La señora Simpson : las vidas secretas de la duquesa de Windsor, la mujer que estuvo a punto de arruinar la monarquía
7 el Príncipe
Morena, vital y guapísima, Thelma entró tan tranquila con el príncipe. Era la primera vez que Wallis veía al príncipe de Gales de cerca: la figura que se movía lejana entre la multitud en el Hotel del Coronado y la presencia de cara triste que apenas había atisbado en el interior del automóvil de la Casa Real que abandonaba el palacio de St. James, el personaje de los noticiarios, periódicos y revistas… se encontraba en ese instante diciéndole «buenas noches» y dándole la mano. Ella le hizo una reverencia. Y le observó con atención, muerta de curiosidad.
A Wallis le gustó desde el primer momento. Era incluso más bajito de lo que parecía en las fotografías. Daba la impresión de estar en forma, pero era menudo, delicado y esbelto. Tenía el cabello de un dorado brillante; y los ojos, de un azul cansado, angustiado, con bolsas prematuras debajo como consecuencia, descubriría Wallis más tarde, del alcoholismo y el insomnio. Casi infantil desde lejos, tenía la piel arrugada debido al exceso de exposición al sol tropical en sus viajes a los confines del Imperio. Sus dientes eran blancos y uniformes, y los mostraba con frecuencia en una sonrisa contagiosa, socarrona, a la que muy poca gente se podía resistir. Llevaba puesto un traje de tweed chillón de cuadros. Se le veía relajado, informal y risueño. Su rostro, entre carcajadas, resultaba sincero, inocente y alegre; cuando estaba en reposo, parecía intensamente triste, poseído por algún dolor secreto. Parte de ese pesar estaba causado por los recurrentes problemas sexuales que Thelma Furness comentaría más tarde, con poca elegancia, en los círculos internacionales.
Ya era de noche. La cena se serviría a las nueve. Para acoger a sus huéspedes reales, Thelma preparó un segundo té, lo que obligó a Wallis, que seguía una dieta estricta, a afrontar otra ronda de bollitos, bizcochos y la bebida favorita de Inglaterra. A la conversación le faltó entusiasmo. Finalmente, Wallis y Ernest se dirigieron a sus habitaciones para arreglarse para la cena mientras Thelma se acercó a la habitación de los niños para acostar a su bebé, Tony, y a la prima de este, Gloria la Pequeña Vanderbilt; Gloria madre estaba en Francia. La conversación de la cena inspiró poco a Wallis: se centró en asuntos relacionados con la caza, que seguía sin gustarle, los perros y las razas de los caballos. Se aburrió tanto y se sintió tan alienada como se había encontrado en Warrenton. Su catarro aún persistía y en la mesa estaba sentada muy lejos del príncipe.
Después de haberse recuperado un poco tras dormir hasta tarde la mañana siguiente, Wallis, que seguía moqueando en su pañuelo, bajó las escaleras y se encontró al príncipe de Gales charlando con su leal asesor, el general de brigada Gerald F. G Trotter, un encantador canoso que había perdido el brazo derecho en la guerra de los bóers y que llevaba la manga del uniforme sujeta al pecho de la guerrera. Wallis advirtió que en la mesa del almuerzo no había tarjetas indicando dónde debía sentarse cada uno, así que, con audacia, lo hizo junto al príncipe. Él observó de forma casual: «Debe de echar de menos la calefacción central, señora Simpson». A lo que ella, con sorprendente descaro, le contestó mintiendo: «Al contrario, señor, me gustan las casas frías de Gran Bretaña». Después, añadió: «Lo siento, señor, pero me ha decepcionado». El príncipe, comprensiblemente sorprendido por esta imprudencia, le preguntó: «¿En qué sentido, señora Simpson?». Aunque, sin duda, las expresiones de Ernest, Thelma, G Trotter y el resto de invitados reflejaban sobresalto y consternación, ya no había quien parara a Wallis, que respondió: «A todas las mujeres estadounidenses que venimos a Inglaterra nos preguntan lo mismo. ¡Esperaba que el príncipe de Gales fuera un poco más original!».
Wallis había captado con sagacidad, desde el primer momento en que miró al príncipe a aquellos ojos azul pálido, débiles y sensibles, que deseaba ser dominado por las personas fuertes; que le gustaba que le hicieran frente. Sus cálculos, fríos y expertos, valieron la pena. El príncipe fue incapaz de sacudirse su agudo comentario; ella había suscitado su interés, y lo sabía.
La cena de aquella noche fue todo un acontecimiento. Docenas de nobles locales y sus mujeres se reunieron en el comedor y conversaron de caballos durante horas. Al día siguiente, Wallis, Ernest y Benny regresaron a Londres. Tal vez porque el encuentro con el príncipe había despertado en ella pensamientos que no le apetecía reprimir, durante los siguientes días Wallis se comportó de forma irascible y radical. Despidió a su chófer por hacerle un comentario mínimo a Ernest; se deshizo de una doncella y echó a un cocinero. La consumía una nueva ambición: debía ver al príncipe otra vez. Una ocasión ideal sería su presentación oficial ante la corte. Cuando una amiga estadounidense, la mujer de Reginald Anderson, sugirió que debía ser presentada, ella aceptó de inmediato, incluso a pesar de que la señora Anderson, como personalidad, le importara más bien poco. Su prima, Lelia Barnett, había ido a Londres en el otoño de 1929 para una presentación similar, y Wallis la había ayudado a escoger su vestido. Thelma Furness también había sido presentada; al igual que Consuelo y Gloria. Wallis no podía quedarse atrás.
Las condiciones de la presentación demostraban el rigor moral típico del reinado de Jorge V, cuyos elevados niveles de conducta contrastaban de forma extraña con la autoindulgencia y la promiscuidad decadentes del moderno Londres de los años treinta. Durante años, no se recibió a ninguna mujer divorciada en la corte. Para 1931, una divorciada podía ser presentada, pero debía demostrar que el cargo de adulterio, crueldad o deserción recaía sobre el marido. La mínima sospecha de que se tratara de un divorcio colusorio estaba muy mal vista, lo que reducía las opciones considerablemente.
Para lograr pasar por el ojo de la aguja que constituía la aceptación social, algo que significaba para ella mucho más de lo que reconocía, Wallis escribió ansiosa a la mujer de Sterling Larrabee, antigua anfitriona suya en Warrenton, para que obtuviera del archivo del juzgado de la ciudad los documentos de divorcio necesarios. Por qué motivo no escribió a Front Royal a su abogado, Aubrey Weaver, es un misterio, si bien Wallis no solía tener buena memoria para los nombres. En cuanto escribió a la señora Larrabee la invadió un ataque de pánico, y envió otra carta a la tía Bessie contándole su interés por el príncipe, e insistiéndole por telegrama en que no debía decir nada del encuentro en Melton Mowbray. Tenía miedo de que se filtrara algo a la prensa. Pero entonces, de forma impredecible, después de pedir esto con tanta severidad, fue ella la que no pudo resistir alardear del encuentro. Escribió a Mary Kirk Raffray a Nueva York contándoselo y después, impulsivamente, le dio permiso a Bessie para que se lo relatara a Lelia Barnett, y se lo dijo a Benny Thaw, que habló con Corinne… Era obvio que se encontraba en medio de una excitación nerviosa, mezclada con tensión, y que apenas sabía lo que estaba haciendo. Y eso que afirma en sus memorias que la realeza no significaba nada para ella.
La señora Larrabee demostró ser una buena amiga y le envió los documentos del divorcio a Londres. Pero como no era ninguna experta solicitando documentos, no supo obtener las importantísimas declaraciones de Alice y Wallis; esta la mandó ir de nuevo al juzgado para conseguirlas y enviárselas.
Mientras tanto, el príncipe de Gales y su hermano Jorge habían abandonado Inglaterra para viajar a España pasando por París y cruzar después el Atlántico hacia el Caribe y Sudamérica. El viaje, que duró muchas semanas, poseía el doble beneficio de ayudar a solucionar los problemas comerciales británicos al sur de Panamá y hacer desaparecer a Jorge, bisexual y predestinado a la tragedia, de una situación delicada relacionada con un chico parisino. Durante la ausencia del príncipe, Wallis no perdió el tiempo sacando provecho de su encuentro real. Una vez se corrió el rumor de que había conocido al príncipe, comenzó a recibir una invitación tras otra, a las que arrastraba con ella a Ernest, exhausto e irritable, que debía trasnochar después de un duro día de trabajo en su despacho.
Su ambición social era feroz, obsesiva. Entre los anfitriones de los Simpson aquella primavera de 1931 estuvieron lord y lady Sackville, quienes les invitaron a su fabulosa finca, Knole. Al mismo tiempo, Wallis comenzó a frecuentar a Thelma con mucha mayor intensidad, obviamente porque era consciente de lo que esa amistad podría acercarla al trono. Y también pudo conocer a Gloria Vanderbilt, que cada vez pasaba más tiempo en Inglaterra, y a la pintoresca Nadeja, conocida como Nada, lady Milford Haven. Rusa blanca y sofisticada, Nada Milford Haven compartía con Thelma y Gloria el ser miembro de un grupo de lesbianas de la alta sociedad que disponían de un gran poder y eran la causa de constantes cotilleos íntimos en los salones de Mayfair.
El 15 de mayo, Thelma organizó una gran fiesta de bienvenida para recibir a los dos príncipes en su casa de Grosvenor Square. Los invitados se emocionaron cuando entró Thelma, resplandeciente en un vestido plateado, con el príncipe de Gales. Cuando el príncipe se acercó a Wallis, le susurró a Thelma: «¿No he visto a esta mujer antes?». Thelma le recordó que le había presentado a Wallis en su casa. Le dio la mano a Wallis cuando ella se levantó de su reverencia y le dijo lo mucho que había disfrutado de su encuentro previo. Ella sonrió, y él siguió saludando a los presentes.
Unos días más tarde, el lord chambelán, que accidentalmente había pasado por alto los reveladores sellos estadounidenses en la carta falsa de Win desde Cantón, aprobó la presentación de Wallis en la corte. Ella estaba encantada. Era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera el gran acontecimiento que tendría lugar en junio. Sin embargo, contaba con una distracción: su amiga Mary Kirk Raffray, que se estaba separando de Jacques, le anunció que llegaría a bordo del Mauretania en pocos días. Wallis estaba demasiado ocupada para alegrarse de esta visita; el lado oscuro de su naturaleza salió a la luz cuando empezó a inquietarse por la llegada de su amiga más antigua y querida.
Mary tuvo una travesía accidentada, pero superó el mareo mediante elaborados flirteos con varios solteros jóvenes y atractivos que se encontraban a bordo. Llegó a la estación de tren de Londres acompañada de no menos de cinco pretendientes, pero olvidó al grupo cuando se alejó corriendo con Wallis a través de la multitud. Wallis estaba invitada a comer en casa de Consuelo y Benny Thaw, y no pensaba perdérselo por nada del mundo. Con equipaje y todo, llevó a la exhausta Mary a toda prisa a la casa de Consuelo para que conociera a Thelma y Nada. Por el camino, le confió a su amiga que la casa de los Thaw era usada como nido de amor por el príncipe y Thelma.
Mary apenas tuvo tiempo para empolvarse la nariz mientras la excitada Wallis la llevaba a la carrera de un té a una cena; no llegaron a su casa de Bryanston Court hasta la madrugada. Mary se desplomó exhausta en la espantosa cama circular de sábanas y cojines de felpa rosas y edredón de satén de la habitación de invitados. Wallis pasó los siguientes días en un continuo trajín con Mary. Las ocasionales cenas en Bryanston Court tenían un aroma poco convencional: Ernest formalmente ataviado de frac o etiqueta y las dos chicas en pijama y bata de andar por casa. Felipe Espil, el antiguo enamorado de Wallis de la época de Washington, era ahora el primer secretario de la embajada argentina y recibía con frecuencia a los Simpson y Mary. El día del derbi de Epsom, el 3 de junio de 1931, el elegante diplomático estadounidense William Galbraith y su antipática y cortante esposa, Katherine, llevaron a la emocionada Wallis y su pandilla a Epsom Downs para ver la carrera desde la parte superior de un autobús de dos pisos londinense alquilado, mientras tomaban champán, caviar y pollo frío que sacaban de cestas de pícnic.
Por fin llegó el día de la presentación: el miércoles 10 de junio. En un estado de histeria, Wallis pidió prestado el abanico de Thelma, elaborado con tres plumas de avestruz, el emblema tradicional del príncipe de Gales que se requería llevara todo presentado. También era preciso el vestido blanco. Como ella era demasiado alta para que le sirviera el de Thelma, llevó el de Consuelo. Thelma le prestó la cola del vestido. Ella compró un colgante en forma de cruz de aguamarina y cuarzo y un prendedor de flores. El millonario estadounidense Lester Grant les prestó a ella y Ernest su automóvil.
Los Anderson y los Simpson salieron de Bryanston Court pronto para evitar el tremendo atasco del Mall. Ya había multitudes esperando que miraban el lujoso interior del coche intentando reconocer a sus ocupantes. Era la primera vez que Wallis iba al palacio de Buckingham. Estaba completamente embelesada. El chófer atravesó la puerta de hierro, y aparcó el vehículo en el patio. Wallis y su grupo se dirigieron a una entrada especial, y entraron por un vestíbulo donde lacayos vestidos de librea recogieron los chales de las damas. Desde allí, los invitados subieron lentamente la alfombra roja de la gran escalera, a cuyos lados se alineaban los alabarderos de la guardia en sus trajes de época isabelina, y siguieron un pasillo iluminado por lámparas de araña hasta el salón de baile rojo y dorado. Wallis estaba fascinada por la tarima del trono. El rey y la reina estaban sentados el uno junto al otro delante del dosel de terciopelo carmesí bordado en oro, debajo del cual se habían sentado en el Delhi Durbar de 1911. Bajo la cima del dosel, estaban bordados en oro el león y el unicornio reales, y, en el otro lado, columnas onduladas blancas sostenían una muestra de figuras nobles clásicas.
El rey llevaba su uniforme completo; la reina iba ataviada con un vestido de satén blanco bordado con cuentas y una gargantilla de perlas y diamantes. El príncipe de Gales permanecía de pie detrás del trono. El indispensable G Trotter condujo al grupo de Wallis a los asientos de la zona delantera. Pronto, la sala estuvo completamente llena. A una señal del director de la orquesta de palacio, presentadores y presentados formaron una línea que iba pasando por delante del trono, en la que las damas, una a una, iban haciendo reverencias a la pareja real. Más tarde, todos se retiraron a unas estancias apartadas y el príncipe se unió a sus padres para conversar brevemente con los invitados. Wallis oyó cómo le decía a su tío abuelo, el duque de Connaught: «Deberíamos hacer algo con respecto a las luces. Hacen que todas las mujeres parezcan pálidas».
Tras la presentación, Thelma invitó a Wallis, Ernest y los Anderson a que se reunieran con ella y el príncipe para tomar algo en su casa. Con bastante descaro, Wallis le preguntó al príncipe por su comentario sobre las luces. Le sorprendió que su voz se hubiera oído tanto; sin duda había infravalorado la intensidad con la que ella, fingiendo indiferencia, estaba atendiendo a cada una de sus palabras. Una vez más, con gran inteligencia, había picado la curiosidad real.
Cuando los Simpson salieron de casa de Thelma a las tres de la madrugada, el chófer estaba esperándolos para llevarlos a casa. Pero el príncipe se ofreció a hacerlo personalmente en su propio coche. Wallis dio permiso a su chófer para que se fuera. Al llegar a Bryanston Court, invitó al príncipe a que subiera a tomar algo. Él declinó la oferta con una sonrisa; iba de camino a Fort Belvedere. Pero le señaló que le tomaría la palabra en otra ocasión.
Poco después de esta noche memorable, Consuelo Thaw le ofreció a la encantada Wallis la oportunidad de realizar un viaje por el sur de Francia. La idea inicial era que se tratara de un viaje solo para mujeres; dejarían a Benny y Ernest en París, y Gloria Vanderbilt se reuniría con ellas en el hotel Miramar de Cannes. Wallis aceptó, aparentemente sin darle importancia a que la aventura podría albergar connotaciones lésbicas. Mary Raffray la acompañó durante parte de la excursión. En París, cuando Wallis, Mary y Ernest Simpson estaban cruzando una calle, un taxi, que dobló la esquina a demasiada velocidad, golpeó frontalmente a Mary lanzándola contra el suelo. Wallis, horrorizada, corrió a su lado. Llevaron a Mary, que no dejaba de llorar como una histérica, a toda prisa al apartamento de Gloria Vanderbilt, para trasladarla luego al Hospital Americano de Neuilly. Tras intercambiar varios telegramas de ida y vuelta, una tía millonaria de Mary, Minnie, que vivía en París, se ofreció a hacerse cargo de ella. Cuando, finalmente, a Wallis le pareció que Mary estaba suficientemente recuperada, siguió camino hacia Cannes. Mary regresó a Nueva York, con la salud dañada para siempre.
A Wallis le resultó violento afrontar una situación incómoda en el sur de Francia. Descubrió allí que debía compartir habitación con Consuelo. Ignoraba a qué conduciría aquello, pero una mañana la doncella de Gloria Vanderbilt, Maria Caillot, entró en la habitación de Gloria y se encontró a esta y a Nada en négligé disfrutando de un apasionado beso. Wallis advirtió que a los hombres les echaba para atrás este ménage erótico, y que ella quería ir a buscar hombres casaderos. Cuando Ernest, que tal vez tuvo el presentimiento de dónde estaba metida ella, la llamó para que volviera a Londres y asistiera a
la fiesta que celebraban lord y lady Sackville, Wallis hizo la maleta y huyó[9].
De vuelta a Londres, Wallis, deprimida, se enteró de que la empresa de Ernest se iba a pique. Su continuo despilfarro había agotado todo lo que quedaba del acuerdo fideicomisario del tío Sol, y ahora había reducido a su infeliz marido a tal estado de penuria que este había tenido que despedir al chófer y vender el coche. Intentar mantenerse a la altura de los ricos le había destrozado los nervios y convertía las cuentas semanales en un tormento. Una vez más, su insistencia en las fiestas nocturnas agotaba a Ernest, que tenía que levantarse a las ocho para ir a su despacho en metro, reventado. Empezó a tener un aspecto demacrado y pálido, y se le formaron unas bolsas oscuras debajo de los ojos.
Durante el otoño de 1931, Wallis se sintió muy mal. Se le inflamaron las amígdalas y tuvieron que operarla. Consuelo iba a verla a diario; su disposición parecía ir más allá de lo habitual en una amistad normal; su interés por Wallis no se había evaporado. Wallis le tenía pavor a sus visitas. Fue un noviembre lúgubre, nebuloso; durante semanas, Wallis permaneció echada en la cama, exhausta debido a la operación, infeliz e incómoda por su penosa condición. Tardó en saber del príncipe de Gales, pero al final su paciencia se vio recompensada. A fines de enero de 1932, la deseada invitación a Fort Belvedere iluminó la melancolía invernal. Los Simpson condujeron un coche prestado a través de la campiña nevada hasta Sunningdale (Berkshire), y llegaron a primera hora de la tarde. La carretera se abría paso a través del bosque hasta que, de modo inesperado, esta desembocaba en un camino de gravilla que permitía ver las torretas iluminadas y las almenas de un castillo de cuento de hadas. La luz de las lámparas iluminaba las grandes ventanas y, al sonido del motor del coche, apareció un lacayo vestido de librea para abrir la puerta y hacerse cargo del equipaje. Con su típica informalidad, el príncipe, vestido con un kilt, se personó en la puerta para recibir a sus invitados.
Condujo a Wallis, feliz y rejuvenecida, y a Ernest a través de una antesala octogonal con suelo de mármol blanco y negro al salón, decorado con esmero y repleto de pinturas de Canaletto. Las lujosas cortinas de satén dorado estaban retiradas, dejando entrar la noche en la estancia; el ambiente era acogedor, cómodo y muy americano, debido a la influencia de Thelma. Había sillones tapizados en tela satinada, mesas de estilo Chippendale y un piano de cola. A pesar de que el fuego crepitaba con alegría en la chimenea, la calefacción central estaba a pleno funcionamiento. También estaba Thelma, además de G Trotter y los Thaw. El príncipe insistió en acompañar a los Simpson a su habitación. Cuando volvieron, una vez se hubieron arreglado para la cena, les sorprendió encontrar al príncipe, observado con atención por Thelma, bordando minuciosamente una funda para una mesa de backgammon. Él levantó la vista con timidez y les dijo: «Este es mi vicio secreto. El único, en cualquier caso, que intento ocultar por todos los medios».
La cena tuvo lugar en el magnífico comedor revestido, decorado con cuadros de caballos pintados por Stubbs. A Wallis le divirtió advertir que el príncipe guardaba su pitillera en la escarcela que llevaba sobre la falda escocesa. Terminada la comida, los invitados se unieron a su anfitrión en partidas de cartas o intentando completar un rompecabezas gigante. Después bailaron mejilla con mejilla los últimos fox-trot y rumbas. Finalmente llegó el momento que estaba esperando Wallis: el heredero al trono le pidió que bailara con él. «Me pareció un buen bailarín, diestro, ligero, con verdadero sentido del ritmo», escribiría años más tarde.
En marzo de 1932, un viejo amigo de Wallis de la época de Pekín, Georges Sebastian, invitó a los Simpson a que lo visitaran en su elegante mansión de Hammamet (Túnez). Cuando Wallis, apenada, le contestó diciéndole que no podría por motivos económicos, él le envió los billetes. Fue un viaje agradable, y Georges un excelente anfitrión. Poco después, llegó la tía Bessie e invitó a los Simpson a un viaje por Europa. Pero, a pesar de estas aventuras, Wallis seguía en un estado de fuerte tensión; su matrimonio no funcionaba, y los problemas financieros y el deseo frustrado de ver más a menudo al príncipe de Gales la habían postrado de nuevo en un estado de salud delicado y aquejada de úlceras. Como consecuencia de ello, el viaje con la tía Bessie se vio acortado.
Wallis también se entretuvo con lo que se convirtió en un escándalo ese verano: la relación de Consuelo Thaw con una encantadora mujer extranjera. El hecho constituía un tormento para Benny, tan correcto y decente, dado su puesto en la embajada estadounidense, pero también dejaba expuesta a una avergonzada Wallis, debido a los dañinos cotilleos que hacían referencia al devorador interés de Consuelo por ella. Así que comenzó a esquivar a Consuelo. Y además tuvo otro problema: en aquellas semanas de verano, el príncipe de Gales había encontrado otra distracción femenina: la célebre aviadora Amelia Earhart, que acababa de acaparar todos los titulares de la prensa internacional al ser la primera mujer que lograba cruzar el Atlántico en un vuelo sin escalas. Aparentemente ignorando a Thelma, el príncipe sacaba ostentosamente a bailar a Amelia, demostrando una vez más su insana fascinación por las mujeres casadas. Llevó a Amelia al derbi, lo que provocó una oleada de comentarios emocionados en la prensa estadounidense; los periódicos británicos evitaban remilgadamente toda mención del nuevo romance. The New York Times señaló que había bailado con Amelia en la fiesta del derbi una y otra vez.
El príncipe no trató bien a Thelma ese año; buscaba nuevas conquistas. Viajó a la Italia de Mussolini sin ella y realizó el saludo fascista ante la muchedumbre al llegar a Venecia, donde bailó en repetidas ocasiones con una joven belleza húngara, con la que compartió un baño en el Lido a la mañana siguiente. Pasó revista a las flotas italiana y británica fondeadas en Corfú; después se dirigió a Montecarlo, y el 25 de agosto fue visto varias veces bailando agarrado con una joven estadounidense, Barbara Warrick, mientras doncellas francesas les lanzaban flores desde el balcón del casino. De allí fue a Suecia, acompañado por el príncipe Jorge, y flirteó públicamente con la bella princesa Ingrid, por lo que se especuló mucho, aunque sin fundamento, acerca de un compromiso. Tras un paso rápido por Irlanda, donde existía la amenaza de que el príncipe fuera asesinado por el IRA, regresó a Inglaterra y voló al norte del país para observar las penosas condiciones de trabajo que tanto le irritaban y molestaban.
Durante el largo periplo del príncipe por el extranjero, Wallis fue sintiéndose cada vez más infeliz, frustrada y enajenada en Bryanston Court. Seguía discutiendo con sus empleados, despidiendo y volviendo a contratar sirvientes; continuaba estando enfermiza y quejica, y sus úlceras le causaban mucho dolor e incomodidad. Sin embargo, le consolaba el hecho de que el príncipe hubiera dejado pasar poco tiempo después de regresar al país antes de volver a invitarlos a ella y a Ernest a Fort Belvedere. En enero de 1933, Wallis hizo otra visita más allí, pero de sus cartas se desprende claramente que en aquella época ya estaba irritada por el control que Thelma ejercía sobre el príncipe; le escribió una nota nerviosa a la tía Bessie, claramente enojada por la imagen del príncipe y ella bordando juntos. No se daba cuenta de que el príncipe ya le había echado el ojo.
Para marzo de 1933 ya lo sabía. No era frecuente que los miembros de la familia real enviaran mensajes a los pasajeros que viajaban en barco, salvo que dichas personas hubieran sido promovidas al papel de favoritas de la corte. Cuando Wallis zarpó a bordo del Mauretania para visitar a la tía Bessie en Washington, en el barco se recibió un telegrama para ella, en el que se le deseaba un buen viaje y un feliz regreso. La noticia se extendió rápidamente por el barco, con lo que se aseguró la máxima atención de los oficiales y la tripulación. Ella vio el viaje como una oportunidad para escapar de su sofocante matrimonio. Disfrutó de las atenciones de muchos hombres y pasó gran parte de su tiempo en Washington envuelta en mareantes relaciones amorosas; añadió otro grupo de pretendientes en el viaje de regreso. Es evidente que le resultó duro volver a una relación monógama, a pesar de que el bueno de Ernest, tan aburrido como leal, la fuera a buscar cuando el barco atracó en Cherburgo.
Tras su regreso, la relación de Wallis con el príncipe de Gales experimentó un cambio. Y prueba de ello puede encontrarse en un episodio en el que participó Henry Flood Robert, el hijo de Grace Flood Robert, la vieja amiga de Wallis de los días de Coronado, que había llegado a Londres para participar en la Conferencia Monetaria Internacional. Wallis, Ernest y Grace, que se alojaba en su casa, fueron a recoger a Henry al tren. Wallis le preparó una excelente comida norteamericana, que incluía pollo frito. Fue un encuentro emocionante; Wallis estaba encantada de recordar los viejos tiempos del sur de California. Curiosamente, Thelma Furness estuvo presente, pero tan fuera de lugar como Ernest, ambos envueltos en una oleada de recuerdos que no podían compartir. El señor Flood Robert nunca olvidará lo que ocurrió aquella tarde a eso de las cuatro:
De repente, se abrió la puerta y entró una doncella. Anunció
que el coche real estaba a la puerta. Y que esperaba que la señora fuera en él hasta Fort Belvedere… ¡porque el príncipe de Gales la estaba esperando! De inmediato, Wallis, delante de Ernest y Thelma, recogió su abrigo y su bolso y salió sin decir una palabra, dejándonos a todos tan impresionados que no pudimos reaccionar. Yo miré a Ernest y vi que se le humedecían los ojos. No fui capaz de mirar a Thelma. Sentí compasión por Ernest, pero admito que, al dirigirnos al hotel, le dije a mi madre: «¡Cuánto poder ha ganado Wallis!».
La inscripción de un brazalete que Eduardo le regaló a Wallis tres años más tarde, pero que ahora está en posesión de la condesa de Romanones, indica que no fue mucho después de ese suceso cuando el vínculo entre el príncipe y Wallis se convirtió en una relación sexual. La condesa no revela las palabras exactas de la inscripción, que se remiten a un aniversario significativo, pero sí reconoce que contienen una referencia muy íntima a una «bañera». Según el fallecido sir Dudley Forwood, posteriormente ayuda de cámara del duque de Windsor, la relación entre Wallis y el príncipe era extraña. En 1987, dijo:
Las técnicas que Wallis descubrió en China no superaron
por completo la extrema falta de virilidad del príncipe. No está claro que él y Wallis mantuvieran un intercambio sexual en el sentido habitual de la expresión. Sin embargo, sí que logró aliviarle. Aunque reprimido, él siempre había sido un fetichista de los pies, y ella se dio cuenta y satisfizo sus perversiones completamente. Además, a petición de él, se enzarzaron en unos sofisticados juegos eróticos. Entre ellos se incluían escenas de niñera y bebé en las que él llevaba pañales y ella era la maestra. Wallis era la dominante y él se sometía encantado. Así, satisfaciendo sus necesidades, unas necesidades que él
probablemente nunca le había contado a la señora de Dudley Ward ni a Thelma Furness, se ganó su eterna gratitud y supo que él dependería de ella durante toda su vida.
Hay quien no está de acuerdo con esta opinión, y entre ellos se encuentra el teniente de Alberto da Zara, Giuseppe Pighini, quien dijo en 1987: «Amigos cercanos de Wallis me contaron que, efectivamente, ella le dio a conocer al príncipe técnicas que a él le facilitaban lograr la satisfacción durante el acto sexual. Y es que él era tan sensible que, antes de conocerla, se excitaba demasiado rápido y por este motivo no podía consumar sus relaciones».
Ese mismo año, Adolf Hitler alcanzó el poder en Alemania. Desde el principio, estuvo decidido a lograr una alianza con Gran Bretaña, cuya política exterior se inclinaba a favor de su rival entre los dictadores europeos, Mussolini. Hitler emprendió una política a través de la cual pretendía que la familia real británica reconstruyera las alianzas rotas con sus primos alemanes. Con gran inteligencia, y con la intención de asegurarse el apoyo del ejército, que mantenía sus lealtades tradicionales a la antigua clase aristocrática prusiana, no confiscó las enormes propiedades del káiser Guillermo II, primo de Jorge V. Aunque el káiser permanecía en el exilio en Doorn, en los Países Bajos, sus hijos y nueras vivían cómodamente bajo la protección del Führer en Berlín. De estos, la favorita de Hitler era la princesa Cecilia —alta, con mucho pecho, de apariencia wagneriana—, nuera del anterior monarca. Había sido en su casa, Cecilienhof, la imponente locura gótica repleta de plantas y retratos de los antepasados Hohenzollern, donde el joven príncipe de Gales había pasado días felices en su infancia. Su hijo, el príncipe Luis Fernando, tenía veinticinco años en 1933 y estaba empleado por Henry Ford en Dearborn (Michigan); Ford era un profundo admirador de Hitler y este tenía el retrato de Ford sobre su mesa en la primera y difícil época del Partido Nazi en la Casa Parda de Múnich. Alto, atractivo y moreno de piel, de un cabello negro y sedoso, el príncipe Luis Fernando fue considerado por el Führer un emisario ideal ante Londres. Tenía un trasfondo romántico calculado para atraer al príncipe de Gales: acababa de mantener una relación con la estrella de cine francesa Lili Damita, quien pronto se casaría con otro de los ídolos de Hitler, Errol Flynn.
Su anfitrión, sir Robert Bruce Lockhart, divertido y grosero, llevaba un cuidadoso diario de los encuentros de Luis Fernando con el príncipe de Gales en Londres aquella temporada; el visitante alemán también conoció a Wallis, a quien le gustó. El 11 de julio de 1933, los dos jóvenes se encontraron en York House, en el palacio de St. James. Hablaron a ratos en alemán y a ratos en español. Bruce Lockhart escribió en su diario acerca del 12 de julio: «El príncipe de Gales se mostró bastante favorable a Hitler y dijo que no era asunto de los ingleses interferir en los asuntos internos de Alemania, ya se refirieran a los judíos o a cualquier otro tema, y añadió que los dictadores gozaban de gran popularidad en aquel momento y que tal vez sería deseable uno en Inglaterra a corto plazo». Bruce Lockhart no hacía mención a la respuesta del príncipe Luis Fernando a esta afirmación. Cabe señalar que en esa época, debido al incierto estado de salud del rey Jorge V, el príncipe de Gales estaba ocupando su lugar en algunas funciones oficiales y se esperaba que le sucediera más pronto que tarde. Quizá él mismo era el dictador que tenía en mente al hablar. Poco después, Luis conoció al príncipe Jorge, del que advirtió con perspicacia, como dejó escrito Bruce Lockhart: «Tiene dotes artísticas, es afeminado y utiliza un perfume fuerte. Todo esto me atrae».
El káiser apreció la visita de su nieto a la capital británica. El 22 de julio escribió a Bruce Lockhart:
Le agradezco especialmente sus amables esfuerzos por
hacer que el príncipe se pusiera en contacto con miembros de la familia real […]. Sería particularmente agradable que, a través de esta visita, la relación anglogermana se reforzara […]. El comentario del príncipe de Gales en referencia a que tenemos el derecho a tratar nuestros asuntos como veamos correcto hacerlo muestra la sensatez de su juicio. El príncipe Luis Fernando sin duda debió de estar de acuerdo con él en ese punto.
Aunque el príncipe Luis Fernando estaba en secreto en contra de los nazis y más tarde acabaría uniéndose a la resistencia alemana, su presencia en Londres como supuesto símbolo del apoyo de Hitler a las alianzas reales influyó irónicamente en el príncipe de Gales y, a través de él, en Wallis. Si hacía falta algo para convencer al príncipe de Gales de que la intención del Führer era restablecer las antiguas alianzas familiares, esas dudas se difuminaron. Desde entonces, él y Wallis rara vez flaquearon en su ingenua convicción de que las pretensiones y deseos de Hitler eran los de una paz duradera. El 11 de noviembre, Día del Armisticio, el príncipe de Gales confió al conde Albert Mensdorff, el antiguo embajador austriaco, su debilidad por el nazismo. Mensdorff escribió:
Resulta relevante cómo me expresó sus simpatías por los
nazis de Alemania. «Por supuesto, es lo único que puede
hacerse, ya que aquí también estamos en peligro debido al comunismo […]. Creo y espero que nunca tendremos que luchar de nuevo en una guerra, pero de hacerlo habremos de estar en el bando vencedor, y este será el alemán, no el francés…». Es […] interesante y significativo que muestre tanta simpatía por Alemania y los nazis.
Al yuxtaponer citas significativas, puede verse que las políticas del príncipe eran, entonces y más tarde, coincidentes con las de sir Oswald Mosley, dirigente de la Unión Británica de Fascistas. En sus memorias, al defender, entre otras cosas, que Goering debería haber ido a Inglaterra a asegurarse un amplio apoyo a la Alemania nazi, sir Oswald Mosley escribió con énfasis:
Estaba preparado para hacer cualquier cosa que evitara una
guerra manteniendo buenas relaciones entre ingleses y alemanes, siempre y cuando fuera compatible con el deber hacia mi país. [Deberíamos haber dejado] que los alemanes se enfrentaran con Rusia, lo que, de haber ocurrido, habría desterrado el comunismo del mundo [en la década de 1930], habría reclamado la atención alemana en dirección contraria a nosotros y habría mantenido ocupadas sus energías durante al menos una generación, lo que nos habría concedido un margen para tomar las precauciones que hubieran sido necesarias.
En un artículo en el New York Daily News del 13 de diciembre de 1966, el entonces duque de Windsor escribió:
Mis antepasados Hannover y Coburgo eran alemanes.
Siempre he admirado muchas cosas del carácter alemán. En el mejor y, desgraciadamente, también en el peor de los casos son una nación viril, concienzuda y eficiente. Reconozco que, junto a otras personas bienintencionadas, permití que mi admiración por la parte buena del carácter alemán borrara lo que el lado malo le estaba aportando. Pensé que el resto de nosotros nos limitaríamos a nadar entre dos aguas mientras los nazis y los rojos luchaban hasta el fin […] la tarea inmediata […] era prevenir otro conflicto entre Alemania y Occidente que destruyera nuestra civilización.
Wallis estuvo de acuerdo con estas opiniones de Mosley y del príncipe desde el primer momento.
En diciembre, Thelma Furness tomó lo que para ella acabaría siendo una decisión fatal. Regresó a Estados Unidos para reunirse con su gemela, Gloria, que estaba muy irritada por los conflictos con la familia Vanderbilt, para realizar un viaje de evasión a Hollywood y visitar a su vieja amiga, Constance Bennett, que protagonizaba una película titulada El burlador de Florencia. Thelma había disfrutado de una carrera como actriz frustrada, aunque tórrida, en la época del cine mudo y había mantenido una relación con el padre de Constance Bennett. Wallis llevó a Thelma a un almuerzo de despedida en el Ritz. Refiriéndose al príncipe de Gales con un grado de preocupación bastante cuestionable, dadas las circunstancias, Wallis dijo: «Oh, Thelma, el hombrecito se va a encontrar muy solo…». A lo que, en contra de lo que cabría esperar y, quizá, de modo inocente, Thelma contestó: «Bueno, querida, cuida de él mientras yo esté fuera. Vigila que no haga travesuras». Thelma no estaba siendo ingenua ni confiada de un modo absurdo; pero la cegaba su colosal ego y estaba obnubilada por lo que ella creía que era un poder ilimitado para controlar al príncipe desde cualquier distancia. Aparentemente, no se daba cuenta de que él ya había estado haciendo travesuras con Wallis.
Thelma zarpó hacia Nueva York en un estado de ensueño, en una suite de primera clase repleta de flores llegadas del invernadero de Fort Belvedere. El príncipe era petulante y le irritaba que ella hubiera decidido abandonarle, aunque fuera durante unas semanas, desobedeciendo así sus órdenes reales. El día siguiente a que ella zarpara, llamó a los Simpson y les invitó a una cena en el hotel Dorchester que se celebraba en honor de un representante local de la National Broadcasting Company (NBC), su viejo amigo Fred Bate. El príncipe conversó durante toda la cena sobre la clase trabajadora de la región de Midlands, sus problemas de desempleo, su valor y su pobreza. Wallis aprovechó su oportunidad. Aunque para ella los asuntos de los parados y de la gente que vivía en la miseria no significaban nada o muy poco, fingió estar conmovida por las historias de penurias que contaba el príncipe. Se quedó con cada palabra. Cuando él pasó a hablar de su papel en el futuro del Imperio británico, ella, con inteligencia, lo halagó. Él escribió en sus memorias que para cuando acabó la cena, estaba convencido de que Wallis era una mujer con conciencia social.
Aún preocupado por la ausencia de Thelma y aparentemente insatisfecho por los breves encuentros a solas con Wallis que podía lograr, el príncipe se convirtió en un hombre obsesionado. Llamaba a casa de los Simpson a cualquier hora del día o de la noche, a veces incluso a las cuatro de la madrugada, tan solo para charlar; siempre insomne, torturado por sus propios complejos y por la frustración de sus impulsos reales, odiaba que le dejaran solo, aunque fuera durante un momento, y por eso se presentaba en Bryanston Court sin avisar. Y entonces Wallis tenía que despertar a sus sirvientes, alojados en otra parte del edificio, para satisfacer sus caprichos. Consiguió que el pobre Ernest, que se pasaba el día intentando salvar un negocio que se desmoronaba, estuviera al borde de un ataque de nervios.
Wallis decidió sacar lo mejor de esta situación incómoda. Para entonces, el príncipe de Gales ya dependía completamente de ella; era Wallis quien tenía el control. Sabía cómo hacerle reír e, independientemente de la hora de la noche a la que apareciera, ella le agasajaba con historias y observaciones ingeniosas y atrevidas. A veces él acompañaba a Wallis y Ernest a lugares tan populares en la noche londinense como el Embassy Club. Allí, en aquel sótano atestado y honrado por la alta sociedad en el que, vestido de largo, todo el mundo se apiñaba en unas mesas abarrotadas que rodeaban la diminuta pista de baile, donde les atendía su genial anfitrión Luigi y se escuchaba a la rutilante banda de Ambrose tocar los quick-step y fox-trot más recientes, el príncipe y Wallis se enzarzaban en conversaciones estridentes mientras Ernest se sentaba exhausto y aturdido, envuelto por un humo tan denso como la niebla.
Para diciembre de 1933, Ernest se encontraba completamente afligido. Su frustración y agobio se manifestaron en un brote de furúnculos que debieron ser abiertos con lanceta, lo que le causó bastante dolor. Mientras él convalecía, Wallis preparaba los típicos popovers americanos —una especie de púdines de Yorkshire pequeños— para el príncipe. Justo antes de Navidad, Wallis consiguió levantarse de la cama, donde los días previos había estado enferma con una gripe, gracias a una invitación irresistible: Consuelo había organizado otra fiesta en honor a ella y el príncipe.
A mediados de marzo de 1934 Thelma Furness se encontraba en una soirée celebrada en el hotel Pierre de Nueva York por su amiga la señora de Frank Vance Storres, dama de la alta sociedad. En la cena, la anfitriona colocó con inteligencia a Thelma junto al príncipe de veintitrés años Aly Khan, heredero de la inmensa fortuna de su padre, el potentado indio partidario de los nazis conocido como Aga Khan. Aly era el seductor del momento. Ágil, musculoso, moreno y atractivo, era un apolo broncíneo cuya vida giraba en torno a los caballos de polo, los coches deportivos y las mujeres hermosas. Su reputación como amante era insuperable. Tan solo Porfirio Rubirosa, el playboy dominicano, podría igualar su fama de alcoba años más tarde. Su padre le había enviado a El Cairo a la edad de dieciocho años para que fuera entrenado por las madamas de los grandes burdeles en el arte del Imsak, la habilidad de retener el orgasmo equivalente al Fang Chung chino. Pasar una noche con Aly Khan era como que te tocara la lotería. Tiempo después, la prensa escribiría que, al igual que Santa Claus o Papá Noel, Aly Khan «solo llegaba una vez al año».
Thelma le atrajo de inmediato. Le gustaban las mujeres morenas, provocativas, de rasgos vagamente latinos, y ella esa noche estaba más hermosa que nunca. Aún en la mesa y delante de su acompañante, él le sugirió a Thelma que se fueran en cuanto hubieran tomado el café. Ella le contestó que esa noche debía empezar a hacer su equipaje pues en dos días zarpaba para Inglaterra. Él le lanzó una mirada encendida, intentando colarse en lo más profundo de su alma, y le respondió: «Retrasa tu viaje una semana». Thelma no era tonta; le dijo que saldría el día que tenía previsto. Pero a él no iba a frenarle nada. Le preguntó qué iba a hacer la noche siguiente. Ella le sugirió que la llamara a última hora de la mañana.
Al día siguiente, Thelma fue despertada por un mensajero que traía para ella un enorme ramo de rosas rojas con una nota escrita en una caligrafía inconfundible que rezaba: «Te llamaré a las 11.30 de la mañana para concretar nuestra cena de hoy. Príncipe Aly Khan». Efectivamente, él la llamó y ella no pudo resistirse: cenó con él. Y al día siguiente zarpó. Cuando llegó a su suite, en la galería de cubierta del Bremen, esta se encontraba repleta de rosas, de un extremo al otro, y en la tarjeta de cada ramo se hallaba la firma de Aly.
A la mañana siguiente, cuando se despertó, el Bremen se encontraba ya en alta mar. Entonces, sonó el teléfono de su camarote. Era Aly, probablemente desde Nueva York. Le propuso que quedaran a almorzar. Ella se rio ante aquella idea absurda. Sí, claro, ¿qué tal en el Palm Beach? Para su sorpresa, él contestó: «Estoy a bordo». Y así era. Después de todo aquello, ¿cómo iba a poder resistirse?
Durante el crucero, dispuso de numerosas oportunidades para aprender la diferencia entre un príncipe de Gales ardiente, pero inseguro e infantil, y una bomba sexual de piel cobriza que guardaba en su preciosa cabeza un completo mapa anatómico del cuerpo femenino. Cuando llegó a Londres, Thelma había rejuvenecido diez años.
El príncipe tenía espías por todas partes, y obviamente algunos de ellos iban a bordo del Bremen porque Thelma se había metido en un lío desde el momento en el que había aterrizado en Inglaterra. Debido a su imprudente vanidad, que resplandecía con las atenciones de su amante, parecía haber olvidado que los miembros de la realeza no toleran desobediencias o infidelidades. El príncipe de Gales se presentó en su casa de Londres y le exigió una explicación. ¿Cómo podía traicionarle con un indio?
Resulta evidente que aquello había excitado el esnobismo racista y colonial del príncipe, además de herir su orgullo. El hecho de que él también estuviera ya manteniendo una relación con Wallis no parecía resultarle una contradicción en absoluto. Aly fue inteligente y se mudó a París. Y Thelma, cegada, fue tan tonta que llamó a Wallis para pedirle, al borde de las lágrimas, consejo femenino.
Era el momento de mayor poder de Wallis y lo aprovechó, saboreándolo. Cuando Thelma entró orgullosa en el número 5 de Bryanston Court, tan espectacularmente pálida y tensa como solo ella podía estarlo, Wallis le pidió a su doncella que las dejara a solas y que no las molestara bajo ningún concepto, por urgente que fuera. Thelma se desahogó contándole toda su historia: Aly Khan, el disgusto del príncipe, su propia angustia ante las palabras de él. Wallis, calculando con habilidad y grandeza, le dijo: «Pero, Thelma, el hombrecito te quiere muchísimo… Estaba perdido sin ti».
En ese momento, entró la doncella. Wallis la miró con furia. «Pensé que le había dicho que no nos molestara», le soltó, en un tono de voz cortante. A lo que la doncella contestó: «Lo sé, señora, pero es que es… ¡Su Alteza Real, el príncipe de Gales!». Thelma puso la misma cara que habría puesto de habérsele caído encima la Torre de Londres. Wallis se dirigió al teléfono sin decir ni una palabra.
Thelma aguzó el oído para escuchar mejor. Pero lo único que pudo oír fue a Wallis decir, en un tono de voz duro y tenso: «David, Thelma está aquí». David era el nombre por el que le llamaban sus amigos más cercanos. Después, Wallis volvió. Thelma dedujo de su gesto que no le contaría nada de la llamada. Helada y deprimida, dándose cuenta de que su reino estaba llegando a su fin, Thelma se marchó poco más tarde.
El siguiente fin de semana el príncipe invitó a los Simpson a Fort Belvedere. Fueron dos días atroces para Thelma. El príncipe estuvo frío con ella y apenas escuchaba lo que le decía. Por el contrario, y delante de Ernest, se comportaba de forma profunda y cariñosamente atenta con Wallis, quien le trataba más bien del modo en el que una niñera lo haría con un niño mimado. Lo peor sucedió en la cena de esa noche. El príncipe tomó una hoja de lechuga con los dedos para mordisquearla. Wallis le dio una palmada en la mano y le dijo de forma brusca que la próxima vez utilizara un cuchillo y un tenedor. Él sonrió tímidamente y se sonrojó como si fuera un colegial. Thelma miró a Wallis, quien le respondió clavándole los ojos de un modo helador y triunfante. Wallis se deleitaba en su victoria; esa mirada fría y altiva le transmitía a Thelma que estaba acabada. Lady Furness, comprendiendo lo que ocurría, se fue a la cama. Esa noche el príncipe asomó la nariz por la puerta de su habitación. Desde la cama, ella le susurró: «Cariño, ¿es por Wallis?».
«No digas tonterías», le respondió cortante. Pero no regresó aquella noche.
Mientras tanto, Wallis, sin duda para consternación de los sirvientes de Fort Belvedere, cuyas prerrogativas sobre la cocina eran absolutas, había invadido tan sagrado dominio. Cuando el príncipe, buscándola, por fin la localizó, ella le obsequió con un plato de huevos que había revuelto ella misma. Él se sentó a la mesa de la cocina delante del cocinero y las doncellas y se comió los huevos allí mismo. Thelma se marchó al amanecer.
Después de eso, Wallis no dudó en dejar de lado a Ernest por acudir a muchas citas con su príncipe. Syrie, la mujer del escritor Somerset Maugham, la interiorista que había ayudado a Wallis a remodelar Bryanston Court, daba una fiesta a la que el príncipe y Wallis estaban invitados. Ya de madrugada, se retiraron a la biblioteca juntos. De repente, se vieron sorprendidos por un murmullo de voces que venían del pasillo. «¿Dónde está David?», exigía una voz estridente. Era Thelma, que insistía en ver al príncipe, llamándolo por su apodo.
«Ahora te lo traigo», oyó Wallis que respondía Syrie Maugham.
Pero en ese momento Thelma abrió la puerta de la biblioteca y vio al heredero del trono y a su amante estadounidense fundidos en un abrazo. Furiosa, abandonó la ciudad y fue al sur de Francia a encontrar consuelo en Aly Khan.
A principios de 1934, la estrella de Wallis se elevó rápidamente. Estaba encantada de acaparar los rumores de la sociedad londinense por ser la mujer que reinaba sobre el príncipe, y absolutamente nadie se creía esa ficción tan cuidadosamente confeccionada de que su relación era platónica (si bien parece que en aquel momento aún estaban meramente disfrutando de juegos sexuales y no habían consumado plenamente su relación). De repente, todas las preocupaciones económicas de Wallis desaparecieron; apoyada ahora por las sustanciales sumas del erario real, tanto ella como Ernest podían permitirse cualquier cosa que desearan, aunque ella, sagaz, se siguiera considerando pobre en las cartas que enviaba a la tía Bessie. Ernest, humilde y tranquilo, parecía estar dispuesto a seguir con este arreglo. Daba la impresión de que casi le honrara la generosidad imperial que caía sobre su mujer. No existe ninguna prueba de que encontrara consuelo en una querida.
A medio camino entre un borrego y un santo, este estadounidense monárquico, atontado e indulgente, simplemente siguió ocupándose de sus negocios diarios. Era típico de aquella época y aquel lugar que un marido aceptara el hecho de que él y su mujer llevaran vidas separadas. La alta sociedad parecía entender el matrimonio como una mera conveniencia, una fachada convencional que tapara cualquier forma de comportamiento indigno. Aun así, la reacción de Simpson resulta anormal: él estaba enamorado de Wallis, y la reacción de la mayoría de los hombres habría consistido en un ataque de celos y odio, seguido de la exigencia de poner fin al matrimonio. La situación sugiere que su relación con Wallis era esencialmente masoquista, al igual que en muchos sentidos debía de ser la de ella y el príncipe.
Una de las nuevas amistades y apoyos de Wallis entre los anfitriones londinenses era la célebre lady Colefax. Diminuta, morena y rechoncha, Sybil era una mecenas de las artes y en sus cenas podía encontrarse con facilidad a John Gielgud, Cecil B. De Mille y Osbert y Edith Sitwell. Bernard Shaw, Arnold Bennett, Somerset Maugham y Max Beerbohm pasaban con frecuencia por su exquisita casa georgiana de Chelsea, repleta de muebles del siglo XVIII y tapices de seda verdes y amarillos. Wallis siempre anhelaba cruzar el pequeño jardín amurallado y cubierto de flores de Sybil y dirigirse al salón de ventanales franceses, lleno de cultura hábilmente adquirida y origen de su buen gusto.
No menos prominente como anfitriona era lady Cunard, otra arriviste estadounidense que había logrado llegar a la cima desde sus humildes comienzos en San Francisco. Emerald se había casado con sir Bache Cunard, heredero de la línea de barcos de vapor Cunard, y había desplazado convenientemente a su anciano marido a una finca en el campo mientras ella reinaba en Londres. Era bajita y recordaba a un pájaro, debido a su cabello teñido de amarillo canario, sus enormes manchas de maquillaje rojizo en las mejillas y sus labios pintados en forma de corazón, a que charlaba con una voz que parecía un gorgojeo y a que nunca se quedaba quieta, pues revoloteaba por toda la sala mientras provocando a sus huéspedes con comentarios audaces y atrevidos. Tenía un amante, el director de orquesta sir Thomas Beecham, y ella era la patrona de honor del Covent Garden, así como de sus compañías residentes de ballet y ópera. Era una apasionada de Hitler, Shakespeare y Balzac, no necesariamente en ese orden. Odiaba a su hija Nancy, que era de izquierdas y se sentía atraída sexualmente por los negros.
Las fiestas que daba Emerald en su casa, situada en el número 7 de Grosvenor Square, eran el foco de la creciente influencia nazi en Londres. Su salón, en el que resplandecían las pinturas de Marie Laurencin, se animaba noche tras noche con las vehementes conversaciones sobre los méritos y deméritos de Mussolini, del primer ministro británico, Ramsay MacDonald, y del nuevo Führer.
Fue Emerald quien, a sabiendas o no, comenzó a enredar a Wallis con conexiones nazis que la perseguirían durante toda su vida. Uno de los principales protegidos de Emerald, el favorito de su corte personal, era el vivaz ruso blanco Gabriel Wolkoff, hermano del almirante de la flota del fallecido zar Nicolás II. Gabriel, o Gaby, como se le conocía, era el diseñador de decorados del Covent Garden y estaba especializado sobre todo en las óperas de Wagner, que le encantaban a Hitler y que sir Thomas Beecham también favorecía.
El almirante Wolkoff era el propietario de un modesto salón de té. Hacía las veces de núcleo de un grupo de rusos blancos refugiados, rabiosamente antisemitas y muy favorables a Hitler, y de otras personas también decididas a acabar con la Unión Soviética, algo que intentaban lograr reuniendo en torno a ellos a todo británico que pudiera compartir sus ideas. La hija del almirante Wolkoff, Anna, era una joven sencilla pero decidida que trabajaba como modista para la princesa Marina de Grecia. Por sugerencia de Marina, Wallis también contrató a Anna; y fue en esa época o poco después cuando Anna se convirtió en agente nazi; para 1940, ya estaba enviando mensajes secretos cruciales a Italia que acabarían utilizándose en Berlín.
La asociación tenía suficiente interés para el Servicio Secreto de Inteligencia. Este no dejó de advertir que entre las primeras personas que el príncipe presentó a Wallis estaban los embajadores de Italia y Alemania. El conde Dino Grandi, el emisario italiano, había afirmado a través de su colega el diplomático Egidio Ortona:
Fui el primer embajador que invitó de forma conjunta al
príncipe y a la señora Simpson para que vinieran a mi embajada, situada en el número 4 de Grosvenor Square, con el propósito de romper el hielo que la rodeaba a ella. De hecho, la cena no fue un gran éxito, ya que los invitados mostraron una
actitud fría hacia la dama estadounidense. Mi mujer, la condesa Grandi, incluso me tomó el pelo acerca del asunto en general, diciéndome: «¡Siempre se te ocurren cosas raras!». Pero a primera hora de la mañana siguiente a la cena, a las 8.00, recibimos un enorme ramo de rosas del príncipe con una nota de agradecimiento.
Poco después, la frialdad del círculo de Grandi desapareció. Grandi confirma que en varias ocasiones fue invitado a Fort Belvedere para asistir a reuniones agradables e informales en las que estaba presente Wallis, y que tanto ella como el príncipe se declaraban grandes admiradores del matón de su jefe, el dictador italiano.
Simultáneamente, el príncipe había decidido que Wallis formara parte del círculo fascista alemán de Londres al máximo nivel. La princesa Ana María von Bismarck, viuda del príncipe Otto von Bismarck, el agregado de negocios alemán, le escribió al autor lo siguiente:
Recuerdo cómo comenzó nuestra asociación. Fue en Ascot. Nos apartamos de la multitud y entramos en el palco real. El embajador Leopold von Hoesch me dijo que le asaltaba un dilema algo problemático. El príncipe le había preguntado si podría organizarle una cena en la embajada alemana. Naturalmente, el embajador accedió. El Ministerio de Asuntos Exteriores de Berlín estaba muy satisfecho. Pero, entonces, el príncipe nos preguntó sin rodeos… ¡si la señora Simpson podría ser añadida a la lista de invitados! Esto suponía evidentemente un problema, pero era asimismo una orden real. El embajador Von Hoesch me comentó lo mucho que le preocupaba que el gobierno alemán viera como un paso en falso el que se incluyera a la señora Simpson. Por no mencionar lo que pensarían el Ministerio de Asuntos Exteriores británico y la familia real.
Recuerdo haber discutido el asunto durante hora y media con el embajador, indiferente a la gente que nos rodeaba. Intenté tranquilizarle y le sugerí que informara a Berlín de que el príncipe había solicitado que se invitara a la señora Simpson. Pero él no quería ser desleal con el príncipe. Valoramos todas las posibilidades. Finalmente, le dije: «Como la cena es para el príncipe, es importante que él la disfrute, y si no se invita a la señora Simpson, se aburrirá o, quizá, ni llegue a venir».
La cena se celebró. Ignoro si fue aprobada en Berlín o en el palacio de Buckingham; supongo que a la Casa Real no se le preguntó. Yo me senté junto al príncipe porque como Von Hoesch no estaba casado era yo quien ejercía como anfitriona. Ocupamos grandes mesas redondas, y mi marido se sentó en la mesa detrás de la mía, con la señora Simpson. Lo que ocurrió fue que, aunque el príncipe estaba hablando conmigo, no dejaba de girarse para mirar afectuosamente a la señora Simpson y asegurarse de que lo estaba pasando bien. La cena supuso un gran éxito. Yo sentía mucho cariño y admiración tanto por el príncipe como por Wallis. Ella era extremadamente ingeniosa y era visible lo mucho que a él le divertía.
Von Hoesch, el elegante y genial embajador alemán ante la corte de St. James, era un soltero homosexual heredero de una sustanciosa fortuna industrial. Y era característico de este diplomático de carrera de la vieja escuela criticar al advenedizo Hitler en privado pero al mismo tiempo trabajar de forma sistemática y taimada para que se llevaran a cabo los indeseables planes de su maestro. Su cocina estaba entre las más refinadas de Londres; sus fiestas estaban espléndidamente organizadas; y podía decirse que manejaba el más fastuoso presupuesto del Ministerio de Asuntos Exteriores de Berlín de todos los representantes diplomáticos. Hitler estaba decidido a obtener el interés y la admiración devotos de la aristocracia británica, y había dado órdenes específicas de que no se escatimara ningún gasto a la hora de recibir a la flor y nata de la sociedad británica.
Desde luego, el Führer estaba preocupado por que Von Hoesch fortaleciera los buenos sentimientos del príncipe de Gales. Según su colega diplomático Paul Schwarz, Von Hoesch era consciente de que al príncipe le gustaban, más que ninguna otra música, las melodías melancólicas y emotivas de las czardas zíngaras. Por ese motivo, contrató a la banda zíngara del restaurante Hungaria para que tocara para Wallis y Edward en las soirées íntimas y exclusivas que celebraban en casa de este. Él invitó a la pareja a que le acompañara en la recepción que se le daría al consejero especial de Hitler para Asuntos Exteriores y embajador sin cartera Joachim von Ribbentrop, un hombre siempre muy bien vestido pero bastante engreído. Ribbentrop quedó fascinado por Wallis. Para conmemorar el primer aniversario de su encuentro, recordaba Schwarz, Ribbentrop le envió a Wallis todas las mañanas durante un año un ramo de diecisiete rosas rojas con una tarjeta en la que le mostraba su más sincera admiración. Ella nunca le correspondió. En Londres se daba por hecho que ella le recibía con frecuencia en su casa, con su marido, que era judío, presente. Incluso se hablaba de que mantuvieron una relación que duró diecisiete noches. Ribbentrop representaba a su jefe al expresar gran fascinación por la nueva amante real. Antes de que hubiera pasado mucho tiempo, Hitler ya se había hecho con varias filmaciones de Wallis y se las ponía, disfrutándolas extasiado de placer, en su residencia de montaña en Obersalzberg.
Este amor no correspondido interesó al Servicio Secreto de Inteligencia. Pero existía otra asociación más que resultaba provocadora a los ojos de la facción contraria a Hitler del Servicio Secreto de Inteligencia británico.
Según sir Dudley Forwood, esa relación era el idilio entre el príncipe y su ayuda de cámara, Edward Fruity Metcalfe, uno de los pocos sirvientes de la Corona a quien se le había denegado el título de sir en los últimos años, quizá debido a sus tendencias sexuales y políticas. (Es posible que este amor fuera platónico). Metcalfe era alto, delgado, de cara alargada y caballuna; tenía un carácter juguetón, bastante cargante y bromista que pegaba con los tejidos de tweed Harris tan marcados que usaba cuando no vestía sus uniformes militares.
Nacido en Irlanda, hijo del director de la junta de prisiones irlandesas de Dublín, fue descrito de un modo apasionado por el futuro Eduardo VIII en su obra Memorias de un rey, donde decía de él que era «alegre, atractivo, amable y comprensivo». Desde el principio, el rey Jorge V le odió, quizá porque sospechaba una relación romántica con el heredero al trono en una época en la que los hombres que tenían inclinaciones de este tipo lo que solían hacer era suicidarse; quizá porque le disgustaba que Metcalfe fomentara habitualmente la adicción del príncipe de Gales a los clubes nocturnos, los tugurios de dudosa reputación y la bebida.
A pesar de que se casara pronto con la fascista lady Alexandra Curzon, conocida como Ba-Ba Camisa Negra, cuñada de sir Oswald Mosley, un matrimonio que tuvo hijos, Forwood insistió en que Metcalfe era un homosexual activo y en que había mantenido una relación física con el príncipe de Gales tanto entonces como más tarde. Forwood me dijo:
Aunque obviamente yo no estaba en el dormitorio, todo
indica que existió un amor intenso entre él y mi señor. Este veneraba el suelo que pisaba Fruity, algo que ningún miembro de la familia real había sentido nunca por un mero sirviente. Se desesperaba cuando Fruity no estaba con él. Sus ausencias le volvían loco.
El 22 de septiembre de 1922, el príncipe escribió a Metcalfe angustiado durante uno de sus viajes: «Te echo de menos, terriblemente, cuando no estás». El 1 de septiembre de 1925 redactó apresuradamente una nota igual de dolorosa rogando a Metcalfe que no abandonara Inglaterra por el puesto en la India que furioso le había encomendado el rey Jorge. Sus actividades como compañeros atletas, ya se tratara de carreras de obstáculos, carreras de velocidad, natación, golf o tenis, así como la afición a tomarse fotografías mientras se encontraban medio desnudos en los vestuarios tenían todos los indicios de una relación «griega» y una vez tras otra el rey insistía en que la abandonaran. Cuando este se negó a seguir pagando el salario de Metcalfe, el príncipe primero se encargó de restaurárselo y después se lo dobló.
En 1934, aquella relación empezó a ser peligrosa en términos políticos. Al igual que su mujer, Metcalfe era simpatizante de los nazis, admirador de Hitler y amigo de fascistas como William Joyce, quien durante la Segunda Guerra Mundial emitiría en Inglaterra programas de radio favorables a Hitler bajo el apodo «lord Haw-Haw», hecho por el que sería condenado a morir en la horca. Si hacía falta algo para hundir aún más al príncipe de Gales entre los nazis, era esta compañía tan superficial, tonta, frívola y viciosamente antisemita.
Aunque Wallis compartía las ideas políticas de Metcalfe, le odiaba intensamente. Forwood afirmaba que ella tenía celos de Metcalfe; celos que, según él, solo podían haber surgido de la convicción que Forwood compartía con ella, la de que ambos hombres compartían una relación sexual.
Al mismo tiempo, la pertenencia de Metcalfe al hitleriano January Club, así como su abierto apoyo del príncipe de Gales, constituía un peligro menor para la seguridad británica en comparación con otro asunto que se hizo público en esa época. Hitler y Ribbentrop emprendieron el plan, al que no se oponían el rey Jorge V y la reina María, de unir Inglaterra y la Alemania nazi mediante una alianza permanente buscándole una pareja al príncipe de Gales, algo que le daría a Hitler carta blanca sobre Europa y que evitaría cualquier guerra futura con Inglaterra. Esto podría traer consigo una alianza anglogermánica del tipo de la defendida por el January Club (y por la mayoría de la clase dirigente británica), algo que provocaría la deseada destrucción de la Unión Soviética.
La novia por la que Hitler se había decidido entusiasmado, y que el palacio de Buckingham encontraba sumamente aceptable, era la bella Federica, princesa de Hannover, nieta del káiser Guillermo II e hija de los duques de Brunswick, amigos cercanos y primos del rey Jorge y la reina María. Como todos ellos eran descendientes de la prolífica reina Victoria, Federica era considerada la esposa perfecta para el futuro monarca inglés. En 1911, su madre había sido propuesta de forma similar como esposa para el mismo príncipe de Gales.
En enero de 1934, Federica era una de las alumnas de North Foreland Lodge, una escuela femenina exclusiva cerca de Broadstairs (Kent). Fue invitada a Londres para que el rey y la reina pudieran examinarla en el palacio de Buckingham; la aprobaron sin dudarlo. Una vez de vuelta en Alemania, los Brunswick fueron informados por Ribbentrop de que Hitler compartía la aprobación de la pareja por parte del rey Jorge V e insistía en que tuviera lugar cuanto antes la boda.
Según la duquesa de Brunswick en la versión británica y estadounidense, ya depurada, de sus memorias, La hija del káiser, a ella y su marido les horrorizó la idea, desafiaron a Hitler y cancelaron sus planes. Nada podría alejarse más de la realidad; en la edición original alemana ella escribió que su hija deseaba el enlace. La princesa Federica se encontraba en la lista de novias aprobadas por la familia real británica (hasta finales de 1937, cuando se comprometió con el príncipe Pablo de Grecia) como potencial reina de Inglaterra, algo que nunca contradijo ninguna nota de prensa del palacio de Buckingham ni del Ministerio de Asuntos Exteriores británico.
Si el matrimonio hubiera tenido lugar, y Wallis hubiera seguido de amante, una situación muy común en la historia real británica, no está claro si la Segunda Guerra Mundial habría ocurrido o no. ¿Cómo podría Inglaterra haber declarado la guerra a Alemania, dada la decisión que habían tomado libremente Hitler y el rey Jorge V, y estando la nieta del anterior gobernante de Alemania sentada en el trono inglés? Dadas estas circunstancias, resulta irónico que el rey Eduardo VIII, al querer convertir a Wallis en reina, desbaratara la alianza por la que había suspirado desesperadamente toda su vida. Dadas estas circunstancias, el odio del rey Jorge hacia Wallis por echar a perder este acuerdo matrimonial es perfectamente comprensible.
Entre los mayores defensores de esta alianza romántica real se encontraban los acaudalados e influyentes miembros de la Casa de Hesse, primos del príncipe de Gales y de la princesa Federica, y muy cercanos al hermano menor del príncipe de Gales, el príncipe Jorge, posteriormente duque de Kent. Eran bisnietos de la reina Victoria e hijos de Margarita, la hermana de la duquesa de Brunswick e hija menor del káiser. Desempeñarían un papel crucial en las alianzas entre la Casa Real y los nazis llevadas a cabo a través del príncipe de Gales y Wallis, dirigidas contra el comunismo y que buscaban un acercamiento anglogermánico para entonces y el futuro.
Los dos hermanos mayores, Felipe y Wolfgang, eran gemelos, nacidos el 6 de noviembre de 1896. Mucho antes de que Hitler ascendiera al poder, ambos eran ya firmes defensores del bando nazi, así como admiradores y amigos de Hitler y Herman Goering. Hitler, que sentía una idolatría por los héroes propia de una homosexualidad reprimida, quedó enseguida cautivado por Felipe, cuya belleza musculosa y rubia y cuya sangre real aria pura le habían llevado a un estado de adoración irracional.
Desde que alcanzó la madurez, Felipe desarrolló gran afición por Italia y, como arquitecto, si es que puede calificársele así, diseñó muchos edificios en ese país. Al igual que el príncipe de Gales y el príncipe Jorge, era bisexual y demostraba una adicción más bien poco masculina a la decoración de interiores. Durante el ascenso de Hitler, pasaba mucho tiempo en Roma, donde se había comprometido con la princesa Mafalda, hija del rey Víctor Manuel III, intentando recaudar fondos para Mussolini, quien presidió la ceremonia civil de su espectacular matrimonio, celebrado en Italia en septiembre de 1925.
Durante la década de 1930 y hasta 1942, el príncipe Felipe fue el principal vínculo político y personal entre Hitler y Mussolini. Profundamente antisemita, devoto de la causa de Hitler, se convirtió, por orden del Führer, tanto en gobernador como en guardia de asalto de la provincia de Hesse; más tarde, obtendría el acuerdo de Mussolini a la anexión de Austria por parte de Hitler. También fue quien abrió el camino a la renuente aquiescencia de Mussolini acerca de la conquista por parte de Alemania de Checoslovaquia. El príncipe Felipe nunca se cansó de intentar conseguir, a través de la cooperación del príncipe de Gales y su hermano, el príncipe Jorge, una alianza permanente con Inglaterra. («Debe combatirse a los judíos —decía— en todos los países»). Su otra alianza importante la había trabado con el cuñado del príncipe Jorge, el débil, hipócrita y vacilante príncipe regente Pablo de Yugoslavia, a quien Winston Churchill había enviado a África bajo arresto en 1942, acusado de traicionar a su país ante Alemania.
Pero aún se produjo otra amenaza de escándalo más en aquella época. Sandra Rambeau era una aventurera internacional estadounidense y una agente nazi, así como la amante del príncipe de Gales, del príncipe Jorge y del favorito de Hitler, el general bisexual Franz Ritter von Epp.
Nacida en Springfield (Missouri) el 26 de enero de 1909, e hija de un comodoro, con los años se convirtió en una mujer de belleza espectacular, cabello oscuro y ondulado, provocativos ojos entre gris y verde y una figura perfecta. Después de abandonar el instituto sin graduarse y de trabajar sucesivamente como teleoperadora, camarera y bailarina en las giras europeas del Monte Carlo Follies, conoció a Von Epp en Berlín, cuando se encontraba allí actuando, y rápidamente lo atrajo apartándolo de un amante varón que formaba parte del grupo del homosexual Ernst Röhm que Hitler purgó.
Von Epp era miembro de la misma secta política a la que se suscribían los Hesse; llegó a encabezar la Secretaría de Estado para las colonias nazi, que pretendía la restauración de las colonias alemanas que les fueron retiradas después de la Primera Guerra Mundial en virtud de un tratado de paz permanente con Inglaterra. También fue director del AMT VIII del Servicio Secreto de Inteligencia alemán bajo las órdenes del almirante Wilhelm Canaris, quien, como agente doble al servicio de Inglaterra y Alemania, perseguía esa nefasta alianza.
Sandra Rambeau conoció al príncipe de Gales y al príncipe Jorge en París y en 1934 ya mantenían los dos una relación romántica con ella. Aún el 4 de abril de 1938, Jorge se refirió a ella indirectamente en una conversación mantenida en Londres con el embajador estadounidense Joseph P. Kennedy cuando dijo que su hermano el rey Jorge VI se quejó de que él (al igual que su hermano Eduardo) estuviera «liado» con una mujer estadounidense. Según los abundantes archivos del FBI acerca de Rambeau existentes en Washington, el príncipe Jorge le regaló varias joyas de la Corona, entre las que estaba un anillo grabado heredado que llevaba sus iniciales reales.
Viajando sin descanso de Londres a París y Berlín, Rambeau mantuvo un cuarto romance, con el atractivo general de división Bishnu Shumshere Jung Badahur Rana, autoproclamado príncipe de Nepal e hijo —y oveja negra de la familia— del primer ministro de dicho país. Bishnu, que entonces encabezaba la lista de indeseables políticos del Ministerio de Asuntos Exteriores británico, y más tarde sería expulsado de Inglaterra, acabaría finalmente en Bahamas en 1942, donde acompañó al duque y la duquesa de Windsor, cuando ellos, desterrados por su cercanía a los nazis, ocuparon allí el puesto de gobernador y primera dama.
El 10 de junio de 1939, durante un viaje por Canadá, el rey Jorge VI se lo contó al primer ministro canadiense Mackenzie King, como quedó reflejado en el diario del rey:
Mis propias relaciones familiares en Alemania se han usado
para espiar y obtener datos de otros miembros de la familia.
Nadie podría haberlo dicho de forma más sucinta, ni más precisa.
Fruity Metcalfe asistió, a finales de mayo de 1934, a una cena fascista en el hotel Savoy; uniformado hasta los dientes, fue fotografiado por la revista de sociedad Tatler. En la lista de invitados estaban incluidos el conde Paul Munster y su mujer —también amigos cercanos del príncipe y Wallis, y en cuyo castillo pasarían su luna de miel—; el líder fascista sir Oswald Mosley y su mujer, lady Cynthia (hermana de Alexandra Metcalfe); por último, aunque no menos importante, William Joyce, quien un día se convertiría en traidor a Inglaterra como «lord Haw-Haw», el más conocido de los locutores de radio nazis británicos de la Segunda Guerra Mundial.
En esa época, el hitleriano January Club, al que pertenecían todas las personas anteriormente mencionadas, se encontraba bajo investigación tanto por parte del MI5 como de la Liga de Defensa Judía. La Unión Británica de Fascistas, de la cual el January Club era tanto semillero como participante, estaba financiada directamente por Mussolini; los fondos se canalizaban y limpiaban a través del Minculprop, el Ministerio de Cultura y Propaganda del gobierno italiano, dirigido por el conde Ciano, antiguo amante de Wallis, quien entonces ya era el yerno de Mussolini, así como su ministro de Asuntos Exteriores.
El 27 de mayo, la misma noche en que se celebraba la cena del January Club, el príncipe y Wallis se encontraban en casa de Sibyl Colefax, en compañía del magnate del cine de origen húngaro sir Alexander Korda, la actriz Merle Oberon, lord Dalkeith (posteriormente duque de Buccleuch) y otra de las nuevas amigas de Wallis, la decoradora de interiores Elsie Mendl y su marido sir Charles. Dos de los presentes, Korda y el marido de Elsie Mendl, trabajaban para el Servicio Secreto de Inteligencia y señalaron el hecho de que durante la fiesta el príncipe de Gales expresó su más sincera admiración por la Alemania nazi. Ni a sir Robert Bruce Lockhart ni al vehemente periodista Henry Chips Channon, un esnob estadounidense obsesionado con los ricos y los aristócratas, les pasaron desapercibidos ni la elección de amigos de Wallis ni las frecuentes indulgencias verbales de su real consorte a favor del hitlerismo.
Una de las mejores amigas de Wallis en ese momento era Elsie Mendl. Wallis adoraba a esta gran dama de la decoración de interiores que llevaba el pelo teñido de azul y era tan elegante, ingeniosa e irresistiblemente encantadora. Lady Mendl influyó considerablemente en el ascenso de Wallis. Cuando esta llegó a Londres, probablemente por inseguridad, su presencia en aquel escenario era algo estridente, áspera, aguda, como escribió el sagaz Cecil Beaton en su diario. Lady Mendl le enseñó a afinar su personalidad para adaptarse a los requisitos británicos. La animó a hablar con un deje más suave y sureño en lugar de utilizar aquel acento tan duro, y a vestir de forma más sencilla, para acentuar las líneas angulares de su figura en vez de esforzarse por combatir sus defectos físicos. La ropa de Wallis, sobria y clásica, se convirtió en su marca y emblema.
Mientras en la década de 1930 los vestidos tendían a ser recargados y exagerados, Wallis se aseguró de que los suyos fueran apagados y reservados, en tonos pastel o en blanco y negro. Incluso sus sombreros eran comedidos. Lady Mendl reemplazó en Bryanston Court los diseños de Syrie Maugham en blanco sobre blanco con sus propias combinaciones de colores sutiles y variadas. Enseñó a Wallis cómo recibir y cómo presentar sus comidas, prohibiendo explícitamente la sopa; su lema era: «Nunca construyas una comida sobre un lago». Pronto Bryanston Court, con ayuda del erario real, perdió su apariencia recargada y se convirtió en un derroche de efectos espectaculares, lo que mostraba la capacidad de lady Mendl para acercarse al límite de recargar la decoración y detenerse justo antes. Y además, obviamente, esta amistad le daba una oportunidad a sir Charles para vigilar las actividades y asociaciones de Wallis.
Avanzando con feroz ambición, Wallis afirmó aún más su poder durante el verano de 1934. Después de deshacerse de Thelma Furness, procedió sin piedad a asegurarse de que no se volvería a oír nada acerca de la señora Freda Dudley Ward. El príncipe no había cortado oficialmente su relación con ella. La hija de Freda, Penelope, que llegaría a ser la mujer del director de cine Carol Reed y de quien se rumoreó sin fundamento que era hija del príncipe de Gales, enfermó. Freda confió en que le llegara algún gesto de York House o Fort Belvedere, alguna muestra de preocupación o interés. No lo hubo. Finalmente, Penelope se recobró y Freda llamó a York House para informar a su antiguo amante de que había pasado el peligro. La telefonista le comunicó que había recibido la orden de que no se pasaran sus llamadas. Nunca más volvió a hablar con el príncipe de Gales.
Wallis se concentró muy seriamente en los sirvientes. Los empleados de la Casa Real disfrutaban de ciertos privilegios que habían permanecido intactos de generación en generación. Solían establecer las reglas de los distintos palacios, instruir a los empleados de grado menor y delegar las tareas al siguiente del escalafón hasta los niveles más bajos de la cocina y la bodega. De todos ellos, Osborne, el mayordomo de Fort Belvedere, era el que más privilegios tenía. Había sido el ordenanza del príncipe en la Primera Guerra Mundial, y de ahí había ido subiendo hasta su puesto actual, considerado incuestionable, absoluto y definitivo. Para su pesar, él, que solo atendía órdenes de la realeza, fue informado por el príncipe de Gales de que, de entonces en adelante, recibiría sus instrucciones de la señora Simpson… ¡una plebeya estadounidense! Era insoportable. Sin embargo, a menos que deseara ser despedido, Osborne no tenía más alternativa que aceptar esta mortificante humillación. Wallis le ordenó que asumiera personalmente la tarea de realizar los arreglos florales en Fort Belvedere, en lugar de delegar este encargo tan poco masculino a las doncellas. Esto constituía una ruptura absoluta con la tradición. También escogió los menús para cada uno de los días de la semana, a pesar de que ella solo estaba allí los fines de semana. Esta tarea siempre había sido una prerrogativa conjunta del ama de llaves y Osborne. Insatisfechas con la decoración que había sido decretada por el príncipe de Gales y el príncipe Jorge, Wallis y lady Mendl invadieron una habitación tras otra, levantando las alfombras, quitando las cortinas y almacenando el mobiliario. Después remodelaron Fort Belvedere de arriba abajo, curiosamente manteniendo solo una habitación como había sido hasta entonces: aquel disparate de dormitorio rosa de Thelma, con su absurda cama decorada con las plumas del príncipe de Gales en cada poste.
Wallis chocó furiosamente con Finch, el mayordomo de York House. Este formidable personaje había desempeñado un papel protagonista en la infancia del príncipe de Gales. Había sido el ayuda de cámara del príncipe desde sus primeros días, y se veía a sí mismo como una combinación de niñera y padre sustituto que intentaba convencer al príncipe una y otra vez de que redujera su afición a la bebida, las salidas nocturnas, las fiestas salvajes y las mujeres fáciles. Este campesino honrado e impecable, verdadero epítome de la rectitud más enérgica, se encontraba ahora bajo las órdenes de una mujer extranjera que demostraba muy poca consideración hacia sus sentimientos. No solo tomó el mando de todo en York House, llegando incluso a encargar más de cien regalos para Navidad, sino que además insistió en que Finch aprendiera a mezclar, servir y poner hielo en las bebidas a la manera estadounidense, cuando la mera presencia de hielo en un vaso le resultaba repugnante al viejo criado. Cuando Finch se negó a obedecer las instrucciones que se le asignaban fue despedido. Su sucesor, Crisp, también duró poco. Osborne sí se mantuvo, pero solo por un pelo.
Los empleados de las dos casas favorecidas por el príncipe llegaron a odiar a Wallis debido a que se metía en todo. Les aterraba el regreso de su señor y la amante de este a las tres o cuatro de la mañana del Embassy Club, el Kit Kat o cualquier otro antro nocturno; riéndose a gritos, sacaban de la cama a las doncellas, al mayordomo y al cocinero para que les prepararan algo de comer o atender alguna necesidad imperiosa. El rey Jorge V y la reina María eran muy puntillosos en la relación con sus empleados. Las comidas se servían a la misma hora todos los días y siempre se observaba la costumbre de que los empleados instruyeran a los empleados de grado menor. Wallis y el príncipe de Gales no mostraron la menor consideración con estas disposiciones. Wallis siempre era puntual, y se irritaba ante la laxa actitud del príncipe hacia las citas y los horarios de las comidas, pero no parecía tener ninguna comprensión o respeto cuando se trataba de los empleados.
Ese verano de 1934, el príncipe decidió desobedecer las convenciones hasta el límite e invitó a Wallis a un viaje por España y Francia que seguro que iba a atraer la atención de la prensa. No la prensa británica —en aquella época los miembros de la familia real siempre podían confiar en la mayor discreción de Fleet Street—, pero los periodistas estadounidenses en particular no dejarían de fijarse en que viajaba con una mujer estadounidense casada; a él parecía importarle poco todo esto, o el hecho de que Ernest Simpson no fuera a estar incluido en el grupo real. La inclusión de la tía Bessie Merryman fue una concesión a las críticas. Se suponía que iba de carabina, pero la idea no engañó a muchos.
El príncipe alquiló una casa, el Castel Meretmont, a las afueras de Biarritz, la ciudad de vacaciones de moda situada en el suroeste de Francia. En un avión pilotado por el teniente Edward Fielden, el príncipe aterrizó en el aeropuerto de Le Bourget, en París, a las 17.30 del 1 de agosto de 1934; iba acompañado de su ayuda de cámara, el honorable John Aird. Wallis, a la que seguía dando miedo volar, realizó el viaje con buen humor acompañada de la tía Bessie, G Trotter y el resto del grupo cruzando en barco el canal de la Mancha. El príncipe se unió a ellos e hicieron juntos el viaje en tren hasta Biarritz. Castel Meretmont resultó ser espacioso y confortable y, pasado el primer día, los reporteros se retiraron de forma educada al límite del terreno, satisfechos con ver los movimientos del grupo real a través de prismáticos.
El 5 de agosto, Wallis y el príncipe estaban tomando algo en el bar de una piscina junto al paseo marítimo de Biarritz cuando un niño de diez años comenzó a gritar porque se estaba hundiendo en la parte más profunda. El príncipe se quitó la chaqueta, se zambulló y rescató al niño, ante el aplauso general y el lloroso agradecimiento de su madre. La noticia se extendió con rapidez y la prensa irrumpió en la piscina cuando Wallis y el príncipe abandonaban ya el bar. El príncipe iba furioso, gritando que la historia era «mentira, todo mentira» y abriéndose camino hacia el coche real. Era obvio que se sentía avergonzado por la presencia de Wallis; le aterrorizaba que pudieran fotografiarlos juntos. Lo hicieron.
Cuando la historia apareció publicada en todos los medios del mundo a la mañana siguiente, el gobierno francés decidió concederle al príncipe la Medalla de Salvamento. La rechazó. Él y Wallis se quedaron recluidos en Castel Meretmont durante una semana. Después, el día 15, salieron bajo una intempestiva lluvia a cenar con los célebres marqueses de Portago en la opulenta Villa Pelican. En la fiesta, el príncipe le dijo a Wallis y al resto que estaba cansado de Biarritz y que iba a volar a Cannes para reunirse con el príncipe Jorge, entonces comprometido con la princesa Marina de Grecia. Jorge y Marina habían estado en Viena, visitando a los líderes del gobierno austriaco. Siguiendo las órdenes que le llegaron vía telegráfica, Edward Fielden llevó el avión real desde Londres, haciendo escalas, para recoger al grupo. Sin embargo, es probable que el pánico de Wallis a volar influyera en la decisión que el príncipe tomó después.
Entonces, el príncipe propuso realizar el viaje a Cannes en barco. Dice mucho de sus atenciones hacia Wallis el hecho de que escogiera perder la oportunidad de ver a su hermano y su futura cuñada —al ir en barco en lugar de en avión— antes que incomodarla realizando un viaje corto en avión que sobrevolara España y Francia. Decidió alquilar un velero en Biarritz y viajar rodeando Gibraltar. Planeaba llegar a Cannes a tiempo de volar a Marsella, donde se despediría de su hermano, el príncipe Enrique, posteriormente duque de Gloucester, que estaba en camino, a bordo del buque de la Marina británica Sussex, hacia Australia y Nueva Zelanda. El único navío disponible era el antiguo y maltrecho transatlántico de vapor de 700 toneladas Rosaura, que tras treinta años de servicio cruzando el canal de la Mancha, luchando valerosamente en los picados mares que separan Newhaven y Dieppe, había sido comprado por lord Moyne, explorador y etnógrafo, como buque de exploración científica en los mares del sur. El vapor estaba amarrado temporalmente en Biarritz para repostaje, aprovisionamiento y reparaciones.
El príncipe preguntó a lord Moyne si podría alquilar el Rosaura. Moyne se sintió incapaz de negarse a la solicitud real. Sin embargo, le advirtió de que las condiciones meteorológicas eran extremadamente desfavorables para realizar la travesía. El golfo de Vizcaya era famoso por sus violentas tormentas, una de las cuales se acercaba en ese preciso momento. El príncipe de Gales rehusó escuchar el sabio consejo de lord Moyne, y el capitán, bajo órdenes personales de Moyne, estableció la fecha de partida para el día 26 de agosto. En cuanto el barco salió de la bahía, fue saludado por un tremendo estallido de relámpagos y truenos. Durante cuatro días y sus noches, Wallis estuvo virtualmente confinada en su camarote en condiciones tan terribles como las que había experimentado a bordo del vapor chino Shuntien. También le resultó agobiante el mono mascota de lord Moyne, que no dejaba de dar la lata, chillando y correteando continuamente. El Rosaura, con las cubiertas inundadas, llegó a Coruña el 1 de septiembre. El príncipe y su grupo desembarcaron, visitaron la tumba de sir John Moore, héroe de la Guerra de la Independencia española, uno de los ídolos de infancia del príncipe de Gales, y encendieron velas en su honor en la iglesia. Después se dirigieron en coche a Santiago de Compostela para ver los monumentos. Al día siguiente, continuaron el viaje hacia Vigo y desde allí, acompañados por los cónsules portugués y británico, se dirigieron a la frontera con Portugal, donde fueron recibidos por el diplomático portugués Pistango Vasconcelles, un viejo amigo de Wallis de su época en Washington.
Aunque siguió lloviendo durante la mayor parte del viaje, el grupo continuó hasta Tuy y Oporto, donde visitaron los famosos viñedos. Se quedaron conociendo la región hasta que, en la tarde del 3 de septiembre, una muchedumbre de mujeres locales vestidas con trajes regionales les dieron la bienvenida en Viana do Castelo y obsequiaron al sorprendido príncipe y a Wallis con una muñeca de medio metro que vestía una falda y una blusa bordadas.
La travesía rodeando Gibraltar fue dura. El día 7, el príncipe y su grupo siguieron hasta Mallorca, donde tomaron un coche hasta el hotel Formentor, situado al norte de la isla. Nadaron desde la playa y regresaron al anochecer para ver el Rosaura, iluminado de proa a popa, anclado en un cabo de la bahía. Al día siguiente visitaron la catedral y el claustro de San Francisco; pasaron el fin de semana explorando cuevas, recogiendo conchas y escalando rocas.
Finalmente el barco, haciendo ya agua, quedó cómodamente amarrado en Cannes. En algún lugar entre Oporto y Francia, la relación entre Wallis y el príncipe se había hecho aún más intensa, pero solo por parte de él. Eduardo estaba para entonces tan profundamente enamorado que habría sido feliz si el viaje hubiera podido prolongarse para siempre; la ambiciosa Wallis aceptó fríamente su locura. Tras haber telegrafiado a su hermano, el príncipe Enrique, para que esperara su llegada a Marsella y haber ordenado a Edward Fielden que volara desde París y aguardara nuevas órdenes, el príncipe decidió impetuosamente quedarse donde estaba, con la mujer a la que amaba. Envió a Fielden de regreso a Londres y su hermano zarpó para Australia sin despedirse de él.
A pesar de haber anunciado a la prensa a través de John Aird que el Rosaura no anclaría en el puerto, sino que continuaría el viaje de inmediato, el príncipe informó a lord Moyne de que se quedaría en Cannes durante varios días. Allí, perseguido por periodistas y fotógrafos a cada paso que daba, desembarcó con Wallis la medianoche del día 11. El vicecónsul británico local, John Taylor, y su mujer los condujeron al Palm Beach Club, donde bailaron una rumba tras otra hasta las cuatro de la mañana. La noche siguiente aceptaron una invitación de Herman y Katherine Rogers para cenar a medianoche y nadar bajo la luz de la luna desde el yate que le habían alquilado a un matrimonio rico de St. Louis.
Durante el tercer día, demostrando gran atrevimiento, el príncipe y Wallis se alojaron en el hotel Miramar juntos. A la una de la noche, el príncipe llamó al encargado nocturno a su suite y le pidió que despertara a los empleados de la sede local de Cartier y les hiciera abrir la tienda. Él salió del hotel a través de una puerta trasera y se dirigió al comercio, donde compró no solo una esmeralda y un diamante para la pulsera de dijes de Wallis, sino muchos otros artículos que mantuvo en reserva para obsequiarla con ellos más adelante. Después, regresó al hotel sacó de la cama a Wallis y al resto del grupo, y anunció a lord Moyne que deseaba hacerse a la mar inmediatamente.
Cuando el barco se encontró en mar abierto bajo la luz de la luna, el príncipe abrazó a Wallis y le colocó los dijes de Cartier en la palma de la mano. Ella se sintió halagada, pero no se conmovió. El Rosaura siguió rumbo hacia Niza y Génova, por aguas tranquilas, y llegó el 17 de septiembre. El príncipe, que ya había telegrafiado para realizar las reservas oportunas, y su grupo se dirigieron entonces en una flota de coches al lago Como, situado a los pies de los Alpes. El grupo se alojó en el hotel Villa D’Este. El tiempo fue magnífico; un sol claro calentaba las montañas y el agua del lago adquiría un azul deslumbrante. Cada mañana el príncipe y Wallis salían en una barca de remos a navegar sobre las tranquilas aguas; la primera tarde fueron en una lancha motora hasta Bellagio. La tarde siguiente jugaron al golf en Monteforno; el día siguiente condujeron por las espectaculares carreteras de montaña. El 21 de septiembre, el grupo se dirigió por carretera al lago Maggiore e hizo una excursión en barco desde Stressa a las islas Borromeo. Allí, el príncipe por fin se olvidó de su contención y permitió a la prensa que le fotografiaran caminando sin más ropa puesta que unos pantalones cortos.
El día 23, el grupo se subió al Orient Express en Domodossola; Mussolini les había ofrecido un coche privado de lujo exclusivamente para ellos. El príncipe había telegrafiado a Edward Fielden para que lo recogiera en París; estaba ansioso por llegar a casa a tiempo para presenciar en Clydeside la botadura del Queen Mary, el barco más reciente de Cunard. Dejó al resto del grupo en el hotel Meurice y voló al castillo de Windsor, aterrizando en Smiths Lawn, en su trayecto hacia la residencia real de Balmoral. John Aird fue con él; Wallis y los otros le siguieron en el barco de la Marina estadounidense Manhattan desde Cherburgo. Pero daba la impresión de que el príncipe no podía despegarse de Wallis ni en ese momento. Antes de marcharse para la botadura del Queen Mary, se presentó en Southampton con regalos y palabras de cariño para Wallis y su tía.