La señora Simpson : las vidas secretas de la duquesa de Windsor, la mujer que estuvo a punto de arruinar la monarquía
5 China
Felipe Espil, que no le había sido fiel a Wallis, conoció y se enamoró de la belleza de sociedad Courtney Letta Stilwell, descendiente de la famosa familia de políticos y militares. Cuando se enteró, Wallis montó en cólera. En un arrebato de celos atacó a Espil, clavándole las uñas en las mejillas hasta que estas sangraron. Él la abandonó de inmediato; y ella decidió marcharse de Washington, donde su derrota la había convertido en el hazmerreír de la ciudad.
Existe un considerable archivo documental sobre ella en aquella época, guardado en el Departamento de Estado, que cuenta que permaneció en la casa que tenían en Georgetown el capitán Luke McNamee, jefe de la inteligencia naval, y su mujer, la pintora Dorothy McNamee. Era el típico movimiento preliminar para poner a prueba su confidencialidad y para ser formada en secreto. Harry W. Smith, alto funcionario de la sede de la inteligencia naval, la entrevistó cuidadosamente el 9 de julio de 1923. Ese mes, ella zarpó para Francia e Inglaterra a bordo del President Garfield, acompañada por su prima Corinne. En París, se puso en contacto con William E. Eberle y Gerald Green, ambos enlaces del servicio de espionaje de la Marina en la embajada; de ahí pasó a Londres y Roma.
Era una costumbre en aquella época captar a mujeres de marinos en las que se confiara, que estas fueran formadas en la sede como correos oficiosos y que llevaran documentos clasificados a Europa y el Lejano Oriente. Los correos eran necesarios porque todos los mensajes que se telegrafiaban a la Marina destinada en China eran interceptados, descodificados y leídos; todos los mensajes de radio se transmitían desde una torre central en Manila y eran igualmente leídos. Por eso, la única forma segura de hacer llegar la información era a través de miembros fiables de las familias del personal naval. Después de su regreso de Europa, a Wallis se le pidió que se pusiera en contacto con Win Spencer en China. El capitán Henry R. Hough, que había tomado el relevo del capitán McNamee cuando a este se le encomendó coordinar el servicio de espionaje en el canal de Panamá, firmó los papeles autorizando el viaje. Entretanto, Spencer había sido nombrado oficial de la inteligencia naval de la flota del sur de China, combinando su tarea como capitán del buque Pampanga con esta otra, de mayor importancia. Su despacho en la isla Shamian (Cantón), estaba situado en un lugar de importancia clave, ya que Sun Yat-sen y los comunistas seguían atacando constantemente a los misioneros y anexionándose las propiedades estadounidenses de la región. Win debía encontrarse con Wallis el 8 de septiembre en Hong Kong; allí, ella entablaría contacto con Mary Sadler, la mujer del oficial de inteligencia y contraalmirante Frank H. Sadler, del buque de la Marina estadounidense Sacramento. Ambas mujeres se dirigirían con mensajes clasificados a Shanghái, donde los intereses estadounidenses se veían amenazados por los señores de la guerra controlados por los rusos.
A Wallis se le concedió una autorización por parte de la inteligencia y fue puesta a bordo del carguero de tropa Chaumont, un antiguo ferry de Hog Island, de doble compuerta, que llevaba 1200 voluntarios a Pearl Harbor, Guam y Cavite. Bajo el mando del capitán F. L. Oliver, el 17 de julio de 1924 la nave amarró en el muelle número 10 de Brooklyn, perteneciente a la Marina, donde Wallis, según el registro, subió a bordo a las 16.30. Compartió camarote con Ruth Thomson, prometida del teniente R. E. Forsyth, que iba a encontrarse con él en Cavite, y otras dos mujeres. Un primo de Win de Chicago, el teniente Douglas E. Spencer, se encontraba a bordo, destinado a Cavite junto con su mujer y su hijo de cinco años. El barco iba abarrotado de marines y soldados de infantería.
El Chaumont zarpó de Brooklyn a medianoche y tuvo que anclar unas horas en mar abierto a causa de un problema en la caldera; el buque efectuó una escala en Hampton Roads (Virginia) ese mismo día, horas después. Dos días más tarde, el barco entró en el canal de Panamá con un calor sofocante y atracó en Cristóbal y Balboa; la tripulación, que se amontonaba en cuartos agobiantes, en los que llegaban a estar diez personas en cada camarote, comenzó a volverse indisciplinada y conflictiva, lo que provocó peleas con los marines que se encontraban a bordo. Un grupo de alféreces que dormían debajo de cubierta lanzaron al canal una película destinada a proyectarse en el comedor de oficiales. Un soldado atacó y golpeó a un oficial de intendencia, a consecuencia de lo cual se le formó un consejo de guerra y se le confinó al calabozo. El tránsito diurno del canal acumulaba retraso; los buques de guerra británicos Hood, Repulse y Adelaide humeaban en la esclusa y el Chaumont se vio obligado a anclar en el lago Gatún. Wallis, hastiada del viaje, exhausta y febril, tuvo una breve y triste estancia en Panamá. Cuando ya llevaban dos días en el Pacífico, el día 28, un hombre fue asesinado y su cuerpo lanzado al mar. Se sucedieron los consejos de guerra a medida que la tripulación, borracha y alterada, se acercaba a un motín abierto.
El viaje a Pearl Harbor (Hawái) era difícil e incluía la navegación por un peligroso arrecife de coral en medio de un violento temporal. Wallis permaneció una semana en Honolulú; el buque zarpó el 13 de agosto. En Guam, el gobernador Henry B. Price celebró una recepción oficial en honor a ella, el resto de mujeres y los oficiales del Chaumont; tres días más tarde Price subió a bordo del navío para realizar el resto del viaje hasta Cavite.
Tras un viaje sofocante y monótono de varias semanas, el Chaumont atracó por fin en San Miguel, en la bahía de Manila, el 30 de agosto. Wallis hubo de ser alojada en la base naval, dado que era una de las pocas mujeres que proseguía viaje hasta Hong Kong. Había habido disturbios en los muelles a raíz de las manifestaciones estudiantiles celebradas la semana anterior. A Wallis la subieron al Empress of Canada, el famoso «barco gafe» de la Canadian Pacific Line, el 4 de agosto.
La llegada de Wallis a Hong Kong el 8 de septiembre fue una de las grandes experiencias de su vida. Juncos de pesca negros, con velas cuadradas de rejilla como alas de murciélago y enormes ojos amarillos pintados en sus proas, salían a saludar al Empress, seguidos de sampanes de un solo remo llenos de niños morenos que buceaban en las aceitosas aguas verdes para pescar las monedas que los pasajeros les lanzaban desde cubierta. Más allá, Wallis vio la amenazante montaña llamada El Pico, salpicada de chozas de madera y rodeada por los ostentosos edificios de oficinas de los bancos y las compañías mercantiles británicas. Y el sonido de los perros ladrando, las sirenas, los chillidos de los niños y los hombres anunciando sus mercancías. Y el peculiar aroma almizclado de Hong Kong, compuesto de sándalo, canela, yute, orina y alquitrán.
El Empress of Canada atracó a las 16.30. Siguiendo la tradición de la Marina, Win iba en su puesto en el Pampanga al lado del buque cuando este amarró en el Muelle de la Marina Real. Win debía, por orden del almirante Thomas Washington, comandante de la flota, tener su buque lo más reparado que fuera posible porque este sería requerido en Cantón y Shanghái.
La semana que Wallis llegó a Hong Kong, la guerra civil que amenazaba desde hacía meses estalló en toda China. El país se encontraba sin gobierno efectivo. La presencia dominante era Sun Yat-sen, líder del Kuomintang o Partido Popular, un gobierno cantonés compuesto por los hijos pendencieros de la clase comerciante y terrateniente que se oponían al gobierno militar de Pekín. Sun Yat-sen y el gobierno escindido habían caído bajo la influencia de la Unión Soviética a través de un agente ruso que se hacía llamar a sí mismo Michael Borodin y, para enero de 1924, en el primer congreso del partido, el poder se delegó en un comité central ejecutivo que reflejaba un gobierno similar al de Moscú.
Dentro del Kuomintang existían conflictos violentos, y los elementos de extrema derecha, dirigidos por los generales rebeldes, comenzaron ese verano a chocar frontalmente con las fuerzas cantonesas. De forma simultánea, aumentaba el resentimiento hacia la presencia en suelo chino de una gran cantidad de residentes británicos, franceses y estadounidenses. En el siglo anterior, los gobernantes de China habían otorgado arrendamientos permanentes a cambio de sumas nominales a potencias extranjeras en tratados manifiestamente desiguales que habían establecido en la mayoría de las grandes ciudades asentamientos bien protegidos, militarizados y armados que no se encontraban bajo la legislación china. China era un país dividido en todos los sentidos posibles, angustiado por el hambre, las plagas y los enfrentamientos bélicos, vendido a las empresas europeas mientras la gente sufría en unas condiciones físicas deplorables.
Hong Kong, aunque en teoría era independiente del resto de China, reflejaba las tensiones de la gigantesca nación al otro lado del estrecho. Se producían continuos brotes de violencia en la colonia de la Corona. Cuando llegó Wallis, la fiebre tifoidea golpeaba con furia y había una ola de calor histórica. Rodeada de fuego y tiros, Wallis se dirigió al hotel Repulse Bay y, desde allí, reconciliada con Win, a un apartamento propiedad de la Marina en el barrio de Kowloon que contaba con cocinero y doncella. Win tuvo mucho trabajo durante las semanas que duró aquella visita. Debía abastecer el Pampanga con carbón y provisiones suficientes, y tenerlo reparado y preparado para recibir órdenes de salida de emergencia; al menos unas dieciséis horas al día de trabajo.
El 16 de octubre, llegaron las órdenes de partir. Debió de ser doloroso para Wallis, después de que consiguiera remendar su destrozado matrimonio, asumir que Win viajaba en condiciones de peligro extremo. Había sido trasladado de vuelta a Cantón, y aquella tormentosa ciudad estaba ahora sumida en el terror y el derramamiento de sangre. El llamado Ejército Rojo, una muchedumbre desorganizada de peones, estibadores y mercenarios, se había extendido por toda la ciudad, y los insurgentes cometían actos de pillaje y provocaban destrozos mientras recorrían con antorchas el laberinto de calles atestadas de casas de madera. Masacraron al Cuerpo de Voluntarios, un ejército de vigilancia improvisado a toda prisa conocido como los Fascistas Chinos. Cinco días de lucha en la ciudad habían dejado un millar de muertos en las calles, en su mayoría mujeres y niños, quemados vivos en incendios provocados por pirómanos o abatidos sin piedad por las balas de las metralletas. Cuando Win entró navegando en el puerto de Cantón, el cielo estaba negro debido a un humo asfixiante y acre.
En un caos de violencia, hambre y enfermedades, el Pampanga atracó en la isla Shamian, protegida militarmente, con todos sus cañones, de una y tres libras, preparados para bombardear la costa. Tres buques de guerra británicos seguían a la nave hacia el muelle, y Wallis, tan cabezota como siempre, iba a bordo de uno de ellos, probablemente el Bee. No iba a permitirle a nadie que la dejaran atrás. Se reunió con Win en el cuartel naval del asentamiento británico-estadounidense, el único alojamiento disponible para mujeres de marinos en ese momento; la isla estaba cerrada a la población civil extranjera. Tanto el agua como la comida estaban muy racionadas. A Wallis le sobrevino un problema renal, causado por una ingestión de agua no potable, y tuvo que ser evacuada a Hong Kong el 28 de octubre.
El Pampanga, llevando a bordo a misioneros y a personal sanitario evacuado, regresó a Hong Kong el 3 de octubre para aprovisionarse. De ahí partió hacia Kongmoon el día 30 para proteger los intereses estadounidenses y llevar el petróleo de Standard Oil a la región.
Ese mes ocurrió algo curioso. Según un dossier preparado por orden del primer ministro Stanley Baldwin por el MI6 para el rey Jorge V y la reina María en 1935 (cuando resultó de crucial importancia evitar que Wallis se convirtiera en la reina de Inglaterra), Win introdujo a Wallis en las «casas cantantes» de la colonia de la Corona. Estaban dirigidas por una estadounidense, Gracie Hale, quien, con su cabello teñido, sus pestañas postizas, sus labios pintados de carmín y su figura ya rellena pero aún atractiva, seguía en activo en la década de 1930, cuando le concedió una entrevista al autor holandés Hendrik de Leeuw para su libro Cities of Sin [«Ciudades de pecado»] y le describió sus andanzas profesionales previas, en la época en la que Wallis se encontraba en Hong Kong. Las casas cantantes eran burdeles de lujo; las internas, reclutadas en la costa china, eran adiestradas desde su más tierna adolescencia en las artes amatorias. Al cliente se le recibía con música de instrumentos de cuerda, delicadas canciones eróticas y bailes de belleza exótica.
Existían dos tipos de casas cantantes (o «casas de canción», como eran conocidas en ocasiones). Las más famosas eran las «mansiones púrpuras». El único establecimiento de este tipo que admitía a mujeres extranjeras estaba en Repulse Bay. Al entrar el cliente, aparecía un esclavo sonriente, ataviado con una bata de algodón azul, que realizaba una reverencia ceremoniosa. Después de eso, conducía al recién llegado a una inmensa habitación cuadrada cuyas paredes estaban cubiertas de telas verdes y blancas.
Más allá del vestíbulo existía un pasillo largo que llevaba a otra estancia, en la que abundaban sofás y sillones suntuosamente tapizados. Las puertas y paredes se hallaban decoradas con celosías y pergaminos con inscripciones en chino. Había habitaciones revestidas de costoso caoba, cuyas estanterías rebosaban de adornos de valiosa porcelana china. Las chicas iban habitualmente vestidas de seda roja o azul. El piso superior estaba formado por una serie de habitaciones pequeñas, aunque decoradas con elegancia, en las que las prostitutas esperaban a sus clientes. Algunas casas tenían nombres propios, como Campo de las Flores Brillantes o Club de los Patos Mandarines.
Otros burdeles eran conocidos como Hoa Thing, o «botes de flores», y estaban atracados en el muelle o flotando cerca del puerto. Las barcas tenían entre 18 y 25 metros de eslora y unos cinco de ancho, y su interior estaba magníficamente alfombrado y amueblado, con lámparas de cristal colgando del techo. Lo habitual era que el cliente alquilara la barca durante toda la noche, y que esta comenzara con una cena de diversos platos a las nueve. Una vez terminada la comida, el invitado cruzaría con su compañera de noche a través de una pequeña plataforma de madera a una de las varias barcas atadas al bote nodriza.
Según quienes han leído el dossier chino, Wallis aprendió «prácticas perversas» en estas casas de prostitución. Con esta descripción, solo puede tratarse de exhibiciones lésbicas y al arte del Fang Chung. Esta técnica, practicada durante siglos, conlleva la relajación del compañero con aceite caliente mediante un masaje prolongado y cuidadoso de los pezones, el estómago, los muslos y, tras un retraso alargado, deliberado y casi cruel, los genitales. A quien se encargara de realizar el Fang Chung se le enseñaba dónde se encontraban los centros nerviosos del cuerpo, de forma que el roce de sus dedos fuera capaz de levantar al más moribundo de los hombres. Esta técnica era especialmente útil en los casos de eyaculación precoz. Al tocar en un punto determinado, entre la uretra y el ano, podía retrasarse el orgasmo. Las masajistas retrasaban la penetración todo lo que podían para quitarles a los hombres con disfunción sexual el miedo al fracaso en el coito.
Según alguien muy cercano a Wallis, apenas había tenido oportunidad de poner en práctica esta técnica cuando Win la abandonó para compartir un apartamento con un pintor joven y atractivo. A mediados de noviembre, Wallis partió para Shanghái a bordo del Empress of Russia con la encantadora Mary Sadler, de cuarenta y dos años, mujer del ya almirante F. H. Sadler, oficial al mando del buque de la Marina estadounidense Saratoga y jefe de la inteligencia naval (como se había convenido tiempo antes en Washington).
Mucho antes de que el Empress of Russia atracara el día 22, se podían ver ya corrientes de un lodo amarillo amarronado que oscurecía el mar de China y dejaban claro que Shanghái estaba construida sobre terrenos pantanosos. El barco remontaba lentamente el río Whangpoo echando vapor y dejando atrás precarias construcciones de madera, sauces llorones y arrozales verdes bajo un cielo caqui. El río estaba tan repleto de pequeñas embarcaciones que el barco apenas podía sortearlas. Finalmente, Wallis atisbó las ominosas chimeneas de ladrillo de la Shanghai Power Company escupiendo humo. Apestaba a azufre y carbón. Ella desembarcó en una gabarra, cruzando una zona en la que el agua estaba llena de periódicos atrasados, pájaros muertos y heces. Delante de ella se encontraba el Bund, el famoso malecón con sus bancos y edificios de oficinas mal construidos y su jungla de señales luminosas. Subió a pie los peldaños del embarcadero mientras los marineros de cubierta le llevaban su equipaje y lo apilaban en el muelle. Una fila de las típicas calesas tiradas por hombres se extendía hasta donde llegaba la vista; sus conductores, cuya piel amarilla y seca se les marcaba sobre las costillas, ofrecían a gritos sus servicios. Había un grupo de carros, carretillas de mano y bicicletas; y había peones trotando con enormes pértigas de bambú sobre sus hombros estrechos.
Wallis y la señora Sadler emprendieron el corto trayecto hasta el elegante hotel Astor House; dada la situación de guerra civil, tanto el ejército como la policía las paraba cada pocos metros para inspeccionar sus pasaportes. Cuando por fin llegaron al alojamiento, encontraron su esplendor ya desgastado. Estaba formado por cuatro edificios de ladrillo conectados por pasadizos de piedra. El vestíbulo era enorme, de alfombras rojas, iluminado por candelabros antiguos de cristal tallado. Había un sofá circular en el centro que rodeaba un enorme jarrón de latón repleto de helechos. Había leones de cerámica roja, lujosos sillones rojos y dorados y vasijas de bronce con lirios de papel. Los ventiladores se movían lentamente en el techo, espantando a las moscas. Las habitaciones eran como camarotes, con literas en vez de camas; los pasillos tenían pintados ojos de buey y trampantojos de paisajes marinos, idea que Wallis usaría tiempo después en su casa de París. El director era el capitán de la Marina Real, ya retirado, Harry Morton, y gobernaba el establecimiento como si fuera un barco, haciendo sonar incluso fanfarrias de trompetas para anunciar las comidas. Wallis y Mary Sadler se hospedaron en el Astor House durante diez días.
Shanghái era un espectáculo terrible durante la guerra. Todos los días se producían escaramuzas y masacres. Aunque el asentamiento internacional se hallaba protegido por las marinas británica y estadounidense para que la antigua vida de privilegios pudiera continuar, se oían ráfagas de disparos a menos de una manzana del Astor House. Las llamas envolvían las chabolas y las casas de vecinos, y se podían oír los gritos y los chillidos que provenían de los barrios habitados por nativos cuando la policía reprimía las incursiones de la Banda Verde, localmente famosa. Había fumaderos de opio y burdeles y callejones oscuros y siniestros, pero también existían bailes de etiqueta en las mansiones de los ricachones, entre las que se encontraba el suntuoso hogar del príncipe de los comerciantes judíos, sir Victor Sassoon, que atendían alrededor de setenta y cinco sirvientes. Existían grandes almacenes fastuosos, como el Sun Sun, el Sincere y el Wing On, que ofrecían todos los tesoros de Oriente. Wallis compró elefantes de marfil con la trompa levantada, símbolo de la buena suerte, cajas de marfil talladas y un biombo.
Se introdujo con ansia en la excitante vida social de la ciudad. Tras los muros y las atestadas líneas de infantería, los comerciantes británicos y estadounidenses y los oficiales de la colonia disfrutaban desafiantes de una vida de lujo y opulencia en el hipódromo de Eiwo, los clubes y los thés dansants, mientras las fuerzas de la oposición luchaban por la posesión de los extensos barrios nativos de la metrópolis.
Un informe sobre las actividades de Wallis en aquella época, fechado un día antes del ataque a Pearl Harbor, apareció entre los archivos del FBI, desclasificado a solicitud del fiscal general, tras siete años de espera, el 30 de abril de 1987. Aunque el informante se confunde acerca del rango y destino del comandante Spencer, el informe resulta fascinante en otros aspectos; y que se tardara tanto en considerar y reconsiderar su posible apertura por un comité detrás de otro nos indica que no estaba reputado como el trabajo de un mero cotilla o de un cascarrabias ofendido.
FBI, 6 de diciembre de 1941
Confidencial. Informe para D. M. Ladd elaborado por P. J. Wacks del Despacho de Washington.
El 26 de septiembre de 1941, a las 14.30, [en blanco] se
puso en contacto con quien escribe en la mencionada oficina para tratar algo concerniente a la duquesa de Windsor. [En blanco] informó de que su primer marido era un guardiamarina [sic] de la Marina estadounidense a quien la duquesa había conocido en San Diego (California); que el guardiamarina fue más tarde enviado a Singapur [sic]; que la duquesa le siguió a esa ciudad, donde frecuentó varios clubes nocturnos y contactó con diversos oficiales navales tanto de la Marina británica como de la estadounidense; que las autoridades británicas recibieron información de que la duquesa estaba intentando obtener información relativa a secretos navales de los oficiales británicos a los que conoció; que, como resultado de sus actividades, su marido… fue relevado de ese puesto de trabajo y trasladado.
¿Se trataba de un mero cotilleo? El informante era alguien que debía de saber algo. Pero ¿qué? Si Wallis espiaba para una potencia enemiga, solo podía tratarse de Rusia, rival tanto de Estados Unidos como de Gran Bretaña en la zona de China. El difunto John Costello, autor de The Pacific War, un buen historiador, me contó que un rumor del Ministerio de Asuntos Exteriores británico, confirmado por una fuente fiable de Londres, afirmaba que Wallis había sido utilizada por los soviéticos durante su estancia. Es una conjetura fascinante, imposible de confirmar de momento.
Leslie Field, biógrafa, historiadora y editora estadounidense, que ha estado trabajando recientemente en el palacio de Buckingham con el asesoramiento de su majestad la reina en un libro sobre las joyas reales, me dijo en 1987 que el dossier de China contenía aún más información perjudicial para Wallis. La señora Field afirmaba en la cinta que en aquella época Wallis estaba involucrada en el tráfico de drogas, pero que estas actividades no pudieron determinarse hasta años más tarde cuando, por instrucción de la Casa Real británica, las autoridades de Hong Kong lograron confirmar estos datos con varias personas que estaban al corriente de la situación. Además, revela la señora Field, Wallis estaba respaldada por hombres ricos como gran apostadora en las mesas de juego. Teniendo en cuenta que en aquella época el juego en China se consideraba una actividad completamente corrupta, y que con mucha frecuencia se permitía a las personas «correctas» ganar en las mesas, no extraña que Wallis lograra obtener grandes sumas al bacará, la ruleta o el blackjack. La señora Field afirma que se sabía que Wallis era una mantenida y que, incluso durante su matrimonio con Win, se acostaba con hombres ricos, entre los que había hasta un general chino.
Wallis y Mary Sadler fueron a Pekín el 4 de diciembre de 1924; en aquel entonces, a las mujeres estadounidenses no se les permitía viajar a la capital, salvo por negocios institucionales. El obeso señor de la guerra y general Feng Yu-hsiang, quien disfrutaba poniéndose uniformes napoleónicos con galones y oteando la distancia con un telescopio, se había hecho con el poder en la ciudad y había ocultado al «emperador niño» de China en la legación japonesa cuando la británica le impidió la entrada. Su rival, el señor de la guerra y mariscal Cheng Tso-lin, había salido de Pekín, llevándose consigo 25 000 soldados. La situación, confusa y volátil, estaba a punto de explotar de forma violenta. Sun Yat-sen acababa de regresar de Japón, donde intentó recabar apoyos para dar un golpe de Estado que le quitara el poder a Feng, tarea a la que le ayudaría el mariscal Cheng.
Las vías ferroviarias habían resultado tan dañadas por ambos bandos que el famoso Blue Express ya no podía llegar de Shanghái a Pekín. Wallis y Mary tuvieron que subirse al Shuntien, un navío de 1200 toneladas de la compañía B & S comandado por el capitán Einar Christiansen, para poder llegar a Tientsin pasando por Weiheiwei y Chifoo; en Tientsin cambiaron el barco por un tren para realizar el resto del viaje. Este, obstaculizado por los tifones, resultó ser una agonía de suelos inestables, platos y muebles que se estrellaban y un calor agobiante.
Como demostración de la importancia de su misión como correos, el 10 de diciembre Wallis y Mary fueron recibidas en el muelle de Tientsin por Clarence E. Gauss, orientalista y cónsul general, quien más tarde, durante la Segunda Guerra Mundial, se convertiría en el admirado embajador ante la China Libre. Gauss las informó de que el Ejército estadounidense se había apropiado del tren a Pekín, pero que las fuerzas de Cheng estaban apostadas a lo largo de la vía.
Mary Sadler enfermó de un problema gástrico y regresó a Shanghái. Wallis llegó a la estación central de ferrocarril de Tientsin en la mañana del día 11. El destartalado edificio se había convertido en un espectáculo infernal, atestado de víctimas del hambre y las fiebres tifoideas, una multitud de soldados, niños que lloraban histéricos y mujeres exhaustas que luchaban por encontrar un asiento libre. A Wallis le habían concedido una autorización militar especial y seguía llevando encima su pasaporte especial autorizado por la inteligencia. A las 12.10 del mediodía, al subirse al tren de ocho vagones
interaliado reservado a los oficiales o al personal militar[6], fue sometida a una inspección detallada, y en la estación de Pei Tsang, primera parada, las tropas de Cheng subieron a bordo y recorrieron arriba y abajo los pasillos.
Fue un viaje espantoso. La locomotora era vieja y estaba oxidada; hacía mucho frío en esta región septentrional y las ventanas, destrozadas por los balazos, dejaban pasar corrientes de aire helado; no había agua ni víveres; los aseos eran meras letrinas en el suelo. La soldadesca, bajo el mando del teniente E. M. Brannon, se encontraba borracha y fuera de control; la locomotora se averiaba continuamente, produciendo chillidos de frenos y unos ruidos agudos, violentos y misteriosos, y el tren se atascaba durante horas en colinas bajas y uniformes, junto a montículos funerarios y arrozales, esperando ser repostado y reparado. Un viaje que debería haber llevado solo noventa minutos acabó durando treinta y ocho horas.
Mucho antes de que la locomotora entrara traqueteando en Pekín, Wallis pudo distinguir las líneas de ametralladoras que las tropas del mariscal Cheng Tso-lin habían apostado a ambos lados de la vía. Cuando por fin llegaron, fue recibida, en la ruidosa oscuridad de la estación —afectada por un apagón—, por el comandante de la Marina estadounidense Louis M. Little. Wallis debía de llevar documentos de gran relevancia, ya que era una regla establecida que el oficial al mando nunca debía abandonar un puesto militar de importancia durante una guerra civil salvo por razones especialmente apremiantes, como ponerse en contacto con un correo.
Cuando el vehículo oficial blindado de Little cruzó la plaza y la puerta de Hatamen hacia el protegido barrio de las legaciones, lo primero que tuvo que ver Wallis fue una hilera de cabezas cortadas y colgadas de unos palos de bambú de diez metros; eran la señal con la que las tropas del general Feng, acampado en las colinas occidentales a la espera de una posible batalla con el ejército del mariscal Cheng y Sun Yat-sen, advertían de que no tolerarían ningún signo de rebeldía en la ciudad.
Pekín estaba aterrorizado. Cuando Wallis se registró en el Grand Hôtel, todo un derroche de decoración china, la prensa informaba de que los enemigos de Feng estaban siendo conducidos a los parques y decapitados a espada sin que se les diera la oportunidad de ser juzgados. Un día tras otro, la población británica y estadounidense, tensa y ansiosa, esperaba la noticia de la inminente llegada de las tropas de Sun Yat-sen y un estallido a gran escala de la actividad comunista en contra de todos los extranjeros. El suspense se cernía sobre la antigua ciudad, sus pequeñas ciudades amuralladas dentro de la gran ciudad, sus inmensas puertas y sus tejados amarillos y azules, sus vientos de la llanura, aterradoramente helados y polvorientos, y su tonalidad rojiza cada vez más dominante debido a la sangre seca.
El Grand Hôtel de Pekín suponía un oasis para Wallis y el resto de desaliñados que acababan de llegar de Tientsin. El vestíbulo contaba con una tienda de curiosidades, una librería francesa y una fuente ornamental. La gran escalera de mármol ascendía hasta las puertas de cristal del salón de baile imperial. Poco después, descubriría también el cenador con su galería de trovadores y su orquesta de baile británica.
Su habitación tenía vistas al barrio de las legaciones, que se hallaba protegido por una línea de soldados de la Marina estadounidense uniformados de azul. Más allá del barrio, Wallis podía ver la antigua muralla tártara, con sus atalayas en forma de L y sus puertas llenas de adornos, y las brillantes tejas azules del Templo del Cielo. A cada hora sonaban las campanas de acero de la antigua Torre de Kublai Khan, y a las cuatro de la tarde, según una tradición sagrada, se soltaban mil palomas de unas cestas de mimbre hacia el cielo azul hielo del invierno chino; las diminutas flautas de bambú sujetas bajo las alas de las aves producían un sonido lastimero y sobrecogedor.
Mientras estuvo en Pekín, Wallis mantuvo un romance con Alberto da Zara, el agregado naval de la embajada italiana, un hombre de treinta y cinco años, rubio y afablemente atractivo. Da Zara era descendiente de un largo linaje de oficiales de caballería, de los que había heredado sus modales galantes y valientes, así como un profundo conocimiento y cariño por los caballos. Wallis lo conoció en el recinto de la embajada durante una de las recepciones que tenían lugar todos los viernes por la noche.
Bien educado y con grandes conocimientos de varias lenguas, le habían enviado todos los veranos de su juventud al extranjero, donde había trenzado una red de contactos internacionales. En 1907 había cumplido su sueño de adolescencia alistándose en la academia naval de Annapolis, lugar en el que había conocido y trabado amistad con Earl Winfield Spencer.
En mayo de 1922, se le asignó el mando de un buque, el Carlotto, amarrado en Hankou (China); zarpó para Shanghái en noviembre de ese año.
Sus memorias[7] contienen vívidas descripciones de misiones militares a lo largo del río Yangtsé y de la vida social en la China de la época.
Había asumido el puesto de agregado naval en Pekín unos meses antes de que Wallis llegara allí, en la primavera de 1924. En su obra, observaba: «La perspectiva de estar al mando de un cuartel y de desempeñar el cargo de agregado naval, militar y de aviación en un país que no contaba con marina ni fuerzas aéreas, y que tenía un ejército de milicia feudal, no me atraía». Su verdadera pasión eran los caballos, así que Wallis le acompañaba entusiasta al hipódromo. A ella en realidad no le interesaban los caballos; pero, como siempre, sabía lo que hacía. Él escribió en sus memorias: «El invierno de 1924-1925 resultó ser una gran temporada para los participantes italianos de los concursos hípicos de Pekín […]. Sin distinción de edad o sexo, profesión o estatus social, todo el mundo animaba a alguien: ya se tratara de un caballo o de un jinete, de un atleta o de un equipo, de un club o de una ciudad; ministros y cónsules, funcionarios de aduanas, directores de bancos, empresarios, grandes damas y jóvenes bellezas». Y añadía galante: «Entre estas últimas, una de las aficionadas que estaba presente con mayor frecuencia era la señora Wallis Spencer. En aquella época llevaba un corte de pelo clásico que resaltaba la belleza de su frente y sus ojos, dejando, como dirían los estadounidenses, la frente despejada, o llevando el pelo retirado, como diría yo más bien, al que se ha mantenido fiel hasta el presente. Ya entonces expresaba una preferencia por el color que se ha hecho famoso como “azul Wallis”. Hacía juego con sus ojos».
Wallis quedó profundamente fascinada por Da Zara. Era un poeta, y adicto a D’Annunzio, a cuyas obras la introdujo. Autoritario como comandante, era también discreto y generoso. A Wallis le encantaba su espíritu, tan orgulloso, independiente e indómito. Su ayudante en China, el teniente Giuseppe Pighini (ahora almirante ya retirado), recuerda vívidamente el idilio de Da Zara con Wallis:
La señora Simpson y Da Zara mantuvieron una relación
muy estrecha que empezó en amor y acabó en una amistad duradera. Da Zara solía decir de ella que, a pesar de que no era hermosa, resultaba extremadamente atractiva y tenía unos gustos muy refinados y cultos. Su conversación era brillante y tenía la habilidad de sacarle siempre el tema apropiado a cualquiera con quien se relacionara y de entretenerlo de esta forma. Su gran conversación y su profundo conocimiento y cariño por los caballos eran cosas que compartía con Da Zara.
En poco tiempo el idilio se enfrió, pero Wallis siguió llevándose bien con Da Zara. Pighini recuerda que este llevó durante años allá adonde fuera una fotografía de ella dedicada en la que ponía: «Para ti, de Wally». En 1938, cuando el buque de Da Zara, el Montecuccoli, atracó en Melbourne, un periodista que estaba husmeando en su camarote encontró la fotografía y publicó una historia en el diario Age al día siguiente. Da Zara estaba furioso.
Alberto da Zara cimentó sin duda el amor de Wallis por Italia y su convencimiento del valor del fascismo como único modo posible de obstaculizar el comunismo, algo que ella, a su vez, pronto transmitiría al príncipe de Gales.
Wallis descubrió la Ciudad Imperial amarilla, la Ciudad Prohibida violeta, y la belleza, propia de un cuento de hadas, de los palacios construidos sobre lagos helados salpicados de hojas de loto congeladas sobre los que cruzaban puentes de mármol. Ella portaba cartas de presentación para la inteligencia francesa y los oficiales alemanes que combatían la influencia soviética en la región, y también para el elegante esteta y arquitecto Georges Sebastian, un rumano que había sido educado en Londres y París. Uno de sus pretendientes de los días de París, Gerry Green, era el enlace de la inteligencia en el consulado estadounidense y la llevó a bailar al cenador del Grand Hôtel de Pekín. Una noche Wallis reconoció una cara familiar entre el resto de parejas que bailaban en el hotel: Katherine Bigelow, ahora Katherine Rogers, la joven viuda que había sido amiga de ella en Coronado, en el sur de California, unos seis años antes. El marido de Katherine, Herman Rogers, era un oficial de la inteligencia estadounidense agregado a la embajada (dato que ha sido confirmado por su familia). Rogers era el típico ejemplo de un hombre que lo tenía todo; su único defecto era ser poco convincente como novelista. Era hijo del millonario magnate ferroviario Archibald Rogers, cuya propiedad, Crumwold Hall, distaba dos casas de la de Franklin D. Roosevelt en Hyde Park (Nueva York). Alto, atractivo y atlético, Rogers había sido educado en Groton y Yale. Se había jubilado a la edad de treinta y cinco años y, después de casarse con Katherine, a quien había conocido en Francia durante la Primera Guerra Mundial, había decidido dedicar toda su vida a viajar, al ocio, a intentar escribir «la gran novela americana» y a adquirir cultura.
Siguiendo la tradición habitual de los contactos de la inteligencia, los Rogers hospedaron a Wallis en su casa, ubicada en el número 4 de Shih Chia Huting, en el barrio de las legaciones. Hicieron todo lo posible para que ella se sintiera como en su casa; disponía de su propia calesa tirada por un hombre y de su propia doncella. En los fines de semana, Herman y Katherine la llevaban al templo budista que tenían alquilado al pie de las montañas y que también hacía las veces de puesto de vigilancia sobre las tropas del general Feng. Wallis les acompañaba a montar a caballo y a jugar al póquer, al bridge y al inevitable mahjongg. Sin embargo, los detalles de su estancia no fueron tan idílicos como ella afirmaría más tarde.
Según una amiga de Wallis, se vio involucrada en un extraño ménage à trois con Herman y Katherine, lo que creó gran tensión y discrepancias, a las que siguieron las discusiones; los celos mutuos y los conflictos de sentimientos la deprimieron profundamente.
Y además estaba la guerra. Tiros, explosiones, incendios y los gritos de hombres y mujeres perfectamente audibles desde el barrio de las legaciones. Sun Yat-sen llegó el día de Nochevieja, aquejado mortalmente de un cáncer de hígado; su grave situación hizo cancelar los planes del golpe de Estado y se vio obligado a firmar una tregua precaria con el general Feng desde su agónica convalecencia en un hospital. Existía el temor de que, cuando falleciera, China se desintegrara en una espiral de violencia sin sentido, y que solo la figura en auge del militar Chiang Kai-shek ofrecería algo de esperanza a la idea de crear un gobierno estable. Cuando Sun Yat-sen murió el 11 de marzo, Pekín se sumió en el duelo. En las almenas ondeaban crespones negros y llegaron representaciones de todos los rincones del mundo civilizado para presentar sus últimos respetos.
El frío de Pekín era casi insoportable. El único calor en la casa de los Rogers provenía de unos braseros de cobre, cuyo carbón, débilmente encendido, apenas aliviaba el frío y encima llenaba las habitaciones de unos humos acres y desagradables. El conductor de calesa favorito de Wallis fue atropellado por un coche, y en abril se produjeron estallidos de violencia que recordaban a los producidos anteriormente en Shanghái. Pero el peor problema con el que tuvo que lidiar Wallis residía en ella misma. La tensión que le producía su relación con Herman había llegado a ser insoportable. Ni siquiera las atenciones de Alberto da Zara le satisfacían. No le quedó más alternativa que intentar marcharse lo antes posible.
Cuando Wallis regresó a Hong Kong en tren el 21 de marzo, Win acababa de dejar el Pampanga y estaba a punto de asumir el mando del Whipple, fondeado en Shanghái, que se encontraba en ruta hacia Estados Unidos. Ambos intentaron arreglar su relación una vez más y el día 23 comenzaron una luna de miel en un ambiente no muy distinto del de su trabajo habitual, a bordo del President Grant en viaje a Shanghái. Que ella se encontraba bajo órdenes especiales, del contraalmirante C. V. McVay de la flota del sur de China, lo deja claro el hecho de que las mujeres de marinos, así como el resto de civiles, tenían prohibida la entrada en Shanghái en aquel momento. Gran parte de la ciudad había sido ocupada tras un conflicto violento en el que las tropas del mariscal Chi Hsieh-yuan habían vencido a las del mariscal Cheng, lo que hizo salir de la ciudad a 12 000 de sus partidarios, a los que llevaron hasta el asentamiento internacional. Cuando el Cuerpo de Voluntarios de Shanghái entró en combate con la milicia Chi, las alcantarillas volvieron a inundarse de sangre, y el trayecto del muelle al barrio en el que se alojaban Wallis y Win resultó excesivamente peligroso.
El 23 de mayo se produjo un incidente en la ciudad que puso en peligro a Wallis y a todo estadounidense que se encontrara allí. Tres meses antes, los molineros chinos que se encontraban bajo dirección japonesa se habían puesto en huelga; el consiguiente conflicto entre los trabajadores y los patronos acabó de forma violenta. Ahora, los trabajadores volvían a la carga; armados con palos y pistolas, unos y otros se involucraron en una terrible batalla en la que un trabajador resultó muerto y siete heridos. El Consejo Municipal de Shanghái, bajo control británico, no solo no sancionó a los japoneses sino que además arrestó a los huelguistas. Tras el funeral por el trabajador asesinado, se produjo una manifestación de tres mil estudiantes. Un oficial británico al mando ordenó a miembros de la milicia india sij que dispararan a la multitud; once estudiantes chinos fallecieron y otros treinta y cinco resultaron heridos. Los hechos tuvieron como resultado un estallido xenófobo sin precedentes a lo largo y ancho de la nación, así como una huelga general. En Hankou, el 10 y el 11 de junio, las tropas británicas y japonesas mataron a quince chinos e hirieron a un centenar. Y el día 23 los británicos asesinaron o hirieron a otros tantos centenares en la isla Shamian y el Pampanga fue bombardeado desde la costa. Para aquel entonces, Win ya había zarpado hacia Estados Unidos como capitán del Whipple, mientras Wallis se quedaba varada en Shanghái, incapaz de salir de allí durante semanas y sujeta, como correo que era, a la posibilidad de ser secuestrada o asesinada por militantes comunistas en cualquier momento.
Mientras estaba allí, conoció y mantuvo una relación romántica con otro guapo fascista, el conde de veintiún años Galeazzo Ciano, temperamental, altivo y firme seguidor de Mussolini. Su padre, el almirante Ciano, había participado en la famosa Marcha sobre Roma y se encontraba entre las figuras involucradas en el asesinato del político antifascista Matteotti. Años más tarde, Galeazzo Ciano llegaría a ser ministro de Asuntos Exteriores italiano. Fascinado por China, el conde se encontraba en viaje de reconocimiento hacia Pekín. En aquel entonces, era aún estudiante en Roma; en 1927 ya sería vicecónsul.
Según la señora Milton E. Miles, cuyo marido era un oficial del Pampanga que más tarde llegaría a ser almirante, «Wallis subió la costa hasta Qinhuangdao, el bello complejo turístico donde la Gran Muralla china llega al mar. Ciano bajó desde Pekín para pasar mucho tiempo con ella allí. Era el cotilleo entre las mujeres de los marinos en Hong Kong; era un escándalo público». Wallis se quedó embarazada de Ciano. Como aún estaba casada con Win, de haber dado a luz a un hijo concebido fuera del vínculo matrimonial se habrían destruido sus opciones de conseguir un divorcio equitativo y habría supuesto una desgracia tan grande que él podría haber sido expulsado de la Marina. Según la señora Miles, Wallis intentó que le fuera practicado un aborto, lo que le impidió para siempre volver a tener hijos y le provocó problemas ginecológicos graves que la persiguieron durante el resto de su vida. La señora Miles recuerda que, cuando ella llegó a Hong Kong para reunirse con su marido, él le dijo que Wallis había pasado por el ala de ginecología del Hospital Femenino.
Wallis regresó a Shanghái en el Empress of Canada para recuperarse. La huelga continuaba, aunque se permitía que los barcos estadounidenses entraran y salieran del puerto. Bajo una tormenta inclemente, el 29 de agosto Wallis zarpó, en malas condiciones de salud, en un camarote de primera clase del President McKinley, de Dollar Lines, hacia Seattle, pasando por Kobe, Yokohama y Honolulú. Cuando llegó a su destino el 8 de septiembre, ingresó inmediatamente en el hospital.
Mientras tanto, Win había dejado el mando del Whipple y estaba a punto de asumir en Hampton Roads el del buque de la Marina estadounidense Wright, con el que lideraría un escuadrón de torpederos. Wallis se mantuvo en contacto con él; preocupado por su salud, aunque aparentemente no conocía el origen de su enfermedad, se encontró con ella en Chicago y ambos hicieron un nuevo intento de reconciliación. Regresaron juntos a Washington en tren a mediados de septiembre; pronto, Win fue trasladado al Wright. Quedaron como amigos.
Win, al igual que Wallis, había establecido lazos importantes con la administración Mussolini. Ese otoño había recibido al piloto italiano Italo Balbo, uno de los primeros líderes fascistas y socio de Ciano, quien en aquel momento estaba organizando las Fuerzas Aéreas de Mussolini. Balbo había estado a cargo de la milicia de las Camisas Negras y junto al padre de Ciano había sido uno de los líderes de la Marcha sobre Roma. Su amistad con Win se mantuvo hasta su muerte en 1940, cuando fue derribado por el fuego amigo de un puesto de artillería italiana en Tobruk. En 1936 Win recibió la gran condecoración de la Orden de la Corona de Italia por su ayuda a Mussolini en asuntos relacionados con las Fuerzas Aéreas italianas.
Wallis se quedó con su madre en Washington durante tres semanas, recuperándose lentamente. De vez en cuando, viajaba a Wakefield Manor (Front Royal), que apenas había cambiado desde los días de su infancia. Su prima Lelia vivía allí con su marido, el general George Barnett, que acababa de retirarse tras pasar once años en San Francisco como comandante de los marines del Pacífico. Los Barnett se hicieron cargo de Wallis; la pusieron en contacto con su hábil abogado, Aubrey Kingfish Weaver, de Weaver & Armstrong, Front Royal.
Weaver le dijo a Wallis que en Warrenton, al otro lado de las montañas Blue Ridge, en el condado de Fauquier (Virginia), se podían obtener con facilidad los divorcios si existía abandono del marido. No sería difícil conseguir que Win le escribiera una carta, con fecha de junio de 1924, en la que afirmara que no quería volver a vivir con ella. El papel de la carta llevaría el membrete del Pampanga.
Tendría que establecer su residencia en Warrenton durante al menos un año, y nunca podría dejar la ciudad por un plazo mayor de algunas semanas. Wallis escuchó con atención, pero le entró un ataque de nostalgia e hizo un nuevo esfuerzo por arreglar el matrimonio. Escribió a Win al Wright; se encontraron en el despacho de Aubrey Weaver en Front Royal. Él le dijo a Wallis que quería ser libre.
Resignada, Wallis viajó a Warrenton el 3 de octubre de 1925. La ciudad estaba cerca de Middleburg, donde había estado en los años de Burrland, en el corazón de la región más aficionada a la caza del zorro. Los concursos hípicos eran los principales actos sociales de la comunidad. Las conversaciones giraban en torno a las razas de los caballos y sus sillas de montar.
Wallis se alojó en Oakwood, la mansión histórica de la señora Sterling Larrabee, propietaria de caballos y de gran relevancia social. Las presentaciones las había hecho Corinne Mustin, quien, tras el fallecimiento en el mar de Henry C. Mustin, acababa de casarse con el capitán George Murray. Después de varias semanas, Wallis se mudó al hotel Warren Green, de cincuenta años de antigüedad, un edificio de ladrillo rojo a imitación del estilo colonial que tenía una galería de dos pisos y un porche acristalado. Aunque el alojamiento había conocido días mejores, aún mantenía, con sus lujosos sillones, sus tiestos de helechos y su vestíbulo decorado con papel de pared estampado de flores, un anticuado encanto victoriano. Wallis se alojó en la habitación 212, en el segundo piso, que tenía vistas a la plaza y al Fauquier National Bank. El mobiliario era soso; había una cama, un tocador, una jarra de agua y una palangana metálicos, y un sillón de cuero agrietado; el gerente le dio permiso para que lo mandara tapizar, dado que iba a permanecer allí un tiempo. Cuando sacó del equipaje sus cajas, sus elefantes y su biombo, se sintió un poco mejor.
Wallis se encontraba lo suficientemente cerca de los escenarios de su vida anterior como para encontrar amigos de otras épocas. Phoebe Randolph, que había sido compañera suya en Arundell, se había convertido en la señora de Henry Poole, una celebridad local, y Florence Campbell, que había sido amiga suya y de Mary Kirk en Oldfields, era ahora la señora de Edward Russell y un miembro destacado de la alta sociedad. Ambas la recibieron en sus hogares. Wallis se puso también al día con el atractivo Lloyd Tabb, uno de sus antiguos pretendientes, y con Lewis Allen, el médico que había atendido su parto y que ahora presumía de yeguas y caballos castrados que ganaban los concursos hípicos de Warrenton.
Durante la Navidad de 1926, Wallis respondió a una invitación de su antigua amiga Mary Raffray y su marido Jacques, quienes le ofrecían alojarse con ellos en su casa de Washington Square (Nueva York). Su decisión de aceptar el viaje tuvo como consecuencia un encuentro que iba a cambiar su vida y a propulsarla a su aventura más peligrosa hasta la fecha.