La señora Simpson : las vidas secretas de la duquesa de Windsor, la mujer que estuvo a punto de arruinar la monarquía
8 un Paso Hacia el Trono
En el otoño de 1934, el príncipe Jorge, hermano menor del príncipe de Gales, y la princesa Marina de Grecia ocupaban el centro de la atención mundial. Iban a casarse el 29 de noviembre. La familia real se sentía muy aliviada. Durante años habían circulado rumores indignos acerca de Jorge, y algunos de ellos parecían tener una base cierta. Se había afirmado que había mantenido una relación con una actriz negra. Y, según Laura, la difunta duquesa de Marlborough, uno de sus maridos, Michael Canfield, fallecido prematuramente, era hijo ilegítimo del príncipe Jorge y había sido entregado a Cass Canfield, director de la editorial estadounidense Harper & Brothers, más tarde Harper & Row, quien se hizo cargo de su educación.
A este escenario tan embriagador se añadían ingredientes aún más pintorescos. En su diario, el incorregible sir Robert Bruce Lockhart mencionaba que existían rumores en Londres sobre una relación entre el príncipe y un joven parisino, y que a causa de ella había sido objeto de chantaje. Según varias fuentes, el príncipe Jorge regaló al chico magníficos encendedores y pitilleras de Tiffany y Cartier con grabados personalizados. El príncipe de Gales se vio obligado a realizar un desagradable viaje a Francia para pagar dinero a cambio de estos objetos tan perjudiciales, pero el chico le entregó unas copias y retuvo los originales. También se hablaba de una relación con Noël Coward y con un provocador joven de origen latinoamericano. Todo el mundo se sintió muy aliviado cuando el príncipe Jorge se enamoró de la exquisita y bellísima princesa Marina. Aunque siguiera acostándose con Sandra Rambeau.
El 24 de octubre, tras dejar a Wallis en el hotel Meurice de París, el príncipe de Gales y el príncipe Jorge volaron juntos, turnándose a los mandos del biplano real, para asistir al funeral del rey Alejandro de Yugoslavia, que había sido asesinado el día 9 de ese mismo mes por un terrorista macedonio en Marsella; el asesino, que estaba en contra de los vínculos nazis del rey Alejandro, irónicamente también había asesinado al ministro de Asuntos Exteriores francés, enemigo de los nazis, Léon Barthou. Fue en esta ocasión tan fúnebre y sombría, con todo Belgrado de luto, cuando se dio un paso crucial en la conexión real anglogermánica que involucró tanto a Hitler como a Mussolini.
Dado que el joven rey Pedro, sucesor al trono, aún era menor de edad, su primo el príncipe Pablo fue nombrado regente; la mujer de Pablo, Olga, además de nazi era la hermana de la duquesa de Kent; de hecho, Pablo era quien había organizado el matrimonio de los duques de Kent. Según el volumen de 1941 de la revista Current Biography, en aquella época se repetía con frecuencia el siguiente comentario: «Mientras la duquesa de Kent trajo la moda balcánica a Londres, la princesa Olga llevó a los emisarios de Hitler al Palacio Blanco [de Belgrado]». De hecho, si bien ha sido protegido por la mayoría de los historiadores, el mismo príncipe Pablo apoyaba a Hitler de forma exaltada, aunque fuera por motivos de autoprotección, y el duque de Kent y el príncipe de Gales encontraron en él un alma gemela, al igual que les ocurría con otro de los invitados al funeral, el príncipe Felipe de Hesse, jefe de la guardia de asalto. También estaba presente el mariscal de campo Hermann Goering, quien informaba a Hitler de sus reuniones con el príncipe, el duque de Kent y el príncipe Felipe con considerable entusiasmo y rogó al príncipe Pablo que visitara Berlín en cuanto tuviera la menor oportunidad. Hitler hizo la oferta y Pablo la aceptó de inmediato.
El 27 de noviembre, dos días antes de la boda, se celebró un baile en el palacio de Buckingham. El rey Jorge y la reina María insistieron al lord chambelán para que retirara el nombre de Wallis de la lista de invitados. La petición resultó muy ofensiva para ella, y Eduardo se puso furioso cuando se enteró; como consecuencia, llegó con Wallis, con quien cruzó orgulloso el vestíbulo, decidido a encontrarse con sus padres. «La metió sin permiso en palacio», le diría el rey Jorge más tarde al conde Mensdorff.
Wallis estaba ansiosa por eclipsar a la bella Marina, quien llevaba un sencillo vestido de satén blanco; la reina vestía un brocado plateado. La mayoría de las damas habían escogido tonos tenues para mantener la dignidad de la ocasión. Wallis apareció con un diseño de lamé violeta con una faja verde. Si bien muchos, entre los que se incluyeron el monarca y su consorte, le dedicaron una mirada consternada y fría, el príncipe Pablo, regente de Yugoslavia, se encargó de decirle que era la mujer mejor vestida de la sala. Sus joyas, regalos de su amante, relucían en su muñeca y su cuello. También llevaba una diadema de diamantes, alquilada en Cartier.
El príncipe Cristóbal de Grecia escribió en sus memorias:
El príncipe de Gales apoyó una mano en mi brazo de forma impulsiva, como solía.
—Cristo, acompáñame. Quiero que conozcas a la señora Simpson.
—¿De quién se trata?
—Es estadounidense. Es maravillosa.
Con evidente insolencia, el príncipe presentó a Wallis a sus padres. Ella hizo una reverencia mientras ambos la miraban fijamente. No obtuvo una bienvenida más cálida del duque de York, siguiente en la línea sucesoria al trono, ni de su mujer, la anteriormente conocida como lady Elizabeth Bowes-Lyon. A la duquesa de York, Wallis le resultó antipática de forma instantánea. Le parecieron ofensivos tanto lo que ella consideró un comportamiento descarado y vulgar por parte de Wallis como los colores chillones de su vestido. Wallis tampoco daba la impresión de estar encantada. Le resultó irritante la voz dulce y aguda de la duquesa de York, así como su sonrosada cara de rasgos escoceses y su figura regordeta. La duquesa de York acabaría convirtiéndose en la reina madre.
La Navidad le trajo nuevos problemas a Wallis. Tuvo la audacia de escoger los doscientos cincuenta regalos destinados a los empleados del príncipe de Gales personalmente. A muchos de ellos les molestó esto. Además se escuchaban rumores poco favorables respecto al regalo que el príncipe le hizo a Wallis: un broche de diamantes con dos esmeraldas cuadradas. También la obsequió con un cachorro de cairn terrier llamado Mr. Loo, pero al que casi con la misma frecuencia se referían como Slipper. A los ojos de sus empleados, el príncipe sumó a sus anteriores pasos en falso uno más al invitar al servicio doméstico de Wallis de Bryanston Court a que se reuniera con ellos alrededor del árbol de Navidad de York House. No hace falta tener mucha imaginación para darse cuenta de la tensión que existió en aquella celebración.
Agotada por las atenciones casi constantes del príncipe, además de por sus visitas y llamadas incluso obsesivas, por mucho que deseara ser su mujer, Wallis se sintió casi aliviada cuando él se fue a pasar las vacaciones con su familia a Sandringham. Después, en enero de 1935, ella cometió uno de sus mayores errores. Empezó a imitar a la duquesa de York con un estilo duro y socarrón que recordaba a las obras burlescas que representaba en Oldfields. Una tarde, Isabel entró en el salón de Fort Belvedere y se quedó helada. Wallis estaba parodiando su voz y sus gestos de forma hiriente. Salió de allí furiosa. Nunca perdonó a Wallis.
Ese mismo mes, el príncipe de Gales y el príncipe Jorge, ya duque de Kent, recibieron una visita interesante de Berlín. El duque de Kent acababa de volver de Múnich, donde había reforzado su relación con el cuñado de su mujer la princesa Marina, Karl Theodore, conde de Toerring-Jettenbach, marido de su hermana Isabel, partidaria de los nazis, quien transmitió a través de un agente especial a Berlín que el duque de Kent aceptaba el rearme generalizado de Alemania. Él invitó a Londres al barón Wilhelm de Ropp, un agente doble itinerante y emisario del teórico del nazismo Alfred Rosenberg, quien, durante una visita a Londres en 1933, había colocado una corona de flores con forma de esvástica en el monumento funerario de Whitehall. El motivo de la visita de De Ropp a Londres era conocer al príncipe y al duque de Kent para hacerles un retrato completo de las cualidades de Hess, Rosenberg y el resto de líderes. Sir Robert Bruce Lockhart escribiría más tarde en su diario que el duque de Kent era «muy partidario del lado alemán».
El príncipe de Gales decidió realizar otro viaje por Europa con Wallis y un grupo de amigos. Iba a tratarse de una combinación de vacaciones y aventura política. Ese año, la situación del continente era extremadamente delicada. El Ministerio de Asuntos Exteriores británico se había embarcado en una política, promovida por el primer ministro Ramsay MacDonald, que parecía querer apaciguar tanto a Hitler como a Mussolini en sus ambiciones territoriales a fin de asegurar de cara al futuro tanto el equilibrio de poder que tenían los británicos en la Europa occidental como la derrota del comunismo. El Ministerio de Asuntos Exteriores británico pretendía separar a Hitler y Mussolini a toda costa y disuadirles de formar una alianza a gran escala que pudiera hacer peligrar la hegemonía británica. Entre las preocupaciones más urgentes del gobierno británico estaba preservar su poder en el Mediterráneo y prevenir el bloqueo o la conquista del canal de Suez, a través del cual se mantenían todas las rutas comerciales de importancia con las colonias británicas de África oriental y la India, la joya de la corona del Imperio británico.
Gran Bretaña participaba en un peligroso juego de conciliación con Mussolini, cuyas actividades cada vez se veían como más hostiles contra los intereses británicos, así como una amenaza para su flota. En esa época, Mussolini estaba tomando una posición contraria a Hitler porque temía que este le robara protagonismo en la escena europea. Ambos dictadores pensaban que la posesión de Austria, que en sí misma era una nación débil, asolada por la pobreza y políticamente flácida, decantaría el equilibrio de poder definitivamente en la dirección del país que la conquistara. Gran Bretaña intentaba alentar la influencia italiana en Viena porque debía dejar a Hitler rodeado por un círculo de poder seguro. Estaba mucho en juego en Whitehall, y el príncipe de Gales, tanto por deber como por empeño personal, participó en dicho juego.
Siempre un convencido del Imperio, consciente de la importancia de la India en la Mancomunidad Británica de Naciones, el príncipe estaba haciendo todo lo que podía por ejecutar la política exterior británica al realizar el viaje cuando lo hizo. Sin embargo, no era algo acostumbrado ni deseable que los miembros de la Casa Real se inmiscuyeran en asuntos políticos de esta forma, independientemente de lo bienintencionado que fuera su propósito. El objetivo del príncipe era animar a los austriacos y a sus vecinos los húngaros a que mantuvieran con toda la firmeza de la que fueran capaces su conexión con Italia y proporcionaran así un bloqueo a los avances de Hitler hacia el sur. La empresa fue aprobada por un amigo suyo, sir Oswald Mosley, cuya Unión Británica de Fascistas seguía estando financiada por Mussolini y el conde Ciano a través del Ministerio de Propaganda italiano. Wallis era una «tapadera» conveniente para esta misión en Viena y Budapest. En vista de que, por lo que él mismo admitió en sus memorias, el príncipe de Gales le pedía consejo respecto a todo, y de que sabemos que ella estaba plenamente informada de todos los asuntos políticos y leía todos los periódicos de Londres de la primera página a la última, resulta imposible creer que no estuviera al tanto del propósito del viaje. Pero no existe prueba alguna de que lo supiera.
El viaje comenzó como unas vacaciones. El séquito real viajó desde París en el Simplon Express hasta la estación de esquí de Kitzbühel, en Austria. Se suponía que el príncipe y sus acompañantes iban a cruzar el paso de Augsburg, pero una avalancha cayó sobre la vía y la bloqueó. En lugar de ello, fueron trasladados a otro tren, que, enviado por el gobierno austriaco a la ciudad de Wörgl, les hizo dar un rodeo de mil quinientos kilómetros. Tuvieron que esperar varias horas a una temperatura heladora a que llegara el tren.
El 5 de febrero llegaron a Kitzbühel, donde una multitud de corresponsales de prensa y fotógrafos ya les estaban esperando. El príncipe respondió en un alemán fluido a los discursos pronunciados por el alcalde y el prefecto de policía. Se alojaron en el Grand Hotel. Los copos de nieve arremolinándose y el cielo plomizo creaban un ambiente de penumbra gótica. Quince personas habían muerto en las avalanchas y un hotel de la estación y ocho casas habían quedado sepultados.
En Kitzbühel, Wallis y el príncipe trabaron amistad con alguien que le gustó a Wallis y que iba a desempeñar un papel importante en sus vidas. Se trataba del joven, ingenioso y atractivo Dudley Forwood, cuyo bigote perfectamente recortado, robusta figura y elegantes trajes inspiraban confianza en cualquiera que lo conociera. Era el agregado ayudante de sir Walford Selby, enviado británico y ministro plenipotenciario en Viena. Era costumbre enviar un agregado o primer secretario para que atendiera a los miembros de la Casa Real cuando estos llegaban a una nación extranjera. En el Grand Hotel, Forwood se unió al séquito real, en el que se encontraba Bruce Ogilvy, el hijo de lord Airlie, quien no tenía buen concepto de Wallis, Colin Buist y su mujer, y el ayuda de cámara y comandante Lambe.
Después de una frustrada clase de esquí, Wallis se quedó en el hotel jugando al bridge, al backgammon y al póquer junto al resto de miembros del grupo, mientras el príncipe salió a esquiar, desde la mañana hasta la noche, soportando rachas de fuerte viento y aguanieve.
El 9 de febrero por fin salió el sol y el cielo se volvió de un azul helado. Esa noche una radiante Wallis apareció vestida con un traje típico tirolés junto al príncipe, a quien se vio obligada a compartir con varias jóvenes preciosas en los bailes folclóricos tradicionales. El grupo se quedó allí durante una semana y se marchó de Kitzbühel en el expreso de medianoche del 16 de febrero en dirección a Viena.
Era una época emocionalmente compleja. Austria había salido de la Primera Guerra Mundial como una nación rota y abatida. Al hambre, la ruina económica y la desesperación les siguió la convicción de que la única esperanza para el futuro dependía de una alianza con Alemania. Algunos socialdemócratas y algunos socialistas cristianos, a pesar de encontrarse de forma clara a la izquierda del centro ideológico, se decantaban totalmente por mantener relaciones amistosas con los nazis. Cuando Hitler ascendió al poder, dejó claro que, como austriaco, esperaba que Austria fuera absorbida por el III Reich. Cuando resultó evidente que Alemania nunca aceptaría a Austria como igual, esta se volvió hacia Mussolini. Toda política se ejecutaba bajo la más estrecha consulta y colaboración con el dictador italiano. Se suprimió el gobierno parlamentario; el socialismo fue aplastado por el fascismo. Apenas unos días antes de que el príncipe y Wallis llegaran a Viena, los socialistas y los comunistas se habían manifestado distribuyendo pasquines en los barrios de Viena, y diez personas habían sido arrestadas. Se produjeron disturbios en las conmemoraciones del aniversario de la revolución socialdemócrata derrotada el año anterior. Y hubo más detenidos; al día siguiente de que el séquito real llegara a la ciudad, la policía y los socialistas se enfrentaron con violencia en Florisdorf, y otras cuarenta y cinco personas fueron arrestadas durante reuniones de radicales.
Se produjeron manifestaciones de signos contrarios a la puerta del hotel Bristol, lugar donde se hospedaba el grupo; algunos trabajadores pensaban que el príncipe de Gales estaba de su parte; otros, que era favorable al fascismo. Dejando en el hotel a Wallis, muy nerviosa, él salió el día 17 para realizar su primera visita a la Cancillería, donde conocería al presidente Miklas, al canciller Von Schuschnigg y al vicecanciller Von Stahremberg. George Messersmith, ministro estadounidense en Austria, que disponía de espías en sus reuniones, informó sobre el contenido político de las mismas al Departamento de Estado estadounidense unos días más tarde. El propósito era establecer la solidaridad del llamado Pacto de los Balcanes, ese grupo de naciones del sur de Europa que se habían unido en una alianza incómoda con Italia en oposición a la influencia de Hitler. Sin embargo, como Messersmith apuntaba en su informe, el príncipe de Gales estaba preocupado por que el Partido Laborista británico no aprobara su contacto con el gobierno fascista austriaco y por esta razón insistía en que las reuniones de alto nivel fueran minimizadas o ignoradas por la prensa. El príncipe, continuaba el informe de Messersmith, también realizó una visita especial al inmenso y esmerado complejo de apartamentos para trabajadores construido por el antiguo régimen socialista.
Él y Wallis continuaron su viaje en tren hacia Budapest. La capital húngara, que entonces se encontraba en la cima de su sofisticación y entretenimiento, resplandecía luminosa para recibirlos. Allí el gobierno, partidario de Mussolini, era incluso más opresor que el austriaco. Mientras mantenía una incómoda relación de amor-odio con su nación vecina, en aquella época Hungría también se había unido con firmeza al Pacto de los Balcanes. El príncipe mantuvo reuniones con el almirante regente Horthy y el feroz general Julius von Gombös, cuyo régimen opresor (pronto disolvería el gobierno que existía en ese momento) ya había ofendido a muchos comentaristas bien informados. Una vez más, el príncipe discutió la restauración de los Habsburgo, así como las necesarias alianzas con Italia para oponerse a Hitler. Al mismo tiempo, él y Wallis disfrutaron de los placeres barrocos del hotel Danube Palace, el casino y las tiendas repletas de antigua joyería húngara. El futuro rey de Inglaterra sorprendió a los clientes del palacio de baños termales St. Gellert apareciendo delante de ellos completamente desnudo.
La visita fue un éxito desde cualquier punto de vista. Tanto Austria como Hungría estaban ahora ligadas con mayor fuerza a la órbita italiana debido a la influencia del príncipe, limitando así la influencia de Hitler. Cuando el príncipe y su séquito regresaron el 28 de febrero a París, una gran multitud los recibió en la Gare de l’Est. La policía requisó cámaras y bombillas de flash usadas, pero aun así aparecieron algunas fotografías. Cuando Wallis y el príncipe se bajaron del tren en Londres, huyeron a través de la multitud hacia York House para cambiarse a toda prisa y acudir a cenar a casa de lady Cunard. Había sido un viaje excitante y agotador.
Pero aún les quedaba por delante algo más emocionante, un asunto de la mayor preocupación para el trono.
Como puritano de la última época victoriana, en marcado contraste con el rey Eduardo VII, Jorge V, cuyo propio historial sexual estaba lejos de ser intachable, tenía mucho de lo que ocuparse en su familia más inmediata. Aunque probablemente se habría mostrado reacio a condenar a sus hijos por permitirse una actividad sexual «normal» a escondidas, se oponía de forma categórica a su elección de determinadas parejas. Había tenido que afrontar el hecho de que dos de sus hijos, el príncipe de Gales y el duque de Gloucester, hubieran compartido la cama de la aviadora Beryl Markham, famosa por sus amoríos; había tenido que soportar el romance del príncipe de Gales y el duque de Kent con Sandra Rambeau; la aventura del duque de Kent con el efebo parisino David Edge, y algún otro; y también los escarceos del príncipe de Gales y el duque de Kent con Noël Coward. El hecho de que el duque de Kent se hubiera casado con la princesa Marina de Grecia había resultado una especie de alivio, especialmente porque dos de sus hermanas estaban casadas con hombres que podrían ayudar a preservar una paz duradera con Alemania. Pero lo peor de todo era la relación del príncipe de Gales con Wallis, una mujer casada de mala reputación, una cazafortunas evidente y un exponente de lo que solía llamarse, en aquella época antediluviana, prácticas sexuales perversas.
El rey, que estaba a punto de cumplir sus bodas de plata casado con la aún más correcta y honrada reina María, se embarcó en una empresa que era, como poco, contraria a su carácter. Consistía en obtener, por decirlo delicadamente, toda la basura que pudiera relacionarse con Wallis Warfield Simpson.
Aunque una vez, en un ataque de despecho, había dicho que esperaba que Eduardo nunca se casara, claramente seguía confiando en la unión de su hijo con la princesa Federica, un matrimonio que podría evitar otra guerra mundial, la segunda de su vida. El horror de las trincheras, el barro, las ratas, los obuses, la sangre derramada, el conflicto entre primos alemanes, la pérdida de un mundo elegante y culto, la destrucción de la flor y nata de los varones ingleses… eran las obsesiones de todo el mundo en la generación de Jorge V, y él habría dado, es justo decirlo, cualquier cosa por evitar que estos hechos volvieran a suceder.
Y por eso, a principios de 1935, el rey se puso en contacto con lord Trenchard, un viejo y leal amigo, además de inspector jefe de la Policía Metropolitana de Londres. Trenchard, inmensamente distinguido por ser el creador de las Fuerzas Aéreas Reales, era, como su soberano, un obstinado puritano. En el transcurso de la revisión de la estructura burocrática de Scotland Yard, había conseguido mejorar la calidad del cuerpo, fundado una escuela de entrenamiento para los policías y despedido a los miembros poco eficientes de esta fuerza de la autoridad. No quería de ninguna manera que sus agentes se dedicaran a perseguir mujeres de vida alegre en dormitorios o zonas de combate sexual, obtener información de codemandados que condujeran a un divorcio o hacerse cargo de cualquier otra tarea sórdida más apropiada para un detective privado. Y lo que el rey le pidió a Trenchard era que investigara a Wallis Simpson como si fuera una vulgar prostituta.
A Trenchard no debió de hacerle ninguna gracia la tarea. De hecho, a pesar de sus enérgicas reformas, nunca disfrutó de su trabajo a cargo del crimen; su pasión eran las fuerzas aéreas.
Su trabajo diario en Scotland Yard ya era bastante oneroso y desagradable sin esta sórdida carga extra; pero era un viejo soldado caballeroso y nunca habría dejado de satisfacer a su rey. En realidad, había dimitido dos años antes, deseando poder disfrutar de una jubilación más que merecida, pero el monarca había insistido en que se quedara, primero para encargarse de la seguridad en el matrimonio de los duques de Kent, potenciales objetivos de los terroristas comunistas, y más tarde para los preparativos de las bodas de plata de su reinado.
La rama especial de Scotland Yard estaba destinada a proteger, no a exponer, a los miembros de la familia real. Comenzó sus investigaciones sobre Wallis a finales de la primavera de 1935; el esforzado subjefe Albert Canning estaba al cargo. Este descubrió a través de varios amigos de Wallis que ella se estaba acostando con un hombre del que por algún motivo nadie decía el nombre. A Canning no le llevó mucho tiempo descubrir que su amante era un ejecutivo de ventas de la compañía de automóviles Ford llamado Guy Marcus Trundle.
Atractivo, elegante, de treinta y cinco años en aquella época, Trundle era poco más que un gigoló, dado que por sus servicios sexuales Wallis le había dado dinero que ella recibía del príncipe de Gales. A fin de reflejar el notorio antisemitismo y el amor por Hitler de su patrón estadounidense Henry Ford, los empleados de dicha compañía no podían ser judíos y debían tener ideología de extrema derecha y aprobar la decisión de su empresa de construir camiones y vehículos armados para el Ejército alemán, un proceso que no cesó durante la Segunda Guerra Mundial. Hitler idolatraba a Ford, al que incluso dedicó una mención honorífica en Mi lucha, y tenía un retrato de él siempre en su mesa. Por lo tanto, Trundle debía de ser en el fondo un leal fascista ario y un hombre con quien Wallis podía entenderse bien.
Casado en aquella época, descrito por muchos informantes de Canning como un sinvergüenza o un canalla, Trundle parecía caerle mal a todo aquel con quien habló Canning. La pregunta era: ¿dónde pudieron ella y Trundle consumar su relación?
No podía ser en un hotel, lleno de empleados cotillas, porque el príncipe de Gales se habría enterado. Tampoco podía haberles prestado una casa o un apartamento ningún amigo que Wallis hubiera conocido en sus relaciones de sociedad. Como Trundle estaba casado, no podían encontrarse en la casa de este, que era una propiedad de la Casa Real cercana al lugar de nacimiento de la duquesa de York en Bruton Street; y desde luego Wallis no podía llevarlo al número 5 de Bryanston Court. Lo más probable es que las citas fueran, como indica su siguiente relación con William Bullitt, embajador estadounidense ante Francia, en su modista: el único lugar al que el príncipe de Gales no la seguiría.
Su modista habitual, la agente nazi Anna Wolkoff, tenía un pequeño establecimiento en Mayfair; pero otra amiga, Elsa Schiaparelli, la célebre diseñadora de moda italiana, cuyas prendas empezó a llevar Wallis a mitad de la década de 1930, acababa de abrir un taller de costura en el número 36 de Upper Grosvenor Street, muy cerca de una de las antiguas residencias de Wallis. En 1990, el director de cine Jean Negulesco me contó que entre su grupo de amigos se sabía que el edificio, ahora un bloque de pisos en el que él mismo había tenido un apartamento desde 1950, era el lugar donde la señora Simpson se encontraba con su amante y donde Schiaparelli (a quien él había conocido en París a finales de la década de 1930) les protegía a ambos.
Schiaparelli era la tapadera perfecta, porque ella también simpatizaba con los nazis. Los archivos sobre ella del FBI y del Departamento de Estado estadounidenses existentes en los Archivos Nacionales de Washington demuestran que operaba de forma continuada en representación de Hitler y, algo mucho más importante a la vista de su conexión con Wallis, compartía con ella al abogado francés nazi Armand Grégoire; este ya trabajaba para Wallis desde 1934.
Un aspecto curioso del informe de Canning es que en él se decía que Wallis, al tiempo que mantenía este idilio, se encontraba celosa de una mujer «austriaca o húngara» presente en la vida del príncipe de Gales. No se aclaraba su nombre, pero no era costumbre en las investigaciones de Scotland Yard mencionar a los miembros de la realeza. Y es que, probablemente, la mujer concernida fuera la princesa Federica de Hannover, que dividía su tiempo entre Londres y Viena en aquella época. «Austro-húngara» puede ser una descripción policial comprensible de una hija del duque de Brunswick, si Canning, como es probable, tenía algún conocimiento de sus detalles genealógicos.
En medio de la investigación policial sobre Wallis, lord Trenchard dimitió finalmente y de forma irrevocable el 5 de junio de 1935, quizá (su nieto lo pone en duda) porque le desagradaba esta continua y sórdida tarea de la Casa Real, aunque permaneció en su puesto hasta diciembre para poder ayudar a su sucesor, sir Philip Game. Este, tras un desafortunado periodo como gobernador general de Australia, fue degradado considerablemente al ser designado inspector jefe de policía. Ahora debía ayudar al rey a llevar a cabo, en cooperación con el Servicio Secreto de Inteligencia, una investigación sobre la vida de Wallis en Estados Unidos con la que el monarca pudiera ganarle la partida cuando llegara el momento.
Con una hipocresía y un descaro asombrosos, Wallis se las arregló para fingir delante del príncipe de Gales. El 15 de junio, en medio de su idilio con Trundle, posó para Cecil Beaton y le obsequió el retrato al príncipe dedicándoselo. La fotografía apareció en la revista Vogue del 10 de julio. El día 27, le regaló otro retrato suyo, realizado esta vez por Man Ray, en el que escribió, curiosamente: «QUÉ GRANDE». Dado que el príncipe no era conocido precisamente por el tamaño de sus atributos, ¿se trataba de una broma privada y desagradable, pensada para mantenerle en vilo, y una referencia malintencionada y subrepticia a Guy Trundle, mucho más viril que él?
Una de las pocas aficiones permanentes de Jorge V, al margen de los deportes, era China; poseía un conocimiento del país tan formidable que lord Killearn, embajador británico en Egipto, en una visita que realizó al palacio de Buckingham en esa época, se quedó tan sorprendido que dio cuenta de ello en su diario. Además, Stanley Baldwin, elegido primer ministro en junio, también tenía un gran interés por China, país que había visitado durante la década de 1920. Armados con este conocimiento previo, tanto el rey como el primer ministro estaban bien preparados para instruir al agente del Servicio Secreto de Inteligencia en China, Emmanuel Cohen, para que procediera a sacar a la luz la carrera de Wallis en ese país.
Scotland Yard y el Servicio Secreto de Inteligencia suministraron todos los hechos que fueron necesarios de su paso por Hong Kong, Shanghái y Pekín, y otros agentes de Baltimore, San Diego, Pensacola y Nueva York obtuvieron detalles relacionados con el juego, la promiscuidad sexual y el tráfico de drogas. Baldwin entregó los informes resultantes al rey; dada la sensibilidad de la reina María, se dejó que fuera su gran amigo y ayuda de cámara, el honorable John Coke, distinguido y moralmente impecable hijo del conde de Leicester, quien le mostrara los informes personalmente. Él escribiría años más tarde que la impresión que se llevó y su consternación fueron indescriptibles.
En enero de 1951, cuando surgió el controvertido tema de si se debía permitir a Wallis utilizar el tratamiento de Su Alteza Real, Winston Churchill llamó a Coke para que acudiera a su residencia de vacaciones en Marrakech, donde se encontraba trabajando en una historia popular, para preguntarle sin rodeos por qué se le seguía negando este privilegio. Coke le recordó que en 1936, durante el último mes de vida de Jorge V, él mismo había escuchado a la reina María decir que, en vista del informe que él le había mostrado, Wallis nunca podría llegar a reina. Ella, la duquesa de York y la duquesa de Kent estuvieron de acuerdo sobre el tema en aquella época.
Desde ese día hasta la actualidad, historiadores y biógrafos han negado la existencia del informe, pero constituye la excepción a esta lista Kenneth de Courcy, duque de Grantmesnil, amigo de John Coke y el príncipe de Gales, quien sabía de su existencia a través de la reina María y Coke, si bien creía que se trataba de una falsificación. Es absurdo; ni el rey Jorge V ni Baldwin ni John Coke habrían falsificado nunca un informe; no eran delincuentes.
Es importante reseñar que la familia real confiaba tanto en Coke que nunca fue despedido de su empleo. Si hubiera sido parte de una falsificación dirigida por Baldwin, habría sido apartado y se le habría destinado a algún puesto remoto de la Mancomunidad Británica de Naciones, que era el procedimiento habitual con los empleados reales que cometían algún error grave. Él siguió siendo el ayuda de cámara de la reina María hasta el final de la vida de esta y el del rey Jorge VI (quien nunca habría admitido a un mentiroso a su servicio) hasta que este murió. Tampoco le rechazó Winston Churchill cuando fue a Marrakech en 1951; muy al contrario, le tenía un gran respeto.
Los escépticos siguen haciéndose oír; en su biografía no autorizada del rey Eduardo VIII, publicada en 1991, Philip Ziegler afirmaba incorrectamente que todo el mundo parecía haber conocido a alguien que había visto el informe pero que nadie parecía haberlo visto en persona, ofendiendo así la memoria de Coke.
Durante la primavera de 1935, Wallis se dejó ver por la noche en todas partes triunfante, tan resplandeciente como sus esmeraldas. Henry Chips Channon observó que en un almuerzo celebrado el 4 de abril Wallis «ya poseía el aire de un personaje que entra en una habitación casi esperando que los demás le hagan una reverencia. Tiene un dominio absoluto sobre el príncipe de Gales». El 31 de mayo, el príncipe y Wallis fueron invitados por lady Cunard a su palco de la Royal Opera House de Covent Garden. Cuando llegó el primer entreacto, Wallis le dijo cortante al príncipe de Gales: «Date prisa, David. O llegarás tarde al baile del Consejo del Condado de Londres. Y saca ese puro del bolsillo de la chaqueta. ¡No es que quede bonito, precisamente!».
Esa primavera, la alta sociedad londinense estaba muy emocionada con respecto a las bodas de plata del reinado de Jorge V. Se estaban gastando enormes sumas de dinero para conseguir que aquella mugrienta ciudad tuviera una apariencia razonablemente festiva; los edificios fueron engalanados con banderas y flores, y se encendieron hogueras por toda Inglaterra. El rey dejó claro a su equivocado hijo que Wallis no sería bienvenida en el baile; como divorciada, también tendría prohibido el paso al palco real de Ascot y se le negaría cualquier otro privilegio sobre el que tuviera control la familia real.
El rey se opuso frontalmente al príncipe en todo lo referente a Wallis. Este le dio a su padre su palabra de honor de que nunca había mantenido relaciones sexuales con ella. Algo que, por supuesto, quizá fuera literalmente cierto si él y Wallis aún se conformaban con realizar juegos sexuales fetichistas que no implicaran la consumación plena de su relación. El príncipe insistió en que Wallis era «una persona estupenda» y que le hacía «supremamente feliz», a diferencia de Thelma Furness, quien era, como deslealmente confesó, «una bestia». Insistió una vez más en que Wallis no era su amante y rogó que se le permitiera entrar en el palco real, así como aparecer en el baile. El rey le replicó que, en vista del hecho de que su relación con Wallis era (como equivocadamente creía él) estrictamente platónica, ordenaría que los Simpson fueran invitados. Lord Wigram, secretario privado del rey, escribió en su diario: «Los empleados del príncipe estaban horrorizados ante la audacia de las afirmaciones de [S. A. R.] el príncipe de Gales. Aparte del hecho de que ellos habían visto a S. A. R. y la señora S[impson] en la cama juntos, tenían pruebas suficientes de que S. A. R. vivía con ella».
El baile se celebró el 14 de mayo. Según la tradición, el príncipe debería haberlo abierto bailando con su madre. En lugar de ello, causó un tremendo revuelo al dirigirse hacia Wallis y hacerla girar por la pista en la segunda pieza de baile. Para empeorar aún más las cosas, bailó con ella justo delante de sus padres, quienes le dirigieron una mirada de acerado disgusto. Ella se sintió humillada.
Después del baile, Wallis, el príncipe y un grupo de amigos fueron a bailar al Embassy Club hasta las cuatro de la madrugada. La novelista Marie Belloc Lowndes afirmó que Wallis guardaba en su bolso enjoyado los puros tanto del príncipe como de Ernest Simpson y se los daba como si repartiera golosinas a niños traviesos. Cuando la señora Lowndes se lo contó a su marido al llegar a casa, él le respondió: «Había oído hablar del precio de la vergüenza, pero nunca de que este tuviera forma de puro».
Wallis estaba decidida a presenciar la procesión de las bodas de plata que finalizaba en la catedral de San Pablo. York House no contaba con unas vistas satisfactorias. En la mañana de la procesión, el príncipe de Gales telefoneó a la secretaria ayudante de su padre, Helen Hardinge, mujer del honorable comandante sir Alexander Hardinge. Los Hardinge vivían en una Casa de Gracia y Favor cercana a York House, que tenía una situación inmejorable para ver la procesión. Él le dijo a Helen Hardinge: «A dos de mis doncellas les encantaría ver el desfile. ¿Podrías guardarles un sitio en una de tus ventanas?». La señora Hardinge le hizo el favor. Cuando ella y su marido salían para San Pablo, llegaron las dos «doncellas». Eran Wallis y lady Cunard. La señora Hardinge estaba furiosa.
Durante todo ese mes, muchos miembros de las casas reales extranjeras, entre los que se incluían diversos parientes del monarca, llegaron a Londres para estar presentes en las celebraciones de las bodas de plata del reinado. De forma inteligente, Hitler consideró este acontecimiento como la oportunidad ideal para reforzar el progermanismo de muchas personalidades, tanto dentro de la familia real británica como entre los círculos aristocráticos. Consciente de que el gobierno aún se decantaba a favor de Italia, buscando limitarle para mantener el equilibrio de poder británico, se esforzó por corregir la situación sacando una escalera de color del apagado mazo de cartas en que se había convertido la destronada familia real alemana de Hohenzollern. Habría sido un error enviar al débil káiser a Londres, porque la opinión pública británica se habría alzado airada contra el antiguo enemigo. En vez de eso, con gran astucia, Hitler envió a la nuera del káiser, la princesa Cecilia, su hija Victoria y su hijo Ernesto Augusto, junto al favorito del príncipe, Carlos, el duque de Sajonia-Coburgo-Gotha, que militaba en las SS. El Führer pensaba que podía confiar en estas figuras, completamente comprometidas con su causa, aunque solo fuera para proteger sus intereses, para causar una buena impresión en el palacio de Buckingham. Inevitablemente, Wallis se encontró con ellos en esa época. Entre sus nuevos amigos estaban el príncipe y la princesa Von Bismarck, y entre otras conexiones cruciales con los primos de la realeza alemana se hallaban sus leales anfitriones, sir Harold y lady Zia Wernher. Lady Zia era la hermana, y también rusa blanca, de Nada Milford Haven. Sir Harold era el director de Electrolux en Gran Bretaña, y por consiguiente un socio del magnate multimillonario sueco y propietario de Electrolux Axel Wenner-Gren, monárquico y amigo del mariscal de campo Goering, quien tiempo después desempeñaría un papel protagonista en las vidas de Wallis y el príncipe. A finales de mayo Leo von Hoesch celebró una fiesta de gala en la embajada de Carlton House Terrace en honor a Wallis, el príncipe de Gales, los Bismarck, la princesa Cecilia y los Wernher.
Durante la cena, a Wallis le intrigó escuchar que la princesa Cecilia instara al príncipe a que hiciera público su deseo de que se firmaran alianzas más estrechas con la Alemania nazi. Le sugirió que una ocasión ideal podría ser el discurso que tenía previsto dar en el Queen’s Hall a los veteranos de la Primera Guerra Mundial miembros de la Legión Británica. Esta formación se encontraba ya en estrecho contacto con su homóloga alemana y estaba ansiosa por reparar el daño hecho durante la Gran Guerra estrechando la mano de la amistad por toda Europa. El príncipe estuvo de acuerdo en que la idea era excelente. Aparentemente, nunca se le había ocurrido que, al aceptar tal compromiso, pondría al descubierto el doble juego que estaba llevando a cabo con las potencias europeas y enfadaría mucho a sus amigos de Viena y Budapest, así como al gobierno francés, que ya era uña y carne con Mussolini.
El 19 de junio de 1935, tras una atronadora ovación, el príncipe, sin Wallis, subió al podio del Queen’s Hall y dio un discurso a la Legión en el que se hacía explícito su deseo de olvidar los conflictos de la Gran Guerra. El público se puso en pie aplaudiendo; la gran mayoría de los presentes aún vivían angustiados por el horror de las trincheras. En el mismo momento en que el príncipe estaba hablando, algunos veteranos alemanes, portando banderas con esvásticas y las bendiciones del Führer, se encontraban de camino a Brighton, donde unos días más tarde marcharon por las calles e hicieron aparición en una cena, celebrada por el príncipe Otto von Bismarck, en la que se leyó un mensaje en alemán que había enviado para ellos el príncipe de Gales. En una ceremonia que tuvo lugar en el ayuntamiento, el líder de la Liga del Reich Klaus Korres dijo: «El príncipe de Gales es el hombre del momento, no solo en su país, sino también en Alemania. Heil Hitler!».
El discurso del príncipe en el Queen’s Hall provocó una enorme controversia. El rey Jorge estaba furioso, particularmente dado lo importante que era continuar con la política de contemporización con Mussolini para proteger el Mediterráneo y el canal de Suez. Y, lo que era más importante, resultaba esencial que los miembros de la familia real no se expresaran públicamente sobre asuntos políticos. El discurso del príncipe solo sirvió para ilustrar su ingenua y confusa posición política. Díscolo y desafiante, se estaba comportando como un entrometido y resultaba irritante de todas las formas posibles. Goering y el general y conde Von der Götz, jefe de la Liga de Oficiales Alemanes del Reich, enviaron telegramas aprobando su intervención. Una semana más tarde, en una concurrida asamblea de doscientas personas celebrada en Núremberg, Goering, después de denunciar de forma salvaje a los judíos, dijo: «Los alemanes quedaron profundamente reconfortados con la declaración del heredero al trono británico. Puede estar seguro de que los soldados alemanes del frente, así como el pueblo alemán en general, estrecharán con entusiasmo la mano que se les ha tendido».
En la Casa de los Comunes, Aneurin Bevan, miembro laborista del Parlamento por Ebbw Vale, planteó preguntas sobre el tema, asediando al nuevo secretario de Asuntos Exteriores, el conservador sir Samuel Hoare. Este dejó claro que el príncipe había actuado por su cuenta, sin sanción ni autorización indirecta de ningún tipo. Sin embargo, en algún sentido, la respuesta hasta cierto punto honrada de Hoare nacía viciada por la hipocresía, ya que tan solo seis días antes del discurso se había firmado el Acuerdo Naval Anglo-Germánico, que permitía a Hitler, contraviniendo el Tratado de Versalles, reconstruir la flota alemana hasta el treinta y cinco por ciento de la fuerza naval británica.
Al mismo tiempo, la relación de Gran Bretaña con Italia, fomentada tan cálidamente por el príncipe, comenzó a verse amenazada por la política exterior de Anthony Eden. El conde Grandi recuerda que, después de una reunión con Eden en Roma, Mussolini le llamó para que se acercara y, en un tono duro y resuelto, le dijo: «Los ingleses y los franceses han declarado su absoluto desinterés por el destino de Austria […]. Pronto la bandera nazi ondeará sobre la frontera del Brennero. Es doloroso pero inevitable. Maquiavelo escribió: “Si no puedes con tu enemigo, únete a él”. Llegará el mal día en que tendremos que unirnos a los alemanes. Y no será agradable». Grandi continúa:
Mussolini advirtió que Eden, al tiempo que adoptaba una actitud beligerante hacia nosotros, también mostraba cierta ceguera en lo referente a nuestros problemas con África. Mussolini me dijo: «Desde este momento, se producirá un cambio en nuestra política exterior. Ya que somos incapaces de salvar Europa, nos moveremos hacia África».
Los ingleses se mostraron indecisos con respecto a nuestras acciones en África, sobre todo en relación con Abisinia. Ni aprobaron ni se opusieron a nuestros planes de conquistar Etiopía. En junio de 1935 los intereses británicos se centraban en su política interior debido a la inminencia de unas elecciones generales. Pero a medida que avanzó ese año, se intensificó un sentimiento contrario a Italia.
El príncipe de Gales ejerció toda la presión que pudo sobre los círculos de la alta sociedad para contrarrestar la creciente oposición al colonialismo italiano. A este respecto, dada su amistad con Grandi, Wallis estuvo completamente de acuerdo. Y además estaba la contradicción de que tanto Wallis como el príncipe flirteaban con los alemanes en Londres. Wallis logró otra amistad que provocó a los elementos antialemanes de Whitehall: el 29 de junio había sido invitada por lord y lady Londonderry, en una época en la que este escribía cartas de admiración a Hitler (a quien había visitado) y apoyaba descaradamente el régimen nazi. El 15 de junio, con la bendición del príncipe de Gales, algunos miembros de la Legión Británica viajaron a Berlín, donde fueron recibidos con gentileza por el Führer.
Durante este periodo de enorme publicidad y corrientes conflictivas en el mundo de la política, el príncipe de Gales estuvo sometido a mucha presión. Cada vez dependía más del apoyo de Wallis, pero ella aún conservaba una actitud ambigua hacia él. Por un lado, ella disfrutaba despreciando las convenciones, regodeándose con la atención pública y aumentando su poder personal. Por otro, como deja claro una escalofriante carta escrita en esa época a la tía Bessie, en realidad no estaba enamorada. De hecho, cada vez le afligían más la dependencia infantil del príncipe —a pesar de que hubiera sido ella quien había creado esa situación— y sus llamadas y visitas, todavía insistentes. Con frecuencia aburrida, crispada o impaciente, aunque fuera imposible lo quería todo: un marido impasible y leal y un príncipe completamente esclavizado; tanto respeto como notoriedad; las ventajas de la privacidad y las del protagonismo social. Esa necesidad tan propia de la realeza de ser satisfecha de todas las formas posibles había resultado ser contagiosa.
En una conversación mantenida con el embajador estadounidense en Londres, Joseph P. Kennedy, el 13 de junio de 1938, como anotó el propio Kennedy en su diario, sir Edward Peacock, encargado de las finanzas de la Casa Real como administrador general del ducado de Cornualles, afirmó que en aquella época el príncipe de Gales comenzó a sacar divisas reales del país, sobre todo a Estados Unidos, donde, a pesar de la Gran Depresión, se podían encontrar mejores inversiones que en Inglaterra. Al igual que Hitler y Goering, el príncipe invirtió sumas considerables en acciones de empresas ferroviarias, preferiblemente del nordeste de Estados Unidos.
En julio, ya se estaba planeando otro viaje político a Europa continental bajo la apariencia de unas vacaciones. Utilizando el pseudónimo de lord Chester, que en realidad no engañaba a nadie, el príncipe salió con Wallis y unos amigos hacia Francia, y llegó el 7 de agosto a Cannes en el Tren Azul. Sus amigos, el vicecónsul John Taylor y su mujer, salieron a recibirles. Aparentemente indiferente al apoyo del príncipe al régimen antisemita de Hitler, sir Philip Sassoon seguía siendo uno de sus amigos íntimos y dispuso que se alojaran en casa de su hermana, lady Cholmondeley; su Villa le Roc se encontraba al lado del famoso castillo de l’Horizon de Maxine Elliott. Aquella preciosa casa blanca estaba situada junto al mar y disponía de una piscina como las de los transatlánticos, ingeniosamente contenida dentro de las rocas sobre las que se había construido la casa. También disponía de un pantalán para el yate privado.
El séquito real nadó, practicó esquí acuático, jugó al golf y realizó un pequeño crucero por la zona a bordo del yate Sister Anne, propiedad de la heredera de la empresa de máquinas de coser Singer, la honorable señora Daisy Fellowes. Sin embargo, en estos días dorados, bañados por el sol, subyacía una corriente de peligro y tensión. Existía el peligro de que asesinos comunistas intentaran disparar al príncipe. Tanto él como Wallis debían estar vigilados todo el día, y no podían abandonar la casa sin que les acompañaran agentes especiales franceses y británicos y un comisario de Scotland Yard, David Storrier. La vigilancia se intensificó cuando, el 1 de septiembre, Wallis, bastante asustada, y el príncipe zarparon en el Cutty Sark, el yate valorado en un millón de libras propiedad del filonazi duque de Westminster, uno de los terratenientes más ricos de Inglaterra, que poseía grandes propiedades de terreno en Londres. El viaje fue un acto de locura, dado que el barco amarró en Córcega, isla repleta de terroristas. Al final, los comunistas no realizaron ninguna acción y, el 9 de septiembre, después de semanas de sol, mar y fiestas con, entre otros, Herman y Katherine Rogers, la controvertida pareja partió hacia Budapest.
Se detuvieron brevemente en Ginebra, dedicando la mañana a visitar fábricas de relojes y la tarde a una reunión con el secretario privado de sir Samuel Hoare, quien les informó de las actividades de este en la Sociedad de Naciones. Las tropas italianas estaban preparadas para invadir Abisinia, el enorme y empobrecido reino situado en África oriental dedicado al cultivo de algodón y gobernado por el emperador Haile Selassie. Hoare estaba dispuesto a permitir a Mussolini carta blanca en la región debido a diversas razones, entre las que se incluía el que garantizaba la protección de los cuantiosos intereses económicos británicos en empresas ferroviarias y ganaderas, y el acuerdo no escrito de que el dictador italiano no bloquearía el canal de Suez ni atacaría a la flota británica del Mediterráneo ni Gibraltar.
El 11 de septiembre, Wallis y el príncipe llegaron a Budapest. Allí los titulares estaban monopolizados por el discurso que había realizado Hitler el día anterior en el Congreso de Núremberg, condenando el marxismo judío y al moderado Partido Centrista, y prometiendo emplearse contra ambos con mayor dureza en el futuro. Una vez más, el príncipe mantuvo reuniones con el regente Horthy y almorzó con el presidente Gombös. Al mismo tiempo, continuaba su torpe doble juego de prolongar la conexión italiana para asegurarse de que, al mantener la política exterior británica, no se producirían interferencias con las expansiones coloniales de Mussolini. La pareja siguió viaje a Viena, donde de nuevo el príncipe combinó visitas a la Escuela Española de Equitación, a salones de té y a clubes nocturnos con reuniones al más alto nivel en la Cancillería.
Realizaron también un viaje relámpago a Múnich para contentar a los alemanes y un escalofriante trayecto en coche por la autopista transalpina hacia Francia. Una vez en París, reforzó dos vínculos. El primero de ellos fue con Albert Frédéric Armand Grégoire, descrito en un informe confidencial de la Sûreté francesa realizado el 9 de abril de 1934 como «uno de los espías nazis más peligrosos». Seguía siendo el abogado de Wallis, así como el representante en Francia de los negocios de la compañía Simpson, Spence and Young ante la línea marítima alemana Lloyd y la Hamburg-American Line. También era el abogado de Elsa Schiaparelli, Ribbentrop y Otto Abetz, más tarde embajador alemán en París, así como el principal contacto de sir Oswald Mosley en la ciudad.
Robusto y moreno, con una cicatriz consecuencia de un duelo que le cruzaba la mejilla izquierda, Grégoire había nacido en Metz (Lorena), en 1894. Le había sido otorgada la Cruz de Hierro, de primera clase, por el káiser Guillermo II, y se había convertido en íntimo amigo del príncipe heredero y de la princesa heredera Cecilia. Era el fundador y director del fanático movimiento francista de Marcel Bucard, una de las principales células fascistas de Francia. Bajo el pseudónimo de Greg le Franc publicó artículos filonazis en Le Franciste, la incendiaria publicación oficial del movimiento. En el ejemplar de enero de 1934 (vol. I, núm. 2) había escrito:
Naturalmente, confiamos de todo corazón en una alianza
con la Alemania nazi. Somos completamente conscientes de que esta alianza constituye el único medio posible de evitar la corrupción mundial. Entendemos que esta alianza es posible, de hecho más sencilla que una con los británicos, nuestros antiguos enemigos, con quienes tenemos mucho menos en común de lo que tenemos con los alemanes.
Que Wallis utilizara al famoso Grégoire como contacto y abogado (en 1937 la representaría en un importante juicio por calumnias) era algo desastroso, y el Servicio Secreto de Inteligencia intensificó su vigilancia sobre ella. Mientras estaban en París, Wallis y el príncipe también se hicieron amigos de Pierre Laval, primer ministro francés. Taimado, poco fiable, famoso por su apariencia grasienta y por una pajarita blanca lavable que en realidad nunca lavaba, Laval estaba casado con una mujer encantadora y elegante. Llevó a cabo una política en la que intentó complacer a las naciones balcánicas, los alemanes y los italianos mientras en secreto intentaba enfrentar a unos con otros. Soñaba con darle a los alemanes carta blanca para que pudieran destruir la Unión Soviética mientras mantenía separados a Hitler y Mussolini para preservar el equilibrio de poder francés. Despreciaba a los ingleses, a pesar del acuerdo que había firmado con ellos sobre estos temas.
Estando en París, Wallis fue finalmente impulsada a los niveles más altos del poder europeo. Hasta entonces, el príncipe de Gales la había excluido de las reuniones con los jefes de Estado, dejando que fuera de compras mientras él se daba el gusto de intervenir en el artero juego de la política europea. Este movimiento resultaba no solo escandaloso a los ojos del palacio de Buckingham sino también significativo al ilustrar tanto la confianza que el príncipe tenía en Wallis como la necesidad que sentía de que ella se convirtiera en su consorte real. Dispuso lo necesario para que ella asistiera a un almuerzo con Laval, ofrecido por el embajador británico, sir George Clerk, que se celebraría en la embajada el 1 de octubre.
La fecha del almuerzo era relevante. Durante semanas, Anthony Eden, como representante de Gran Bretaña en la Sociedad de Naciones, había consultado con Laval el delicado asunto de la alianza secreta entre Francia y Mussolini, a la que Eden se oponía. Ese enero, en Roma, Laval había firmado un acuerdo con el dictador italiano que le daría a este carta blanca en Etiopía. Ahora, con su gesto, el príncipe de Gales confirmaba que respaldaría a Laval en su rotundo apoyo a las ambiciones coloniales de Mussolini, un hecho sobre el que testificaría Laval en agosto de 1945, cuando se enfrentara al cargo de
traición contra Francia[10].
No existían precedentes: el heredero al trono asistiría, acompañado por su amante, a un encuentro político sancionado por el embajador británico. El yerno de Laval, el distinguido abogado parisino y conde René de Chambrun, un descendiente directo de Lafayette, reveló en 1987 a este autor los secretos
de la reunión[11]. Durante la reunión, el príncipe prometió obtener la aprobación de la política de Laval con respecto a Mussolini por parte de su padre el rey y su gobierno. A cambio, afirma el conde de Chambrun, se haría prometer a Mussolini que no firmaría una alianza con el Führer que pusiera en peligro a Gran Bretaña y Francia. Al mismo tiempo, se le exigió a Laval que asegurara, cosa que hizo, que permitiría a Gran Bretaña usar los puertos franceses si en cualquier momento futuro esta mantenía un conflicto directo con Italia en el Mediterráneo.
El conde de Chambrun vio este encuentro como un síntoma de la audacia y la inteligencia tanto de su suegro como del príncipe de Gales. Pero se le pasó por alto un detalle relevante. Un día antes de la reunión en la embajada, Hitler había asegurado a Laval, algo ampliamente publicado en la prensa internacional pero ignorado por los historiadores, que no emprendería ninguna acción contra Francia, independientemente de qué acuerdos firmara esta con Italia. Esta garantía le había llegado a Laval a través de sir Samuel Hoare. Este anuncio dejaba claro que Hitler ya estaba planeando una alianza con Mussolini para afianzarse de forma permanente en el Mediterráneo y controlar Austria y los Balcanes.
En los días siguientes, Wallis, el príncipe de Gales y Laval, en compañía de madame Laval y Josée, hija de Laval, intercambiaron muchas visitas. Los Laval fueron a cenar al hotel Meurice, y Wallis y el príncipe fueron a casa de los Laval. Debe mencionarse una vez más que la inclusión de Wallis en tales reuniones al máximo nivel era algo extraordinario; estaba recibiendo el trato de princesa, responsable política y diplomática. En una reunión a la que Wallis no asistió, Laval sugirió que el príncipe intentara llegar a un acuerdo con Alemania que reuniera a Mussolini y al Führer. Laval dijo que él estaba seguro de que Mussolini aceptaría un acuerdo honrado y sugirió al príncipe que hablara con el rey. El príncipe le contestó: «Mi padre no se entromete en política, pero yo hablaré con él».
El príncipe tenía claro que ya no hacía falta que siguiera realizando un doble juego entre los dictadores italiano y alemán, que podrían unirse para lograr un objetivo común. Que dicho objetivo era romper el pacto francosoviético, prevenir la extensión del bolchevismo y destruir la Unión Soviética fue algo que el conde de Chambrun le dejó claro al autor de este libro.
Mientras tanto, el duque de Kent estaba ocupado con la misma agenda política. Poco después de que el cobarde príncipe Pablo de Yugoslavia nombrara primer ministro al siniestro fascista Milan Stoyadinovich —cargo que este hacía compatible con ejercer también de ministro de Asuntos Exteriores— y que llegara a un acuerdo infame con el gobierno de Hitler para el comercio de bauxita, carbón y cereales, se reunió con Laval para aprobar la invasión italiana de Etiopía. En el encuentro estaban también el príncipe Felipe de Hesse, cuyo suegro el rey Víctor Manuel pronto sería coronado emperador de ese país de forma ilegal, y el duque de Kent, quien se alojaba en Múnich en la casa del conde Toerring, su cuñado nazi. No hace falta tener mucha imaginación para saber qué alianzas discutieron estos taimados conspiradores.
El día siguiente a la reunión en la embajada británica, los planes del príncipe de Gales y Pierre Laval se cristalizaron. Los británicos garantizaron a Mussolini el paso de una tropa de 150 000 soldados a través del canal de Suez. Italia invadió Etiopía sembrando la devastación y la destrucción. Su ejército utilizó gas mostaza, prohibido por la legislación internacional debido a sus terribles consecuencias, entre las que se incluía la ceguera, la locura y la muerte.
Simpson, Spence and Young tenía un interés particular en que la invasión de Etiopía continuara. El comandante italiano (Treves), era un estrecho colaborador de uno de los socios de Ernest Simpson. La compañía estaba intentando obtener un préstamo en la Bolsa de Londres para financiar el desarrollo de una industria algodonera en ese país. Treves y la empresa asediaron constantemente al Tesoro para recibir el permiso de explotación del territorio apropiado. En esta iniciativa, como demuestran los documentos, fueron apoyados directamente por el gobierno italiano a través de su agregado de comercio de la embajada en Londres. El argumento para obtener el préstamo era que, si la industria algodonera de Etiopía era financiada por cualquier otro país que no fuera Gran Bretaña, este hecho le crearía una seria competencia a la industria algodonera egipcia, que se hallaba bajo control británico. La solicitud no fue recibida favorablemente, ya que el Tesoro lo veía como un movimiento conjunto de Ciano y el marido de Wallis. No resulta sorprendente, en vista de esta última maniobra, que los esfuerzos del Servicio Secreto de Inteligencia se concentraran cada vez más en Wallis. El 7 de septiembre, Wallis iba a añadir un toque revelador a este asunto al escribirle a la tía Bessie: «Si se acaba produciendo una guerra entre Italia y Abisinia, quizá el transporte dé un paso adelante y sea capaz de ir [a Estados Unidos]».
De vuelta a Londres, según lo afirmado por Laval bajo juramento en su juicio, el príncipe trasladó el asunto de Mussolini y Hitler al rey Jorge V. El monarca estuvo aparentemente de acuerdo en que no debía hacerse nada para detener al dictador italiano en su camino de conquista. Sin embargo, Anthony Eden, posiblemente sintiéndose culpable por haber facilitado dicho camino a la destrucción de una nación desafortunada, comenzó a presionar para que la Sociedad de Naciones sancionara a Italia. A este respecto, el príncipe de Gales se opuso violentamente a él. Seis meses más tarde, el príncipe le diría al embajador Dino Grandi que quería que los italianos supieran que él estaba de su parte y que consideraba el intento del gobierno británico de apoyar las sanciones de la Sociedad de Naciones una política «grotesca y criminal». Nunca dejó de mantener, en los años posteriores, que jamás se debería haber interferido con Mussolini. El conde Grandi lo recordó en 1986:
Mantuve varios encuentros y discusiones con las principales figuras del gobierno británico acerca del tema de las sanciones. Sir Robert Vansittart compartía con Eden el punto de vista de que la aplicación de las sanciones no estaba meramente diseñada para mostrarnos la posición británica, sino también para servir de advertencia indirecta a la Alemania nazi de que desistiera de sus ambiciones territoriales. Sin embargo, el único efecto que tuvo, desgraciadamente para todos los concernidos, fue empujar a Alemania a las armas.
Intenté avisar a Eden de esto, aunque sin éxito. Mantuve con él varias reuniones complicadas. Tras ellas, juzgué necesario reunirme con el príncipe de Gales. Siempre lo hacía a través de la señora Simpson. La telefoneaba a su casa, y le pedía que realizara las gestiones necesarias. Ella lo hacía así, y las reuniones tenían lugar alrededor de las diez de la noche. El príncipe se mostraba siempre muy receptivo a lo que yo tenía que decirle y me escuchaba con atención. Siguió haciéndolo después, cuando se convirtió en rey.
Durante el otoño de 1935, el viejo rey enfermó, agotado por la tensión de mantener una durísima serie de reuniones oficiales que pusieron a prueba sus menguadas fuerzas más allá de su resistencia. Lo relacionado con Wallis estaba entre sus mayores cargas. El 31 de octubre, él y la reina María se pronunciaron con gran tristeza y enfado acerca del príncipe delante del embajador austriaco en Londres, su viejo amigo el conde Mensdorff. Le contaron a Mensdorff que el príncipe había llevado a Wallis al palacio de Buckingham contra su voluntad. «¡Esa mujer en mi casa!», exclamó el rey Jorge. El monarca continuó: «La anterior amante de mi hijo, lady Furness, también era espantosa. La primera, la señora de Dudley Ward, tenía mucha más clase y era una dama de la alta sociedad. [Mi hijo] no tiene ningún amigo que sea un caballero [y] no sale con nadie decente de la alta sociedad».
El conde Mensdorff contestó: «Pero el príncipe tiene tantas cualidades atractivas, encanto y talento…».
A lo que el rey le replicó: «Sí, sin duda. Esa es la lástima. Si fuera tonto, no nos importaría. Apenas le veo y nunca sé lo que está haciendo».
El príncipe de Gales estableció relaciones de índole aún más dudosa. Documentos propiedad de la Liga de la Defensa Judía muestran que estaba en contacto con el doctor Frank Buchman, un clérigo estadounidense que encabezaba el llamado Grupo de Oxford, o Movimiento de Rearmamento Moral, que contaba con millones de seguidores por todo el mundo. El doctor Buchman, íntimo amigo de Himmler, con quien había estado en Alemania, pronto iba a hacerse famoso por la afirmación «Doy gracias al cielo porque exista un hombre como Adolf Hitler». Entre los admiradores británicos del doctor Buchman estaban sir Samuel Hoare, el primer ministro Baldwin, el conde de Clarendon, el marqués de Salisbury y el conde de Cork y Orrery.
Mientras tanto, la Unión Británica de Fascistas había expresado su continua admiración por el príncipe de Gales. Aunque sir Oswald Mosley tuvo cuidado de no resultar demasiado obvio en sus relaciones con Wallis y el príncipe, se encontraba en su periodo más radicalmente activo. Durante las celebraciones por las bodas de plata del reinado, sus brigadas de camisas negras incluso realizaron el saludo fascista delante del rey Jorge. Se celebraban cientos de reuniones cada semana en distintas zonas de Gran Bretaña. Las bandas de Mosley daban palizas a judíos y comunistas. Y eso que había judíos entre los líderes del movimiento, entre los que estaba el famoso campeón de boxeo Kid Lewis, lugarteniente de Mosley. Además, el Partido Nazi estableció su propia sede en Londres y mostró interés por el príncipe de Gales. Rudolf Hess, segundo del Führer, se encontraba al cargo
junto a Ernst Wilhelm Bohle, jefe de la AO[12], la organización de los alemanes residentes en el extranjero.
Cuando 1935 se aproximaba a su final, el rey empeoró aún más. Quedó muy afligido por la muerte de su amada hermana, la princesa Victoria. Hitler le envió un mensaje de condolencia.
En diciembre, el príncipe de Gales, acompañado por Wallis, voló a París a reunirse una vez más con Pierre Laval para tratar el asunto de Etiopía y la continua contemporización de Mussolini. La visita se mantuvo comprensiblemente en secreto, y tan solo ha sido revelada ahora por el conde René de Chambrun. Sir Samuel Hoare se unió a las reuniones celebradas en Rambouillet. Laval propuso que la guerra finalizara con el siguiente acuerdo. A Etiopía se le garantizarían 7500 kilómetros cuadrados de terreno, en gran parte estéril, de la Somalia italiana. A Mussolini se le aseguraría un gran pedazo de las tierras más ricas en algodón de la nación africana. Se suponía que este detestable acuerdo debía mantenerse en secreto hasta que el asunto pudiera plantearse ante la Sociedad de Naciones. Sin embargo, el hábil Pertinax (André Géraud), corresponsal extranjero del Echo de Paris y colaborador del Daily Telegraph, logró de alguna forma obtener el texto del acuerdo Hoare-Laval y lo publicó en ambos periódicos. Inmediatamente, el asunto fue denunciado en la Casa de los Comunes, si bien ninguno de sus miembros conocía el papel del príncipe de Gales en el tema. Hoare fue gravemente insultado y dio un discurso a modo de fútil explicación ante los Comunes. Precipitadamente el príncipe dio el paso de apoyar públicamente a Hoare al aparecer en la Galería de los Extranjeros Distinguidos para escuchar el discurso de este. Supuestamente lo aplaudió, atrayendo así una atención adversa en medio de un coro de abucheos.
Según afirmaba el fallecido conde Grandi en 1986:
Hoare hizo el ridículo en el asunto Hoare-Laval. La opinión pública británica no estaba preparada para asumir una política de su gobierno tan cautelosa y astuta, así que la idea del pacto sorprendió al pueblo británico como si se tratara de un cubo de agua helada sobre una pieza de acero incandescente. Fue un contratiempo terrible. Si las propuestas hubieran sido aceptadas, Italia habría resultado satisfecha y Mussolini nunca se habría unido a Hitler. Ni habría extendido su imperio.
Mussolini intentó más tarde que se creyera que había rechazado la propuesta del acuerdo Hoare-Laval, pero eso no es cierto. Convocó una reunión del Gran Consejo el 10 de diciembre y en la agenda del día se encontraba la aceptación de la propuesta Hoare-Laval. Nunca olvidaré que recibí una llamada de Londres para contarme lo que estaba ocurriendo en la Casa de los Comunes. Mussolini interrumpió la reunión del Gran Consejo para hablar conmigo, y me expresó una gran sorpresa y desilusión.
En sus frecuentes reuniones con Grandi de aquella época, el príncipe de Gales se mostraba incuestionable y completamente de acuerdo con el asunto. Hasta sus últimos días le contó a cualquiera que quisiera escucharle (y el editor y autor Frank Giles dejó constancia sobre este tema en sus memorias) que el mayor error cometido por Inglaterra en su historia fue el asunto relacionado con Mussolini y Etiopía.
Wallis también estuvo siempre de acuerdo. Tampoco pudo olvidar nunca que el ministro de Asuntos Exteriores de Italia, el conde Ciano, era el padre de su hijo muerto. Pero, a pesar de ser favorable al fascismo, estaba contenta y pasó las Navidades con el judío sir Philip Sassoon en Trent Park. Mientras tanto, el príncipe se encontraba en Sandringham con sus padres. Como consecuencia del dossier de China y la investigación de Baltimore, el ambiente estaba aún más cargado que de costumbre. El príncipe realizó un esfuerzo conmovedor para aliviar el dolor de su padre pidiéndole al proveedor real que obtuviera una docena de aguacates como regalo navideño para el rey. Corbitt asumió la formidable tarea de encontrar una fruta tan difícil de localizar en medio de un invierno inglés salvaje. Según sus propias memorias (algunos historiadores han cuestionado la veracidad de la historia), cuando llegaron los aguacates, el príncipe se los sirvió con vinagreta al rey, quien desagradecido le espetó: «¿Qué demonios es esto?». Que su padre no apreciara este gesto disgustó al príncipe, quien telefoneó y escribió a Wallis para decirle que se encontraba profundamente deprimido y preocupado por la situación de su familia.
El príncipe de Gales reemplazó a su padre en varias funciones oficiales. No estaba ansioso en absoluto cuando le preguntaban qué ocurriría después de que accediera al trono. Con frecuencia les decía a sus amigos: «Mi hermano Bertie sería mucho mejor rey que yo». Incluso en privado se refería a la duquesa de York como «reina Isabel». Hablaba de mudarse a su rancho de las montañas rocosas canadienses para pasar el resto de sus días.
Enero era un mes típicamente duro en Inglaterra; por todo el país se extendían la nieve, el aguanieve y los fuertes vientos. El viejo monarca desarrolló una bronquitis, condición agravada por su desafortunado hábito de fumar con mucha frecuencia. El 16 de enero, el príncipe, que había estado cazando en el Gran Parque de Windsor, entró en el salón de Fort Belvedere y le pasó a Wallis una nota. Estaba escrita en la caligrafía de la reina María y decía: «Creo que deberías saber que papá no está muy bien». A continuación, la reina sugería que el príncipe fuera a Sandringham a pasar el fin de semana, pero que tuviera cuidado de no revelarle su preocupación a su padre enfermo.
El príncipe tomó la mano de Wallis entre las suyas. Sabían que el rey se estaba muriendo. Pronto el príncipe sería rey de Inglaterra. ¿Se divorciaría entonces Wallis de Ernest Simpson y se convertiría en reina?
Cuando el príncipe llegó a Sandringham, encontró a su padre, dolorosamente esquelético y frágil, sentado y envuelto en una vieja bata tibetana, tiritando delante de un gran fuego de leña. El rey apenas fue capaz de reconocer a su hijo. Un equipo de médicos dirigidos por el doctor real lord Dawson of Penn había dictaminado que, además del catarro bronquial que sufría el monarca, existían síntomas de una insuficiencia cardiaca que eran lo suficientemente importantes como para alarmarse. Lord Wigram, su principal secretario privado, había sido informado de que el rey no viviría mucho más. Él discutió con el príncipe de Gales y el duque de York los preparativos que tendrían lugar para que se realizara la sucesión. Al día siguiente, los dos príncipes se dirigieron a Londres para reunirse con el primer ministro, Stanley Baldwin. La reina se encontraba especialmente preocupada por el mantenimiento de Sandringham. Se planteó una sociedad por acciones, a la que el príncipe de Gales y el duque de York contribuirían con fondos. Sin embargo, el príncipe de Gales esperaba heredar el usufructo vitalicio de Sandringham y Balmoral cuando ascendiera al trono. El mantenimiento de ambas residencias se descontaría de los fondos de la Corona. La reina estaba disgustada; también temía que su hijo regalara las joyas de la difunta princesa Victoria, cuya muerte había deprimido tanto al rey Jorge, a la señora Simpson. Se aseguró de que el testamento dividiera las joyas entre la princesa real y las duquesas de York, Gloucester y Kent.
El 17 de enero, con el rey en un limbo entre la vida y la muerte, como reveló Baldwin en una conversación mantenida con Joseph P. Kennedy, embajador estadounidense, el 13 de junio de 1938, el príncipe de Gales, en vez de permanecer al pie de la cama de su padre junto a todos los miembros de la familia que no se encontraran en ese momento en el extranjero, se desplazó a Downing Street a contarle a Baldwin que él había esperado poder librarse de ser rey pero que nunca había tenido el valor de hablarlo con su padre; y después, dejando a Baldwin en estado de shock, deprimió aún más al primer ministro al irse con Wallis a un club nocturno.
El 19 de enero, el rey comenzó a hundirse en su último sueño. Le murmuró a lord Wigram: «¿Cómo va el Imperio?». «Todo va bien, señor, en el Imperio», contestó Wigram.
A mediodía, el rey logró firmar un documento mediante el que se autorizaba la reunión de un Consejo de Estado. Mientras Wallis esperaba junto al teléfono en Bryanston Court, el príncipe de Gales voló de vuelta a Sandringham con el duque de York, y tras la cena él y sus hermanos, el duque de York y el duque de Kent, prepararon el funeral. A las diez de la noche, el rey ya se encontraba en coma. Si seguía vivo más allá de la medianoche, el anuncio de su muerte no podría aparecer en la edición matutina de The Times; en vista de esta desafortunada contingencia, así como de su doloroso sufrimiento, se decidió poner fin a su vida de inmediato. A las once en punto, lord Dawson —de forma inapropiada, según la ley, que prohibía la eutanasia — inyectó tres cuartas partes de un grano de morfina y un grano de cocaína en la dilatada vena yugular del monarca cuando la enfermera que le asistía rehusó realizar dicha tarea. Quince minutos después la vida del rey se había extinguido y, antes de que la BBC emitiera su boletín de noticias a las doce y diez, The Times ya había sido avisado. El príncipe de Gales llamó a Wallis, que se encontraba con el ayudante y protegido de lady Mendl, Johnny McMullen, en Bryanston Court.
Durante toda la noche y gran parte del día siguiente, el príncipe llamó a la ansiosa pero irritable Wallis innumerables veces, relatándole cada sucesiva etapa de los preparativos para los siguientes días. Se planteó la posibilidad de la cremación, lo que, según algunas autoridades, habría sentado un precedente, pero finalmente no se llevó a cabo. Todo el mundo recordaba el espantoso episodio del entierro del duque de Teck, cuando el cuerpo, aquejado de una infección, se abrió de golpe haciendo un ruido evidente durante la procesión del funeral. Debido a este desagradable recuerdo, se decidió embalsamar al rey.
El príncipe de Gales voló de vuelta a Londres con el duque de York para tratar unos asuntos con el Consejo de Ascenso al Trono y para ser declarado rey de forma oficial. Mientras tanto, el ataúd real descansaba en la iglesia de Sandringham. El 22 de enero se celebraron en Londres las proclamaciones públicas oficiales. Por petición explícita del nuevo monarca, Wallis, fascinada, presenció la ceremonia desde un ventanal de York House.
Cuando sonaron las salvas, Wallis notó que una mano firme agarraba la suya. El rey se encontraba a su lado. De nuevo había roto la tradición al presenciar la ceremonia de su ascenso al trono desde allí y junto a ella.
Se les vio salir juntos en el coche real; él llevó a Wallis a Bryanston Court antes de continuar su camino hacia el palacio de Buckingham. A las 14.30 salió hacia Sandringham. A su llegada, se reunió con su madre y el resto de la familia para escuchar la lectura del testamento por parte del notario real, sir Halsey Bircham. Para horror del nuevo rey, no se le incluyó en el mismo. Se iba leyendo una cláusula tras otra y cada pocos minutos interrumpía el proceso con un angustiado: «¿Dónde aparezco yo?». Sir Halsey se vio obligado a comunicarle que no aparecería en ningún sitio. Lord Wigram afirmó que no se le había dejado herencia porque se presumía que ya habría reunido una considerable suma a partir del ducado de Cornualles. El rey, que estaba sentado a su lado, exclamó furioso: «¡Mis hermanos y hermana disponen de todo este dinero y yo no tengo nada!». Se estima que para esa época habría amasado a partir del ducado de Cornualles una suma cercana al millón de libras en inversiones y propiedades. Además, había heredado, por supuesto, el usufructo de Sandringham y Balmoral.
Así que, en realidad, el nuevo monarca era bastante rico. El ducado de Cornualles le había hecho ganar al menos 364 000 libras al año. Y recibiría otras 425 000 libras más del ducado de Lancaster, más 2 355 000 libras del presupuesto asignado por el Parlamento a la familia real. Sandringham y Balmoral estaban valoradas en al menos 5 millones de libras. También dispondría del uso del palacio de Buckingham, valorado en 15 millones de libras, y que contenía solo en baño de oro al menos otros 10 millones. El palacio albergaba además una colección de obras maestras valorada en otros 5 millones. Y el rey poseía propiedades entre las que estaban un rancho en Calgary (Alberta), con varios cientos de cabezas de ganado shorthorn, y muchas acciones en empresas judías, que habían obtenido para él los Rothschild.
Wigram estaba sumamente disgustado con el nuevo rey a causa de su comportamiento en relación con el testamento. Dejó claro que dimitiría de su puesto en un plazo de seis meses y enfatizó aún más que no serviría como secretario privado al nuevo monarca. Sus sentimientos fueron compartidos por una alta proporción de los empleados reales, que quedaron horrorizados ante el hecho de que el rey pareciera más preocupado por su propio bienestar económico que por ninguna otra cosa. Dos días más tarde el rey irrumpió en las oficinas del ducado de Cornualles exigiendo que se le asegurara inmediatamente que no se le negaría porción alguna de los ingresos, obtenidos en parte de los alquileres de las familias pobres de Londres. Se le informó fríamente de que no se le negaría.
Mientras tanto, el cuerpo de Jorge V había sido trasladado a Londres para que fuera portado en una procesión sencilla a través de las calles hasta Westminster Hall. Un signo de mal agüero apareció en tan sombrío día: debido al traqueteo del armón de artillería sobre el que descansaba el féretro del monarca, la enjoyada cruz de malta que remata la corona imperial, que había sido fijada al ataúd sobre el estandarte real, se soltó y cayó en una alcantarilla.
Unos días más tarde tuvo lugar una procesión mucho más sofisticada, y a ella asistió una enorme multitud de ciudadanos de duelo.
El cuerpo llegó por fin a Westminster Hall. Durante días y noches, cerca de un millón de personas desfilaron delante del ataúd. En cada una de las esquinas de la tarima se mantenía firme un oficial de la Guardia Real y en la tenue luz resplandecían las velas funerarias. En las primeras horas de una de las madrugadas, cuando la multitud ya se había ido, al rey, que quizá sentía un remordimiento de conciencia debido a su comportamiento, se le ocurrió el conmovedor gesto de llamar a sus hermanos para que se quedaran con él guardando vigilia situados entre los oficiales. Otra madrugada, él y Wallis llegaron a través de una puerta trasera y se quedaron allí contemplándole en silencio. Según el biógrafo de Ribbentrop, Paul Schwarz, un agente alemán logró filmarlos y enviar la cinta a Hitler, a quien le dio un incontrolable ataque de risa al verla. Él ya tenía en su posesión películas de los cruceros del yate real del verano anterior y, como Eva Braun, se había quedado anonadado por el cabello de Wallis, su rostro tan cuidadosamente maquillado y su exquisita ropa. Le dijo a la señora Ribbentrop que admiraba profundamente a Wallis.
En medio de estas tristes celebraciones, con Londres entero vestido de negro y en espíritu de duelo, el nuevo monarca logró de alguna forma concertar reuniones con representantes de la Alemania nazi. Ya antes de que muriera su padre se había visto con Leopold von Hoesch y le había comunicado su intención de asistir ese verano a los Juegos Olímpicos
organizados por Hitler[13]. También pudo hacer un hueco para recibir a varios grupos de militares alemanes y, cuando el cadáver de su padre apenas se había enfriado aún, mantuvo un encuentro junto a la chimenea de York House con Charles, duque de Sajonia-Coburgo-Gotha. Le dijo a su primo, educado en Eton y miembro de las SS, que deseaba conocer a Hitler, que sentía la mayor de las admiraciones por Rudolf Hess y que Ribbentrop había realizado un gran trabajo al lograr el Acuerdo Naval Anglo-Germánico. Le dijo que Von Hoesch, a pesar de ser «un buen representante del Imperio alemán», era «un mal representante del III Reich de Hitler», y que él como rey exigiría «un representante nacionalsocialista como embajador de Alemania, alguien que, gracias a su categoría personal en la alta sociedad, se moviera con naturalidad entre la nobleza y fuera visto como un representante de la política oficial y de la confianza de Hitler». Esta afirmación sugería la necesidad urgente de que Von Hoesch fuera reemplazado por el príncipe Von Bismarck, íntimo amigo del príncipe y de Wallis, anteriormente miembro del Parlamento y que desde marzo sería el encargado de negocios.
Uno de los primeros actos del rey como monarca fue encargar, en persona, en Lendrum and Hartman (Mayfair), una copia exacta del Buick de la Casa Real, que había sido fabricado en Canadá. El segundo Buick, que llevaba la misma matrícula y también la insignia real en el capó, estaba destinado al uso exclusivo de Wallis. En el círculo de la corte mucha gente lo consideraba un escándalo. Wallis se granjeó un gran número de enemigos ese enero. Entre ellos destacaba el honorable comandante Alexander Hardinge, tan severamente correcto, y su mujer. Helen Hardinge, de un carácter moral anticuado y miembro de la distinguida familia Cecil, detestaba a Wallis. Además, varias de las ayudas de cámara reales rehusaban darle la mano. Cuando Wallis se acercó a una de ellas tendiéndole la mano, la mujer dejó caer su bolso y se agachó para recogerlo y así evitar el contacto.
El 28 de enero Hitler mandó celebrar un funeral solemne en honor de Jorge V en Berlín, al que de forma inesperada asistió personalmente. Le concedió a la princesa Cecilia el lugar de honor a su lado, y Himmler, Goebbels, Goering y el resto del gabinete también estuvieron presentes.
La misma noche, el rey celebró la acostumbrada cena de ceremonia que sucedía a un funeral real; tuvo lugar en el palacio de Buckingham. Entre los invitados estaban el príncipe Pablo, regente de Yugoslavia; el príncipe del Piamonte, y el vicecanciller austriaco, Ernst von Stahremberg. Hitler envió en representación al barón Constantin von Neurath, antiguo embajador ante la corte de St. James y amigo íntimo de la reina María, y a Carlos de Sajonia-Coburgo-Gotha. En la cena, servida en el comedor dorado, el rey estrechó la mano de todos ellos de forma bastante mecánica. Pero cuando llegó el turno de Von Neurath, Sajonia-Coburgo-Gotha y Von Hoesch, hizo esperar a toda la fila unos veinte minutos, rompiendo completamente el protocolo, mientras hablaba con ellos animadamente en alemán. Todos los presentes lo advirtieron, como él deseaba que ocurriera. Evidentemente, el rey confió en que, dado que Mussolini y Hitler comenzaban a moverse en la misma dirección, este gesto no ofendería al príncipe del Piamonte. Calculó acertadamente.
Había rechazado que se permitiera al enviado ruso, Maxim Litvinoff, sentarse a la misma mesa en la que se encontraba su primo el gran duque Dimitri de Rusia. En lugar de ello, atendió a Litvinoff y al resto de figuras que no formaban parte de la realeza en una recepción separada unas horas más tarde. Ignoró deliberadamente a Litvinoff, convocándole a una reunión distinta en el palacio de Buckingham, donde le preguntó directamente: «¿Por qué mataste a mi primo el zar Nicolás?».
Litvinoff contestó con astucia: «No fui yo. Yo estaba entre los conservadores».
El rey continuó irritando a casi todo el mundo en la casa. Ya había enfadado a muchos sirvientes al cambiar los relojes, que se habían adelantado media hora en la época de sus abuelos a fin de ahorrar horas de luz para destinarlas a la caza, y devolverlos al horario normal. Le dio instrucciones a Frederick Corbitt para que el almuerzo dejara de ser a la una, como se había venido haciendo durante al menos un siglo, sino que se serviría cuando fuera que tuviera hambre, habitualmente alrededor de las dos y media. Esto supuso un problema grave en las cocinas. Dejó claro que los empleados de todas las dependencias reales debían estar preparados para responder a una llamada a cualquier hora del día o de la noche. Pidió consejo a Wallis sobre el presupuesto real. Ella le aconsejó que hiciera una buena limpieza entre los empleados, despidiendo a todo aquel que no fuera competente y recortando un diez por ciento el salario de quien no tuviera un puesto esencial. Para eterno disgusto de Wigram y los Hardinge, despidió a muchos sirvientes mayores o enfermos. Wallis y él, de forma conjunta, decidieron que se modificara la vestimenta de la corte y que se eliminaran los chaqués. Ambos se presentaron, sin avisar, en las cocinas, en las habitaciones de las sirvientas, en las bodegas, las despensas y los sótanos para llevar a cabo rápidas inspecciones y realizar cambios radicales. Años después, el rey le contó al comandante Grattidge que le había divertido encontrar en las entrañas del palacio de Buckingham a un grupo de hombres diminutos que se encargaban de alimentar las calderas, y que, cual cavernícolas, apenas salían a la superficie.
El príncipe, que siempre estaba a régimen, restringió en dos tercios la compra de comida de todas las dependencias reales; él comía ensaladas, fruta y pequeñas porciones de carne. El único capricho que se permitían él y Wallis era un delicioso postre escandinavo llamado Rødgrød, realizado a base de frambuesas y grosellas trituradas y arroz. Le surgieron algunas dudas acerca de si llevar a Wallis al palacio de Buckingham, pero una noche decidió enseñárselo. Ambos decidieron que el anticuado edificio debería ser remodelado por entero de forma moderna y que, y esto sí que era un escándalo, debería encargarse de ello lady Mendl. Al final, la idea nunca se llevó a cabo. Para el momento en el que lady Mendl hubo terminado sus bocetos, el rey ya estaba fuera del trono.
Su rebelde informalidad era tan extrema, y su sumisión a Wallis tan absoluta que hacía cosas inconcebibles. Cuando ella abandonaba las residencias reales, con frecuencia después de pasar allí la mayor parte de la noche o toda, a una brusca orden de Wallis, él salía disparado por delante de sus empleados y, a menudo bajo la lluvia o a oscuras, llamaba desesperadamente a un taxi tras otro hasta que uno paraba. El conductor, al reconocer al monarca, respondía a los gritos de este, «¡Pare! ¡Soy el rey!», con una mirada fija de sorpresa, abriendo aún más los ojos cuando tan sublime personaje se ponía a abrir la puerta para ayudar a que su famosa amante entrara. Se puede decir sin temor a equivocarse que no ha habido gobernante inglés que haya actuado de esta forma ni antes ni después.
El contraalmirante sir Lionel Halsey fue despedido de la residencia real; y el rey también echó a sir Louis Greig, otro cortesano fiel, además de intentar arrebatarle su casa de Richmond Park (sin embargo, Jorge V se había asegurado mucho tiempo antes de que a Greig se le otorgara un arrendamiento por noventa y nueve años y que la propiedad no pudiera estar nunca sujeta a confiscación real). El general de brigada G. F. Trotter fue otra de las víctimas; la lista negra aumentaba cada día.
Y las maldades del rey eran atroces. Incluso Wallis, a quien no le caía bien Dudley Forwood, y de quien además sentía celos, puso objeciones cuando el monarca le hizo arrodillarse a recoger papeles de la alfombra, papeles que el propio rey había tirado allí de forma deliberada. Cuando Forwood anunció que algunos empleados bebían agua Evian importada, Eduardo mandó a la cocina un aviso diciendo que solo se bebería Evian en la mesa real y que cualquiera que fuera visto bebiéndola sería despedido en el acto y no recibiría referencias. Como así fue.
El rey de Inglaterra, según la tradición, recibía a los altos dirigentes de uno en uno. Esta práctica exasperaba al nuevo monarca, quien en vez de ello exigía que se presentaran ante él de forma simultánea distintos grupos de dirigentes, con el consiguiente enfado de muchos de ellos. Descartó el vagón privado que ponían a su disposición la compañía ferroviaria y viajaba en vagones normales. Se deshizo del taquígrafo y mecanografiaba su propia correspondencia con dos dedos hasta que el elevado número de cartas que debía responder le obligaba a rendirse. Acumuló colosales facturas telefónicas en llamadas realizadas desde el palacio. Cuando Wallis se irritó un día con el servicio telefónico, le sugirió que avisara al director general de Correos de Inglaterra para que este resolviera los problemas, que no volvieron a aparecer, al menos durante el tiempo que estuvieron allí.
El mundo estaba emocionado e impresionado con el nuevo monarca. En Estados Unidos, millones de ciudadanos observaron embelesados el noticiario de su ascenso al trono. Uno de sus mayores admiradores fue mi padre, sir Charles Higham, quien, en una entrevista concedida en el hotel Waldorf-Astoria, en Nueva York, en la que le acompañaba yo, su hijo, manifestó:
El rey Eduardo es un rey para la gente joven. E Inglaterra
está empezando a ser un país de gente joven, ya que el vacío en las filas de su juventud, causado por la guerra, se está llenando con gente inteligente aún más joven. Eduardo será su ídolo. Sabe montar a caballo, bailar, pilotar, mezclarse con los plebeyos, tratar con los diplomáticos… ¿Qué no sabe hacer? Está perfectamente preparado para su cometido, tanto como lo haya estado ningún rey.
La prensa alemana estuvo de acuerdo de forma entusiasta. Y los que más disfrutaban del nuevo monarca, los italianos.
Wallis se encontró bajo una tensión considerable durante esas primeras semanas de reinado de su amante. A pesar de todo, ella parecía disfrutar con este nuevo juego de ser la amante del rey, y escribió a la tía Bessie que «se estaba riendo mucho por dentro». Aunque sus apologistas lo han negado, ya tenía los ojos puestos en el trono, dado que el 1 de febrero escribió a su tía en relación con los árboles genealógicos de las familias Warfield y Montague, mostrándole su determinación a que se levantaran contra estas «1066 familias de aquí». Tan solo una semana más tarde pareció darse cuenta de la locura que suponía pensar en convertirse en reina, ya que escribió a Bessie contándole que sería una buena idea que el rey se casara con alguien que tuviera un origen adecuado. También le dejaba claro que ella nunca, nunca, renunciaría a su poder.
Seguía sin haber nada en sus cartas de aquella época que indicara el más mínimo amor, o siquiera afecto, por el nuevo monarca; tan solo dejaba entrever un frío conflicto en su interior sobre si debía buscar o no metas más altas. Por el contrario, el rey, a pesar de su apretadísima agenda, parecía odiar todo minuto que se encontrara separado de Wallis; le enviaba un torrente de cartas, escritas en un papel con bordes negros que guardaba luto en recuerdo de su padre, en las que expresaba una adoración infantil y obsesiva, salpicada
por un código privado de balbuceos de bebé[14]. En algún momento a finales del invierno él reforzó su admiración con un atrevido gesto económico. Le regaló a Wallis 300 000 libras, casi exactamente un tercio de los ahorros de toda su vida. Según la revista Time, más tarde se asustó ante la dimensión de su obsequio y lo redujo a 100 000. Wallis informó a su tía Bessie Merryman de que ya se había ocupado del acuerdo financiero, que sin duda ella había exigido. Pronto el rey estaría gastando miles de libras en joyas para ella.
En febrero, Ernest Simpson deseó ser recibido como miembro en una logia masónica sobre la que tanto el rey como el duque de Kent, que era gran maestro, tenían una suprema influencia, y que presidía sir Morris Jenks. Este denegó la entrada de Simpson. El rey quiso conocer los motivos. Jenks le dijo que iba contra la ley masónica aceptar a un marido cornudo como miembro. Una vez más, el rey insistió en que su relación con Wallis era platónica. Por supuesto, no se trataba más que de un detalle técnico. Como resultado, Ernest fue admitido. También recibió la incumplida promesa de la dignidad de baronet.
En algún momento de ese mes, Ernest acudió a York House a visitar al rey; fue acompañado por un testigo, Bernard Rickatson-Hatt, de Reuters. Según este, durante el transcurso de la noche, Ernest, que estaba en ese momento enamorado de Mary Raffray, le dijo atrevidamente al monarca que Wallis debía escoger entre ambos y le preguntó al rey qué pensaba hacer al respecto. ¿Pensaba casarse con ella? El rey le contestó: «¿Cree que voy a ser coronado sin que esté Wallis a mi lado?». Ernest acordó finalizar el matrimonio una vez que el rey le prometió ser fiel a Wallis y cuidarla.
Si esta conversación (cuya veracidad ha sido cuestionada por ciertos historiadores) hubiera sido filtrada, habría acabado con las opciones de divorcio para Wallis del año siguiente; un acuerdo colusorio habría sido desenmascarado por el procurador de la Corona, que tendría que juzgar el asunto, y el matrimonio más famoso del siglo nunca habría tenido lugar.