Infelices

Javier Peña · Capítulo 48 de 52

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Infelices

49 Oskar y Bebra

49

 

Oskar y Bebra

 

MORITZ SCHLICK

 

A los doce años dejó de crecer. Sucedió cuando a su padre lo aquejaron los

primeros síntomas de una enfermedad mental hereditaria. No quiero aventurar

que la decisión de detener el crecimiento tuviera algo que ver con ese

diagnóstico. Que conocer el fin que le esperaba le llevara a pensar que el

proceso no valía la pena. Puede que sus huesos sencillamente decidiesen que

no les apetecía seguir expandiéndose en el mundo. Le gustaba pasar

desapercibido y un menor tamaño aseguraba una mayor discreción. Su cuerpo

no fue ordenado durante el proceso y su torso se desarrolló algo más que sus

piernas, como si cada semana su cintura estuviera un par de centímetros más

abajo, de forma que parecía aún más pequeño de lo que era.

Yo lo conocí con ocho o nueve años cuando me admitieron en aquel

colegio. Entonces, irónicamente, él era el más alto de la clase; con doce se

podría decir que estaba en la media; con quince ya era el más bajo de entre los

chicos y más de la mitad de las niñas lo sobrepasaban. Fui el último en

alcanzarlo, aunque nunca conseguí sacarle más de tres o cuatro centímetros.

Ignoro también la razón de mi corta estatura. Desde luego, lo mío no fue

porque quisiera dejar de crecer. Mis dos hermanos superan el metro ochenta y

mis padres no son pequeños para su generación. En términos generales, mi

madre tendía a echarle la culpa de mi baja estatura a que me pasaba la vida

pelándomela. A falta de una razón científica de más peso, he decidido asumir

como cierta la hipótesis materna.

A nadie le extrañará que en aquella época, con el objetivo de recopilar

material visual para mi afición favorita, les hiciera más caso a las niñas que a

los niños y que, de entre todos ellos, a él, anodino, feo y silencioso, le hiciera

menos caso que a ninguno. Apostaría que hasta el otoño en que superé su

tamaño apenas había cruzado diez o doce palabras con él. Quizá le pedí que me pasara el balón en Gimnasia, o que me prestara las tijeras en Plástica,

seguramente le sugería que se apartase un poco en clase para poder ver la

goma de las bragas de la niña morena de trenzas a la que le tocaba sentarse a

su lado por orden alfabético. En ningún caso fui consciente de estar hablando

con aquel chaval del torso abultado, sino con alguien indeterminado que se

había cruzado en mi camino.

Fue, como digo, el año en el que sobrepasé su estatura cuando me di

cuenta de su existencia. Me sorprendieron su capacidad para resolver

problemas matemáticos, su talento en el ajedrez, sus conocimientos de

Historia, su habilidad para distinguir todo tipo de complementos en los

análisis sintácticos. Entonces empezaba a valorar la inteligencia y la cultura

tanto como las tetas de mis compañeras. Bueno, en realidad no tanto. Pero

admito que disfrutaba viéndolo rellenar a toda prisa los exámenes con su

mano izquierda y entregarlos media hora antes que cualquier otro compañero.

Me percaté de que él también se había fijado en mí, de que me hablaba algo

más que al resto, no mucho, no grandes conversaciones, pero sí más

constantes. Al principio lo achaqué a que quería relacionarse conmigo para

acrecentar su popularidad. No es que yo fuera la persona más admirada del

colegio, pero tenía cierta fama de payaso, a las chicas solía hacerles gracia, y

mis respuestas irónicas e irrespetuosas a algún que otro profesor me habían

granjeado la simpatía de mis compañeros. Es decir, no era tan gracioso u

ocurrente como descarado. Desde entonces, me he caracterizado por tener la

lengua demasiado larga, lo cual me ha valido enemistades y disgustos, pero

cuando uno es bajito como yo, en algo tiene que destacar.

La primera vez que estuve en su casa fue cuando decidí estudiar con él

para el examen final de Física y Química, que se me había atragantado. Su

madre me recibió extrañada; más extraño se me hizo a mí que un hombrecillo

tan brillante hubiese salido de la vagina de aquella señora gris. Me dio por

pensar que su padre sería un ajedrecista famoso o un matemático que dibujaba

fórmulas en las lunas de los autobuses de línea. Cuando me enteré de que no

era nada de eso, sino el lunático de los stukas que sentaba su culo gordo en la

portería del instituto, mi perplejidad se multiplicó.

No solo me ayudó a aprobar Física y Química, sino que fui la segunda

mejor nota de la clase por detrás de la suya. Pagué a cambio un precio

elevado. En aquel momento aún no me había dado cuenta de que mi

compañía no lo hacía más popular a él, sino que alejaba de mí al resto de los

compañeros. Fue un proceso tan paulatino que cuando lo percibí ya era

demasiado tarde. Mis antiguos amigos se dedicaban a magrearse en los recreos con las chicas más audaces y menos pudorosas, y nunca contaban

conmigo para hacerlo. Palpar una teta por debajo del sujetador era el mayor

logro social alcanzable, fumar porros en el baño y emborracharse los sábados

también sumaba. En cambio, sacar las calificaciones más altas no daba

prestigio, sino todo lo contrario. Las cosas ya no eran como cuando teníamos

doce años y a mí me estaba costando adaptarme.

Empezó a molestarme la compañía de aquel chaval de torso abultado. En

un movimiento desesperado, intenté recuperar parte de la notoriedad perdida

enfrentándome a un profesor, pero derivó en un castigo colectivo a toda la

clase que me hundió en lo más profundo de la estima de mis compañeros.

Uno me dio un puñetazo a la salida y me dejó dos semanas con un ojo

morado; la chica a la que más veces le habían tocado las tetas me escupió

mientras me recomponía en el suelo. Él se mantuvo imperturbable a mi lado,

me ayudó a levantarme y me pasó la mano por el pelo en silencio para limpiar

el salivazo.

El último año antes de la universidad no fue nada fácil. Me había vuelto el

bicho raro que acompaña al bicho raro. Todos habían crecido tanto y nosotros

nos habíamos quedado tan pequeños que me avergonzaba y andaba encogido

para pasar desapercibido. Sin darme cuenta me había convertido en él. O en

algo peor. En la fiesta de fin de curso de COU estaba tan feliz por poder dejar

atrás esa etapa de mi vida que me emborraché como nunca lo había hecho.

Toda la clase andaba dando tumbos y, por un día, parecían olvidar que yo les

repugnaba. El único que permanecía sobrio y vigilante era él. No me

preguntéis cómo, fui capaz de darle esquinazo y terminé besándome en la

playa con aquella chica morena, ahora ya sin trenzas, a la que le miraba la

goma de las bragas cuando teníamos trece años. Aquella goma había sido mi

fantasía más vigorosa y ahora era una realidad flexible que palpaba entre

vapores alcohólicos.

Cerré los ojos cuando mi mano venció al elástico. Estaba borracho, pero

lo recuerdo con claridad. Fue el último momento de felicidad en toda mi vida.

Cuando volví a abrirlos vi que él me sonreía sentado en una roca en la orilla,

apenas a cinco metros de donde nosotros nos besábamos; sus pies no

alcanzaban a apoyarse del todo en el suelo. Di un respingo y ella se volvió.

Primero pegó un gritó y luego me dio un empujón mientras nos llamaba

locos, bichos, cerdos, anormales. La goma de sus bragas se alejó de mí para

siempre mientras él se aproximaba con pasos firmes. Yo aún estaba tirado en

la arena. Sentía náuseas. Nunca olvidaré lo que me dijo entonces. «Nosotros los pequeños», me dijo, «incluso entre la mayor de las multitudes, estamos

condenados a encontrarnos».

Luego vomité.

 

He pasado el resto de mi vida huyendo de él. Temo volver a verlo en los ojos

de una niña, en los ojos de mi hija, que no sabe que soy su padre. He asumido

que siempre estaré en las manos de Oskar, el niño que dejó de crecer.

Nosotros los pequeños estamos condenados a destrozarnos.