Infelices

Javier Peña · Capítulo 15 de 52

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Infelices

16 Cuarta parte del testimonio de un asesor

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Cuarta parte del testimonio

 

de un asesor

 

Conocí a Lengua Rugosa hace siete años en un chat de Internet. Me dijo que

lo primero en que se fijaba de un hombre era en su calzado, si algo no podía

soportar era un hombre con zapatos sucios. Yo le confesé que soy bajito, que

no paso de 1,70. Ella me respondió que le parecía una buena estatura. Yo

admití también que me estaba quedando calvo, entonces tenía más pelo que

ahora. Ella replicó: los zapatos, Oskar, me encantan los zapatos limpios. Los

zapatos, aunque pueda parecer lo contrario, son relevantes como lo eran la

secretaria Kegel y la mancha de té. Cuando hace siete años aquella extraña

mujer insistió en la pulcritud de mi calzado, yo acababa de dejarlo con mi

novia, eso que suele llamarse novia de toda la vida. No es que nuestra

relación se hubiese caracterizado por la felicidad, ni tampoco por la fidelidad,

al menos por su parte. A ella la fidelidad no le convencía. En un momento

dado sostuvo que, al igual que el matrimonio o el adulterio, la fidelidad es una

convención extendida por el judeocristianismo con el objeto de asegurar la

herencia en la familia y no repartirla con los hijos que las mujeres concibieran

con otros hombres y, por lo tanto, tres mil años después, ha perdido su

sentido. Hoy existen métodos anticonceptivos próximos al cien por cien de

efectividad, se practican técnicas abortivas no dañinas para la salud de la

mujer, se conocen marcadores genéticos moleculares basados en el ADN que

demuestran la paternidad, y eso yo lo sé mejor que nadie, aunque no venga a

cuento. En realidad, todo esto ella lo sostenía porque dos amigos que

teníamos le habían sorbido el seso, pero eso tampoco viene a cuento. No es

que su postura fuera un mero ejercicio teórico, digamos que quiso aplicar el

método ensayo-error, obviando el pequeño detalle de que yo era la cobaya y,

aunque igual no lo pareciera, sufría con cada descarga. A ella la fidelidad le

provocaba escepticismo, a mí la infidelidad me generaba pereza. La pereza de la mentira, la coartada, la culpa, el borrado de huellas, olores y manchas, el

vaciado de registros en el historial de los dispositivos electrónicos… Uno de

mis amigos de la universidad decía que la pareja se inventó para acabar con la

infidelidad; por eso, finalizada la relación, quise recuperar el tiempo perdido,

e Internet, aunque no me enorgullezca, era la vía más rápida para conseguirlo.

Resultaba sencillo, si se prestaba atención, diferenciar a las adolescentes

juguetonas de las mujeres adultas que realmente querían sexo. O, mejor

dicho, querían una pareja y lo poco que tenían para ofrecer a cambio era sexo.

Por lo que a mí respectaba, en ese momento no tenía ni ganas ni ánimo de

iniciar lo que yo llamo el cortejo de los feos, una técnica reservada a los

hombres por los que una mujer nunca se va a morir de deseo, cuya simple

visión nunca va a provocar la inflamación de unos labios menores. El cortejo

de los feos es un proceso largo y cansino en el que debes mostrarte tan

encantador como seas capaz de fingir, debes hacerles regalos, tener detalles

con ellas y ser lo que se dice un caballero; debes escucharlas y manifestar

comprensión con sus problemas; debes asentir con cara de interés,

desconectar pero atrapar frases al vuelo, aprovechar para hacer preguntas que

confirmen que las escuchas, eso solo reforzará el soliloquio, pero será

efectivo y conducirá a la fase en la que te dirán que tú no eres como los otros

hombres con los que han estado. Claro que no, tú eres mucho más feo. Lo que

al cortejo de los feos le lleva meses, a los otros, a los guapos, les lleva diez

minutos. Si yo hubiese nacido guapo, probablemente habría tenido tiempo de

hacer algo en mi vida y no habría acabado escribiendo discursos para una

ignorante. Apuntad eso, por favor: si yo hubiese nacido guapo, no estaría

ahora realizando este alegato. Cuando aquella mujer de Internet me dijo que

lo que le importaba en un hombre eran los zapatos, pasé media noche

sacándoles lustre con gamuza y abrillantador, y no quedé satisfecho hasta que

vi mi cara reflejada en la superficie de cuero bruñido. Eso pensaba siete años

más tarde a la salida del trabajo cuando, al manchurrón de té en el pantalón

vaquero que Kegel no había sido capaz de eliminar, se añadieron las botas

enfangadas hasta el tobillo. La calle estaba levantada y, aunque una ruta en

zigzag sorteaba las partes más recientes de la obra, llovía en abundancia y

todo se había vuelto un lodazal; aún me quedaba una buena caminata hasta

casa bajo el chaparrón. Mis parejas siempre han insistido en que me saque el

carné de conducir. Como si mereciera la pena soportar cláxones, semáforos

que no cambian a verde, rotondas que coges por el carril equivocado,

estallidos de violencia reprimida, viejos cruzando por donde les viene en

gana, aparcamientos en cuesta, arañazos inesperados, un borracho que te resquebraja el parabrisas, un retrovisor colgando, multas por velocidad,

alcoholímetros, cagadas de paloma en la carrocería. Conducir no es algo que

haya echado de menos. Salvo aquella noche de hace siete años. Ahí hubiese

dado cualquier cosa por tener coche. La mujer aparcó junto a la estación de

autobuses un Ford Fiesta rojo, los amortiguadores chirriaban como un viejo

colchón de muelles. Dijo: «Hola, eres Oskar79, ¿verdad?». Estaba oscuro y

no era capaz de distinguir su cara, lo único que relucía eran mis zapatos. Ella

había elegido el lugar donde pasaríamos la noche. A la luz de los faros de los

otros coches pude comprobar que no era lo que se suele convenir en llamar

agraciada: tenía la cabeza muy estrecha, rizos indecisos mal teñidos de rubio

y ojos negros de gorrión, diminutos, rodeados de pliegues de piel que

indicaban el uso continuado de gafas. Hablaba mucho, pero eso no era un

problema, al contrario, me permitía permanecer en silencio. Mi breve —⁠pero

intensa⁠— experiencia con las mujeres de Internet me decía que las tímidas

eran las peores: todo el rato se preguntaban qué estaban haciendo contigo. A

medida que íbamos adentrándonos en la autopista, diez, veinte, treinta

kilómetros, me convencía de que esa noche, quisiera o no, tendría que

acostarme con ella, a esas alturas no había vuelta atrás. Una hora de

conducción por carreteras secundarias nos llevó a un pequeño puerto en el

que yo nunca había estado. Ella tiró del freno de mano y dijo: «Es aquí». La

habitación del hotel era limpia pero pequeña, nada que justificase el trayecto

en coche hasta allí. Asomado a la ventana pude ver bajo las farolas un dique

larguísimo cubierto entero de grafitis y modestas barcas de pesca acunadas

por la marea. Deseé con todas mis fuerzas estar en casa durmiendo;

únicamente quien ha quedado para follar por Internet entiende por completo

la tristeza precoito. Ella me acompañó en la ventana y me sonrió, fue entonces

cuando la vi bien, era solo razonablemente fea. Como quien se come un

bocado que no tiene buena pinta, pensé que lo mejor era tragármela de golpe,

así que la besé, pero algo empezó a ir mal. Sentí como si me hubiese metido

papel de lija en la boca, como si pasase la lengua por la calzada recién

asfaltada. Volver a besarla sirvió únicamente para confirmar la primera

impresión: sus papilas gustativas estaban hiperdesarrolladas, eran

estalagmitas ásperas y secas. Me dije que lo mejor era prescindir de besos.

Tenía por costumbre lanzarme de buenas a primeras a practicar el cunnilingus

a las mujeres: un problema en el frenillo que no viene a cuento me hace

preferir la estimulación oral, pero aquella vez, al quitarle las bragas, un espeso

y abundante líquido blancuzco que desbordaba la vagina me retrajo. Me dije

que lo mejor era prescindir del sexo oral. Entonces la penetré. Lo recuerdo bien, porque fue la única vez que estuve dentro de una mujer en siete largos

años. Tres minutos encerrados entre la tristeza precoito y la depresión

postcoito. No eran ni las doce de la noche cuando me corrí con un ligero dolor

de frenillo; un segundo después de hacerlo me sentí James Caan en Misery.

Ahora lo veo exagerado, pero no paraba de preguntarme cuál era el sentido de

haberme llevado hasta allí. Aún hoy lo desconozco, pero si hubiese sabido

conducir le habría dado un puntapié a Lengua Rugosa, robado las llaves del

Ford Fiesta y bien sabe Dios que no habría quitado el pie del acelerador hasta

quedarme sin gasolina. En vez de eso, inventé algo, no recuerdo bien qué, le

dije que me encontraba mal, que me dolía la cabeza, que tenía náuseas, que

tenía sueño, que tenía remordimientos, que echaba de menos a mis dos hijos

discapacitados, o algo así, y le di la espalda tratando de adormecerme con un

ojo abierto por si me acuchillaba o, peor aún, por si quería volver a follar.

Miraba hacia la ventana y lo único que veía era el reflejo de la farola del

puerto en el lustre de mis zapatos.