Infelices

Javier Peña · Capítulo 32 de 52

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Infelices

33 Séptima parte del testimonio de un asesor

33

 

Séptima parte del testimonio

 

de un asesor

 

Veintiséis días después de la noche del poliestireno —⁠lo digo para que os

situéis⁠— entro como cada día laborable, a la misma hora, en el restaurante de

comida rápida al que separan quinientos metros del edificio del Gobierno. El

personal está compuesto por chicas jóvenes con sobrepeso que, como yo,

deben de comer allí a diario y me conocen y saben que pido siempre la misma

hamburguesa con los mismos complementos y el mismo refresco y ocupo la

misma mesa mientras suenan en el mismo orden de todos los días las mismas

canciones del mismo hilo musical. Una sucesión de caras b de grupos más o

menos populares que es la única parte del ritual alimenticio que me provoca

cierta melancolía porque trae consigo una sensación de bucle, de suspensión

del tiempo, de rutina. La comida no, la comida me gusta, no me parece

rutinaria, sino fácil. Me evita tener que pensar qué quiero comer. Detesto el

tiempo que se malgasta en pensamientos fútiles, estoy convencido de que la

humanidad avanzaría a mayor velocidad si nos alimentáramos a base de

pastillas y vistiéramos de uniforme, aunque reconozco que las empleadas del

restaurante son más atractivas cuando se quitan el uniforme y se ponen la ropa

de calle, a pesar de que rellenan hasta tal punto los pantalones vaqueros que

parece que van a explotar y por encima de su apretado cinturón se

desparraman los pliegues de carne fláccida, rebosante de grasa. Grasa blanca

y pegajosa como la ternera que sirven en la cafetería del trabajo, tan

desagradable en la boca, por no hablar del pescado que puedes ver eviscerar si

prestas atención a la cocina que está al fondo de la barra. Eviscerar, una sola

palabra que justificaría por sí misma la alimentación por medio de pastillas.

Destripar. Arrancar los ojos. Ojos que cuando el pescado es grande

desprenden un denso humor acuoso, y si el pez es más bien pequeño hay

gente que se los come. Hay gente que chupa las cabezas, que muerde con fuerza los nervios duros y morados de la carne de cerdo, que sorbe las patas

de los crustáceos, que desgarra la carne sangrante del buey, que come oreja,

criadillas, rabo de toro, riñones al jerez. Dicen que las hamburguesas de las

cadenas de comida rápida están hechas con una pasta que ni siquiera es carne:

ojalá. Dicen que es probable que muera de cáncer y lo cierto es que sufro del

estómago desde niño, pero también mi madre, y está viva y coleando al borde

de los setenta, y aunque a mi abuelo lo mató un cáncer de colon, no fue hasta

después de los ochenta. Hace no mucho sangré abundantemente al defecar; el

susto fue enorme cuando vi que el papel se teñía de rojo y el váter

resplandecía como si hubiesen vaciado en él una botella de vino rosado. Lo

que más me llamó la atención fue la viveza del color y pensé que en esa

ocasión nada me libraría de una colonoscopia, tras veinte años sin ir al

médico, no por valentía o despreocupación, sino todo lo contrario, porque me

aterra que me puedan encontrar algo, como si el hecho de que no me

diagnostiquen fuera a detener la enfermedad, como si el hecho de darle un

nombre fuera a acelerar mi destrucción. Tengo, ya lo he apuntado, un extraño

culto a las palabras, la insólita creencia de que algo no existe hasta que lo

nombras. Por suerte el sangrado fue cosa de un día y lo achaqué a las

hemorroides y a mi eterna posición en el retrete, el abdomen doblado sobre

las rodillas intentando provocar la evacuación que tarda siglos en producirse,

y eso las veces que se produce. Otra actividad absurda que roba el tiempo al

ser humano, sobre todo a mí. Decía un escritor checo que cagar es la mejor

prueba de que Dios no existe porque ningún dios habría creado una vida en la

que fuera necesario cagar. En realidad, ningún dios podría haber creado mi

vida, que hasta ahora se ha limitado a dormir, comer, vestirme, trabajar,

intentar cagar e intentar copular. En los últimos años he elaborado un plan

que limite al máximo estas actividades y me permita desarrollar algo creativo,

pero he resultado estar vacío: soy incapaz de crear nada más que esforzados

zurullos. Tal vez esté programado simplemente para dormir, comer, vestirme,

trabajar, cagar y copular o, dicho con otras palabras, tal vez sea un ser

humano normal y corriente, más corriente de lo que nunca habría creído.

Desde el sangrado rectal he comenzado a hacerle más caso a mis heces que a

las personas que me rodean: las inspecciono con atención antes de activar la

cisterna intentando encontrar algún resto de sangre oculta, también examino

el papel higiénico después de limpiarme, hasta lo huelo, y es curioso porque

cada vez huele menos a mierda y más a algún producto químico que me hace

fantasear con que en el fondo soy solo un autómata. Me hace gracia pensar

eso mientras huelo la mierda en el papel. Evidentemente, si soy un robot, soy parte de una partida defectuosa. ¿Moriré de cáncer de colon? Puede. Pero no

acabo de estar del todo convencido de la influencia de la alimentación, porque

ella tiene cáncer con veintisiete años, y es verdad que, como a mí, le gustan

los restaurantes de comida rápida, la pizza y los bocadillos grasientos, pero

también come ensalada y pescado azul, guarda en el frigorífico tuppers con

lentejas o sopa o caldo o guisos que le prepara su madre, suele comer una o

dos piezas de fruta a mediodía en el trabajo, desayuna cereales y leche

desnatada y tal vez un yogur o queso o pan con aceite o zumo de naranja, y

hace deporte y no fuma y tampoco manipula uranio empobrecido, pero tiene

cáncer y yo, veintiséis días justos después de empezar a salir con ella, tengo

miedo a perderla. ¿Y si no reacciona bien a la segunda fase del tratamiento?

¿Y si esos dos nódulos que le han encontrado en el pulmón no son las

cicatrices de la neumonía que sufrió cuando tenía tres años, como le han

dicho, sino el principio de una metástasis? ¿Y si cuando le extirpen el tumor

miden mal la dosis de anestesia y ya nunca despierta? ¿Y si ahora mismo

yendo a trabajar le cae, yo qué sé, un suicida sobre la cabeza y la aplasta?

Incluso esta última hipótesis me parece poco descabellada porque, al fin y al

cabo, las probabilidades de que suceda no son menores que un accidente de

aviación comercial y cuando atravesamos turbulencias todos clavamos las

uñas en el reposabrazos del asiento. Ahora que he reanudado mi relación con

el amor, ya no sé si podré prescindir de ella. Me acabo de reconciliar con el

sexo, con un sexo nuevo, más maduro, el extremo opuesto a la cópula

animalesca, ligado directamente a la intimidad y la generosidad que supone

que otra persona te regale lo que esconde al resto del mundo, sus

imperfecciones, esas oquedades que se forman en sus nalgas cuando tensa las

piernas; su ombligo, superficial como la cicatriz del antiguo amigo; los dedos

de los pies que se montan uno sobre el otro; las sinuosas estrías en la base de

sus pechos; el suave sabor de su sexo; sus jadeos, a veces forzados, a veces

reales; los días que se levanta tarde y va a trabajar sin ducharse; los días que

se pone las mismas bragas que el día anterior: el sexo con los ojos, con los

oídos, con la nariz. El sexo como una forma avanzada de conocimiento, como

una combinación de ajedrez que muy pocos son capaces de ver. Pero también

el sexo ligado al dolor y al miedo; el dolor de saber que ese conocimiento ha

sido regalado antes a muchos otros, a demasiados, a hombres indignos de ese

don, el dolor que conduce a preguntas que no quieres hacer, pero acabas

haciendo; el miedo a que lo siga regalando, a la seguridad de que no serás el

último, el custodio de ese conocimiento. Mientras vacío la bandeja en una

papelera, suena la cara b de un grupo muy famoso. Una canción que suena a ese grupo y a la vez a algo diferente. Y suena también el timbre de mi

whatsapp. Quiere quedar esa noche porque necesita hablar conmigo. Me

pregunto si en realidad yo mismo, en ese preciso instante, no estaré viviendo

la cara b de mi propia vida.