Infelices

Javier Peña · Capítulo 29 de 52

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Infelices

Segunda parte. Tánatos

Segunda parte

 

Tánatos

30

 

Por la boca muere el pez

 

MORITZ SCHLICK

 

Lo llamábamos John Piorrea porque nunca había ido al dentista. De niño le

hizo prometer a su madre que jamás lo llevaría junto a un hombre que

deseaba atarlo a una silla y torturarlo. Eran tiempos en los que no se habían

acuñado palabras como bruxismo o diastema, y la periodontitis aún se

llamaba piorrea. Al dentista solo ibas si te dolían las muelas y, como

coincidió con la época en que su padre se metió en líos, su madre ya tenía

gastos y peleas suficientes. Le dijo que si no quería ir que no fuera. De eso

uno no se muere. John se cepillaba los dientes con violencia tres o cuatro

veces al día. No paraba hasta que le sangraban las encías. Le gustaba

cepillarse antes de dormir y arrojar un denso esputo de sangre que se agarraba

al lavamanos y tardaba en escurrirse por el desagüe. Luego se aplicaba un

enjuague de flúor rojizo que sabía a jarabe para la tos. Como no era capaz de

hacer gárgaras, se pasaba el flúor de un carrillo a otro y después lo escupía de

forma que arrastrase el chorro de sangre rezagado hacia el limbo de las

tuberías. Lavaba el cepillo frotando bien las cerdas y se acostaba con la boca

fresca. Pero todo era una ilusión: en diez minutos la cavidad que tenía bajo la

nariz volvía a ser una cloaca. Algo habitaba en su estómago. En sus entrañas

moraba un Dragón que regurgitaba un reflujo ácido contra el que nada valía la

pasta de dientes. Por las noches lo derramaba con la saliva dejando un surco

amarillo en las sábanas. El reflujo era su firma. La acidez, su propio yo.

Daba igual lo mucho que se esmerase en la limpieza: no podía doblegar al

Dragón. Tal vez el dentista pudiera hacerle frente, pero su madre le había

prometido que no lo llevaría. Las caries se adueñaron de sus dientes. Fue un

proceso lento que pasó completamente desapercibido al resto del mundo, pero

no a él. Notaba el pausado martillear en el muro, que se agrieta, se quiebra, se

desmorona. Advertía la suave marea erosionar la roca con la fuerza de la constancia. Por momentos la marea se estancaba y generaba mal olor.

Generaba un aliento que lo convertía en un adolescente retraído, de esos que

siempre miran de lado, que hablan con la mano en la boca, que mantienen las

distancias. Pero ni con esas puede evitar que se conozca su secreto. Surge

entonces el nombre de John Piorrea. Yo, que era su mejor amigo, lo bauticé

así. Cada 14 de febrero le dejábamos una rosa de plástico sobre el pupitre con

una nota. «Esta es la única flor que resistirá tu amor, acércala a tu nariz y

disfruta de su olor».

Ya era John Piorrea en la facultad, mucho después de las rosas artificiales.

Era John, el primer tablero de ajedrez que se pasaba el dedo por las encías

antes de mover una pieza. Y allí quedaba el alfil lleno de babas haciendo

pensar dos veces al adversario la conveniencia de su captura. Por entonces las

muelas del juicio habían declarado una revolución. Cada una había surgido

hacia un lado: a dos les sobresalía la cabeza, el resto asomaban hasta la raíz.

Cuatro muelas tardías que se dedicaron a componer en su boca la estructura

de peones de la Defensa Holandesa. Los incisivos inferiores fueron los que

más se desplazaron. Optaron por dar dos educados pasos hacia delante para

dejar sitio a los otros dientes que, curiosamente, cuando lo tuvieron,

decidieron no ocuparlo. Pero eso no devolvió a los incisivos a su sitio. Al

contrario, prefirieron abrazarse. Enredarse. Practicar la lucha grecorromana.

Finalmente, la palabra diastema se acuñó en su boca. Mediada la veintena, sus

dientes no conformaban una dentadura, sino una irregular hilera de Moais de

la Isla de Pascua.

Intenta abrir lo mínimo la boca y mira fijamente a los dientes de las

personas que te hablan: comprenderás por qué John siempre fue un bicho

raro. Su afición preferida era descubrir en otras personas estructuras dentales

como la suya y comprobar cuánto les afeaban. Los resultados solían ser

frustrantes. O bien no encontraba dentaduras semejantes y eso no le animaba,

o bien, si las encontraba, eran tan deformes que lo sumían en la más profunda

de las depresiones y podía pasar varios días sin hablar. Lo comprobé en un

viaje a Berlín. Cuando descendíamos hacia el río por Warschauer Strasse,

antes de llegar al puente de ladrillo rojo que una vez fue frontera entre dos

mundos, vimos una tienda en la que vendían dentaduras de broma. Los

llamaban horror teeth y se amontonaban en una cesta a cuatro euros la pieza.

Al depredador dental no le hizo falta más que una ojeada para hallar, entre la

selección de horrores, un trozo de plástico muy parecido a sus incisivos. Al

día siguiente no quiso salir del hotel.

Claro que podía arreglarse los dientes. Aunque costase mucho dinero. El

dinero no era el problema principal. Resultaba que tenía la boca tan

estropeada, tan podrida, que le daba una vergüenza insuperable abrirla ante un

dentista. Suponía que le preguntaría cómo se había dejado ir tanto. Esas eran

las palabras: dejarse ir. Suponía que se lo preguntaría mientras le introducía

en la boca ese ridículo aparato para sorber la saliva. La respuesta en ningún

caso podría ser que su madre le había prometido que no lo llevaría. Inventaría

una historia lacrimógena de pobreza infantil. De una madre abúlica que nunca

salía de casa. De un padre que miraba a las niñas hacer pis por un agujero. Le

echaría en cara al odontólogo el precio excesivo del cuidado dental. Pero

sabía que sería incapaz de mentir. No en esa situación. No con la boca abierta,

el Dragón liberado, sin saliva a la que agarrarse para articular palabra. Nunca

expresándose como un paralítico cerebral para excusar su condición de

paralítico social. La escena imaginaria lo avergonzaba tanto que soportaba

estoico los dolores de muelas, convenciéndose a sí mismo de que era un

faquir o uno de esos derviches que giran.

Le dije: «John, te lo aconsejo como amigo, vete al dentista, no tienes diez

años y los dentistas no son Laurence Olivier en aquella película con Dustin

Hoffman». Le dije lo de la amiga de la amiga de una amiga que murió de

septicemia en cuestión de horas por una infección en una muela, las bacterias

corrieron por la sangre con la misma velocidad con la que el flúor se

precipitaba por la tubería. «Septicemia», le dije, «del griego sepsis,

podredumbre, podredumbre, ¿te suena?». Le dije que las infecciones en la

boca causan infartos que pueden llevar a la muerte. Le dije que las

infecciones en la boca derivan en tumoraciones que conducen a la muerte.

Juro que lo vi aguantando una lágrima como cuando le dejábamos la rosa de

plástico sobre el pupitre.

El dentista dice: «No tendría por qué doler, pero tiene la boca muy

estropeada y no puedo garantizar nada, no debería haberse dejado ir tanto».

Esas son las palabras: dejarse ir. Antes de drenar un absceso le inyectan

bupivacaína. Atado a la silla, el primer roce de uno de esos aparatos de tortura

le provoca un picotazo de dolor inimaginable. No puede creer que exista ese

dolor. Es indescriptible. Indecible. De sus entrañas, del mismo fondo del pozo

de acidez, emerge un alarido, gruñe el Dragón. La infección es tan espesa que

impide que la anestesia haga efecto. «Pásame la jeringa con la bupivacaína».

Esa es la última palabra que oye. Bu-pi-va-ca-í-na. Quién se lo iba a decir. La

palabra sobredosis, en cambio, ya no es capaz de escucharla. A John Piorrea los labios empiezan a amoratársele. Yo, que era su mejor amigo, lo bauticé

así.