Infelices
35 Cuando volví de Cuba
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Cuando volví de Cuba
Karl regresó de Cuba un sábado caluroso de julio, arrastrando una maleta a la
que una rueda se le había vuelto loca, con el temor de que un líquido viscoso
se escabullese por la pernera de sus shorts beis y resbalase hasta las sandalias,
como una copiosa regla sin tener la regla. Cuando llegó, Hans estaba en la
habitación del fondo, subido al taburete de tres patas en que ella se sentaba de
niña a ver la televisión y había salvado del cubo de la basura al morir su
abuela. Armado con un aerosol y un trapo blanco ennegrecido, fregaba las
salpicaduras redondas que la condensación dibujaba en la pared. Con su baja
estatura y la escasa ayuda del diminuto taburete las pasaba canutas para
alcanzar los ángulos del cuarto, que olía a un batiburrillo de lejía y humedad.
A pesar de los hongos, la casa era más grande y acogedora que el antiguo piso
de estudiantes con olor a mendigo, una de las ventajas del reciente contrato
que Karl había firmado en la televisión. Hans limpiaba con el torso desnudo
para no mancharse con el aerosol; por encima del pantalón del pijama
asomaba una tripa pequeña y esférica, trabajada a base de refrescos y
estreñimiento, que oscilaba asombrosamente de un día para otro. Lo hacía de
esa guisa porque aquel spray ya le había estropeado varias camisetas. Era
increíble la capacidad que tenía para comerse el color de los tejidos en
contraste con el escaso efecto que producía sobre las huellas de la humedad.
Aunque frotasen sin descanso, siempre quedaba un surco que pronto volvía a
rellenarse. Era una guerra absurda, perdida de antemano.
Mirando el perfil de su novio, a Karl se le ocurrió que si le pedía allí
mismo, entre efluvios de lejía y humedad (una batalla de hongos contra
hongos), que se colocase uno de sus sacrosantos condones y la penetrara,
ocurriría lo mismo que al masturbarse con resaca, que, al menos durante unos
cuantos minutos, todas las molestias y preocupaciones se desvanecerían. Solo
correrse la devolvería a la realidad. «El orgasmo», solía decir Moritz, «no es
más que la violenta colisión contra la realidad».
El muro de la realidad se empeñaba en decirle a Karl que llevaba meses
acostándose con Moritz. Desde una noche en que se encontraron por
casualidad en un bar. Unas copas de más los empujaron a un baile, a un
abrazo; empujaron a una mano a acariciarla sin disimulo mientras ella y sus
amigas jugaban a esas máquinas de pantalla táctil que entonces estaban de
moda; los empujaron a una felación fláccida y alcohólica entre los arbustos de
la Alameda… Y ahora el castillo de naipes se desmoronaba por culpa de una
pringosa aventura en Cuba.
Karl siempre se había preguntado hasta qué punto se podía prolongar una
infidelidad sin causar estragos a su alrededor. En el Viena había sostenido con
vehemencia que exigir exclusividad sexual era posesivo y fundamentalista.
«¿No os parece el celibato algo absurdo?», decía, «pues la fidelidad es algo
similar: renunciar al deseo por algún tipo de razón divina que no alcanzo a
comprender». De vuelta de Cuba, comenzaba a adivinar por qué la infidelidad
es algo más complicado que la satisfacción del deseo, más complejo que el
episodio aislado con el que te engañas a ti mismo más que a tu pareja, ni
siquiera una sucesión de episodios aislados; la infidelidad es un virus adictivo
y aniquilador que lo infecta todo. En su caso, teniendo en cuenta que salía con
la persona más inteligente que ha conocido, a Karl le cuesta pensar que Hans
no estuviera enterado desde el principio. Quizás incluso desde antes de que
ocurriese. La famosa profilaxis del ajedrecista.
El viaje a La Habana se encargó de hacerlo evidente en forma de rojeces,
flujos, prurito, olor, dolor y vergüenza. ¿Cómo olvidar el vuelo de regreso
removiéndose sin parar sobre el asiento con los hongos acomodados en su
aparato reproductor? Había pasado un yogur por el control de equipajes para
aplicárselo en la vulva y así se aliviaba en el baño del avión.
Acostarse con el recepcionista nocturno del hotel era todo menos discreto.
No es eximente que aquel cubano fuera el opuesto al embaucador de
guayabera blanca. Era tímido, callado, enclenque hasta el punto de que su
desnudez resultaba embarazosa, un saco de huesos cosido a una polla; el
atento empleado que te acerca una almohada extra a las doce de la noche, que
te mira con ojos tristes recién salida de la ducha, con la toalla enroscada en el
pecho. Karl estaba infectada por el virus de la infidelidad; pronto lo estaría de
otro tipo de elementos microscópicos. Cuando engañas a tu pareja con su
mejor amigo, es fácil que llegues a engañar a tu amante con un recepcionista
cubano. Eres una devoradora de experiencias, actúas por instinto, para llenar
algún tipo de vacío en tu cabeza y en tu coño.
Por las mañanas, al grabar los reportajes, Karl se preguntaba qué estaba
haciendo pero, como en la historia de las resacas y la masturbación, por las
noches se quitaba los remordimientos a base de orgasmos. Él la lamía durante
horas, no sabía si lo hacía porque las mujeres de su país se resistían al sexo
oral o era solo su forma de agradecerle que lo sacara del aburrimiento del
despachito a la entrada del hotel, leyendo el Granma de madrugada,
dormitando sobre un puño cerrado mientras los mosquitos trataban de
devorarlo. La lamía hasta dejarla seca, hasta hacerle cosquillas. A Karl la
sacaba de quicio que eso le recordara tanto a Hans y su frenillo quejumbroso.
Cada vez era menos exigente, a cada nuevo amante le pedía menos, en ese
punto de su vida le llegaba con sentirse deseada, bastaba que la desearas y
sería tuya. Por las noches se esfumaban los problemas que veía por las
mañanas. Por las noches resultaba imposible imaginar que aquel enclenque
adicto a su sabor alojase un nido de hongos en el pene.
Cuando empezaron los picores y su hermana le aconsejó que se untase
yogur, le pidió al recepcionista que se lo consiguiera. Él le dijo que no podía
abandonar el hotel y le proporcionó un listado de los colmados cercanos. Fue
la última vez que hablaron. Karl ni siquiera se despidió de él antes del vuelo
de regreso. Ya solo pensaba en cómo contarle a Hans que el único regalo que
le había traído de Cuba eran unos inquietos viajeros instalados en su vagina.
Ahora, sentada sobre la cama, mirándole la tripa, afronta el momento que
la ha torturado durante siete mil quinientos kilómetros, convencida de que un
accidente de avión habría sido increíblemente oportuno. «Tengo algo en el
coño que me contagió un tío en el viaje. Creo que debes saberlo y eres libre
de actuar en consecuencia». Es una confesión, sí, pero es la confesión más
cínica de la historia de las confesiones, porque, ya que estamos, quizá debería
decirle algo también de los meses que lleva tirándose a Moritz. Pero eso
prefiere callárselo.
Él se encoge de hombros y le pregunta si quiere que la acompañe al
médico. Eso es lo que le dice y la encoleriza, la hace polvo, le duele más que
los arañazos de rascarse. «¡No, no, no! Quiero que te enfurezcas, que me
insultes, que me llames zorra, que me dejes, que te pongas uno de tus
asquerosos condones, que me folies hasta que se mezclen la sangre y el pus».
Él se sube al taburete y reanuda su tarea con el trapo y la humedad. Le dice
que no tiene la menor intención de hacer ninguna de esas cosas. Karl resopla,
está agotada, incómoda, necesita una ducha cuanto antes, pero primero le pide
a Hans que se vista y se vaya. Él no protesta, guarda unas pocas cosas en la mochila y se marcha. Deja allí su ropa y sus libros y le dice que volverá a
buscarlos. Ella le pide que vuelva en seis meses, entonces hablarán.
Tarda tres semanas en curar su vagina, pero hay heridas que no se cierran
nunca. Durante medio año por su piso pasa alguien distinto casi cada noche.
Solo se pone una norma: no repetir. Nada de Hans, nada de Moritz, nada de
Rudolph. Le sirven compañeros de trabajo, aunque prometió que nunca lo
haría. Hombres extremadamente guapos que conoce en los bares y la invitan a
una copa. Hombres extremadamente feos que conoce en locales de última
hora y la invitan a una raya. Señores mayores, de cincuenta o sesenta para
arriba, que no son capaces de excitarse y a veces duermen abrazados a ella.
Adolescentes que empiezan la universidad y nunca han estado con una mujer
y eyaculan en su mano al tocarlos. Un negro que vende elefantes y pulseras de
madera y deja su hatillo en el suelo de la habitación y cuando ella va al baño
por la noche se hace una herida en el pie al clavarse la trompa de un absurdo
paquidermo. Un músico callejero irlandés que está haciendo el Camino de
Santiago y prefiere tocar la guitarra en la cama antes que el sexo. Un kurdo
que trabaja en un kebab y al que las manos le huelen a salsa de yogur. Una
lesbiana con la que no pasa de tiernas caricias. Cada experiencia es una
historia, una página de su vida, y ella, no sabe muy bien por qué, quiere
consumirlas todas juntas, que la escritura se superponga y no llegue a
entenderse. Quiere hartarse de sexo, quiere engullir experiencias y vomitarlas
en el váter, quiere curarse del mordisco de la infidelidad, quiere querer a
Hans, realmente quiere quererlo, pero lo cierto es que pocas veces se acuerda
de que todo esto lo está haciendo por él.
Ahora que su coño está limpio, es la habitación la que concentra los
hongos, las circunferencias se han cargado de color negro y se ramifican
como un diagrama. Apenas ventila el cuarto; el sexo rancio y concentrado
respira por sí mismo apropiándose del aire; la habitación es como un coche en
mitad de un descampado en el que dos jóvenes practican un coito perpetuo; el
vaho pinta un cuadro abstracto en la pared. Recuerda la primera vez que lo
hizo con Rudolph, con los ojos fijos en una lámina de Robert Rauschenberg;
ahora son los círculos de Kandinsky los que se dibujan en su habitación. Se
encarama al taburete para limpiarlos, aunque apenas llega al techo salvo de
puntillas, se quita el camisón y el sujetador para no mancharlos con el aerosol.
Cuando llaman a la puerta y ve a Hans por la mirilla solo lleva puestas las
bragas. Él carga la mochila al hombro. Ese día se cumplen seis meses desde
que se fue. Lo abraza, la cabeza de Hans cae entre sus pechos, el aliento
reverbera en sus pezones. Por un momento eso la hace sentir bien.