Infelices
24 The Everlasting
24
The Everlasting
MANIC STREET PREACHERS
Marga ha perdido la cuenta de los gin-tonics que han pasado por su mano.
Será por eso que los últimos sorbos no dejan en su boca regusto a baya de
enebro, sino a fármaco de quimioterapia —Taxotere, Ixempra, Halaven,
nombres que ha aprendido leyendo la etiqueta de las bolsas que le inyectan—.
Le habían advertido de que cierto sabor metálico invadiría su boca por
momentos, pero ella no lo llamaría metálico. Preferiría que la ginebra supiera
a cucharilla de acero empapada en jabón líquido antes de soportar ese resabio
a licor destilado en un alambique mugriento. Vacía la copa en el suelo y el
hielo, al caer, roza los mocasines de un tipo con barba de chivo. No cabe otro
mililitro de mierda en su organismo. Una gota más haría saltar la aguja de un
contador Geiger. Una gota más y podría poner en marcha la hélice de un
petrolero usando su orina como combustible. Uno de esos monstruos de
trescientas mil toneladas que ha visto en las fotografías viejas de Armando.
Ha vuelto a dejarle una perdida en el móvil. Desde que tiene cáncer
Armando la llama casi todos los días. Ella se lo agradece, pero no necesita
tanta atención, no necesita un recordatorio diario de su enfermedad. Lo
conoce desde los dieciséis años. La misma edad que él tenía cuando se
embarcó al golfo Pérsico. Entonces era solo un raterillo asiduo de los centros
de menores. Había ido demasiado lejos al robarle un fardo de cartones de
Winston a un contrabandista de la zona y necesitaba poner tierra de por
medio. La guerra entre Jomeini y Saddam acababa de estallar. Nadie quería
viajar al Pérsico y el mecánico de un petrolero, amigo de su padre, lo enroló a
bordo.
Cuando se conocieron, Armando dirigía la radio municipal. Tenía fama de
excéntrico ganada a pulso, con sus largas patillas grises, su narizota retorcida —tanto que la punta le roza la mejilla—, un hueco donde debía estar el índice
derecho y un ligero renqueo en su pierna izquierda.
Long John Silver metido a locutor, dice de sí mismo con su hablar
pausado y sus ganas de reírse de todo.
Aquel día, hace ya más de una década, ella se había plantado en la radio
para pedir un trabajo de verano. Era más menuda que ahora, lo que hacía
resaltar su mata de pelo y sus pechos redondos. Armando, sin dejar de
sonreírle, le dijo: «Estás contratada».
Estableció una sola condición. «No te voy a pagar nada», le dijo, «así
estaré seguro de que vienes porque te gusta hacerlo. El día que deje de
gustarte, no tienes ni que avisarme. Sencillamente no aparezcas por aquí. No
puedo permitir que a tu edad la razón para trabajar sea un puñado de euros».
La puso a manejar el control, a redactar boletines, a cubrir ruedas de
prensa. Le pedía que le preparara cafés, que le comprase bocadillos y pasteles.
La hizo arrastrar bolsas de basura llenas de periódicos antiguos que pesaban
más que ella. Marga no dejó de ir un solo día de los cuatro veranos siguientes.
Cuando él se embarcó también hacía de todo. Era aprendiz de mecánico.
Fregaba la cubierta y las bodegas. Era engrasador. Cocinaba y servía a los
oficiales. En una fotografía se le ve con su mono azul hasta arriba de grasa,
tiznado como el rey Baltasar de una cabalgata. En otra se agarra a una
escalera pintada de blanco mientras el viento le despega los rizos de la cabeza
y se percibe el traqueteo del mar. Ese traqueteo que tanto le gustaba. Un barco
inmenso comido por el óxido, empujado por las olas hacia babor, hacia
estribor, a babor, de nuevo estribor. Con cada movimiento la duda de si el
buque será capaz de enderezarse o se irá a pique. Hay una foto en la que
amarra el televisor del salón de oficiales con una gruesa cuerda; detrás de él,
ya atadas, las sillas y las mesas.
Al rebasar el estrecho de Ormuz —en la ruta hacia la isla de Jark donde
cargaban el petróleo— esperaba el peligro real. Los aviones Dassault de los
iraquíes. Los Tomcat de los iraníes. Una decena de mercantes hundidos. Un
barco de bandera inglesa alcanzado por un torpedo. Tripulantes lanzándose al
agua envueltos en llamas…
Esa fue la última vez que estuvo en el Pérsico. Después de eso, cuando
tomaron tierra en Rotterdam, se escabulló sin informar al amigo de su padre.
A las pocas horas estaba ya embarcado de nuevo, esta vez en el Rainbow
Warrior junto a los activistas de Greenpeace.
Al lado del gigante de óxido en el que había navegado los últimos cinco
años, el Warrior era una chalupa de colorines. Viajaban a Nueva Zelanda para frenar los ensayos nucleares franceses en Mururoa.
También tiene fotografías de esa época. Una quincena de tripulantes.
Cuatro mujeres sin sostén bajo la camiseta de tirantes, los pezones marcados,
los pechos caídos. Los hombres con barba, pañuelo anudado en la cabeza,
gafas de aviador. Ninguno sobrepasa la veintena —salvo el fotógrafo, un
portugués con su Nikon colgada del cuello—. Sonrientes, drogados.
A Armando no le gusta hablar de la medianoche de julio en la que estuvo
fumando maría en una escombrera del puerto de Auckland. Lo acompañaba la
cocinera suiza, una jovencita de carrillos redondos a la que se intentaba
beneficiar. Retiraba una hebra de tabaco de la punta de la lengua de la chica
cuando oyeron la detonación. Corrieron hacia el muelle. Con las pupilas
dilatadas vieron a sus compañeros abandonar el barco en fila india. Fernando
el fotógrafo dio la vuelta para buscar su cámara. No volvería a salir del
camarote.
Con el transcurrir de los días, se descubrió que los servicios secretos
franceses habían colocado la bomba en el casco del barco. Una de las
tripulantes era una agente infiltrada. Esa parte molestaba a Armando, porque
resultó que se había acostado con ella. Se sentía culpable. Como si el sexo
pudiera delatar a una mentirosa. La mayoría de las veces sucede al contrario.
El sexo es la mayor mentira que nos contamos las personas.
A Marga la historia no le hace pensar en espías y servicios secretos. Le
hace pensar en chicas jóvenes interesadas en tirarse a su amigo de nariz
torcida. Mira las fotografías y se pregunta si en su día fue atractivo. Guapo
no, guapo imposible. Atractivo quizá. Pero tiene una incapacidad para
percibir el sexo detrás de la máscara de la edad.
Armando continuó varios años en Greenpeace. Acabó detenido en Canadá
y México. Trabajó en una plataforma petrolífera en Noruega. Se casó con una
danesa. Tuvo dos hijos rubísimos. Y, nadie sabe bien cómo, acabó de locutor
en la radio municipal.
La coherencia, dice, eso se lo han inventado para fastidiarnos.
Lo dice un hombre que pasó su adolescencia transportando petróleo. Más
tarde estuvo en prisión por activismo ecologista. Luego trabajó en la
extracción de fuel en el mar del Norte. Un hombre que navegó en medio de
una guerra. Vio a un compañero morir en un atentado terrorista. Perdió el
dedo índice señalando una hélice —un corte limpio, tres falanges enroscadas
en el guante de tela amarilla—. Se destrozó el tabique nasal con una
manguera que se le escapó de las manos mientras fregaba un depósito de
carbón. Se cayó por una escotilla y desde entonces cojea.
«Soy un marinero de novela, lo sé», dice. «Llámame Ismael».
«Pero dime», dice, «¿quién quiere ser coherente? ¿Quién dice que una
persona sea una persona? Una persona es diez personas, veinte, a lo largo de
su vida».
Armando no tiene estudios. Le cuesta escribir. Le da vergüenza que
Marga lea lo que escribe. Pero escucharlo es cien veces más interesante de lo
que nunca será escucharla a ella. Cuando tenía veintisiete años ya había
recorrido medio mundo. Había conocido una guerra. Hablaba seis o siete
idiomas. Había ejercido una docena de oficios.
Marga, a esa edad, está atrapada: 2190 días haciendo lo mismo. Lo mismo
cada jodido día de su vida.
Y eso que fue Armando quien la recomendó para el trabajo en la
Consejería cuando aún no se había licenciado.
«Hay un puesto para ti», le dijo, «yo te recomendaría con los ojos
cerrados, pero piensa si es lo que realmente quieres hacer».
Ella dudó.
Su madre le dijo: «Haz lo que te apetezca, Margarita».
Su padre le dijo: «Cógelo, hay que ganarse la vida».
Armando le dijo: «No, no, no, qué manía, la vida no hay que ganársela, la
vida hay que vivirla».
Los Stranglers interpretan ahora una canción de los Manic Street Preachers,
una canción que habla de un pasado en el que el futuro tenía sentido. Y Marga
se pregunta si volverá a lucir una sonrisa auténtica. Si volverá a ser feliz. Si
vivirá o solo le queda ganarse la vida.
La euforia del primer gin-tonic no es más que un recuerdo. Ni eso
siquiera. Sabe que mañana solo recordará las partes más sombrías de la
noche. Recordará el Taxotere, el Ixempra, el Halaven. Recordará sus nombres
escritos a mano en una etiqueta.