Infelices
22 Mariposas
22
Mariposa
MORITZ SCHLICK
Masturbar es su palabra favorita. Le gustaría decirlo en una de esas encuestas
periódicas acerca de la palabra más bonita de un idioma. Ya sabes, de esas
que no sirven para nada. De esas que todo el mundo se pregunta si son reales,
porque a ellos nunca se las han hecho. Ni esa ni ninguna otra. Se acerca un
tipo y te pregunta cuál es tu palabra favorita. Y ellos dicen amor. Dicen
cariño. Dicen mariposa (¿de verdad mariposa?). Dicen naturaleza. Dicen sol.
Dicen mar. A él le encantaría que le preguntaran y poder decir masturbar. Con
la boca bien abierta, redondeando las aes. No por dar la nota, sino porque
realmente le gusta. Es su palabra favorita y eso que él vive entre palabras; él
es escritor, escribe relatos. Masturbar: del latín manus turbare. Agitar con la
mano. ¿No es semántica pura? ¿No es poesía? ¿No es un haiku?
La primera vez que la escucha es en un debate televisivo al finalizar la
proyección de El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante, de Peter
Greenaway. Andará por los diez años. Menudas cosas le dejan ver sus padres.
No le preguntes por la película porque no recuerda nada: solo una palabra.
Masturbar, con la eme bien nasalizada. Se queda flotando en su cabeza como
esas palabras de otros idiomas que has oído mil veces y nunca sabes qué
significan. Las buscas en el diccionario y dices, es cierto, esto era lo que
significaba. A la semana siguiente, vuelves a no acordarte, pero ya ni vas al
diccionario porque sabes que es inútil, son palabras flotantes.
Masturbar, con la te perfectamente pronunciada metiendo la lengua entre
los dientes, flota en su cabeza sin significado. Flota cuando se la arroja a su
hermano mayor dos o tres días después de la emisión de la película. Porque
eso es lo que hace: arrojársela, agredirle con ella. En mitad de una discusión
por cualquier nimiedad que por supuesto ha olvidado. Le dice: «Vete a
masturbarte por ahí». Utiliza el reflexivo. Bendito lenguaje que permite construir frases que jamás has utilizado. El instinto del lenguaje le llaman a
eso.
¡El revuelo que se arma en casa cuando su hermano les va con el cuento a
sus padres! «Mira lo que me ha dicho el niño». Y su madre, con lágrimas en
los ojos: «¿Dónde habrás aprendido eso? ¡Ese colegio no te enseña nada
bueno!». Y él, tan avergonzado que no les dice: «En la película que vosotros
me pusisteis».
Pronto, muy pronto, aprende el significado de masturbar, con su be sonora
y labializada. Consigue por fin anclar la palabra que flota en su cabeza. Como
todos los grandes descubrimientos se produce mitad por azar, mitad porque sí.
Está de visita en el mercante en el que su padre es oficial de cubierta.
Descargan carbón en un puerto del sur. Todo huele a carbón y a agua
estancada. Huele a carbón el camarote que tiene para él solo. Huele a agua
estancada la piscina donde aprende a nadar con un salvavidas reglamentario.
Huele a una mezcla de los dos la pequeña biblioteca adonde va a buscar unos
cómics.
La llaman biblioteca, pero es un habitáculo como el suyo. Solo que, en
vez de camastro y buró, tiene una estantería con libros manoseados y una silla
de oficina. Allí están los cómics de Astérix, de Tintín, de Lucky Luke, de
Hannah Barbera. Pero dos estantes más abajo hay algo mucho mejor. Unos
libros de color rosa, con una cubierta que al desplegarse descubre una vagina
peluda. No puede decir que entienda la imagen, pero sabe que le gusta. El
instinto del sexo lo llaman a eso.
Tampoco entiende muchas de las palabras, pero sabe que le gustan.
Glande, grupa, bálano, himen, horcajadas. Alguna no ha vuelto a usarla, han
quedado encerradas en esos libros. Él también se encierra en la biblioteca;
sabiéndose en territorio prohibido echa el pestillo. Inventa una coartada para
su encierro, puede que la primera. Años más tarde, el amigo del instituto que
su madre despreciaba le dirá que inventar excusas (ir un paso por delante
como en el ajedrez) es el centro de sus vidas. Y todo empieza por ocultar
pajas (él prefiere masturbar, con sus erres bien vibrantes). Al contrario que su
amigo, el Gran Maestro taciturno, él nunca pasará de ajedrecista mediocre.
Pero la partida de las pajas siempre la gana. Quizá porque sus padres se dejan
ganar.
Está con el libro rosa en la mano y la tiene dura. La tiene durísima. No es
que sea una sensación nueva. Si le preguntas cuándo empezó a ponérsele
dura, no sabría qué contestarte. Para él es como cagar o tener sed o
estornudar. La respuesta es desde siempre. Pero esta vez no solo está dura, también tiene muchas ganas de hacer pis. Y eso es imposible porque acaba de
hacerlo antes de bajar y, con once años, su vejiga es un odre que permitiría
cruzar el Sáhara sin echar gota en falta. Se aprieta con dos dedos los bordes
del pantalón que rodean el bulto pero eso, en vez de cortar el escape, aumenta
las ganas de mear. Sube corriendo las escaleras que llevan al camarote,
convencido de que se lo va a hacer encima. A su edad, ¡qué vergüenza! Se
puede imaginar a su madre con los ojos llorosos, el líquido cetrino cayendo
por la pernera, empapando los náuticos marrones. El papelón de su vida. Lo
cual, con once años, tampoco es mucho decir, pero él eso por ahora no lo
sabe. Otros dicen barco. Dicen familia. Dicen perro.
Qué peso se quita de encima cuando por fin llega al camarote y se detiene
frente al váter. Qué alivio aguantársela entre el pulgar y el índice y saber que
está fuera de peligro. Y qué gusto da por fin mear, hasta le tiemblan un poco
las piernas. Pero espera un momento, ese chorro es extraño. No es el familiar
aguacero amarillento de siempre, sino un engrudo blanco que se pega a las
paredes del inodoro y ha salpicado un poco la tapa. Es viscoso, pegajoso,
huele como a lejía. Por un momento ya no huele a carbón y agua estancada.
Otros dicen flor. Dicen niño. Dicen felicidad.
No preguntes por qué su cerebro sabe que eso es masturbarse. Han pasado
veinticinco años y no ha hallado mejor ejemplo de autodidactismo. Se
imagina con una bombilla dibujada sobre la cabeza. Como en los cómics que
dejó olvidados en la biblioteca por culpa de los libros de color rosa. Es el
último gran momento de aprendizaje sobre sí mismo, el más consciente, el
más suyo. No es como cuando era un bebé y su madre le decía esto es la
nariz. Le decía esto es la boca. Le decía esto son tus manos. Y luego cuando
él acertaba a señalar la parte del cuerpo correcta se le llenaban los ojos de
lágrimas. Hoy no ha venido su madre a decirle esto es semen. Esto es un
orgasmo. Esto es masturbarse.
No puede apartar la vista de esa maravilla de la materia. Algo que por fin
su madre no puede controlar, el material del que está hecha la libertad. Un
estado líquido-sólido, como si su polla estuviese goteando mercurio. Frente al
váter, o sentado en él, transcurrirán sus próximos meses. No encuentra otro
sitio mejor para soltar lastre. Tiempo después, cuando descubra las
posibilidades que dan los clínex, sus pajas ganarán en itinerancia. En esa
primera adolescencia, uno de los asuntos que le roba más tiempo a su cerebro
es precisamente dónde depositar el mercurio. Solo años después comprenderá,
ya acompañado, que escoger dónde arrojarlo puede tener su gracia. Otros
dicen ojos. Dicen libro. Dicen rosa.
Utiliza la palabra masturbar como clave de su correo electrónico y en sus
cuentas del banco. Le da ese nombre al gato. Dice: si me hago un tatuaje será
lo que ponga. Escribe un relato que lleva ese título. Sueña con una lectora que
le dice que la ha excitado tanto que se ha masturbado leyéndolo. En el fondo,
es normal que haya acabado siendo escritor. ¿No era Flaubert quien decía que
para escribir debía masturbar su cabeza? Es su palabra favorita. Otros dicen
océano. Dicen hermano. Dicen hijo. Dicen madre.
Hoy lo ha parado un encuestador por la calle. Así que existen. Le ha
hecho un montón de preguntas. La mitad de ellas no las sabía contestar. El
encuestador lo ha visto apurado. Le dice: la última es fácil. Le dice: estamos
escogiendo la palabra más bonita. Le pregunta si tiene una preferida. Está
pálido. Se ha quedado blanco. Blanco como el engrudo de aquella tarde
cuando tenía once años.
Dice mariposa (¿de verdad mariposa?).