La señora Simpson : las vidas secretas de la duquesa de Windsor, la mujer que estuvo a punto de arruinar la monarquía

Prólogo

 

Se ha dicho que fue la subasta del siglo. Mucho antes de la venta, que tuvo lugar el 2 de abril de 1987, las joyas habían servido de brillante señuelo lanzando sus destellos desde unas urnas de cristal que pasaron por Manhattan, Mónaco y Palm Beach; y se había llenado la prensa con sus descripciones y el anuncio del evento. A. Alfred Taubman, millonario originario de Michigan y propietario de Sotheby Parke-Bernet, estaba montando el mayor espectáculo de joyería del mundo. Para ello escogió un escenario adecuadamente lustroso: el Hôtel Beau Rivage, con vistas al lago Lemán y donde no solo estaba situada la sede de Sotheby’s sino que además se ofrecía a su lado, en el Hôtel Richemond, un atractivo alojamiento para la afluencia de ricos que pujarían por aquellas románticas piedras preciosas. Taubman levantó una carpa de grandes bandas rojas y blancas en los jardines situados a la orilla del lago y propiedad del Beau Rivage: una grandiosa carpa de circo para lo que iba a ser, de hecho, un circo. Para las noches previas, Taubman había organizado una serie de fiestas a fin de que los potenciales compradores y sus representantes admiraran las joyas sin prisa y cuando mejor les conviniera. Astutamente, había decidido que la propia subasta se celebrara a las nueve de la noche: una hora a la que ya había anochecido, y cuando las luces tenues, sutilmente dispuestas en el interior de la carpa, favorecerían los rostros de las mujeres. Solo unos pocos se quejaron de tener que cenar a una hora tan poco civilizada por temprana.

Los hombres iban de etiqueta y las mujeres, con vestidos de diseñadores. Entre los presentes se encontraba la condesa de Romanones, la «espía de rojo», una vieja amiga de la duquesa de Windsor que había sido agente secreto en Portugal y España durante la Segunda Guerra Mundial. También asistía lady Dudley, de soltera Grace Radziwill y por tanto vinculada por matrimonio a la familia Kennedy, igualmente íntima amiga de la duquesa, de origen yugoslavo, que se había convertido en uno de los personajes más destacados de la alta sociedad internacional. Asimismo, habían acudido los descendientes de las antiguas familias reales europeas, con quienes el duque de Windsor había mantenido amistad y cuyo trato finalmente había acabado deplorando, como la princesa de Nápoles y el príncipe Dimitri de Yugoslavia. También estaban la infanta de España, el barón Hans Heinrich Thyssen, la princesa Firyal de Jordania, la cantante Shirley Bassey y el abogado matrimonialista Marvin Mitchelson. Elizabeth Taylor pujaba por teléfono desde su piscina de Beverly Hills. Y muchas estrellas habían enviado a sus representantes, haciendo enfadar a los paparazzi que habían acudido a toda prisa al lugar y que, después de llevar una hora fotografiando a miembros de la realeza o la aristocracia ya en declive, debieron de sentirse como lemmings precipitándose en el lago Lemán.

La subasta comenzó tarde; los ricos nunca se han caracterizado por su puntualidad, y parecía existir una competición entre varios de ellos para ver quién era el último en entrar en la carpa. Finalmente, cuando las agujas del reloj ya se acercaban a las diez de la noche, el representante de Sotheby’s Nicholas Rayner, perfecta elección dada su belleza elegante, embutido en un esmoquin estilo años treinta confeccionado a mano y con un pañuelo rojo en el bolsillo del pecho, subió al estrado con un martillo dorado en la mano. Levantó entonces la mirada hacia una pantalla iluminada donde se mostraba, en rojo brillante sobre negro, la cantidad solicitada para abrir la puja por el primer objeto, un broche de oro, zafiros y rubíes en forma de borla. Y apareció una atractiva joven portando un soporte de terciopelo negro sobre el que descansaba el precioso broche. Alcanzó los 70 000 francos suizos, al menos diez veces su valor real. Puede afirmarse, sin temor a equivocarse, que nadie entre los presentes estaba interesado en el valor real de ninguno de los objetos que se ofrecían, como tampoco en que estos pudieran ser considerados buenas inversiones. Los participantes habían ido a la subasta a satisfacer una fantasía, a compartir un sueño.

El ambiente pronto empezó a recordar a una combinación de Ascot, una pelea de gallos de Manila y un campeonato de pesos pesados en el Madison Square Garden. Muchas subastas se caracterizan por su silencio, parecido al de una cripta o un bar gay. Rascarse la cabeza, mover ligeramente un lápiz dorado o apenas un movimiento de ceja oportunamente observado indicarían normalmente pujas que pueden rebasar el millón. Pero en esta ocasión los presentes se comportaron como si estuvieran en la subasta de una película mala. Gritaban, chillaban, competían, gesticulaban y agitaban sus catálogos, los puños o los dedos hacia el estrado histéricos como si fueran testigos de un naufragio o un gran incendio. Los empleados, escogidos por sus bellos rostros de colegio privado y sus esbeltas figuras, indicaban desde los teléfonos que determinados millonarios que llamaban desde otros países exigían que fuera aceptada su última puja. Después de que se hubieran vendido 31 lotes, se habían alcanzado los 3 millones de dólares. Unos impertinentes de diamantes se adquirieron por 117 000 dólares; no valían ni un centavo más de 5000. Los modestos gemelos, botones de abrigo y corchetes del duque de Windsor alcanzaron los 400 000 dólares, al menos cuarenta veces su valor real. Cuando llegó la hora de las brujas y finalmente todo el mundo se fue marchando en parejas, la subasta había obtenido unas diez veces lo que debería. La noche siguiente, cuando Nicholas Rayner golpeó con su martillo por última vez, las ventas totales habían ascendido a 51 millones de dólares.

Quienes se rascaban las carteras y los bolsillos no solo deseaban poseer objetos que habían sido propiedad de miembros de la realeza —si bien, qué ironía, a la duquesa de Windsor nunca se le llegó a permitir utilizar el tratamiento de «Su Alteza Real»—, sino también participar, aunque fuera de un modo indirecto, de una época en la que la alta sociedad era aún alta sociedad, los ricos eran (al menos en el imaginario colectivo) casi uniformemente glamurosos y gente para la que, mientras el resto del mundo hacía fila con la cartilla de racionamiento, las fiestas no parecían tener fin. Quienes pagaban deseaban que les brillara en el cuello o en la muñeca un recuerdo de la historia de amor más importante del siglo.

Y por ese motivo Wallis Windsor fue, una vez muerta, incluso más famosa de lo que había sido en vida. A pesar de haber sido la mujer de la que más se había hablado en su época, gran parte de su vida seguía siendo un enigma. Cuando comencé mi investigación, se me desveló de forma más clara el carácter de esta extraordinaria mujer, y en gran medida gracias a los numerosos documentos y visados del Departamento de Estado estadounidense, así como a los documentos del Archivo Nacional británico, especialmente los que formaban parte de los papeles del fallecido lord Avon (anteriormente Anthony Eden). Ninguno de ellos parecía haber sido examinado antes. Cada vez de forma más nítida, fui capaz de ver en Wallis su determinación, su inflexible voluntad, su lucha por superar sus propios defectos; su pasión por la intriga y su fuerte vinculación con el espionaje; lo orgullosa que estaba de sí misma al considerarse una aventurera y una mujer dominante que hacía mucho más que arreglárselas bien en un mundo de hombres; su buen gusto, su auténtica elegancia a pesar de no contar con una belleza convencional, y su amor por la riqueza y lo espléndido de la vida. Mi gran reto era descubrir el secreto que había permitido que esta mujer, nacida fuera del vínculo matrimonial y en desventaja por la falta tanto de una herencia millonaria como de los deseables atributos físicos, alcanzara una gran fortuna, fama incomparable, magníficas viviendas y el amor eterno de un rey que la puso muy cerca del trono británico. Espero que este libro ofrezca la respuesta al misterio.

Me han fascinado los duques de Windsor desde que tenía cinco años, cuando, por ser el hijo excesivamente precoz de sir Charles Higham, magnate de la publicidad y parlamentario (que moriría cuando yo contaba siete años y que se había casado, como Enrique VIII, seis veces), mi niñera alemana me llevó de la habitación de juegos al opulento salón rojo de The Mount, nuestra casa, para que asistiera a lo que según me contaban sería una ocasión de gran trascendencia. Los hombres estaban vestidos de etiqueta y envueltos en el humo de sus costosos puros; las mujeres llevaban vestidos de noche con la espalda al aire y en los que sus hombros desaparecían bajo una explosión de volantes.

La combinación del perfume y el humo del tabaco me mareó; la decoración de lujosos muebles rojizos y alfombras chinas atestadas de dragones y aves exóticas hizo que me sintiera aún peor. Me senté en el borde de una silla victoriana, después de que me dijeran que debía fijar mi atención en un armario de raíz de nogal que estaba situado debajo de una pintura en la que se representaba un paisaje gótico. El armario era el santuario de la familia: un radiogramófono.

Mi padre encendió el interruptor y por fin todo el mundo dejó de hablar. Escuchamos una voz que anunciaba al rey. No entendí nada de lo que este dijo, con aquel acento medio estadounidense medio cockney, heredado en parte de su amada y en parte de la sucesión de niñeras. (Unos cincuenta años más tarde, me enteré de que el único idioma que hablaba con perfecta entonación era el alemán).

Cuando terminó el discurso —el discurso de abdicación, que se convertiría en una de las seis emisiones más famosas de la historia—, se produjo un murmullo de conversación. Me han contado que mi padrino, el novelista de éxito Gilbert Frankau, rompió a llorar; que el personal de servicio sollozaba en un segundo plano, y que a más de un aristócrata europeo de visita se le había empañado el monóculo. Yo no tenía ni idea de qué era una «abdicación». Probablemente estaba pensando en mi pez de colores, en si mi padre seguiría manteniéndome secuestrado (me había arrancado de los brazos de mi madre en un Rolls-Royce Silver Ghost, donde me había escondido y casi ahogado bajo una pesada alfombra de marta cibelina) o en si yo iba a ser capaz, bajo la colcha, de acabar de desenmarañar con la ayuda de un cortaplumas una tozuda pelota de tenis (más tarde descubriría que estas llevan algo pegajoso, de la textura de los toffees, y misterioso en su interior).

 

Llevo años pensando en escribir sobre los duques de Windsor. Cada libro supone una nueva aventura; para realizar las investigaciones que sostendrían la primera edición de este, visité tres veces Inglaterra en diez meses durante 1987: al menos fueron tanto viajes de indagación como viajes de redescubrimiento de un exiliado. La Inglaterra de la que yo había huido tiempo atrás había desaparecido, para ser sustituida por un país más amable, más cálido y más atractivo. Junto a su imperio, Gran Bretaña había perdido su rigidez y su estricta y desalmada formalidad. Fui agraciado con ejemplos de amabilidad que hicieron que me sintiera tan en casa como si nunca me hubiera ido. Disfruté de un almuerzo con la duquesa de Marlborough y de una cena con la legendaria Margaret, duquesa de Argyll, así como de invitaciones a las casas de campo de sir Dudley Forwood, antiguo ayuda de cámara y secretario privado del rey Eduardo VIII, y su fascinante esposa; y de Adrian Liddell Hart, hijo del corresponsal del Times de Londres Basil Liddell Hart. Pasé también unos días muy agradables en casa de Hugo Vickers, quien me mostró pruebas del encanto de los duques de Windsor en una grabación que se les había realizado en Londres y que me sirvió de mucho. No debo olvidar mi visita a Alfred de Marigny (acusado falsamente y absuelto del asesinato de sir Harry Oakes) y a su encantadora esposa Mary en su casa de la lujosa población llena de secretos de River Oaks (Houston, Texas).

Entre otros que me ayudaron, debo resaltar a James P. Maloney, quien, en Washington D. C., dedicó incontables horas a explorar oscuros documentos, luchando contra las restricciones de la Ley de Libertad de Información y escudriñando las listas de envíos de las compañías navieras Dollar Lines, Royal Canadian Pacific Lines y Cunard Lines, los expedientes de inteligencia naval, los archivos de visados, los registros de inmigración de Seattle y Nueva York, y miles de fuentes documentales aún más abstrusas que ningún otro biógrafo ni historiador había examinado nunca. De forma simultánea, pasé algunos meses, en ocasiones frustrantes pero mucho más a menudo emocionantes, en la Biblioteca de Investigación de la Universidad de California y en la Biblioteca Von Kleinsmid de la Universidad de California del Sur, así como en las bibliotecas públicas de Glendale y Pasadena, leyendo de principio a fin ejemplares de revistas antiguas y examinando cosas como la lista de huéspedes de 1924 del hotel Astor House de Shanghái, ejemplares del South China Morning Post y del Hong Kong Telegraph o crónicas del baile en honor del príncipe de Gales celebrado en el Hotel del Coronado de San Diego hace sesenta y cinco años.

Al continuar el trabajo, me sorprendió descubrir que Wallis había borrado sus huellas con gran pericia, llegando a manifestar que en Shanghái había estado en el Palace y no en el Astor House, y ocultando el nombre de su acompañante en el viaje por razones que pronto comprenderá fácilmente el lector.

Las conclusiones a las que llego en el libro son, por supuesto, las mías y no deben tomarse como reflejo de las opiniones de aquellos que me ayudaron.

En San Diego mantuve una serie de agradables encuentros con la señora de Dale St. Dennis, encantadora nieta de Corinne Montague Mustin Murray, la prima y amiga de Wallis que me facilitó por primera vez el acceso a cartas en las que la duquesa ofrecía un elocuente relato de su vida. Las había encontrado su padre, el vicealmirante Lloyd Mustin. La Sociedad Histórica de Maryland y el Radcliffe College aportaron más cartas, suministrando esta última institución la correspondencia de Mary Kirk Raffray, la amiga de los años escolares de Wallis que más tarde se acabaría casando con el segundo marido de esta: Ernest Simpson. El fallecido sir John Colville, antiguo secretario de sir Winston Churchill, resultó ser una mina de información. Como también lo fue el difunto John Costello; Nigel West proporcionó asimismo mucha información en todo lo relativo a la inteligencia. Movido por su lealtad, el fallecido Charles Bedaux hijo hizo todo lo que pudo para suavizar mis juicios sobre su padre, quien se había suicidado en 1944 tras ser acusado de traición y que en su día había sido el anfitrión del duque y la duquesa en el castillo de Candé, donde estos se casaron en 1937. Robert Barnes de Baltimore realizó un magnífico trabajo genealógico. El difunto John Ball me ayudó con el caso del asesinato de sir Harry Oakes, en el que posteriormente también me auxilió Joseph Choi, un experto forense. Richard A. Best realizó algunas investigaciones previas. Herbert Bigelow, Boris Celovsky, el fallecido conde René de Chambrun, la señora de Evelyn Cherfak, Jim Christy, el difunto Richard Coe, el rabino Abraham Cooper, el conde de Crawford, el fallecido Kenneth de Courcy, Alain Deniel, Todd Andrew Dorsett, el difunto Tony Duquette, Leslie Field, Martin Gilbert, Barbara Goldsmith, el conde Dino Grandi, Henry Gris, Betty Hanley, lord Hardinge, Kirk Hollingsworth, John Hope, lord Ironside, Anna Irwin, Michael Kriz, Samuel Marx, la señora de Milton E. Miles, Philippe Mora, Roy Moseley, lady Mosley, Luke Nemeth, la duquesa de Normanby, Donatella Ortona, Chapman Pincher, Peter Quennell, Clark G. Reynolds, Kenneth Rose, Jill Spalding, Roberta Stich, la señora Beatrice Tremain, John Vincent y el fallecido Frederick Winterbotham también me ayudaron. Además, estoy muy agradecido a Gillian Paul por sus expertos consejos en Inglaterra. Finalmente, los excelentes métodos de entrenamiento físico de Richard M. Finegan, la esmerada mecanografía de Victoria Shellin y la muy hábil labor de edición y el cálido ánimo de Thomas W. Miller me resultaron indispensables.

Por su apoyo en la obtención de información para la nueva edición (2004), estoy especialmente agradecido a Jill Cairns-Gallimore, mi investigadora en Washington, que luchó durante mucho tiempo para encontrar registros escondidos que no habían salido de los Archivos Nacionales estadounidenses en décadas; a John Taylor, sabio e ilustre director de la rama Militar Moderna del mismo archivo, colega, apoyo y amigo; Dorris Halsey, incomparable agente literaria y sabia consejera; Bob O’Hara, diligente investigador londinense, y Jessica Gerger, de la misma ciudad; Eleanor Davies Tydings Ditzen, toda una fuente de información a sus noventa y muchos años; Scott Libson y Tanya Chebotareff; Michael Neal, notable librero y buen historiador parisino; Chi-Chi Barthelemy, amigo y contacto en Francia; Andrea Lynn, indispensable fuente de los desaparecidos diarios de Constance Coolidge; Martin Allen, excelente e incorruptible autor; Aline, condesa de Romanones; el catedrático Jonathan Petropoulos; el doctor Herbert Reginbogen; Joel Greenberg; Jean Paule y Michael Sutherland del Occidental College, de Los Ángeles; Margaret Shannon; Madgid Madgidi; la doctora Mildred de Riggi; Carolyn Ugolini; Heidi Sugden; Jane Singer; Nigel West; Fulton Oursler hijo y Harry Cooper de Sharkhunters. Y fue un placer trabajar de nuevo con mi editor estadounidense original, Thomas Ward Miller, y con mis nuevas editoras británicas, Jacqui Butler y Emma Marriott en Londres, así como con el estupendo director teatral Michael Clark Haney, y con Udana Powers, una maestra de los procesadores de texto.

En el año 2003, tras un intervalo de dieciséis años, se pusieron en contacto conmigo editores estadounidenses y británicos que me plantearon escribir una edición ampliada —de ahí este libro, que amplía considerablemente el anterior—. La publicación en 2002 de toda la documentación de Joseph P. Kennedy, antiguo embajador en Londres y padre del presidente de Estados Unidos, que revelaba detalles hasta entonces desconocidos de las reacciones de los miembros de la realeza hacia los duques de Windsor, obligaba a esa nueva edición; y mi descubrimiento por azar de la excelente obra de Andrew Lynn Shadow Lovers, acerca de los idilios de H. G. Wells, me condujo a los diarios no publicados de Constance Coolidge, que a su vez me revelaron la existencia de una asombrosa historia de intento de chantaje y extorsión, ocurrido en París en el problemático marzo de 1938, que me llevó meses desenmarañar.

Además, por sugerencia de un amigo, me puse en contacto con la extraordinaria Eleanor Davies Ditzen, hija del embajador estadounidense en Rusia Joseph E. Davies, que me contó el prolongado y desconocido idilio de la duquesa de Windsor con William Christian Bullitt, sustituto de Davies como emisario en Moscú y famoso embajador en Francia desde 1936 a 1940, a quien nueva documentación muestra como un colaborador de los nazis. En el transcurso de la investigación de este ignorado romance, encontré en Washington, gracias a Jill Cairns-Gallimore, los abundantes expedientes del FBI sobre Elsa Schiaparelli, la gran diseñadora de moda italiana cuya boutique utilizaban la duquesa y el embajador para mantener su relación.

Otras pistas me llevaron a los archivos, anteriormente no disponibles, de Kenneth de Courcy, duque de Grantmesnil, en el Instituto Hoover sobre Guerra, Revolución y Paz de la Universidad de Stanford (California), que confirmaban la existencia del muy discutido dossier de China, en el que el rey Jorge V y el primer ministro Stanley Baldwin examinaban las actividades de la duquesa como prostituta y traficante de drogas en China en 1924; y siguiendo caminos complejos, por cortesía de Tanya Chebotarev, llegué a los archivos poco conocidos de emigrados rusos del Archivo Bakhmeteff de la Universidad de Columbia, que Nueva York, donde una singular carta en la que la reina de Inglaterra ataca a los duques de Windsor ha sobrevivido a generaciones de investigadores en Inglaterra, y donde se han conservado las explosivas cartas del duque de Kent al príncipe Pablo de Yugoslavia. El historiador británico Martin Allen, una autoridad en la materia, me dio su opinión sobre el supuesto asesinato del duque de Kent, relatado a su padre por el jefe de escuadrón Frederick Winterbotham, del Servicio Secreto de Inteligencia británico.

En junio de 2003, tropecé con unas memorias olvidadas, alojadas en el laberinto de estanterías de la Biblioteca Doheny de la Universidad de California. La princesa Victoria Luisa, duquesa de Brunswick, hija del káiser Guillermo II de Alemania, me iluminó como nadie podría haberlo hecho acerca de la elección de esposa, aprobada por Hitler y el rey Jorge V, para el futuro rey Eduardo VIII, que recaería en la hija de Victoria, la princesa Federica de Prusia. Si dicha boda hubiera tenido lugar, y Wallis Simpson se hubiera mantenido como amante del rey, el curso de la Historia podría haber cambiado. ¿Cómo podría haber declarado Inglaterra la guerra a Alemania cuando la nieta de su antiguo gobernante se encontraba, por elección de Hitler y Jorge V, sentada en el trono británico? Que en 1935 la familia real británica había perdonado a su primo el káiser resulta evidente a la vista de la cantidad de miembros alemanes que aparecieron en las bodas de plata del reinado de Jorge V ese verano y en su funeral el siguiente mes de enero, por no mencionar la avalancha de felicitaciones que los miembros de la realeza británica le enviaron a su lugar de exilio en los Países Bajos con ocasión de su octogésimo cumpleaños en 1939.

En octubre de 2003, en el transcurso de un viaje de investigación por Europa, visité el edificio de apartamentos situado en el número 36 del Boulevard Émile Augier, donde tuvo lugar la trama del chantaje de «Madame Maroni». Lúgubre y abandonado, se ubicaba en un vecindario que había conocido días mucho mejores. Al otro lado de la calle, había una verja de hierro alta y pintada de negro que no protegía otros edificios sino que constituía una escena que parecía salida de una película de Jean Cocteau, una escena de pesadilla.

Mucho tiempo antes, alrededor de unos cincuenta años atrás, había existido en las cercanías una estación de ferrocarril llamada La Muette (La Muda), y ahora las vías muertas por las que llegaban los trenes de vapor, reemplazados ya por el omnipresente metro, se habían convertido en una jungla de malas hierbas, enormes flores rojas y amarillas, algunas incluso de seis metros, grandes arbustos con espinas negras y árboles cubiertos de líquenes. Cuando entré en el edificio, una conserje que parecía casi igual de antigua que la estación —con el pelo recogido en un moño, ropas agitanadas y comportamiento sospechoso— me preguntó qué era lo que quería. Poco después, apareció un anciano que residía allí y me interrogó de forma incluso más insistente. Le respondí con sinceridad, aunque sin hacer referencia a la trama de chantaje. Cuando me marchaba de allí, bastante rápido, el cielo, ya oscuro, se volvió de un negro profundo y ominoso. Ningún escenario habría sido más apropiado para llevar a cabo una trama de chantaje.

Gracias a mis nuevas investigaciones y viajes, creo haber entendido mejor de lo que lo había hecho hasta ahora una poderosa razón que empujó tanto al duque como a la duquesa de Windsor: intentaban preservar y aumentar a través de Hitler unos vínculos entre la realeza que condujeran a la destrucción de la Unión Soviética, culpable a su vez de la desaparición del zar Nicolás y su mujer Alejandra, parientes de sangre del propio duque.

Fue tras este viaje complicado cuando me enteré de los vínculos nazis — de los que no era consciente en 1988— del duque de Windsor, su hermano el duque de Kent y su primo, y bisnieto de la reina Victoria, el príncipe Felipe de Hesse, que fueron la base de la anteriormente mencionada trama de chantaje de 1938. El príncipe Felipe de Hesse era el favorito y el emisario de Hitler; su boda con la princesa Mafalda, hija del rey Víctor Manuel III de Italia, en una ceremonia civil presidida por Mussolini, supuso el apoyo a la alianza Hitler-Mussolini de la que los duques de Windsor y los duques de Kent eran parte tan importante. Este tapiz formado por miembros de la realeza con lealtades fascistas me proporcionó gran parte de mi nuevo texto y parece convertir la edición de 2004 en sumamente deseable.