La señora Simpson : las vidas secretas de la duquesa de Windsor, la mujer que estuvo a punto de arruinar la monarquía
3 Ascendiendo en la Escala Social
El Cotillón de los Solteros era la cima: la entrada en este baile le aseguraba a una chica un lugar en la alta sociedad. De entre quinientas, tan solo se invitaba a cuarenta y nueve jovencitas al evento, que tradicionalmente se celebraba en el Lyric Theatre cada primer jueves de diciembre. A Wallis la mayoría de los hechos de relevancia mundial le habían resultado hasta entonces distantes e irreales: el terremoto de San Francisco de 1906, la crisis económica de 1907, el avistamiento del cometa Halley, la circunnavegación de la Gran Flota Blanca, la carrera por llegar al Polo Norte, la convención demócrata de Baltimore… Incluso el hundimiento del Titanic en 1912 y el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 parecían irreales. Pero aquel baile…, eso sí que era real. Wallis, incapaz de dormir, alternaba la excitación histérica con el temor y la depresión, y solo podía pensar en una cosa: ¿estaría ella entre las cuarenta y nueve elegidas?
Finalmente, llegó el gran día y Wallis rasgó el sobre que… ¡contenía la preciada invitación! Ahora, hubiera o no hubiera guerra, tenía que conseguir el vestuario, a un miembro de su familia que la acompañara y un ramillete de flores.
Wallis tuvo que engatusar al viejo tío Sol para que la respaldara hasta el límite y se presentó en el lujoso Pierce-Arrow de la familia a la cita crucial en el despacho del Templo de Solomon, el reconstruido edificio de la Continental Trust. Tomó asiento como si fuera una princesa, mirando por la ventanilla de la suntuosa limusina mientras un chófer de librea gris la llevaba a su destino. ¡Riqueza! ¿Acaso había algo que se le pudiera comparar?
El tío Sol la recibió con su ostentoso estilo y escuchó sus plegarias. Él sabía tan bien como ella que no había ninguna posibilidad de que una Warfield pasara desapercibida en aquel evento, así que le concedió la increíble suma de 20 dólares, que en aquel momento alcanzaba para comprar al menos treinta vestidos. Wallis acudió a Maggie O’Connor, una modista de Baltimore, e invirtió toda su recién adquirida fortuna en un vestido, uno solo.
Era una copia exacta del vestido de gala de satén blanco diseñado en París por Worth para la famosa bailarina Irene Castle. Wallis tuvo que permanecer de pie durante horas mientras se lo ajustaban a sus angulosas formas. Y pasó aún más horas aprendiendo a bailar el one-step y el tango, recién llegado al país. Mejoró considerablemente sus valses. Su madre bailaba con ella en casa; varios pretendientes, con Lloyd Tabb a la cabeza, la hicieron girar por salones de baile de clubs de campo hasta que ella se vio a sí misma tan hábil como Irene Castle.
Por supuesto, debía contar, como fuera, con el mejor acompañante posible en su gran noche. La tradición era que un tío o un primo mayor bailara con las debutantes. Pero Wallis no quería llevar a nadie así. Llevaría al más guapo, elegante y joven entre sus parientes: su primo Henry, de veintisiete años y facciones duras, que en cualquier caso ya estaba medio enamorado de ella. Una vez decidido todo esto, se sucedieron semanas de meriendas y almuerzos y bailes y citas y llamadas de teléfono interminables que hacían enfadar a Alice, que no podía usar el aparato.
Finalmente, llegó el 7 de diciembre. Después de moverse de un lado a otro y girarse mil veces delante de todos los espejos, Wallis quedó satisfecha y se convenció a sí misma de que estaba estupenda. A la hora convenida, llegó su primo Henry, espectacular en un frac blanco, haciendo rugir el Pierce-Arrow del tío Sol hasta el número 212 de Biddle Street.
Bailó durante horas. Cada vez que se le presentaba una nueva pareja, ella le otorgaba toda su atención de forma absoluta, sin hablar nunca de sí misma. Como resultado, los jóvenes volvían para bailar con ella una y otra vez, a pesar de que probablemente fuera una de las debutantes menos agraciadas, algo que conscientemente suplía con inteligencia y fascinación.
Tras aquella gloriosa noche, Wallis comenzó a verse a sí misma como mujer. Alice le hacía de carabina una cita tras otra. Wallis estaba loca por los hombres; se arriesgaba a ser víctima de los chismorreos por culpa de su desconcertante sucesión de romances. Cuando se pidió a alguien de aquella época que la definiera en una palabra, este contestó: «Rápida». Le gustaban especialmente los hombres de uniforme y, en 1915, con Europa en guerra, y después de que el Lusitania hubiera sido hundido por un torpedo alemán, cada vez más jóvenes de aquella sociedad se concentraban en la academia naval de Annapolis o en la academia militar de West Point.
Después de la muerte de la abuela Anna, Wallis se enteró de que esta le había dejado 4000 dólares en su testamento. Aunque sintiéndose culpable por ello, estaba emocionada y no tenía ningunas ganas de permanecer de luto durante meses. Y, lo que era peor, Carter Osburn, con quien ya casi tenía decidido casarse, fue enviado a México a las órdenes del general Pershing para luchar contra las tropas de Pancho Villa. Wallis montó una despedida teatral en la que no faltaron las lágrimas y el ondear del pañuelo cuando el tren salió de la estación.
Llenó los meses de luto familiar por Anna escribiéndole cartas de amor a Osburn, que este leía a la luz de un quinqué en solitarios campamentos mexicanos tras días de exploración o escaramuzas. Pero a ella le irritaba no poder salir ni asistir a los bailes. Ni siquiera aprender a jugar al bridge le servía de consuelo.
Finalmente encontró una oportunidad de salir de la ciudad. El 20 de enero de 1914, el marido de su prima Corinne, el teniente comandante Henry C. Mustin, había zarpado hacia Pensacola, (Florida), como capitán del buque de guerra de la Marina estadounidense Mississippi. Se le había encomendado ayudar a establecer un centro naval aeronáutico en el que pudieran llevarse a cabo prácticas aéreas y terrestres de las operaciones de defensa a medida que Estados Unidos avanzaba hacia la guerra. Corinne había escrito con frecuencia a Wallis contándole cómo era la vida en la base recién inaugurada: la primera de la historia estadounidense, apenas unos años después de que los hermanos Wright realizaran su vuelo pionero en la bahía de Kitty Hawk. En noviembre de 1915 Corinne la informaba muy excitada de que Mustin había sido el primer hombre en ser catapultado desde un barco: en la nave volante AB-2, desde la cubierta del buque de la Marina estadounidense North Carolina.
A Wallis, obsesionada por los militares y adicta a los partidos de fútbol americano entre el Ejército y la Marina, le emocionaron las novedades de Corinne, y más aún cuando esta le sugirió que fuera a Pensacola a pasar una temporada con ella. Wallis le rogó a su deprimente familia que le permitiera ir. Hubo un cónclave familiar para decidirlo, en el que tía Bessie y Alice defendieron su causa ante sus tíos Sol, Henry y Emory y su primo Mactier, más severos y vestidos de negro. Vencieron las mujeres. Iría a Pensacola. Y, como el tío Sol era el propietario de la línea ferroviaria que la llevaría en dirección suroeste hasta el extremo de Florida, tenía garantizado un billete en primera clase gratis.
Corinne la fue a buscar a la estación de Gregory Street y la condujo a la casa de madera blanca, una más entre una larga serie de bungalós similares, con vistas a la inmensa bahía, rodeada de tierra y bordeada de palmeras, y a la base aeronáutica con sus hangares, gradas, grúas y talleres.
Wallis se encontraba como pez en el agua. Pensacola, la mayor ciudad del golfo en el extremo noreste de Florida, con sus cientos de kilómetros de playas vírgenes de arena blanca tanto hacia el este como hacia el oeste, tenía un aire predominantemente hispano.
A Wallis le gustaba mucho Henry Mustin. Mayor que Corinne, tenía en esa época cuarenta y dos años y el rostro arrugado y moreno por pasar tantas horas en un fuselaje abierto bajo el sol tropical. Su sonrisa contagiosa y su voz profunda resultaban muy agradables y estaba impresionante cuando llevaba puesto el casco de vuelo y las gafas de aviador. En aquel momento tenía algunos problemas con el Departamento de Marina que provocaron un agrio intercambio de cartas entre él y Washington. Su principal discusión la mantuvo con el capitán Mark L. Bristol, director de Aeronáutica Naval. Mustin pretendía obtener una mayor autonomía y una mejor gestión de las operaciones por parte del Capitolio. Era una ardua pelea diaria.
Wallis se quedó en casa de los Mustin y sus tres hijos, ocupando una habitación de invitados grande y luminosa, y ayudando a Corinne con la cocina y las tareas domésticas. Las noches de los sábados iba con sus familiares al hotel San Carlos, donde se celebraban bailes al son de la orquesta en el gran comedor de estilo colonial español. De nuevo, volvía a atraer a muchos pretendientes mediante su habilidad con el one-step y el tango, y su capacidad para concentrarse en los intereses de sus acompañantes excluyéndose a sí misma.
A primeros de mayo, tras semanas de tomar el sol, nadar en aquellas aguas limpias y claras, salir de pícnic, ir al cine o a bailar, Corinne le pidió a Wallis que se quedara a almorzar para que pudiera conocer a tres jóvenes aviadores. Iban a ir como un favor especial. Wallis, desde el porche, vio cómo se acercaron los oficiales a grandes zancadas, luciendo sus almidonados uniformes blancos. Ella estaba emocionada; los tres eran muy atractivos, pero uno de ellos era fascinante, irresistible.
Mustin se lo presentó como Earl Winfield Spencer. Más tarde, ella escribiría: «Él se reía, pero sugería una fuerza interior y una vitalidad que me impresionaron enseguida». Durante el almuerzo, mientras sobrevolaba por su cabeza una conversación sobre asuntos aeronáuticos, Wallis era incapaz de apartar la vista de él. Mientras le miraba los hombros y sus galones dorados, él le dejó claro, con una mínima insinuación de sus ojos, que sabía lo que ella sentía por él; ella se fijaba en cada palabra que él decía, y él también advirtió eso. Wallis quiso saberlo todo sobre aviación.
Tenía el cabello castaño y lo llevaba cortado a cepillo sobre una frente despejada. Sus ojos, penetrantes, atrevidos y arrogantes, su prominente nariz y su ancha mandíbula le otorgaban un gran atractivo. Su expresión era orgullosa, desafiante, fiera. Tenía el cuerpo bronceado, ágil y musculoso, y un porte erguido y confiado. Su comportamiento no sugería delicadeza, cortesía o halago. Atraía a Wallis, a cuya cabeza se le subía como el champán. Siempre le habían fascinado los tigres.
Tras el almuerzo, se acercó a ella y, cuando se quedaron solos, la invitó a salir a cenar la noche siguiente. Desdeñó sus objeciones y le dijo que ya la llamaría él; después, se marchó. La arrogancia despreocupada, casi despectiva, del joven la dejó sin aliento. Estaba en las nubes, no percibió ninguna señal de alerta.
Spencer había nacido en una pequeña población del estado de Kansas el 20 de septiembre de 1888. Su padre era un corredor de bolsa de Chicago, cuyos antepasados norteamericanos, al igual que los de Wallis, se remontaban a principios del siglo XVII. Earl padre, alto y pendenciero, había formado parte del equipo de béisbol de Ithaca (Nueva York) y había sido un gran aficionado a la caza mayor, llegando a cobrarse bisontes, lobos, venados y antílopes, cuyas cabezas copaban las paredes del hogar familiar, situado en el número 109 de Wade Street (Highland Park, Illinois).
Winfield era el mayor de sus hijos. Los otros eran Gladys, Ethel, Egbert, Dumaresq y Frederick. Win era la mala hierba de la familia, aunque Wallis no lo supiera en ese momento. Después de enrolarse en la academia naval de Annapolis en 1905, cosechó una larga lista de sanciones en su hoja de conducta debido, entre otras cosas, a llevar los zapatos y el uniforme sucios; no limpiar ni barrer su habitación; acabar sin traje de baño una competición de natación; llegar tarde a las comidas, a las prácticas de instrucción y al coro; armar barullo en los pasillos; alborotar y mover los muebles sin permiso… A pesar de todo ello, era popular, sobre todo en los espectáculos de vodevil de la academia naval, en los que destacaba vistiéndose de mujer. Era un buen jugador de fútbol americano, y también el animador y abanderado del desfile de Navidad; «un alegre diablillo, un cantante apodado “Caruse”», dijo la revista de la academia naval. Además, en secreto, era bisexual, algo que, de haberse descubierto, habría provocado su expulsión.
Su rostro nos mira, desde la fotografía de grupo de la promoción de 1910, temperamental, sombrío y petulante entre todas las caras sinceras y frescas; con unas orejas de soplillo que se separaban de la cabeza casi formando un ángulo recto y rebajando ligeramente el atractivo primitivo, amenazante y algo simio del conjunto.
A pesar del cariño que le tenía a Corinne, con sus inocentes ojos de muñeca de porcelana y su torrente de cotilleos, Wallis se alegraba de escaparse con Win, siempre que fuera posible, sin carabina y disfrutar de encuentros nocturnos románticos de los que no se sentía culpable. Henry Mustin rumiaba en silencio, obsesionado con sus luchas en Washington, y se podía sentir la tensión en la casa. Wallis siempre había encontrado difícil relacionarse con los niños, y los de Corinne, incluido el mayor de los chicos, el animado Lloyd, que estaba en la etapa de los trenes de juguete, la desconcertaban e irritaban, por muy adorables que fueran.
A través de Win, Wallis conoció a muchos de los hombres de la base, y quedó cautivada por su valor; flirteó con muchos, pero no es probable que se acostara con ellos. Con John Towers —comandante de la base—, George D. Murray —con quien volvería a encontrarse años más tarde—, Chevy Chevalier, Jim Rockwell y Dick Saufley, así como con sus respectivas novias, Win y Wallis iban de pícnic y a bailar, disfrutando de una vida de opulencia y frivolidad. Era agradable sentirse vivo, ser joven y despreocupado.
Pero entonces, al cielo claro y azul de Pensacola llegó el horror. El 24 de mayo de 1916, Wallis se unió a una multitud que ocupaba la playa para ver cómo el teniente Jim Rockwell, uno de los más jóvenes del grupo de Win, despegaba en un vuelo de prácticas. Su avión se elevó hacia el sol, hasta una altura de cincuenta metros. De repente, se oyó un ruido sordo. Y el avión se precipitó en picado hacia el mar. Wallis y el resto de espectadores vieron impotentes cómo el cuerpo de aquel hombre de veintiséis años era sacado a rastras de las olas.
Quince días más tarde, Dick Saufley, también de veintiséis años, sobrevoló durante varias horas la bahía. Wallis y cientos de personas cruzaron a la isla de Santa Rosa para presenciarlo. Después de pasar nueve horas en el aire, se soltaron tres riostras, lo que provocó el accidente del avión y la muerte instantánea de Saufley. Durante los siguientes treinta años, Wallis se negó a volar.
Aquella noche, Mustin, de un humor sombrío y atronador, se quejaba de la falta de mecanismos de seguridad en los diseños autorizados de los aviones, hablaba de las investigaciones y las averiguaciones oficiales, mantenía reuniones de emergencia y realizaba llamadas de teléfono.
Wallis intentó encontrar una escapatoria en los domingos. Ella y Win iban a jugar al golf, a buscar conchas a la playa y a ver películas —le encantaban las comedias de Buster Keaton y Harold Lloyd— en un cine grande y lujoso de estuco, el Isis, donde comía palomitas de maíz y se abrazaba a Win en la oscuridad. Aún caprichosa, ella seguía saliendo con otros hombres, entre los que estaba Chevy Chevalier, con una despreocupación salvaje que aturdía. Wallis se lo tomaba como un «deporte».
Pronto se dio cuenta de que Win estaba enamorado de ella; él explotaba de furiosos celos cuando ella quedaba con Chevy. Wallis también estaba enamorada de Win y le contó a Corinne imperturbable que lo echaba de menos cuando no estaba. Corinne supo que lo inevitable iba a suceder.
Dadas las restricciones de la época, y el desastre de la indiscreción de su madre con Teackle Warfield, no cabía ninguna posibilidad de «llegar hasta el final» con Win, por muy insistentes que fueran sus ruegos. Finalmente él le pidió matrimonio, como ella esperaba que hiciera, en el porche del club de campo una noche, tras acabar la última película. Ella le contestó que debía pensarlo y discutirlo con su madre y el tío Sol. Él le dijo —le dijo, no se lo pidió— que no le tuviera esperando mucho tiempo.
En junio, ella volvió a casa. Win se despidió con un beso prolongado que a ella le hizo sonrojarse y meterse a toda prisa en el tren. De vuelta en el apartamento de Baltimore, Alice le llenó la cabeza de advertencias. Pero Wallis ya se había decidido y nada se interpondría en su camino. Disponía de un argumento convincente: la familia de Win era rica y socialmente relevante, Win le podía garantizar un futuro.
En agosto, Win llevó a Wallis en tren hasta Illinois para que conociera a su familia: al gran e imponente Earl padre, aficionado a la caza mayor; a Agnes, su tímida mujer británica, y a sus cinco hijos. Aprobaron a Wallis de forma inmediata; los Warfield también eran conocidos en Chicago. Win le compró a Wallis un anillo de compromiso de diamantes y el anuncio de sus intenciones apareció en la prensa de Baltimore el 25 de septiembre de 1916. La fecha de la boda se fijó para el 8 de noviembre. ¿Cómo iba a dormir Wallis hasta ese día?