Infelices
18 Escorpiones
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Escorpiones
MORITZ SCHLICK
Lo llevaban a rajatabla, desde la universidad, cuando se conocieron. Fue ella
quien marcó la pauta: de acuerdo, saldría con él, pero no iba a aceptar ningún
regalo y él tampoco debía esperar ninguno de su parte. Tan solo el día de sus
cumpleaños: un regalo anual con un precio máximo pactado de antemano. En
caso de que su relación se prolongase, esa cantidad se iría actualizando cada
año conforme al índice de precios al consumo. No se invitarían a cenar ni a
una copa ni al café que ella sorbía con un ruidito. Si mantenían relaciones
sexuales, cosa lógica si iban a iniciar una relación de pareja, compartirían el
gasto en anticonceptivos. Luego se demostró que él gastaba más de la cuenta
en preservativos por un asunto delicado. Delicado es la palabra. Ella hacía
números y refunfuñaba. Un escritor lo llamaría abuso de la estadística.
Ella era ahorradora. Digámoslo así. Era simplemente la persona más
ahorradora que he conocido. Otros que le tuvieran menos cariño dirían que
era tacaña, incluso miserable. Pero no de esas que se aprovecha de los otros:
su tacañería comenzaba consigo misma. Compartía la ropa con su hermana
gemela, procuraba ducharse en la piscina, de noche leía a la luz de una vela y
en clase tomaba apuntes en los márgenes de los libros para no gastar papel.
Un día asistimos a unas jornadas en las que podías servirte todo el zumo que
quisieras de una máquina como las que hay en los bufés de los hoteles que
parecen para hacer granizado. Ni siquiera era zumo natural, sino agua con
colorante y cierto sabor a fruta tropical. Se sirvió tantos vasos que acabó
vomitando en el baño de hombres mientras nosotros le sosteníamos la cabeza,
ya que era incapaz de devolver de otra manera.
Él no era así, os lo aseguro, aunque en su familia nunca sobró el dinero.
La idea de compartir gastos le pareció perfecta porque, si algo era él, era
estricto. Digámoslo así. Era simplemente la persona más estricta y ajustada a la norma que he conocido. Otros que le tuvieran menos cariño dirían
cuadriculado, incluso obsesivo. Era el primer tablero del equipo de ajedrez de
la universidad y memorizaba páginas enteras de las novelas que pedía
prestadas en la biblioteca. Cuando viajamos juntos a Berlín era el único que
compraba el billete en los tranvías, los demás nos arrojábamos por la puerta
de atrás si entraba el revisor. En una ocasión le aprobaron un examen con un
cuatro y fue al despacho del profesor a exigir que le suspendiera. Durante un
tiempo escribió discursos para consejeros, pero pretendía contar la verdad. Lo
despidieron el día que entregó un discurso en blanco porque se sintió incapaz
de escribir una sola palabra.
Meses después de su despido diseñó una aplicación informática para
detectar el fraude fiscal que le hizo ganar mucho dinero. Ella se especializó en
Comunicación Audiovisual. Aunque en su familia nunca sobró el talento,
consiguió un buen sueldo informando de los viajes del Presidente en
televisión. Él la convenció para que comprasen una casa modular inspirada en
un diseño de Le Corbusier, con una gran rampa en zigzag que llegaba hasta
un río y recordaba a aquella película de Hitchcock que acaba en el monte
Rushmore. Ella aceptó a regañadientes y puso como condición una hipoteca a
cuarenta años, no quería dejarse los ahorros de una vida pagando al contado.
Él quiso comprar un Audi familiar, ella se hizo con un pequeño Citroën de
segunda mano.
Y se casaron. Y, claro, el gasto de la boda fue compartido. No a medias
como muchas parejas, sino según la parte proporcional de los invitados de
cada uno. Eso causó algún problema, porque algunos invitados acudimos de
parte de los dos. Ella propuso una solución: discutirían el porcentaje de
amistad que les unía a cada invitado. Por ejemplo: tal invitado es amigo tuyo
en un 65 % y mío en un 35 %. Él no solo estuvo de acuerdo, sino que creó un
programa que calculaba al instante el montante fraccionado entre los dos
cónyuges. Nunca me dijeron cuál fue mi porcentaje; habría sido una
información útil. No hace falta decir que eligieron separación de bienes. Un
escritor lo llamaría segregación de bienes.
La etapa dorada comenzó a declinar cuando ella se quedó embarazada.
Viéndolo con perspectiva era lógico. Ningún otro episodio podía romper con
más fuerza la simetría que dividía su vida. La niña no solo consumía pañales
y biberones pagados a escote, consumió también su matrimonio. Ella se negó
a darle el pecho, a no ser que negociaran un precio justo para su leche, y los
dos quedaron satisfechos con la indemnización acordada por el plus de
pantalla que ella dejó de percibir a causa del embarazo. La depresión postparto, en cambio, ya no fue compensada. Él le explicó que era difícil
justificar una contrapartida con tal motivo, que un cambio hormonal no se
puede imputar exactamente al matrimonio, que las colonoscopias periódicas a
las que él se sometía en una clínica privada porque su abuelo había muerto de
cáncer de colon las pagaba él íntegramente, que las enfermedades de cada uno
eran responsabilidad de cada uno. A ella no le pareció justo, ni la
comparación acertada, le pareció un abuso de racionalidad, un sofisma, un
falso silogismo. Pero no tenía ánimo ni para discutir. Un escritor lo llamaría
Sócrates es un gato.
Al cumplir el año de baja, intentó volver a trabajar, pero no le fue bien y
en la televisión no tardaron en prescindir de ella. Su ánimo empeoró, apenas
salía de casa. A él, en cambio, no le podía ir mejor. Sus programas
informáticos se vendían por todo el mundo y viajaba sin parar. La prestación
por desempleo se esfumó en un suspiro, pero ella era incapaz de encontrar
trabajo, y aún le quedaban por pagar tres décadas de una hipoteca inasumible,
la mitad del sueldo de una niñera, la mitad del salario de una criada, la mitad
del colegio privado de la niña, la mitad de los gastos de la casa, la mitad de
las compras de alimentación.
Vendió el Citroën, vendió su ropa, vendió sus relojes, vendió su alianza.
Ha consumido todos sus ahorros y la herencia de sus padres, pero aún tiene
que hacer frente a su mitad de los gastos. Ha llegado a un acuerdo con él para
despedir a la niñera y a la criada y realizar las tareas de ambas a cambio de la
mitad de sus sueldos. Pero es buena para los números y sabe que no es
suficiente. No puede asumir sus deudas. Se ha quedado sin blanca. Arruinada.
En bancarrota.
Ha aprovechado que él está de viaje de negocios cerrando un contrato
millonario en Silicon Valley y ha llevado a la niña con sus suegros. Se ha
despedido de ella con un tímido beso en la frente. Ha reunido las pocas cosas
que no ha vendido y las ha guardado en la maleta de piel que compraron a
medias en la luna de miel. Ha salido temprano para poder encontrar un buen
lugar donde dormir. Sobre la mesa le ha dejado ocho monedas y un puñado de
billetes arrugados. Entre todos suman exactamente la mitad del precio de la
maleta. Un escritor los llamaría escorpiones.