vecina anciana que encontraron

muerta.

«¿Te das cuenta, mamá, de que, si los tres asesinatos son ciertos, trabajas

cada día con un asesino en serie?». «Gracias, Amara, yo también te quiero».

No lo dice preocupada por su madre, lo dice excitada por formar parte de

una historia macabra de asesinos que se salen con la suya. Karl intenta hacerle

ver a la niña la parte del drama que a nadie parece importar: ¿Y si es

inocente? ¿Y si ha tenido que soportar injustamente durante veinticinco años

las miradas, los cuchicheos, el rechazo; impasible, con esa actitud neutra, casi

despreocupada, que ha convencido a más gente de su culpabilidad que

cualquier prueba contra él, esperando que llegue otro registro, otra visita al

calabozo, otro interrogatorio, sin amigos que quieran cenar con él o tomar una

copa, teniendo que recurrir al sexo de pago, él que siempre ha tenido éxito

con las mujeres? ¿Y si Luz simplemente un buen día decidió marcharse?

Al final el sospechoso habitual había aceptado poner tierra de por medio y

trasladarse a Madrid. Como nadie quería trabajar con él y se conocían desde que Karl era becaria en Santiago, se lo asignaron como cámara. Parecía una

broma de mal gusto: el presunto asesino en serie había acabado cubriendo la

información de los viajes del presidente por el mundo.

No es que Karl tenga ningún problema con él. Siempre les acompaña un

productor y las habitaciones son individuales; los planos que graba son de una

calidad excelente y, al contrario que el resto de los compañeros, apenas

protesta por el trabajo. Se llevan tan bien que hay quien insinúa que se

acuestan juntos. Y lo cierto es que a ella le sigue pareciendo un hombre

atractivo a los cincuenta años, aunque sus ojos… Le recuerdan mucho a los

de Moritz, le recuerdan a los ojos del Estrangulador.

Así fue como lo rebautizó Asun el día que ella la arrastró al cineclub a ver

El estrangulador de Boston. A la hora de comenzar la proyección, cuando por

fin aparece Tony Curtís en pantalla siguiendo el funeral de Kennedy por

televisión, Asun dijo a voz en cuello: «Mira, el gilipollas número dos». Karl,

avergonzada, le dio un puñetazo en el hombro con todas sus fuerzas y casi las

echan de la sala. «Reconocerás que se parecen», le dijo luego Asun: «Tu

amigo tiene cara de psicópata».

Para ser sincera, se daban un aire: esos ojos algo torvos que Moritz frunce

al mirar de lejos por culpa de la miopía, la ceja enarcada, el ceño lleno de

arrugas; puede que la modulación monótona y seca de su voz que a veces

rompe con una carcajada a destiempo le den ese aspecto de malo de película;

tampoco le ayudan sus accesos violentos, acompañados siempre de una sarta

de blasfemias; vivir instalado en su personaje de cínico juega en su contra;

contar parte de sus vidas en los relatos hiere sentimientos; su querencia por lo

absurdo lo hace sospechoso, como cuando al recuperarse de una baja por

gastroenteritis decidió no volver al periódico en que trabajaba ni siquiera a

despedirse y recoger sus pertenencias. Pero Moritz es completamente

inofensivo. Es otra cosa lo que hace imposible vivir con él: el perfecto

desorden de su existencia, su instalación permanente en el caos. Rudolph es el

minimalismo, no tiene apego a nada, no conserva nada, ni parejas ni amigos,

al acabar de leer un libro se deshace de él, si lo necesita ya lo volverá a

comprar; Hans es el genio, el saber enciclopédico, pero también el silencio, la

rigidez, la obsesión; si le pides un libro te lo prestará, pero escrutará hasta el

desperfecto más invisible y, aunque no te lo eche en cara, lo podrás leer en su

mirada. Con Moritz lo imposible será encontrar el libro, te dirá «tiene que

estar por aquí» y rebuscará entre un montón de papeles pintarrajeados, una

montaña de ropa sucia, paquetes de galletas abiertas, envases de yogur medio

llenos, rollos de papel higiénico desperdigados, polvo acumulado de no barrer, cargadores de móviles que ya no se fabrican, cedés con el plástico

estallado y un disco que no corresponde en el interior…

Ese es el Estrangulador de Asun, la última persona de la que sospecharía

en un asesinato. ¡Sería el peor asesino del mundo! A Karl le da la risa hasta

pensarlo. El mismo Moritz que dejó sus huellas marcadas con chocolate en la

pared de la casa de sus padres el día que lo invitó a conocerlos. Moritz, el

generador de detritus. Moritz lo único que sería capaz de esconder durante

veinticinco años es un cadáver bajo la ropa sucia. Reprime una carcajada con

la mano y empuja a Amara que bosteza distraída y parece no querer llegar

nunca al colegio.

Karl se contagia del bostezo de la niña. Aunque la esperan en la

peluquería, no le vendría mal un café. La semana pasada estuvo tomando café

con el cámara antes de una rueda de prensa y se dio cuenta de que se había

olvidado la cartera. «No te preocupes», le dijo él, «ya te invito yo. Ya me lo

pagarás». Y la miró con el ceño fruncido, con sus ojos torvos, de Moritz, de

Tony Curtis, de Albert Desalvo, de Estrangulador.

Amara se detiene otra vez. «Mamá, ¿tú de verdad crees que él no lo

hizo?».