La señora Simpson : las vidas secretas de la duquesa de Windsor, la mujer que estuvo a punto de arruinar la monarquía

2 una Jovencita Cabezota

 

A medida que iba creciendo, Wallis desarrollaba nuevas aptitudes. Se zambullía de forma temeraria en cualquier aventura audaz, y solo le daba miedo cuando ya se había adentrado demasiado en ella. Uno de sus compañeros en Arundell recuerda: «Una noche nos picó para que espiáramos una ceremonia masónica. Nos pilló un agente de policía que nos amenazó con arrestarnos. A Wallis le entró pánico y huimos. ¡Nos dijo que se iba a tirar al río! Todos le tomamos el pelo por aquella frase durante años». Otro alumno cuenta: «Parecía una cabeza loca. Quiero decir, gritaba mucho en las fiestas […] era elegante y estilosa sin ser en realidad guapa ni tener mucho sentido común».

Wallis se puso furiosa en 1907 cuando, después de once años de viudedad, su madre se buscó un amante. John Freeman Rasin era el hijo mayor del líder del Partido Demócrata de Baltimore, tenía treinta y siete años y era un desastre. No había estado casado nunca y era el peor candidato a marido posible: un alcohólico alto, de cara redonda y muy corpulento al que le gustaba estar todo el día tumbado en la cama leyendo tebeos y bebiendo cerveza. Su excesivo amor por la botella ya le había ocasionado dolencias renales y hepáticas. Pero había sido generoso con Wallis y Alice al ofrecerle a esta, que aún cargaba con el estigma de su primer matrimonio, la oportunidad de disponer de un hogar adecuado y un padre para su hija.

Durante el noviazgo, en el que Wallis se enfurruñaba y desmayaba cada vez que entendía que sus exclusivos dominios eran invadidos, Alice se mudó a una dirección mejor: el número 212 de Biddle Street. Allí, desafiando todas las convenciones, pasaba las noches con Rasin en la habitación de invitados, separada apenas por una fina pared de su hija de once años. Cuando Alice le anunció que Rasin iba a convertirse en su marido, Wallis se agarró un tremendo berrinche y no dejó de gritar como una histérica. Para ella resultaba bastante obvio que el mundo se había acabado. Declaró su intención de boicotear la boda hasta que la tía Bessie Merryman la convenció para que asistiera. La tía Bessie podía convencer a Wallis de cualquier cosa.

La ceremonia tuvo lugar a las tres de la tarde del 20 de junio de 1908 en el número 212 de Biddle Street; una vez más, no pudo ni plantearse una boda religiosa. En esta ocasión los Warfield y los Montague sí acudieron. Pero Wallis no era capaz de ver cómo se casaba su madre. Cuando ya no hubo nadie que prestara atención a su demostración de berrinches, abandonó el salón en plena ceremonia y se dedicó a despedazar la tarta de boda. Estaba decidida a robar el anillo, el dedal y las arras que iban en su interior, pero fue sorprendida en dicha tarea justo en el momento en el que acababa de localizar esos escurridizos tesoros. Todos los asistentes a la boda estallaron en una carcajada al verla.

Se comportó mejor en la boda de su prima favorita, la preciosa rubia de ojos azules Corinne de Forest Montague, en 1907: un acontecimiento rodeado de glamur, ya que Corinne se casaba con Henry Croskey Mustin, un pionero de la aviación naval de treinta y tres años, de facciones duras y atractivas. Hubo una guardia de honor completa uniformada de blanco. Wallis se juró que se casaría con un marido similar y tendría una boda aún más distinguida.

A los doce años, Wallis era una rebelde y un chicazo, casi demasiado brillante para que la soportaran. Con su voz de pito, su constante aluvión de preguntas, su aire de seguridad y descaro, y sus teatrales ataques de enfermedad, todos la consideraban una buena pieza. Aguantaba con diligencia las prácticas religiosas anglicanas de los Warfield y los Montague, que se aseguraron de que fuera confirmada a pesar de que, por supuesto, nunca había sido bautizada. Resistía las interminables oraciones de la mañana, el mediodía y la noche, y el irritante consejo de los pastores guiados por el reverendo Francis Xavier Brady, que tenía la misma idea de los sueños febriles y románticos que anidaban en la cabeza de una joven que la que podía tener de un lunático. En una época en la que se suponía que las chicas no debían pensar más que en coser, cocinar, preparar menús, vestirse y jugar al baloncesto, Wallis ya perseguía a los chicos (que solían estar más acostumbrados a ser los perseguidores) y se planeaba un futuro como médico, científica o exploradora.

Había muchas cosas que le apasionaban: pasear por caminos comarcales con su carro de burros, ponerse elegantes blusas nuevas y calzarse botas de cordones… Por encima de todo, le encantaba el gusto, el olor, el tacto de la riqueza. Era una adicta a sus primos ricos y guapos: Lelia Barnett, que vivía en una mansión en Virginia, Wakefield Manor, con un pórtico de cuatro columnas jónicas, y Corinne, instalada en aquel entonces en una casa preciosa en Washington y que pronto se trasladaría a Florida. A Wallis le gustaban el lino irlandés fino, las blondas de encaje, los servilleteros de plata maciza, el cristal de Waterford, los platos de Crown Derby, las orquídeas, los tapices, los candelabros, las joyas —diamantes, esmeraldas, rubíes…— y el dinero.

En 1911 Wallis fue al exclusivo y esnob campamento de verano de Burrland, organizado en una finca familiar de Middleburg (Virginia). Cuando estaba allí, disfrutando de aquella mansión anterior a la guerra civil americana y sus cuarenta hectáreas de terrenos, se enamoró por primera vez. El objeto de su «chifladura» —palabra que se utilizaba entonces para el enamoramiento— era el adolescente Lloyd Tabb, un rico heredero delgado, moreno, atlético y atractivo. El resto de chicas de Arundell y Burrland se morían de celos por la pieza cazada. Se preguntaban unas a otras cómo ella, la menos guapa de todas, se las había arreglado para pescar al chico más deseable que nunca habían visto.

El secreto era que Wallis había investigado sobre su presa. Ella, que no tenía el más mínimo interés por el fútbol americano, averiguó cada tanto que había anotado Tabb. Se enteró de los minutos que había aportado a la victoria en cada competición, de qué sabor le gustaban los helados y también que le encantaba patinar en invierno. Los amigos de él la ayudaron en esta conspiración para seducirle.

Ella supo cómo alabarle, cómo adular el ego del adolescente. Aunque fuera algo presuntuoso, sabía qué fibras tocar. Pero también sabía cómo embelesar a la familia Tabb hablando con vos cantarina sobre Glenora, su gloriosa casa anterior a la guerra civil adornada con columnas. Pasó largas y doradas tardes de verano allí, donde ella y Lloyd se leían los poemas imperiales de Kipling o compartían las páginas, primero leyendo ella unos párrafos y pasándole la tarea después a él, de la popular Monsieur Beaucaire, la novela favorita de Wallis, escrita por Booth Tarkington, que contaba la historia de un plebeyo en la corte de Luis XV de Francia. De manera significativa, le gustaban las historias de reyes y reinas, y de cómo la gente más humilde podía atraer su atención; El príncipe y el mendigo, de Mark Twain, era otra de sus obras preferidas, y se emocionaba con los audaces poemas de amor indios de Laurence Hope. Lloyd nunca olvidaría las sesiones de armonía que compartió Wallis con su familia en la galería de madera de Glenora. Años más tarde diría:

Curiosamente, Wallis casi nunca se unía a los demás cuando

cantábamos, aunque disfrutaba de forma ostensible de los esfuerzos del resto. Era una de las que mejor proponía qué nuevas piezas podíamos interpretar. Hacía un par de

sugerencias y se reclinaba sobre sus delgados brazos, girando la cabeza atenta, y mediante su concentración nos hacía sentir que realmente éramos un grupo de cantantes llenos de talento.

Tabb, de modo elegante, no mencionó que Wallis tenía un pésimo oído. Su habilidad consistía en aparentar que estaba disfrutando con los logros musicales de otros; tenía el encanto de ser considerada.

Lloyd disponía de un automóvil deportivo de la marca Lagonda, rojo brillante, en el que a Wallis le encantaba salir a pasear. La primera noche que él la llevó a dar una vuelta, ella le dijo, al besarle en el portal de Biddle Street: «¡Ah, el líder de los jóvenes me honra con su presencia!». Después giró hacia atrás la cabeza y se rio. Lloyd nunca olvidó esas palabras. Ni a Wallis.

En 1912, Wallis comenzó a asistir a Oldfields School. Había decidido que esta institución era mejor que su rival, Arundell, a pesar de que abandonar una en favor de la otra en lugar de continuar en la que se encontraba hasta haberse graduado fue considerado un escándalo. Incluso tuvo el descaro de ir a Burrland ese verano desde su nueva escuela, enfrentándose desvergonzadamente a la clase y el equipo de baloncesto a los que acababa de dejar plantados. En sus memorias escribió que se había graduado en una escuela antes de pasar a la otra, pero lo cierto es que en ambos colegios los estudiantes permanecían de los siete a los dieciocho años.

Oldfields era la escuela femenina más cara de Maryland y el tío Sol tuvo que rascarse el bolsillo para enviarla allí. Ella pensaba que se lo podría permitir, dado que era el presidente de la Seabord Air Line Railway y otras seis compañías ferroviarias. La escuela ocupaba una granja del siglo XVIII de listones blancos rodeada de 80 hectáreas de terreno a orillas del río Gunpowder. Había sido fundada en 1867 por el reverendo Duncan McCulloch y su mujer Anna, cuya familia era la propietaria de la granja. Anna, conocida como la señora Nan, era la directora cuando Wallis fue admitida.

Las mejores amigas de Wallis en Oldfields y en la escuela de verano de Burrland eran Renée du Pont, heredera del imperio químico Du Pont, y la deslumbrante Mary Kirk, heredera de Kirk Silverware. Las tres chicas juntas, conocidas como «las tres mosqueteras», decidieron sacar lo mejor de aquel ambiente estricto, gris y profundamente religioso de la escuela, dirigida por su propietaria y principal profesora, siempre digna y vestida de negro. Pasaban los días memorizando capítulos enteros de la Biblia, recitando oraciones, aprendiendo a coser o recibiendo lecciones de cocina. Aunque también había momentos más llevaderos: las visitas del padre de Renée, el senador Du Pont, que repartía monedas de oro de 20 dólares a las chicas; las excursiones a Burrland en un carro de heno que iba traqueteando y que hacía que todo el mundo acabara alegremente magullado; las representaciones en el gimnasio; la puesta en escena de un espectáculo de vodevil en Middleburg en el que la rica heredera Lucie Lee Kinsolving, amiga de Wallis, hacía de Don Juan, con bigote y todo, y cantaba «Queridas, encantadoras mujeres» mientras Wallis y Mary se desmayaban de placer; los pícnics de medianoche en los que Wallis y Mary salían sigilosamente de la cama para compartir los productos de contrabando de la tía Bessie —una cesta de aceitunas, cerveza (!), bizcochos, dulces y mantequilla de cacahuete— y disfrutar el festín en el campo; calzarse unas medias azules para asistir a una carrera de caballos dominical; dejarse retratar en daguerrotipo; ir invitada a una fiesta de disfraces junto a Mary Kirk, en la que esta se vestía del famoso personaje de historietas cómicas Buster Brown y Wallis de su amada Mary Jane; hacer una excursión a Washington a ver al renombrado actor sir Johnston Forbes Robertson en Hamlet, viaje en el que las chicas chillaron excitadas desde que llegaron al mismo andén de la estación ferroviaria y en el que pasaron una noche gloriosa en un hotel donde Wallis y Mary despertaron a toda la escuela desde el piso de abajo cuando se pusieron a reclamar a gritos ginger ale y sándwiches bien entrada la medianoche.

También celebraron fiestas para recaudar fondos, y bailes y puestas de largo y graduaciones, y, por supuesto, estuvo el elegante Lloyd Tabb y su Lagonda rojo, y el segundo pretendiente de Wallis, el joven larguirucho Tom Shyrock, que salía a cabalgar con ella. Tom diría años más tarde: «Wallis afrontaba los saltos más elevados sin pestañear. Había algo regio en su forma de sentarse sobre un caballo. Yo estaba muy orgulloso de mi estilo como jinete, pero tenía que quitarme el sombrero ante Wallis».

Como millones de jovencitas en aquella época, a Wallis le chiflaba el príncipe de Gales, aquel heredero al trono británico de diecisiete años con el pelo dorado. Guardaba docenas de fotografías de él en su habitación, recortaba los artículos que lo mencionaban y seguía sus movimientos sin descanso. Lloyd y Tom no le dieron ninguna importancia a esta chiquillada.

En 1914, Wallis dejó Oldfields. Alice, que había perdido a su marido y envejecido de forma evidente, alquiló un apartamento en Baltimore, en el número 16 de Earl Court, en Preston Street, la calle en la que vivían tantos Warfield. Wallis tenía dieciocho años y debía presentarse en sociedad, algo a lo que —según requería la costumbre— debía seguir tan pronto como fuera posible el matrimonio con un joven atractivo y rico de una antigua familia de la ciudad. Pero antes, insistió ella, quería ir al baile de Princeton con su prima Lelia, la de Wakefield Manor, como acompañante del débil pero guapo Basil Gordon, hermano de esta. Basil, que estaba saliendo con otra chica, dijo que aquello era completamente imposible. Wallis puso el grito en el cielo hasta que Basil consiguió que su mejor amigo rompiera su cita previa para llevarla. Wallis pasó de los berrinches al éxtasis. Alice y ella pasaron horas inquietas por el vestido que iban a lucir. Wallis acabó escogiendo un organdí azul y Alice prefirió el rosa. Wallis fue la triunfadora, al ser la única chica de la fiesta que iba de azul.

Y entonces llegó un reto mayor: la ocasión más importante del año para toda joven de Baltimore.