La señora Simpson : las vidas secretas de la duquesa de Windsor, la mujer que estuvo a punto de arruinar la monarquía
15 Elba
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
El Excalibur entró en las aguas verde pálido de Bermudas despidiendo vapor el 7 de agosto, al tiempo que sir Charles Dundas, gobernador saliente de Bahamas, y lady Dundas abandonaban Nassau en dirección a Río de Janeiro, desde donde volarían a un nuevo puesto en Uganda. Sir Charles no habría querido irse. Su mujer estaba enferma y el viaje sería excesivamente
incómodo para ella. Pero Churchill no le había dejado alternativa[35].
Los duques de Windsor se dirigieron a tierra en una barca auxiliar y llegaron al Royal Bermuda Yatch Club a las 14.45; cientos de espectadores estallaron en aplausos mientras el duque permanecía firme sobre una pequeña superficie oval de hierba rodeada de palmeras al tiempo que sonaba el himno nacional. Wallis permaneció en el muelle, hablando con la mujer de Francis Hastings-Brooke y hermana del gobernador, el teniente general sir Denis Bernard. Entre el grupo de bienvenida se encontraba Frank Giles, edecán del gobernador. El detective inspector Holder, el guardaespaldas real, advirtió a Giles de que los duques de Windsor se encontraban en peligro en todo momento de día y noche, y que no debía perdérseles de vista.
El duque pasó revista a la guardia de honor, parándose a hablar brevemente con un joven del Cuerpo de Fusileros Voluntarios de Bermudas. Después partió hacia el palacio del gobernador en un carruaje de Estado con sir Denis y el edecán, mientras Wallis y la señora Hastings-Brooke les seguían con el resto del séquito en otro carruaje. Aunque el duque parecía encontrarse alegre, tranquilo y del mejor de los humores, en realidad no lo estaba. La razón era que la señora Hastings-Brooke y las damas que la acompañaban no habían hecho hasta entonces ninguna reverencia a Wallis y nadie se había dirigido a ella como «Su Alteza Real». En la cena de esa noche tampoco se comportaron como él deseaba. De Londres habían llegado instrucciones de que bajo ningún concepto se debía tratar a Wallis como miembro de la realeza y que, como mucho, lo máximo a lo que se podía llegar era a media reverencia. A la duquesa uno debía dirigirse con la fórmula «Su Excelencia».
Sonrojado y nervioso ante la falta de respeto hacia su mujer, el duque pasó todo el banquete enfurruñado. Después de la cena, cuando las damas se retiraron al salón y los caballeros se dirigieron a la biblioteca para beber brandy y fumar puros, el duque estalló diciendo: «Si yo hubiera sido el rey, no habría habido guerra». Esta frase tan típica de él pronunciada en una época en la que Gran Bretaña estaba entre la espada y la pared puso tan furioso a sir Denis Bernard que casi perdió los papeles. El antiguo ayuda de cámara del duque, Charles Lambe, que ahora era comandante de un crucero británico, dio un paso al frente y cambió de tema, pero el gobernador siguió furioso.
El agradable y relajado Frank Giles acompañó a los duques de Windsor a todas horas los siguientes días. En sus memorias, Sundry Times, escribió: «Tuve oportunidades de sobra para observarlos y cada noche apuntaba muchas cosas sobre mis impresiones. Entre ellas se incluía el curioso hecho, observado al haber visto ducharse al duque después de un partido de golf, de que este no tenía ni un solo pelo en el cuerpo, ni siquiera en los lugares donde uno esperaría que lo hubiera». Giles observaba además:
Era fascinante ver a esta famosa pareja junta y valorar el
impacto de la personalidad de cada uno sobre la del otro. Él [estaba] más enamorado de ella que viceversa, advertí, aunque sus sentimientos delataban una devoción vigilante, casi maternal. Cada noche, antes de que el grupo instalado en el palacio del gobernador se acostara, ella me preguntaba por las citas del día siguiente, sobre todo por la hora de la primera cita del duque, «porque soy el despertador de esta familia». Pero además del cronómetro, ella era también el perro vigía.
Giles recordaba que una noche estaban jugando al bridge. Se suponía que el duque debía estar preparando un discurso que debía dar al tomar posesión de su nuevo cargo en el palacio del gobernador de Nassau, pero en lugar de eso estaba charlando mientras la duquesa jugaba a las cartas. Ella se levantó de la mesa y entró en el salón diciendo: «Y ahora, David, ¿qué tal si trabajamos?». Él respondió avergonzado: «De acuerdo, cariño, ya voy». Al final, no subió al dormitorio a trabajar hasta casi medianoche. Cuando le dijo a Wallis que por fin iba a ocuparse de su tarea, ella le miró como una niñera «cuyo niño hubiera olvidado los preceptos que ella le había enseñado, provocándole de esta forma más pesar que enfado».
Aunque día tras día el duque insistía en que uno debía realizar una reverencia ante Wallis y dirigirse a ella como «Su Alteza Real», sus deseos nunca fueron satisfechos. El gobernador hizo todo lo que pudo por reprimir sus nobles sentimientos e intentó que la pareja se encontrara lo mejor posible dadas las circunstancias. Después de una extensa rueda de prensa la noche del 9 de agosto, la señora Hastings-Brooke celebró una cena en honor de los famosos invitados. Asistieron el almirante Kennedy Purvis y su mujer, el secretario de Estado para las Colonias Eric Button y su mujer, Charles Lambe y George Woods.
Al día siguiente, mientras el duque pasaba revista a las tropas canadienses emplazadas en la isla y después jugaba un partido de golf, Wallis visitó el acuario local. En un cóctel celebrado esa noche, una mujer estadounidense, la señora Beck, provocó bastantes comentarios adversos cuando, seguida por otras tres compatriotas, hizo una reverencia a la duquesa. Las inglesas presentes se quedaron mirándolas fijamente. Una ausencia notable en el cóctel fue la del obispo de Bermudas, el reverendo Arthur H. Browne, quien había roto personalmente las fotografías de la pareja expuestas en un escaparate de Hamilton (Bermudas) en la época de la abdicación. A pesar de eso, con todo su descaro los duques de Windsor asistieron a su servicio de la catedral el domingo 11.
Durante el sermón, el obispo realizó una curiosa referencia. En algún momento de los dos días previos, el duque había enviado un telegrama traidor a Lisboa indicándoles a sus contactos nazis que estaba deseando regresar para discutir los acuerdos de una paz negociada. La censura era muy estricta en Bermudas; incluso si el duque había enviado el mensaje a través de un consulado neutral o en una valija diplomática enviada desde una isla neutral, es dudoso que pudiera haber evitado ser interceptado. Mirando directamente a los duques de Windsor el obispo dijo, al analizar la epístola de san Pablo a Filemón: «Las cartas de san Pablo revelan muchas cosas. Como bien saben los censores hoy día, la correspondencia de alguien puede proporcionarnos las más íntimas revelaciones de la personalidad de quien la escribe».
En la noche del día 11, el duque visitó la isla de St. George y habló con los oficiales y la tripulación de un barco francés destinado allí; al día siguiente inspeccionó muchas tropas de la isla. También plantó un árbol de ponciana junto al mango que su padre había plantado en 1880. Mientras tanto, Wallis realizó varios cruceros alrededor de las bahías y ensenadas, y tomó el té con una buena amiga de la tía Bessie, Jeffrey Dodge, de la familia propietaria de la marca de vehículos Dodge.
El 15 de agosto la pareja zarpó hacia Bahamas. Nassau había sido barrida, repintada y limpiada a conciencia para la llegada real. Los duques de Windsor fueron en el barco canadiense Lady Somers, lo que habitualmente sería un procedimiento algo arriesgado para miembros de la realeza en tiempo de guerra. Sin embargo, un destructor británico no perdió de vista al Lady Somers durante todo el camino. Entre otros pasajeros estaba, por casualidad, el primo de Eugene Rothschild, el barón Maurice, quien demostró ser una genial compañía en el viaje.
Miles de personas se agolpaban tras el cordón policial a lo largo del muelle de Nassau mientras el séquito de bienvenida oficial, encabezado por el secretario colonial y John W. Dye, el cónsul estadounidense, todos de traje blanco, esperaban a lo largo del muelle acompañados de sus esposas. Las banderas inglesa y estadounidense ondeaban débilmente en la leve brisa. El calor era envolvente y sofocante.
El duque vestía el uniforme de general; Wallis llevaba un abrigo de seda azul marino, un sencillo vestido estampado y un gorro blanco bordado con madreperla. Los duques de Windsor no dieron muestra de la incomodidad que sentían en aquella humedad al estrechar las manos de los oficiales. Sin entretenerse más, el duque y la duquesa se dirigieron directamente a la cámara del consejo, donde, observados por 150 ciudadanos fascinados, se sentaron bajo un dosel rojo que llevaba el escudo de la corona bordado en oro. Wallis se sentó un peldaño por debajo del duque, pero uno por encima del lugar habitualmente reservado a la mujer de un gobernador. Era un detalle discreto que a las autoridades locales les había llevado horas discurrir.
El duque se quitó su gorra del ejército y se enjugó la sudorosa frente con un pañuelo grande de lino blanco que había sacado de su manga izquierda, mientras el teniente coronel R. A. Erskine-Lindop, comisario de policía de Bahamas, leía el nombramiento. Entonces, el jefe de justicia sir Oscar Daly dio un paso al frente para tomar el juramento sagrado. Reflejado en un enorme espejo que llenaba gran parte de la pared que estaba delante de él, el duque juró su lealtad a su hermano el rey y con una pluma de caparazón de tortuga firmó una versión escrita de la misma declaración. Wallis se puso en pie para observarle, rompiendo así el protocolo. Una vez realizó la segunda firma, él la miró directamente. Ninguno de los dos sonrió.
El duque dio el discurso oficial en el que había trabajado en Bermudas, que contenía una referencia extremadamente velada a su deseo de paz: un comentario acerca de «las cambiantes condiciones que las hostilidades han impuesto». La pareja estrechó la mano entonces a 285 personas, todas las cuales estaban empezando a desfallecer de forma visible en aquella sala sofocante donde no corría ni una pizca de brisa. La pareja continuó su camino hacia el balcón mientras la banda tocaba el himno nacional y la muchedumbre vitoreaba.
En la recepción oficial, el marido de lady Jane Williams-Taylor, sir Frederick, ofreció un discurso de bienvenida formal y embarazoso. Parece ser que a sir Frederick le impresionaron y afligieron tanto las actividades desleales de Wallis que le transmitió su mujer que olvidó la importancia de fingir estar de su parte para ayudar a su mujer a que le sacara la información secreta que conocía; ni siquiera, para enfado del duque, fue capaz de mencionar a Wallis.
Continuó ignorándola durante semanas hasta que Jane le convenció de que su actitud no era de ayuda si debían obtener información secreta; ella comenzó a mostrarse amable con Wallis e incluso, para hacer que se sintiera mejor, la invitó a su magnífica finca de Star Acres, recordándole la época que pasaron juntas en París. Más adelante, le mostró en su salón, dándole una imagen falsa de sus verdaderas simpatías, el retrato al óleo de Hitler que el Führer, a quien había fingido admirar, le había regalado en su visita a Múnich en 1934. Eso incluso superaba la fotografía de Ribbentrop que Wallis tenía en el tocador de su dormitorio, que era lo primero que ella y el duque veían al despertarse cada mañana.
Los duques de Windsor llegaron junto a sus anfitriones al palacio del gobernador. Wallis quedó horrorizada por su estado. A diferencia del edificio de Nassau, que estaba arreglado, bien construido y amueblado con estilo, su nueva residencia se desmoronaba. La piscina se encontraba fuera de uso y llena de hojas de palmera que habían caído allí durante una tormenta reciente. Los duques de Windsor apenas podían leer la inscripción «S. M. Rey Eduardo VIII», acompañada del sello real, que un gobernador anterior había hecho pintar en el fondo de la misma.
Para el 19 de agosto, los duques de Windsor ya habían dado tres ruedas de prensa. El duque aclaró que sus actividades oficiales durante el resto de la guerra se limitarían a aquellas islas, y solo con el mayor de sus esfuerzos logró que no se notara la amargura en su voz. La pareja recibió al menos alguna buena noticia en su estado de depresión: la asamblea de Bahamas había aprobado una partida de 8000 dólares para restaurar el palacio del gobernador. Wallis comenzó inmediatamente a retirar el horrible mobiliario de mimbre y los espantosos retratos de la reina María y la reina Victoria que dominaban el salón. Los duques de Windsor contrataron a pintores para que rehicieran la fachada de estuco rosa. Comenzaron a realizar reparaciones en el techo y llamaron a especialistas para que se ocuparan de las manchas de humedad y los desconchones del yeso. Pero de momento no podían hacer gran cosa con el dormitorio, con sus armarios anodinos, su monstruosa cama de latón y aquel enorme escritorio. Empezaron a hablar con el cónsul general estadounidense acerca de realizar un viaje a Canadá para visitar el rancho de Alberta y, muy nervioso, John W. Dye envió un telegrama a Washington para advertir de esta posibilidad. Existía gran temor de que los duques de Windsor fueran de Alberta a Washington, y el Departamento de Estado avisó a Whitehall de que no debía contemplarse una idea de ese tipo. Cuando el duque envió un telegrama a la Secretaría de Estado para las Colonias pidiendo que se le permitiera viajar a Canadá, lord Lloyd se puso en contacto con el embajador Lothian, quien declaró inmediatamente que no debía siquiera plantearse que los duques de Windsor realizaran dicho viaje. El telegrama de Lothian a la Secretaría de Estado para las Colonias, fechado el 24 de agosto, decía en parte lo siguiente:
Si el duque y la duquesa visitaran Estados Unidos en su viaje hacia Canadá, sin duda atraerían mucha publicidad e interés comercial de un tipo muy poco deseable. Pero la reacción de la prensa podría ser incluso más desafortunada si se creyera que no se estaba permitiendo que el duque visitara este país […]. En vista de la gran presión que soporta el presidente y por otros motivos, es obviamente poco recomendable que una visita de ese tipo se realice hasta una vez pasadas las elecciones, y creo, por tanto, que la idea de que Su Alteza Real venga a este país debería posponerse hasta después de esa fecha. En cualquier caso, a la opinión pública aquí le sorprendería mucho que Su Alteza Real abandonara ahora su puesto, tan poco tiempo después de su llegada al mismo. No es aconsejable que la opinión pública se lleve la impresión de que él no se está tomando en serio sus deberes públicos.
El día 25 los duques de Windsor asistieron a una recepción a la que se presentaron tres cuartas partes de los veinte mil ciudadanos de Bahamas. Incapaces de soportar el palacio del gobernador ni un momento más, la pareja se mudó temporalmente a la casa desocupada de Frederick Sigrist, genio del diseño aeronáutico y creador del Hurricane, uno de los aviones de combate más famosos utilizados por las Fuerzas Aéreas Reales contra Hitler. Era una casa agradable, situada en Prospect Ridge, de grandes habitaciones con techos altos, refrescada de noche por los intermitentes vientos alisios. Y es que el calor seguía dejando a la pareja completamente exhausta; incluso en Prospect Ridge, la falta de aire acondicionado era desagradable. Los duques de Windsor odiaban aquel ambiente colonial mezquino y cotilla. Nassau era extraordinariamente incómodo, claustrofóbico y provinciano. Su decadente encanto colonial y sus agradables comercios a imitación de los estadounidenses, sus palmeras y sus playas de coral apenas compensaban la sensación de alejamiento y futilidad que les suscitaba. Además, había agentes del Servicio Secreto de Inteligencia vigilándoles, y ellos lo sabían. En cierto modo les alegró la llegada desde Nueva York de un ayuda de cámara recién nombrado, el capitán Vyvyan Drury, y su mujer, Nina. Los Drury demostraron ser una compañía agradable, así como fieles sirvientes.
Wallis comenzó a recorrer la isla, intentando aprovechar al máximo la situación. El duque y la duquesa fueron volviéndose cada vez más íntimos de lady Jane Williams-Taylor, que seguía espiándoles. Sir Harry Oakes, el acaudalado rey sin corona de Bahamas, les ofreció que utilizaran su casa, Westbourne; se alojaron allí durante semanas, y en agradecimiento Wallis le regaló su biombo chino favorito, traído desde Pekín. Él había sido un buscador de oro sin dinero en Canadá hasta que, años después de rastrear inútilmente, finalmente había encontrado la segunda mina de oro más grande del mundo. Su carácter tosco, chillón y vulgar no había cambiado desde la época en la que exploraba las tierras vírgenes con un pico y una pala. Enorme, de anchos hombros y una constitución que, aunque había sido fuerte, ahora se había vuelto gruesa, tenía una voz áspera y cascada, y unos modales destemplados y bravucones que solo se le perdonaban debido a su dinero. Su mujer, Eunice, australiana, era por el contrario una persona encantadora y dulce, y ambos tenían una hija preciosa, Nancy, quien pronto se casaría con el playboy y hombre de negocios de Bahamas Alfred de Marigny. Oakes también tenía dos hijos atractivos.
El socio de Oakes en Nassau y en el Banco Continental de México, institución vinculada a los nazis, era alguien muy siniestro. Moreno, de ojos verdes y musculoso, Harold Christie era un antiguo contrabandista que había comerciado ilegalmente con alcohol durante los años de la Prohibición. Se había convertido en el principal comerciante inmobiliario de las islas. Christie vivía de un modo extravagante, llevaba una casa costosa y viajaba a Estados Unidos continuamente, intentando encontrar a gente interesada en sus propiedades. Pero en aquella época de guerra, en lugar de sentir el atractivo de vivir en una zona exenta de impuestos, a los potenciales inversores les preocupaba que, dado que Bahamas era una colonia británica, pudieran ser atacados en un intento por parte de los alemanes de hacerse con campos de aviación desde los que se pudiera atacar el territorio continental estadounidense. Por eso Christie atravesaba considerables dificultades financieras en aquel momento. Trató de tensar la cuerda haciendo chanchullos con gran número de propiedades baratas, realizando préstamos a los negros. Era un personaje destacado y agresivo en la Asamblea de Bahamas y utilizaba su gran influencia en Bay Street, el distrito comercial y financiero, para que se aprobaran sus proyectos, ya fueran legítimos o turbios.
Axel Wenner-Gren, el famoso multimillonario sueco, era un personaje muy poderoso en Bahamas; en aquella época se encontraba navegando alrededor de Estados Unidos después de que las autoridades estadounidenses le hubieran denegado el permiso de tocar tierra en Alaska. Era socio de Oakes y Christie en el Banco de Bahamas y el Banco Continental. Alto, gordo, de cara sonrosada y pelo canoso, Wenner-Gren había labrado su inmensa fortuna al inventar el aspirador y la nevera, que había patentado en los primeros años del siglo. Su compañía Electrolux se había expandido por todo el mundo. Internacionalista con un pie en cada bando, Wenner-Gren negociaba abiertamente con la Alemania nazi, Gran Bretaña y Estados Unidos, predicando una conveniente doctrina de paz e intrigando entre bambalinas para preservar sus inmensos intereses. El 25 de mayo de 1939, había mantenido una reunión con Goering en Berlín. Había escuchado prudente cuando este reclamó una paz permanente con Inglaterra que implicaría la restauración de las colonias alemanas de África, confiscadas tras la Primera Guerra Mundial, y la no interferencia en el corredor polaco, la franja de territorio cedido a Polonia en 1919 que daba a los polacos acceso al mar Báltico pero dividía Alemania; los alemanes lo habían vuelto a ocupar en 1939. Wenner-Gren había llevado el mensaje de Goering directamente a Neville Chamberlain, con la intención de alcanzar un armisticio negociado; pero, como comentó Chamberlain en un informe sin fecha, todas las ideas del sueco favorecían a Alemania y ofrecían a cambio solo promesas fútiles. Wenner-Gren mantenía además un diálogo continuo con Krupp, cuyos intereses protegía en Suecia. Fabricaba munición para los alemanes a través de su empresa sueca, Bofors, a la que protegía la neutralidad de su país. También tenía una participación en SKF, la empresa fabricante de cojinetes de bolas que suministraba productos a los países beligerantes de ambos bandos de la guerra.
Wenner-Gren era el propietario del Southern Cross, que le había comprado a Howard Hughes por dos millones de dólares. El barco, el mayor yate del mundo, estaba magníficamente amueblado y llevaba una emisora de radio privada a bordo. Se había establecido en Nassau a finales de 1939 y había fundado allí el Banco de Bahamas; también había comprado Hog Island [«Isla del Cerdo»] y la había rebautizado como Paradise Island [«Isla del Paraíso»], creando allí un complejo de ocio de lujo. Wenner-Gren siempre estaba cambiando el registro del Southern Cross para evitar ataques en alta mar, y desde el barco intentaba vender armas a las repúblicas latinoamericanas en una época en la que el canal de Panamá se encontraba amenazado por personajes controlados por los nazis de la República de Panamá.
Los agentes de Wenner-Gren en Nassau le avisaron de la llegada de los duques de Windsor, y él les dejó un mensaje de bienvenida, aunque con retraso. En realidad, había estado en contacto con ellos antes, intercambiando correspondencia a través de Bedaux en relación a una paz negociada. Pronto regresaría y mantendrían una estrecha amistad.
A mediados de septiembre, Wallis estaba inquieta por el paradero de su doncella, Jeanne-Marguerite Moulichon. La división de Asuntos Europeos del Departamento de Estado envió un telegrama a la embajada estadounidense en París acerca del asunto. Madame Moulichon había sufrido una dramática serie de experiencias. En agosto, un oficial alemán se había reunido con ella en París y la había ayudado a llevar los preciados baúles que contenían ropa de cama, plata y porcelana hasta la frontera española. Aunque la dejó sola antes de alcanzar la frontera, logró encontrar una empresa de mudanzas para poder completar el resto del viaje hasta España; entonces, fue retenida durante un mes por el cónsul británico de San Sebastián. Mientras tanto, Gray Phillips, desde Lisboa, en colaboración con Bermejillo y el consulado estadounidense en Madrid, había organizado el envío de los baúles de La Croë a Bahamas. Tras otras vicisitudes, Jeanne-Marguerite por fin logró ponerse rumbo a Nassau en noviembre con la ayuda de Gray Phillips. De forma simultánea, la duquesa, decidida a encontrar alguna forma de viajar a Estados Unidos, había logrado obtener un pasaporte estadounidense a través del director de la
división de Visados del Departamento de Estado, Breckinridge Long[36].
El 19 de septiembre lord Lothian envió un mensaje urgente al Ministerio de Asuntos Exteriores británico y a la Secretaría de Estado para las Colonias de Londres. Llevaba en el encabezamiento «Posible visita del duque de Windsor a Estados Unidos» y decía: «La opinión del presidente Roosevelt [es] que bajo ninguna circunstancia S. A. R. debe venir a Estados Unidos antes de las elecciones. Él mismo espera poder visitar pronto la isla Eleuthera y reunirse con él allí. Ya existirá posibilidad de que los duques de Windsor visiten Washington más adelante». La referencia en este mensaje secreto era al hecho de que Roosevelt estaba interesado en establecer una base en Eleuthera, donde los buques de guerra estadounidenses podrían atracar en espera de la implicación de Estados Unidos en la guerra. En un informe escrito, John Balfour, del Ministerio de Asuntos Exteriores británico, aportaba una nota al pie a este telegrama, diciendo:
Me parece que el presidente va demasiado rápido. En
primer lugar, aún no hemos acordado que los estadounidenses vayan a disponer de una base en la isla Eleuthera, a pesar de que sabemos que han puesto los ojos tímidamente en ella. En segundo lugar, el presidente no podrá de ningún modo visitar una dependencia británica sin que nosotros decidamos si estamos de acuerdo con esa visita. Hasta ahora, no se había mencionado nunca dicho viaje.
Se enviaron copias del informe de Balfour y del telegrama a, entre otros, sir Alexander Hardinge al palacio de Buckingham. Más adelante, ese mismo mes, el duque consiguió llegar a influir en lord Lothian hasta el punto de que el propio Lothian presionó a la Secretaría de Estado para las Colonias para que permitiera al duque visitar Estados Unidos. El 28 de septiembre lord Lloyd envió un informe al secretario de Asuntos Exteriores, lord Halifax, que decía: «Creo que Lothian está siendo pesado al sondear al presidente acerca de una posible visita del duque de Windsor a Estados Unidos. Ahora que pensaba haber conseguido sujetar firmemente al duque en Bahamas por un tiempo, viene lord Lothian a remover las aguas de nuevo».
Se envió a Lothian un informe apropiado, en el que se sugería que sería recomendable desalentar cualquier idea en este sentido. El 8 de octubre, un noticiero alemán en inglés, emitido en Inglaterra, afirmaba que el duque podría desempeñar un papel en unas posibles negociaciones de paz en Europa lideradas por el presidente Roosevelt. El informe añadía: «El gobierno le envió a Bahamas para quitarlo de en medio, pero él aceptó el puesto para poder disponer de un acceso fácil a Estados Unidos. Dentro de poco dejará Bahamas con destino a Estados Unidos para reunirse con el presidente». John De La Vautry, de la división de Censura de la unidad de Inteligencia del Ministerio de Información, escribía en un informe, fechado ese mismo día y reenviado a sir Walter Monckton: «Los alemanes han […] comenzado una campaña de rumores de paz. Ahora vuelven a ligarla al duque de Windsor y hablan de su anunciado viaje a Estados Unidos, que por esa, además de otras razones, muy bien podría ser pospuesto».
El 9 de octubre, Monckton envió a sir Alexander Cadogan un informe secreto que decía:
He visto los telegramas que se cruzaban Lothian y el
ministerio acerca de la sugerencia de que el duque y el presidente se reunieran en un futuro aparentemente no muy lejano. La […] emisión alemana en inglés […] que me envió la Unidad de Inteligencia de Censura puede sugerir una confirmación desde el punto de vista del ministerio de que incluso la mera discusión de una reunión así alberga riesgos. Quizá se haya enterado a través de la Secretaría de Estado de los esfuerzos realizados por determinados círculos en España para evitar que el duque de Windsor abandonara Lisboa. Ni tenía ni tengo ninguna duda de que esto se debió a que los alemanes podían sacar partido de su presencia, sobre todo después de que expresara su intención de irse, en el mismo sentido en el que ahora están utilizando la posibilidad de que se reúna con el presidente.
Cadogan añadió una nota al pie manuscrita: «Quizá debamos informar a lord Lothian de la emisión para ilustrarle del riesgo». Lothian envió un telegrama a Londres el día 10, diciendo que él no tenía ninguna intención de dar a entender que deseaba alentar una pronta visita del duque a Estados Unidos; le aseguró a la Secretaría de Estado para las Colonias que la visita del presidente a Bahamas sería de carácter puramente privado y no tendría lugar hasta después de las elecciones. Winston Churchill confirmó personalmente la necesidad de andar con cuidado en este asunto y, en un informe secreto fechado el 15 de octubre, aprobó la actitud de la Secretaría de Estado para las Colonias y la propia de Monckton. Cuatro días más tarde, la duquesa realizó dos envíos de efectos personales a Miami, en los que se incluía ropa para limpiar y arreglar. El siguiente informe fue enviado el día 19 por un agente del FBI a Clyde Tolson, lugarteniente del director de la organización, J. Edgar Hoover:
En el curso de mis tareas como clasificador, he advertido
que se ha informado de la duquesa de Windsor como violentamente filogermánica; en fechas posteriores he advertido que su ropa se enviaba a la tintorería a Nueva York. Existe la posibilidad de que esté enviando mensajes a través de la ropa.
Por improbable que fuera, se le impidió que enviara más.
En octubre ocurrió un incidente en el castillo de Candé, que aún seguía utilizándose como embajada estadounidense, donde existían documentos y archivos supuestamente secretos al alcance del gobierno alemán, tal y como deseaba Bullitt. El día 23 de ese mismo mes Hitler se reunió con el general Franco en Hendaya, junto a la frontera hispanofrancesa, con la intención de involucrar al general español en la guerra; su plan no prosperó.
Al día siguiente, se reunió con el mariscal Pétain en Montoire, y logró que este le ofreciera un apoyo absoluto en la guerra contra Inglaterra a cambio de la promesa de ciertas dependencias británicas en África. Desde allí, Hitler, acompañado por Goering y Ribbentrop, realizó una peregrinación al castillo de Candé, donde, al ver los retratos al óleo del duque y la duquesa que colgaban en la biblioteca, todos se pusieron solemnemente en posición de firmes unos al lado de otros y dedicaron el saludo nazi a aquellos fieles partidarios en el exilio.
De este asunto informó el día 25 Whitney Shepherdson, agente estadounidense en Francia, a William Donovan, el líder de la OSS en Washington.
El 29 de octubre, el duque abrió el curso parlamentario en Nassau. Pronunció un discurso cuidadosamente redactado en el que solicitaba ciertas reformas legislativas y discutía aspectos de la electricidad y las comunicaciones, la pesca de esponja y los problemas de desempleo. Todos ellos asuntos convencionales, de poca o ninguna importancia.
El 11 de noviembre, después de varios aplazamientos debidos al mal tiempo, los duques de Windsor zarparon en una visita de seis días a las Out Islands, las islas exteriores del archipiélago, para realizar negocios de propiedades con Harold Christie. Mientras tanto, en Whitehall seguían preocupados por que los duques de Windsor mantuvieran contacto con Roosevelt, quien seguía empeñado en que no fueran a Washington. Los mensajes secretos cruzaban una y otra vez el Atlántico, y todos eran inevitablemente reenviados a Alexander Hardinge a palacio. Lothian llegó incluso a ir a ver al secretario del presidente, el general Pa Watson, para que le confirmara que no tendría lugar ninguna reunión inmediata.
En noviembre, llegó Jeanne-Marguerite Moulichon, y el día 15 John W. Dye envió un mensaje a C. W. Gray, el ayudante de Cordell Hull en Washington.
La doncella llegó a Nassau hace varios días y, según su
versión, las autoridades británicas no fueron de mucha ayuda. De hecho, ella declara que fue innecesariamente retrasada
alrededor de un mes en España a causa de la negligencia de estas, y durante ese tiempo no se realizó ningún esfuerzo para recuperar su equipaje perdido. El duque expresó su más sincero agradecimiento por la verdadera ayuda ofrecida por todos los funcionarios estadounidenses involucrados.
Esa misma semana, Axel Wenner-Gren llegó a Nassau a bordo del Southern Cross. Le acompañaba su mujer, la cantante estadounidense Marguerite Liggett. Un funcionario del Departamento de Estado, G. A. Gordon, escribía el 20 de noviembre a Fletcher Warren, del mismo departamento: «Axel Wenner-Gren lleva desde el 1 de noviembre de 1939 entrando y saliendo constantemente del puerto de Nassau en su yate, equipado con antenas de radio de gran alcance. Esta nave está tripulada por antiguos oficiales de la Armada sueca, todos los cuales, según mis informadores, son decidida y declaradamente partidarios de los nazis».
En sus encuentros con Wenner-Gren, los duques de Windsor estuvieron de acuerdo con él en su política de apoyo a una paz separada con la Alemania nazi. Ellos consiguieron que él pudiera conocer al general Maximino Camacho, partidario de los nazis y hermano del presidente mexicano, un acto impropio dado que las relaciones diplomáticas anglomexicanas se habían roto. Su intención era transferir dinero a México.
En los primeros días de diciembre, Wallis sufrió un grave problema dental que precisó ser tratado inmediatamente. Según su opinión, tendría que ser operada por un periodoncista, el doctor Horace Cartee, de Miami. Los duques de Windsor estaban empeñados en ir al territorio continental aunque, obviamente, podía haberse hecho venir a Cartee a Nassau. Mientras tanto, el presidente Roosevelt había sido reelegido de forma triunfante y en Washington ya se había decidido que debía ir a Bahamas a mantener la reunión que llevaba tanto tiempo aplazada y anticiparse así a que el duque fuera a reunirse con él. La Secretaría de Estado para las Colonias seguía oponiéndose. Lord Lloyd presionó a la pareja para que evitara el encuentro, y también se las arregló hábilmente para que coincidieran las fechas pedidas por el duque de permiso con el periodo en el que se esperaba al presidente. Entonces, debido a una casualidad de la vida, el Munargo, el ferry de pasajeros a Miami, tuvo que quedarse en el dique seco a causa de un problema mecánico. Irónicamente, a fin de deshacerse de los duques de Windsor la semana del 9 de diciembre, la Secretaría de Estado para las Colonias se vio obligada a autorizarles que navegaran en el Southern Cross de Axel Wenner-Gren. Y así fueron empujados a una situación que, en circunstancias normales, se habría considerado muy poco aconsejable.
El grupo zarpó en la fecha prevista. De él formaban parte Harold Holder, bajo investigación por sentimientos antibritánicos, Piper Alistair Fletcher y Evelyn Fyrth. El Souhern Cross atracó en Miami, lo que provocó una gran cantidad de comentarios críticos en la prensa de izquierdas. Doce mil personas se agolparon en el muelle para saludar a la pareja, y ocho mil más se alinearon a lo largo de los doce kilómetros de carretera que había hasta el hospital St. Francis. Wallis sentía mucho dolor, pero no daba muestras de ello; cuando llegó a la sala de pacientes externos, el doctor Cartee le dijo que sería una operación difícil, pues tenía dañada la mandíbula. Fue intervenida de inmediato y se le extrajo la muela inferior derecha. Tenía una considerable infección y su recuperación postoperatoria fue muy lenta. Esa misma semana lord Lothian falleció de forma inesperada; enfermó repentinamente y, como devoto de la ciencia cristiana, rechazó los tratamientos que le habrían salvado la vida. Aprovechando de forma obstinada su muerte, el duque voló en un avión de la patrulla marítima estadounidense a Bahamas. Se reunió con Roosevelt después de todo, en una visita de tres horas a bordo del crucero presidencial Tuscaloosa, anclado en Eleuthera. El duque, con su típica determinación, y tras realizar muchas afirmaciones derrotistas, le preguntó al presidente sobre la marcha si podría visitar los campamentos para jóvenes levantados durante la Depresión. Era una forma de asegurarse de que Wallis y él podrían finalmente viajar al territorio continental estadounidense. Se discutió también el emplazamiento de bases para la Marina estadounidense, pero sin llegar a ninguna conclusión.
El duque voló a Miami para realizar junto a Wallis el viaje de regreso a bordo del Southern Cross, que zarpó de allí el 17 de diciembre. El duque anunció a los periodistas que estaría encantado de aceptar el cargo de embajador británico en Estados Unidos si este se le ofreciera, un comentario que fue desaprobado en Whitehall. Después de un breve crucero por las Bahamas occidentales, Wenner-Gren llevó a la pareja de vuelta a Nassau.
El viaje a Florida se había emprendido desafiando las órdenes de Churchill y como un acto de rebeldía también contra los esfuerzos por impedirlo de Jane Williams-Taylor, a quien apoyaban su marido, sir Frederick, y sus amigos Marjorie Merriweather Post y Millard E. Tydings, senador por Maryland. Poco después, el Servicio Secreto de Inteligencia captaría a los inverosímiles agentes Greta Garbo y su amigo el nutricionista Gayelord Hauser para que vigilaran a Wenner-Gren y sus socios de la realeza.
Cuando los duques de Windsor regresaron a Nassau, se les contó que Fulton Oursler, el destacado escritor estadounidense partidario del aislacionismo y editor de la revista Liberty, propiedad de otro gurú de las dietas, Bernarr McFadden, estaba esperando al duque para entrevistarse con él.
Oursler no era consciente de los vínculos nazis de los duques de Windsor, o al menos eso parece. A su vez, los duques de Windsor admiraban la revista Liberty, que había contratado a Errol Flynn en 1937 para que este dispusiera de una tapadera en sus aventuras nazis en la Guerra Civil española. Lo que el duque pasó por alto es que, aislacionista o no, Oursler era un estadounidense leal contrario a los nazis.
Oursler llevaba semanas tratando de concertar la entrevista. La Casa Blanca la había desaconsejado, probablemente porque Roosevelt no quería que el duque de Windsor dejara por escrito una perorata de sus opiniones derrotistas en tiempos de la Ley de Préstamo y Arriendo. El gobierno británico también había vetado de forma parecida la idea. Pero Oursler estaba decidido a seguir presionando. Obtuvo el apoyo de una de las amistades de sociedad de los duques de Windsor, el millonario Thomson Rich, que le prometió hacer todo lo que estuviera en su mano.
En el avión a Nassau, Oursler tuvo como compañero de viaje a Charles A. Taussig, jefe de la misión presidencial de Roosevelt para investigar las condiciones laborales del Caribe. Taussig le ignoró e hizo todo lo posible por evitar que la entrevista con el duque de Windsor tuviera lugar.
Pero entonces apareció de repente Thomson Rich y le mostró a Oursler una carta que el capitán Vyvyan Drury, edecán del duque, le había escrito a Roosevelt diciéndole que le agradaría recibir a Oursler en cualquier momento. Cómo había obtenido Rich aquella carta fue algo que no explicó.
Oursler consiguió una entrevista con Drury el día 18; le sorprendió ver cómo junto a las paredes del salón de baile del palacio del gobernador se apilaba gran parte del equipaje de los duques de Windsor, aún sin deshacer después de más de cuatro meses. Drury se mostró cordial y le informó de que al duque le alegraría recibirle esa misma tarde a las seis.
El duque entró majestuosamente en el salón a la hora señalada, estrechó la mano a Oursler y le ofreció asiento. Oursler disparó de inmediato. Le preguntó al duque de Windsor qué pensaba de que el mariscal colaboracionista Pétain hubiera destituido a su lugarteniente Pierre Laval; en realidad, Laval fue restituido a su puesto en cuestión de días, pero la pregunta dio pie a que el duque manifestara la esperada aprobación de Pétain que demostraba su apoyo al régimen de Vichy. Oursler también habló de la «derrota italiana» —en realidad, apenas una ligera redefinición de fronteras— y dejó caer la deliberadamente absurda afirmación, concebida para provocar a su entrevistado, de que el desmoronamiento de Italia ante los aliados provocaría una revolución en contra de la guerra en Alemania que tendría como consecuencia el derrocamiento de Hitler por parte del pueblo. El duque cayó en la trampa. Y contestó, irritado:
Eso es querer hacerse ilusiones, señor Oursler. No habrá
ninguna revolución en Alemania y sería trágico para el mundo que Hitler fuera derrocado. Hitler es el líder adecuado y lógico para el pueblo alemán. Es una pena que usted no haya conocido a Hitler, al igual que lo es que yo no haya conocido a Mussolini. Hitler es un gran hombre.
Y añadió:
¿Cree que su presidente se plantearía actuar de mediador si
llegara el momento oportuno?
Oursler contestó que el presidente lo haría si considerara que era lo mejor para el interés de la humanidad. Pero que no le había visto en los últimos tres meses y que tan solo era una suposición.
Windsor se aventuró aún más:
Pocas personas son conscientes de lo grave que es la
situación de Gran Bretaña. Inglaterra mantiene un bloqueo sobre Alemania pero también Alemania lo hace con Inglaterra. Las pérdidas submarinas son enormes y cada vez mayores, creando el caos. Está llegando el momento de que se haga algo. Alguien tendrá que mover ficha.
Con el pulso desbocado, Oursler voló a Washington, donde el presidente le había garantizado que lo recibiría en la Casa Blanca. Le repitió todo lo que había dicho el duque de Windsor y Roosevelt se estremeció enfadado, mencionando el grupo contemporizador de alto nivel existente en Inglaterra al que el duque de Windsor representaba. El presidente estaba horrorizado por la declaración del duque de Windsor acerca de la grandeza de Hitler y la certeza de que se produciría una revolución en Inglaterra; él sabía que una revolución así le aseguraría al duque de Windsor la recuperación del trono.
Fue entonces cuando soltó la bomba de que existían nueve emisoras de onda corta que transmitían de París a Berlín la información que el duque de Windsor suministraba al gobierno alemán. El presidente, discretamente, no mencionó a Bullitt, a quien despreciaba y ya había destituido. Dijo:
Después [de las emisiones] se le sugirió al duque que fuera
a Cannes con su mujer y permaneciera allí.
Oursler nunca publicó la historia entera. Fulton Oursler (hijo) afirma que temía poner en riesgo su vida si lo hacía. En su lugar, publicó una versión mucho más moderada, que aun así puso furiosos a Churchill y al rey Jorge VI; de haber aparecido el relato completo, según las propias palabras que escribió Fulton Oursler (padre) en su diario, «habría quedado expuesto el trono de Inglaterra».
Hoy resulta evidente, a partir de los documentos del Ministerio de Asuntos Exteriores británico recientemente desclasificados, que Roosevelt engañó a Oursler con respecto a este asunto. Lejos de sentirse horrorizado por las políticas contemporizadoras con respecto a Hitler, él mismo había estado implicado hasta mayo, cuando el recién nombrado primer ministro Winston Churchill le convenció, en continuos intentos por apaciguar a la Alemania nazi y poner fin a la guerra. La única diferencia era que, en lugar de iniciar un plan así, como sugería el duque de Windsor, apoyaría a Gran Bretaña bajo cuerda y, una vez que Whitehall hubiera sondeado a Berlín, él le presentaría la idea a Hitler.
La inspiración de esta propuesta innoble le vino de Sumner Welles, del Departamento de Estado, un viejo amigo de Roosevelt que había sido compañero de escuela suyo en Groton. Welles, como emisario especial ante Italia, había quedado excesivamente impresionado por Mussolini, el rey Víctor Manuel y el conde Ciano, y creía que estos actuarían como intermediarios con Hitler, dado que (en su opinión) ninguno deseaba la guerra, a pesar del hecho de que Italia hubiera entrado en la misma ese verano, como aliado incompetente del Führer.