Infelices

Javier Peña · Capítulo 25 de 52

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Infelices

26 Manguito

26

 

Manguito

 

MORITZ SCHLICK

 

El yogur está en un bol transparente que antes ha contenido unas cerezas de

plástico. Una masa informe de color pálido, ni siquiera blanco como cabría

imaginar, sino pálido, que desprende un olor a fruta que en realidad no huele

a ninguna fruta, solamente al concepto fruta. Cuando introduce los dedos en

él es viscoso y frío al tacto.

 

Un vuelo sin escala a la capital de San Marcos. El cámara duerme a su lado

sobresaltándose con sus propios ronquidos. Una azafata ofrece una bandejita

con dos bocados, más para matar el tiempo que el hambre. Ella se mete en la

boca un gajo de mandarina troceada, sus caninos rompen las finas paredes con

facilidad, el jugo ácido le golpea el paladar e invade sus papilas. Ahí es

cuando lo siente por primera vez, nada más que un pinchacito, un cosquilleo

que dura un segundo, dos a lo sumo. Culpa a la etiqueta de la ropa interior, un

pliegue mal situado, nada que no se pueda solucionar con un pellizco

disimulado a las bragas, nada que le impida masticar tranquila y resolver el

crucigrama del periódico que apoya mal doblado en la bandeja. Hasta que

llega a la siete horizontal, fruto del árbol conocido como persea americana,

ocho letras, la tercera una u, la quinta una ce, que regresa el picor, esta vez

más intenso y duradero; el quedo frote de un muslo contra el otro no lo alivia

del todo, y la obliga a cerrar como puede el periódico descuadernado e

intentar dormir. El escozor se agudiza antes de que la invada el sueño. Le

abrasa los labios. Piensa: «aguacate, siete horizontal, aguacate». Se asegura

de que el cámara sigue amodorrado y se aventura bajo la manta parda de la

aerolínea, bajo el vestido, bajo la ropa interior. Se alivia frotando suavemente

la vulva con el dedo índice. Le preocupa percibir cierto humedecimiento; no

hay razón para ello. Le preocupa lo grotesco que resulta restregarse el sexo en el avión que dirige al Presidente a la isla caribeña de San Marcos. Mientras

camina hacia el cuarto de baño va saludando distraída a unos y otros. En cada

hilera hay dos o tres caras conocidas, enviados especiales, redactores jefes,

asesores, directores generales, secretarios de estado, ministros, el Presidente,

el jefe de prensa, los guardaespaldas, uno de los cuales ha tenido la cabeza en

la hendidura que ahora concentra su preocupación. En el inhóspito baño del

avión se frota incómoda mientras alguien hace caso omiso de la señal roja que

pone ocupado y trata de girar la manilla de la puerta. Continúa rascándose,

pero eso no devuelve más que picor, dolor, gotas de sangre, un humor

blanquecino y otra vez la manilla intentando hacer saltar el pestillo. «Ya va,

ya va, coño, ¿no has visto que no he salido, joder?». Cuando abre la puerta, la

Ministra de Industria, rubia platino, perlas en las orejas, le sonríe con

embarazo y cierra tras de sí.

Frente al espejo de cuerpo entero de la habitación del hotel, su vagina

parece una granada partida a la mitad. Por la ventana entreabierta se cuelan

los mosquitos, el olor dulzón a plátano frito de un puesto callejero, música de

ritmos vivos y un bochorno que adhiere al cuerpo su vestido azul con vuelo.

De la recepción oficial sus únicos recuerdos son el calor y la comezón. Eso y

la imagen del Almirante, tieso y arrugado, apenas un ancianito con medallas y

charreteras. Hoy escucha su propia voz en el vídeo que ese día emitió el

telediario y no se reconoce, temblorosa, insegura, la voz de alguien a quien un

enjambre de hormigas le recorre la vagina. La palabra es marabunta, como en

aquella película de Charlton Heston. Marabunta. Por la tarde, mientras sus

compañeros se dan un chapuzón en la piscina del hotel, ella, con shorts

vaqueros, espera taciturna en la tumbona bebiendo un martini. Una rodaja

muy verde de lima se hunde en la copa como un pecio.

Esa noche llama a su gemela dermatóloga. Le cuesta más de una hora

ponerse en contacto con ella. El sistema es absurdo, como todo en San

Marcos. En la mesilla, junto a la cama, hay un teléfono de góndola en cuyo

disco tiene que marcar el número de su hermana, el prefijo nacional y un cero

que informa de la llamada exterior. La operación se le resiste, tal vez porque

sus dedos son demasiado gruesos, tal vez porque está asustada. Lo intenta

cuatro o cinco veces y la respuesta es la misma: «Ha marcado usted un

número equivocado». Cuando por fin atina, contesta una operadora a la que

tiene que repetirle el número para que ella lo vuelva a marcar. Luego el

teléfono hace clic y oye la voz familiar de su gemela. Durante todo el proceso

el escozor la deja al borde del llanto. Es encantador llamar a tu hermana a

cinco mil kilómetros para explicarle que te pica el coño.

La conversación es algo parecido a esto:

—No te preocupes, mujer, por los síntomas que me describes no es más

que cándida.

—¿Cándida?

—Sí, candidiasis. Hongos. Un fungicida lo soluciona en un pispás.

—¿Y de dónde saco yo un fungicida?

—Pues de cualquier farmacia.

—¿Farmacia? ¿De qué me estás hablando? ¿Dónde quieres que encuentre

una farmacia? Esto es San Marcos, a duras penas tenemos papel higiénico,

¿cómo voy a encontrar un fungicida vaginal?

—Pues ve a un médico y que te lo recete.

—No te enteras, joder, aquí no hay ginecólogos o clínicas privadas, aquí

hay un hospital público y si atienden a una periodista extranjera elaboran un

informe que le pasan al Gobierno. Imagínate al día siguiente la portada del

periódico del Régimen: «Periodista imperialista trae infección vaginal a la

República…».

—Hay otra opción: el yogur.

—¿Comer yogur me va a quitar esto?

—Comerlo precisamente no. El yogur, en esencia, no es más que lactosa

fermentada y su principio activo es semejante al de las cremas tópicas.

—¿Qué dices?

—Lo que piensas. Ya sé que suena a guarrada, pero aplícatelo ahí y listo.

¿Quién sabe? Igual hasta te gusta.

—Que te jodan.

Tampoco es fácil encontrar yogur en San Marcos. Primero hay que grabar

la pieza del mediodía de la comida oficial con el Almirante, que pasa a su

lado y la saluda con una sonrisilla. De cerca sus arrugas son zanjas y la

dentadura postiza salta a la vista. Le pregunta qué tal está y si disfruta de su

país. Responde que le encanta. «Le encanta una mierda». «Tú también me

encantas a mí», le dice el Almirante, «me he estado fijando mucho en ti, eres

una belleza, eres muy de aquí. Eres como un mango pequeño. Sí, eso es lo

que eres. Eres un manguito. No te voy a quitar ojo, manguito». «Manguito, tu

madre». Se recorre uno a uno los colmados, que se caen de puro viejo, en

busca del maldito yogur. En uno intentan convencerla de que el queso fresco

es yogur, en otro le recomiendan llevarse mantequilla de cabra, un tercero le

propone un mejunje maloliente que hacen ellos en casa, el resto ofrece fruta

magnífica, piña, papaya, níspero, melón, chirimoya. En el último de todos, un

cuchitril en un semisótano al que se accede bajando una estrecha escalera de piedra, la atiende un hombre viejísimo, medio ciego, que escucha un discurso

del Almirante —⁠Manguito⁠— en un televisor en blanco y negro y guarda en

una nevera atronadora cuatro yogures caducados con sabor a macedonia. Le

paga con un puñado de billetes arrugados, sube corriendo al hotel y vacía un

bol que contiene unas cerezas de plástico. Unas cuantas ruedan por el suelo

junto al aparador. Derrama uno por uno los cuatro envases, que al golpear el

borde del bol se desarman como un edificio dinamitado. Pero cuando palpa la

masa viscosa y pegadiza no le apetece hacer lo que tiene que hacer con él. No

le apetece nada. A la vuelta de la cena, se dice.

Es una cena de gala. Por suerte, a última hora metió un vestido de noche

en la maleta. Ante el espejo de cuerpo entero se asegura de que no se note la

ausencia de ropa interior que le alivia el calor que siente ahí abajo. Cuando

entra en el salón, el cámara le hace un guiño y le dice que está radiante, que

brilla con luz propia. Piensa: «No sabes tú bien cuánto brillo. Si ahora me

abriera de piernas iluminaría todo el salón». En San Marcos se cena de pie.

En una mesa de tablón hay bandejas de fruta, hay pasteles y canapés, hay

rodajas de pescado al horno con limón, hay cerdo asado, hay combinados de

ron, hay champán barato, y tú te sirves lo que quieras en un plato mínimo y

vuelves a un corro en el que hablas, y hablas, y hablas y comes poco y bebes

un poco más. En su corro de esa noche está la Ministra de Industria, rubia

platino, perlas en las orejas, arengándoles sobre las bondades de la

democracia y las maldades de San Marcos. «Sabéis», dice, «que controlan

cada uno de nuestros movimientos, que llaman por la noche a los conductores

para saber dónde hemos estado a lo largo del día, que todos los teléfonos

están pinchados, descuelgas y se oye un clic». Clic. «Pero hay más»,

continúa, «me han dicho que hay cámaras en todas las habitaciones, que están

instaladas en los espejos». Clic. «Y los vídeos», remata, «los vídeos los revisa

el mismísimo Almirante». Clic. Siente un golpe de calor. «Manguito. Me he

estado fijando en ti. No te voy a quitar ojo».

Así que va a la mesa y rellena su platito con pedazos cortados de mango y

lo sube a la habitación con una botella de champán. Sentada frente al espejo

con la fruta a un lado y el yogur al otro, va mojando el mango en el mejunje y

metiéndoselo en la boca, engullendo, deglutiendo, el líquido cayéndole por las

comisuras de los labios. Cuando se le acaba la fruta moja los dedos y los

chupa, los lame sin dejar de mirar al espejo. La vagina le duele más que nunca

en su vida, pero al acabar con la última gota de yogur de San Marcos se siente

satisfecha. Llena de champán el vaso de plástico que hay en el baño para

enjuagarse y ofrece un brindis. «¡A tu salud, Almirante!». En la calle suena una canción antigua que dice algo como «donde las frutas son como flores

llenas de aroma y saturadas de miel».