La señora Simpson : las vidas secretas de la duquesa de Windsor, la mujer que estuvo a punto de arruinar la monarquía

11 Exilio

 

El duque de Windsor, como sería conocido desde ahora, aunque el título no fue anunciado públicamente hasta mayo, mantuvo una última reunión con su madre y sus tres hermanos varones; la reina María se mostró, como siempre, magníficamente contenida, pero el duque de Kent estaba visiblemente alterado y llegó a decir en un momento: «Esto es una locura». Le disgustaba profundamente la idea de no volver a ver a su hermano durante un plazo incalculable. Cuando el nuevo duque de Windsor iba a dejar la casa, recordó sus modales y se inclinó ante el nuevo rey.

El duque tuvo dos visitas de última hora. La primera fue la de Winston Churchill, quien le dedicó una cálida despedida. La segunda fue la del conde Grandi, quien le expresó la simpatía del gobierno de Italia. De ninguna de estas dos visitas quedó constancia en la prensa de ningún país; le fueron reveladas al autor por el conde Grandi en 1987.

El viaje, con Ladbroke al volante del Buick, hasta Portsmouth para tomar desde allí el ferry nocturno a Boulogne se vio alargado debido a la climatología, cada vez más adversa. El duque se entretuvo hablando con Monckton, que le había solicitado poder viajar con él hasta el muelle, acerca de los preparativos que se habían hecho en la Europa continental. También leyó una carta de su cuñada Isabel, duquesa de York, que había estado enferma pero que, a pesar de todo lo que odiaba a Wallis, le deseaba lo mejor. Y le contó a Monckton cuánto quería a su madre; no reflejó ninguna amargura en su voz a pesar de la actitud que había mostrado ella respecto a la mujer a la que él amaba.

La niebla, algo de llovizna y repentinos chaparrones retrasaron la llegada del vehículo al puerto de Portsmouth. Ladbroke pasó por delante del buque insignia de Nelson, el Victory, que se había convertido en una atracción turística, y se dio cuenta de que se había perdido. Cuando buscó la entrada correcta, la Puerta del Unicornio, el duque señaló varios barcos a Monckton, mientras contaba detalles de sus historias. Siguieron conduciendo, buscando el buque Fury, que en el último momento había reemplazado al Enchantress; según varias versiones, este barco había sido rechazado debido a las

desafortunadas asociaciones de su nombre[22].

El duque embarcó en el Fury acompañado por el comandante Ulick Alexander, administrador de los gastos privados de la familia real, a quien se había encargado que se ocupara de los asuntos económicos del duque, y por su nuevo ayuda de cámara, sir Piers Legh. Fue recibido a bordo por el comodoro de la flota, el almirante sir Williams Fisher, y otros dos almirantes. En su camarote, el duque se despidió de su secretario privado, sir Godfrey Thomas. Después, tomó las manos de Monckton entre las suyas; nunca había tenido un amigo tan fiel.

El barco zarpó a las dos de la mañana. El mar del canal estaba picado; el duque permaneció encerrado en su camarote. Fue recibido en Boulogne por el Orient Express, que había sido desviado especialmente para realizar este enlace. El revisor del tren, Roger Tibot, le saludó cuando subió; el duque había especificado que en esta ocasión no era necesario un vagón privado, sino sencillamente un compartimento de primera clase; afortunadamente este ardid, junto al desvío del tren, despistó a los periodistas. El duque le dijo a Tibot que no deseaba comer en el vagón restaurante e insistió en que el servicio de los coches cama le sirviera en el compartimento. El duque desayunó, comió y cenó de forma ligera y sencilla en bandejas que colocaba sobre las maletas que llenaban el espacio existente entre los asientos enfrentados. Esto agobió a Tibot, que estaba acostumbrado a que el anterior rey entrara en el vagón restaurante, después de que el resto de pasajeros se hubiera ido, para disfrutar de una comida exquisitamente preparada.

Mientras tanto, Wallis no estaba nada cómoda en Lou Viei, que le había gustado mucho más en 1928. La casa tenía más de seiscientos años. Los dormitorios de los invitados estaban en distintos niveles, y pasaba una antigua muralla de piedra entre los pisos. Los gruesos muros exteriores retenían la humedad del invierno mediterráneo. La sala de estar, que parecía oscura incluso en primavera y verano, era cavernosa, oscura y sombría a pesar de sus sillas tapizadas en cretona y los tiestos de plantas verdes sobre la mesa provinciana francesa. Había incluso, Wallis se enteró entonces, un fantasma: Herman juraba que él había visto al constructor original de la casa moviéndose como una sombra por pasillos y habitaciones. La residencia, que en una ocasión le había parecido un refugio radiante, cada vez le parecía más una lujosa mazmorra.

Los Rogers hicieron todo lo posible por animar a Wallis. Pero lo único que ella veía cuando miraba taciturna por la ventana eran cinco gendarmes y tres policías británicos haciendo guardia, y más allá de la cuidada huerta de Herman, bajo la niebla y la lluvia, las laderas que descendían hacia Cannes. Incluso la comida era deprimente; la anciana pareja que ejercía de mayordomo y cocinera se esforzaban sin gran éxito en una cocina muy poco preparada. Wallis empezó a desear haber ido a cualquier otro lugar. Mientras tanto, su cocinero, su doncella y su chófer habían tomado el ferry a Dieppe con una docena de maletas y baúles, para viajar desde allí en coche hacia Cannes; llegaron dos días más tarde. Wallis se puso en contacto con Georges Sebastian, que se encontraba en Hammamet (Túnez), pero al final decidió no ir allí. Se enfadó mucho cuando al día siguiente llegó una avalancha de cartas, muchas de ellas amenazantes y algunas incluso advirtiéndola de que el plan de asesinarla no había sido abandonado. Como consecuencia, llamó al jefe de policía de Cannes para consultarle el tema. Él mismo se apostó a la puerta de su habitación, consciente de que, si algo le ocurría a ella, la desgracia caería sobre toda aquella zona. El 12 de diciembre Wallis escribió al duque contándole que había oído que existía «una organización de mujeres» que había jurado matarla. E insistió para que le suministrara protección permanente; desde entonces se encontró bajo vigilancia armada.

El duque siguió su camino y llegó a Viena en el Orient Express el 13 de diciembre. Allí fue recibido por el ministro británico en Austria, el genial sir Walford Selby, y por un grupo de periodistas que se comportaron con una reserva poco habitual. Entre ellos estaba Douglas Reed, más tarde autor del libro Insanity Fair, quien observó que, a pesar de todo, a sus cuarenta años, el duque seguía manteniendo una apariencia juvenil, inocente y apenas marcada por el tiempo y las tensiones.

Otra persona presente era el agregado Dudley Forwood, quien había conocido a Wallis y al entonces príncipe de Gales en Kitzbühel. A petición del duque, Forwood se convertiría pronto en su ayuda de cámara y secretario privado; mientras tanto, sir Walford Selby le había encargado los preparativos de la visita real. El duque quería continuar su camino al castillo de los Rothschild, Schloss Enzesfeld, de inmediato. Pero no era posible, porque el protocolo exigía que fuera a presentarle sus respetos al presidente Miklas. El duque cumplió esa tarea acompañado por Forwood; además, después de la visita al presidente, debía personarse en la embajada británica también para presentar sus respetos. Este ritual agotador seguía y seguía. Sir Dudley recordaba:

Cuando informé al rey del último requisito, dijo: «¡Oh!

Entonces, sería mejor que comiéramos con Miklas». Pero

existía un problema. Lady Selby era una buena anfitriona pero extremadamente tacaña. Independientemente de quién se tratara, sus invitados tan solo recibían una chuleta de cordero por cabeza. Yo estaba muy interesado en que las cosas se hicieran mejor en esta importante ocasión. Pero el chef había recibido la orden de suministrar un máximo de cuatro chuletas, algo que ya no podía modificarse. Al enterarse, el duque me dijo ¡que no era necesario que yo fuera al almuerzo!

Los Rothschild enviaron a su chófer para recoger al duque y su séquito y llevarlos a Enzesfeld. Dudley Forwood se encontraba entre ellos. El duque ya había estado en el castillo brevemente el año anterior, recuperándose de un mal resfriado. Forwood recordaba lo siguiente:

Regresé a Viena casi inmediatamente, pero tuve que volver

al castillo porque habían surgido muchos problemas. El primero era que nadie en el séquito personal del duque hablaba alemán, aunque por supuesto él sí lo hiciera. Esto les dificultaba comunicarse con los empleados. El ayuda de cámara, el honorable John Aird, tuvo que marcharse, al ser llamado por el rey desde el palacio de Buckingham. El otro ayuda de cámara, sir Piers Legh, se quedó pero no se entendía nada bien con el duque. Era un hombre mayor, muy nervioso y tenso, horrorizado por la idea de la abdicación, nada comprensivo con la señora Simpson y disgustado por el hecho de no saber hablar alemán. Así que, en esta situación tan difícil, se me pidió que volviera como ayuda de cámara. Acepté de inmediato.

Forwood aprendió pronto el ritual de servir a «su señor», un término que aún utiliza en referencia al duque. Por la mañana, su ayudante debía despertar al duque, después de lo cual Forwood entraría en el dormitorio y le anunciaría el orden del día. Debía realizar una reverencia al hacerlo; y, en las ocasiones en las que no lo hacía, el duque le reprendía. Especialmente importante era lo relativo a la vestimenta real. Sir Dudley escribió que, cuando el duque jugaba al golf, usaba ropa de golf; no debía llevar ese atuendo en el almuerzo, debía ponerse un traje y una corbata; si deseaba trabajar en el jardín por la tarde, debía cambiarse de nuevo. Y, por supuesto, por la noche era obligatoria la etiqueta y, en las ocasiones especiales, el chaqué.

Pero, desde el principio, y a pesar de la importancia de los retos, Forwood mostró una dedicación absoluta al duque. En 1987, seguía sin soportar la mínima crítica a «su señor». Uno de sus recuerdos más vívidos de Enzesfeld es que el duque llamaba a Wallis varias veces al día. Se mostraba reacio a contenerse, desahogando con ella su angustia, cuando en aquella época de carestía las facturas de teléfono suponían el equivalente a un promedio de sesenta a ochenta libras a la semana; mientras hablaba con Wallis, miraba las docenas de fotografías de ella que se había traído de Fort Belvedere. Aunque estaban encantados de alojarle allí, sus anfitriones tenían sentimientos encontrados respecto a él, lo mismo que él respecto a ellos. Kitty Rothschild seguía siendo una mujer muy atractiva, pero el duque no la encontraba especialmente inteligente; siempre decía en broma que se había hecho protestante al casarse con su primer marido, católica al casarse con el segundo

y judía con el tercero[23].

Wallis seguía sufriendo lo indecible. Le escribió al duque: «Se han rumoreado tantos escándalos sobre mí, incluso se ha dicho que soy una espía, que la gente me evita; así que hasta que cuente con la protección de tu nombre debo permanecer escondida». Le expresó su deseo de caer en el olvido, un deseo patéticamente fútil en aquellas circunstancias. También le contó que confiaba en que el amor que compartían ambos lograra vencer todos los obstáculos.

En Inglaterra, Emerald Cunard y sir Philip Sassoon renegaron de la pareja exiliada de inmediato. Después de que Stanley Baldwin realizara en la Casa de los Comunes una declaración hipócrita de comprensión y pesar, el 13 de diciembre el arzobispo de Canterbury emitió por la BBC un discurso moralista excesivamente largo, en el que hablaba, entre otras cosas, del antiguo monarca:

Aún más raro y triste es que él haya buscado su felicidad de

un modo incongruente con el principio cristiano del matrimonio y dentro de un círculo social cuyos modos de vida son ajenos a los buenos instintos de la gente. Dejad que sepan quienes pertenecen a estos círculos que hoy son reprendidos por el juicio de la nación que había amado al rey Eduardo.

Sus comentarios volvieron al arzobispo especialmente impopular, y no solo entre quienes seguían siendo amigos leales al duque. Su desagradable discurso le había hecho quedar como un clérigo lleno de superioridad moral pateando a un hombre desgraciado cuando este estaba en el suelo. Dos días más tarde, la diputada laborista Ellen Wilkinson, tanto en la Casa de los Comunes como en un artículo publicado en el Sunday Referee, dio un paso más al decir:

Se ha creado un creciente desasosiego acerca de las

tendencias políticas que la rodean [a la señora Simpson], o quizá sería más justo decir de los grupos que han estado ejerciendo su influencia sobre el rey Eduardo para lograr sus propios objetivos. […] Encantado de esconderse tras la señora Simpson, había un grupo que no oculta su entusiasmo por las doctrinas políticas y sociales de una potencia no especialmente amistosa con Gran Bretaña. El primer ministro Baldwin describió recientemente lo que él consideraba una mentalidad política peligrosa: «el hecho de disfrutar del poder sin responsabilidad».

Como compensación al público (y quizá para evitar una demanda), la señora Wilkinson añadía que ella no quería decir que ni el duque ni Wallis fueran conscientes de lo que políticamente se estaba haciendo con ellos. Pero esto apenas suavizó los fruncidos ceños de las víctimas de su discurso y artículo.

Al mismo tiempo, cayó otro golpe más. Francis Stephenson, un empleado judicial anciano y desconocido, intervino en lo que parecía ser un procedimiento legal bastante sencillo para la concesión definitiva del divorcio. Afirmó ser capaz de demostrar el motivo por el que la concesión del divorcio debía detenerse. De qué información disponía, si es que tenía alguna, nunca se supo, ya que al poco tiempo se le hizo callar. Sin embargo, lo probable es que se hubiera enterado de lo colusorio del proceso. Wallis quedó sorprendida y asustada cuando conoció dicha intervención, y le escribió al duque: «Nunca pensé que el mundo pudiera presionar tanto a dos personas cuyo único pecado es quererse». Añadió que aparentaba tener cien años y que ya solo pesaba 55 kilos, y que Inglaterra la había convertido en una «ruina […]. El mundo está contra mí y solo contra mí». Se preguntaba si sobreviviría a aquel suplicio.

Wallis debía de estar preocupada por que se supiera la verdad acerca del acto colusorio en el divorcio de Spencer y que alguien probara que ella había nacido fuera de un vínculo matrimonial y no estaba bautizada, lo que impediría su matrimonio religioso con el duque, incluso aunque su matrimonio con Ernest se declarara nulo. Daba largos y absurdos paseos en coche por las carreteras llenas de curvas de los tres acantilados, dejando que su melena al viento y las repentinas vistas del mar la distrajeran temporalmente de su agobio. Le alivió enterarse de que la tía Bessie iba a visitarla en Navidad.

En aquella época de soledad y pesar, Wallis por fin empezó a sentir algo de cariño por el duque. Las cartas que le escribía expresaban devoción y lealtad, aunque siguieran sin tener el apasionado afecto de las que él le dirigía a ella. En aquella época Newhold Noyes, que estaba casado con Lelia, la prima de Wallis de Wakefield Manor (Virginia), estaba publicando una serie de artículos en Estados Unidos (y poco después lo haría en Francia) basados en lo que Wallis y el duque pensaban que eran conversaciones privadas mantenidas en noviembre en Fort Belvedere y Cumberland Terrace. Los artículos eran en su mayoría halagos casquivanos sobre lo que le gustaba o dejaba de gustar a la pareja (Wallis odiaba los gatos; le encantaban las chimeneas y los vientos fuertes). Sin embargo, Wallis pensó que los textos constituían una invasión de su privacidad, y reaccionó de forma tan extrema ante ellos que le puso una demanda a Noyes.

Cometió un grave error. En lugar de contratar a un abogado francés respetable, se volvió de nuevo hacia el activista nazi Armand Grégoire. Este seguía siendo célebre; aún estaba en la lista del Deuxième Bureau y de la Sûreté como uno de los principales agentes nazis de Francia. Los archivos de espionaje sobre él actualmente depositados en los Archivos Diplomáticos de París y los Archivos Nacionales de Washington revelan que, a pesar de su posición como abogado prominente, con despacho en la Place Vendôme y una mujer muy conocida en la alta sociedad, Crystal, que había nacido en Estados Unidos, se encontraba bajo permanente vigilancia por parte de las autoridades. Francia vivía aún bajo el gobierno socialista de Léon Blum y, debido a una peculiar ironía, la cabeza del gabinete de Blum, monsieur

Blumel, era el hermano de la letrada Suzanne Blumel, más tarde Blum[24], que sucedería a Grégoire años después como abogada de Wallis.

La situación estaba claramente controlada por Herman Rogers, que mantenía su posición como agente estadounidense; la decisión de Wallis de contratar a Grégoire aumentó las sospechas de los agentes del MI6 en la ciudad respecto a sus vínculos con los nazis. En resumen, tenía más problemas que nunca.

Las llamadas y las cartas continuaron. Y también las infinitas amenazas, lo que provocó que los Rogers tuvieran que cambiar su número de teléfono una y otra vez. Se produjo una desagradable nota al pie en un mes que ya lo estaba siendo de por sí cuando las noticias anunciaron que una antigua vivienda de Wallis, situada en el número 212 de North Biddle Street, en Baltimore, había sido comprada por un abogado que planeaba convertirla en museo.

En Austria, el duque viajaba con frecuencia a Viena, tanto para recibir tratamiento en el oído por parte del profesor Neumann como para renovar su antigua amistad con el canciller Schuschnigg y el presidente Miklas. Ahora que ya no ocupaba el trono, tenía cuidado de restringir sus conversaciones con estos hombres a las meras convenciones de sociedad. También recuperó su amistad con el inteligente y sofisticado ministro estadounidense en Austria, George Messersmith, quien desde su primer día en Viena había elaborado, a través de una red de contactos de la inteligencia y la continua interceptación de telegramas y llamadas telefónicas de otras embajadas, lo que había acabado siendo un detallado informe de vigilancia del duque. Durante la tarde del 15 de diciembre, este se levantó de su cama de enfermo, en la que le habían confinado el grave dolor de oídos y un fuerte dolor de cabeza, para compartir una cena con Fritz Mandl. Mandl, marido y descubridor de la estrella de cine Hedy Lamarr, era un judío constructor de armamento que ya se había convertido en suministrador de Hitler a pesar de su origen étnico. El duque también conoció al hermano de Eugene Rothschild, Louis, a quien más tarde ayudaría a salir de Europa. Lord Brownlow había llegado entretanto desde Cannes con un montón de notas y recordatorios de Wallis, solo algunos de los cuales acabaron formando parte de la correspondencia publicada por Michael Bloch.

Dos problemas de suma importancia, distintos del aún tormentoso asunto de la separación, ocupaban la cabeza de Wallis y el duque. El primero era la cuestión de dónde vivirían una vez se hubieran casado. Se plantearon irse a la propiedad que tenía en Francia el duque de Westminster, que en una ocasión previa ya les había facilitado el uso de su yate. Pero no habría sido inteligente haber aceptado la idea: el duque de Westminster seguía teniendo vínculos nazis muy fuertes y célebres. El príncipe Roman Fancuszko les ofreció que se mudaran a su castillo de Polonia; y también comentaron la posibilidad de comprar la propiedad de 1600 hectáreas que tenía el conde Bela Zichy en Hungría. Ninguno de estos planes parecía práctico, pero sí hubo uno que la pareja se planteó en serio. Los Rogers dejaron caer la idea de que deseaban mudarse, al menos por un tiempo, al castillo de Candé de Tour, no lejos de París; el castillo era el hogar del magnate de los sistemas industriales Charles Bedaux, nacionalizado estadounidense, y su mujer Fern, natural de dicho país.

El segundo problema era el asunto de los ingresos que recibía el duque del presupuesto designado por el Parlamento, que se le otorgaban con la intención de mantenerle acomodado durante el resto de sus días. A pesar de la aprobación verbal del nuevo rey, el asunto tardaría varias semanas o meses en pasar por el comité necesario. Y no existía garantía de que, pasado ese tiempo, se aprobara el arreglo. De momento, aunque él lo mantenía en secreto, el duque conservaba la sustanciosa cantidad de dinero que había salvado del ducado de Cornualles. Pero ni siquiera dicha generosidad sería suficiente, dado el nivel de vida al que estaba acostumbrado, para mantenerle de forma indefinida. En algún momento de esta época Wallis estuvo de acuerdo en renunciar a las 300 000 libras que él le había destinado, cambiándoselo por una renta de 10 000 libras anuales mientras viviera. Sin embargo, el duque seguía inquieto, obsesionado como siempre por el dinero. En Londres, su fiel Winston Churchill nunca dejó, ni entonces ni en los siguientes meses, de presionar de forma reiterada para que se le concediera el dinero. Como miembro del comité que otorgaba el presupuesto a la Casa Real, Churchill hizo todo lo posible por ignorar las objeciones del resto. Él aún se veía a sí mismo, y lo seguiría haciendo siempre, como el segundo padre o el tío cariñoso del duque.

Los periodistas seguían aferrados de forma incansable tanto a Schloss Enzesfeld como a Villa Lou Viei. En esta última, Wallis se obligó a sí misma a realizar una torpe aparición una tarde, dando una breve rueda de prensa en la que dijo pocas cosas interesantes. Se sentía pedaleando en el agua, consumida por el aburrimiento y la soledad, incapaz de dormir. Ella disfrutaba con el protagonismo, la publicidad y la admiración y no podía soportar la idea de ser odiada como pocas mujeres lo habían sido en la historia. Apenas le supuso alivio enterarse de que una figura de cera de ella ataviada con un vestido de noche simbólicamente escarlata ocupaba ya una sala del museo de Madame Tussaud en Londres. Los visitantes advertían que sus ojos de cristal violetas, sorprendentemente realistas, miraban de forma hostil a los del arzobispo de Canterbury.

Aumentaron también los problemas menores. El duque llamó a Wallis frenético para contarle que su amado Slipper había sido atacado por los perros del barón Rothschild y que había tenido que llamar a un veterinario para que se ocupara del animal. Cuanto más se aproximaban las Navidades, menos humor tenía para disfrutar de esas fechas. Las pilas de cartas que se amontonaban en su mesa superaron incluso a las de Wallis. Cuando puso un anuncio para contratar a una secretaria, se presentaron ochocientas mujeres para el puesto. Finalmente escogió a una, dirigiéndose a ella entre estornudos y un dolor de cabeza que iba empeorando mientras bebía un vino tinto caliente especiado con clavo, azúcar y canela.

Cuando Wallis se iba de compras, la prensa y el público volvían su excursión imposible. Su sombrero blanco y su abrigo de armiño eran fácilmente reconocibles cuando iba a caminar por el paseo marítimo de Cannes, y tenía que huir de regreso al coche. Tampoco mejoraban las cosas en Inglaterra: a La Voz de su Amo, compañía que tenía la patente real para reproducir los discursos, John Reith le prohibió publicar la grabación del discurso de abdicación. Las copias piratas se vendieron de forma imparable en Estados Unidos y la Europa continental.

El 19 de diciembre, la tía Bessie llegó por fin a Lou Viei; Wallis la abrazó llorando. Era un reencuentro emotivo, largamente anhelado. Mientras, el duque se ocupaba de los preparativos navideños. Le envió a Wallis una capa de visón; ella le mandó a cambio un abrigo de zarigüeya. Recuperado ya de su resfriado, volvió a su costumbre de realizar ejercicios de gimnasia matutina y a jugar al golf y a los bolos, e incluso intentó cantar a la tirolesa en una pequeña cena celebrada en el bar y el comedor recién construidos. Y se mostró encantado cuando el infeliz Slipper, que había estado tumbado en su diminuta caseta, se recuperó repentinamente de sus heridas y despertó a toda la casa para contarles que había acorralado con éxito y matado a un gran ratón gris. Pero su humor cambiaba rápidamente. Se volvió a deprimir en su soledad cuando, el 22 de diciembre, escribió a Wallis contándole la angustia que le suponía la idea de seguir separado de ella otros cuatro meses. Los diez días que había pasado en el castillo casi le habían vuelto loco debido a su lentitud y monotonía. Le contó que solo vivía por sus conversaciones de teléfono nocturnas, que sin el invento de Alexander Graham Bell la vida le resultaría insoportable. Se quejó de los periódicos, crueles e inhumanos; y también le habló de la crueldad de la vida misma. Ese mismo día el duque escribió a la tía Bessie, contándole que las dos últimas semanas habían sido «una pesadilla».

El día de Nochebuena, Wallis decidió ignorar a la prensa y se abrió camino acompañada de los Rogers a través de una multitud entusiasta hacia el casino Palm Beach de Cannes. La versión oficial fue que había permanecido en casa. Aunque no pusieron árbol de Navidad, se habían esforzado mucho en decorar la casa con acebo y mimosas. Como desagradable regalo de Navidad a la pareja, el palacio de Buckingham publicó el anuncio de que sesenta empleados de Sandringham que habían sido despedidos por el duque habían sido restituidos en sus antiguos puestos de trabajo. El duque asistió a misa en Viena el día de Navidad, acompañando a George Messersmith. Sir Walford Selby se encargó de la primera lectura, y el duque leyó, con aquella excelente voz que conservaba matices de los acentos estadounidense y cockney, los primeros veinte versículos del segundo capítulo del Evangelio de San Lucas. Él y Wallis intercambiaron llamadas de teléfono. La tarde siguiente el duque fue acosado por cientos de niños mientras repartía juguetes en Enzesfeld. Parecía alegre, entusiasmado y en buena forma física cuando salió a la calle bajo la intensa nevada.

Durante las Navidades, el duque bombardeó al rey con llamadas a Sandringham, según sir Dudley Forwood, ofreciéndole consejos fraternales sobre cómo comportarse como monarca. Aunque esto no fue particularmente bien recibido, la familia real, independientemente de lo que pensara de los consejos o de Wallis, no dudó en transmitirle al duque su amor y sus más afectuosos pensamientos. Sin embargo, el coste de las llamadas del duque, que se extendían durante horas, preocupaba mucho a los Rothschild. Kitty Rothschild le dijo a George Messersmith: «Eduardo no tiene sentido del dinero, ¿sabe? Nosotros no estamos entre los Rothschild ricos y estas llamadas de teléfono me llenan de consternación». Un mensaje navideño añadió combustible al fuego prendido por los enemigos del duque: el de su amigo Lloyd George, antiguo primer ministro de Inglaterra, que se encontraba de vacaciones en el Caribe. Lloyd George había visitado a Hitler y admiraba al Führer hasta la obsesión; tan intenso era el apoyo nazi que le rodeaba en Inglaterra que el Servicio Secreto de Inteligencia les vigilaba a él y a sus amigos día y noche.

En la noche de Navidad, Wallis, por invitación de su fiel amiga Sibyl Colefax, que había permanecido leal durante la crisis, fue con los Rogers a cenar a Villa Mauresque, donde Somerset Maugham, entonces en la cima de su fama como novelista y dramaturgo, les recibió con su célebre sonrisa de cocodrilo. La noche se volvió algo embarazosa por las interrupciones alcohólicas de su «secretario», su amante borracho Gerald Haxton. Al ser preguntada después de una partida de bridge por qué no había usado el rey de corazones, Wallis contestó: «Mis reyes no ganan bazas. Solo abdican». Wallis no se mostró especialmente amable con su anfitrión, ni él con ella. Pero este tenía algo en común con ella y con Herman Rogers: los tres habían estado implicados en tareas de inteligencia, Maugham en la Primera Guerra Mundial.

El 1 de enero de 1937 la tía Bessie escribió a Corinne Murray, la prima de Wallis, que había regresado a Pensacola (Florida), para contarle su estancia en Lou Viei: «Los sucesos del mes pasado son demasiado importantes para que mi débil mente pueda hacerles frente», le decía. Después le contaba que Wallis tenía buen aspecto pero que estaba «demasiado delgada, por supuesto», y que debería ganar tres kilos. Deseaba que los periódicos dejaran de perseguirla; había tantas cartas que responder que la propia Bessie debía encargarse de algunas, como esta, en lugar de ella. Pero sí se dio cuenta de que los turistas habían dejado de cotillear a través de las puertas; solo los más curiosos seguían rondando.

También el día de Año Nuevo, el duque escribió a Wallis una vez más para expresarle su angustia y su tensión debido a la separación. Esa noche, al llamarla por teléfono, sollozó como un niño y, después de que él finalmente hubiera colgado, Wallis, muy emocionada, apresuradamente le escribió una nota en la que decía: «No puedo soportar oírte llorar».

A pesar de que avanzaba enero, la preocupación de Wallis por que el divorcio no le fuera concedido no cesaba. El duque estaba tan ansioso e irritable que ni siquiera iba a los clubes nocturnos de Viena, ni al Rotter Bar. El 21 de enero, Fruity Metcalfe telefoneó desde el Grand Hotel de Kitzbühel para advertirle de que tal vez se acercara a Schloss Enzesfeld y se quedara una temporada. El duque accedió imprudente. A Wallis la consumían los celos.

El duque se fue a esquiar con Fruity a Semmering; Metcalfe escribió en las cartas que le enviaba a su mujer lady Alexandra a Londres que el duque estaba tan entusiasmado y alegre como un colegial. Seguía siendo tan insomne como siempre, y rara vez se acostaba antes de las cuatro de la mañana, y mantenía a Fruity, cuyas cartas de la época conservan una calidad intensa, ocupadísimo.

Durante todo enero, Wallis siguió escribiendo al duque, y continuó quejándose de su situación de desterrada y objeto del escándalo internacional. Nunca dejó de refunfuñar por lo mal que, según ella, el rey estaba tratando al duque. El aburrimiento y la notoriedad la estaban desgastando cada vez más profundamente. En su desesperación llegó a recurrir a un astrólogo suizo, pero su horóscopo solo la deprimió aún más al profetizarle muchos más obstáculos.

El 27 de enero Wallis escribió al duque contándole que le afligía el hecho de que Baldwin no permitiera a los duques de Kent y al duque de Gloucester ir a visitarle al castillo. Acusó a Baldwin no solo de arruinar las relaciones familiares sino también de seguir humillando al duque.

Eugene Rothschild se fue a París la tercera semana de enero, para transferir la mayor parte de sus fondos a los bancos parisinos, pero Kitty no se marchó hasta el 2 de febrero, día en el que el duque ni siquiera tuvo la amabilidad de levantarse de la cama a despedirse de ella y agradecerle todas sus atenciones.

El 3 de febrero Wallis escribió al duque transmitiéndole su desazón ante el comportamiento del rey Jorge VI, al que acusaba de ser una mera marioneta del gobierno que había desplazado a su amado del trono, usándola a ella como «herramienta necesaria». Le expresaba su enfado por el hecho de que su próximo matrimonio con el duque no se mencionara en el Court Circular; esto suponía una decepción porque aún era reacia a la idea de ser despojada de dignidad y de unirse a «los innumerables aristócratas que vagan por Europa sin significar nada». Quería que el duque escribiera al rey explicándole por qué él no debía ser tratado como un desterrado y ella merecía un título nobiliario. Además revelaba su disgusto con la familia real entera por negarle a ella un grado de dignidad.

No fue hasta el 3 de febrero que el duque realizó una aparición pública en un evento social, asistiendo, junto a Messersmith, los Selby y la señora Miklas, a un concierto que daba la joven soprano australiana Joan Hammond. La elección del programa fue, cuando menos, desafortunada. Un lied de Hugo Wolf se titulaba «En el retiro», y contenía las frases «Déjame en paz, ¡oh!, mundo, permite que mi corazón se quede solo con su dolor y su dicha». «Dedicatoria», de Richard Strauss, empezaba: «Sabes, alma querida, que lejos de ti sufro. El amor hace enfermar mi corazón». Y de lo más inoportuna fue la canción «El pequeño extranjero», de Cyril Scott. En ella, la protagonista declaraba que había llegado a Londres desde un país muy lejano para «prender fuego al Támesis». Al duque, que ya se encontraba muy incómodo, el remate final le llegó en la canción «Las verdes colinas de Somerset», en cuyo estribillo se decía: «Ya no caminaremos más por tus verdes colinas, nunca más».

Dos días más tarde, la princesa real, la amada hermana del duque, y su marido, el conde de Harewood, viajaron de Londres a Enzesfeld. Según el New York Times, el motivo de la visita era discutir el futuro económico del duque. Baldwin seguía mostrándose inflexible en que el duque no recibiera cantidad alguna del presupuesto que el Parlamento destinaba a la familia real. La princesa y su marido habían ido a comunicarle esta desagradable decisión y a intentar aliviarle la fiebre. Cuando llegaron, el duque almorzó con ellos en el hotel Bristol y les llevó a visitar varios museos. Consternado por la noticia de que se le habían congelado los ingresos, le recordó a la princesa real que aún poseía Balmoral y Sandringham y que no los liberaría hasta que se le pagara. Refiriéndose al antiguo palacio de los emperadores austriacos, dijo con amargura: «En el peor de los casos, siempre podría ganarme la vida enseñándole a la gente Schönbrunn». Les dio a su hermana y su cuñado una visita guiada por el desmoronado edificio, mostrándoles el carruaje para ponis del príncipe heredero Rodolfo, quien mató a su amante y se suicidó después en un célebre doble asesinato. También les enseñó a sus parientes los apartamentos para trabajadores con los que ya había hecho pasar vergüenza a sus amigos fascistas de Viena dos años antes.

En febrero, una serie de cartas angustiadas enviadas por Wallis al duque ponen de manifiesto su extremo nerviosismo acerca del resultado de la investigación llevada a cabo por el procurador de la Corona en relación con el divorcio de Ernest. Una de sus cartas, fechada el día 7, era especialmente confusa y embrollada, y transmitía bastante pánico. Quería que el duque intercediera ante el rey sobre el asunto, lo que era obviamente imposible. Le echaba la culpa de todo lo sucedido a la reina, a quien ella insistía en llamar «duquesa de York». («Toda la culpa es de su mujer, que nos odia a ambos»). Queda claro por esta y otras cartas que Wallis sabía que no era ni mucho menos seguro que se le concediera el divorcio; y podía revelarse que mantenía algún tipo de relación sexual con el duque. Si ella (como afirma Michael Bloch, editor de las cartas completas) hubiera mantenido una relación casta con el duque, sus cartas habrían tenido un cariz completamente distinto, basado en la seguridad de que nadie podría acusarla de adulterio.

El 12 de febrero Wallis, sintiéndose un poco mejor, hizo su debut social de 1937 en la Riviera en una fiesta de gala que daba Henry Clews (hijo), un famoso millonario de la alta sociedad neoyorquina. El evento, celebrado en el casino Palm Beach, fue animado por un alboroto producido cuando algunos turistas que se habían colado trataron de fisgar a través de las cortinas que protegían la mesa en la que estaban sentados Wallis y los Rogers con sus anfitriones. Ataviada con un espléndido vestido negro de encaje y un collar de perlas, Wallis bailó dos veces con el propietario del casino, el griego Nicolas Zographos.

Al día siguiente, la princesa real y el conde de Harewood se fueron de Viena en tren. La princesa lloraba; el duque gritó enfadado a unos cámaras que intentaban fotografiar al grupo, situado en el andén, y la policía requisó e hizo añicos las cámaras. Se creía que en el último momento los Harewood habían intentado convencer al duque de que rompiera con Wallis. Como era de esperar, dicha sugerencia fue rechazada de forma abrupta. Pero sí lograron persuadirle de que pospusiera su boda hasta que hubiera pasado la coronación. Y se vieron obligados a informarle, después de hablar con Londres, de que aún no había acuerdo con respecto a sus perspectivas y provisiones económicas. Le dijo a Messersmith que había sido tratado «vilmente». Que el duque tenía la idea de regresar a Inglaterra y apropiarse del trono queda patente una vez más en una frase de una carta que le escribió a Wallis con fecha del 18 de febrero: «Regresaremos con todo nuestro esplendor antes de lo que pensamos».

En Londres, Joachim von Ribbentrop apareció en el palacio de Buckingham para presentar sus credenciales como embajador ante el rey y transmitirle los mejores deseos de parte de Hitler. Habló con el rey de los apartamentos para trabajadores de Alemania y de las reformas sociales; la conversación fue amistosa y cordial. Al final de la reunión, Ribbentrop realizó el saludo nazi delante del monarca. Es evidente que el propósito de Hitler era obtener el apoyo de la familia real británica independientemente de cuál de sus miembros ocupara el trono.

El día 24, el duque de Kent llegó a Viena desde Múnich. Los dos hermanos visitaron juntos varios museos y el palacio de Schönbrunn, y el duque de Kent se quedó durante varios días. Lord Brownlow llegó desde Londres el día 26; allí no le habían tratado bien porque había apostado por el caballo perdedor. Le dijeron que no solo no se le nombraría ayuda de cámara del nuevo rey, como él esperaba, sino que se le consideraba persona non grata en la corte; el resto de los caballeros abandonaban el bar de su club cuando él llegaba. Se iba a prohibir que apareciera su nombre en el Court Circular. Cuando preguntó al lord chambelán, lord Cromer, si había sido rechazado como un empleado deshonesto sin recibir notificación alguna, se le dijo que su suposición era correcta. El hecho de que hubiera acompañado a Wallis constituía el golpe de gracia a su carrera, y posiblemente a su vida social.

Al mismo tiempo, aumentaban los rumores en Londres y el sur de Francia de que Wallis de alguna manera se había llevado las esmeraldas que le había legado al duque su madre, la reina Alejandra. Se suponía que o bien se las había sonsacado al rey o bien este las había recuperado de la joyería Garrard de Londres como atención hacia ella. No era cierta ninguna de las dos suposiciones: las esmeraldas eran producto de la imaginación colectiva. Lo cierto es que, cualesquiera que fueran las joyas que había dejado la reina Alejandra, se habían dividido entre los miembros femeninos de la familia y nunca habían estado a disposición del duque. Pero la historia, que perduró hasta hace muy poco tiempo, cuando fue finalmente desmentida por Leslie Field, aumentó la histeria que parecía acompañar cada movimiento de Wallis.

El duque de Kent había llegado a Viena con malas noticias. Se vio obligado a comunicarle al duque de Windsor que no existía ninguna perspectiva de que recibiera dinero alguno del presupuesto que el Parlamento destinaba a la familia real. Esta noticia, sumada a las que le había traído su hermana unos días antes, sumió al duque en un estado de enfado y profunda depresión. Él y Wallis discutieron el tema durante horas por teléfono, gritándose el uno al otro noche tras noche.

El 2 de marzo Wallis asistió a su primer desfile de moda en un año; el capitán Edward Molyneux mostraba su colección de primavera en Cannes. Compró trece prendas entre vestidos y trajes, de las que una era un vestido de noche en crepé satinado azul grisáceo, con una chaqueta que abrochaban tres botones enfrentados; el artículo más caro que compró era un abrigo de zorro plateado realizado a partir de diez pieles dispuestas de forma longitudinal. Se lo puso para asistir a otra fiesta en el chalé de Somerset Maugham ese fin de semana.

El miedo a que la asesinaran se intensificó en marzo. Wallis recibió otra carta amenazadora, y había vuelto a ser avisada por parte de Kenneth de Courcy de la existencia de una organización que estaba decidida a acabar con ella y que recibiría una buena suma por su asesinato.

Se hablaba de que Wallis y el duque se mudarían a Estados Unidos, y el duque incluso comenzó unas negociaciones preliminares para comprar Cloisters, una inmensa residencia en forma de castillo propiedad del señor y la señora Sumner A. Parker a las afueras de Baltimore. Aquello no llegó a nada. Finalmente, el día 9, Wallis se marchó con los Rogers al castillo de Candé, propiedad de Charles Bedaux; la acompañaron su doncella, Mary Burke, y veintisiete maletas. Almacenó el resto de las posesiones que había traído de Inglaterra en Villa Lou Viei. Charles Bedaux se encontraba en Estados Unidos en ese momento, alojándose en su apartamento de la Quinta Avenida; Fern Bedaux había cancelado un viaje a Londres y se afanó incansable durante más de una semana en los preparativos para recibir a su célebre huésped. Un ejército de sirvientes, que aumentaron su número con gente del pueblo, había limpiado el polvo, fregado y repintado el antiguo edificio sin descanso. El Buick, que había estado guardado en el garaje durante la mayor parte de las semanas previas mientras Wallis usaba el coche de los Rogers, subió majestuosamente la colina que conducía a la inmensa y arabesca entrada de pomos de acero del castillo. Cuando llamaron a la puerta, esta se abrió chirriando y reveló un vasto vestíbulo en el que se alineaban veintidós empleados, todos ellos uniformados. Encabezándolos estaba Hale, el mayordomo inglés, vestido de forma impecable con un traje hecho a mano en Savile Row. Los lacayos vestían libreas en azul intenso y dorado, pantalones negros y zapatos de hebilla dorada. Las doncellas llevaban vestidos de seda negra hasta los pies con cofia y delantal de volantes, y el ama de llaves portaba una larga cadena de llaves. Los candelabros iluminaban desde el techo aquella tarde de miércoles húmeda y sombría. De los jarrones de cristal salían flores por valor de diez mil francos. Wallis fue acomodada en el propio dormitorio de Fern, que estaba decorado en seda de color marfil y satén y tenía vistas a los oscuros bosques y a la campiña.

Exhausta por el viaje, Wallis pasó su primer día descansando en su habitación. Cuando se decidió a salir de casa al atardecer, se puso a llover con tanta fuerza que tuvo que regresar de inmediato. Llamó al duque varias veces durante sus primeras veinticuatro horas allí.

Dio una rueda de prensa en la biblioteca, evitando con cuidado cualquier mención a sus planes de matrimonio. Preguntada, lo que era raro en aquellas circunstancias, por su punto de vista sobre la Guerra Civil española, en la que se enfrentaban las tropas fascistas y comunistas en un duelo mortal, fue lo suficientemente inteligente como para decir: «Lo siento por ambos bandos. Será la ruina de la preciosa España». Varios periodistas advirtieron que llevaba un anillo de compromiso con un enorme zafiro en el dedo corazón de su mano izquierda; parecía haberse cansado del anillo de compromiso de la esmeralda mongola que el duque le había regalado la noche en la que se le había concedido el divorcio de forma provisional en Ipswich o que prefería una joya cuyo color se acercaba más al de sus ojos.

Durante los siguientes días, Wallis se acostumbró al ambiente del castillo de Candé. Observaba todo lo que hacía Fern con el mayor de los cuidados; le dijo a Fern que el castillo era la casa mejor llevada en la que se había alojado nunca. Esta, una mujer alta, elegante y exquisitamente acicalada, de Grand Rapids (Michigan), había crecido en una familia muy acomodada y llevaba su casa con una habilidad soberbia. Era severa como jefa; si oía a una de las doncellas o de los sirvientes hablar o reírse fuera de la cocina, el infractor era enviado inmediatamente a la zona de los sirvientes. Hale era un mayordomo quisquilloso pero muy hábil. De forma enérgica, y dando palmadas con frecuencia, daba órdenes a dos lacayos, las doncellas de las damas, la doncella del piso de arriba, la del piso de abajo y la que se ocupaba del fregadero; la única parte de la casa en la que no estaba al mando era la cocina. Esos eran los dominios de Legros, que había sido chef del duque de Alba, uno de los principales financieros de Franco; a Legros se le consideraba virtualmente incomparable, y su cocina de tres estrellas habría estado a la altura de los mejores restaurantes de París. Después de la mediocridad de la cocina elaborada por la pareja que atendía a los Rogers, Wallis pudo por fin comer algo decente.

Bedaux y sus arquitectos habían modernizado el castillo, cubriendo los muebles con piezas de lino estampadas del siglo XVIII que se habían encontrado enrolladas en el desván al comprar la casa a los anteriores propietarios, unos aristócratas franceses venidos a menos. También habían instalado nuevas cañerías y calefacción, mediante grandes hornos situados en el sótano. El cuarto de baño de Wallis disponía de toalleros térmicos recubiertos de platino y una enorme bañera equipada con grifos de oro. Incluso había una fuente dorada en la que mantenían fresco el pescado recién comprado, porque los peces se compraban vivos en el castillo de Candé.

Las cenas que se celebraban en el castillo eran íntimas pero formales y con mucho estilo. Se ponían dos manteles: el primero era un mantel de oro; el segundo, de encaje fino de Bruselas. El efecto era precioso; el oro brillaba a través del encaje y bajo la refulgente luz de los candelabros. Las comidas las servían Hale y los lacayos de librea. La porcelana grabada y la plata eran de la mejor calidad. Cada invitado recibía el menú escrito en caligrafía y colocado en un pequeño soporte de plata que encontraba delante. Si a Hale no le caía bien alguien, giraba la bandeja que le ofrecía desde la izquierda para que al invitado le tocara el peor trozo de ave o pescado; y nunca le servía vino sin que se lo hubiera pedido específicamente. Las piezas de ave se traían a la mesa «vestidas» (con las plumas puestas) para que todos pudieran verlas y tocarlas. Después se cocinaban y servían.

Tras la cena, en las ocasiones más íntimas, Hale ponía discos de música para bailar. En los eventos más numerosos, Marcel Dupré, el mejor organista de la época, tocaba el enorme órgano de teclados sobrepuestos que había en la sala de estar, cuyos tubos de bronce se hallaban escondidos bajo paneles de roble y en el que la música de Bach y Haendel emergía a través de una rejilla. A veces Fern Bedaux llevaba a sus invitados a un pequeño pabellón de la planta baja, una dependencia diminuta más que un pabellón de caza. Allí, Wallis y sus amigos jugaban a las cartas o enrollaban la alfombra y bailaban al ritmo del gramófono de cuerda. Fern siempre se quedaba a un lado, nunca participaba. Wallis no podría haber estado más contenta en este ambiente tan suntuoso. Incluso sus gustos más caprichosos habían sido satisfechos finalmente.

Mientras tanto, el 18 de marzo, por fin avanzó algo el tema del divorcio. El procurador de la Corona, sir Thomas Barnes, anunció que el tribunal se ocuparía del caso al día siguiente. Sir Boyd Merriman, presidente del tribunal, vería el asunto a las diez y media de la mañana. El fiscal general sir Donald Somervell se presentaría para informar del resultado de las investigaciones conducidas por el procurador de la Corona. Sorprendentemente, no se exigió la comparecencia ni de Ernest ni de Wallis. Ella fue incapaz de dormir esa noche, pero en realidad no debería haberse preocupado. Somervell anunció que no había encontrado razones para realizar una intervención y que no había base jurídica para pensar que el divorcio era un acto colusorio. El juez preguntó si Francis Stephenson, el empleado que había presentado una demanda por las irregularidades en el proceso, se encontraba allí. Stephenson contestó que así era. Bajito, regordete, de bigote gacho y gris, admitió haber emprendido una medida legal el 9 de diciembre. Sin embargo, confirmó que ya no tenía ningún motivo por el que mantener la demanda y pidió que se eliminaran los cargos originales del expediente. Preguntado por los periodistas al salir del edificio por el motivo de haber emprendido la medida legal inicialmente, les soltó: «¡Pueden seguir preguntándoselo! ¡Váyanse! ¡Tengo mejores cosas que hacer!». Parece obvio que se le había encomendado la tarea de interrumpir el divorcio, pero se había tenido que retirar debido a sus sentimientos de súbdito leal. La ironía, por supuesto, es que el divorcio sí era de hecho un acto colusorio; lo increíble es que nadie fuera capaz de demostrarlo.

Aún pasaría algo de tiempo hasta que fuera concedido el divorcio de forma definitiva. Sin embargo, Wallis se quedó muy aliviada al saber que desde entonces ya no existirían grandes obstáculos. El duque estaba igualmente complacido con la noticia, pero seguía tan intranquilo e inquieto como siempre; después de haber echado virtualmente a Kitty de su casa, ahora le agobiaban los problemas de llevar Schloss Enzesfeld y comenzó a hacer planes para mudarse a otro sitio. Para marzo, las cartas que el duque enviaba a Wallis se habían vuelto casi histéricas. «¡Que Dios maldiga a esas brujas inglesas que se atreven a insultarte!», escribía. Sir Walford Selby y Dudley Forwood le encontraron una nueva residencia; un pequeño hotel llamado Appesbach House, cerca de St. Wolfgang, en la región austriaca llena de lagos de Salzkammergut. Tenía una playa privada, un pantalán, una pista de tenis y una gran vista del lago y las montañas. En las semanas previas el duque había contratado a no menos de diecisiete empleados, entre los que había varias doncellas y un ayuda de cámara, dos tercios de los cuales estaba obligado a despedir ahora. Tenía un fuerte dolor de muelas y había hecho traer en avión al doctor Sumner Moore de Wimpole Street para que se ocupara del problema. Su dolencia en el oído también seguía molestándole a pesar de los numerosos cuidados del doctor Neumann. A su humor apenas le ayudaba el hecho de que Winston Churchill siguiera tropezando en Londres con todos los obstáculos imaginables en el tema económico. El 22 de marzo, el duque escribió a Wallis diciéndole que un día se vengaría «de todos esos canallas [de Inglaterra]» y les haría darse cuenta de «lo asquerosos y antideportivos» que habían sido con él.

El día 31 Wallis escribió al duque, atacando una vez más a su «miserable hermano» y sugiriéndole que, si este seguía tratándole así, proclamara ante el mundo entero el maltrato que estaba recibiendo. Aconsejó al duque que hiciera que el rey «se avergonzara de sí mismo, si era posible».

El 28 de marzo el duque recibió una despedida de Enzesfeld en forma de procesión de antorchas. Los niños del colegio, seguidos de miembros del cuerpo de bomberos y de la policía, marcharon por el pueblo y llegaron hasta el castillo portando antorchas y cantando al unísono, regalándole un concierto de música tradicional de la zona. A la mañana siguiente el duque condujo hasta St. Wolfgang. Le acompañaban sir Godfrey Thomas y Dudley Forwood. Al llegar a Appesbach House, el duque salió al balcón de su dormitorio y, nostálgico, se quedó mirando las montañas cubiertas por el velo de la niebla primaveral matutina. Le acompañaba su nuevo cairn terrier, Schnuki; a Slipper ya se lo había enviado por tren a Wallis. Pasó los días siguientes subiendo montañas con Forwood y visitando los monasterios locales y la residencia de verano del fallecido emperador Francisco José. Le apasionaba el paisaje teutónico y le fascinaban las reliquias de los Habsburgo. Aún intentaba entre bambalinas la restauración en el trono austriaco del archiduque Otto.

El 8 de abril Slipper, que tenía tendencia a perseguir ratas y ratones, se extravió en el campo de golf cercano al castillo de Candé y resultó fatalmente herido por una víbora. «Ya no podrá asistir a la boda su principal invitado», escribió una angustiada Wallis al duque. Él respondió con amabilidad, diciéndole: «Esta mañana se me rompe el corazón de tristeza, querida». Ambos estaban devastados con la pérdida; Wallis no podía soportar la idea de enterrar al animal, así que Herman Rogers se hizo cargo de ello. Lady Mendl y su amante Johnny McMullen bajaron hasta el castillo a consolar a

Wallis[25]. Esta tenía además otros problemas: Fern se había ido a París y Londres para realizar la visita que había pospuesto por recibir a Wallis, y esta no estaba del todo cómoda viviendo con la única compañía de los empleados. Además, estaba perpleja por el asunto de su partida de nacimiento. Durante un mes acosó a la tía Bessie para que le consiguiera algún certificado de cualquier tipo, como exigía la legislación francesa, pero obviamente no aparecía ninguno. Finalmente, la emprendedora tía Bessie encontró una solución. Se pondría en contacto con el joven médico Lewis M. Allen, al que habían enviado rápidamente a Blue Ridge Summit para que se ocupara del parto. Este firmó una declaración jurada de la fecha y hora del nacimiento de Wallis.

El 25 de abril, el número 212 de East Biddle Street (Baltimore) fue abierto como museo. El dormitorio de Wallis fue exhibido de forma prominente; ciento cincuenta personas entraron en grupos de seis a cotillearlo después de subir por la estrecha escalera. Parece ser que no se conservaron los muebles originales; tan solo la cocina, con su estufa de carbón, era más o menos la misma. La receta de los popovers de manzana, manuscrita por Wallis, fue colocada en una estantería sobre ella.

Wallis se puso furiosa cuando se enteró de que en el museo se mostraba una figura de cera de ella, con el vestido de novia con el que se había casado con Ernest Simpson; este se lo había robado a ella y su amiga Mary Raffray se lo había vendido a los propietarios del museo a través de una agencia de su amiga Gloria Vanderbilt; y, para ahondar más en la herida, se la mostraba arrodillándose ante el rey Jorge y la reina María, sus peores enemigos. Cuando un periodista le preguntó al copropietario del museo si aquello era un santuario de la duquesa de Windsor, este le soltó: «Los santuarios son solo para Dios y los santos. ¡Y la señora Simpson no es ni una cosa ni la otra!». Cuando Thelma Furness le contó esto a Wallis (y admitió que se había llevado un porcentaje de la venta del vestido robado), Wallis le contestó: «Pero ¿quién se cree este hombre que es? ¿El arzobispo de Canterbury?».

Al duque le perturbó la publicación en la editorial de William Heinemann del libro titulado Coronation Commentary, escrito por Geoffrey Dennis. El duque afirmaba que en aquel libro se le calumniaba, incluso a pesar de que leído hoy parece completamente inofensivo. De hecho, demandó a la editorial a través del despacho de George Allen, con la intención de que el libro fuera retirado del mercado. Al mismo tiempo, Wallis retiró su demanda contra Newbold Noyes, marido de su prima, en relación con los artículos publicados por este en la prensa francesa y estadounidense. Armand Grégoire seguía siendo su abogado.

El 14 de abril, Wallis escribió la más reveladora de cuantas cartas le enviara al duque. Afirmaba, refiriéndose al rey: «Bueno, ¿a quién le importa?, dejemos que lo expulsen del trono». No hay duda de que también expresaba este tipo de ideas en sus cenas de la Riviera, asegurándose la permanente desaprobación por parte de muchos en palacio. Leída junto a las amenazas, vertidas por el duque en una carta previa, de regresar a Inglaterra y recuperar el trono («Regresaremos con todo nuestro esplendor antes de lo que pensamos»), y sus planes, que pronto serían anunciados a un periodista de Londres, de instaurar una república en Inglaterra con él de presidente y Wallis de primera dama, es evidente que su afirmación, considerada una traición viniendo de un ciudadano británico, no puede tomarse a la ligera.

A finales de abril, lord Wigram anunció a Winston Churchill que el rey le había garantizado personalmente que se ocuparía de los ingresos del duque en el futuro. A Lloyd George se le aseguró lo mismo. Como consecuencia, ni Churchill ni Lloyd George llevaron el asunto ante el comité encargado del presupuesto que el Parlamento destinaba a la familia real. El duque quedó muy aliviado al enterarse de la noticia. Pero aún debía afrontarse un problema. La ley británica exigía que las bodas de sus ciudadanos celebradas en el extranjero tuvieran lugar en un consulado local, no en una residencia privada. Por otra parte, sería virtualmente imposible encontrar a un sacerdote anglicano que celebrara la ceremonia. En esta época, además, las investigaciones realizadas por los detectives contratados por Baldwin debían haber establecido ya que Wallis había nacido fuera del vínculo matrimonial y que no existía certificado de bautismo; además, según la ley británica, el matrimonio no podía tener lugar hasta pasados seis meses de la concesión del divorcio. Sin embargo, Wallis siguió insistiendo en sus planes. Como no podía salir y enfrentarse a los periodistas, les pidió a varios diseñadores parisinos que le enviaran sus últimas creaciones para que las tomara en consideración para su ajuar. Escuadrones de ayudantes de modistos se desplazaron para mostrarle una extraordinaria variedad de trajes de mañana, tarde y noche. Entre los que le enviaron sus vestidos se encontraban Schiaparelli, Mainbocher y Chanel. Finalmente decidió darle a Mainbocher la autorización para que la vistiera para la boda; sus competidoras aportarían el ajuar.

Mainbocher llamó al color de su vestido de boda «azul Wallis». Dispuso de un total de sesenta y seis vestidos, entre los que se incluían varios de un diseño atrevido, por no decir vulgar, con estampados de langostas y mariposas sobre fondos blancos o plateados. Estos contrastaban de forma intencionada con su imagen de persona de exquisito gusto en todas las ocasiones.

Gran parte de la preocupación que muchas de las personalidades más importantes sentían acerca del asunto Windsor fue expresada en una nota confidencial, enviada desde el palacio de Buckingham y escrita por Alexander Hardinge a sir Robert Vansittart. Fechada el 1 de mayo de 1937, decía:

Querido Van:

Como te comenté durante nuestra charla de ayer, al rey le pidieron instrucciones ambos [embajadores], Phipps y Selby, acerca de la actitud que debían adoptar en su relación con el duque de Windsor y la señora Simpson, una vez que estos se hubieran casado.

Deseaban saber cuáles eran los deseos de Su Majestad con respecto a su mantenimiento, ya fuera oficial o privado, y a su participación en ceremonias oficiales de cualquier tipo.

El rey es consciente de que en el futuro sus representantes pueden encontrarse con problemas de este tipo con muy poca antelación y sería deseable, en opinión de Su Majestad, en todo lo posible, que se les dieran instrucciones por adelantado.

El rey por tanto te agradecería que tuvieras la amabilidad de hacerle llegar alguna sugerencia sobre el modo de tratar con las diferentes situaciones que, en tu opinión, sea probable que surjan.

Vansittart respondió el 4 de mayo:

Muchas gracias por tu carta fechada el día 1 sobre el duque de Windsor.

Estoy completamente de acuerdo con el rey, si con todo el respeto puedo decirlo, al pensar que S. A. R. debería recibir tanta orientación como fuera posible en un asunto del que no existen precedentes y que está plagado de toda fuente de problemas posible.

Dicho esto, no me extenderé sobre la dificultad de dar un consejo apropiado ni acerca de la vaguedad de las sugerencias que me considero capaz de realizar en estas circunstancias.

Tal como están las cosas, se dividen en dos categorías: (1) oficiales y (2) privadas. En cuanto al primer tipo (1): por ejemplo, cuando el duque y la (futura) duquesa estén presentes en una capital donde se ofrece una recepción oficial y surja la duda de si deben darse pasos para que sean invitados. Debo decir que el único camino que puede seguirse es que los representantes de S. M. pidan instrucciones en cada caso, para lo que tendremos por supuesto que consultarte.

En cuanto al segundo tipo (2), mi impresión es que estos casos deben dejarse a la discreción de quien se encuentre al cargo en cada momento, con la opción, por supuesto, de pedir consejo si lo necesita […]. Lo que creo que deberíamos evitar, si es posible, es una situación en la que el duque le pida a un embajador o ministro que él y su mujer puedan realizar una visita. Creo que no es probable que surja esta situación. Podría dar lugar a ideas equivocadas, sobre todo si tuvieran lugar durante la estancia entrevistas o contactos con personalidades políticas […]. Como línea general, Eden cree que nuestros representantes deberían tratar al duque de Windsor y su mujer como lo harían con un miembro de la familia real que estuviera allí de vacaciones; pero si estuviera previsto algo que diera a la visita un cariz más serio, nuestros representantes deberían necesariamente comunicárnoslo […]. En cualquier caso, precisamos instrucciones o confirmación por parte del rey.

Dos asuntos surgen de las veladas formas utilizadas por Vansittart en su escrito. El primero es que existía un temor real a que el duque y Wallis mantuvieran vínculos políticos perjudiciales mediante el uso de las instituciones facilitado por las embajadas de las diferentes capitales; el segundo, que entonces, como también más tarde, todas y cada una de las decisiones relativas a los Windsor venían directamente del rey. Solo me fue posible llegar a esta última conclusión en 1987, cuando tuve acceso a estas cartas, de importancia crucial.

El 2 de mayo los habitantes de St. Wolfgang se echaron a la calle para realizar una fiesta en honor del duque. Llevaron a cabo un elaborado desfile de historia local, con trajes regionales, y en la ladera de la montaña brillaba una esvástica gigante que parecía estar encendida. Cuando el duque preguntó con falsa ingenuidad por qué se usaba el símbolo nazi, le dijeron, sin duda con un toque de humor cínico local, «es una manifestación de nuestros sentimientos». El día 3, sir Boyd Merriman, sin más preámbulos, concedió el divorcio de forma definitiva en Londres. En cuestión de minutos, los periodistas se precipitaron a los teléfonos para llamar al duque a Austria. Él estaba encantado e inmediatamente hizo que sus empleados lo empaquetaran todo; sin esperar ni un instante más de lo necesario, se marchó por carretera a Salzburgo, donde se subió al expreso que iba a París. Lo hizo a las cinco menos cuarto de la tarde, portando en sus brazos dos regalos para Wallis, un ramo de Edelweiss y un dirndl, el traje regional austriaco. Su vagón privado estaba atestado con las diecisiete maletas que había rehusado meter en la furgoneta de la mudanza; casi era imposible moverse. Le acompañaban su guardaespaldas, Storrier, y un sirviente; el resto de los empleados iría en otro tren. La declaración jurada del doctor Allen acerca del nacimiento de Wallis había llegado a través del cónsul francés a la legación británica esa misma tarde. También el mismo día, se había publicado en Londres el presupuesto que el Parlamento destinaba a la familia real, sin mencionarse en él al duque.

El 4 de mayo el duque llegó a Verneuil l’Etang, una pequeña ciudad cercana a París; sir Eric Phipps, ahora embajador en Francia, había arreglado que el Orient Express parara allí y que su primer secretario, Hugh Thomas, que tanto admiraba al duque, le recibiera en el andén. Se había vaciado la estación, y al equipo de cámara del noticiario y a los periodistas que habían traspasado el velo de secreto que rodeaba la llegada no se les permitió entrar en la estación. El duque abandonó el tren con su ayuda de cámara, el capitán Greenacre, el siempre presente Storrier y varios periodistas que habían viajado en el vagón adyacente. De muy buen humor, charló brevemente con los oficiales de la Sûreté que se encontraban allí para garantizar su seguridad y partió casi inmediatamente hacia el castillo de Candé, escoltado por un coche de policía y dos motos de la guardia móvil.

A las puertas del castillo esperaba una multitud cuando el duque cruzó la verja y abrazó a Wallis de forma entusiasta. Charles Bedaux había llegado una semana antes desde Nueva York. Fornido, orejudo, con el rostro de un boxeador profesional que hubiera recibido varias palizas en el ring, Bedaux se hizo querer inmediatamente por Wallis y el duque. Para ello usó el encanto, el carisma y la energía que le habían sacado de la penuria como trabajador anónimo en Nueva York hasta convertirse en un empresario millonario. Su muy controvertido «Sistema unitario Bedaux B» ayudó a aumentar la eficiencia en fábricas y oficinas, y había mejorado la gestión de un gran número de empresas importantes al tiempo que levantaba considerables críticas entre los miembros de izquierda más radical de los sindicatos debido a sus supuestos efectos agotadores. Aunque se le acusaba con frecuencia de filonazi, Bedaux no soportaba a Hitler ni a Mussolini más que al presidente Roosevelt o a Stanley Baldwin. Era el prototipo del hombre de negocios aventurero, pragmático e internacionalista de la época, que cruzaba todas las fronteras e ignoraba las guerras, entendiéndolas como inconveniencias temporales, y que hacía negocios con cualquiera que quisiera hacerlos con él. Su compañía alemana había sido confiscada, y en ese momento se encontraba en proceso de recuperarla. En el transcurso de sus esfuerzos, se había hecho amigo de otro internacionalista hábil, el culto e ingenioso Fritz Wiedemann, ayudante de Hitler y comandante en la Primera Guerra Mundial.

Fue en estas primeras semanas en el castillo de Candé cuando el duque, a través de Wiedemann, entabló un contacto directo con Hitler, y le preguntó si sería conveniente organizar una visita a Alemania para estudiar las condiciones laborales existentes allí. Que deseara llevar a cabo una misión así reflejaba un descaro y un desafío al palacio de Buckingham por parte del duque. Se comprendía que Ribbentrop fuera recibido, como era costumbre en el caso de los embajadores, por su hermano el rey y que Anthony Eden, que seguía siendo secretario de Asuntos Exteriores, llevara a cabo una política que no provocara al Führer; sin embargo, que cualquier miembro de la familia real se embarcara en una visita así a Hitler solo podía provocar el mayor nerviosismo en Whitehall. Los británicos seguían intentando ganar tiempo, confiando en reforzar su posición en términos de recursos militares mientras aparentaban no desaprobar el régimen nazi. Y se temía que, con lo resentido que estaba el duque, descubriera el pastel.

Al mismo tiempo, de forma precipitada escogió como destino para su luna de miel Schloss Wasserleonburg, situado en el sur de Austria y propiedad del conde Paul Munster, marido de Margaret (Peggy) Ward, emparentada a su vez con la antigua amante del duque, la señora de Dudley Ward. Munster, miembro del January Club que disponía tanto de la ciudadanía británica como de la alemana, estaba en la lista de vigilados por Vansittart. Parecía que el duque intentaba casi de forma deliberada captar el interés del Servicio Secreto de Inteligencia.

El duque pidió a sir Eric Phipps que solicitara al gobierno francés que garantizara una dispensa especial que permitiera al alcalde de Monts realizar la ceremonia civil en el castillo en vez de en el ayuntamiento a fin de minimizar la publicidad y la presencia de una multitud. Se aprobó. En Candé, Wallis y el duque, con dormitorios situados discretamente en extremos opuestos del castillo, pasaban el tiempo jugando al golf y a las cartas, y charlando con sus anfitriones. Ahora que ya se habían reunido, daban la impresión de ser muy felices a ojos de cualquier observador. Sus anfitriones les dejaron solos durante varios días, permitiéndoles disfrutar al uno de la otra en solitario. Incluso posaron para los fotógrafos en el césped y charlaron de forma relajada y graciosa con los periodistas.