La señora Simpson : las vidas secretas de la duquesa de Windsor, la mujer que estuvo a punto de arruinar la monarquía

20 Última Hora de la Tarde y Noche

 

En un decidido esfuerzo por aplazar las acometidas de su avanzada edad, el duque se rindió a las sugerencias de varios de sus amigos y, emulando a Somerset Maugham, viajó a Suiza en más de una ocasión a finales de la década de 1960 para acudir a la Paul Niehans Clinic en Vevey, cerca de Lausana. Aparentemente, la duquesa no se sometió al tratamiento rejuvenecedor de Niehans hasta tiempo después.

Tanto Wallis como el duque se permitían un extraordinario grado de derroche. A finales de la década de 1960, mantenían un servicio de treinta personas; tenían chóferes independientes para llevarlos de compras, y solo los empleados de cocina eran otros siete, y entre ellos había un chef, un ayudante del chef y doncellas que se ocupaban de la limpieza. Cuando llegaban los invitados, eran recibidos por siete lacayos de librea. No es necesario decir que, cuando los miembros del servicio de la casa se dirigían a la duquesa, utilizaban el tratamiento de Su Alteza Real.

En 1969 los duques de Windsor se vieron obligados a poner en venta su querido Molino. La razón no fue únicamente que necesitaran obtener más capital; el viaje de París al campo resultaba excesivamente fatigoso para los entonces ya frágiles duques de Windsor.

El ánimo del duque mejoró con la investidura del príncipe Carlos como príncipe de Gales el 1 de julio de 1969. Él y la duquesa vieron la ceremonia por televisión desde París. Debió de traerle vívidos recuerdos de su propia proclamación en el mismo castillo de Caernarvon, presidida entonces por Winston Churchill.

En octubre de 1971, los duques de Windsor recibieron al emperador Hirohito de Japón junto a su esposa, la emperadora, en la casa del Bois de Boulogne. El duque no le había visto desde 1922, cuando realizó un viaje a Japón. Le mostró al emperador el biombo que le había regalado entonces. Hirohito recordó que en aquella ocasión había sido demasiado joven y demasiado tímido para dirigir una sola palabra al príncipe de Gales. Albin Krebs, del New York Times, retrató afectuosamente esta reunión agradable y relajada.

Para aquel entonces el duque estaba ya en un estado de salud penoso. Cuando el emperador y la emperatriz le visitaron, ya le aquejaba una afonía casi completa. Sus médicos franceses le realizaron una biopsia y descubrieron que tenía un tumor cancerígeno en la laringe. Otra biopsia, realizada el 17 de noviembre, confirmó que el cáncer estaba profundamente arraigado y que ya no se podría operar. Se le daría una serie de tratamientos de cobalto que durarían un total de cuarenta y un días. A pesar de esta terrible noticia, que les dejó tanto a él como a la duquesa conmocionados, el duque seguía siendo tan terco e infantil como siempre, e insistía en fumar un costoso habano tras la cena todos los días. Sus médicos se desesperaban.

Lord Mountbatten fue a visitar al duque en febrero de 1972, cuando la duquesa había ido a Suiza a lo que se describió como una operación, pero muy bien pudo haber sido un tratamiento Niehans. (Algunas fuentes sitúan este encuentro cuatro años antes, en 1968). Según Charles Murphy, el duque se quejó de que Mountbatten no hubiera asistido a su boda. Este le contestó que no había sido invitado. La verdad era, obviamente, que sí había sido invitado, pero que la familia real se había mostrado inflexible y no se lo había permitido. Murphy dice que a medianoche el duque le gruñó a Mountbatten: «Apuesto a que no te has dado cuenta de una cosa: si no hubiera abdicado, ya habría completado un reinado de treinta y seis años, más largo que el de mi padre o el de mi abuelo». Mountbatten se marchó de allí con la convicción de que el duque había enterrado finalmente los últimos rasgos de amargura que pudiera conservar hacia él o hacia su familia en Londres.

En marzo el duque fue operado de una hernia doble en el Hospital Americano de Neuilly. Había perdido mucho peso y ahora apenas llegaba a los cincuenta kilos. Wallis, angustiada, casi no se separaba de su lado. Su constante preocupación por él conmovía a todo aquel que la observaba. A la reina se le dijo que debía visitar a su tío mientras aún estuviera a tiempo. Lady Monckton (sir Walter ya había fallecido) visitó a los duques de Windsor; instó al principal secretario privado de Su Majestad, sir Martin Charteris, a que avisara a la reina de la urgencia de la situación. Isabel debía realizar de todas formas una visita de Estado a París relacionada con la entrada de Gran Bretaña en el Mercado Común.

Inicialmente, la reina se mostró inflexible en cuanto a revisar su agenda para visitar a su tío. Uno de los doctores de Wallis, Jean Thin, llamó al palacio de Buckingham para informar de que el duque no viviría más que unos pocos días. Thin recibió un mensaje telefónico de Christopher Soames, yerno de Churchill y embajador en Francia; Soames advirtió al médico de que el duque debía morir «antes o después de la visita real; pero nunca durante». Era otra muestra de que la realeza buscaba influir incluso en la muerte; del mismo modo, se había deshecho de Jorge V, el abuelo de la reina, antes de que la muerte realmente se lo llevara a fin de que la noticia llegara a tiempo para el cierre de la edición matutina del Times. Cuando Thin se irritó, palacio le envió una nota diciendo: «Usted sabe que se está muriendo. Nosotros sabemos que se está muriendo. Pero NOSOTROS [refiriéndose a la reina] no sabemos que se está muriendo». Y la reina hizo lo inconcebible y modificó su agenda para ir a verle.

Para entonces, el duque ya era alimentado por vía intravenosa. No podía soportar la idea de que Lilibet, el nombre infantil que usaba afectuosamente con la reina cuando esta era niña, le viera en aquellas condiciones, con tubos bajándole de la nariz y un montón de agujas de radio. Exigió al doctor Jean Thin que las enfermeras le quitaran «aquellos malditos aparejos». Thin accedió.

Según Murphy, Thin y Wallis tardaron cerca de cuatro horas en preparar al duque para la visita real. A ella le impresionó su maravilloso control, y él realizó la representación de su vida. Wallis, que hizo una reverencia cuando la reina entró en la habitación, la llevó a la silla en la que se sentaba el duque. Se había vestido cuidadosamente con su chaqueta azul marino de botones de latón, y luchó por esbozar una pequeña y lánguida sonrisa. La reina estaba decidida a no mostrar lo más mínimo la impresión que le había causado su apariencia. Ella también desempeñó su papel de un modo experto. Le habló de forma cálida y consoladora, mientras la duquesa estaba sentada cerca. Entonces, Wallis se retiró para reunirse con el príncipe Felipe y el príncipe Carlos para tomar el té, dejando que la reina y su tío se quedaran a solas. La visita proporcionó al duque un gran placer y alivió de alguna manera su sufrimiento.

El 27 de mayo, según Murphy, el duque le preguntó a su enfermera: «¿Me estoy muriendo?». Ella contestó, con una brusquedad alarmante: «Es lo suficientemente inteligente como para saberlo por sí mismo».

El doctor Arthur Antenucci, el médico preferido del duque, del Hospital Roosevelt de Nueva York, voló a París. El duque fue capaz de sujetar débilmente sus manos. El sábado 28 de mayo, Sydney Johnson le dijo a la escritora británica Ingrid Seward que el duque le había pedido que lo ayudara a ir al escritorio para que pudiera redactar algunas cartas. Johnson añadió:

Le levanté y le senté en su escritorio, pero no podía sujetar la pluma porque temblaba demasiado. Le sugerí que comiera algo —quizá su querida merluza ahumada con huevos revueltos—, pero insistió en que no era comida lo que necesitaba. [Dijo:] «Me están alimentando por vía intravenosa, Sydney. Pero todo eso ya está superado, y no quiero nada más. No me apetece nada […] excepto quizá unos melocotones con nata».

Bajé corriendo a la cocina y preparé unos melocotones frescos con nata y [los] puse delante de él. Comenzó a acercarse la cuchara a la boca, pero temblaba tanto que no los podía comer. Así que se los di yo y luego se bebió toda la nata. Entonces se sintió cansado y quiso volver a la cama, así que le lavé con una esponja como hacía siempre y le puse en la cama con las cortinas corridas. Fue la última vez que le vi vivo.

A las dos o tres de la tarde, el duque seguía durmiendo. Fui a ver a Su Alteza Real y le dije que ya era tarde y que el duque seguía durmiendo. «No te preocupes, Sydney», me dijo ella. «Déjale dormir». Pero supe que estaba preocupada cuando la oí murmurar: «Es mala señal».

Esa noche, el duque se despertó y de nuevo, débilmente, solicitó melocotones, uno de los platos favoritos de su infancia. Entonces, comenzó a hundirse en un estado de coma terminal. La duquesa estaba decidida a mantener el control de sus emociones, negándose a romper a llorar delante del personal de servicio.

Existe más de una versión acerca de la muerte del duque. El fallecido John Utter le dijo a su amigo Hugo Vickers que Wallis estaba dormida en las primeras horas de la mañana del 29 de mayo, que fue cuando falleció sin sufrir. Fue Utter quien tuvo que despertarla y darle la mala noticia. Lo tomó con una resignación estoica.

Según la condesa de Romanones, poco después de las dos de la madrugada del día 28, los médicos llamaron a la duquesa para que acudiera desde su habitación al lado de la cama. Mientras la vida se le agotaba al hombre con quien había compartido la mayoría de sus días, la duquesa lo sujetó tiernamente entre sus brazos. Él dejó escapar un profundo suspiro; sus ojos azules miraron fijamente a los de ella; murmuró una sola palabra, «cariño», y después se desvaneció. Según Sydney Johnson, el duque también dijo: «Mamá, mamá, mamá, mamá». Johnson aparentemente pensaba que se estaba refiriendo a Wallis, pero obviamente podía haber estado llamando a su madre, la reina María, desaparecida ya hacía tiempo. La duquesa se quedó helada, paralizada, muda. Fue llevada amablemente a su habitación, donde se sentó en silencio, mirando al vacío. Se negaba ya a mostrarse histérica. Y desde entonces, nunca perdió su dignidad ni un solo instante.

La noticia fue emitida en los servicios informativos de madrugada de la radio y la televisión. Millones de personas, al recordar la imagen dorada del príncipe de Gales, el hombre que había renunciado al trono por la mujer a la que amaba, sintieron un profundo pesar. Los jóvenes, que apenas eran conscientes de la crisis provocada por la abdicación y todas sus consecuencias, tampoco habían olvidado su historia. La reina decretó un periodo de duelo.

Según Sydney Johnson, cuando llegaron los embalsamadores desde Londres, la duquesa estaba llorando y le pidió a él que se encargara de todo. Johnson sugirió a los embalsamadores que vistieran al duque con un pijama y una bata. Ellos le contestaron que eso sería imposible a causa del rigor mortis y que lo cubrirían, desnudo, con una sábana de satén. Sus ropas se darían para los necesitados. El horrorizado Johnson le preguntó a la duquesa al respecto. Ella aparentemente le dijo: «No interfiera. Simplemente, péinele de la forma en la que él lo hacía y déjele. Saben lo que están haciendo».

A través de los medios, una Wallis afligida pero aparentemente serena solicitó a la opinión pública que no asediara la casa; la gente respondió a la petición con la debida consideración. A quienes quisieran expresar sus condolencias se les rogó que acudieran a la embajada británica en París, donde podrían firmar en un libro encuadernado en cuero negro. El 29 de mayo, cientos de personas aparecieron una hora antes de que abriera la embajada para mostrar su solidaridad más amable y profunda. Muchas de las firmas iban acompañadas de notas especiales de recuerdo. También acudió a la casa una multitud de personas, encabezadas por el peluquero preferido de la duquesa, Alexandre, el rey Umberto de Italia y Maurice Schumann, ministro de Asuntos Exteriores francés y antiguo periodista, que había estado presente en su boda, celebrada en el castillo de Candé en 1937. Hubert de Givenchy llegó para probarle el traje y el abrigo de duelo. Al día siguiente, se llevaron el cadáver, escoltado por motocicletas, al aeropuerto de Le Bourget, donde fue acompañado por una guardia de honor francesa especial antes de volar a Inglaterra en un avión de la flota de la reina a la base de las Fuerzas Aéreas Reales situada en Benson (Oxfordshire). La duquesa no se encontraba en condiciones de acompañar al féretro.

En Benson, el duque y la duquesa de Kent encabezaron el grupo que recibió el cadáver del antiguo monarca. Sonó el himno nacional. A la mañana siguiente el cuerpo fue llevado en una sombría procesión al castillo de Windsor, donde se abriría la capilla ardiente en San Jorge. Una muestra del afecto que sentían los ingleses por el duque fue el hecho de que una multitud de personas en duelo esperara fuera de la capilla para presentarle sus últimos respetos. El catafalco, cubierto de azul real, estaba colocado en el centro de la nave del siglo XVI. Wallis había enviado una cruz compuesta de lirios recogidos en los jardines del Molino; el ataúd estaba flanqueado por cirios negros. Miles de personas pasaron junto al catafalco cada hora. Alvin Shuster, del New York Times, informó de que muchos de los presentes en la fila, que iba desde la puerta de Enrique VIII por Castle Hill, por delante de la estación de tren y aún más allá, recordaban el discurso de abdicación como si lo hubieran oído el día anterior. Joan Hutchison, que pasó doce horas en la cola, le contó a Shuster que ella tenía quince años y trabajaba en una fábrica de ropa de punto cuando oyó el discurso. «Lloré y lloré», le dijo. «Debería haberse quedado. La mujer a la que deseaba podría haber permanecido en la sombra. A nadie nos habría importado. Es una dama encantadora».

Con gran decisión, la duquesa, estoica y valiente aunque asolada por la tristeza, logró reunir fuerzas para acudir a Londres. El avión de la flota de la reina la llevó a Heathrow; la acompañaban su amiga Grace, condesa de Dudley; Mary, hija de Winston Churchill y esposa del embajador británico sir Christopher Soames; el doctor Antenucci, y John Utter, su secretario. Erguida, con la cara rígida como una máscara, la duquesa descendió la escalerilla para ser recibida por lord Mountbatten. Se dijo que le había preguntado a Utter: «¿Por qué no podía haber venido el príncipe Carlos?». En tono quejumbroso le confesó a Mountbatten: «Temo a la reina madre. Nunca le he gustado». Mountbatten hizo lo que pudo para tranquilizarla.

Incluso en aquellas circunstancias, la duquesa quedó horrorizada (como le había ocurrido en 1936) por el interior, para ella desolado y lúgubre, del palacio de Buckingham. Fue acomodada en la suite de Estado, situada en la parte delantera del edificio. La familia real hizo todo lo posible para que se sintiera cómoda, y se aseguraron de que el baño estuviera muy bien equipado; la propia suite era excepcionalmente cómoda y sus posteriores quejas estuvieron completamente injustificadas. Le volvieron a presentar a la princesa Ana, y le conmovió y alegró verla. Una reveladora fotografía del periódico mostraba a la duquesa en una ventana del palacio, con el rostro sellado por el pesar. Pero con su vestido de duelo de Givenchy, exquisitamente diseñado en seda negra, logró estar entre los miembros más elegantes y a la moda de la familia real, incluso a pesar de que se le siguiera negando su pertenencia a dicha familia.

La reina debía tomar una decisión difícil y desafortunada. Durante muchos años, el 3 de junio había sido el día de las celebraciones oficiales de su cumpleaños. Siempre constituía un acontecimiento importante, en el que ella realizaba a caballo el saludo a la bandera. Había pensado cancelar el evento este año, pero se le aconsejó no hacerlo. En lugar de ello, introdujo el detalle de que las bandas de gaitas tocaran un tema fúnebre, un recuerdo apropiado en vista del cariño que el duque sentía por ese instrumento. No sirvió de nada: la duquesa seguía odiándolo.

Prácticamente aún incapaz de moverse o hablar, Wallis vio la ceremonia por televisión desde la suite de Estado. Era el día del aniversario de su boda. Estaba sedada, pero incluso así el sonido de las gaitas le provocó un llanto incontrolable. Se encontraba tan agitada que apenas podía recordar lo que se le decía de un momento al siguiente. Finalmente, presionada por lady Monckton, accedió a ir con lady Dudley a la capilla ardiente oficial después de que el público se hubiera ido. A las 20.52 del 3 de junio, la duquesa abandonó el palacio de Buckingham en un coche de la Casa Real para dirigirse a la capilla de San Jorge en el castillo de Windsor. Acompañada por el príncipe de Gales y lord Mountbatten, rodeó despacio el catafalco sobre el que reposaba el ataúd de su marido en el centro de la nave. Estuvo mirando el ataúd sepultado entre flores antes de pasar a examinar las muchas coronas que llenaban los claustros. A Mountbatten y el príncipe Carlos les decía, una y otra vez: «¡Treinta y cinco años!». Y añadía: «Era toda mi vida. No puedo imaginarme qué haré sin él, que renunció a tanto por mí, ahora que se ha ido. Siempre confié en morir yo antes que él». Antes de que llegara ella, 57 903 personas habían pasado en fila a presentar sus últimos respetos. La reina, el príncipe Felipe y la princesa Ana también habían visitado la capilla ese mismo día más temprano.

La ceremonia, celebrada el 5 de junio, duró media hora. Comenzó a las 11.15 y no se admitió la presencia de público. La duquesa se sentó junto a la reina, con el duque de Edimburgo a su derecha. La reina madre hizo acto de presencia. El primer ministro, Edward Heath, también fue. E igualmente acudió el conde de Avon, Anthony Eden, que tan radicalmente se había enfrentado al duque durante el tiempo en que este había sido rey. Lord Mountbatten, el príncipe Carlos, el duque de Kent, el príncipe Guillermo, Richard de Gloucester y el rey Olav de Noruega también estuvieron presentes. El duque de Gloucester se encontraba demasiado enfermo para asistir.

El deán de Windsor, el reverendo Launcelot Fleming, presidió la ceremonia. La bendición fue otorgada por el doctor Michael Ramsey, arzobispo de Canterbury. El ataúd permaneció en la capilla mientras la familia real acompañaba a la duquesa a almorzar, después de lo cual la reina madre tomó la repentina decisión de asistir al entierro en Frogmore. La doliente comitiva se dirigió al lugar del entierro. El duque fue amablemente sepultado en la rica tierra inglesa, junto a su amado Jorge, duque de Kent, la princesa Marina, su adorado tío abuelo, el duque de Connaught, y la hermana favorita de su padre, la princesa Victoria. A la duquesa se le aseguró que, cuando llegara la hora, sería también enterrada junto a su marido, pero ella advirtió, con su viejo y típico toque de cinismo, que el espacio que le habían dejado era diminuto e incómodo. Le dijo al arzobispo de Canterbury: «Sé que soy una mujer delgada y de poca estatura, pero no creo que ni siquiera yo quepa en ese estrecho y triste trozo de terreno». La duquesa le comentó a su amiga la condesa de Romanones (quien es la fuente de esta historia) que el arzobispo le contestó entonces: «No creo que pueda hacerse mucho al respecto. Cabrá, no se preocupe». A lo que la duquesa respondió que ella pensaba que no. Quería que quitaran el borde para dejarle más espacio. «Después de todo, no soy un erizo». Esta conversación, al estilo de Alicia en el País de las Maravillas, concluyó con la promesa del arzobispo de que mandaría retirar el borde. La cumplió; finalmente hubo espacio más que suficiente para ambas tumbas.

Entonces se produjo un error desafortunado. El lord chambelán, encargado de todas las gestiones, no había dispuesto que ningún miembro de la familia real fuera al aeropuerto de Heathrow a despedir a la duquesa en su vuelo hacia Francia. En lugar de ello, y de forma conmovedora, todos los miembros de la familia presentes se despidieron de ella en el castillo de Windsor. Conteniendo las lágrimas, Wallis fue acompañada por la honorable Mary Morrison, dama de compañía de Su Majestad, y por el lord chambelán. El tercer miembro del grupo era el teniente coronel John Johnston, que casualmente era el yerno de sir Alexander Hardinge. A la honorable Mary Morrison no se le permitió realizar una reverencia a la duquesa ni siquiera teniendo en cuenta las circunstancias. Reuniendo una considerable cantidad de energía, la duquesa subió sin ayuda la escalerilla del avión, mientras era filmada por las cámaras de televisión. Y continuó su viaje a París en el avión de la Corona mientras su querida lady Dudley hacía todo lo que podía por consolarla. En la Casa de los Comunes, Edward Heath habló emotivamente de la muerte del antiguo monarca y finalizó su discurso con palabras de elogio para la duquesa, «quien le devolvió la devoción que él sentía por ella con igual lealtad, compañía y amor. Su muerte es, sobre todo, la pérdida sufrida por ella, y hacia ella esta Casa desea extender su más profundo pésame». Harold Wilson, líder de la oposición, añadió palabras de admiración al decir: «Confiamos en que ella se sienta libre de venir y comunicarse libremente con el pueblo al que su marido, príncipe de Gales, rey y duque, dedicó su vida». El desafortunado líder liberal Jeremy Thorpe confirmó estos sentimientos. Sin embargo, a pesar de las expresiones de toda la cámara y el considerable ablandamiento hacia la duquesa de varios miembros importantes de la familia real, se le negó categóricamente el tratamiento de Su Alteza Real incluso en ese momento. Uno debía dirigirse a ella como «Su Excelencia, la duquesa de Windsor».

Agotada, la duquesa regresó a su casa de París. De forma inquietante, despidió a Sydney Johnson, aparentemente por haber solicitado retirarse pronto un día para ir a casa con su familia. Estos repentinos cambios de humor no eran típicos en ella y parecían deberse a los efectos adversos de ciertos preparados médicos, la inminente aparición de la senilidad o ambas cosas.

El duque le dejó toda su fortuna, valorada en tres millones de libras, además de su extraordinaria colección de joyas. Maurice Schumann, en representación del gobierno francés, la informó de que no se le cobraría el impuesto de sucesiones y que seguiría sin tener que pagar el impuesto sobre la renta de por vida. Además, la casa sería suya a perpetuidad. El Molino seguía en venta, pero en junio de 1973 finalmente apareció un comprador: Edmond Antar, un hombre de negocios suizo, pagó cerca de un millón de dólares por él. A pesar de eso, agobiada por los gastos de la duquesa, Maître Blum vio necesario vender muchas posesiones de los duques de Windsor durante el transcurso de la siguiente década.

Durante algunas semanas, la duquesa permaneció casi completamente recluida, atendida por una reducida plantilla de personal de servicio que dirigía su elegante mayordomo francés Georges Sanègre y la mujer de este, Ofélia. John Utter, un antiguo diplomático estadounidense que en una época había sido, irónicamente, emisario ante el emperador de Etiopía, Haile

Selassie[44], siguió siendo su secretario. Le ayudaba Johanna Schutz. Maître Blum estaba constantemente en la casa atendiendo los complejos detalles de la propiedad. También asumió un papel protector, disuadiendo a los miembros de la prensa de que curiosearan en la soledad de la duquesa, intentando evitar que invadieran el territorio de la duquesa y tomaran fotografías de ella a través de las ventanas. Gradualmente se convirtió en la guardiana que en otra época había sido el fallecido Walter Monckton.

La duquesa había confiado en poder asistir a una boda en Salzburgo, pero su vieja úlcera volvió a recrudecerse e impidió el viaje. En su lugar, invitó a los recién casados, el hijo y la nuera de la condesa de Romanones, a alojarse en su casa cuando hubieran concluido su luna de miel. En una de sus escasas apariciones públicas, los llevó a cenar a Maxim’s. Se quedaron muy sorprendidos cuando ella pidió una hamburguesa. Ahora que su vida parecía llegar al final en todos los sentidos, no veía ningún motivo por el que seguir disimulando y sus antiguos e intensos sentimientos y gustos estadounidenses volvían a resurgir.

Siguió preocupándose por el tamaño de su tumba en Frogmore. Finalmente, sus abogados londinenses la tranquilizaron al afirmar, de un modo algo extraño: «Existe mucho espacio entre la tumba del duque y el borde, aproximadamente ocho metros». La carta añadía que había más de cinco metros al otro lado hasta la base del plátano que daba sombra a aquella parte del jardín. Se le adjuntaba un dibujo en el que se mostraba la disposición exacta. La duquesa le envió una nota a la condesa de Romanones pidiéndole que se asegurara «cuando le llegara la hora del arrullo» de que el árbol no se precipitara sobre las dos tumbas.

La abogada de Wallis, Maître Suzanne Blum, aún conservaba la invencible ventaja de estar al tanto de los idilios de Wallis con Guy Trundle y William Bullitt entre 1937 y 1940; de que el nazi Armand Grégoire había sido su abogado; de su verdadera relación con Ribbentrop; de todas sus actividades de espionaje y, por supuesto, del dossier de China. La duquesa nunca se atrevería a dejarla marchar, y la abrumadora influencia de la abogada aumentaba cada día, cada semana, cada mes. La dominadora gobernaba a su víctima voluntaria desde un sombrío y lúgubre apartamento de la Rue de Varenne. Las pocas personas que eran lo suficientemente intrépidas como para visitarla, arriesgándose a desatar su cólera, debían subir a su cuartel en un ascensor artrítico y crujiente que parecía que se iba a despeñar de forma inminente hasta el sótano. Cuando llegaba una visita, una doncella, doblada por la edad, abría la puerta hacia una habitación de seis imponentes puertas, revestidas con los familiares marrones y ocres apagados de los años treinta.

A pesar de las manchas que dejaba la vejez y las arrugas en las manos, el pequeño monstruo se había sometido a una operación estética en el rostro y aparentaba tener menos años que los ochenta y cuatro que había cumplido. Odiaba los encuentros con periodistas o potenciales biógrafos; les siseaba amenazadora, como una cobra. Desestimaba cualquier libro o artículo escrito sobre la duquesa, tachándolo de «inmundo» o considerándolo un pastiche realizado a partir de las sobras de una cocina de segunda clase. Insistía de forma absurda en que el duque nunca había mantenido relaciones sexuales con la duquesa; que la duquesa había sido virgen hasta el día en que murió e incluso que era un hombre —a pesar de la operación de ovarios, algo que Blum decidía olvidar—. Cuando la fallecida novelista irlandesa Caroline Blackwood tuvo la osadía de mencionar el hecho de que el duque, después de que un equipo de porteadores llevaran ochenta y seis piezas de equipaje a varias suites, no les hubiera dado propina a ninguno, Blum soltó: «¡Propina! ¡Que él les diera una propina! ¡Eso habría sido degradante!». Y llamó a la señorita Blackwood «chacal». Después, de repente, se debilitó y tembló, pareciendo más vieja y agitada cuando surgió la pregunta acerca de las facturas médicas de la duquesa. «Son espantosas», gruñó.

Lenta, pero segura, la duquesa comenzó a disfrutar de una mínima vida social. Patrick O’Higgins, amigo cercano y biógrafo de la magnate del perfume Helena Rubinstein, la llevó a algunas cenas poco concurridas en París. Ocasionalmente quedaba también con sir Oswald y lady Mosley, y los Rochefoucauld. Celebraba soirées íntimas, a las que nunca asistían más de ocho invitados. Cuando salía a cenar, siempre se aseguraba de que había un guardia a la puerta del restaurante. Le aterraba la posibilidad de ser asesinada o secuestrada; sin duda seguía siendo muy poco popular entre los círculos comunistas, aunque es cuestionable que en aquella época pudiera haber sido considerada realmente un objetivo. Hablaba de fundar un museo sobre la duquesa de Windsor en Oldfields School, donde había pasado gran parte de su infancia. Pero el proyecto primero quedó apartado y luego se descartó. A veces le fallaba la memoria y olvidaba nombres o incluso caras. Obsesionada por el miedo a los robos, tenía junto a su cama un revólver de juguete (ella pensaba que era de verdad) y hacía aumentar continuamente la complejidad de su sistema de alarmas electrónicas, que protegía cada centímetro de puerta o ventana de la casa. A veces se levantaba por la noche y miraba, cada vez más miope, por la ventana, intentando ver si el antiguo soldado francés al que había contratado se encontraba en su puesto. Se tambaleaba y se rompió la cadera. Ingresada en el Hospital Americano de Neuilly, era petulante, difícil y se mostraba confundida, buscando en vano el interruptor de la luz, agobiando continuamente a los trabajadores con preguntas e ignorando sus respuestas. A veces, su antiguo humor centelleante volvía a resurgir de un modo excéntrico. Un amigo de toda la vida fue a visitarla. Él cojeaba mucho apoyado en un bastón y le dijo que también se había roto la cadera. Ella gritó, alegremente:

«¡Hip, hip, hurra!»[45].

La duquesa mantuvo todo en la casa exactamente del mismo modo en que estaba cuando falleció su marido. Incluso conservó aquellos cigarrillos que ella odiaba; las pipas siguieron en sus estantes, y los puros yacían alineados en sus lujosas cajas. El escritorio se conservó exactamente igual, manteniéndose incluso llenos los tinteros. La habitación del duque siguió estando atestada de retratos de Wallis desde una punta hasta la otra. Quien la visitaba advertía que casi todas las imágenes retrataban a Wallis sola; tan solo en algunas se veía al duque con ella. Incluso el guardarropa se dejó como estaba. En los armarios, seguían colgados todos los trajes del duque, inmaculadamente conservados entre bolas de naftalina.

La duquesa se preocupaba constantemente por sus doguillos, por los que sentía mayor adoración que nunca, y se agobiaba de que no estuvieran tomando la comida adecuada. Comenzó a recortar la plantilla, aplicando los mismos principios de una economía despiadada que había utilizado con el personal de Fort Belvedere y York House en Londres. Durante una visita a Biarritz, que seguía siendo uno de sus lugares preferidos, se cayó otra vez y se rompió varias costillas. Resultó difícil meterle un tubo de anestesia por la garganta a causa de toda la cirugía plástica que se le había realizado en el cuello.

Incluso en el hospital quiso mantener su estilo. Rechazó rotundamente la comida del centro médico, prefiriendo su propio menú de tres estrellas, suministrado por su chef personal. Horrorizada ante la ropa de cama barata que tenían allí, hizo traer sus propias sábanas y almohadas. Arregló su habitación con magníficos ramos de flores y, en determinado momento, con un cojín que ponía: «No se puede ser ni demasiado delgada ni demasiado rica».

En el periódico francés France-Dimanche apareció la absurda historia de que iba a casarse con John Utter en 1972. Esto le provocó una risa que venía necesitando. A pesar de que la duquesa le suscitaba algunas dudas, ella siempre pudo confiar en Utter, un hombre cálido y entrañable, para que la alegrara y le ofreciera una compañía satisfactoria. No vivía en la casa, sino que tenía la suya propia en el campo, en Osmoi, donde había establecido una fundación para músicos prometedores que no podían permitirse pagar los elevados alquileres de París. A Utter no le impresionaba lord Mountbatten, que solía aparecer por casa de la duquesa y, actuando como si el lugar fuera suyo y fuera el jefe de Utter, le decía: «Saque su libreta, John», y pasaba a dictarle algunas cartas. Esto enfurecía al diplomático jubilado.

Mountbatten enfadaba a John Utter aquellos años al pasearse por las habitaciones de la casa de París, señalando esta o aquella obra de arte, sobre todo las cajas de oro de Fabergé que habían pasado por alto los ladrones de Ednam Lodge, diciendo que la intención del duque era regalárselas y proponiendo llevárselas. Utter y Johanna Schutz avisaron de ello a Maître Blum y, en consecuencia, ella misma se aseguró de estar presente durante las visitas de Mountbatten para evitar cualquier posible robo. Otra persona a la que se le pidió que estuviera presente era Aline, la condesa de Romanones. La duquesa le dijo: «[Mountbatten] siempre está pidiendo cosas. ¡Con todos los honores que le concedió mi amable marido! Sospecho que incluso Georges [Sanègre] teme sus visitas […]. Pero ¿qué podría esperarse de un hombre que tiró a su mujer al mar?». Esta última era una referencia al hecho de que lady Mountbatten, después de morir en Borneo, hubiera recibido sepultura bajo las olas.

Según la duquesa, Mountbatten insistió durante una de sus visitas, en 1973, en que ella hiciera testamento y se lo dejara todo a la familia real. Naturalmente, según contaba ella, Mountbatten deseaba estar incluido en la herencia. Incluso había esbozado una versión provisional del documento, en la que indicaba a quién correspondería cada cosa. La duquesa tenía aparentemente la intención de dejarles alguna herencia, sobre todo al príncipe Carlos, pero le dijo a la condesa de Romanones: «[Todos] ellos querían robarle a David sus propiedades». Esta acusación, evidentemente, era falsa. De hecho, como bien sabía la duquesa, era ella quien había disfrutado de los beneficios de unos ingresos vitalicios debido al chantaje que su marido había realizado a los miembros de la familia real al obligarles a pagarle una renta a cambio de que cediera sus derechos sobre Sandringham y Balmoral.

Según Maître Blum, Mountbatten intentaba entonces que la duquesa firmara un documento mediante el cual pondría todas sus propiedades a disposición de una fundación que se encargaría de administrar el mismo Mountbatten y que presidiría el príncipe de Gales. La instaba a recuperar su antiguo bufete de abogados de Inglaterra, Allen y Overy. La duquesa autorizó que fueran devueltos a Londres algunos documentos inofensivos, insignias militares y otro tipo de condecoraciones de su marido en beneficio de la reina; fueron almacenados, hasta donde sé, en el castillo de Windsor. Pero, más tarde, Maître Blum realizó unas acusaciones extremadamente graves en una serie de cartas fechadas el 24 de marzo, el 5 de abril y el 7 de abril de 1979, dirigidas al viejo amigo de los duques de Windsor Kenneth de Courcy, duque de Grantmesnil. Afirmaba que, si bien la duquesa estaba encantada de entregar a palacio las cartas que el rey Jorge VI y la reina Isabel habían enviado al duque y ella consideraba recuerdos históricos, ese era el límite de su acuerdo.

Maître Blum le comunicó a Grantmesnil que dos individuos, bien autorizados por Mountbatten o bien por «alguna otra persona», y actuando bajo una supuesta autoridad de la Casa Real, habían obtenido de alguna forma las llaves de las cajas y los archivos confidenciales del duque y habían robado su contenido, colocándolo todo en cajas de mudanza que habían sido llevadas en condiciones secretas al despacho del conserje, desde donde fueron cargadas en una camioneta cuando cayó la noche. Entre los contenidos estaba la correspondencia privada del duque, los documentos de divorcio de Win Spencer y Ernest Simpson, facturas de comercios y grandes almacenes, y gran parte de la correspondencia privada de la duquesa. Maître Blum confirmó sus acusaciones con declaraciones por escrito de John Utter, Sydney Johnson y Johanna Schutz. Todos ellos apoyaron la afirmación de Maître Blum de que, cuando la duquesa solicitó que se abrieran sus archivos y cajas, quedó horrorizada al encontrarlos vacíos.

Grantmesnil decidió comentar el asunto del supuesto robo real con sir Robin Mackworth-Young, bibliotecario del castillo de Windsor. Sir Robin le contestó el 11 de abril afirmando que la reclamación carecía de fundamento. Le dijo que la primera remesa de documentos se la había entregado Utter el 15 de junio de 1972, en presencia de Maître Blum. La duquesa había recibido a sir Robin personalmente. Ella misma había dado permiso para la transferencia de los documentos. La segunda remesa había sido entregada, de nuevo en persona y de nuevo por Utter, el 13 de diciembre del mismo año. La tercera había sido entregada el 22 de julio de 1977. En esta ocasión, la duquesa no había estado presente y John Utter ya había dejado su empleo. En 1987, en respuesta a una pregunta, el bibliotecario del castillo de Windsor que había sucedido a Mackworth-Young le envió al autor de este libro una carta parecida. La fallecida Maître Blum no llevó adelante las acusaciones de robo y el asunto continúa abierto.

El 30 de marzo de 1973 Wallis regaló al Estado francés su colección de muebles estilo Luis XVI, además de algunos cuadros y piezas de porcelana. Parte de estos objetos se expusieron en Versalles, otros en el Museo Nacional de Cerámica de Sèvres y otros en el Louvre.

En 1974 la duquesa fue capaz de reunir las fuerzas necesarias para tomar un barco hacia Nueva York. Acompañada por Johanna Schutz y dos de sus doguillos, zarpó a bordo del transatlántico italiano Rafaello y llegó a su destino el 9 de abril. Un periodista del New York Times logró obtener unas breves declaraciones. Le dijo: «Ya no salgo tanto y estoy mucho más sola. [La familia real] montó un escándalo en la época de la abdicación, pero no creo que hicieran algo así ahora. Me llevo bien con la familia real». Su viejo ingenio salía de nuevo a relucir. De modo ignorante el reportero le preguntó, olvidando la publicación de The Heart Has Its Reasons, si algún día escribiría su autobiografía. «¡Sería lo peor que podría hacer!», le soltó, pero el periodista no entendió la ironía. Le fascinó enterarse, mientras estaba en el Waldorf Towers (en la suite 40F, doce pisos por encima de su querida 28A, una suite que pertenecía al coleccionista de arte millonario y magnate de la alimentación Nathan Nate Cummings), de que el príncipe Carlos había estado hacía poco en San Diego, escenario de aquella memorable noche en la que ella había avistado al príncipe de Gales en el otro extremo de la sala.

Se recuperó un poco con los vibrantes estímulos de Manhattan. La princesa Margarita y lord Snowdown la llamaron y fueron fotografiados con ella. Nate Cummings le arregló la suite del Waldorf con un cuadro de Sisley y otro de Renoir. La duquesa compró algunos objetos decorativos para alegrar aquellos muebles sombríos y una vez más llenó las habitaciones de uno a otro extremo con sus flores favoritas. Ayudada de un bastón y encantadoramente vestida por Givenchy, siempre causaba sensación en el ascensor y en el vestíbulo en sus salidas y entradas. Encorvada, ostensiblemente frágil, mirando siempre de frente, con la voz algo temblorosa, llevaba consigo un aura de extraordinaria dignidad, resolución y poder intrínseco. Incluso en su precipitado declive, sin duda seguía siendo alguien.

La duquesa realizó una visita privada a la tumba de su marido en Frogmore. Le envió una sencilla pero maravillosamente redactada carta de agradecimiento a la reina por su consideración, y le conmovió recibir un sensato y sensible telegrama del príncipe Carlos. Le adoraba y siempre hablaba de dejarle una parte pequeña aunque significativa de su herencia, pero el 9 de diciembre de 1974 escribió a Mountbatten afirmando categóricamente que los esfuerzos por recuperar las obras de arte propiedad del duque serían permanentemente rechazados. John Utter le fue de mucha utilidad a la duquesa cuando cayó gravemente enferma el 13 de noviembre de 1975 y hubo de ser ingresada en el Hospital Americano. Casi muere a causa de su viejo problema de úlceras sangrantes. Un día de mayo de 1976, le apeteció tomar un poco el sol y sus dos enfermeras la sacaron a la terraza de la casa. Dos fotógrafos tomaron unas imágenes crueles y devastadoras de ella, esquelética, débil y con las mejillas chupadas. Las fotografías fueron publicadas en France-Soir. Maître Blum demandó al diario por invasión de la privacidad y recibió una indemnización de 80 000 francos.

Ese verano Wallis comenzó a sufrir las típicas alucinaciones de la senilidad. «¡Estoy asustada! ¡Han vuelto a venir! ¡Han movido mis cosas! ¡Es la segunda vez que me roban!». No parecía referirse a los documentos perdidos; la duquesa parecía convencida de que algunos de sus objetos decorativos habían sido robados por Mountbatten.

Ese junio, mes de su cumpleaños, volvió a hablarse de que un grupo político de izquierdas planeaba secuestrarla, y decidió aumentar la vigilancia en su casa. Cuando se jubiló John Utter, molesto e incómodo con los repentinos y alarmantes cambios de humor de la duquesa, continuó viéndola de vez en cuando, llevándola a cenar aproximadamente cada dos meses y llamándola todos los días para ver cómo se encontraba. Entonces, de repente, y sin la menor explicación, ella puso punto final a la relación. Cuando él la telefoneaba desde su casa de campo, la recepcionista le informaba de que Johanna Schutz había dado instrucciones de que no se pasaran sus llamadas. Fue el mismo destino que debió afrontar Freda Dudley Ward cuando intentaba ponerse en contacto con el príncipe de Gales en York House unos cuarenta años antes.

La duquesa fue debilitándose cada vez más. Los médicos del Hospital Americano de París lograron que redujera el consumo de alcohol al mínimo; había estado bebiendo cada vez más durante los años previos. Apenas comía nada y perdió tanto peso que en 1976 ya estaba demacrada. Seguía yéndosele la cabeza. Incapaz de llegar al teléfono, levantaba un instrumento imaginario y ordenaba tranquilamente: «Señorita Schutz, haga el favor de venir inmediatamente». Todo el mundo en su círculo de amistades pensaba que sería muy importante para ella que la reina madre cediera finalmente y le realizara una visita personal. Dice mucho a favor del carácter de la reina madre el hecho de que, a pesar de todo lo que había ocurrido durante la década de 1930, estuviera dispuesta a complacerla.

La reina madre debía ir a París en octubre de 1976, y se decidió que llevaría a cabo esa misión de compasión en dicho viaje. El día 25 se encontraba en la embajada británica, donde se celebraba un almuerzo oficial en su honor. Al día siguiente, inauguró el Centro Cultural Británico de París. Se convino que a las cuatro de la tarde sería conducida a casa de la duquesa en el coche de la embajada. Pero en el último minuto la duquesa se encontró demasiado enferma para recibirla. Johanna Schutz llamó a la embajada para comunicar que la duquesa, como consecuencia de su mal estado de salud, no podría recibir a Su Majestad. Más tarde se le explicó a la reina madre que la duquesa sufría fuertes alucinaciones y que tanto el doctor Jean Thin como Maître Blum pensaban que no era el momento más apropiado para un encuentro. La reina madre demostró entonces todo el esplendor de su carácter. Le envió a la duquesa un ramo de dos docenas de rosas, rojas y blancas, con una nota que decía: «Desde la amistad, Isabel».

Unos meses más tarde, ese mismo año de 1976, en representación de la duquesa, la señorita Schutz acordó prestar varias de las posesiones personales del duque para una exposición en el castillo de Windsor con la que se conmemoraba el quincuagésimo cumpleaños de la reina. Hugo Vickers, el conocido biógrafo, voló a París el 14 de septiembre para recoger los doce objetos que se prestaban. Según Vickers: «La reina madre examinó los objetos de la abdicación con interés, al tiempo que expresó su desaprobación por que se exhibieran cosas relacionadas con Mussolini y Hitler».

En mayo de 1978, Verity Lambert, directora teatral de Thames Television, acudió a ver a Maître Blum para informarla de que Simon Raven iba a escribir el guion de una serie de siete capítulos titulada Edward and Mrs Simpson, basada en la biografía de Eduardo VIII que había realizado lady Frances Donaldson. Maître Blum no estaba en absoluto satisfecha con el libro de lady Donaldson, pero aparentemente, dadas las leyes en vigor, no podía intervenir. Aunque sin duda le habría gustado hacerlo. Exigió ver el guion, pero le dijeron que eso era imposible. A la duquesa tampoco le hacía ninguna gracia la idea de verse retratada en la pantalla y quizá fue una suerte que su estado físico y mental le impidieran enterarse de la existencia de la serie.

Ya estaba gravemente enferma. Maître Blum se hizo cargo de todo. La casa era como una morgue. Solo quedaban el mayordomo, Georges Sanègre, y su mujer; una doncella, Germaine, la recepcionista y las enfermeras de día y de noche. La duquesa había perdido la movilidad de las manos y los pies y debía ser transportada en brazos de la cama a un sillón de clínica. Durante un tiempo se prohibieron las visitas, porque, cuando estas llegaban, la duquesa parecía excitarse y le subía la tensión hasta extremos peligrosos. Tenían que darle la comida en papilla. John Utter le comentó a un amigo: «Por la salud de todos, cuanto antes se muera, mejor será». En ocasiones, estaba perdida en su mundo. Finalmente, tuvo que ser alimentada por vía intravenosa porque, dado su estado de semiparálisis, era incapaz de tragar. Trágicamente, no entró en coma, lo que al menos le habría impedido ser consciente de su destino. Conservaba momentos de vívida consciencia, que para alguien de su esencial vitalidad y amor por la vida debieron de resultar casi insoportables.

Según la condesa de Romanones, la duquesa la llamó, diciendo: «Aline, debes venir a verme de inmediato. Te necesito de forma desesperada». La condesa estaba muy atareada organizando las primeras elecciones libres que se celebraban en España desde que el general Franco se había hecho con el gobierno. Este acababa de morir y el rey Juan Carlos había asumido el trono. La condesa le preguntó a Wallis si podría ir la semana siguiente. La duquesa le contestó que no había problema. Al día siguiente, la condesa llamó para comunicarle la hora exacta de su llegada para que el chófer pudiera recogerla en el aeropuerto. Johanna Schutz respondió al teléfono. La condesa pidió que la pasaran con Wallis. La señorita Schutz contestó que eso era imposible; que si tenía algún mensaje para la duquesa, ella estaría encantada de transmitírselo. La condesa se quedó impresionada y disgustada. Le dijo que iría allí de todas formas. Todos sus esfuerzos posteriores para ponerse en contacto con la duquesa resultaron infructuosos. La condesa de Romanones escribió y telefoneó varias veces, pero nunca obtuvo respuesta.

Wallis ya ni siquiera era capaz de leer; estaba casi ciega. A veces pedía débilmente que la acercaran a la ventana, donde podía oír cantar a los pájaros. Hugo Vickers, al observar la casa desde la carretera, escribió:

Por encima del muro, a través de la atmósfera gris y

nebulosa, se podía ver una especie de tumba viviente. Todas las ventanas de la planta baja tenían las contraventanas cerradas al mundo exterior, pero creo que la ventana del salón estaba abierta. En la planta de arriba, donde [estaba sentada] lo que quedaba de la duquesa rodeada de enfermeras, había dos luces: una en un extremo, que era su dormitorio, y otra en la ventana contraria, que creo que era la sala de estar de la planta superior.

La duquesa no fue consciente de su cumpleaños en junio de 1980. En ese momento entró en escena una persona nueva: Michael Bloch, el heredero de una acomodada familia residente en Irlanda. Nacido en 1953, se había licenciado en St. John’s College, Cambridge. Había escrito a Maître Blum solicitando ayuda en un libro que estaba escribiendo sobre el historiador y biógrafo Phillip Guedalla, un viejo amigo del duque de Windsor. Deseaba entrevistar a Maître Blum y que le permitiera el acceso a determinados documentos. A la abogada parisina le cayó muy bien y le nombró su ayudante; había sido admitido en el Colegio de Abogados de Inglaterra. Bloch se convirtió en el custodio oficial de los papeles de los duques de Windsor y también en su biógrafo oficial. Fue nombrado editor y anotador de las cartas de la duquesa, la mayoría de las cuales escaparon a la supuesta mudanza de papeles al castillo de Windsor por parte de personas sin autorización.

En la época en la que asumió su cargo, la duquesa era ya incapaz de hablar con él o de ayudarle en sus búsquedas. Sin embargo, había concedido plenos poderes a Maître Blum para que la abogada publicara lo que ella escogiera. En respuesta a algunas preguntas, Maître Blum había afirmado que la duquesa deseaba que su correspondencia se publicara. Muchas de las cartas que aparecieron tras la muerte de Wallis (y que obtuvieron gran éxito, sobre todo en Inglaterra) eran de un carácter dolorosamente personal. Pero también de un indispensable valor para el biógrafo.

Después de llevar dos años intentando ver a la duquesa, finalmente la condesa de Romanones logró obtener permiso de Maître Blum para realizar una visita. Esto constituía un privilegio extremadamente infrecuente. Wallis había sufrido varias hemorragias graves. Cuando la condesa llegó a la casa, advirtió un silencio inquietante y perturbador. De inmediato, supo qué echaba de menos: los sonoros ladridos excitados de los doguillos. Por desgracia, la duquesa ya no había sido capaz de tolerar más tiempo el sonido que antes adoraba y había regalado los perros. Cuando la condesa entró en el tocador, la habitación exquisitamente amueblada existente entre los dos dormitorios, encontró a la duquesa sentada con una inmensa y majestuosa elegancia en su silla de ruedas, ataviada con una preciosa bata de brocado del color de sus ojos azules. Llevaba el pelo elegantemente peinado hacia atrás por detrás de las orejas, dejando ver sus aún impresionantes pómulos y el firme contorno de su mandíbula. Tenía puestos sus zafiros preferidos. Sorprendentemente, y por primera vez en semanas, mantuvo la coherencia, y cuando la condesa le dijo que parecía una emperatriz china, Wallis se iluminó con un antiguo recuerdo significativo. «Eso me decía la gente cuando vivía en Pekín en 1924», respondió.

Incluso cuando la condesa regresó varios meses después, la duquesa aún fue capaz de hablar con ella. Seguía teniendo un oído tan agudo que incluso advirtió los pasos de la condesa cuando esta entró en la habitación. A la condesa le entristeció ver que no le habían hecho la manicura a Wallis y que ya tenía el pelo blanco y exánime. Pero aún apreciaba la belleza. Mirando por la ventana, dijo: «Observa cómo ilumina el sol los árboles. Pueden verse tantos colores diferentes…». Pero después murmuró una frase que a la condesa le supuso una puñalada en el corazón: «Dile a David que entre. ¡No querrá perdérselo!». En su tercera y cuarta visita, la condesa no oyó salir ni una palabra de los labios de la duquesa.

Wallis no volvió a salir de casa después de 1981. El doctor Thomas Hewes, veterano médico del Hospital Americano de Neuilly, respondió con las siguientes palabras al ser preguntado sobre su situación: «La duquesa está como un vegetal, en un estado lamentable. No creo que sufra ya en absoluto». Se contrató a un pianista para que fuera a tocar, hora tras hora, diversas canciones populares que tiempo atrás le habían gustado al duque, entre las que se encontraban «Bye Bye Birdie» y «I Get a Kick out of You», en un esfuerzo por despertar su mente moribunda. No sirvió de nada. Los interesados pasaban al lado de la casa y miraban a través de la valla a la ventana del dormitorio, donde su silenciosa figura yacía inmóvil. En ocasiones veían a enfermeras de blanco yendo de acá para allá, pero, salvo por eso, no existían señales de vida. Empezaron a circular rumores extraños, que ya había muerto y había sido conservada congelada, o que estaba atada a una sofisticada computadora que le indicaba a Maître Blum qué sustancia necesitaba o si las enfermeras habían cumplido con su tarea.

Finalmente, toda aquella desagradable publicidad relacionada con su enfermedad cesó. Durante meses no apareció nada en la prensa. Entonces, el 24 de abril de 1986, gracias a Dios, su corazón se paró finalmente. Tenía noventa años.

El lord chambelán voló a París para escoltar el cadáver hasta casa en un ataúd liso de roble. El duque de Gloucester, su sobrino político, cuyo padre había muerto unos años antes, recibió los restos en la base de las Fuerzas Aéreas Reales situada en Benson y acompañó su traslado hasta el castillo de Windsor. El castillo estaba cerrado y una guardia de honor esperaba para despedir a la duquesa en su último viaje.

Hubo una ceremonia privada de veintiocho minutos en la capilla de San Jorge a la que asistieron 175 personas. La reina Isabel II entró a la capilla acompañada del príncipe Felipe y de la reina madre. El embajador estadounidense, Charles Price, estuvo presente. Dieciséis miembros de la familia real se sentaron en el coro, directamente enfrente del ataúd, que estaba flanqueado por caballeros militares de Windsor, con su uniforme rojo de galones dorados. A la duquesa le fue concedido el honor de yacer en la misma posición y lugar que lo habían hecho el rey Jorge V, el rey Jorge VI, la reina María y el duque de Windsor. La corona de lirios amarillos y blancos enviada por la reina estaba situada sobre el centro del ataúd. Las palabras «Su Alteza Real» no aparecían en la banda; de forma absurda, se omitió el nombre de la duquesa en la ceremonia. El coro de la capilla de San Jorge cantó el himno «Thy will keep him in perfect peace» [«Tú le mantendrás en paz»]. Entre los dolientes se encontraba lady Mosley, cuyo marido había muerto en 1980; la condesa de Romanones; la princesa Ana María von Bismarck; Grace, lady Dudley; lady Alexandra Metcalfe; el duque y la duquesa de Marlborough; y Laura, duquesa de Marlborough. Muy pocos de los otros amigos de la duquesa seguían vivos.

Al final de la ceremonia, el ataúd fue llevado en procesión desde el coro, conducido por el gobernador del castillo de Windsor y mariscal de las Fuerzas Aéreas Reales sir John Grandy, y por los caballeros militares de Windsor, y precedido por el deán de la Catedral Americana de París, el arzobispo de Canterbury, el deán y los canónigos de Windsor y el lord chambelán. La reina, la reina madre, el príncipe Felipe, la princesa Ana y el príncipe de Gales siguieron al ataúd en su camino a lo largo de la nave y en su bajada por los Great West Steps. Y después la duquesa por fin fue enterrada en la tumba adyacente a la del duque.

Las notas necrológicas publicadas tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos fueron en líneas generales respetuosas. De hecho, más de un periódico afirmaba incorrectamente que cualquier sugerencia relacionada con sus vínculos nazis carecía de fundamento. La condesa de Romanones publicó un artículo en el número de junio de 1986 de Vanity Fair en el que, en medio de muchos recuerdos coloridos —y algo discutibles—, incluía algunos comentarios poco halagadores que la duquesa supuestamente había realizado sobre la reina madre. Parece ser que la duquesa se burlaba de la reina madre en sus conversaciones con la condesa llamándola «galleta» y diciendo que recordaba a «un pudin». Con considerable ingratitud, dada la delicadeza que la reina madre había mostrado hacia ella en el momento de la muerte del duque, describió de forma insultante el sombrero negro de la gran dama como «algo que llevaba una flecha de plástico blanco atravesándolo». Y dijo que casi se había reído en la cara de la reina madre a pesar de lo afligida que se encontraba. En el resto del artículo la condesa, que como antigua agente de la OSS debería haber estado mejor informada, insistía en que la duquesa había sido falsamente acusada de tener relación con los nazis. Aunque aparentemente lo hacía a favor de la duquesa, el artículo al final no resultó ser muy halagador.

Sus cartas de amor fueron publicadas por entregas desde la misma semana de la muerte de la duquesa, lo que algunos han considerado una falta de tacto. Poco después fueron publicadas en forma de libro. Una carta importante de Alistair Cooke apareció en el New York Times del 9 de mayo. El señor Cooke señalaba que el verdadero motivo de la abdicación era que, según los términos del Estatuto de Westminster, aprobado en 1931, cualquier alteración de la ley que tuviera que ver con la sucesión al trono requería el consentimiento de los Parlamentos de los dominios, así como el del Parlamento del Reino Unido. Y por eso se exigía que el secretario de Estado para los Dominios planteara el asunto a los diversos Parlamentos de la Mancomunidad Británica de Naciones. Así, mientras Nueva Zelanda estaba dispuesta a seguir la decisión que tomara por mayoría el Parlamento británico y en la India la opinión estaba dividida entre hindús y musulmanes, Canadá, Australia y Sudáfrica se mostraban inflexibles en su decisión de nunca aceptar a Wallis como reina ni permitir que se casara con el príncipe de Gales mediante un matrimonio morganático. El Partido Laborista de Londres, por supuesto, se oponía igualmente.

A pesar de que es discutible, cuando menos, que el duque y la duquesa desearan que su correspondencia romántica fuera examinada por el interés del gran público, es probable que a la duquesa (aunque no al duque) sí le hubiera alegrado ver que sus magníficas joyas se exhibían ante el mundo entero. Maître Blum tomó la decisión de subastar toda la colección en Sotheby’s; al menos doce piezas importantes habían sido vendidas ya antes de la muerte de la duquesa, así como la plata real del duque, los doguillos de porcelana y los vinos. La subasta de las joyas tuvo lugar en Ginebra los días 2 y 3 de abril de 1987.

La espectacular y deslumbrante colección estaba compuesta de 230 lotes valorados en más de siete millones de dólares y en ella estaban incluidos 87 artículos de Cartier y 23 de Van Cleef & Arpels. Según Nicholas Rayner, de Sotheby’s, la pieza favorita de la duquesa era un collar de diamantes y rubíes birmanos que le había regalado el rey Eduardo VIII por su cuadragésimo primer cumpleaños el 19 de junio de 1936, que llevaba grabada la inscripción «A mi Wallis de su David». El anillo de compromiso de la esmeralda mongola que le había obsequiado el rey a Wallis la noche posterior a que se le concediera el divorcio en Ipswich era otro de los objetos principales.

De la década de 1930 había un collar de platino y diamantes, un juego de diamantes de gran belleza; un brazalete de perlas, esmeraldas y diamantes; el broche de diamantes y zafiros con la forma de las plumas del príncipe de Gales; y el brazalete de diamantes que llevaba muchas cruces latinas grabadas con recuerdos de distintas ocasiones, como la visita a St. Wolfgang de 1935 o la operación de apendicitis de Wallis de 1944; una pitillera de oro y piedras preciosas obra de Cartier incluía un mapa de los viajes de la pareja desde Londres, a través de Calais, París, Biarritz, España, Cannes, Italia, Alemania, Austria, Yugoslavia, Turquía, Bulgaria y Hungría hasta su vuelta a Londres, un tesoro para quien lo adquiriera; y también una exquisita polvera de oro y piedras preciosas salpicada de zafiros, rubíes, esmeraldas, topacios y amatistas; en su reverso había otro mapa, idéntico al de la pitillera.

De la década de 1940 había un brazalete de zafiros; una pulsera con cierre de oro, zafiros, rubíes y diamantes; unos pendientes de pinza de oro y rubíes; unos pendientes de pinza de zafiros y diamantes; un broche de zafiros, esmeraldas, topacios y diamantes en forma de flamenco; y los impresionantes broches en forma de pantera diseñados por Jeanne Toussaint, la querida amiga de Jacques Cartier, que en su día había llamado a Mademoiselle Toussaint su «pantera».

De la década de 1950 había un brazalete de ónice y diamantes con forma de pantera; un broche de ónice y diamantes con forma de tigre; y unos pendientes de pinza de perlas y diamantes; de la década de 1960 había un soberbio collar de oro, atestado de perlas cultivadas y diamantes; un colgante de esmeraldas y diamantes diseñado por Harry Winston, un collar de esmeraldas y diamantes de Cartier; y unos pendientes de pinza de rubíes y diamantes.

En la subasta se incluían muchos objetos históricos del duque de Windsor, entre los que había herencias de un valor incalculable. Había tabaqueras de oro, pitilleras de plata, una caja bañada en plata de 1820 que albergaba un sello, un tintero bañado en plata de 1910, un sello de lacre de 1823 y una variopinta colección de relojes de pared, relojes de muñeca e incluso réplicas en oro de los billetes de tren de la Canadian Pacific Railway Company de 1919 y 1927. Uno de los objetos más espléndidos era una caja de puros que le habían regalado al príncipe de Gales en 1915 los miembros de la Casa del Rey y la Reina en recuerdo de su servicio activo en el Primer Batallón de Guardias Granaderos en el norte de Francia.

La esmeralda mongola alcanzó los 2,1 millones de dólares, y el regalo de cumpleaños de 1936, el collar de rubíes y diamantes, los 2,6 millones de dólares. Un diminuto cortapuros se vendió por la pasmosa cifra de 3700 dólares. Mohamed al-Fayed, el egipcio propietario de Harrods que acababa de conseguir del gobierno francés un alquiler continuo de la casa de los duques de Windsor en París, compró el brazalete de dijes. Marvin Mitchelson, abogado matrimonialista de Los Ángeles, pagó más de medio millón de dólares por el collar de amatistas. Compró zafiros a 300 000 dólares cada uno. Elizabeth Taylor se hizo con el broche en forma del emblema de plumas del príncipe de Gales por 575 000 dólares. Según algunas fuentes, también compró los broches de pantera, pujando más fuerte que el príncipe Carlos, que estaba decidido a conseguírselos a la princesa de Gales, que se había encaprichado de ellos.

Al final del segundo día, el importe total de la venta ascendía a 50 281 887 dólares. Era siete veces lo que Sotheby’s había calculado. El precio más alto fue pagado por un comprador anónimo: fueron 1.466 653 dólares por una espada de la Marina Real regalada por el rey Jorge V al príncipe de Gales, y la oferta, obviamente, excedía con mucho el verdadero valor de la pieza. Todo el dinero de la subasta fue donado al Instituto Louis Pasteur de París, donde se utilizaría en la investigación del sida. En vista de que dos de los maridos de Wallis habían sido bisexuales y que muchos de sus admiradores y amigos eran homosexuales, parecía una elección apropiada.

Por este motivo, la duquesa, una vez muerta, fue más famosa que nunca, y las joyas que habían sido su mayor amor en vida se convirtieron en su monumento.

Desgraciadamente, el señor al-Fayed no conservó durante mucho tiempo el contenido de la casa de los duques de Windsor. Decidió cerrar la residencia tras un breve periodo como museo y vender los muebles, cuadros y porcelana para apoyar las obras de caridad de su hijo Dodi. Después de anunciar en 1997 una subasta en Sotheby’s en Nueva York, tuvo que posponerla por la muerte de Dodi y Diana, princesa de Gales y amante de su hijo. Cuando finalmente tuvo lugar la subasta, en 1998, alcanzó mucho más dinero del esperado; pero careció por completo del glamur y emoción de la subasta de joyas y, al no asistir a ella casi ninguna celebridad, acabó siendo un anticlímax a la vida de la duquesa.

El 6 de junio de 1995 el príncipe Eduardo, sobrino del duque de Windsor, que había estado trabajando para la compañía teatral Really Useful, de Andrew Lloyd Weber, se embarcó en la realización de un documental sobre la vida de su tío para la cadena de televisión ITV. Alojado en el hotel Ritz de París, propiedad de Mohamed al-Fayed, de forma apropiada en la suite duque de Windsor (a 5120 dólares la noche), el primer día de rodaje Eduardo se vio obligado, quizá por primera vez en su vida, a hacerse él mismo un sándwich.

Aunque el documental, tan superficial y descaminado como el tema del que se ocupaba, era un ejemplo típico de las maniobras de publicidad del palacio de Buckingham, dio lugar a una historia al menos entretenida, contada por Wendy Leigh, autora de Edward Windsor: Royal Enigma. Según Leigh, el príncipe le dijo a Desmond Wilcox, su productor, que en contra de los «hechos» presentados en la obra terminada, su tío abuelo era un ladrón, y se llevó al exilio óleos y muebles que pertenecían a la familia real. En este tema, el duque había heredado las tendencias de su bisabuela, la reina María: las habitaciones de sus distintas residencias eran famosas por ser nidos de urracas llenos de objetos robados; «Guardad la plata» era la consigna cuando ella llegaba de visita.

Una serie de libros protectores apareció en la década de 1990. King Edward VIII, de Philip Ziegler, fue el resultado de la autorización de la reina, quien le permitió acceder a la colección de documentos del castillo de Windsor. Cuidadoso y cauto, realizando considerables omisiones, en la biografía su autor no resolvía satisfactoriamente ninguno de los aspectos controvertidos de la vida de los duques de Windsor, recurriendo al manido truco de otros cronistas, autorizados pero mediocres, de sustituir cualquier sugerencia de acto de traición por las acusaciones menos importantes de estupidez e ingenuidad (en el caso del duque), y envidia y egoísmo (en el de la duquesa). Esto tenía el efecto de quitar valor a la pareja; al menos su actos de espionaje y traición habían mostrado un grado de inteligencia, aunque fuera en la dirección equivocada.

La biografía más desacertada hasta la fecha es la hagiografía de Michael Bloch The Duchess of Windsor (1996), que sugería, como Maître Blum, su mentora, que Wallis era un hombre, a pesar de su cáncer de ovarios. Hidden Agenda (2000), de Martin Allen, aunque muy discutida, es interesante; pero solo existe un libro, Hostage to Fortune, The Letters of Joseph P. Kennedy (2001), editado por su nieta Amanda Smith, del que pueda decirse que aporta sorpresas para un biógrafo de los duques de Windsor experimentado, al revelar, como lo hace de primera mano, la verdadera naturaleza de los personajes de la crisis de abdicación.

Las últimas palabras deben ser de un poeta anónimo. Entre los objetos encontrados en el inventario de la casa de la duquesa en París, y no incluidos en la subasta de Sotheby’s, estaba un manuscrito enmarcado en oro; el texto se encontraba debajo del emblema de la corona. Decía:

Amigo, vivir contigo solo

lo veo mejor que poseer

una corona, un cetro, un trono.