Infelices

Javier Peña · Capítulo 12 de 52

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Infelices

13 Julio-agosto: Robert Durst

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Julio-agosto: Robert Durst

 

Te escribo desde Los Ángeles:

 

Mantengo cerrada la ventana de la habitación; si la abriese, además del calor,

podría percibir el olor a salitre y arena mojada de las playas de Malibú e

imaginar las suntuosas terrazas de los hoteles que descansan en voladizo

frente al mar. Mi alojamiento es más modesto: los precios en California están

disparados y la única vista desde mi escritorio es un semáforo amarillo en el

que se atascan los deportivos, los sedán y las pickups. Los conducen mujeres

en bikini, rubios fibrosos con gafas de sol y jovencitas esbeltas que llevan los

patines en línea entrelazados en el asiento del copiloto. No hay gordos en

Malibú, como si al lado del PROHIBIDO PERROS hubieran colocado una

señal de PROHIBIDO GORDOS. O un cartel que diga: «Gordos, si os queréis

bañar tenéis la bañera de vuestra casa. Si es que cabéis».

El desfile de cuerpos esculpidos a base de gimnasio, proteína y bisturí me

es indiferente. Mi atención está centrada en una chica de ojos grandes y pelo

muy corto que pasa las horas bajo el semáforo ataviada de bailarina clásica,

con tutú blanco y leotardos oscuros que deben dar un calor terrible a más de

treinta grados. Cada vez que el semáforo se pone en rojo hace una pequeña

coreografía y después pide dinero a los conductores, que cierran las

ventanillas, suben el volumen de la radio, activan el mecanismo de la capota o

simplemente la ignoran y continúan con su lento y tortuoso camino hacia el

océano como tortugas que acaban de desovar. Nada de eso hace desfallecer a

la pequeña bailarina que en el siguiente ciclo del semáforo vuelve a ejecutar

el ballet ilusorio, sin más música que los motores, algún claxon y el cedé de

los Red Hot Chili Peppers que suena en un Audi, y, aunque incluye ligeras

variaciones pliépassé-grand plié-arabesque, siempre termina con los pies en

tercera y una amplia sonrisa que desde el hotel no distingo, pero puedo

imaginar.

Por la tarde me decido a hablar con ella y resulta aún más encantadora que

su silueta a través de mi ventana. Sonríe constantemente con sus dientes

inferiores descolocados, que la dotan de expresividad, en ocasiones más

sugerente que la frialdad de la belleza. Me cuenta que está matriculada en

Administración de Empresas en la UCLA, pero lo detesta y nunca va por

clase. En vez de eso, se ha apuntado al Conservatorio de Danza de California

sin que lo sepan sus padres, y costea el curso con los dólares que recoge en

los pasos de peatones. Con 21 años y apenas diez meses de experiencia como

bailarina, es consciente de que no va a hacer carrera en los escenarios, pero no

es que su ilusión sea interpretar a Giselle en el Mariinsky. «Te parecerá

absurdo», me dice, «pero me encanta bailar en los pasos de cebra. Mi sueño

siempre ha sido encontrar algo que me divierta y dar la vuelta al mundo

haciéndolo». Luego me pregunta a qué me dedico. «Estoy dando la vuelta al

mundo intentando encontrar algo que me divierta». Sus dientes montados me

sonríen. «Entonces tú eres el hombre más afortunado del mundo».

 

EL HOMBRE MÁS AFORTUNADO DEL MUNDO

 

KATHLEEN. Robert Durst, inteligente, extraño, retraído, hijo y nieto de millonarios, contrae matrimonio en 1973 con Kathleen McCormack, higienista dental diez años más joven que él. En 1982 Bobby denuncia ante la policía la desaparición de Kathy. Nadie volverá a verla, ni siquiera su cadáver. Susan Berman, periodista y amiga de la familia, ejerce de portavoz; Robert se desentiende del caso. Su falta de interés lo convierte en el sospechoso preferido de la policía de Nueva York, pero carecen de pruebas en su contra.

 

SUSAN. Transcurren casi 20 años. Bobby y Susan han cambiado de costa, ninguno de los dos vive ya en Nueva York, sino en Los Ángeles. Susan está inquieta. Le dice a una amiga que tiene algo importante que contarle. Tiene problemas económicos y está tan enganchada al Prozac que ya no le hace efecto. Su amiga resta importancia a su nerviosismo. La próxima vez que la vea será en su casa de Beverly Hills con la cabeza rodeada de un gran charco de sangre. Los investigadores vuelven a sospechar de Robert Durst, que acaba de prestarle 50 000 dólares a Susan. ¿Está Bobby comprando su silencio?

 

MORRIS. De nuevo vinculado a un crimen, Durst se depila las cejas, se compra un vestido y zapatos de tacón, conduce hasta Galveston, Texas, y desaparece. En septiembre de 2001, un niño, de pesca con su padre, encuentra flotando una bolsa con el brazo seccionado de un hombre blanco. Es el miembro aserrado de Morris Black, un septuagenario jubilado. La policía descubre que al final del pasillo del edificio de Galveston en que residía Black, no vive la vecina Roberta, sino Robert Durst, sospechoso de dos asesinatos previos. Esta vez acaba confesando: él mató y descuartizó al vecino. Pero en el juicio sus abogados convencen al jurado de que Morris irrumpió en su casa, que cogió el revólver de Bobby, que forcejearon, que el arma se disparó, que viéndolo muerto sufrió un ataque de pánico y se deshizo como pudo del cadáver.

CODA. Una serie documental que han rodado en Estados Unidos se pregunta si realmente Durst es afortunado por haber salido impune de tres asesinatos o las desgracias se suceden a su alrededor. Le presentan a Bobby una prueba que podría inculparle del asesinato de Susan Berman. Después de haber visto la prueba, Durst va al baño y habla consigo mismo. Dice: «Te han descubierto. Lo saben. Saben lo que has hecho. ¿Y qué has hecho? Matarlos a todos, eso es lo que has hecho». Lo que Robert Durst ignora es que todavía lleva puesto el micrófono y su soliloquio está siendo grabado. Por afortunado que seas, la suerte siempre acaba llegando a su fin.

 

Escribiendo se me ha hecho de noche. Aunque madrugaré mañana para

entrevistar a primera hora al hijastro de Susan Berman, no tengo sueño y, en

cualquier caso, el calor, persistente y pegajoso, no me dejaría dormir. Creo

que bajaré a dar un paseo por la playa, quién sabe, tal vez encuentre algún

gordo que aprovecha la oscuridad para burlar la prohibición imaginaria. Por

desgracia, a quien sé que no encontraré bajo el semáforo es a mi bailarina de

dientes torcidos. Moritz, a ti no te voy a engañar: no me importaría pasar la

noche con una mujer que piensa que soy tan afortunado. No creas que es la

primera persona que me lo dice, pero es la primera que lo hace con esa

dulzura, sin un ápice de censura o envidia. La envidia, de entre todas las

sustancias que componen la infelicidad, es la peor, la más destructiva.

A estas alturas no pienso avergonzarme de la posición acomodada de mis

padres, aunque me haya generado muchos enemigos. Ya lo hice en otro

tiempo, cuando pedíamos medio menú en el comedor universitario porque a

Hans no le alcanzaba el dinero para uno completo, y luego, cuando se

marchaba a estudiar a la biblioteca de Historia, matábamos el hambre en una

hamburguesería con dos platos de patatas fritas untadas en kétchup y

remordimientos. Como si fuese culpa nuestra que su padre nunca llegara a ser

más que el bedel de instituto que leía cómics de Hazañas Bélicas a

escondidas, o si fuese culpa de alguien que acabara como acabó. Nos han

obligado a creer que ser afortunado es tener dinero para patatas fritas. Nos

han obligado a creer que ser afortunado es que impriman tu nombre en La

Revista, en el lomo de un libro de relatos, en el rótulo de un telediario. Eso no

es más que alimento para la vanidad, las patatas con kétchup del ego, el atajo

hacia la infelicidad.

La fortuna debería ser otra cosa distinta. Convertirte en lo que has nacido

para ser, aunque sea en bailarina de pasos de cebra. Prolongar una amistad en

el tiempo sin cagarla. Pasar la noche con una chica alegre vestida con

leotardos. Eso sí habría sido una suerte. Pero mientras hablábamos, ante

nuestro semáforo —⁠el de ella y mío⁠— ha abierto la puerta un Chevrolet de

color verde cuyo motor tosía con la vehemencia de un anciano. Mi bailarina me ha dejado con la palabra en la boca y ha besado en los labios a un chico

hispano con la barba perfilada, que ha arrancado con dificultades el cacharro.

Acariciándome la cicatriz, me he dicho a mí mismo que ni yo ni Robert Durst:

el hombre más afortunado del mundo conduce un Chevy verde con un

evidente problema de carburación.

Aunque ya me conoces, probablemente en el próximo semáforo cambie de

opinión.

 

Rudolph.