Infelices
33 Séptima parte del testimonio de un asesor
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Séptima parte del testimonio
de un asesor
Veintiséis días después de la noche del poliestireno —lo digo para que os
situéis— entro como cada día laborable, a la misma hora, en el restaurante de
comida rápida al que separan quinientos metros del edificio del Gobierno. El
personal está compuesto por chicas jóvenes con sobrepeso que, como yo,
deben de comer allí a diario y me conocen y saben que pido siempre la misma
hamburguesa con los mismos complementos y el mismo refresco y ocupo la
misma mesa mientras suenan en el mismo orden de todos los días las mismas
canciones del mismo hilo musical. Una sucesión de caras b de grupos más o
menos populares que es la única parte del ritual alimenticio que me provoca
cierta melancolía porque trae consigo una sensación de bucle, de suspensión
del tiempo, de rutina. La comida no, la comida me gusta, no me parece
rutinaria, sino fácil. Me evita tener que pensar qué quiero comer. Detesto el
tiempo que se malgasta en pensamientos fútiles, estoy convencido de que la
humanidad avanzaría a mayor velocidad si nos alimentáramos a base de
pastillas y vistiéramos de uniforme, aunque reconozco que las empleadas del
restaurante son más atractivas cuando se quitan el uniforme y se ponen la ropa
de calle, a pesar de que rellenan hasta tal punto los pantalones vaqueros que
parece que van a explotar y por encima de su apretado cinturón se
desparraman los pliegues de carne fláccida, rebosante de grasa. Grasa blanca
y pegajosa como la ternera que sirven en la cafetería del trabajo, tan
desagradable en la boca, por no hablar del pescado que puedes ver eviscerar si
prestas atención a la cocina que está al fondo de la barra. Eviscerar, una sola
palabra que justificaría por sí misma la alimentación por medio de pastillas.
Destripar. Arrancar los ojos. Ojos que cuando el pescado es grande
desprenden un denso humor acuoso, y si el pez es más bien pequeño hay
gente que se los come. Hay gente que chupa las cabezas, que muerde con fuerza los nervios duros y morados de la carne de cerdo, que sorbe las patas
de los crustáceos, que desgarra la carne sangrante del buey, que come oreja,
criadillas, rabo de toro, riñones al jerez. Dicen que las hamburguesas de las
cadenas de comida rápida están hechas con una pasta que ni siquiera es carne:
ojalá. Dicen que es probable que muera de cáncer y lo cierto es que sufro del
estómago desde niño, pero también mi madre, y está viva y coleando al borde
de los setenta, y aunque a mi abuelo lo mató un cáncer de colon, no fue hasta
después de los ochenta. Hace no mucho sangré abundantemente al defecar; el
susto fue enorme cuando vi que el papel se teñía de rojo y el váter
resplandecía como si hubiesen vaciado en él una botella de vino rosado. Lo
que más me llamó la atención fue la viveza del color y pensé que en esa
ocasión nada me libraría de una colonoscopia, tras veinte años sin ir al
médico, no por valentía o despreocupación, sino todo lo contrario, porque me
aterra que me puedan encontrar algo, como si el hecho de que no me
diagnostiquen fuera a detener la enfermedad, como si el hecho de darle un
nombre fuera a acelerar mi destrucción. Tengo, ya lo he apuntado, un extraño
culto a las palabras, la insólita creencia de que algo no existe hasta que lo
nombras. Por suerte el sangrado fue cosa de un día y lo achaqué a las
hemorroides y a mi eterna posición en el retrete, el abdomen doblado sobre
las rodillas intentando provocar la evacuación que tarda siglos en producirse,
y eso las veces que se produce. Otra actividad absurda que roba el tiempo al
ser humano, sobre todo a mí. Decía un escritor checo que cagar es la mejor
prueba de que Dios no existe porque ningún dios habría creado una vida en la
que fuera necesario cagar. En realidad, ningún dios podría haber creado mi
vida, que hasta ahora se ha limitado a dormir, comer, vestirme, trabajar,
intentar cagar e intentar copular. En los últimos años he elaborado un plan
que limite al máximo estas actividades y me permita desarrollar algo creativo,
pero he resultado estar vacío: soy incapaz de crear nada más que esforzados
zurullos. Tal vez esté programado simplemente para dormir, comer, vestirme,
trabajar, cagar y copular o, dicho con otras palabras, tal vez sea un ser
humano normal y corriente, más corriente de lo que nunca habría creído.
Desde el sangrado rectal he comenzado a hacerle más caso a mis heces que a
las personas que me rodean: las inspecciono con atención antes de activar la
cisterna intentando encontrar algún resto de sangre oculta, también examino
el papel higiénico después de limpiarme, hasta lo huelo, y es curioso porque
cada vez huele menos a mierda y más a algún producto químico que me hace
fantasear con que en el fondo soy solo un autómata. Me hace gracia pensar
eso mientras huelo la mierda en el papel. Evidentemente, si soy un robot, soy parte de una partida defectuosa. ¿Moriré de cáncer de colon? Puede. Pero no
acabo de estar del todo convencido de la influencia de la alimentación, porque
ella tiene cáncer con veintisiete años, y es verdad que, como a mí, le gustan
los restaurantes de comida rápida, la pizza y los bocadillos grasientos, pero
también come ensalada y pescado azul, guarda en el frigorífico tuppers con
lentejas o sopa o caldo o guisos que le prepara su madre, suele comer una o
dos piezas de fruta a mediodía en el trabajo, desayuna cereales y leche
desnatada y tal vez un yogur o queso o pan con aceite o zumo de naranja, y
hace deporte y no fuma y tampoco manipula uranio empobrecido, pero tiene
cáncer y yo, veintiséis días justos después de empezar a salir con ella, tengo
miedo a perderla. ¿Y si no reacciona bien a la segunda fase del tratamiento?
¿Y si esos dos nódulos que le han encontrado en el pulmón no son las
cicatrices de la neumonía que sufrió cuando tenía tres años, como le han
dicho, sino el principio de una metástasis? ¿Y si cuando le extirpen el tumor
miden mal la dosis de anestesia y ya nunca despierta? ¿Y si ahora mismo
yendo a trabajar le cae, yo qué sé, un suicida sobre la cabeza y la aplasta?
Incluso esta última hipótesis me parece poco descabellada porque, al fin y al
cabo, las probabilidades de que suceda no son menores que un accidente de
aviación comercial y cuando atravesamos turbulencias todos clavamos las
uñas en el reposabrazos del asiento. Ahora que he reanudado mi relación con
el amor, ya no sé si podré prescindir de ella. Me acabo de reconciliar con el
sexo, con un sexo nuevo, más maduro, el extremo opuesto a la cópula
animalesca, ligado directamente a la intimidad y la generosidad que supone
que otra persona te regale lo que esconde al resto del mundo, sus
imperfecciones, esas oquedades que se forman en sus nalgas cuando tensa las
piernas; su ombligo, superficial como la cicatriz del antiguo amigo; los dedos
de los pies que se montan uno sobre el otro; las sinuosas estrías en la base de
sus pechos; el suave sabor de su sexo; sus jadeos, a veces forzados, a veces
reales; los días que se levanta tarde y va a trabajar sin ducharse; los días que
se pone las mismas bragas que el día anterior: el sexo con los ojos, con los
oídos, con la nariz. El sexo como una forma avanzada de conocimiento, como
una combinación de ajedrez que muy pocos son capaces de ver. Pero también
el sexo ligado al dolor y al miedo; el dolor de saber que ese conocimiento ha
sido regalado antes a muchos otros, a demasiados, a hombres indignos de ese
don, el dolor que conduce a preguntas que no quieres hacer, pero acabas
haciendo; el miedo a que lo siga regalando, a la seguridad de que no serás el
último, el custodio de ese conocimiento. Mientras vacío la bandeja en una
papelera, suena la cara b de un grupo muy famoso. Una canción que suena a ese grupo y a la vez a algo diferente. Y suena también el timbre de mi
whatsapp. Quiere quedar esa noche porque necesita hablar conmigo. Me
pregunto si en realidad yo mismo, en ese preciso instante, no estaré viviendo
la cara b de mi propia vida.