La señora Simpson : las vidas secretas de la duquesa de Windsor, la mujer que estuvo a punto de arruinar la monarquía

12 la Boda de la Década

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

 

La coronación del rey Jorge VI y la reina Isabel fue fijada para el día 12 de mayo. Por supuesto, sería imposible que el duque de Windsor y su amante asistieran. El 7 de mayo, el duque y Wallis realizaron su primera excursión fuera del castillo. Fueron seguidos por reporteros con cámaras hasta la población de Semblançay, donde los periodistas se encaramaron de forma temeraria a los tejados, gritando y rehusando dar su brazo a torcer cuando la policía local les ordenó que bajaran. La pareja almorzó en una taberna y después continuó su viaje hacia Vendôme, donde se reunieron con el cónsul estadounidense George Tate en el Grand Hotel. Este le entregó a Wallis la declaración jurada del doctor respecto a las circunstancias de su nacimiento, documento que la prensa describió como «partida de nacimiento». Como si se estuviera mentalizando seriamente para una vida más responsable como hombre casado, el duque renunció a los licores fuertes y los reemplazó por vino.

Schloss Wasserleonburg se estaba preparando para la llegada de la pareja; se había dispuesto una nueva pista de tenis y el camino de entrada, lleno de baches, se estaba reparando con cuidado. Entre los que llegaron a Candé a felicitarlos estuvieron lady Brownlow, la señora de Ronald Greville, la señora de Richard Norton y el ayuda de cámara del duque, el capitán W. D. C. Greenacre, que acababa de volver de su permiso en Londres. Al día siguiente, Wallis completó los preparativos para modificar oficialmente su nombre, que volvería a ser Wallis Warfield. En su solicitud de la licencia matrimonial, se declaraba «soltera».

El duque aún mantenía la esperanza de que los duques de Kent y los de Gloucester y su hermana María asistieran a la ceremonia, y que el duque de Kent fuera su testigo. El 11 de mayo anunció finalmente su compromiso formal con Wallis, situando estratégicamente la rueda de prensa de Candé la víspera de la coronación de su hermano en la abadía de Westminster. Wallis exhibió la esmeralda mongola en su anillo de compromiso; el zafiro había caído en desgracia. Mainbocher acudió junto a sus empleados para la tercera prueba de su vestido de novia.

La pareja había sido ya informada de que el gobierno francés, por motivos de cortesía hacia su contraparte británica, no permitiría que la boda fuera retransmitida por la radio. Cuando la CBS y la NBC solicitaron hacerlo, se les informó de que cualquier intento de introducir micrófonos en el castillo sería impedido por la policía. En la tarde del día 12, Wallis y el duque escucharon al discurso dubitativo de un rey Jorge ya coronado; fuera, una fuerte tormenta azotaba el castillo mientras el duque tejía un jersey azul para Wallis, manejando las agujas con rapidez. Ni Wallis ni el duque se sintieron motivados a celebrar el discurso con un brindis, como estaban haciendo millones de personas en todo el mundo. A medianoche llegó al castillo un telegrama que anunciaba que tía Bessie había zarpado en el transatlántico President Roosevelt. Lelia Barnett había cometido el error de regalarle un ejemplar de Coronation Commentary como regalo de despedida.

En los días siguientes, se planteó la duda de si Wallis recibiría el tratamiento de Su Alteza Real; el duque llevaba semanas dando la lata a palacio para conseguirlo. Walter Monckton hacía todo lo que estaba en su mano, y también Winston Churchill, pero sus esfuerzos resultaron fútiles. Se había decidido que el matrimonio sería nulo a los ojos de la Iglesia, que no reconocía el divorcio. El duque buscaba el anuncio de la boda en la London Gazette, que normalmente contenía las listas de bodas aprobadas por el rey. No hubo respuesta de palacio en este caso.

Wallis y el duque no dejaron de advertir un suceso de mal agüero ocurrido en Londres. El conde Grandi lo describía así en 1986:

Sucedió algo que amargó mucho nuestra relación con Gran

Bretaña. Como sabemos, el anterior rey había rechazado reconocer al emperador Haile Selassie justificando su decisión en que no quería provocar a Mussolini. Pero el rey Jorge VI invitó al antiguo embajador de Etiopía a la coronación. Cuando Mussolini se enteró, se puso furioso. De forma impulsiva prohibió a los príncipes del Piamonte, miembros de la familia real italiana, que asistieran. El gobierno británico interpretó este rechazo como una ofensa grave a la Corona de Inglaterra.

Los príncipes del Piamonte eran grandes amigos del duque de Windsor. A este debió de quedarle claro entonces que todo lo que había temido con respecto a una eventual ruptura de relaciones entre Mussolini y el gobierno británico empezaba a hacerse realidad.

El 16 de mayo Wallis y el duque fueron invitados por sus amigos los Grafton W. Minot, personalidades de la vida social de Boston y Nueva York, a un castillo cercano. Durante la cena, cuando la anfitriona brindó por la feliz pareja, un rayo golpeó la instalación eléctrica de la habitación contigua, sumiendo en la oscuridad de forma ominosa a todos los presentes en el comedor. La noche siguiente Dudley Forwood zarpó hacia Inglaterra para recoger a la tía Bessie y acompañarla hasta el castillo.

El día 19, el duque visitó en París al presidente de Francia, a quien conocía bien del funeral por el asesinado monsieur Doumer y de un almuerzo en la residencia del presidente en Rambouillet. En la reunión, discutieron sus ideas sobre cómo mantener la paz en Europa.

Ese mismo día, llegó la decisión final del palacio de Buckingham, según la cual el rey y el primer ministro no permitirían a ningún miembro de la familia real británica asistir a la boda, lo que constituía un final deprimente a tres meses y medio de negociaciones. Por alguna razón, Wallis decidió que ella tampoco invitaría a ningún miembro de su familia, a excepción de la tía Bessie. Quizá pensaba que incluir a sus primas Corinne y Lelia, y a sus familias, resultaría una ofensa para Whitehall, y posiblemente sentía aún tanto desafecto hacia Newbold Noyes, el marido de Lelia, por sus artículos que no se habría planteado invitarlo a él.

La boda se fijó para el 3 de junio. Por lo que uno espera que fuera una lamentable casualidad, esa fecha coincidía con la del nacimiento del rey Jorge V. El 16 de mayo Wallis y el duque firmaron su contrato matrimonial, en el que se garantizaba la separación de bienes y que ninguno de los dos reclamaría nada al otro en caso de que se produjera un divorcio. Inicialmente, Herman Rogers anunció que no se realizaría ceremonia religiosa, solo un matrimonio civil que llevaría a cabo Charles Mercier, alcalde de la población cercana de Monts. Esta decisión, sin embargo, fue rápidamente revocada. Se habló de que el reverendo C. H. D. Grimes, rector de la Iglesia anglicana de Viena, oficiaría; el duque había realizado una lectura de la Biblia para él durante el mes de diciembre anterior. No obstante, el arzobispo de Canterbury intervino, y Grimes hubo de retirarse. El anillo de boda de oro galés, similar a los usados por varias reinas de Inglaterra, fue llevado desde París. Uno de los primeros en verlo fue el millonario Cornelius Vanderbilt (hijo), quien, en un gesto incongruente, declinó alojarse en el castillo, haciéndolo en su lugar en una gran caravana estadounidense que había aparcado junto a la verja. La vulgaridad de esta acción no escapó a la atención de la prensa francesa.

El 25 de mayo, el alcalde Mercier ensayó con Wallis y el duque la ceremonia civil en el salón de baile del castillo. La pareja seguía sin disponer de un ministro religioso. Cuando un párroco de Liverpool se ofreció a presidir la ceremonia, el arzobispo de York se lo prohibió expresamente. La tía Bessie llegó con retraso al tener que permanecer en París debido a un resfriado y empezó a ir de un lado a otro del castillo con una energía sorprendente, lo que causó consternación entre los empleados. Incluso se atrevió a usurpar el poder supremo al omnipotente Hale.

La amiga de Wallis Constance Coolidge llegó desde Baltimore. En una carta escrita a una amiga suya estadounidense y fechada el día 28, decía: «Nunca he visto a nadie tan feliz como el duque, está como un niño que acabara de salir de la escuela: alegre, despreocupado, sonriente y terriblemente enamorado». Durante el almuerzo, al que raramente asistía («Su Alteza Real te está haciendo un gran honor, Constance, ya que tiene por norma no almorzar nunca», le dijo Wallis), se quejó risueño del tiempo, que le había impedido jugar al golf, y dijo que no le había gustado alojarse con los Rothschild porque no le caía bien Kitty. Cuando Constance le preguntó si querría tener caballos, él contestó: «No puedo. Soy demasiado pobre. Pero una cosa que sí querría tener si dispusiera de un montón de dinero es un bonito yate».

Después de que tomaran el café, Hale y dos lacayos de librea llegaron con unas bandejas de plata completamente repletas de cartas. «¿Cuántas hay hoy?», preguntó Wallis. «Solo 450», contestó Hale. Los sobres contenían poemas, música, fotografías, insultos, amenazas y peticiones de cualquier cosa imaginable, entre las que se encontraba un par de zapatos descartados. El teléfono sonó cuarenta veces en dos horas. Representantes de Van Cleef & Arpels llegaron de París con bandejas de joyas, una caja de piedras preciosas, una caja de oro grabada que enviaba Hitler, un reloj de ónix y diamantes de Herman y Katherine Rogers, y lujosos regalos de Mussolini, Ciano y Alberto da Zara, de la época de China. La cena de esa noche, a la que asistió Randolph Churchill, estuvo compuesta de perritos calientes y cerveza de jengibre. Constance Coolidge escribió al respecto:

[El duque] vestía el traje escocés del batallón Black Watch

—falda negra y verde y una especie de camisa blanca—, muy elegante, y ella llevaba […] unas joyas: dos enormes hojas o plumas en el lado izquierdo de su vestido, una de diamantes y la

otra de rubíes, pendientes de diamantes y rubíes, brazaletes de diamantes y rubíes y un anillo de rubíes […]. Después de la cena fuimos al salón […]. De repente [el duque] advirtió que la lazada de la chinela de Wallis se había desatado y se arrodilló y la ató. Me fijé en la cara de Randolph Churchill en ese momento, y su expresión era, cuando menos, divertida.

Cuando Constance se iba a acostar a la una y media de la madrugada, exhausta por la larga noche, Wallis y el duque llamaron a su puerta, y le anunciaron que habían ido a ver si se encontraba bien; se sentaron en el borde de la cama y empezaron a charlar de nuevo. El duque advirtió que la lámpara no estaba bien situada para la lectura, se puso a cuatro patas en el suelo y empezó a gatear, arreglando cables y enchufes hasta que la lámpara quedó mejor colocada. Era típico de su naturaleza infantil, algo que contrastaba con su sofisticación y astucia.

El 29 de mayo, la London Gazette imprimió el siguiente anuncio devastador:

El rey se complace, por patente real del gran sello del reino,

en relación con la fecha del 27 de mayo de 1937, en declarar que el duque de Windsor, a pesar del instrumento de abdicación ejecutado el día 10 de diciembre de 1936 y la Declaración de la Ley de Abdicación de 1936 de Su Majestad, por la que se da efecto a dicho instrumento, recibirá el título, tratamiento o atributo de Alteza Real para su uso y disfrute personal de forma que su mujer y descendientes, si los hubiera, no podrán utilizar dicho título, tratamiento o atributo.

Esta decisión se había aprobado en una reunión del gabinete. El primer ministro Baldwin había rechazado presidirla y en su lugar el secretario de Interior, sir John Simon, influyó mucho en el establecimiento de este desafortunado precedente. Al final de su vida, sir Dudley Forwood no olvidaba el momento en el que el duque fue informado de la decisión tomada por el gobierno británico (y su hermano, el rey):

[Mi señor] apoyó su preciosa cabeza de cabellos dorados en

mi regazo y sollozó sin consuelo. Le habían roto el corazón y, de alguna manera, nunca logró superarlo. Yo nunca había sido testigo de un pesar tan angustioso, ni siquiera por parte de los

familiares de un difunto, o de aquellos a los que les habían comunicado que les quedaba poco tiempo de vida.

Como deja claro el diario de Joseph P. Kennedy, quienes mayor influencia ejercieron en este asunto fueron las mujeres de la familia real: la reina madre, la reina, las duquesas de Gloucester y de Kent, y la princesa real, todas las cuales, por utilizar un término que escuchó Kenneth de Courcy, duque de Grantmesnil, consideraban a Wallis «una mujer de vida alegre», basándose en lo leído en el dossier de China. Se dice que la reina Victoria publicó un edicto en el que se especificaba que el tratamiento de Su Alteza Real solo podría ser disfrutado por parientes de sangre del monarca reinante, pero en realidad este edicto había sido ignorado en al menos dos casos famosos. Su Majestad la reina Isabel era plebeya cuando se llamaba lady Elizabeth Bowes-Lyon, pero recibió el tratamiento de Su Alteza Real cuando se convirtió en la duquesa de York. Lady Alice Montagu Douglass-Scott también adoptó el tratamiento cuando se casó con el duque de Gloucester. A día de hoy, no ha aparecido una documentación satisfactoria que aporte una base jurídica para que a Wallis le fuera negado el tratamiento; de hecho, ella y el duque pasaron el resto de su vida ignorando el anuncio. El duque insistía —en lo que para muchos era un grado de persistencia irritante— en que Wallis fuera llamada Su Alteza Real por todo el mundo y exigía que se le hicieran reverencias tanto en privado como en actos públicos. En muchos casos, las damas obedecían la orden solo para complacerle, plenamente conscientes de que su acción podría disgustar en palacio. A Wallis nunca le hizo una reverencia ningún empleado de las dependencias de la reina. Y a los miembros de las familias reales del resto de países se les prohibía también. En el papel con el que escribía sus cartas, Wallis utilizaba la insignia real, ya fuera una pequeña corona bajo un león rampante o dos W entrelazadas bajo una corona real. Ella y el duque opinaban que como esposa suya tenía derecho a utilizar la insignia real que deseara. Mucha gente estuvo en desacuerdo con la decisión. No fue hasta 1972 cuando el Colegio de Armas británico le autorizó oficialmente el uso de la corona real, y tan solo después de la muerte del duque.

«La boda será muy íntima», escribió la tía Bessie en una carta que le enviaba a Corinne a Washington el 31 de mayo. «Wallis se encuentra muy bien. Delgada pero espléndida, y está de muy buen humor». El día 30 Helena Normanton, del New York Times, preguntó con descaro a Wallis acerca de sus vínculos nazis. Wallis contestó, contradiciendo las palabras de Mary Kirk Raffray: «No recuerdo haber estado en compañía del señor Von Ribbentrop más que dos veces; la primera, en una fiesta celebrada por lady Cunard antes de que él fuera nombrado embajador, y la segunda, en una gran recepción. Nunca estuve a solas con él y nunca intercambiamos más que unas pocas palabras, la habitual conversación social, eso es todo. La política no me interesa en absoluto». La señora Normanton no tuvo la osadía de cuestionar esta afirmación.

El día 1 de junio llegaron más invitados a la boda. Entre ellos estaban Hugh Lloyd Thomas, primer secretario de la embajada británica en París; lady (Walford) Selby; Walter Monckton; Fruity y Alexandra Metcalfe; Eugene Rothschild y su mujer; George Allen, y Dudley Forwood. En el último momento se encontró un sacerdote que oficiara la ceremonia: el reverendo R. Anderson Jardine, vicario de la iglesia de San Pablo en Darlington (condado de Durham). Aunque se ha afirmado que Bedaux sobornó a Jardine para que desafiara a su Iglesia dirigiendo la ceremonia, en realidad este se había ofrecido voluntario por carta. A pesar de las graves amenazas que realizaron su obispo y el arzobispo de York, se dirigió al castillo y comenzó a organizar los preparativos de inmediato. Cuando aún estaba en Inglaterra, Jardine se había puesto furioso al enterarse por la prensa de que no habría ceremonia religiosa; después de dejar el desayuno sin acabar, había dado vueltas de un lado a otro de la habitación, había salido al jardín y se había metido en una antigua tienda de campaña del ejército, donde se había arrodillado para rezar. Cuando se puso en pie, lo había decidido: escribiría a Herman Rogers para felicitar al duque y transmitirle que él estaba dispuesto a oficiar la ceremonia. Esa mañana de domingo, mientras dirigía los servicios infantiles, recibió un telegrama de George Allen pidiéndole que le llamara. Al día siguiente se reunió en Londres con Allen; este arregló su visado a una velocidad sorprendente y con el máximo secreto. A la mañana siguiente, Jardine se subió al tren que cruzaba el canal. Tras una breve estancia en París, fue recogido en la estación local por el chófer del duque, quien le llevó hasta el castillo.

Cecil Beaton ya estaba allí, sacando fotografías de Wallis y el duque. Los Rogers habían entretenido a Beaton después de la cena con películas de Pekín, el crucero en el Nahlin y la estancia de Wallis en Balmoral. El castillo se alborotó entero cuando Constance Spry, la famosa florista londinense, apareció con su ayudante para decorar la residencia con ramos de flores. Wallis lo observaba todo cuidadosamente; se encontraba visiblemente agotada por la tensión del acontecimiento. Pero el duque parecía estar en muy buena forma, además de bronceado y muy feliz. El reverendo Jardine llegó en el coche y los Rogers salieron a recibirle a la escalera de entrada. Mientras le apretaba la mano, Rogers le dijo: «Gracias a Dios que ha llegado. Ahora ya tengo algo que contarle a la prensa».

Unos minutos más tarde, Rogers leyó a la multitud de reporteros tanto en francés como en inglés el sorprendente anuncio de que a continuación de la ceremonia civil se realizaría otra religiosa. Esto volvió las tornas de un engaño organizado por parte de la prensa, en el que el columnista Logan Glendenning aparecería de repente ataviado con una sotana y representaría una falsa boda para inmediatamente aclarar que se trataba de una broma pesada. Incluso se habían ensayado las fotografías de esta maliciosa tomadura de pelo. Quienes iban a representarla quedaron mudos ante el anuncio de Rogers.

George Allen fue el encargado de presentar a Jardine al duque y a Wallis. El duque, que llevaba una camisa con el cuello abierto y unos pantalones cortos, le dijo a Jardine: «¿Por qué no querían autorizar la ceremonia religiosa? Ambos somos cristianos […]. Usted ha sido el único que ha demostrado tener las suficientes agallas para hacer esto por mí». Jardine le dio un misal a Wallis; después todos comenzaron a buscar una «santa mesa» apropiada para sustituir al altar. En tan frenética inspección, alguien rompió una lámpara italiana. Finalmente, Jardine descubrió un arcón. El problema era que estaba adornado con figuras de regordetas ninfas desnudas que sujetaban una talla de imitación renacentista. Después de protestar contra la vulgaridad del arcón, Wallis logró encontrar una pieza de seda bordada de color crema en uno de sus baúles de linos con la que ella y Katherine se dispusieron a tapar el arcón para cubrir los ofensivos desnudos. George Allen llegó con dos candelabros, pero Wallis rechazó la idea, ya que estos debían usarse en la cena. Jardine preguntó si habría alguna cruz. Charles Bedaux contestó que él tenía varias, pero que en todas estaba la figura del crucificado. El duque sugirió que alguien se pusiera en contacto con la embajada británica o incluso con Londres para conseguir una cruz apropiada. Finalmente, Bedaux logró hacerse con una cruz lisa en una iglesia local.

También hubo que buscar los cojines reclinatorios en los que se arrodillaría la pareja. Beaton sacó fotos del duque en la habitación de Wallis y más tarde de la pareja. La sesión continuó después del almuerzo hasta bien entrada la tarde. Mientras el duque y Wallis posaban para las fotos de boda ante una ventana del torreón, llegó un mensaje de Walter Monckton en el que afirmaba que la última solicitud que le había hecho el duque a su hermano con respecto a que Wallis utilizara el tratamiento de Su Alteza Real había sido denegada.

Sin embargo, el duque se recompuso y siguió colaborando con Beaton. Cuando se fue aquella noche, Beaton descubrió, afligido, que un fotógrafo convencional del Evening Standard de Londres había publicado una foto antes que él. Forwood se encontraba bajo mucha presión por parte de los periodistas. En 1987, recordó que uno le había preguntado: «¿Usted cree que el duque ya se ha follado a la señora Simpson?», a lo que Forwood le respondió: «Yo no estaba con ellos en la cama». Los reporteros se rieron. Forwood continuó: «Hasta el último minuto, el duque confió en que sus hermanos, los duques de Kent y los de Gloucester, aparecieran, en que de alguna manera la familia real se ablandaría. Pero no fue así. Le hicieron mucho mucho daño».

Se celebró una cena previa a la boda. Todos los presentes se encontraban del mejor humor. Charles Bedaux se sentó en la presidencia y el duque en el extremo opuesto. Después de que se separaran un rato, los hombres a fumar puros y beber brandy y las mujeres a charlar de sus cosas, los invitados se volvieron a reunir en la biblioteca para escuchar un recital de Marcel Dupré. Aburrido como siempre por la música, el duque abandonó el recital, llevándose a Jardine, al que preguntó, con un sorprendente y profundo conocimiento del tema, por los problemas de la pobreza y el paro en Durham.

Por fin llegó el jueves 3 de junio. El tiempo era perfecto, «digno de un rey», dijo gran parte de la prensa, poco apropiadamente. A las siete de la mañana, un cordón policial tenía ya rodeado el castillo. También habían llegado muchos agentes de la Sûreté. El gobierno había prohibido que se sobrevolara la zona. El pueblo de Monts al completo se había alineado a lo largo de la avenida de pinos que conducía hasta la verja. Jardine fue a ver al duque a las siete y cuarto. Se encontraba, escribió Jardine, «tan feliz como un colegial». «Supongo que debería llevar un misal», dijo el duque, y salió corriendo a buscar uno que le había regalado su madre cuando era niño. Con lágrimas en los ojos, le mostró a Jardine el cariñoso mensaje que estaba escrito en él. Por el contrario, según recordaría más tarde lady Alexandra Metcalfe, Wallis mostraba una mirada dura, fría y apaciblemente triunfante ahora que el momento había llegado.

La ceremonia civil se celebró a las 11.42 de la mañana y solo se permitió a cuatro periodistas presenciarla. El regalo de boda del duque a Wallis era una diadema de diamantes. Él llevaba un chaqué negro con pantalones de rayas, con un clavel blanco en el ojal. Wallis parecía casi demasiado tiesa y formal en su traje azul con hombreras de Mainbocher. Llevaba las joyas a juego: broche, brazalete y pendientes de diamantes y zafiros. El miope alcalde Mercier estaba extremadamente nervioso y el duque no dejaba de agarrarse los dedos tras la espalda.

A continuación se celebró la ceremonia religiosa. Sobre la santa mesa había dos candelabros, con sesenta y dos velas cada uno. Otros dos cirios flanqueaban el espejo de bronce dorado que quedaba detrás del improvisado altar. Marcel Dupré comenzó a tocar los compases de la marcha nupcial de Judas Macabeo de Haendel. Durante la bendición, tocó «O Perfect Love». Tan solo el «sí, quiero» del duque, excesivamente alto y agudo, rompió el

sereno ambiente de la ceremonia. El anillo de boda[26] de oro galés convirtió a Wallis en la duquesa de Windsor. No hubo incienso, ni coro, ni pompa. Sin embargo, nadie que presenciara la ceremonia la olvidaría nunca.

Cuando Herman Rogers salió al porche a anunciar que la boda había acabado y la pareja se reunió con sus invitados para tomar un almuerzo en forma de bufé de langosta, ensalada, pollo y fresas, la anciana ama de llaves francesa tomó una botella de champán y la rompió contra la verja, en cumplimiento de una tradición local; dado su habitual sentido de la limpieza, a continuación barrió todos los cristales. Rogers logró que los periodistas le dieran su palabra de que no perseguirían a los recién casados hasta la estación.

En Inglaterra, el Church Times, los miembros de la Iglesia anglicana de San Pablo en Darlington y varias instituciones religiosas condenaron la acción de Jardine inmediatamente. Este regresó a casa en medio de una tormenta de críticas y, completamente leal a los duques, decidió en oposición a los extendidos reproches, abandonar su ministerio y marcharse a Estados Unidos, donde él y su mujer abrieron una modesta institución religiosa que bautizaron como Windsor Cathedral of Los Angeles. Fueron deportados de vuelta a Inglaterra en 1942 por quedarse más tiempo del que permitían sus visados.

Forwood nunca olvidó los hechos que ocurrieron a continuación de la boda. Los duques y su gran séquito se dirigieron en una caravana de vehículos a Laroche-Migennes para tomar el Simplon-Orient Express. Les acompañaban dos motoristas armados de uniforme y un coche repleto de gendarmes franceses. En otro iban los inspectores británicos. A continuación, les seguían los modistos, los lacayos, el interventor monsieur James, las doncellas de la duquesa y otros muchos. Como Forwood no había previsto que la escolta policial condujera a una velocidad reducida siguiendo su costumbre, había calculado mal el tiempo que llevaría llegar a tomar el tren. Le preocupaba el retraso y la posibilidad de que perdieran el tren cuando, para su desesperación, el duque anunció: «¡Vamos a parar a hacer un pícnic!». Forwood no se atrevió a saltarse la jerarquía y avisar de que esta idea podría significar que perdieran el expreso. Obedeciendo la orden real, todos los coches se detuvieron y una procesión guiada por Wallis y el duque se adentró en el campo. El duque le dijo a Forwood que deseaba que se desatara a los perros de sus correas para que pudieran aliviarse. Forwood dijo que, si hacía eso, los animales podrían perderse. La duquesa estuvo de acuerdo con él.

El duque ordenó entonces a Forwood que llevara los perros atados a un campo de maíz y que, delante de todo el mundo, él levantara la pierna repetidamente para que los animales siguieran su ejemplo. Para cuando logró su propósito, se habían instalado mesas para lo que presumiblemente era un banquete real. Pero cuando monsieur James abrió las grandes cestas de pícnic, se descubrió que lo único que contenían eran melocotones. Debido a algún error en las cocinas del castillo de Candé, el resto de la comida había sido enviada al tren por adelantado y solo la fruta viajaba en la caravana real. Todos tuvieron que comer melocotones hasta que varias personas se sintieron empachadas. Podría haber sido una escena de las memorias del duque de Saint-Simon, cortesano de Luis XIV.

Para cuando este desagradable banquete hubo acabado, resultó evidente, incuso para el duque, que el Orient Express se habría ido sin el grupo. Todo el mundo se apretujó de nuevo en los coches, y los chóferes condujeron a una velocidad endiablada hacia la estación. Afortunadamente, a pesar del enfado de los pasajeros, el expreso había sido retenido. Después comenzó la laboriosa tarea de colocar a bordo las 266 piezas del equipaje real; el duque insistió en que cincuenta de ellas debían ir en su vagón privado, en el que apenas quedó sitio para moverse. El vagón resplandecía de rosas rojas y amarillas de un extremo al otro.

La salida del tren se retrasó aún más porque uno de los dos cairn terriers recién adquiridos se escapó y tuvo que ser recuperado. Además, con las prisas, la duquesa se había dejado el sombrero en el coche, y otro vehículo que traía numerosas maletas llegó tarde.

El Orient Express se detuvo en Venecia en su trayecto hacia Austria. Después de tantas restricciones en sus visitas a Italia debido a la sensibilidad del Ministerio de Asuntos Exteriores británico, bajo Anthony Eden, los duques de Windsor estuvieron encantados de que fuera allí donde comenzara su luna de miel. El Ministerio de Asuntos Exteriores británico no había permitido al duque visitar Italia antes dado que esto no solo revelaría los vínculos italianos del propio duque, sino que además supondría un mensaje demasiado explícito de apoyo a Mussolini ante el resto del mundo. Sin duda, tanto esto como el atractivo romántico de los canales de Venecia influyeron en la decisión del duque de parar allí. Una inmensa multitud les recibió en la estación realizando el saludo fascista, a lo que el duque respondió del mismo modo. Forwood recuerda que Mussolini había organizado una escolta de gala de góndolas para acompañar al grupo real hasta el Lido, donde fueron alojados en el hotel Excelsior. Los duques de Windsor pasaron tres horas y media de lo más concurridas en la ciudad. Resultaba evidente que eran muy populares en Italia. Los gondoleros los llevaron en una embarcación recién pintada por el Gran Canal; caminaron por la plaza de San Marcos, donde dieron de comer a las palomas; visitaron la catedral de San Marcos y el Palacio Ducal. Tomaron té en el Excelsior. Volvieron a subirse al tren a última hora de la tarde y, mientras se despedían, les llegaron cien claveles de Mussolini desde Roma. Por la ventana de su vagón privado, el duque realizó una vez más el saludo fascista.

El tren llegó a Arnoldstein (Austria), a las 11.45 de la noche del día 4. Docenas de jóvenes ataviados con los trajes regionales se habían acercado para dar la bienvenida al séquito real, pero fueron expulsados de forma grosera por la policía. En su lugar, los duques fueron recibidos por seis periodistas. Se bajaron del tren de un humor optimista, acompañados por Dudley Forwood, el inspector jefe Storrier y el inspector Attfield de Scotland Yard. Paul y Peggy Munster no habían ido, pero el Mercedes de los condes sí estaba allí para recogerlos. El chófer los llevó a través de una carretera empinada y peligrosa hasta el Schloss Wasserleonburg, que databa del siglo XV. El enorme edificio gótico de cuarenta habitaciones se levantaba enmarcado por la cara sur de una montaña. Cuando la pareja llegó a la enorme entrada de piedra gris, el duque se rio, cogió en brazos a Wallis y cruzó con ella el umbral hasta el vestíbulo, donde treinta sirvientes estaban esperándoles. La anciana ama de llaves les comentó que el hecho de que el duque no se hubiera tambaleado auguraba que serían muy felices.

El 8 de junio la pareja envió un telegrama a Hitler, agradeciéndole con retraso sus buenos deseos y el regalo recibido con motivo de su boda. Al día siguiente agradecieron a Winston Churchill y su esposa «la maravillosa vajilla» que les habían enviado como regalo de bodas. También les expresaron su admiración por el artículo publicado por Randolph Churchill sobre la boda en el Daily Express. Posaron felices para los fotógrafos; después enviaron una nota a George Allen preguntándole por Fort Belvedere. Este les contestó que se mantendría desocupado por un espacio de tiempo indefinido. Escenario de la supuesta filtración de documentos oficiales, contaminado por la presencia de una mujer considerada completamente malvada por la Iglesia y la corte, el edificio había caído en un triste estado de deterioro.

El 20 de junio, los duques de Windsor llegaron a Viena y se alojaron en el hotel Bristol. Poco después, Sam Gracie, ministro honorario de Brasil en Viena, y su esposa británica celebraron una cena en honor de los duques de Windsor en la legación británica. Entre los invitados se encontraban un joven secretario de la embajada italiana y George Messersmith. Durante la cena, según Messersmith informó a Washington, Wallis habló de forma muy amarga de la prensa estadounidense. El duque estuvo pendiente de cada una de sus palabras. Fue entonces cuando tuvo lugar un suceso extraordinario.

A la hora del café, el secretario del canciller Schuschnigg apareció de forma inesperada. Llamó aparte a Messersmith y le dio un mensaje sellado en el que se afirmaba que había descarrilado un tren que iba de Alemania a Italia y que se habían encontrado en su interior proyectiles navales, enviados por el Almirantazgo de Berlín para que fueran usados por la Marina de Mussolini. Esta era una información confidencial de la máxima gravedad para Austria y Estados Unidos, países neutrales, porque demostraba que Alemania estaba suministrando armas a la maquinaria bélica italiana. Cuando Messersmith regresó a la fiesta de su encuentro con el secretario del canciller, el duque le preguntó por qué Schuschnigg había enviado a alguien para hablar con él. Como un tonto, Messersmith rompió la confianza y le reveló al duque el secreto de espionaje que le había sido transmitido. Poco después, Messersmith advirtió que el duque hablaba con el secretario de la embajada italiana, que abandonó inmediatamente la fiesta. Al día siguiente el agregado militar de la legación estadounidense le llevó a Messersmith un telegrama, interceptado y decodificado, que el embajador italiano, Prezziozi, había enviado al Ministerio de Asuntos Exteriores de Roma; decía que el duque le había revelado una información secreta relativa al descarrilamiento del tren y que «el gato [ya estaba] fuera de la bolsa por lo que respecta a los proyectiles navales». El duque había revelado a los italianos el hecho de que el gobierno estadounidense había obtenido información secreta sobre los vínculos entre nazis e italianos.

El 28 de julio, los duques de Windsor regresaron a Venecia en tren. Una vez más, los italianos los recibieron eufóricos; apenas fueron capaces de abrirse camino por el Gran Canal, ya que cientos de góndolas pululaban alrededor de ellos. Otras tantas se habían reunido en el Lido para verlos pasar cuando entraran en el Excelsior. Al día siguiente les hicieron montones de fotografías tomando el sol y bañándose.

Para el día 7, los duques de Windsor habían vuelto a Wasserleonburg. Los planes para que visitaran la Alemania nazi seguían progresando. Detrás de ellos estaba el diplomático Fritz Wiedemann. Aparentemente anglófilo, Wiedemann defendía con firmeza la paz con Gran Bretaña para un futuro indefinido. Representaba al grupo existente en Alemania que apoyaba la idea de restaurar los poderes de la familia real alemana. Creía, tanto como lo hacía el duque de Windsor, en el fortalecimiento de las alianzas entre familias reales que se habían roto en la Primera Guerra Mundial. Políticamente moderado, no se entendía bien con los elementos más radicales del Partido Nazi, pero, no obstante, y a pesar de afirmaciones realizadas en sentido contrario, era un leal servidor del Führer. Mantenía vínculos fuertes en Londres, entre los que estaba su amante, la egregia medio judía y agente nazi princesa Estefanía Hohenlohe. Hitler tenía un sorprendente interés sexual por ella, a pesar de su origen medio judío; estaba dispuesto a pasar por alto sus prejuicios étnicos al emplear a ciertos fieles servidores del III Reich. Más tarde, le regalaría el castillo del productor Max Reinhardt.

Por lo tanto, fue Wiedemann, bajo instrucciones directas del Führer, y no Charles Bedaux, el responsable de organizar la visita de los duques de Windsor a Alemania ese otoño. El doctor Robert Ley, líder sindical del Reich, también colaboró en los detalles. Se convino con el duque, mientras este se encontraba en Austria, que todos los gastos ocasionados por el viaje serían sufragados por los fondos especiales del Reichsbank, banco controlado por Hitler. Huelga decir que el duque prefería que fuera así a tener que costearse él mismo el viaje.

El 19 de agosto, Charles Bedaux, que se encontraba en Budapest, llamó a Howard K. Travers, encargado de negocios de la embajada estadounidense, para reunirse con él. Bedaux le transmitió que actuaba en nombre del duque de Windsor y le dijo que al duque le gustaría estudiar la suerte de las clases desfavorecidas y deseaba «realizar un completo estudio de sus condiciones laborales en varios países». El tema parecía inocuo hasta que Bedaux, algo indiscretamente, añadió las siguientes palabras: «Con la intención de regresar a Inglaterra más adelante como héroe de la clase trabajadora». Esta fue una afirmación mortal, cargada de dinamita. Implicaba que el duque deseaba eclipsar al rey Jorge VI y volver a entrar en Gran Bretaña, probablemente en busca de un puesto político. Con el apoyo entusiasta de la gente en Europa y Estados Unidos, confiaba en reunir de nuevo a sus numerosos seguidores en Gran Bretaña.

La afirmación que Bedaux realizó en su nombre fue filtrada a Londres después de que Howard Travers informara de ella en un memorándum «estrictamente confidencial» realizado para el Departamento de Estado estadounidense ese mismo día. Por aquella época, George Messersmith había regresado a Washington como ayudante del secretario de Estado a cargo de los Balcanes, y no hay duda de que, cuando recibió el documento el 10 de septiembre, lo remitió a las autoridades británicas correspondientes. Las consecuencias de esto afectarían gravemente al futuro de los duques de Windsor.

Existía otro motivo para que el duque deseara visitar Alemania, confirmado por sir Dudley Forwood. En sus propias palabras: «¿Por qué querían ir a Alemania? Tengo una opinión fundada. No fue para realizar un apoyo público a los nazis. Fuimos porque quería que su amada esposa experimentara lo que era una visita de Estado. Y el único modo de hacer posible una visita así era organizarla con Hitler». Sir Dudley no explica por qué una visita a Mussolini no habría sido igualmente posible, y quizá ligeramente menos peligrosa. Continuaba:

Debe admitirse que, aunque el duque, la duquesa y yo no

teníamos la menor idea de que los alemanes estuvieran cometiendo asesinatos en masa de judíos, ninguno de nosotros era contrario a las ideas políticas de Hitler. Todos pensábamos que el régimen nazi era un gobierno más adecuado que la república de Weimar, que había sido extremadamente socialista y bajo la cual Alemania podría haberse vuelto socialista, en lugar de nacionalsocialista, que para nosotros era el menor de ambos males.

El 2 de septiembre, sir Alexander Hardinge escribió a sir Robert Vansittart aclarando el estatus de los duques de Windsor:

Su Alteza Real el duque de Windsor y la duquesa no deben

ser tratados por los representantes de Su Majestad como si tuvieran un estatus oficial en los países que visiten. Por este motivo, al rey le parece que, salvo bajo instrucción específica, los representantes de Su Majestad no deben participar en la organización de entrevistas oficiales con ellos ni dar su

consentimiento a la participación de ellos en ninguna ceremonia oficial.

Hardinge continuaba afirmando que era deseo del rey que a los duques no se les ofreciera permanecer como invitados en ninguna embajada ni legación. Los embajadores o ministros no debían recibir a la pareja en una estación y su paso por la embajada debía ser estrictamente privado e informal. La duquesa de Windsor debía ser colocada a la derecha del representante de Su Majestad en todas las ocasiones. «Debe evitarse cualquier cosa de naturaleza oficial».

El mismo día Vansittart escribió a sir Geoffrey Knox, embajador británico en Hungría, diciéndole:

S. A. R. el duque de Windsor y la duquesa han de ser

tratados de la forma en la que lo sería un miembro de la familia real que estuviera de vacaciones. Si surgiera cualquier cosa que pudiera dar a la visita un cariz más serio, debe informar al ministerio de forma inmediata. No está previsto que vaya personalmente a recibirlos a la estación, sino que envíe a un miembro de su legación de más antigüedad. Si dan la impresión de querer almorzar o cenar en la legación, no habrá problema en que los invite, pero debe evitar pedirle a ninguna figura políticamente prominente de Hungría que se reúna con ellos.

Los duques de Windsor llegaron a Hungría el 9 de septiembre para alojarse con Bedaux en el castillo Borsodivanka, propiedad de este. Para entonces, tanto Washington como el Servicio Secreto de Inteligencia volvían a estar vigilándolos de cerca. Messersmith no había olvidado el incidente de Viena, cuando el duque había filtrado el hecho de que él hubiera sido informado sobre el envío de armas de Alemania a Italia.

El día 14 Bedaux regresó a la legación estadounidense de Budapest, diciendo que Travers debía informar al Departamento de Estado de que el duque realizaría un anuncio público el 3 de octubre. En su declaración revelaría el hecho de que el duque y la duquesa visitarían Alemania por invitación de Hitler durante doce días, a partir del 11 de octubre, y que «el gobierno alemán [había] puesto dos aeroplanos y ocho automóviles a [su] disposición». El embajador británico en Berlín, sir Eric Phipps, sería informado ese mismo día. Los duques de Windsor zarparían con dirección a Nueva York en el barco de vapor alemán Bremen el 11 de noviembre, y el duque «agradecería ser recibido por el presidente para discutir aspectos de bienestar social». En el memorándum que realizó para el subsecretario de Estado Wilson, Travers escribió: «[El duque] desea que [el plan de] su próxima visita se mantenga en secreto, pero enviará un telegrama al embajador británico en Washington al mismo tiempo que informe [al] embajador británico en Berlín, el día 3 de octubre. El gobierno británico no ha sido informado aún de las visitas propuestas, y él desea que estas se mantengan en la confidencialidad hasta el anuncio del 3 de octubre».

Mientras tanto, a pesar de la gran confidencialidad que pedía Bedaux, el duque informó a sir Roland Lindsay, embajador británico en Washington, que se encontraba de permiso en Inglaterra, que visitaría Estados Unidos. Lindsay, en un memorándum fechado ese día y dirigido al Ministerio de Asuntos Exteriores británico advertía de que podría existir un intento por parte del duque «para orquestar un regreso semifascista a Inglaterra halagando a la clase trabajadora en Estados Unidos».

Sir Robert Vansittart convocó a Lindsay al Ministerio de Asuntos Exteriores británico para mostrarle el archivo secreto sobre las actividades de espionaje de la duquesa. Lo que leyó allí le dejó horrorizado. Vansittart le dijo que se habían dado instrucciones a todo ministro y embajador británico del mundo prohibiéndoles que alojaran a los duques de Windsor, celebraran una cena en su honor o les presentaran oficialmente a nadie; en ninguna estación de tren podrían ser recibidos por nadie más importante que un tercer secretario. Solo se les daría «un pequeño almuerzo», un desdeñoso detalle final. Así de severo y dañino se había vuelto el contenido de los informes de Vansittart.

El grado de colaboración con los nazis (y de forma más enfática con los italianos) determinado por Vansittart era extremo, e iba mucho más allá de la mera simpatía o aprobación. Los duques de Windsor viajaron a Bucarest el 13 de septiembre. Estuvieron en Viena el día 14 y de allí continuaron a Checoslovaquia, donde se pusieron en contacto con miembros del Club de Deporte y Caza austriaco, de visita en el país. El 1 de noviembre del año siguiente el Dienststelle o Servicio Especial de Inteligencia de Ribbentrop le informaría de que el duque de Windsor era el presidente del club. Esta asociación de millonarios estaba considerada por el servicio de inteligencia de Ribbentrop como un colectivo peligroso e ilegal, y se encontraba bajo vigilancia de la Gestapo y la policía austriaca. El informe decía:

En territorio alemán, en la región de Salzburgo, está situado

el Schloss Mittersill, propiedad de la empresa Simag, perteneciente a la princesa de Lichtenstein. La anteriormente

mencionada Simag ha prestado el castillo, así como el campo de golf y las pistas de tenis, al Club de Deporte y Caza.

El duque de Windsor es el presidente de honor de dicho

club. En su lista de miembros se incluye un buen número de representantes de las familias reales europeas, así como políticos extranjeros. La exclusividad del club puede juzgarse por el hecho de que la cuota de entrada es enormemente elevada.

El club busca en este momento apoyos alemanes y de otro

tipo. El comisario jefe de la policía local y las autoridades civiles de Salzburgo están interesadas en investigar las actividades del club por motivos de política interior y exterior, así como por razones ideológicas. Según un informe del profesor Lehotrich de Viena, una limpieza de las actividades del club será imposible sin el control absoluto de este por parte de Alemania. Como ejemplo, [un miembro de una familia real] ha huido recientemente de Viena por estar amenazado de arresto acusado de homosexualidad. En relación con el tema, el informe [de la policía] también acusa al duque de Windsor de bisexual.

Esa semana de mediados de septiembre, Wallis y el duque estaban en el castillo Borsodivanka de Charles Bedaux. El día 18, Cordell Hull, secretario de Estado estadounidense, envió un informe a Budapest a través de Hugh Wilson en el que afirmaba que el presidente estaría encantado de recibir al duque, pero el general Watson, secretario de Presidencia, añadió a mano la siguiente nota: «Asunto sujeto, obviamente, a consulta con la embajada británica en el momento oportuno». Raspó las palabras «que no desea que este asunto sea hecho público». El informe de Hull continuaba: «Es difícil e incluso de algún modo embarazoso tomar una posición definitiva al respecto hasta que este gobierno conozca la reacción de la embajada británica respecto a la visita propuesta». Hasta ahora, todos los cables relativos a este asunto se enviaron en código confidencial y bajo el sello «No debe ser distribuido». El asunto era explosivo: en vista de la popularidad del duque, el gobierno de Estados Unidos no quería dar la impresión de estar ofendiéndole, pero al mismo tiempo los archivos de seguridad sobre los duques de Windsor eran tan perjudiciales que Washington estaba nervioso por ofender a Whitehall si le organizaba un recibimiento. A todo esto no ayudaba mucho el hecho de que el duque deseara ser acompañado durante todo el viaje por un ejecutivo de Eastman Kodak, compañía asociada de forma directa a su equivalente alemana por motivos comerciales. El 14 de septiembre Victor Mallet, encargado de negocios británico en Washington, se refirió a la propuesta de Bedaux en Budapest en un informe enviado a Eden:

El duque ha dejado de ser noticia de portada por aquí, pero

si viniera este otoño volvería a resucitar el tema a bombo y platillo. Lo que es más, el cuento de su simpatía por los mineros del sur de Gales y la consecuente ira del señor Baldwin, que aún se cree fervientemente en el medio oeste, será reavivado en la investigación que él ha planteado sobre la vida del estadounidense de clase trabajadora. Lo único que espero es que esta propuesta de viaje acabe en nada, pero le quedaré muy agradecido si me comunica cualquier noticia que tenga al respecto.

En los archivos que el FBI conservaba en Washington sobre los duques de Windsor, un informe extenso muestra que una agente secreta estadounidense llamada Helga Stultz, infiltrada como archivista en el nido de águilas de Hitler en Berchtesgarden, escuchó una conversación entre Hitler y Robert Ley, líder nazi en temas laborales, en la que discutían la próxima visita real a Alemania. Ley dijo que él había estado en contacto con el antiguo primer ministro británico partidario de la causa nazi David Lloyd George, quien había visitado recientemente al Führer para consultarle algunos aspectos, y que había hablado con él acerca del capital que podría obtenerse de la visita de los duques de Windsor.

Hitler le dijo a Ley que debía transmitirles a los duques de Windsor, y a Lloyd George, que la única esperanza para el futuro del mundo era que el duque de Windsor recuperara el trono con Lloyd George de primer ministro. Y añadía:

Esto no sucederá a menos que se produzca una guerra. A

pesar de que los británicos no desean luchar y no tienen estómago para hacerlo, creo que podrían tropezarse con ella. Si eso ocurriera, se derrumbarán en menos de un año. Dispondremos de nuevos gobernantes con los que negociar y estoy seguro (por las conversaciones mantenidas) de que Lloyd George nos devolverá nuestras colonias sin que se produzca ningún escándalo. Me prometió que estaría de acuerdo con eso.

El 30 de septiembre, Oliver Harvey, del Ministerio de Asuntos Exteriores británico, envió un memorándum extenso a Vansittart acerca de la visita propuesta de los duques de Windsor a Alemania. El informe revelaba que el primer ministro pensaba que sería imposible impedir que el duque realizara la visita, pero que sí debían asegurarse de que los representantes del gobierno británico no tomaran ninguna medida que pudiera interpretarse como una aprobación. En el mismo informe, Harvey revelaba que el rey era consciente de que el gobierno alemán había organizado la visita y que en palacio se consideraba «de lo más inapropiado que el gobierno alemán se encargara de organizar una visita así sin informarnos». En palacio se pensaba que ningún miembro de la embajada británica en Berlín debía ir a recibir el tren real «para que no parezca que se está dando una naturaleza oficial por parte de Gran Bretaña a la visita de Alemania». Vansittart garabateó en el margen: «Estoy de acuerdo. Esta es una innovación monstruosa en su propósito de propaganda […]. Estoy de acuerdo con Alexander Hardinge. No hemos sido consultados y por lo tanto deberemos mantenernos al margen».

El 1 de octubre Vansittart escribió un memorándum a Hardinge confirmándole que «no puede hacerse nada para impedir [la visita] pero los representantes de Su Majestad no tomaran ninguna medida que pueda interpretarse como una aprobación de la misma». Y añadía:

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