La señora Simpson : las vidas secretas de la duquesa de Windsor, la mujer que estuvo a punto de arruinar la monarquía
9 Casi la Gloria
En marzo de 1936, el conde de Harewood, marido de la princesa real, la hermana del rey, dio un discurso a la Legión Británica que fue muy distinto del leído por el rey el verano anterior. Atacó la reocupación de la desmilitarizada Renania por parte de las tropas de Hitler, acción que desafiaba lo acordado en el tratado de Versalles. Entre otras cosas, buscaba evitar que la Legión se asociara a los nazis. Según el actual lord Harewood, el rey escribió una reprimenda punzante a su cuñado, en la que le recriminaba el discurso y le preguntaba: «¿Cómo voy a contribuir a la política exterior si mis propios parientes realizan afirmaciones irresponsables?».
Ese mismo mes, Wallis partió hacia París para encargar su vestuario de primavera en Mainbocher. Wallis vio bastante a la señora Beatrice Cartwright, heredera de la fortuna de Standard Oil; esta empresa poseía vastas propiedades en Alemania y continuó colaborando con el III Reich durante la
Segunda Guerra Mundial[15].
Mientras Wallis estaba en París, la situación en Europa se fue ensombreciendo. Decinueve batallones de infantería y tres de artillería del ejército nazi se habían apostado en la frontera francesa, ante lo cual la opinión pública gala sin embargo parecía apática, debido a los aún presentes recuerdos de miseria y agotamiento que les había dejado la Primera Guerra Mundial, y ansiosa por evitar siquiera una muestra de hostilidad a las amenazantes fuerzas del Führer. En Londres, el sentimiento de los líderes económicos era, como dejan claro los documentos del Ministerio de Asuntos Exteriores británico, abrumadoramente filonazi y antifrancés. Que Wallis compartía este punto de vista resulta evidente al leer lo que afirmaba en una carta a la tía Bessie, en la que expresaba la esperanza de que los alemanes maltrataran a los modistos franceses y a otros que le causaban problemas a ella. Su actitud ante lo francés era ambigua: por una parte, le encantaban su cocina, el hotel Meurice, la boutique de Mainbocher y el glamuroso mundo de la alta sociedad francesa; pero, por otro lado, creía que el país era completamente corrupto, débil e incompetente, una víctima natural de las superiores fuerzas alemanas.
Por lo que respecta al rey de Inglaterra, en un informe «estrictamente confidencial», el corresponsal en Londres del Berliner Tageblatt le comunicó, a través de la embajada alemana, a su editor extranjero el 18 de marzo: «[El monarca] ha convocado a varios miembros importantes del gobierno y, en referencia a la ocupación de Renania por parte de Hitler, les ha dicho: “¡Qué mejor forma de empezar mi reinado!”». Irónicamente, Wallis le expresó a su tía la preocupación de que, en vista de lo que se iba deteriorando la situación internacional, Ernest Simpson, que continuaba negociando con las empresas navieras de Hamburgo, ahora controladas por los nazis, pudiera ser recluido.
Mary Raffray llegó a Londres. Había frecuentado bastante a Ernest en Nueva York durante el otoño anterior, cuando habían iniciado su idilio secreto. Iba guardando toda la información posible de la relación de Wallis con Ribbentrop, que insistía en calificar ante su familia como otro idilio. Por este motivo, «odiaba» a Wallis, le escribió a su hermana Anne, que vivía en Saint Louis. En una curiosa inversión de la doble moral, Wallis parecía oponerse a la relación de Mary con Ernest; aunque al mismo tiempo ella y el rey veían este idilio como una forma perfecta de despachar el matrimonio de Wallis y facilitar el camino a un nuevo enlace. Ya a mediados de marzo el monarca comenzó a planear el divorcio, consultando a varios consejeros de confianza sobre el mejor modo de proceder. Por supuesto, fue desanimado por las personas de su círculo, y con frecuencia perdía los nervios ante sus objeciones a que Wallis fuera la futura reina. Uno de los que fueron despedidos aquella primavera fue el honrado y fiel G Trotter, que también cayó bajo el hacha ejecutora porque había quien pensaba que seguía en contacto con Thelma Furness. Según varias fuentes, Trotter pasó una época muy dura e incluso se vio reducido a trabajar como dependiente de unos grandes almacenes. El rey nunca levantó un dedo para ayudarle.
El 9 de abril, Jueves Santo, todo un acontecimiento religioso en la abadía de Westminster, a la que el monarca reinante acudía a dar limosnas a los necesitados, Eduardo hizo enfurecer deliberadamente al arzobispo de Canterbury al permitir que Wallis asistiera a la celebración y se sentara en una zona de bancos habitualmente reservada para las familias reales extranjeras.
A medida que crecía su poder, Wallis fue comportándose con una audacia cada vez mayor, algo que queda patente en la situación extraordinaria que se produjo entre ella, el rey, Ernest y Mary, quienes se vieron involucrados en lo que rápidamente se convirtió en un flagrante ménage à quatre. Ernest y Mary se alojaron con Wallis y el rey en Fort Belvedere y también en casa de lord Dudley, Himley Hall, y el rey pasaba noches en Bryanston Court mientras Ernest y Mary compartían el dormitorio de invitados. El 23 de abril Mary escribía a su hermana Anne:
He visto al rey con frecuencia, y cenado en York House
[…] y pasado un fin de semana en Fort Belvedere […]. El sábado por la noche nos llevó a todos al castillo de Windsor; en casa del conde de Dudley, conocimos a lady Oxford [Margot Asquith], lady Cunard, Ribbentrop y lady Diana Cooper […]. Wallis está siempre en medio de todo, y es recibida y adulada por todos debido a su influencia sobre el rey. (Esto por supuesto no debes contarlo bajo ningún concepto).
Ribbentrop pasó por Londres con frecuencia aquella primavera; además de seguir enviando sus diecisiete rosas rojas diarias a Bryanston Court, podía decirse que era uno de los invitados a fiestas más populares de Londres. Emerald Cunard, Laura Corrigan y lord y lady Londonderry —el grupo de Wallis— le recibían constantemente; se le empezó a conocer popularmente como «Herr Londonderry». Ribbentrop era también íntimo de Chips Channon y su mujer, quienes le rendían pleitesía. Channon, a pesar de ser un escritor de talento, no era muy perspicaz en lo referente a tratar con líderes nazis; le embriagaba la idea de contar con un miembro del gobierno alemán en sus cenas. En la entrada de su diario correspondiente al 10 de junio de 1936, Channon escribió que Ribbentrop recordaba a «un alegre viajante de comercio». La señora de Ronald Greville, amiga de la reina María y más tarde del rey Jorge VI y de la reina Isabel, era otra de sus anfitrionas filonazis preferidas. Allá donde fuera, se le halagaba profusamente por la derrota del paro y el bolchevismo que él y el Führer estaban llevando a cabo; algunos incluso se atrevían a elogiar la política oficial alemana con respecto a los judíos.
Mucha gente creía (entre los supuestos testigos estaba Mary Raffray) que Wallis mantenía en ese momento una relación con Ribbentrop y que él le pagaba con fondos directamente llegados desde Berlín el hecho de que influyera —como si eso fuera necesario— en el rey. Ciertamente, como Mary le declaraba a su hermana Anne en una carta larga y detallada de aquella época, que esta a su vez transmitió a modo de informe al biógrafo de
Eduardo [16] VIII, Frances Donaldson, Ribbentrop se encontraba constantemente en el apartamento de Bryanston Court; y resulta difícil creer que en este caso el espeso humo del cotilleo no provenga de un fuego. Una relación así nunca podría haber llegado a los archivos oficiales, no fuera a ser que su contenido se filtrara a la rica esposa de Ribbentrop, heredera de la industria del champán Annelise Henkell, y esta minara la posición de su marido creando un escándalo público. La señora Von Ribbentrop tenía hijos pequeños y era de carácter celoso y posesivo; y no se le podía permitir que arruinara la carrera de Ribbentrop. Con respecto a Wallis, sabemos por sus cartas que no estaba enamorada del príncipe de Gales; disfrutaba de su poder, pero al mismo tiempo temía que él quisiera casarse con ella. No existe ninguna prueba de su relación con Ribbentrop, pero los integrantes del grupo de Wallis están convencidos de que se produjo.
El 27 de marzo, Eduardo le regaló a Wallis su pieza de joyería más fina: un brazalete de rubíes y diamantes de Van Cleef & Arpels. Grabadas en el cierre estaban las palabras «Agarra fuerte» y la fecha, quizá una traviesa referencia a la «presa de Casanova», su método para mejorar las erecciones débiles, que consistía en agarrar fuerte con la mano cerrada en puño la base del pene en el momento de la penetración y realizar después contracciones musculares internas, algo que Wallis, según el difunto sir Dudley Forwood, había elevado a la categoría de arte. El 2 de abril Wallis celebró una fiesta de gala en Bryanston Court en honor al autor y diplomático Harold Nicolson. Recibió, en medio de un derroche de orquídeas blancas y lirios, a sus invitados, entre los que se encontraba el rey, el ocurrente periodista estadounidense Alexander Woollcott (que escribió en su diario «Ella lleva al rey “así”») y, de forma atrevida, a sus archirrivales lady Cunard y lady Colefax, quienes también deseaban monopolizar al rey. Estas estaban furiosas; Wallis evidentemente disfrutaba de aquella pesada broma de reunirlas a las dos bajo su techo. Organizar una soirée así era típico de su comportamiento travieso y nervioso.
Ese mes, ella y el rey invitaron al duque de Connaught, un tío abuelo miembro de la realeza, y a su amiga lady Leslie a Fort Belvedere a tomar el té de la tarde. Según el recuerdo de la hija de lady Leslie, Anita, el grupo salió a dar un paseo; cuando volvieron a la casa, los zapatos de Wallis estaban manchados de barro por la humedad del suelo. Sin previo aviso, ella le ordenó al rey: «¡Quítame estos zapatitos sucios y tráeme otro par!». Para estupefacción de los dos invitados, el monarca se arrodilló y accedió sonriente.
En otra ocasión, el rey llegó con Wallis a una fiesta que celebraba lady Cunard en su casa. Él había estado bebiendo agua de Vichy durante la cena, pero había decidido añadir unas gotas de brandy cuando tomó el café. Incapaz de encontrar un sacacorchos, se giró hacia Wallis. Esta ordenó a Ernest que sacara el suyo de su llavero y le abriera la botella a su amante.
Con frecuencia, el rey irritaba a sus invitados y a la propia Wallis tocando la gaita después de las cenas que celebraba en Fort Belvedere. Una noche, delante de un grupo numeroso y muy elegante, Wallis puso un gesto tan severo durante su actuación que él se detuvo de inmediato, sonrojándose como un colegial. Ya estaba claro para todo el mundo que él no tenía voluntad propia. Cedía incluso a las súplicas de Wallis para que la acompañara a la Royal Opera House de Covent Garden. El público murmuraba cuando llegaba con Wallis y sus amigos, y ocupaban el palco de lady Cunard. No le gustaba la ópera y se escapaba en cuanto podía en medio de la representación a fumar como un cosaco mientras Wallis, que seguía teniendo un pésimo oído, aparentaba estar disfrutando mucho de la función. En realidad, con lo que más disfrutaba era con advertir que el público apenas miraba a la escena; la mayoría de las miradas estaban clavadas en ella.
Esa primavera el rey mantuvo varias reuniones con el comité encargado del presupuesto que el Parlamento asignaba a la familia real para discutir las partidas destinadas a la «futura reina». Encontró resistencia en este asunto pero persistió en su insistencia, para irritación del resto. El honorable comandante Alexander Hardinge y su mujer estaban decididos a oponerse al matrimonio a toda costa. Intentaron establecer contacto con el consejero legal del rey, Walter Monckton, para ponerlo de su parte, pero este se encontraba en la India. Siguieron maniobrando entre bambalinas.
El rey añadió a sir Robert Johnson, subdirector de la Real Casa de la Moneda, a su larga lista de enemigos. Sir Robert se encargaba de los diseños de las monedas británicas. Era costumbre que en cada reinado el monarca fuera fotografiado desde el lado opuesto al que lo había sido su predecesor. Era una tradición que se remontaba a siglos atrás. Jorge V había sido fotografiado desde la izquierda. Pero cuando el rey descubrió que el diseño de sus monedas estaba basado en una fotografía tomada desde su lado derecho, se puso hecho una furia y, convencido de que su perfil derecho era espantoso, exigió que se rectificara inmediatamente. Lo consiguió.
Provocó aún más críticas cuando, el 20 de abril, envió un telegrama a Hitler por su cumpleaños, en el que deseaba al Führer «felicidad y bienestar» para el futuro. Cinco días antes, el embajador Von Hoesch había muerto de un infarto al corazón. Fue reemplazado inmediatamente por el íntimo amigo del rey y Wallis, el amable príncipe Otto von Bismarck, que había sido encargado de negocios hasta que Ribbentrop se había ocupado de ello aquel otoño. Era notorio que Bismarck frecuentaba Fort Belvedere, lo que sugería la existencia de un fallo de seguridad.
La razón para que en Whitehall se albergara ese miedo estaba clara. Un día tras otro, desde el principio del reinado, se habían enviado carteras rojas desde Londres a Fort Belvedere. Contenían documentos secretos procedentes de embajadas británicas de todo el mundo que hacían referencia a la situación internacional. Solo podían verlos los ministros del gabinete y el monarca, y nadie más debía tener acceso a ellos. Se convirtió en un escándalo que el rey, aburrido del papeleo y fatigado por su vista cansada, hubiera dejado documentos de vital importancia desordenados, y que algunos de ellos quedaran incluso marcados con el cerco de las tazas de té o café. Se sospechaba además que cierta información crucial de estos informes se transmitía a Berlín. Se pensaba que se filtraban a través de Wallis. En una biografía del primer ministro Stanley Baldwin, escrita por Keith Middlemas y John Barnes, aparece el siguiente párrafo:
Con respecto a la señora Simpson, existían grandes
sospechas. Se creía que mantenía un vínculo fuerte con los círculos monárquicos alemanes […]. Se encontraba bajo estrecha vigilancia por parte de [sir Robert] Vansittart [subsecretario permanente del Ministerio de Asuntos Exteriores], y tanto ella como el rey no habrían estado muy contentos de haber sabido que los servicios de seguridad realizaban informes de seguimiento de ella y algunos de sus amigos. Las carteras rojas enviadas a Fort Belvedere eran revisadas cuidadosamente por el Ministerio de Asuntos Exteriores para asegurarse de que ningún asunto altamente secreto se fuera a la papelera. Detrás de la fachada pública, detrás de la popularidad del rey, el gobierno había advertido un peligro que no tenía nada que ver con una cuestión matrimonial.
En los archivos del FBI guardados en Washington, un informe titulado «Espionaje internacional tras la abdicación de Eduardo» contiene la siguiente frase: «Algunos asuntos que podrían llegar a ser secretos de Estado fueron puestos en conocimiento de Eduardo, y cuando se supo que Ribbentrop había recibido la misma información, Baldwin se vio obligado a aceptar de inmediato que la fuente de filtración había sido localizada». El mismo informe afirma categóricamente que Wallis era la responsable de este fallo de seguridad.
En su biografía This Man Ribbentrop, Paul Schwarz, un empleado de la plantilla del Ministerio de Asuntos Exteriores de Ribbentrop, informaba de que algunos secretos de las carteras rojas circulaban mucho por Berlín y que algunos materiales relacionados con la seguridad nacional británica que habían sido enviados por un embajador británico en Alemania, sir Eric Phipps, habían vuelto a la capital alemana. Una vez más, Schwarz parecía insinuar que Wallis era la responsable.
Sir Robert Vansittart, el controvertido cerebro en la sombra de la inteligencia británica, se hizo cargo de la situación. Alto, ancho de hombros, robusto y atlético, rebosante de decencia y de un sentido común cálido, Vansittart sucedió al habilidoso sir Ronald Lindsay como subsecretario permanente del Ministerio de Asuntos Exteriores británico en 1930. Puede decirse que fue la figura política más atrevida, librepensadora, brillante y de mayor y más penetrante perspicacia de su época, salvando siempre a su íntimo amigo y vecino Winston Churchill. John Connell escribió en su obra sobre la diplomacia británica, The Office:
Tenía velocidad de análisis […] lo que unía
indisolublemente a una velocidad equivalente en su deseo de acción. Se impacientaba si la acción que él consideraba obviamente necesaria no se ponía en práctica de forma inmediata y firme después de que él hubiera realizado una valoración de la situación o hubiera ofrecido un consejo al respecto. Esto provocaba que quienes eran más timoratos o menos decididos le vieran imprudente y poco juicioso.
Poeta, tahúr y bon vivant, Vansittart era íntimo amigo y socio de Alexander Korda; a finales de la década de 1930, como estrecho colaborador y jefe suyo en London Films, contrató a Korda para el Servicio Secreto de Inteligencia junto a otros empleados húngaros de la empresa que también hablaban alemán. Vansittart había estado en el servicio exterior en París, Teherán, El Cairo y Estocolmo, y era quien tenía las ideas más claras en Londres con respecto a la amenaza alemana. Era el director oficioso del MI6, que nominalmente coordinó el almirante sir Hugh Sinclair hasta 1939. Connell escribió: «Era un leopardo cuyo destino era compartir arnés con un grupo de gatitos atigrados, domesticados pero traviesos y vengativos». Fue el enemigo implacable de Wallis desde el día en que estuvo convencido de que ella era una colaboradora de los nazis.
¿Cómo llegó Vansittart a la conclusión de que Wallis era responsable de la filtración de documentos cruciales al gobierno alemán? Según el fallecido historiador John Costello, el agente secreto ruso Anatoly Baykalov era la fuente de esta información. La afirmación aparece confirmada en la obra de Richard Deacon The British Connection, impecablemente investigada. En ella escribe:
Baykalov tenía un as en la manga, uno que jugó con mucha
habilidad durante los últimos años del gobierno Baldwin y que preparó el terreno hacia la abdicación […]. Baykalov informó al MI5 de que la señora Simpson era una agente secreta de los alemanes. Apuntó que ella frecuentaba mucho la embajada alemana […]. Esta información se la transmitió a Baldwin su ministro de enlace con el Servicio Secreto, J. C. C. Davidson.
Aunque aparentaba ser un ruso blanco, Baykalov era parte del mismo equipo que incluía a la modista de Wallis, Anna Wolkoff, lo que explicaría su conocimiento del asunto. Da la impresión de haber actuado como agente doble para los británicos. Comunicó la filtración a los rusos y también en febrero de 1936 a J. C. C. Davidson, quien ahora era canciller del ducado de Lancaster. A su vez, Davidson le transmitió la información a Vansittart, quien después se la comunicó a Stanley Baldwin.
Vansittart contaba con dos infiltrados de confianza en la embajada alemana que le informaban cuando llegaba cualquier material que debía transmitirse a Alemania en valija diplomática. Wolfgang zu Putlitz era uno de estos espías; más tarde, cuando fue enviado a La Haya, reveló la filtración de importante información que había realizado el duque de Windsor acerca de una reunión del Consejo de Guerra británico. Putlitz trabajaba en cooperación con otro espía británico, el agregado de prensa de la embajada alemana Iona von Ustinov, padre del actor y dramaturgo Peter Ustinov. Nigel West escribió en su libro MI6 (la historia del Servicio Secreto de Inteligencia): «Durante […] años, Zu Putlitz mantuvo a Ustinov […] al tanto de todo lo que sucedía dentro de la embajada alemana en Londres».
Wallis debería haber tenido que utilizar la embajada italiana como conducto para la información. ¿Cuál podría haber sido su motivo? Sir Eric Phipps, embajador británico en Berlín, había disgustado mucho al rey con sus misivas y telegramas, que reflejaban un descontento y una desconfianza intensos hacia el régimen de Hitler. Ella no se habría arriesgado a actuar sin una autorización real; parece probable que el rey en persona deseara que esta información volviera a Alemania para reforzar la oposición a Phipps y para socavar las políticas secretas de este.
El 4 de mayo, Wallis envió una carta larga y emocionada a la tía Bessie, quejándose de la tremenda presión que llevaba soportando durante el último año y medio, tiempo en el que el rey y Ernest la estaban destrozando; qué dolorosamente difícil era aplacar y entretener a dos hombres al mismo tiempo y encajar en sus vidas separadas; cómo se encontraba permanentemente cansada, nerviosa e irritable. Incluso así, ella siguió adelante; ella, Ernest y el rey discutieron su curiosa relación de una forma razonablemente amistosa, pero, a pesar de que Ernest parecía ver su situación de cornudo con complacencia, Wallis no podía resistir mucho más estrés mental ni físico. Ella sabía que Ernest se le había quedado pequeño; si decidiera dejar al rey lo lamentaría y, si el rey mantuviera una relación romántica con otra persona, ella dejaría de tener el poder y las posesiones de los que ahora disfrutaba. La carta es una cruda y asombrosa revelación de sus ambiciones.
El 27 de mayo el rey invitó al primer ministro Baldwin y su mujer a York House para que conocieran a su «futura esposa». Entre los invitados se encontraban Charles y Anne Lindbergh. Este acababa de volver de Alemania, donde le habían hecho recorrer todo el país a petición expresa de su amigo el mariscal Goering. En algún momento después de la cena, Lucy Baldwin le dijo a su marido: «La señora Simpson ha cazado al príncipe azul».
Walter Monckton, el consejero legal del rey, regresó a Londres desde la India. Los Hardinge intentaron presionarle, pero él demostraba una lealtad sin fisuras al rey, rechazaba categóricamente los cargos de espionaje contra Wallis y solo hacía lo que el rey quería. Sabía que no había poder sobre la tierra que pudiera hacer tambalearse el amor del rey por Wallis. En una ocasión esa primavera Monckton se encontraba con el monarca inspeccionando una propiedad deprimida que poseía en Londres el ducado de Cornualles cuando advirtió que el rey se quedó mirando por la ventana con una intensa añoranza en sus ojos. «¿Qué mira, señor?», le preguntó. El rey contestó que Wallis se encontraba en la dirección en la que él miraba. En aquella época, incluso una breve separación de su lado le resultaba atormentadora.
Se produjo otro incidente que también fue muy comentado en Londres. En un esfuerzo por arreglar el conflicto entre Wallis y su hermano y cuñada, los duques de York, el rey decidió que ella le acompañara a visitarlos en su residencia real de Windsor. Wallis habló con ellos, y al principio comenzaron a ablandarse un poco. Mimó a sus niñas, las princesas Isabel y Margarita Rosa. Pero entonces Wallis destrozó toda posibilidad de reconciliación. La institutriz, Marion Crawford, recuerda en sus memorias que, justo delante de sus anfitriones y sus hijas, Wallis se acercó a la ventana y exclamó que la vista podría mejorar mucho si se talaran o replantaran determinados árboles y parte de una colina fuera arrasada. La recomendación no fue muy apreciada.
Durante el verano de 1936, se aplicó una fuerte censura a cualquier mención a Wallis en Inglaterra. Los magnates de la prensa, leales al rey, introdujeron un edicto autoimpuesto que descartaba tanto fotografías como artículos que desvelaran la relación existente entre ella y el monarca. Los periódicos y revistas extranjeros eran enviados por sus distribuidores a un despacho oficial donde los pasajes relativos al rey y Wallis se recortaban. El semanario británico Cavalcade se atrevió a sacar un número en el que cubría a cinco columnas la vida de la señora Simpson, un número que se vendió muy bien pero que finalmente fue retirado de los quioscos y confiscado. A pesar de ello, las copias de las revistas europeas existentes en el mercado negro conseguían llegar a muchos hogares de la alta sociedad y eran leídas con risitas disimuladas en los desayunos.
El 30 de junio Albert Canning, subjefe de Scotland Yard, que seguía persiguiendo a Wallis por orden de lord Trenchard y sir Philip Game, advirtió a este de que el Partido Comunista de Inglaterra estaba muy preocupado con la relación que mantenían el rey y Wallis y que, en una reunión dirigida por el instigador político Harry Pollitt en la Conferencia de Paz Ciudad de Leeds, este había gritado, ante los aplausos y las risas generales: «Si se nos van a dar máscaras de gas [en una futura guerra], debemos exigir para nuestras mujeres las mismas máscaras que se le darán a la señora Simpson». Este hecho se produjo en una época en la que los señores de la prensa de Inglaterra, liderados por lord Rothermere, del Daily Mail, y lord Beaverbrook, del Daily Express, seguían la política, dictada por el rey y el primer ministro, de comportarse como si la famosa mujer estadounidense no existiera.
Uno de los actos más llamativos del rey ese verano fue convocar una reunión de su Consejo Privado a finales de junio para discutir las circunstancias en las que Mussolini había subyugado y saqueado brutalmente Etiopía. En diez minutos, suspendió las sanciones establecidas por su padre contra el comercio italiano, algo que beneficiaba muchísimo a Ernest Simpson, dejándolas sin efecto desde el 15 de julio. Le ordenó a sir Samuel Hoare, primer lord del Almirantazgo, que retirara los buques de guerra de aguas italianas, y dio un paso atrás cuando Mussolini obligó a Turquía, Grecia y al príncipe Pablo, regente de Yugoslavia, a retirar sus sanciones.
Para mediados de verano, todos los documentos confidenciales eran retenidos por el rey y ni siquiera se pasaban desde el Ministerio de Asuntos Exteriores más allá del comandante Hardinge. El secretario de Asuntos Exteriores, Anthony Eden, fue el responsable de esta restricción, junto a sir Robert Vansittart. Eden no soportaba al rey y el sentimiento era mutuo.
Eden, seriamente preocupado aún por la contemporización que se tenía con Mussolini y consternado por el hecho de que el gobierno del cual él formaba parte no permitiera castigo alguno al dictador italiano, tenía dos opciones en ese momento. O bien aceptaba las decisiones mayoritarias del gabinete, o bien, si se sentía con las suficientes fuerzas para hacerlo, podía presentar su dimisión. Indudablemente, habría dimitido, pero, como fue revelado más adelante en su carrera, él tendía a ser indeciso en las cuestiones morales durante las crisis. No fue hasta 1938 cuando finalmente renunció debido a la política de contemporización oficial. El gabinete desempeñó un papel decisivo en concertar la derogación de los pactos navales del Mediterráneo firmados con Grecia, Turquía y Yugoslavia que se suponía iban a garantizar la seguridad colectiva en contra de Mussolini. Al mismo tiempo, Mussolini y Hitler se habían involucrado juntos en lo que acabaría siendo una alianza fatalmente peligrosa. Y tan solo para asegurarse de que Italia iba a disponer de un poder ilimitado en el Mediterráneo, donde estaba implicada en
secreto en una guerra submarina con la Unión Soviética[17], el rey planeó otras «vacaciones» en Europa.
Poco antes de que se marchara con Wallis, el depuesto sir Louis Greig descubrió que la pareja se estaba alojando en el palacio de Blenheim, hogar ancestral de los duques de Marlborough, mientras Ernest Simpson estaba recluido en una habitación separada. Allí, determinó Greig, los tres urdieron los detalles del futuro divorcio de Wallis, por el que Simpson recibiría una gran cantidad de dinero. Mary Raffray, que utilizó el pseudónimo de «Buttercup», se comprometería, a cambio de una cantidad económica, a que ni su compañero sexual ni los testigos lo testificaran nunca. Evidentemente, el rey no sabía aún que Wallis seguía acostándose con Guy Trundle.
Mientras se desarrollaban los preparativos del viaje, tuvo lugar un extraordinario incidente. El 16 de julio el rey asistió a una parada militar en Hyde Park, donde pasó revista a caballo a una excelente formación de soldados de la Guardia Real ataviados con su uniforme escarlata. Les recordó sus heroicas tradiciones, que se remontaban a doscientos cincuenta años, a la época en la que su líder y patrón era el duque de Marlborough. Les habló de los horrores de la guerra, alentando a la tropa en su esperanza de no sufrir nunca los cañonazos y disparos que habían padecido sus predecesores. «Con todo mi corazón espero, y de hecho ruego, que nuestra época y nuestra generación nunca más deba afrontar días tan severos y terribles. La humanidad reclama a gritos la paz y que esta sea garantizada», dijo. Era una ceremonia que tenía lugar una vez cada quince años.
Bajo el brillo del sol, los batallones marcharon por delante del rey. El monarca pasó por detrás de los hombres de la banda situados a la cabeza de las Brigadas de Guardias en su camino alrededor de Hyde Park Corner hacia el palacio de Buckingham. Cuando el desfile pasó por debajo del Arco de Wellington, un hombre que estaba en la segunda fila de los espectadores levantó una pistola y apuntó directamente al rey. El caballo de un policía se interpuso marcha atrás en la línea de tiro del hombre, y el agente lanzó impetuosamente el revólver que no había sido usado bajo los cascos del caballo del rey. «¡Maldito idiota!», exclamó el rey mientras alguien gritaba: «¡Detengan al asesino, no le dejen escapar!». Tres policías cogieron al potencial homicida y se lo llevaron de allí a la fuerza. Adusto pero calmado, el rey continuó su recorrido hacia el palacio.
El agresor resultó ser un tal Jerome Bannigan, un irlandés residente en Glasgow que utilizaba el pseudónimo George Andrew McMahon. Alcohólico contrariado y de temperamento inestable, Bannigan ya había sido condenado a doce meses de prisión por difamar a dos policías a los que él acusaba de chantaje. La condena había sido anulada por el Tribunal de Apelación Penal. Se alegó que se encontraba en estado de angustia porque la revista de la que era editor, The Human Gazette, había sido mutilada en un acto de censura por parte de las autoridades. Él afirmó en una historia incoherente que un grupo político de origen nazi le había ordenado matar al rey. Semejante absurdo fue tratado con desdén, y después de un juicio breve se le condenó a doce meses
de cárcel[18].
El 21 de julio, una tormenta empapó a los invitados de la primera fiesta exterior que se celebraba en el palacio de Buckingham en seis meses. El rey canceló la recepción hasta el día siguiente. Cuatro días después zarpó hacia Francia a bordo del yate del Almirantazgo Enchantress para inaugurar el monumento a las víctimas de la guerra de Canadá en Vimy Ridge. En una ceremonia solemne, descubrió el costoso monumento en piedra blanca ante cincuenta mil veteranos y, en un discurso al que había aportado mucho su amigo Winston Churchill, habló con elocuencia de los caídos por la gloria y una vez más hizo un llamamiento a una paz duradera.
Su plan era pasar algunos días en la Riviera, en el castillo de l’Horizon, propiedad de la estrella de Broadway Maxine Elliott, antes de realizar un crucero por el Mediterráneo. Sin embargo, Léon Blum, de la coalición de partidos de extrema izquierda Frente Popular, se había convertido en el primer ministro de Francia después de un interregno parlamentario causado por el desmoronamiento del gobierno Laval durante el anterior mes de enero. Existía el temor de que ciertos elementos comunistas que se hubieran pegado a la administración Blum pudieran intentar asesinar al rey, y el Ministerio de Asuntos Exteriores británico le recomendó que evitara pasar por la Riviera. En vez de eso, él alquiló el Nahlin, un yate de lujo de 1391 toneladas propiedad de la excéntrica millonaria lady Yule, que tenía su casa llena de animales disecados y un cementerio para sus mascotas en el jardín. Bajo el mando del capitán Doyle, el yate recorrería gran parte del Mediterráneo oriental, donde italianos y rusos libraban su guerra secreta; el yate real Victoria and Albert, de 4700 toneladas, habría resultado demasiado grande para entrar en las ensenadas de Dalmacia.
Era una época peligrosa para viajar. Había estallado la Guerra Civil española. La situación de los Balcanes era potencialmente volátil. A pesar de eso, nada iba a parar al rey en su decidido esfuerzo por embarcarse en otra desventura política disfrazada de viaje de vacaciones. Seguía empeñado en apaciguar Italia, a pesar de que la política imperial de esa nación seguía siendo manifiestamente opuesta a los intereses británicos en el Mediterráneo. Una vez más, su preocupación en política exterior, torpe y chapucera, pero en líneas generales bienintencionada, era garantizar la estabilidad de la ruta comercial a la India a través del canal de Suez; poco antes de su partida, recibió a Farouk, el adolescente heredero del trono de Egipto, a fin de que lo tranquilizara con respecto a Suez. También le agradó aprobar el crucial nombramiento por parte de Baldwin de su viejo amigo sir Samuel Hoare como primer lord del Almirantazgo. No era una elección casual. Él necesitaba a Hoare para que le ayudara a garantizar la cooperación permanente de Italia, así como libertad para continuar su guerra submarina antisoviética y reforzar Gibraltar, Malta y Chipre. Además, el rey tenía en cuenta las instalaciones de armamento pesado en Yugoslavia de la compañía británica Vickers. En Grecia se pondría en contacto con el rey Jorge y el general Ioannis Metaxas, dictador que acababa de alcanzar el poder recientemente y admirador de Mussolini. También se reuniría con Kemal Atatürk, dictador turco, para intentar que el Ejército y la Marina de Turquía se aliaran con Gran Bretaña en
un futuro indeterminado[19]. Existía el temor de que los turcos estuvieran construyendo submarinos o incluso utilizándolos para ayudar a sus aliados rusos en contra de Italia.
Como era habitual, el rey voló a Calais mientras Wallis y el resto del grupo cruzaban el canal en vapor. En esta ocasión, el rey utilizó uno de sus títulos hereditarios, el de duque de Lancaster. El séquito real tomó el Orient Express, de nuevo en un vagón privado ofrecido por Mussolini, vía Salzburgo, y llegó a Jesenice, en la frontera yugoslava, por la tarde. Los viajeros fueron recibidos por el príncipe regente Pablo y John Balfour, encargado de negocios británico en Belgrado. El rey se bajó para charlar con el regente y Balfour. Sentada aún en el vagón privado, a Wallis le sorprendió ver que este era desviado por una vía muerta para ser unido al tren real. Existía una gran preocupación acerca de que Eduardo y Wallis pudieran ser asesinados por comunistas o por terroristas croatas. Cuando ambos rompieron brevemente su plan de viaje y realizaron una excursión en coche por la zona para tomar un té con el príncipe Pablo y la princesa Olga, a quien no le caía bien Wallis, el chófer, siguiendo instrucciones, condujo a una velocidad frenética, asustando a pollos y cabras en todas las direcciones. Las autoridades temían que, si el grupo viajaba lentamente, los croatas les atacaran.
El propósito de la reunión no era meramente social. La fecha había sido cuidadosamente estudiada y la reunión preparada, a pesar de que tanto en las memorias de Wallis como en las del rey se afirma que había sido consecuencia de la insistencia del príncipe Pablo en interrumpir su viaje hacia el sur. Dos meses antes, el doctor Hjalmar Schacht, economista de cabecera y mago de las finanzas de Hitler, se había reunido con el príncipe Pablo para discutir contratos de armamento masivo; al mismo tiempo, Mussolini había estado en estrecho contacto con el príncipe para alcanzar unas relaciones políticas y económicas parecidas. Como resultado, cuando el rey Eduardo y Wallis llegaron a Yugoslavia, la mitad de las exportaciones e importaciones de ese país eran consecuencia de sus contratos con Alemania e Italia. Resulta evidente que una vez más el rey de Inglaterra quiso que le aseguraran que las alianzas fascistas establecidas en Bucarest no afectarían al equilibrio de poder británico en Europa, especialmente en la cuenca del Mediterráneo. El príncipe Pablo no tuvo ningún problema en asegurárselo.
Wallis y el rey continuaron después su viaje hacia la costa dálmata, subiéndose al Nahlin en Sibenik. El tiempo era perfecto, y el yate, remodelado según las instrucciones reales y recién pintado de blanco de proa a popa, daba una magnífica impresión amarrado en el puerto delante de aquel mar y cielo de un azul tan vívido. Veinte mil personas ataviadas con el traje regional saludaron al grupo real mientras este se abría camino en coche hasta el muelle. En la prensa local habían ido apareciendo con regularidad historias sobre Wallis; todo el mundo sabía que era la amante del rey. A través de aquel aire húmedo y cálido llegaban gritos de «¡Larga vida al rey!» mientras la nave blanca se separaba de su amarre y comenzaba a salir hacia el mar brillante.
Durante los siguientes tres días, la política quedó a un lado y el grupo real, al que escoltaban dos destructores, disfrutó de los pequeños puertos del Adriático y del placer para la vista que suponía aquella costa mágica y montañosa. Wallis nunca olvidaría una noche en particular, en la que el Nahlin estaba atracado en un muelle que se encontraba justo debajo de la sombra de una amenazante montaña. Varios miles de campesinos se acercaron a recibir el yate, portando antorchas en una larga procesión que serpenteaba en su descenso por los senderos de los acantilados, mientras el sonido de los cánticos llenaba la noche. En Dubrovnik otra muchedumbre rodeó a Wallis y al rey, mientras estos realizaban unas compras, gritando: «¡Larga vida al amor!». A pesar del calor y la humedad, la proximidad de los camarotes y la ausencia de viento que ayudara en su travesía al yate, Wallis disfrutaba de su papel de reina sustituta, y el rey estaba encantado de hacerle probar lo que significaba ser un miembro de la realeza.
Entre los invitados al crucero se encontraban el ministro de Guerra, Duff Cooper, y su mujer, lady Diana, que se habían sumado al grupo a mitad de la travesía. Ninguno de los dos era un entusiasta de Wallis, como tampoco la estadounidense lo era de ellos. Ambos encontraron siniestramente profético que Wallis estuviera ya llevando, en una gargantilla de oro que se había puesto en la muñeca, copias exactas de las dos cruces que llevaba el rey. Diana apuntó en sus memorias que la pareja ocupaba la suite principal (que en realidad era una biblioteca reconvertida de la que se habían sacado todos los libros) en la proa del barco, mientras los numerosos invitados viajaban apretados en la popa.
El monarca insistió en comportarse como un turista normal. Mientras el Nahlin atravesaba lentamente el canal de Corinto, él se mantuvo erguido en cubierta, sin más ropa puesta que unos pantalones cortos, lo que provocó cientos de fotografías, así como críticas severas y puritanas en Londres. El rey Jorge de Grecia subió a bordo durante dos horas para conocer a Wallis; relacionado con la familia real británica, llevaba años tratando con Eduardo, si bien de forma intermitente. Después, la pareja desembarcó con Jorge para conocer a su amante británica, la señora Jones. La situación en Grecia era muy tensa. Tan solo dos semanas antes, el general Ioannis Metaxas se había hecho con el poder en Atenas, y se había nombrado a sí mismo primer ministro, ministro de Ejército, Marina y Fuerzas Aéreas y ministro de Asuntos Exteriores. Había cortado toda comunicación telefónica y telegráfica, censurado la prensa y enviado a la policía para que disolviera los sindicatos. En unos días, disolvería también el parlamento. Tanto él como el rey Jorge habían consolidado relaciones con Italia y Alemania; de nuevo, era importante para el rey Eduardo que le aseguraran que el nuevo régimen no afectaría a los intereses británicos. Y así fue.
El séquito real continuó su viaje hacia Atenas, donde el rey y Wallis acabaron agotados de tanto caminar explorando la Acrópolis y el Partenón. Mientras Wallis iba de compras, el rey y Duff Cooper visitaron al general Metaxas durante dos horas y tomaron el té de la tarde con él. Según un reportaje del viaje realizado por la revista estadounidense Living Age, durante el transcurso de la reunión acordaron un importante préstamo británico a Grecia a través del banco Hambro, que en efecto ayudó a colocar a Gran Bretaña con mayor firmeza en el bando de Hitler y Mussolini.
De vuelta a bordo, lady Diana Cooper fue testigo de una escena extraña. De repente, el rey se arrodilló para sacar el borde del vestido de noche de Wallis, que se había quedado pillado debajo de una pata de su silla. En lugar de darle las gracias, ella se quedó mirando fijamente al monarca y le soltó: «Vaya, ¡es la actuación más extraordinaria que haya presenciado nunca!». Y entonces, para asombro de todos los presentes, atacó de forma ácida al rey, criticándole el modo en que había tratado al rey griego y su amante. Diana escribió en una carta: «No hay quien aguante a Wallis. Resulta irritante su ordinariez y su parecido a Becky Sharp». No era la primera vez que se comparaba a Wallis con la heroína de La feria de la vanidad. Diana apuntó en su diario que Wallis siguió metiéndose con el rey de forma fría, cansina e irritante. Más tarde, el capitán del yate escribió un libro que no llegó a publicarse acerca del crucero en el que señalaba lo malhumorados e impacientes que se habían mostrado tanto Wallis como el rey y cómo constantemente daban la lata y atosigaban a la tripulación.
«El buen barco Esvástica», como más tarde Malcolm Muggeridge apodaría al Nahlin, siguió su travesía hacia Turquía, golpeando un puente por el camino. Wallis observó, riéndose, cómo el rey se cayó al agua cuando su pequeña barca de remos zozobró en un fuerte oleaje. Después de varios pícnics, escalar algunas rocas, recoger conchas y nadar en aquel mar cálido aún bañado por el sol, el grupo siguió travesía hacia Turquía, donde recibió una bienvenida especialmente tumultuosa. Los destructores turcos Adapepe y Kojapepe recibieron al yate real en la costa de Imbros a las 8 de la mañana del 3 de septiembre. El general del ejército turco Altay llegó a bordo en una lancha motora con un mensaje de bienvenida del dictador turco Kemal Atatürk. Los destructores turcos se unieron a los destructores británicos que escoltaban el crucero real hasta que este llegó a Seddul Bahr. Wallis y el rey pasaron dos horas caminando por el cementerio británico y australiano de Gallipoli. Este hecho causó un gran enfado en Australia y Nueva Zelanda, ya que mucha gente en estos países echaba la culpa a los británicos, y en especial a Winston Churchill, de la incompetencia que había provocado el sacrificio de las tropas australianas y neozelandesas en la batalla librada contra los turcos en esa región durante la Primera Guerra Mundial.
A mediodía, el Nahlin ancló junto al palacio de Dolmabahçe. El rey y Wallis fueron recibidos por Kemal Atatürk, el primer ministro, el ministro de Asuntos Exteriores y el embajador turco ante la corte de St. James. El grupo real se repartió en vehículos descapotables, con los que pasó a una considerable velocidad por delante de la multitud que lo vitoreaba en su camino hacia la embajada británica, donde se reuniría con el embajador, sir Percy Loraine. Una vez más, lo que parecía ser una mera visita de cortesía era en realidad una negociación crucial para asegurar los intereses británicos en la región. Después de varios meses de negociaciones, la Sociedad de Naciones había acordado finalmente permitir a los turcos que superaran los acuerdos firmados tras la Primera Guerra Mundial y refortificar el Bósforo. En vista de las alianzas políticas y económicas recientemente fortalecidas por Turquía con la Unión Soviética, así como su proximidad con Egipto y el canal de Suez, se estimó que la situación era potencialmente peligrosa para los intereses británicos. Durante sus reuniones con el dictador turco, el rey logró que Gran Bretaña se hiciera con los contratos para la refortificación de los Dardanelos justo delante de las narices del doctor Schacht, enviado por Hitler, y siendo también más listo que Skoda, una compañía checa.
Esa noche, Atatürk organizó una regata veneciana para el séquito real, con la flota turca iluminada de proa a popa y un despliegue de fuegos artificiales que alumbraban la cúpula de Santa Sofía en un derroche de luz multicolor. Fue una noche inolvidable para rematar una visita inolvidable.
El rey y Wallis siguieron viaje hacia Bulgaria, cuyo rey Boris era otro socio y admirador de Hitler. La visita, inicialmente planteada de forma absurda como un viaje de incógnito, se convirtió de la noche a la mañana en todo un acontecimiento de gala. En esta ocasión, el comportamiento de la pareja fue vergonzoso. No solo tuvieron la osadía de dormir juntos en el vagón privado del tren imperial, facilitado por Boris para que recorrieran la distancia entre la frontera y la capital, Sofía, prestándose él mismo a hacer las veces de maquinista real, sino que además rehusaron salir de la cama al llegar pronto, incluso a pesar de que se les informó de que había cientos de niños en la entrada de la estación con flores de bienvenida y una banda de música.
Entre la multitud hubo muchos que intentaron fisgar en su dormitorio, pero afortunadamente las persianas estaban bien bajadas, lo que evitó que se produjera una extraña lección de anatomía. Despectivamente, el rey envió a un sirviente de su séquito de origen africano para que apareciera en su lugar, saludara y dijera unas palabras a la multitud. En un país conocido por su racismo, este hecho suponía un insulto deliberado, pero este se le volvió en contra al rey; los niños nunca habían visto antes a un negro y comenzaron a saltar emocionados con el espectáculo. Como señaló el jefe de protocolo del rey Boris, Stoyan Petrov-Tchomakov, en diciembre de 1965 en una entrevista concedida al Monthly Bulgarian Review de Buenos Aires: «[Los niños] se apresuraron a aprovechar la oportunidad única [de ver] un espécimen vivo de la raza africana».
El rey sorprendió a sus anfitriones al sacar fotografías de las hermosas chicas locales con su cámara Leica; en una traviesa referencia a la relación bebé-niñera que mantenía con Wallis, durante una visita al palacio imperial, cuando la hija de cuatro años del rey refunfuñó porque debía volver al cuarto de los niños, Eduardo le respondió con las siguientes palabras maliciosas: «Y yo también, cariño». Tampoco hizo que el ambiente mejorara cuando decidió apodar «Petrol» [gasolina] a Helen Petrov-Tchomakov, la ayuda de cámara de la reina; «Handkerchief» [pañuelo] a Georghi Hanschief, secretario real, y «Bugger off» [¡Vete a la mierda!] a Alexei Bugharov, íntimo amigo y ayuda de campo del rey. El Servicio Secreto de Inteligencia utilizó estos tres apodos como códigos para estos funcionarios durante la Segunda Guerra Mundial.
Wallis y el rey fueron recibidos en Viena por un coche real especialmente transportado desde Londres. Como siempre, se alojaron en el hotel Bristol, su favorito. La azafata y columnista estadounidense Elsa Maxwell se encontraba en el vestíbulo cuando entraron ellos, seguidos por una inmensa cantidad de maletas y baúles. La señora Maxwell advirtió la mirada fija y resuelta de Wallis, así como su actitud dura y decidida.
En la mañana del 9 de septiembre, Wallis y el rey visitaron la feria de Viena, pasando bastante tiempo en el pabellón británico-indio. Después visitaron al presidente Miklas y al canciller Von Schuschnigg. La situación política en Austria era excesivamente volátil. En junio, Hitler y Von Schuschnigg habían firmado una alianza que garantizaba la asociación política, e Italia se había unido al acuerdo. Esto provocó un descontento generalizado entre los judíos y los socialistas del país, y el 10 de septiembre, segundo de la visita de Wallis y el rey, se produjeron revueltas en las que algunas zonas de Viena fueron incendiadas por los rebeldes. Hasta entonces, el rey siempre podía utilizar la excusa de que tenía una alianza con Von Schuschnigg y así evitaba tener que aliarse con austriacos, italianos y alemanes. Pero ahora estaba dando su apoyo personal a un gobierno que se había comprometido de forma absoluta con Hitler. Al mismo tiempo, parecía no ver nada incoherente en el hecho de que Wallis y él visitaran a una de las figuras principales de la comunidad financiera judía, el barón Eugene Rothschild, y su esposa estadounidense, Kitty, en su casa de campo, Schloss Enzesfeld. Para aumentar aún más la ironía, esa noche él y Wallis asistieron a una representación de la obra maestra de Wagner El crepúsculo de los dioses, que era la ópera preferida de Hitler; fueron acompañados por la hija del compositor, la filonazi Winifried Wagner. El rey también cazó rebecos, visitó a Heinrich Neumann (el médico judío que había rehusado atender a Hitler) para que le mirara un problema en el oído, que había empeorado por los baños en el mar, y apareció en un baño turco público acompañado de un avergonzado David Storrier, de Scotland Yard, y seis de los principales inspectores de Viena; los ocho se relajaron desnudos, aunque armados, lo que sorprendió a los clientes de la casa.
Wallis y el rey regresaron al teatro de la ópera para ver El holandés errante; en esta ocasión el rey se pasó la mayor parte de la representación fuera del palco fumando con impaciencia. Se encontró mucho más cómodo cenando en el famoso restaurante Los tres húsares, volviendo al Rotter Bar y disfrutando de los valses en el Bristol.
Después de una estancia de una semana, la pareja tomó un tren a Zúrich, desde donde el rey voló a Londres, y Wallis y el resto del grupo continuaron en el expreso. George Weller, el corresponsal en Atenas del New York Times, escribió el 6 de septiembre: «Durante las visitas de Eduardo [al Mediterráneo], cuatro naciones habían previsto la posibilidad de una nueva política británica fuerte. Se preguntaban si una síntesis de la sinceridad de Eduardo y el entusiasmo de Hitler no sería mejor protección que la otorgada por la Sociedad de Naciones. Y tal vez no estaban muy en contra de ser dominados por británicos y alemanes». Weller había puesto el dedo en la llaga acerca del principal propósito del viaje del Nahlin.
De vuelta en Londres, Wallis y Ernest finalmente se separaron. Ernest se mudó a su club y Wallis se alojó en una habitación del hotel Claridge. Ella mantuvo una reunión con su abogado, Theodore Goddard, que ya había comenzado a trabajar en los trámites del divorcio. Goddard la informó de que él había decidido que el caso no fuera visto en Londres, ya que el calendario estaba tan lleno que podría pasar un año antes de que el divorcio le fuera concedido. En vez de eso, lo había llevado a Ipswich (Suffolk). Wallis sería representada por el célebre Norman Birkett, abogado de la Corona.
El rey invitó a Wallis, Herman y Katherine Rogers, que habían compartido con ellos una parte del crucero en el Nahlin, a que se quedaran con él en Balmoral. Entre otros invitados, también se encontraban los duques de Kent, lord y lady Mountbatten, los duques de Marlborough y los duques de Sutherland. Después de cancelar la inauguración de la enfermería del hospital de Aberdeen, el rey desapareció del castillo y condujo hasta la estación de Aberdeen para recoger a Wallis y los Rogers. El tren llegaba tarde; a pesar de disimular su presencia con unas enormes gafas de conducir, todo el mundo reconoció al monarca, salvo un policía que le reprendió por haber estacionado su vehículo en una zona en la que estaba prohibido aparcar. Wallis no había estado nunca en Balmoral.
Wallis pareció regocijarse ante el hecho de que estaba ocupando habitaciones que habían sido usadas anteriormente por la reina Victoria, la reina Alejandra y la reina María. Era evidente que aquella incongruencia le divertía al salir cada mañana en pantalones cortos con el rey e ir de compras al pueblo cercano de Crathie.
Regresó de buen humor a Londres mientras el rey se quedó en Balmoral, donde celebró su primer Consejo Privado fuera de la capital. Al mismo tiempo, se encontraban ya muy avanzados los preparativos para su coronación, que iba a tener lugar el 12 de mayo de 1937. Todos los hoteles situados a lo largo del recorrido de diez kilómetros que seguiría el desfile tenían todas las habitaciones reservadas. Los grandes almacenes iban a gastarse cientos de miles de libras en decoración. La empresa aseguradora Lloyd’s calculaba la posibilidad de que el evento tuviera que posponerse, avalando el riesgo. Se anunció que la abadía de Westminster se cerraría al público desde el 4 de enero para permitir que la Office of Works preparara el vetusto edificio para las ceremonias. El órgano de la abadía ya se había trasladado para poder repararlo.
A principios de octubre, Wallis envió sus felicitaciones a sir Oswald Mosley y su nueva mujer Diana, hermana de la filonazi Unity Mitford, con motivo de su boda, celebrada en casa del doctor Goebbels en Berlín, que contó con la asistencia de Hitler. Tras una breve estancia en el Claridge, Wallis se mudó a una casa de principios del siglo XIX, situada en el número 16 de Cumberland Terrace y propiedad de la Corona; le fue subarrendada por el inquilino, que estaba dando la vuelta al mundo en crucero. Enorme y amueblada de forma suntuosa, la casa, diseñada por John Nash, disponía de un inmenso salón en la planta superior con vistas a Regent’s Park que Wallis llenó de un extremo a otro con sus flores preferidas. Comenzó a redecorar habitaciones con la ayuda de lady Mendl. De forma simultánea, Neville Chamberlain había alquilado su casa de Eaton Square a Ribbentrop.
Cuando Wallis llegó a Cumberland Terrace el 7 de octubre, bajo la más estrecha vigilancia del Servicio Secreto de Inteligencia, miró hacia arriba y vio en el tejado de la casa figuras que representaban el Amor, la Justicia, la Sabiduría y la Victoria. Associated Press anunció que, hasta esa fecha, el rey había regalado a Wallis joyas por valor de 200 000 libras y que una empresa británica había importado de Julius Greene (Nueva York) pieles de zorro plateado por valor de 10 000 libras como regalo del rey a su amante. El día 11, el rey ocupó por primera vez oficialmente la residencia del palacio de Buckingham.
El rey convocó a los propietarios de los periódicos de Londres y logró obtener de ellos la promesa de que el inminente divorcio de Wallis, que estaba teniendo su vista en Ipswich, sería tratado con la máxima discreción por parte de la prensa. Sin embargo, la prensa estadounidense no se ponía restricciones y, para la segunda semana de octubre, todos los hoteles de la ciudad de Suffolk estaban atestados de reporteros llegados desde las principales ciudades estadounidenses. Como consecuencia, los corresponsales de los periódicos europeos tuvieron que hospedarse en pueblos cercanos.
Durante su breve estancia en Cumberland Terrace, antes de mudarse a Suffolk, Wallis se encontró bajo protección real. El 20 de octubre fue a su peluquero, Antoine, de Dover Street. El inspector Storrier había aparcado su flamante Buick, copia exacta del vehículo del monarca que había sido encargada en enero, en la parte trasera de la casa; pero este intento poco convincente de disimular su salida de la casa no tuvo éxito, y había una multitud esperándola cuando salió. La siguieron hasta la peluquería en coches y bicicletas, y cuando entró corriendo, sonrojada e incómoda, de nuevo en el coche para dirigirse al banco, el inspector tuvo que dejarle el camino libre. Esa noche, Wallis se mudó a una casa de campo en Felixstowe, cerca de Ipswich, un lugar aburrido con vistas a una playa de guijarros y un mar gris pizarra. El rey abandonó una cacería que se celebraba en Sandringham para recibirla, dejando que su cuñado, el conde de Harewood, y sir Samuel Hoare continuaran sin él. A Wallis la acompañaban sus viejos amigos George y Kitty Hunter, a los que conoció en sus primeros días en Londres y cuyo piso de Mayfair había usado para pasar noches románticas con el rey. Wallis se encontraba bajo la permanente vigilancia de David Storrier. El rey la visitó
otra vez más durante esa difícil semana de espera [20].
El día 23 el rey fue a Londres a cenar con su madre en Marlborough House. La encontró bastante alterada ante la perspectiva de que se casara con Wallis, si prosperaba el divorcio de ella y Ernest Simpson. Al rey le fue imposible influir sobre ella en este asunto. La vista de Ipswich estaba prevista para el sábado 24. El viernes Wallis no pudo dormir en toda la noche. Vagaba de un lado a otro por su habitación de Felixstowe torturada por muchos pensamientos. No le hacía feliz perder a Ernest; ni tampoco el que se le obligara a ser reina. Se habría conformado con mantener su papel de amante real, como la señora Fitzherbert en el reinado de Jorge IV o la señora Keppel en el de Eduardo VII. En su imprudente búsqueda de poder, posición y dinero, en su ejercicio de poder frío y dominante, había dejado de hacer pie. ¿Adónde la conduciría esta locura que ella misma había ideado?
Para prolongar su agonía, su caso fue pospuesto hasta el martes 27 de octubre. El juez tenía su agenda demasiado repleta de delitos menores, como la caza furtiva de conejos, para tratar este asunto tan importante, y como además tenía tos, un resfriado y el peor carácter posible, su señoría, el juez Hawke, no estaba de humor para extraer su caso de la secuencia natural. Mientras Wallis pasaba todos los tormentos en Felixstowe, los bares de Ipswich estaban abarrotados de periodistas de buen beber que cada vez se encontraban más irritados y frustrados. Por fin, llegó la hora. A las 14.15 del 27 de octubre de 1936 su señoría el juez Hawke entró acompañado de dos trompetistas militares que tocaban una fanfarria con sus instrumentos plateados. Irónicamente, los músicos pertenecían a la banda de Coldstream Guards, en la que había servido Ernest Simpson durante la Primera Guerra Mundial. Un alguacil uniformado de negro y rojo anunció la entrada del juez, tocado con peluca, tosiendo y sonándose la nariz con un pañuelo gigantesco. Wallis, extremadamente pálida y exhausta, vestida con un abrigo cruzado azul marino y un pequeño sombrero de fieltro y una falda a juego, recorrió la distancia entre el Buick y el banquillo de los testigos a través de la multitud. Iba acompañada de Norman Birkett, con su famosa peluca gastada y enormes gafas de montura de concha, y su segundo, el regordete y sonrosado Walter Frampton. Ernest no estaba presente, ni representado por su abogado; sí había ido su procurador, North Lewis.
Hawke, con gesto serio, formando con la boca una línea dura y resistente en medio de una cara rojiza y mofletuda, habló en un tono de voz apagado durante los siguientes minutos a través de su pañuelo de lino y una avalancha de toses y estornudos. Lo que no ayudaba mucho a los ya agotados nervios de Wallis. Se levantó con el guante de cabritilla azul de la mano derecha ya quitado para prestar juramento. Su acento estadounidense sonó incongruente en aquel juzgado tan monótonamente británico. Aunque supo evitar que sus manos temblaran, su tensión la traicionó provocándole un gesto característico, un movimiento rápido de la lengua alrededor de los labios.
Bajo juramento, al ser preguntada por su abogado, le contó que había sido feliz en su matrimonio con Ernest hasta el otoño de 1934, cuando él empezó a irse los fines de semana. Ella describió un episodio que tuvo lugar el día de Navidad de 1934, en el que encontró una nota sobre su tocador con caligrafía de mujer. No mencionó qué ponía, pero se entregó al juez. Casi con seguridad, se trataba de una carta fabricada de dos páginas de Mary Raffray agradeciéndole unas rosas que le había regalado. Wallis dijo que esto le había supuesto una «angustia considerable».
Siguió contando que en Pascua de ese año había encontrado una carta en un papel azul idéntico dirigida a su marido. Sorprendentemente, afirmó que Mary Raffray había escrito tanto la nota de amor a Ernest como una sencilla carta a Wallis desde el sur de Francia y que «casualmente» las había puesto en los sobres equivocados.
Dos camareros que habían trabajado en el Hôtel de Paris en Bray afirmaron que el 22 y 23 de julio de 1936 habían servido el desayuno en la cama a Ernest y una mujer, que era Mary Raffray. Norman Birkett se puso en pie y le pidió al juez una sentencia condicional de divorcio. Hawke, visiblemente malhumorado, había interrumpido el testimonio de Wallis varias veces sin razón aparente salvo su propia aversión hacia ella. No respondió inmediatamente a la petición de Birkett. Wallis le lanzó al abogado una mirada ansiosa.
—Imagino lo que tendrá en mente su señoría —dijo Birkett.
—¿Y qué es lo que tengo en mente? —le preguntó el juez cortante.
—Que no son más que pruebas de hotel —dijo Birkett—. Pero el nombre de la dama ha sido divulgado en la petición realizada a su señoría y se la ha citado para que compareciera.
—Supongo entonces que debo concluir que ha existido adulterio en este caso. De acuerdo, concedo la sentencia condicional de divorcio —dijo el juez. Pasarían seis meses más antes de que fuera definitiva.
Wallis, rodeada por la policía que había enviado Scotland Yard cumpliendo órdenes reales para protegerla de los fotógrafos, bajó las escaleras de forma rápida y nerviosa y entró en el coche. El suplicio había durado menos de veinte minutos. Ni siquiera había tenido que hacer frente a la gente en una galería pública. Le habían despejado el camino al rey. No había hablado con los propietarios de los periódicos en vano. Apenas apareció una sola mención de la concesión del divorcio en la prensa británica. El rey, que se encontraba esa noche en el palacio de Buckingham, llamó a Wallis para
felicitarla[21].
El rey le regaló a una complacida Wallis un anillo de compromiso. Ella había oído hablar de la legendaria esmeralda de los mongoles, una de las piedras más finas de su clase, cuyo origen se remontaba hasta los antiguos gobernantes de la India. Ella debía tenerla, y el rey se había puesto en contacto con el gran joyero parisino Jacques Cartier para conseguírsela. Cartier había emprendido una búsqueda por todo el mundo, que acabó llevándolos a él y a sus espías a Bagdad. Allí, un grupo de personas estaba preparado para vendérsela a cambio de una cuantiosa suma. Fue traída a Londres con un mensajero tras ser comprobada de forma exquisita por los especialistas de Cartier. Según una versión de la historia que circulaba entonces, el rey declaró que el precio era demasiado elevado y que solo pagaría la mitad, por lo que Cartier sacó la esmeralda, la partió por la mitad y le dio al rey una esmeralda más pequeña.
Wallis regresó a Cumberland Terrace, donde todo había sido preparado para ella por su cocinero y su doncella. La empresa de mudanzas Carter Patterson había traído gran parte de su mobiliario de Bryanston Court, entre el que se encontraban muchas de sus cosas de China; además, el rey había enviado muchas posesiones reales, incluyendo muebles suntuosos, espejos, ropa de cama, porcelana y platería. Esa noche Wallis cenó con el rey en su casa. Él le contó un incidente preocupante que había tenido lugar. Unos días antes de que le fuera concedido el divorcio, el primer ministro Baldwin se había presentado en Fort Belvedere en su diminuto coche negro y, después de mucha charla intrascendente, había ido al grano y le había pedido al monarca que persuadiera a Wallis de que abandonara el proceso. Wallis estaba horrorizada. No era solo que no tuviera intención de casarse con el rey, sino que, a pesar de toda su audacia, no estaba preparada para enfrentarse y entrar en conflicto con el primer ministro de Inglaterra.
Poco pudo prever la tormenta que se avecinaba.