La señora Simpson : las vidas secretas de la duquesa de Windsor, la mujer que estuvo a punto de arruinar la monarquía
6 Ernest
A última hora de la tarde del día de Navidad, Jacques, Mary y sus amigos estaban reunidos alrededor del árbol cuando sonó el timbre y Jacques se levantó a abrir. Entraron dos hombres; uno de ellos le resultó tan indiferente a Wallis que en pocos días ya se había olvidado de su nombre y de cuál era su profesión. Pero el otro le produjo una impresión tan fuerte como la que le había provocado Winfield Spencer diez años antes.
Jacques se lo presentó como Ernest Aldrich Simpson; hablaba con un acento británico impostado y demostraba unos modales ligeramente altivos. Tenía el cabello castaño, con mechones dorados aquí y allá. Y unos ojos azul intenso afables y comprensivos, las mejillas sonrosadas y la mandíbula cuadrada. Al igual que Win, lucía un bigote oscuro. De complexión robusta, caminaba con aire arrogante, seguro de sí mismo, militar. Tenía veintinueve años.
A medida que avanzaba la noche, se iban desenvolviendo los regalos y se servía la cena, Wallis empezó a sentirse intrigada. Simpson tenía unos modales refinados, sofisticados, daba la sensación de haber gozado de una buena educación y de ser inteligente, y parecía poseer un carácter equilibrado, carente de esa oculta sensación de peligro que había arrastrado a Wallis de forma tan imprudente hacia Win. Su principal problema era que estaba casado, con Dorothea Parsons Dechert, hija y nieta de los reconocidos jueces del Tribunal Supremo de Massachusetts, con la que además compartía una hija: Audrey.
Ernest Simpson era uno de los socios de Simpson, Spence and Young, una empresa que compraba y vendía navíos. La compañía tenía importantes negocios a ambos lados del Atlántico, contaba con oficinas en Londres y agentes en Hamburgo, donde trabajaba en alianza con la línea Hamburg-America Line, y en Italia, donde mantenía relaciones comerciales con el gobierno de Mussolini. Simpson se había marchado de Harvard sin licenciarse, siguiendo el impulso de defender a su amada Inglaterra: sus padres eran británicos. Se enroló en el batallón de cadetes de los Coldstream Guards. Después, al finalizar la Primera Guerra Mundial, se vio obligado, debido a la negligente gestión de su padre, a renunciar a su cargo y tomar las riendas de la empresa. Pero siguió siendo ultrabritánico aun en Nueva York; caminaba por las avenidas luciendo bombín, la clásica corbata a rayas de su regimiento y un traje liso y oscuro, sujetando un paraguas bien cerrado, como si estuviera en Mayfair.
Este joven caballero norteamericano, impecablemente elegante y correcto, guardaba un secreto, y lo hacía tan celosamente que ni siquiera su propia hija lo conocía: era judío. Su padre había cambiado el apellido original, Solomon, porque temía, y no sin razón, que el mundo de los negocios cerraría sus puertas a una compañía judía nueva y pujante. Como tanto él como su padre eran de piel clara y la mascarada podía mantenerse, Ernest decidió no decirle nada a su primera mujer e incluso se hizo socio de varios clubes que nunca admitían a miembros judíos. Tuvo especial cuidado de ocultar la verdad en Alemania, donde el antisemitismo estaba aún más presente que en las clases políticas y comerciales de Manhattan y Londres.
Wallis nunca tuvo conocimiento de los antecedentes raciales de Ernest. A lo largo de su vida, su actitud hacia los judíos fue ambigua y cambiante; lo mismo era cercana a miembros de las dos familias judías más ricas (e interrelacionadas), los Sassoon y los Rothschild, que podía, según el autor Stephen Birmingham, hablar de dicha raza a gritos usando el término despectivo kike. Esto último era típico de la época; Cecil Beaton también se hizo famoso por utilizar esa palabra; en 1938 escandalizó al mundo por usarla en una famosa tira cómica.
Wallis debería haber regresado a Warrenton para cumplir los requisitos de residencia exigidos a fin de obtener el divorcio, pero en vez de ello se embarcó con toda su osadía en una relación con Ernest, a pesar del hecho de que Dorothea Simpson se encontraba en su casa de la calle 68 Este. Wallis y él tenían mucho en común. Ambos disfrutaban con los buenos libros (aunque él era mejor lector que ella); a ambos les gustaba coleccionar figuritas y adornos; ambos tenían grandes conocimientos acerca de la plata y la porcelana. Ernest era un experto en muchos campos, entre los que se incluía la pintura, la poesía y la música. Era todo un representante de una especie que hoy está en peligro de extinción: el hombre de negocios culto. Llevaba a Wallis a museos, galerías, librerías y bibliotecas; y ella aprendía todo lo que él le enseñaba.
Pero él también tenía otros alicientes. Parecía disponer de seguridad económica. Demostraba unos modales perfectos y sabía cómo pedir vinos y comidas. Es cierto que fumaba —algo que Wallis odiaba—, pero solo le gustaba el tabaco de pipa más refinado, los habanos y los cigarrillos turcos o los de la marca rusa Sobranie. Conducía un par de turismos caros. Era respetuoso, incluso servil, y Wallis hasta entonces nunca había sido capaz de liberar el lado dominante de su personalidad del modo que ella deseaba.
Su relación comenzó a desarrollarse a través de partidas de bridge y póquer y de una excursión a presenciar un partido entre el Ejército y la Marina. Pero Wallis pensó que se encontraba en un callejón sin salida: Ernest se negaba a plantearse el divorcio. Estaba la niña. Wallis rompió con él durante un tiempo. Primero se mudó de la casa de los Raffray a una habitación diminuta del hotel New Weston, de estilo británico. Después trató de vender un artículo a Vogue, que fue rechazado. Se matriculó en una escuela de secretariado, pero la abandonó pronto. Comenzaba a lamentarse de su suerte.
Se consoló en parte al encontrarse con un viejo amigo de la época de San Diego, el poco agraciado pero encantador Benjamin Thaw, quien se hallaba a cargo de la División Latinoamericana del Departamento de Estado y estaba casado con Consuelo Morgan, la hermana mayor de las famosas gemelas Gloria Vanderbilt y Thelma Furness. Consuelo, Gloria y Thelma eran las preciosas hijas mimadas y testarudas del diplomático Harry Hays Morgan. Cuando Consuelo tenía diecisiete años, mamá Morgan había concertado su matrimonio con el acaudalado aristócrata francés Jean Marie Emmanuel de Maupas du Juglart en Bruselas, donde H. H. Morgan era cónsul general. Dos años más tarde, la pareja se divorció; Consuelo fue acusada de adulterio.
A mediados de la década de 1920, Gloria y Thelma estaban en boca de toda la alta sociedad; habían heredado el atractivo latino, provocativo y moreno de su abuela chilena. Rechazaban llevar las faldas cortas de la época, se paseaban por las fiestas de sociedad siempre à deux, con el cabello muy arreglado, largos collares de perlas, diamantes de tamaño industrial y la tez de un pálido espectacular. Thelma se casó con James Vale Converse (hijo), nieto del fundador de Bell Telephones; el matrimonio no duró. Gloria lo hizo con Reginald Vanderbilt, un borrachín al que le encantaban los caballos y el mejor partido de toda Nueva York: había heredado treinta millones de dólares en 1901. Cuando su tío Alfred murió al hundirse el Lusitania, recibió medio millón más.
En 1923 Consuelo contrajo matrimonio con Benjamin Thaw —los Thaw eran una de las familias reinantes en Pittsburgh—, poco después de que naciera la hija de Gloria, Gloria la Pequeña. En 1925 Reggie Vanderbilt murió debido a su alcoholismo; Thelma se casó entonces con lord (Marmaduke) Furness, propietario de la línea marítima Furness-Withy, cuyos barcos hacían cruceros de Nueva York a las islas Bermudas. Benny Thaw se encargó de que Wallis se quedara en Pittsburgh con su prima, Mary Copley Thaw, de ochenta y cinco años e inmensamente rica; al mismo tiempo, habló de Wallis a otros amigos suyos, los Morgan Schiller, que buscaban a jóvenes atractivas que quisieran trabajar para ellos, intentando con pocas posibilidades vender ascensores de construcción.
El alojamiento en casa de Mary Thaw tenía sus aspectos agradables, pero también algunos problemas. La mansión de Mary, Oaklawn, era una mole gótica repleta de antigüedades, pinturas de paisajes sombríos y una colección de cuadros de Corot. Tenía setenta habitaciones, una docena de sirvientes residentes en la casa y un chef parisino. Mary estaba profundamente preocupada. Había demandado a su nieto por la cantidad de 600 000 dólares, que según ella él había obtenido extorsionándola. Estaba siendo chantajeada en relación con unos negocios presuntamente turbios. Y, encima, le torturaba la presencia maniática de su disoluto hijo Harry K. Thaw, quien en 1906 había disparado y asesinado al arquitecto más prominente de Nueva York, Stanford White, en el tejado del Madison Square Garden durante una disputa por el amor de la célebre corista Evelyn Nesbit Thaw.
Durante el tiempo que Wallis estuvo en Oaklawn, Thaw, que se había librado de la silla eléctrica gracias al dinero y la influencia de Mary, y había estado interno durante años en un hospital psiquiátrico, se presentaba una y otra vez sin aviso previo en medio de ataques de histeria aterradores. Iba a Nueva York, donde su exmujer, Evelyn Nesbit, tenía un club nocturno; irrumpía en el mismo, tiraba todas las botellas y los vasos al suelo y comenzaba a saltar sobre los cristales.
Wallis no logró que le dieran el puesto con los Morgan Schiller debido a sus escasos conocimientos de matemáticas, algo necesario para entender los detalles técnicos, y regresó a Warrenton pasando por Nueva York. Deprimida en aquella primavera de 1927, encontró algo de consuelo cuando la tía Bessie, que ahora se ocupaba como dama de compañía de Mary B. Adams, propietaria del Evening Standard de Washington, le ofreció un viaje a Europa. Justo antes de zarpar, el 16 de junio, solicitó su divorcio a través de sus abogados de Front Royal.
El viaje por Europa le resultó vacío y anodino. En París, a finales de octubre, Wallis se enteró de que el tío Sol había fallecido en Baltimore de un ataque al corazón. Le había enfadado mucho su solicitud de divorcio y también estaba muy deprimido por los daños, valorados en tres millones de dólares, que el huracán de Florida había causado en sus líneas ferroviarias en julio de aquel año. La lucha constante con las compañías ferroviarias de la competencia y su agotadora labor defendiendo sus intereses políticos en las ciudades de Florida le habían desgastado mucho. Al principio, Wallis, que le debía tanto, lamentó mucho no poder asistir al funeral; pero pocos días más tarde acabó muy disgustada al conocer el testamento. El tío Sol le había dejado únicamente los intereses de unas acciones, valoradas en 15 000 dólares, de sus compañías ferroviarias y de las empresas relacionadas Alleghany Company y Texas Company. Ella, que esperaba un trozo mayor de aquella tarta de cinco millones de dólares, interpuso con furia una demanda judicial contra los fideicomisarios del patrimonio, en forma de advertencia de suspensión. A través de su representante, Josephine Warfield, nieta del tío Henry, denunció que Solomon Warfield se encontraba en situación de incapacidad mental y trastorno emocional en el momento de realizar su testamento, así como que su firma había sido falsificada.
En diciembre de 1927, el juez George Latham Fletcher le concedió el divorcio en Warrenton; entre las declaraciones de su madre y otras personas estaba también la carta supuestamente enviada por Win desde China, curiosamente con sellos estadounidenses, un detalle que el juez decidió pasar por alto. No hay duda de que este fue un divorcio ilícito, dado que la afirmación realizada por Wallis de que no había visto a Win desde hacía cuatro años quedaba en entredicho por las pruebas aportadas, y que ella había omitido cualquier mención de China en su declaración, cometiendo por tanto perjurio. Tuvo suerte de que años más tarde los altos funcionarios británicos, entre los que se encontraban un lord chambelán y un procurador de la Corona, por alguna razón no percibieran esos llamativos sellos de correos.
Ahora que Wallis era libre, volvió a acordarse de Ernest Simpson y regresó a Nueva York para retomar su relación con él. Dorothea se enteró de esto mientras se encontraba ingresada en el Hospital Americano de París y comenzó desde allí los trámites de divorcio. Prematuramente canosa y frágil, años más tarde esta dama de Massachusetts se permitió confesarle al autor Cleveland Amory: «Wallis era muy inteligente. Me robó el marido mientras yo estaba enferma». Ese mismo año de 1928, un tiempo más tarde, Ernest decidió hacerse cargo de la dirección general de su empresa en Londres; su padre actuaba cada vez con mayor negligencia y además estaba involucrado en una relación algo cuestionable con una mujer en París.
Wallis necesitaba tiempo; le encantaba Ernest, pero no estaba enamorada de él. A su rescate aparecieron los Rogers; habían vuelto desde Pekín a Lou Viei, su antigua e impresionante villa en Cannes, situada en la exótica zona residencial de la colina conocida como Californie, y, una vez olvidados los conflictos pasados y las complicaciones emocionales, la invitaron a reunirse con ellos. La casa había sido parcialmente remodelada por Barry Dierks, un arquitecto estadounidense de gran talento.
Wallis llegó en invierno, aunque hacía un tiempo ideal; Californie era una profusión de hibiscos, plumerias y árboles de coral, y por las noches el aroma a jazmín en flor llenaba el ambiente. La casa estaba adornada con enredaderas y ofrecía unas impresionantes vistas del mediterráneo. Herman y Katherine salieron con Wallis y varios solteros disponibles a bailar al Palm Beach Club o a navegar bajo las estrellas en yates alquilados. La Riviera era un lugar de ensueño, dado su encanto y su hermosura tropical, y Wallis se sumergió de nuevo en el lujo de la gran riqueza.
Charló con Herman y Katherine sobre si debía casarse o no con Ernest, y ellos la animaron a que se dejara llevar por sus instintos. No le llevó mucho tiempo decidirse. Ernest le ofrecía liberarse de la miseria y un refugio de seguridad. Una vez que se le había concedido el divorcio, él era libre. Ella no tenía dinero; él se abría paso en los círculos financieros británicos. Ella le telegrafió la aceptación de su vieja propuesta y partió para Londres a finales de junio de 1928.
Como siempre, la fecha fue la oportuna. Del mismo modo que había llegado a China en medio de la guerra civil, apareció en Londres justo para el inicio de la temporada de sociedad, que comenzaba oficialmente el 1 de julio. Fue un mes deslumbrante. El príncipe de Gales, que seguía fascinando a Wallis pero a quien no había vuelto a ver desde aquella abarrotada noche de hacía siete años en San Diego, acababa de inaugurar una serie de fiestas en York House, su Casa de Gracia y Favor en el palacio de St. James. Estaba muy ocupado haciendo añicos la pompa y circunstancia de la vida de la corte al contratar para estas juergas de moda a una orquesta de baile, un espectáculo de vodevil y bailarines de cabaré, e invitar a un montón de miembros de la «dorada juventud» londinense.
En las mesas de las cenas celebradas en Mayfair, que Wallis frecuentaba ahora, la conversación discurría sobre la realeza, la «gente guapa», el sexo, el tenis y los caballos. A pocos se les ocurriría hablar de las barriadas, el paro generalizado o el aumento del coste de la vida. En 1928 Mussolini era el ídolo de la sociedad londinense. Entre sus más acérrimos seguidores estaba Winston Churchill, que había declarado en Roma, según la cita de The Times del 21 de enero de 1927: «Si hubiera sido italiano, estoy seguro de que habría estado a tu lado incondicionalmente, de principio a fin, en tu lucha victoriosa contra los deseos y las pasiones bestiales del leninismo». George Bernard Shaw era uno de los muchos que estaba de acuerdo con esto; al referirse al asesinato político más famoso de Mussolini, decía, en una carta a Friedrich Adler fechada en octubre de 1927: «El asesinato de Matteotti no es mayor argumento contra el fascismo que el de Thomas Becket contra el feudalismo». Casi toda la sociedad influyente de Londres estaba de acuerdo. Visto en retrospectiva, este encaprichamiento con Mussolini solo puede juzgarse peligroso y equivocado. El fascismo fue un sistema corrupto y represivo, fraudulento e incompetente. Mussolini era un cabeza hueca, un matón ridículo y de pose, sin carisma alguno; toda su política exterior, llevada a cabo por Ciano en los años siguientes, era una negación de los principios de la Sociedad de Naciones. De principio a fin, la política británica (y francesa) hacia Italia fue de conciliación y concesión, en lugar de serlo de reprimenda severa y aviso. Llegado el momento, apenas puede sorprendernos que la gente con criterio perdiera la fe en esos gurús que creían que el sistema italiano era una respuesta válida a los males del comunismo. A la vista de las relaciones románticas que Wallis mantuvo con el príncipe Caetani, el conde Ciano y Alberto da Zara, es fácil ver cómo ella también fue engatusada por aquel sistema político corrupto e inválido, y cómo también compartió la convicción de sus méritos con el príncipe de Gales.
Nacido durante el reinado de su bisabuela, la reina Victoria, el príncipe estaba obsesionado con el Imperio; sabía que algún día él sería el monarca de un tercio del mundo y de millones de personas para quienes su rey era casi una divinidad. Su padre, el rey Jorge V, era una figura remota y majestuosa que raras veces condescendía a visitarles a él y a sus hermanos, Alberto, Enrique, Jorge y el discapacitado Juan, y a su hermana María, en la guardería; según la costumbre de la época, el rey dejaba a los niños bajo las infrecuentes atenciones de una sucesión de institutrices, pocas de las cuales no eran sádicas y crueles.
El rey Jorge trataba a los tres chicos mayores como si fueran cadetes en un buque de guerra. Como más tarde escribiría el príncipe de Gales, siempre estaban «en formación». Si en sus trajes de marino o escoceses se observaba el menor desaliño, el rey les reprendía con una ira salvaje; si se metían las manos en los bolsillos, se les cosían para que no lo hicieran. Debían llevar los rígidos cuellos de Eton, que les estrangulaban y les cortaban el cuello como si fueran sierras. Vestían medias largas y zapatos de hebilla; incluso cuando iban a nadar, debían ir tapados de la cabeza a los pies. El cuerpo, en aquella época, constituía un objeto de vergüenza; excepto en el baño, debía ser ocultado con celo. El sexo tenía como único fin la procreación; se suponía que las mujeres no debían disfrutar de sus placeres en absoluto.
Como resultado de las represiones de su juventud, pronto el atractivo príncipe Eduardo se volvió un rebelde. Tiempo después revolucionaría la moda y liberaría a los varones de las opresiones de siglos. Eliminaría los cuellos rígidos, los chalecos, los chaqués y las polainas; fomentaría las camisas de cuello abierto, los pantalones cortos e incluso el hecho de caminar en público a pecho descubierto.
Era un joven atractivo, rubio, esbelto: el príncipe azul del mundo. A medida que crecía, tan solo su hermano menor, Jorge, que era moreno y alto, mientras que él era bajito —no más de 1,65 metros—, se le podía equiparar. Ambos hermanos tenían un aire femenino: en Oxford, donde no era muy buen estudiante, los rumores vinculaban al príncipe de Gales con su tutor, Henry Peter Hansell; se les conocía familiarmente como «Hansel y Gretel». La reina María había enseñado a los chicos a tejer ganchillo desde niños; mucho se cebaron en eso los críticos, aunque de hecho era una costumbre británica de la época instruir a los miembros varones de la familia en lo que hoy entenderíamos como habilidades predominantemente femeninas.
El príncipe de Gales era partidario de Austria y Alemania; lamentaba mucho las divisiones en la familia real que habían precedido a la Primera Guerra Mundial. Y también lo hacía su madre, la princesa de Teck, que, aunque nacida en Londres, era alemana. El primo de Jorge V y padrino del príncipe, el zar Nicolás II, había sido asesinado por los bolcheviques en Ekaterimburgo; Eduardo nunca olvidó aquello y se comprometió desde joven a barrer el comunismo. Otro primo de su padre, el káiser Guillermo II, le fascinaba; y, por ello, se hizo muy amigo de su familia, hablaba alemán y pasó gran parte de su juventud en Alemania. El primo favorito del príncipe era Carlos, el duque de Sajonia-Coburgo-Gotha, educado en Eton, y quien llegado el día desempeñaría un papel siniestro en su vida.
En la década de 1920, el príncipe emprendió sus famosos viajes imperiales. Ninguna figura real anterior ni posterior cubrió tanto territorio ni saludó a tantos miles de personas. Su porte pequeño y esbelto, su cabello dorado a modo de corona, se convirtieron en el símbolo mundial de la promesa que representaba la juventud.
Era el soltero más deseado de la época, sobrepasando incluso a Valentino en inmensa popularidad entre las jóvenes de todas las naciones. En enero de 1923 la prensa anunció que se iba a casar con lady Elizabeth Bowes-Lyon, cuyo rostro miraba al lector del diario con gracia desde un adorno ovalado y bajo una guirnalda de flores. Una semana más tarde se anunció el compromiso de esta con su hermano Alberto; tiempo después, por supuesto, llegaría a ser la reina madre. Al año siguiente, la reina María de Rumanía intentó emparejar al príncipe con su hija, la princesa Ileana. En 1926 se rumoreó que lady Alexandra Curzon, quien pronto se casaría con su ayuda de cámara Edward Fruity Metcalfe, estaba comprometida con él. Ese mismo año, se relacionó a Jorge, el duque de Kent, con Beatriz de Borbón, infanta de España, y en 1928, con la princesa Ingrid de Suecia.
Max Beerbohm, artista y esteta, causó bastante sensación, aunque hoy se haya olvidado, en junio de 1923; con unos poderes parecidos a los de Nostradamus, predijo la abdicación que se produciría catorce años más tarde. Realizó una exposición en las galerías Leicester de Londres donde mostraba una caricatura del príncipe de Gales en 1972 en la que este, que ya había abdicado del trono, era un desdichado anciano casado con una chabacana celebridad social, hija de una casera. La caricatura fue duramente criticada pero Beerbohm se negó a retirarla de la exposición y más tarde se la vendió al representante de actores sir Gerald du Maurier.
Cada movimiento del príncipe generaba titulares; durante la estancia de Wallis en Hong Kong, Shanghái y Pekín, los periódicos estaban repletos de noticias suyas a diario. Su tendencia crónica a caerse de los caballos, su entusiasmo por conducir trenes de vapor, y su afición al charlestón, al black bottom y al jazz clásico de Nueva Orleans solían aparecer de forma destacada en la prensa.
Cuando Wallis llegó a Londres, el príncipe tenía treinta y pocos años. Era obstinado, caprichoso, encantador y furioso cuando se enfadaba. Iba décadas por delante de su época en lo que respecta a su obsesión por el ejercicio y por mantener una cintura estilizada y un cuerpo en buena forma física y bien entrenado. Se pasaba horas preocupado por la línea y cada mañana realizaba media hora de ejercicios; mientras todos aquellos que le rodeaban iban criando panza con pesados platos de carne, salsas y púdines, él mordisqueaba hojas de lechuga y fruta, y solo hacía una comida completa al día. Le encantaba el deporte y visitar clubes nocturnos; uno de sus días típicos comenzaba con un desayuno, que consistía en una manzana, a lo que seguía un enérgico partido de tenis, el almuerzo (más fruta), una tarde dedicada al golf o al polo y una cena de pescado o pollo hervido; la jornada terminaba en uno de sus clubes nocturnos preferidos, rodeado de la juventud dorada de la época y llevando del brazo a una preciosa debutante casadera.
El príncipe acababa de estar en París, donde se había visto envuelto en una relación erótica con la famosa Marguerite Laurent, la princesa Fahmy Bey, una belleza exótica que la noche del 9 de julio de 1923, en el tercer piso del hotel Savoy, en medio de una tormenta de reminiscencias góticas, había asesinado a tiros a su marido, un egipcio voluptuoso, debido a un ataque de celos suscitado por el aparente interés de este por otra mujer. Un botones que se encontraba transportando un equipaje oyó los disparos y encontró al príncipe Fahmy en su pijama de seda, sangrando por la boca. La princesa dejó caer el revólver humeante a los pies del hombre que agonizaba y se entregó al inspector del hotel. Hábilmente defendida por sir Edward Marshall Hall, fue absuelta sobre la base de que había sido provocada; después de heredar varios millones, se mudó al hotel Ritz de París, al que el príncipe de Gales dirigía su biplano para pasar con ella muchos fines de semana románticos.
Al mismo tiempo, él mantenía aún una relación, desde muchos años atrás, con Freda Dudley Ward, quien en 1918, a pesar del hecho de estar casada con un diputado de la Casa de los Comunes con el que tenía dos hijos, se había permitido adentrarse en un prolongado idilio con el príncipe. Se la había presentado, curiosamente, la hermana de Ernest Simpson, Maud Kerr-Smiley. Otros rumores aseguraban que el príncipe era bisexual y que durante uno de los viajes imperiales había disfrutado de una relación con su célebre primo Louis Mountbatten, mientras Edwin Mountbatten encontraba consuelo en un surtido de parejas entre las que se cita al famoso pianista negro de clubes nocturnos Leslie Hutch Hutchinson.
El 10 de junio de 1930, en una carta a Dora Carrington, el autor homosexual Lytton Strachey escribía:
Fui ayer a visitar la Duveen Room [Tate Gallery]. […]
Había un chapero moreno paseándose en botas de goma india y deseando ser escogido. Ambos nos entretuvimos delante de varias obras maestras, vagando de sala en sala. Después, al levantar la cabeza, vi a otro más atractivo: rubio esta vez…, con cabello grueso de un dorado vivo…, la tez sonrosada y muchísima vitalidad. Así que cambié de objetivo, y comenzaba a moverme hacia él cuando, al mirarle con atención, me di cuenta de que se trataba del príncipe de Gales; sin ninguna
duda. […] Hui…, quizá de forma absurda…, tal vez podía haber sido el comienzo de una relación muy entretenida.
Esto, por supuesto, no son más que las febriles imaginaciones de un charlatán brillante. ¿Ocurrió en realidad algo de esto? Probablemente la verdad sea que el príncipe, sexualmente ambivalente, no habría mantenido en la época ninguna relación homosexual; que le faltara virilidad a pesar de la imagen romántica que suscitaba a los ojos de millones de mujeres; y que incluso a finales de la década de 1920 fuera lo que los franceses llaman un demi-vierge, medio virgen. Vacilante e inseguro, era un amante poco satisfactorio, y sus inclinaciones homosexuales, profundamente reprimidas, se revelaron en lo que acabó siendo una aversión casi histérica a cualquier homosexual. Sin embargo, las figuras gays de la sociedad seguían soñando con su cabeza dorada y su cuerpo esbelto y perfectamente proporcionado. Era el principal objetivo de los cotilleos de la sociedad londinense cuando Wallis Spencer hizo su entrada en ella.
Quizá Ernest Simpson no fuera muy fascinante, pero se le abrían todas las puertas de, al menos, los niveles medios de aquella sociedad en el momento en que Wallis, cansada de vagar, agotada de luchar, se casó con él, tras un breve noviazgo que no fue consecuencia del amor sino de la apatía. El matrimonio se celebró en la oficina del registro civil de Chelsea el 21 de julio de 1928. La madre de Wallis, que sufría un tumor en el ojo, no pudo desplazarse desde Washington y ya había dejado claro que no aprobaba a Ernest, posiblemente porque había adivinado que era judío o tal vez porque su empresa empezaba a tambalearse financieramente. Desde Estados Unidos, no acudió absolutamente nadie, ni siquiera Corinne, ni Lelia, ni Mary Raffray, ni Consuelo, cuyo marido Benny había solicitado un traslado a París. Los testigos fueron el padre de Ernest y el hijo de Maud, Peter, a quien parecía gustarle Wallis tan poco como él a ella. El entorno era soso y estaba sucio, y el banquete no se celebró en la elegante Grosvenor House, donde tenían lugar la mayoría de los eventos de este tipo, sino en el anodino Grosvenor Hotel, una mole sórdida en medio del barullo de la estación Victoria.
No era un comienzo muy prometedor para el matrimonio. Pero al menos la pareja demostró algo de estilo al viajar al continente en un flamante Lagonda conducido por un chófer uniformado. Durante el viaje de luna de miel, que comenzó en París para después continuar por toda Francia y España, Ernest siguió enseñándole a Wallis mucho de arte y arquitectura. La llevaba de un sitio a otro sin descanso, mostrándole galerías, museos y palacios.
De vuelta en Londres, los Simpson encontraron una casa en el número 12 de Berkeley Street, en Mayfair. Era un buen sitio, no alejado de las maravillas de Hyde Park y Green Park. Se lo alquiló amueblado para doce meses Margot, lady Chesham, y en el contrato de arrendamiento estaban incluidos un cocinero, una doncella, un mayordomo y un chófer. Esa era la forma de vida habitual de la clase media alta en aquella época ya perdida.
Maud Kerr-Smiley hizo que Wallis se sintiera en Londres más o menos como en casa, a pesar de que odiaba el clima. Maud celebró una serie de fiestas en su honor y Wallis correspondió con amabilidad. Leía los numerosos periódicos de la ciudad de modo voraz, siguiendo especialmente cada movimiento del príncipe de Gales. Aunque se engañaba a sí misma y al resto, alegando que la obsesión británica con todo lo que rodeaba a la realeza era absurda y equivocada, el hecho es que su ansia por el tema la llevaba a leer una y otra vez el Court Circular, el documento oficialmente autorizado que daba cuenta diaria en The Times de los compromisos que los miembros de la familia real tenían cada día de la semana. Wallis no estaba bien de salud; con frecuencia contraía resfriados; su matrimonio no tenía alicientes y ella estaba triste gran parte del tiempo.
Durante el otoño de 1928, el príncipe apareció continuamente en las noticias. Estaba planeando una visita a Egipto y al resto de África, un viaje que incluiría un safari en Kenia y una relación con la aviadora Beryl Markham; disfrutó de sus favores alternándoselos con su hermano Enrique, duque de Gloucester, en un escándalo que fue cuidadosamente ocultado por los asesores de prensa de la Casa Real; aparecía en público sin chaleco, lo que instauró una nueva moda; se le vio ayudando a un niño a desenterrar lombrices en la costa; y se reunió en Francia con los veteranos de guerra de las batallas de Ypres para asistir a un funeral en el escenario del sangriento conflicto. Ese tipo de cosas, aparentemente triviales, eran las que suscitaban su interés: su amor al Imperio y la necesidad de preservar la seguridad en el canal de Suez, a través del cual se realizaban las rutas comerciales con la India; su familiaridad y cariño hacia los niños y los pobres; y su obsesión por los horrores de la Primera Guerra Mundial, que consideraba fútil y estúpida, y consecuencia de los innecesarios conflictos mantenidos entre su abuelo, el rey Eduardo VII, y el primo de su padre, el káiser Guillermo de Alemania. Esa guerra le había costado a Inglaterra la flor y nata de su juventud, y el príncipe de Gales, que había participado en el frente de Francia, estaba decidido, con toda su alma, a que nunca volviera a producirse otro holocausto de disparos, bombas y gases.
Todo esto podía comprenderlo Wallis al leer sus discursos, sobre todo la apasionada alocución de Ypres. Ella seguía odiando la guerra; le había producido una gran angustia durante su estancia en Pensacola, y nunca había logrado olvidar la muerte del hermano de su marido, Dumaresq Spencer, en acto de servicio en Francia. Y después, en Cantón (China), había visto en primera fila el horror y el peligro provocado por las sangrientas batallas entre los comunistas y los fascistas chinos. No pudo evitar sentir simpatía por la neutralidad del príncipe de Gales desde el primer momento.
Existía también otro asunto del que ella pronto estuvo al corriente y que no logró llegar ni siquiera a los periódicos más sensacionalistas. Cuando aún mantenía relaciones con Freda Dudley Ward y la princesa Fahmy, el príncipe encontró un nuevo amor: Thelma, lady Furness, la hermana gemela de Gloria Vanderbilt y la hermana pequeña de Consuelo Thaw, la amiga de Wallis. Thelma tenía una belleza sensual, morena, herencia de un antepasado latino. Su acento estadounidense hizo el resto: el príncipe siempre se encaprichaba de las norteamericanas. La conoció en una feria de ganado; ya conocía a Consuelo y a su marido Benny, dijo él, de la época en la que Benny era diplomático en Buenos Aires. Thelma se mudó con todo el descaro a Fort Belvedere, la casa del príncipe situada en el confín del Gran Parque de Windsor, y redecoró el dormitorio de invitados como el suyo, en rosa chillón, y colocando las tres plumas blancas, emblema del príncipe de Gales, en la parte superior de cada uno de los cuatro postes de madera de su cama. Al príncipe le divirtió mucho esta muestra de vulgaridad. Empezaron a practicar juegos infantiles: se compraban ositos de peluche en Harrods y se los intercambiaban como muestras de paz después de las discusiones; bordaban juntos, un arte que a ambos les habían enseñado sus respectivas madres; y se llamaban el uno al otro papá y mamá: mamá era el príncipe. Su relación sexual parece haber sido infantil y poco satisfactoria. Thelma se quejó tiempo después ante sus amigos de que el príncipe no estaba bien dotado y era un pésimo amante. Con bastante rencor le llamaba, como también lo hicieron otras, «hombrecito».
Wallis se enteró de que en diciembre de 1928 el príncipe se había visto obligado a regresar repentinamente de su viaje a Dar es Salaam (Tanganica), porque su padre se encontraba gravemente enfermo; Mussolini, a quien siempre estaría agradecido, le proporcionó el transporte. Wallis, ya fuera por accidente o de forma calculada, alcanzó a verlo una tarde oscura cuando él salía de York House, en el palacio de St. James, en el reluciente Daimler negro de la Casa Real en dirección al palacio de Buckingham para atender a su padre enfermo. Ella afirma que iba a buscar a su marido a la City cuando lo vio; en realidad, a Ernest siempre lo traía a casa un chófer, y el palacio no se encontraba de camino desde Upper Berkeley Street. Sin embargo, es probable que, al igual que muchos entusiastas, ella estuviera simplemente esperando allí para ver si veía al príncipe.
La vida de Wallis transcurría muy lentamente; Ernest era un hombre lascivo que se insinuaba continuamente a las mujeres en las fiestas. Ella lo aceptaba. Mantenían cuentas juntos y disfrutaban de cenas, partidas de bridge y backgammon. La única sombra de su vida era la enfermedad de su infeliz madre, quien, como escribió la tía Bessie, había envejecido mal y a los cincuenta y tantos ya era una anciana. A principios de 1929, Wallis y Ernest zarparon hacia Estados Unidos en el Mauretania para visitar a Alice, cuya apariencia les dejó asustados. Regresaron para realizar un viaje por Inglaterra, pero el dolor y el disgusto se mantuvieron.
El contrato de arrendamiento de la casa de Upper Berkeley Street venció después de un año, y lady Chesham, que se había reconciliado con su marido, capitán de los Húsares Reales, de quien había estado separada, quería recuperar el domicilio. Wallis y Ernest se mudaron provisionalmente a un piso en Hartford Street, y andaban buscando casa cuando les llegó desde Estados Unidos la noticia de que Alice se estaba muriendo.
Wallis viajó sola en el Olympic. Tan oportuna como siempre, llegó en pleno crac de Wall Street. Conoció la noticia estando en el barco, y le fue imposible vender sus acciones a tiempo. Perdió casi todos sus 15 000 dólares de la herencia Warfield; su reclamación, cursada con el nombre de Josephine
Warfield, no fue atendida hasta el año siguiente, en que se desestimó[8].
Solo le llevó un día o dos enterarse de que la mayoría de las acciones estadounidenses de Ernest también habían sido canceladas. Fue una semana dolorosa, y la muerte de Alice el 2 de noviembre fue la gota que colmó el vaso. Alice no le había dejado nada; era una sucesión intestada. Charles Gordon Allen, su infeliz marido en aquel momento, también estaba en la miseria; sus exiguos ahorros desaparecieron con la crisis. Wallis zarpó de regreso a Inglaterra llena de incertidumbre.
Por suerte, Simpson, Spence and Young no dependía de sus negocios estadounidenses; la compañía siguió comprando y vendiendo navíos con un buen beneficio en Alemania, Italia y los países escandinavos. Los Simpson lograron reunir suficiente dinero para comprar algunos muebles, y Wallis y Ernest encontraron un buen piso en el número 5 de Bryanston Court, en George Street; era amplio y cómodo, e incluía una plantilla de sirvientes que se alojaban en otras zonas del mismo edificio. El piso tenía un pequeño vestíbulo antes del salón, un comedor que podía dar cabida a catorce comensales, tres dormitorios —un dormitorio principal, un segundo dormitorio y un dormitorio para invitados—, dos baños y una cocina grande. Wallis decoró las habitaciones con buen gusto, con la excepción del dormitorio de invitados, que arregló con una gran cama blanca redonda y sábanas y almohadas rosas. Cuando los invitados entraban en el salón, al mirar a la izquierda veían un sillón de brocado mullido y detrás de él una mesa de caoba con un jarrón chino traído de Pekín; delante había un armario Chippendale repleto de pequeños adornos chinos; enfrente, un espejo estilo Regencia sobre una chimenea tradicional; y a la derecha una silla Reina Ana con el asiento en seda rayada y un sofá grande, tapizado igualmente en seda. Las estanterías de obra mostraban la colección de Ernest de libros de Dickens y de A. A. Milne, autor de Winnie the Pooh, su libro favorito, y a cuyo personaje principal él recordaba en más de un sentido.
Durante gran parte del otoño y el invierno de 1929, las actividades del príncipe de Gales consistieron en realizar acrobacias aéreas, reformar sus casas con Thelma y planear otro viaje a África, que tuvo lugar en enero de 1930. Wallis siguió sus movimientos a diario: su largo viaje a Ciudad del Cabo capeando un temporal; su proceso febril; su cacería de elefantes cerca de Nairobi; y, durante el mes de marzo, un rebrote de malaria. Lo que ella no sabía era que Thelma Furness, que estaba participando con su marido en otro safari, se reunió con el príncipe a finales de febrero en Kenia. En una cacería de leones organizada por el gobernador, Thelma se escabulló de lord Furness tras un día de caza y se unió al safari del príncipe para pasar con él cuarenta días. Por las noches su romance supuestamente crecía en intensidad; veintiocho años más tarde, en un libro, firmado a dos manos con su hermana gemela Gloria, ella escribió:
Era nuestro Edén y estábamos solos allí. Sus brazos
rodeándome eran la única realidad; sus palabras de amor, mi único puente con la vida. Arrastrada por la creciente marea de su ardor, me encontré separada del habitual muelle de la prudencia. Cada noche me veía más poseída por nuestro amor, arrastrada cada vez con más velocidad hacia mares desconocidos de sentimientos, feliz de permitir que el príncipe trazara la ruta, sin pensar adónde nos llevaría el viaje.
Esta explicación apenas encaja con sus posteriores quejas de que él era sexualmente inadecuado como pareja; probablemente estaba fantaseando por gusto. El acceso de malaria del príncipe fue breve; Thelma ya estaba en su viaje de regreso a Inglaterra cuando él se recuperó. Filmó elefantes en sus guaridas de Uganda, escapando por poco de una carga de uno de los animales, filmó rinocerontes en el Congo, y voló a Asuán y a El Cairo para visitar los monumentos del antiguo Egipto. El avión utilizado en su viaje a El Cairo se estrelló el día después de que él lo dejara, y sus ocupantes murieron. Estaba de vuelta en Inglaterra en abril.
En octubre de 1930, Benny y Consuelo Thaw se mudaron de París a Londres, donde él fue nombrado primer secretario de la embajada estadounidense. Al mismo tiempo, y para regocijo de Wallis, Corinne Mustin Murray también apareció en la ciudad; su marido, George Murray, era el ayudante del agregado naval. Wallis comenzó a sentirse mucho más en casa en Londres. Se convirtió en parte de la colonia estadounidense, que solía encontrarse al menos dos veces a la semana e intercambiaba noticias de su país.
A través de Benny y Consuelo, Wallis conoció a Thelma Furness. Una vez hubo dado a luz a un hijo, Tony, a lord Furness ya no le importaba la continuada relación con el príncipe de Thelma; y Furness, que era inmensamente rico gracias a sus cruceros de luna de miel a las islas Bermudas a pesar de la crisis, disfrutaba de una luna de miel continua con jóvenes bellezas en el sur de Francia. Como si intentaran rodear al príncipe por todos los frentes, no solo Thelma pasaba los fines de semana en Fort Belvedere, sino que además Gloria Vanderbilt y su hija, «Gloria la Pequeña», se mudaron al imponente Three Gables, edificio que se encontraba directamente enfrente de Fort Belvedere y que podía vigilarse desde las ventanas reales.
Incluso mamá Morgan, Laura Kilpatrick, la pintoresca madre de las hermanas, se mudó a Three Gables para completar el asedio. Mientras tanto, inspirado por la iniciativa estadounidense de Thelma, el príncipe remodeló Fort Belvedere desde el suelo hasta el techo, instalando calefacción central — un gran lujo en la Inglaterra de aquella época—, un baño turco, un gimnasio y una piscina. El príncipe llegaba con Thelma de forma romántica a este escondite en avión, haciendo que el nuevo piloto encargado de los vuelos reales, el teniente Edward Fielden, aterrizara con pericia sobre la hierba de Smiths Lawn, en el Gran Parque de Windsor.
Wallis se hizo amiga de Thelma; posiblemente le dio la impresión de que a través de esa conexión lograría poner un pie en la corte. En cualquier caso, ambas mujeres quedaban para comer, habitualmente en el Ritz, y disfrutaban con los cotilleos del momento; cuando, a mediados de enero de 1931, Consuelo y Benny Thaw invitaron a Wallis a Burrough Court, la casa de los Furness en Melton Mowbray (Leicestershire), el centro de la campiña en la que más se practicaba la elegante caza del zorro, ella aceptó sin pensárselo. Los Thaw le prometieron algo excitante: se esperaba que el príncipe de Gales y su hermano el príncipe Jorge, que todos los años asistían a la cacería Quorn Hunt desde su casa cercana, Craven Lodge, estuvieran también en la fiesta. Lord Furness se encontraba de safari en África en aquel momento.
En el último minuto, la madre de Benny enfermó en París y Consuelo voló hasta allí para cuidarla. Wallis, Ernest y Benny decidieron subir a Melton Mowbray en tren. Estaban en pleno enero y había demasiada niebla para conducir de forma segura.
Wallis estaba nerviosa ante la posibilidad de conocer al príncipe de Gales y se pasó el día en la peluquería. Cuando llegó el sábado, pudo enfrentarse a sí misma de forma más o menos calmada: el piso de Bryanston Court estaba lleno de espejos. Pero seguía aterrorizada: que si no iba a darle una buena impresión; que si se vería fuera de lugar, como había estado en Warrenton, en un ambiente en el que los caballos y la caza eran los principales temas de conversación; que si no se encontraría suficientemente bien —acababa de pillar un resfriado— como para deslumbrarle…
Por fin se encontró preparada. Acompañada por el sufrido Ernest, condujo hasta la estación de St. Pancras, donde se reunieron con Benny Thaw para emprender el viaje. Wallis se fue encontrando peor a medida que avanzaba el día. Mientras el tren traqueteaba a través de la niebla y de la nieve amontonada, ella tosía y estornudaba de forma incontrolada; estaba segura de que tenía fiebre. De repente advirtió que no tenía ni idea de cómo debía dirigirse al príncipe. Benny le dijo que el trato correcto era «señor». Cayó en la cuenta de que tampoco sabía hacer una reverencia; Benny debía enseñársela de inmediato. Así que en aquel tren que se balanceaba, traqueteaba y además estaba cubierto de hollín, Benny Thaw, diplomático de carrera y primer secretario de la embajada estadounidense en Londres, consiguió realizar una torpe reverencia. Wallis se sentía tan mal que no fue capaz ni de reírse. Pero imitó a Benny y al final del viaje dominaba el arte a la perfección.
El tren entró despidiendo vapor en Melton Mowbray en medio de una densa niebla amarilla. Thelma les había enviado un coche. Con una lentitud dolorosa, el chófer tuvo que luchar contra la humedad y las zonas sombrías y heladas. Finalmente, se detuvo delante de una casa grande, con tejado a dos aguas, que imitaba el estilo Tudor. «Tudor de nuevos ricos», calificaría más tarde Osbert Lancaster este estilo arquitectónico. Averill Converse, hijastra de Thelma, era quien estaba en la puerta —en lugar de hacerlo el mayordomo— para recibir a los invitados. Averill les dijo a sus huéspedes que Thelma se había acercado a Craven Lodge para recoger a los dos príncipes. Cuando Ernest y Wallis subieron a su habitación para refrescarse, lo único que ella era capaz de hacer era estornudar y toser de forma lamentable.
Averill ofreció a sus invitados un prolongado té de la tarde. Las horas iban pasando en el reloj del abuelo. Wallis comenzó a preguntarse si los príncipes iban a aparecer en algún momento o si se habrían quedado aislados en la niebla. Finalmente, después de dos horas, a las siete de la tarde, oyó el sonido de un coche acercándose por el camino de gravilla y más tarde un murmullo de voces. Entonces, el mayordomo abrió la puerta principal.