Infelices

Javier Peña · Capítulo 40 de 52

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Infelices

41 Inmaculada (Tríptico flamenco)

41

 

 

Inmaculada

 

(Tríptico flamenco)

 

Amara se está peleando con alguna aplicación del móvil mientras Karl

conduce con la mirada distraída por una interminable recta de autopista. Su

hija, le gusta pensar, es testaruda y decidida desde que era el espermatozoide

de uno de los hombres que no la engendraron.

La concepción de su hija sigue siendo un episodio místico para Karl que,

en su imaginación, en vez de amainar, se agranda con el paso de los años. En

su cabeza es un tríptico flamenco de la Inmaculada Concepción, solo que no

está protagonizado por la Virgen llena de Gracia sino por la Gran Furcia. La

puedes ver en el panel izquierdo con un pijama corto por el que asoman las

piernas torneadas, recién depiladas con una cuchilla barata que le ha hecho un

pequeño corte. Está en su casa, en la que desde hace cuatro meses vuelve a

vivir con Hans, pero la sutileza del pintor nos transmite que el experimento no

está funcionando, sin necesidad de palabras ni gestos grandilocuentes. Quizá

sea la luz que asciende desde el suelo y les ilumina los rostros lo que les

confiere cierto aire de tragedia en ciernes. Una maleta a medio hacer separa a

los dos protagonistas del lienzo: mañana se van a Berlín y, como hacen las

parejas en crisis, han invitado a sus amigos a unirse a ellos en el viaje porque

ya no se soportan. Y sin embargo Hans la mira con ojos lascivos. Si prestas

atención puedes observar incluso un trazo de más en su entrepierna, un pegote

de pintura que representa su polla de frenillo frágil. Su mano alarga algo hacia

la Gran Furcia que no es fácil de distinguir porque los maestros flamencos no

están acostumbrados a dibujar ese tipo de objetos: un pedazo de caucho

transparente, grueso como el neumático de un camión, que sufrirá esa noche

un segundo pinchazo. Karl mira su mano extendida con una cara que algunos

críticos llamarán de sorpresa y otros de aceptación, pero ninguno de

apetencia. El detalle más excelso del pintor es una pequeña mota de tinta roja en el pantalón del pijama de ella, una pincelada delicada, casi invisible, pero

necesaria para comprender el tríptico al completo, porque explica por qué al

retirar el látex y darse cuenta de la rotura, entre restos del último óvulo

muerto anterior a Amara, ella le dice que no es necesaria la píldora del día

después. «Aún estoy en el cuarto día de regla». Esa es la leyenda que figura

debajo del panel con caligrafía monástica: «En el cuarto día de regla».

En la maleta deshecha en el suelo se pueden distinguir con trazo preciso

varias prendas de ropa interior, incluidas unas bragas blancas de encaje muy

trabajadas por el maestro. En el panel central del tríptico las mismas bragas

blancas concentran la mayor parte de la luz porque la escena es, en esencia,

oscura. Al fondo, quien conozca Berlín, no tendrá problema para distinguir

los muros de Tacheles, con grafitis, ventanas rotas y aspecto de panificadora

abandonada. A sus pies, unas mesas y bancos de madera ennegrecida por la

humedad, idénticos a los de los merenderos a donde los padres de Karl la

llevaban cuando era niña; donde le daban de comer filetes fríos de ternera

empanada que sabían a plástico porque se habían recocido de camino en el

tupperware, y ni se les pasaba por la cabeza la grandísima furcia en la que se

iba a convertir su hija. En uno de esos bancos están ellos sentados de manera

poco natural. No es la imagen más lograda del pintor, que yerra al tratar de

representar a Karl descabalgando a Moritz, demasiado rígida en un momento

de extraordinaria laxitud. Además de las bragas, bien distinguibles sobre el

banco, hay otra imagen luminosa, aunque menos brillante: la que representa el

semen en la pierna derecha de ella. Un reguero cálido y excitante que palpita

y humea sobre su piel. Moritz contrae el rostro en una mueca de placer. En el

de la Gran Furcia, en cambio, en penumbra parcial, no se aprecia tanto la

pasión como el ansia de ser descubierta. El semen es abundante, excesivo,

pornográfico. Tiene que serlo para evocar la frase que siempre le decía Asun:

«Antes de llover chispea». Un refrán de viejas que aparece escrito bajo el

panel central del tríptico de su cabeza.

El resto perfectamente lo puede imaginar el espectador: Hans y Rudolph

se han ido a dormir porque quieren madrugar al día siguiente para visitar el

campo de concentración de Sachsenhausen. Ellos dos regresan borrachos,

dando tumbos y riéndose a carcajadas a la habitación del albergue que

comparten con unas canadienses y ya ha sido motivo de fricciones por su

cochambre. Rudolph duerme a pierna suelta y las canadienses nunca llegan

antes de las tres de la mañana. Hans espera despierto y les pregunta de dónde

vienen. Ella le contesta que de follar y se echa a reír con risa ebria. Hans, con

sus ojos tristes, les dice que no hagan ruido, que quieren madrugar. Karl lo odia más que nunca. «Preferiría que lo hicieras, Bartleby, preferiría que lo

hicieras».

Los seis días de viaje restantes son un infierno; Hans y ella apenas se

dirigen la palabra, aunque él, curiosamente, habla con Moritz con normalidad.

Karl se esfuerza por hacerle la vida imposible a Hans: quiere ir a los lugares

que más le molestan, a los restaurantes orientales que él detesta, a la piscina

pese a que él no sabe nadar, a andar en bicicleta, a los centros comerciales de

Kurfürstendamm. Rudolph mira a Moritz como preguntándole si no podía

haberse estado quieto…

Y eso nos lleva al panel de la derecha que remata en Tegel mientras

esperan el avión de regreso. Según se ve al fondo del lienzo, el vuelo tiene

tres horas de retraso. En primer plano aparecen Rudolph y la Gran Furcia en

una de esas cabinas de fumadores de los aeropuertos en las que flotan en el

ambiente por igual los ácaros y la nicotina. Normalmente esas jaulas

transparentes están atestadas, pero en esta se encuentran los dos solos

(licencia pictórica) chupando con ahínco el filtro de un marlboro como si

fuera el último cigarrillo de la tierra, el último deseo del condenado. Más allá

del cristal caen gruesas gotas de lluvia que hasta en la pintura huelen a

humedad estival. Él exhibe un tranquilo gesto inquisitivo; ella,

apesadumbrada, le explica algo sin apartar el pitillo de la boca. Cualquiera

que sepa leer un cuadro escuchará de sus labios: «O le doy un giro a mi vida o

me muero», y distinguirá una burbuja que no sabrá decir si es lluvia tras el

cristal o una lágrima caída de sus ojos. Quien esté familiarizado con el

contexto y el pintor flamenco conocerá las consecuencias de contarle este tipo

de cosas a un tipo como Rudolph, cuya idea de consolar a una mujer siempre

va ligada a la polla. Querida Gran Furcia, cuando le cuentas algo así a alguien

que no sabe comunicarse con el sexo femenino sin usar su jodida polla sabes

que vas a terminar penetrada en el baño de minusválidos del aeropuerto de

Tegel y, si no le dices que se separe, se correrá dentro de ti sin darle

importancia ni valor, cerrando ya no solo tu tríptico, sino una etapa entera de

tu vida que empezó precisamente con su polla rasgando tu himen. La leyenda

del tercer panel solo puede ser una: «Amara es testaruda». Lo es desde que

era el esperma de uno de los hombres que no la engendraron.

Cuando se le retrasó el período, Karl opinó que con toda seguridad el

semen de Rudolph sería el culpable, pero siempre se había reído de ese tipo

de idioteces: «una mujer sabe de quién es su hijo». ¿Ah, sí? ¿Y cómo lo

saben? ¿Tienen algún tipo de lector de ADN en la matriz del que ella carece?

Los miembros del Círculo le habían enseñado a creer ciegamente en la ciencia, por eso no debió haberles extrañado tanto que mes y medio después

de acostarse con ellos los reuniera en el Viena (Hans ya se había ido de su

casa, como siempre sin protestar), les dijera que estaba embarazada de uno de

los tres y les pidiera que se arrancaran un pelo para introducirlos en otros

tantos cilindros de plástico como los que guardaban los carretes de

veinticuatro fotografías. Les dijo que el ganador recibiría una llamada y se

fue.

De todos los juegos del Círculo ese, el último, fue el más macabro, pero a

Karl entonces le pareció de lo más normal. En cuanto al resultado de la

prueba… Digamos que antes de llover, chispea.