La señora Simpson : las vidas secretas de la duquesa de Windsor, la mujer que estuvo a punto de arruinar la monarquía

1 una Infancia en Baltimore

 

 

En el mundo en el que nació, fuera de un vínculo matrimonial, Bessie Wallis

Warfield, un 19 de junio de 1895[1], no existían los aviones, la radio, la televisión, el cine, los automóviles, el impuesto sobre la renta, las cadenas comerciales, los supermercados, las cafeterías, las copas de helado, los crucigramas ni los trajes de baño. Casi todo el mundo asistía a misa los domingos. El correo se repartía a caballo o en carruaje, y los herreros aún clavaban herraduras; Estados Unidos tenía menos de 75 millones de habitantes y gran parte de la nación respiraba un ambiente de frontera.

Por aquel entonces, el país se recuperaba dolorosamente de una desastrosa depresión. El Nuevo Mundo, en épocas anteriores boyante y descarado, llevaba tiempo ahogado por un velo de penumbra. Las principales causas del pánico de 1893, en el que liquidaron sus acciones millones de personas y quebraron bancos por docenas, fueron los excesos de expansión y de confianza, y las inversiones desenfrenadas de los magnates conocidos como robber barons («barones ladrones»). El presidente Grover Cleveland pareció incapaz de encontrar un modo de corregir la situación, y menos aún de solucionarla; el Tesoro tuvo que esforzarse mucho para detener la constante fuga de oro.

Aun así, el remanso de Baltimore, antaño elegante, en el que vivía la familia de Wallis mostraba pocos signos evidentes de aflicción. Los Warfield tenían su domicilio en el número 34 de East Preston Street, una casa adosada y estrecha de cuatro pisos edificada en ladrillo gris de Maryland. La cocina se encontraba en el sótano; la sala de estar, a resguardo de miradas atrevidas mediante visillos de encaje irlandés hechos a mano y cortinas de satén granates, en la planta baja; en la parte trasera había un comedor flanqueado por aparadores de caoba africana; la biblioteca estaba en el primer piso; los dormitorios de la familia, en el segundo; y los cuartos de los sirvientes, en la parte superior de la casa.

La matriarca del clan era Anna Emory, viuda de Warfield. Tenía sesenta y tantos años y el pelo blanco como la nieve, cardado y fijado en la coronilla con una peineta lacada negra.

Su única compañía, además de su cocinero, sirvientas y mayordomo — todos ellos hacendosos y severamente disciplinados—, era Solomon, su hijo soltero. Los otros tres ya se habían mudado: dos de ellos, Emory y Henry, para casarse; y uno, Teackle, para vivir en un pequeño apartamento.

Las propiedades de Solomon Warfield, entre las que se incluían sus espléndidas fincas Manor Glen (donde cazaba), Mount Eyrie, Mount Prospect y Parker-Watters Place, de 44 hectáreas y que contaba con un aviario de cien especies raras, aún mantenían barracones de esclavos, donde los negros se alojaban en condiciones deficientes. Aunque, aparentemente, Solomon era un pilar de rectitud —con su cabello negro bien cortado y la raya cuidadosamente marcada, su rostro anguloso y su bigote arreglado, su imponente y erguida presencia, sus trajes hechos a mano y sus guantes de gamuza—, en realidad era frío, arrogante y desdeñoso, siguiendo la tradición de los Warfield. A pesar de ello, se rumoreaba que este elegante caballero de Baltimore era de lo más lascivo en privado y que había pocas mujeres a las que pusiera el ojo encima que consiguieran escapar a sus insinuaciones, ya estuvieran casadas o solteras. Su lista de queridas entre actrices y cantantes de opereta de Nueva York, donde poseía un apartamento que le servía de escondite en la Quinta Avenida, era un escándalo público.

El hijo más joven de Anna Warfield (también tenía dos hijas casadas que vivían en Baltimore) era Teackle Wallis. Este constituía una anomalía en el clan. No es que fuera una oveja negra —algo que los Warfield podrían haber soportado, enviándole a Canadá o a California—, sino algo imperdonablemente antiamericano: era enclenque, no poseía habilidad atlética alguna e incluso se vio obligado a abandonar la universidad a causa de su pobre salud. La raza genética de los Warfield, habitualmente robusta, se tambaleó cuando un ya deteriorado Henry Mactier, a la edad de sesenta y dos años, engendró a este calamitoso niño.

A los dieciocho años, Teackle enfermó de tuberculosis. En lugar de enviar al chico a un sanatorio caro, su hermano Sol insistió en que debía aprender el negocio bancario desde cero. Obligó a Teackle a trabajar duro como oficinista, con visera verde y manguitos de cuero, en Continental Trust, mientras sus hermanos ya eran ejecutivos de seguros en nómina de Henry Mactier Warfield II.

En aquella época, este tipo de pacientes tenía prohibido cohabitar con mujeres. El benévolo médico de la familia, el doctor Leonard E. Neale, seguramente debió de aconsejar al joven el celibato. Pero a los veinticinco años Teackle cometió el error de enamorarse; en algún momento de principios de la década de 1890 conoció a la hermosa Alice Montague. De veinticuatro años, cabello dorado, alegre y adorable, su abolengo, al igual que el de los Warfield, se remontaba hasta los normandos de la época de Guillermo I el Conquistador. Ella siempre reivindicó que ambas familias descendían de caballeros pertenecientes al ejército que invadió Inglaterra. Alice era hija de William y Mary Anne Montague, un agente de seguros y su mujer, que vivían en el número 711 de St. Paul Street.

Dado que, viniendo de un tísico, incluso un beso se consideraba peligroso, posiblemente causa de muerte, Alice necesitó todo su joven coraje para iniciar una relación romántica con su amante. Él no pareció preocuparse mucho de las consecuencias que esto tendría para su pareja, pero el hecho es que ella no contrajo la enfermedad. De algún modo, en hoteles baratos o parques nocturnos, escaparon a los vigilantes ojos de sus familias y consumaron su relación. Y, para rematarla, Alice se quedó embarazada. El doctor Neale llegó a esa conclusión dos meses después de la concepción.

En una familia anglicana, un nacimiento fuera del vínculo matrimonial se consideraba un desastre. Significaba una potencial deshonra, la ruina social y la posibilidad de expulsión. Y ni los Warfield ni los Montague querían arriesgarse a un escándalo así. El niño no debía nacer en Baltimore y ni su nombre, ni el del padre o la madre debían aparecer en la historia familiar oficial de los Warfield, que se estaba escribiendo en ese momento y que se acabaría publicando finalmente en 1905. Tampoco podrían encargarse del parto el doctor Neale ni el primo Mactier, también médico.

En los primeros meses de 1895, la joven pareja partió hacia Blue Ridge Summit, un destino de vacaciones muy popular asentado en las montañas que separan Pensilvania de Maryland. Este exilio ignominioso se excusó alegando que el lugar era bueno para los enfermos de tuberculosis. El dinero de los Warfield aseguró que no se hiciera mención del embarazo de Alice ni del nacimiento del niño en los periódicos de Blue Ridge o Baltimore. Alice no podría salir nunca a la calle durante el tiempo que durara la estancia.

Blue Ridge Summit había crecido considerablemente como centro de salud y balneario desde que el ferrocarril había llegado allí en 1884. Cuando la locomotora de vapor alcanzó la estación dando resoplidos en aquel día de primavera de 1895, Teackle y Alice fueron recogidos en un carruaje tirado por cuatro caballos blancos que les transportó a su nuevo hogar, una cabaña del Monterey Inn conocida como Square Cottage. Era tan satisfactoria desde el punto de vista arquitectónico como una caseta de perro. La pequeña población ofrecía bailes iluminados por faroles chinos las noches de los sábados, excursiones a caballo y paseos de chisteras y sombrillas los domingos, pero la pareja no pudo disfrutar de ninguno de estos placeres.

El 19 de junio de 1895[2], Alice sintió las primeras contracciones. El doctor Lewis Miles Allen, un estudiante de posgrado del doctor Neale, se acercó en tren desde Baltimore para asegurarse de que todo fuera bien en el parto y no se produjera ningún escándalo. Al ver al bebé, el doctor Allen dijo: «Está bien. Déjala llorar. Le vendrá bien». No exclamó —y se pasó gran parte de su vida negando haberlo hecho—: «¡Esta niña es digna de un rey!».

El nacimiento del bebé no solo fue el primer advenimiento en la casa de los Warfield o de los Montague que no apareció reflejado en prensa, sino que

la niña, llamada Bessie Wallis[3] Warfield, fue el primer miembro de los Warfield que no fue bautizado. Los consejeros anglicanos de la familia decidieron no permitir el sacramento; haber nacido fuera del vínculo matrimonial era una razón suficiente, según confirman las autoridades eclesiásticas de Baltimore, para tan grave veredicto. Cuando Wallis quiso recibir la confirmación en la Iglesia de Cristo, en Baltimore, el 17 de abril de 1910, se falsificó su partida de bautismo a fin de que la niña pudiera ser confirmada pero, como consecuencia de no haber sido bautizada, dos de sus tres matrimonios, incluido el que la unió en 1937 al duque de Windsor, se consideraron nulos desde el punto de vista religioso. A los ojos de la Iglesia, sufriría condena eterna.

Finalmente, diecisiete meses después del nacimiento de Wallis, se concertó el matrimonio de Teackle y Alice, que bajo ninguna circunstancia podría celebrarse en una iglesia. Y si esto era ya una desgracia en sí mismo — a ningún Warfield o Montague que se casara por primera vez se le había negado nunca una boda religiosa—, tampoco podría haber dote ni ajuar, ni la boda podría ser oficiada por autoridad municipal alguna, ni realizarse una ceremonia en el hogar de una u otra familia. La solución acabó siendo celebrar la ceremonia en la sala de estar de la casa del párroco anglicano, el reverendo Ernest Smith, que dejó de lado sus escrúpulos a fin de llevar a cabo tan desagradable tarea. La boda tuvo lugar el 19 de noviembre de 1896. Alice llevó puesto un vestido de cóctel de seda verde con ribete de piel de marta y sombrero y guantes a juego, y en las manos un pequeño ramillete de violetas; el novio, un sencillo traje gris. No acudió ninguno de sus parientes; no hubo padrino ni dama de honor; y, contraviniendo la tradición, nadie acompañó a la novia. Tampoco hubo celebración ni luna de miel.

La infeliz pareja se instaló primero en la habitación alquilada por Teackle en el número 28 de Hopkins Place, y desde allí se mudaron al hotel residencial Brixton, una pensión familiar venida a menos situada en Park Avenue, en la que alquilaban habitaciones por un dólar y medio a la semana. Allí, el frágil muchacho, a menudo postrado, desfallecido y sofocado por efecto de la fiebre, sin duda fue objeto de las preocupadas miradas del resto de los huéspedes. Resulta imposible saber cómo pudo sentirse Alice. Criar a un bebé mientras atendía a un marido que tenía los días contados, cuya tos podría causar tanto la muerte de la niña como la suya propia, le hacía afrontar cada día con un miedo y una ansiedad que ni siquiera su carácter, tan tozudamente alegre y optimista, era capaz de disipar.

Los Warfield cerraron filas. Se tomó la decisión de que padres y niña viajaran, es de suponer que de incógnito, a la casa de la madre de Teackle, situada en el número 34 de East Preston Street, lo que hicieron en cuanto Alice se hubo recobrado lo suficiente como para tomar el tren. Teackle aguantó tan solo seis meses más, murió en noviembre de 1897. Justo antes de fallecer, pidió ver una fotografía de Wallis; no se le permitía tocar ni besar a la niña.

Encorsetada y almidonada, obsesionada con sus importantes posesiones, Anna Emory Warfield siguió siendo una déspota. Cuando Wallis tenía cinco años, levantaba a la niña al alba con los adultos para que rezara. El desayuno se anunciaba a las ocho haciendo sonar un gong indio de latón. Inmediatamente después, la señora Warfield llamaba a su personal de servicio, formado por seis sirvientas ataviadas con mandil y cofia, y las instruía sobre sus tareas domésticas. La señora Warfield llevaba siempre encima una cadena con llaves; si una criada deseaba sacar la ropa de cama de un armario o ir a buscar las conservas de temporada, debía solicitar formalmente el uso de la llave. Cada noche, exactamente a la misma hora, el tío Solomon volvía e inspeccionaba las habitaciones para ver si había polvo, desorden o cualquier otra prueba de incompetencia. A veces el tío Henry y la tía Rebecca pasaban a visitarlas desde la puerta de al lado y esta miraba a la niña con sus grandes e impacientes ojos violetas.

Wallis era una niña extrovertida, traviesa y optimista. Alice la adoraba; la fotografiaba cada semana según iba creciendo, con lo que para 1900 en la habitación de la abuela había más de trescientas fotos de la pequeña. La llamaba la Colección Wallis, jugando con el nombre de la famosa galería de arte londinense. Wallis era una Warfield: había nacido esnob. Según Cleveland Amory, llamó a sus primeras muñecas Señora Astor y Señora Vanderbilt, como las reinas de la alta sociedad neoyorquina del momento. Sus primeras lecturas versaron sobre moda, teatro, lugares elegantes y monarcas ingleses. Se comportaba desde niña como si fuera una soberana: en lugar de decir «mami», decía «a mí».

El ambiente en el número 34 de East Preston Street le resultaba tenso y desagradable a Alice Montague Warfield. El tío Sol nunca dejaba de recordarle que vivía de la caridad, pero al mismo tiempo le dedicaba miradas lascivas a su joven y voluptuoso cuerpo. En 1901 Alice se marchó, llevándose a Wallis con ella y mudándose de nuevo al hotel residencial Brixton.

La escasa asignación que recibía del tío Sol no cubría las facturas del hotel, así que Alice tuvo que ponerse a trabajar. No sabía mecanografiar ni realizar tareas de contabilidad; tan solo tenía habilidad como modista. Se unió a Women’s Exchange, una organización caritativa en la que se ocupaba de arreglar ropa infantil recibiendo a cambio unos pequeños honorarios. Al menos, así podía confeccionar los vestidos de Wallis en la máquina de coser del trabajo durante su hora del almuerzo.

En 1902, Bessie, la hermana de Alice, llegó al rescate. Bessie era cálida, dulce y regordeta, y se había quedado viuda el año anterior cuando su marido, un subastador llamado David B. Merryman, había muerto repentinamente de neumonía a la edad de cuarenta y tres años. Como empezó a sentirse sola en su gran casa de ladrillo, situada en el número 9 de West Chase Street, y adoraba a Alice y Wallis, les hizo un acogedor hueco en su casa.

Ese mismo año, Wallis comenzó a asistir al jardín de infancia de la señorita Ada O’Donnell, ubicado en el número 2812 de Elliott Street. Allí empezó a emerger el carácter de la niña. Estaba decidida a ser la primera en todo. Solo tenía siete años cuando la señorita O’Donnell preguntó a la clase: «¿Quién intentó volar el Parlamento de Londres?». Un niño que estaba sentado detrás de Wallis saltó de su pupitre gritando «¡Guy Fawkes!» justo en el momento en el que ella iba a dar la misma respuesta correcta. Furiosa, le golpeó en la cabeza con su caja de lápices de madera.

La señora de Edward D. Whitman, de soltera Susan Waters White, de noventa y cuatro años e hija del dueño de una destilería, recuerda muy bien cómo era Wallis en el jardín de infancia:

Armaba más barullo que un grupo de monos. ¡Madre mía!

Era brillante, más que ninguno de nosotros. Se propuso ser la mejor de la clase y lo consiguió. Era pobre, eso sí. Los Warfield no tenían nada. ¿Que tenían sirvientes? Bueno, cualquiera podía permitírselos. Pero no tenían dinero, ni un penique. A ella le

encantaba el campo. Se quedaba en nuestras fincas, Robinswood y Knowleboth, que aún siguen en pie. Y se lo pasaba muy bien con nosotros, que éramos once niños. Le encantaba jugar a las tabas. Y por la noche se emocionaba con las luciérnagas. Le gustaba mucho una historia que contábamos a propósito de una vez que había venido un lord inglés a pasar unos días y al verlas dijo: «Oh, mirad todas esas luces, ¿de dónde vendrán?». A lo que mi abuelo le contestó: «¿No nos quedan más julepes de menta?».

En 1906, Alice volvió a East Preston Street, dejando a Bessie a cargo de Wallis. Dos años más tarde se mudó de nuevo, con Wallis, a los apartamentos Preston y empezó a alquilar habitaciones: un escándalo inconcebible en la sociedad de Baltimore, especialmente desde que comenzó a arrendárselas a estudiantes varones jóvenes y atractivos, entre los que figuraron, durante una época, sus primos Montague. Era poco estricta a la hora de cobrar los alquileres, tan poco que acababa teniendo dificultades para pagar el suyo propio; y de forma demasiado generosa obsequiaba a sus inquilinos de modo gratuito con comidas caras, como tortuga al estilo de Maryland o langosta a la Cardinal.

Enseñó a Wallis a cocinar; la niña, brillante y charlatana, era capaz de elaborar una tarta Lady Baltimore o una tarta de nueces a los diez años, y que el cielo ayudara a cualquiera que intentara impedírselo o que no se relamiera ante sus esfuerzos. Uno de los inquilinos, el joven Charles E. Bove, un estudiante de Medicina, recordaba años más tarde que Wallis siempre estaba trajinando en la cocina, preocupándose por los fogones y los platos. Solía llevar su cabello negro peinado hacia atrás en elaboradas trenzas. A causa de eso y de sus rasgos afilados y de pómulos prominentes, este la apodó «la india» o «Minnehaha». Ella creía la historia que le contaba su madre de que era, por el lado de los Warfield, descendiente indirecta de la princesa india Pocahontas.

A los diez años, Wallis empezó a asistir a la elegante escuela femenina Arundell, ubicada en el número 714 de St. Paul Street, apenas unas casas más allá de la de sus abuelos maternos. Cuando los otros alumnos se reían de ella porque su madre alojaba inquilinos, ella les pateaba con sus pesadas botas.

La directora de Arundell era una tal señorita Carroll. Wallis solía desacatar su autoridad, ganándose al mismo tiempo la reputación de impertinente y la de altiva. También decía tacos, para estupefacción de sus profesores. Aunque recibió bofetadas, tanto en el colegio como en casa, Wallis siguió siendo orgullosa, cabezota e incorregible. Se esforzaba muchísimo en todo, desde el baloncesto a la costura, pasando por la cocina o las lecciones de Historia. Aunque no era guapa, y sí propensa a dolores de cabeza y desmayos de lo más teatrales cuando la atención se apartaba de ella, era popular gracias a su entusiasmo, vitalidad y encanto. Debido a su cuerpo, anguloso y fuerte, sus hombros de chico, su pelo y su cara «de india» y su prominente barbilla, era, según uno de sus compañeros, diferente a las otras chicas, «especial». Siempre inmaculadamente acicalada, sabía que cualquier relajación en su conducta le haría ganarse un golpe con un cepillo de pelo o un chapuzón en un baño helado. Sus lápices siempre estaban afiladísimos. Nunca se la vio mascando chicle o dejando las manzanas a medio comer. Siempre llevaba las blusas y las faldas plisadas inmaculadamente planchadas.

Ni siquiera su intimidante tío Sol la ponía nerviosa. Sabiendo lo mucho que ella odiaba las matemáticas, la sometía a un examen cada domingo por la noche en East Preston Street. Un día se levantó todo lo alta que era y le soltó: «El cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los catetos». Su tío dejó caer el cuchillo sobre el plato de ternera haciendo un ruido estrepitoso.