Infelices

Javier Peña · Capítulo 17 de 52

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Infelices

18 Escorpiones

18

 

Escorpiones

 

MORITZ SCHLICK

 

Lo llevaban a rajatabla, desde la universidad, cuando se conocieron. Fue ella

quien marcó la pauta: de acuerdo, saldría con él, pero no iba a aceptar ningún

regalo y él tampoco debía esperar ninguno de su parte. Tan solo el día de sus

cumpleaños: un regalo anual con un precio máximo pactado de antemano. En

caso de que su relación se prolongase, esa cantidad se iría actualizando cada

año conforme al índice de precios al consumo. No se invitarían a cenar ni a

una copa ni al café que ella sorbía con un ruidito. Si mantenían relaciones

sexuales, cosa lógica si iban a iniciar una relación de pareja, compartirían el

gasto en anticonceptivos. Luego se demostró que él gastaba más de la cuenta

en preservativos por un asunto delicado. Delicado es la palabra. Ella hacía

números y refunfuñaba. Un escritor lo llamaría abuso de la estadística.

Ella era ahorradora. Digámoslo así. Era simplemente la persona más

ahorradora que he conocido. Otros que le tuvieran menos cariño dirían que

era tacaña, incluso miserable. Pero no de esas que se aprovecha de los otros:

su tacañería comenzaba consigo misma. Compartía la ropa con su hermana

gemela, procuraba ducharse en la piscina, de noche leía a la luz de una vela y

en clase tomaba apuntes en los márgenes de los libros para no gastar papel.

Un día asistimos a unas jornadas en las que podías servirte todo el zumo que

quisieras de una máquina como las que hay en los bufés de los hoteles que

parecen para hacer granizado. Ni siquiera era zumo natural, sino agua con

colorante y cierto sabor a fruta tropical. Se sirvió tantos vasos que acabó

vomitando en el baño de hombres mientras nosotros le sosteníamos la cabeza,

ya que era incapaz de devolver de otra manera.

Él no era así, os lo aseguro, aunque en su familia nunca sobró el dinero.

La idea de compartir gastos le pareció perfecta porque, si algo era él, era

estricto. Digámoslo así. Era simplemente la persona más estricta y ajustada a la norma que he conocido. Otros que le tuvieran menos cariño dirían

cuadriculado, incluso obsesivo. Era el primer tablero del equipo de ajedrez de

la universidad y memorizaba páginas enteras de las novelas que pedía

prestadas en la biblioteca. Cuando viajamos juntos a Berlín era el único que

compraba el billete en los tranvías, los demás nos arrojábamos por la puerta

de atrás si entraba el revisor. En una ocasión le aprobaron un examen con un

cuatro y fue al despacho del profesor a exigir que le suspendiera. Durante un

tiempo escribió discursos para consejeros, pero pretendía contar la verdad. Lo

despidieron el día que entregó un discurso en blanco porque se sintió incapaz

de escribir una sola palabra.

Meses después de su despido diseñó una aplicación informática para

detectar el fraude fiscal que le hizo ganar mucho dinero. Ella se especializó en

Comunicación Audiovisual. Aunque en su familia nunca sobró el talento,

consiguió un buen sueldo informando de los viajes del Presidente en

televisión. Él la convenció para que comprasen una casa modular inspirada en

un diseño de Le Corbusier, con una gran rampa en zigzag que llegaba hasta

un río y recordaba a aquella película de Hitchcock que acaba en el monte

Rushmore. Ella aceptó a regañadientes y puso como condición una hipoteca a

cuarenta años, no quería dejarse los ahorros de una vida pagando al contado.

Él quiso comprar un Audi familiar, ella se hizo con un pequeño Citroën de

segunda mano.

Y se casaron. Y, claro, el gasto de la boda fue compartido. No a medias

como muchas parejas, sino según la parte proporcional de los invitados de

cada uno. Eso causó algún problema, porque algunos invitados acudimos de

parte de los dos. Ella propuso una solución: discutirían el porcentaje de

amistad que les unía a cada invitado. Por ejemplo: tal invitado es amigo tuyo

en un 65 % y mío en un 35 %. Él no solo estuvo de acuerdo, sino que creó un

programa que calculaba al instante el montante fraccionado entre los dos

cónyuges. Nunca me dijeron cuál fue mi porcentaje; habría sido una

información útil. No hace falta decir que eligieron separación de bienes. Un

escritor lo llamaría segregación de bienes.

La etapa dorada comenzó a declinar cuando ella se quedó embarazada.

Viéndolo con perspectiva era lógico. Ningún otro episodio podía romper con

más fuerza la simetría que dividía su vida. La niña no solo consumía pañales

y biberones pagados a escote, consumió también su matrimonio. Ella se negó

a darle el pecho, a no ser que negociaran un precio justo para su leche, y los

dos quedaron satisfechos con la indemnización acordada por el plus de

pantalla que ella dejó de percibir a causa del embarazo. La depresión postparto, en cambio, ya no fue compensada. Él le explicó que era difícil

justificar una contrapartida con tal motivo, que un cambio hormonal no se

puede imputar exactamente al matrimonio, que las colonoscopias periódicas a

las que él se sometía en una clínica privada porque su abuelo había muerto de

cáncer de colon las pagaba él íntegramente, que las enfermedades de cada uno

eran responsabilidad de cada uno. A ella no le pareció justo, ni la

comparación acertada, le pareció un abuso de racionalidad, un sofisma, un

falso silogismo. Pero no tenía ánimo ni para discutir. Un escritor lo llamaría

Sócrates es un gato.

Al cumplir el año de baja, intentó volver a trabajar, pero no le fue bien y

en la televisión no tardaron en prescindir de ella. Su ánimo empeoró, apenas

salía de casa. A él, en cambio, no le podía ir mejor. Sus programas

informáticos se vendían por todo el mundo y viajaba sin parar. La prestación

por desempleo se esfumó en un suspiro, pero ella era incapaz de encontrar

trabajo, y aún le quedaban por pagar tres décadas de una hipoteca inasumible,

la mitad del sueldo de una niñera, la mitad del salario de una criada, la mitad

del colegio privado de la niña, la mitad de los gastos de la casa, la mitad de

las compras de alimentación.

Vendió el Citroën, vendió su ropa, vendió sus relojes, vendió su alianza.

Ha consumido todos sus ahorros y la herencia de sus padres, pero aún tiene

que hacer frente a su mitad de los gastos. Ha llegado a un acuerdo con él para

despedir a la niñera y a la criada y realizar las tareas de ambas a cambio de la

mitad de sus sueldos. Pero es buena para los números y sabe que no es

suficiente. No puede asumir sus deudas. Se ha quedado sin blanca. Arruinada.

En bancarrota.

Ha aprovechado que él está de viaje de negocios cerrando un contrato

millonario en Silicon Valley y ha llevado a la niña con sus suegros. Se ha

despedido de ella con un tímido beso en la frente. Ha reunido las pocas cosas

que no ha vendido y las ha guardado en la maleta de piel que compraron a

medias en la luna de miel. Ha salido temprano para poder encontrar un buen

lugar donde dormir. Sobre la mesa le ha dejado ocho monedas y un puñado de

billetes arrugados. Entre todos suman exactamente la mitad del precio de la

maleta. Un escritor los llamaría escorpiones.