Las chicas del Gueto

V.S. Alexander · Capítulo 9 de 28

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Las chicas del Gueto

Capítulo 8

Poco después del mes hebreo de Jeshván, en noviembre de 1940, unos pasos resonaron en el vestíbulo del departamento de Krochmalna, junto con gritos violentos y súplicas de piedad. El llanto hizo que Perla se tapara los oídos y se hundiera en el sofá, consternada.

Stefa había soñado con lo que se avecinaba, escuchó los rumores de Daniel y notó el triste cambio en el rostro de su padre. Incluso Aaron parecía distraído y perplejo por lo que estaba sucediendo, su entusiasmo por la guerra cambió a inquietud y miedo.

Stefa se apresuró a calmar a su madre, palmeando su mano y acariciando su pálida mejilla.

—Veré lo que está pasando. Quédate aquí.

Perla extendió las manos, con el rostro hundido por el terror, suplicando en silencio a Stefa que se quedara con ella, pero había llegado el momento de enfrentar el mal que acechaba afuera. Ella y su madre habían visto la fila desesperada de rezagados en Krochmalna, la marcha de judíos expulsados del campo y de los suburbios de Varsovia hacia el área de reasentamiento, ahora conocida como «el gueto». Stefa no tenía idea de la cantidad de personas que habían visto: hombres tirando de carros cargados con ropa de cama, ollas, sartenes y ropa; mujeres con niños, muchas sosteniendo bebés contra sus pechos; viejos con barba y abrigos largos sujetando a sus esposas; caballos, burros y perros avanzando con la multitud. El éxodo parecía interminable, y eso no incluía a los refugiados que habían entrado al gueto desde otras calles. ¿Cómo iban a vivir todos los judíos en esa diminuta área amurallada por los nazis?

Stefa quería obligar a su padre a hablar sobre lo que le preocupaba, lo que guardaba en su interior. Habían oído el anuncio por altavoz el 12 de octubre: todos los judíos debían trasladarse al gueto para fin de mes. Su

padre le había dicho que no se preocupara, que eso no aplicaba a su edificio en Krochmalna, él tenía todo «bajo control». Todo saldría bien, debido a su puesto en el Palais. Los alemanes que cenaban allí lo adoraban y lo felicitaban siempre que el chef les contaba con qué amoroso cuidado Izreal Majewski trabajaba la comida. A veces, su padre acompañaba al dueño y al chef cuando ofrecían una botella de vino a los nazis de alto rango. Uno de los oficiales autorizados comentó que ellos eran los buenos judíos, aunque los otros dos hombres eran católicos.

Incluso Aaron había atacado la aparente timidez de su padre en la cena unas cuantas veces, sólo para ser rechazado con una mirada fría y las palabras «No pienses en eso». Su padre le había dado algunos pensamientos para escribir en el «diario» de Emanuel Ringelblum, pero la mayoría de las veces, Stefa terminaba escribiendo sus propias palabras en la página. Era fácil ver lo que sucedía fuera de su ventana y escribir las historias que contaban Daniel y su hermano.

Los estruendos se hicieron más fuertes en el pasillo.

—Quédate conmigo, Stefa —dijo su madre, retorciendo las manos.

Una nueva serie de golpes fuertes en la puerta las sacudió a ambas.

—Iré —dijo Stefa, con el corazón latiéndole en el cuello y una picazón seca llenando su boca. Respiró hondo y corrió hacia la puerta.

Alguien pateó la madera, casi astillándola.

Stefa la abrió de golpe. Un oficial de las SS uniformado estaba parado afuera, rodeado por cinco hombres de la Wehrmacht. El oficial sostenía un sujetapapeles, mientras los militares le apuntaban con sus rifles.

—¿Esta es la casa de Izreal Majewski? —preguntó el oficial de las SS

en alemán.

Stefa asintió.

El hombre cambió a polaco, sacó un trozo de papel de su sujetapapeles y se lo dio.

—Tienen veinticuatro horas para trasladarse a una nueva dirección en Krochmalna.

Miró la dirección y luego a los hombres.

—¿Veinticuatro horas? Eso no es suficiente tiempo.

El oficial de las SS acercó su rostro al de ella y se llevó la mano derecha a la pistola que tenía al costado.

—Escucha, judía, tienen suerte. Han tenido más que tiempo suficiente.

Y tienen otro departamento al que ir. Otros los alcanzarán ahí. —Hizo una pausa—. Veinticuatro horas. —Miró su reloj—. Para el mediodía de mañana. ¿Eso es una radio? —Señaló la máquina que descansaba sobre el aparador.

Stefa asintió.

—Se suponía que debían entregarlo a las autoridades correspondientes.

—Hizo una señal a uno de sus hombres para que tomara la radio. Cuando lo hizo, el oficial levantó la mano rígidamente en un saludo al Führer y luego dirigió su atención a la puerta de la señora Rosewicz.

Golpeó la puerta, y la anciana apareció unos momentos después, con el rostro manchado de lágrimas y el cabello despeinado. Stefa escuchó mientras el oficial repetía las mismas instrucciones a la señora Rosewicz, pero no le ofreció ningún papel. El oficial de las SS se dio la vuelta y los hombres del ejército lo siguieron, bajando las escaleras como el agua sobre las piedras de un río.

La señora Rosewicz, atónita por lo que había sucedido, se quedó parada en su puerta, con los ojos muy abiertos y rojos. Puso sus manos sobre sus mejillas hundidas.

—No tengo adónde ir. ¿Qué puedo hacer?

Stefa cruzó el pasillo y sostuvo a la mujer temblorosa en sus brazos. Era como un caparazón translúcido a punto de romperse, toda piel y huesos, con poco calor en su cuerpo. Trató de asegurarle a su vecina que todo estaría bien, pero no estaba segura, no después de lo que acababa de escuchar.

—Le encontraremos un lugar, tal vez con nosotros. Si no, en otro lugar seguro y cálido.

—Pero ¿un día para empacar mis cosas? Todo lo que tengo está aquí.

Toda mi vida está en este departamento. Todos mis recuerdos.

Perla apareció en la puerta, igual de frágil, con los brazos y las piernas temblando, luchando por ponerse de pie mientras se aferraba al marco de la puerta.

—¿Qué haremos? —preguntó su madre—. Tu padre tendrá la respuesta.

Su madre siempre confió en su padre, pero esta vez era diferente. No se trataba de qué preparar para la cena, a qué pariente visitar o si era necesario ir a la sinagoga: era una cuestión de vida o muerte, la destrucción de su

hogar. Una voz extraña entró en su cabeza. «Esto es más que la destrucción de un hogar: nos quieren matar. Quieren borrarnos de la faz de la Tierra para que nadie se acuerde de quiénes fuimos. Ringelblum tiene razón.

Debemos perdurar aunque sólo sea en la memoria del mundo».

Quería olvidar todo lo que había ocurrido desde la invasión, pero no se hacía ilusiones de que los nazis fueran una pesadilla creada por una mente perturbada. Había visto personalmente lo que los alemanes podían hacer y, a diferencia de un mal sueño que termina por la mañana, el papel que sostenía en la mano era real. Cada día traía consigo un nuevo horror.

Stefa sostuvo las manos de la señora Rosewicz y le dijo que empacara lo que pudiera.

—Hablaré con mi padre.

Cuando se volteó, Perla había desaparecido. Stefa volvió al departamento y cerró la puerta. Su madre estaba inclinada sobre el aparador, con las manos aferradas a la menorá, y luego, a los cubiertos de plata colocados con tanto cuidado dentro de los cajones.

—Así que la radio se ha ido. Qué llevar…, qué llevar. —Perla se llevó una mano a la garganta, como si fuera a colapsar.

Stefa tomó el brazo de su madre.

—Esperemos a papá. Él nos guiará para salir de este desierto.

Las cejas de Perla se arrugaron con preocupación y sus ojos grises se llenaron de lágrimas. Se derrumbó en los brazos de Stefa y lloró.

«Dios nos proteja… Dios nos guíe para salir de este desierto». Las palabras rebotaban débilmente en su cabeza, y se preguntó si Él le respondería con amabilidad o si la oración desaparecería en el vacío, junto a millones de oraciones iguales a la suya.

Janka Danek también había visto la procesión de judíos abriéndose camino por las calles hacia el gueto. Ella había sido testigo de este acto cruel desde su ventana con vistas a Krochmalna. Esas filas de humanidad que se arrastraban fueron objeto de golpes por parte de guardias armados, de insultos por parte de los polacos e incluso de abusos por parte de la Policía Azul. Los gritos se filtraban por la ventana; podía ver cómo trataban a las personas y las escuchaba sollozar. Si se movían demasiado despacio eran

aporreados; si se movían demasiado rápido y algo caía de un carro o de sus brazos, eran azotados si se detenían a recogerlo.

«¡Muévanse más rápido, judíos!», espetaban los guardias, con expresiones crueles y severas. Parecía un juego para los nazis, pero era algo más, la palabra «juego» no era una evaluación justa. Lo que estaba pasando en Varsovia era mucho más que un deporte perverso; una infección que se había extendido, a través de las tropas alemanas, a los polacos y a cualquiera que sintiera que los judíos debían ser ridiculizados, escupidos o borrados.

Estos reasentamientos ocurrieron durante el día, cuando Janka estaba en casa o de compras. Todos los que no estaban involucrados podían observar lo que estaba pasando. Nunca habían visto una procesión por la noche: era ilegal que los judíos estuvieran en las calles después de las siete, a menos que fueran escoltados por un guardia, lo cual implicaba una situación igualmente mala. Aquellos que fueran descubiertos afuera después del anochecer serían arrestados y castigados. Incluso Karol se había reído de su difícil situación y se había burlado de aquellos capturados por los nazis después del anochecer, aunque rara vez estaba en casa durante el día para presenciar lo peor.

Una tarde, minutos antes de las siete, mientras esperaba a que su esposo regresara a casa del bar, se tomó un descanso de la cocina para mirar por la ventana. La cena consistía en tres salchichas y algunas alubias que había comprado en secreto a un carnicero polaco. Desde su ventana, pudo ver dos figuras sombrías emerger de la oscuridad hacia un parche de luz que no pudieron evitar. Reconoció a una de las figuras, era Aaron. No estaba segura de si habían visto al alemán que se dirigía por la calle hacia ellos.

Apagó la estufa, dejando que la carne chisporroteante se guisara en sus jugos y bajó corriendo las escaleras.

Las dos figuras se agazaparon detrás de los escombros de un edificio bombardeado.

—¡Oficial…, oficial…! —gritó ella, sin saber cómo dirigirse al soldado que se acercaba.

El hombre cruzó la calle con pasos largos, sujetando el rifle que colgaba de su hombro. Se desabrochó el abrigo con cautela, sacó una pistola y le apuntó. A pesar de eso, ella no tenía miedo. No era más que un chico con

mejillas sonrojadas y una barba de un día que necesitaba una buena afeitada.

—¿Habla polaco? —preguntó ella en alemán.

— Ein bisschen —respondió él. «Un poco».

Ella señaló calle abajo, al este, lejos de las figuras que se habían refugiado detrás de los escombros.

— ¡Jude! —repitió varias veces con voz apremiante—. Z mojego okna.

—«Desde mi ventana».

El joven soldado bajó el arma y apuntó con un dedo delgado en la misma dirección que Janka.

— Ja —dijo ella.

— Danke. —El hombre echó a correr calle abajo, apuntando con la pistola, mirando de izquierda a derecha en busca del judío errante.

Tan pronto como el soldado desapareció, Janka cruzó la calle hasta el montón de piedras. Se asomó detrás y encontró a Aaron y a un hombre pegados a los escombros.

—Todo está bien. Ya se fue.

El joven se levantó de entre las rocas; al hombre mayor le costó más trabajo. Aaron le ayudó a levantarse.

—Señora Danek —dijo Aaron—. Íbamos camino a casa cuando vimos al soldado… —Hizo una pausa, como avergonzado por lo que quería decir

—. Este es mi padre, no había tenido oportunidad de presentárselo.

Aaron tenía razón, ella no lo conocía. Se esforzó por ver al hombre en la penumbra; su abrigo oscuro se mezclaba con las piedras y las sombras.

Tenía una barba canosa recortada que le cubría la mayor parte del rostro, el cual era apenas visible entre el ala del sombrero y el pañuelo que le cubría el cuello.

—Entra ahora —le ordenó Izreal a su hijo—. Ayuda a tu madre. Entraré pronto.

Después de asegurarse de que no hubiera alemanes cerca, Aaron saltó sobre las piedras y desapareció.

Izreal se sacudió el polvo del abrigo.

—¿Quién es usted? —Parecía desconfiado, como si nadie en su sano juicio fuera a ayudar a un judío por la noche.

—Janka Danek…; mi esposo y yo vivimos al otro lado de la calle. —

Señaló el techo de su edificio de departamentos, que sobresalía por encima de los escombros—. Conocí a su hijo antes y… —Se detuvo, sin saber si debía mencionar que conocía a Perla y Stefa.

—Ah…, es usted —Se llevó un dedo a la sien—. No me habría enterado, pero el pollo y la carne desaparecieron. Mi esposa no es buena para decir mentiras. Aunque mi hijo es mucho mejor, pero logré sacarles la verdad después de que la comida desapareció.

—Estoy agradecida. Todo es tan difícil de conseguir en estos días. —Se estremeció y se frotó los brazos porque no llevaba abrigo—. Mi esposo cree que lo compré…, que pude hacer un trato con el carnicero o con el diablo.

—Gracias por deshacerse del soldado, señora Danek —dijo él—.

Probablemente yo no habría tenido problema con aquel hombre, ya que trabajo en el Palais…, pero mi hijo. No puedo quedarme mucho tiempo.

Tenemos que dejar nuestro departamento mañana al mediodía.

Janka se quedó sin aliento.

—Mi hijo vino a buscarme. Desde que llegaron los nazis, no se puede confiar en los teléfonos de los hoteles.

Janka conocía el restaurante, pero nunca había puesto un pie adentro porque era demasiado caro para ella y Karol.

—¿Los están obligando a mudarse, como a los otros judíos?

Izreal asintió.

—Sí, como a todos los demás y hasta a algunos polacos. Me sorprende que no la hayan obligado a irse. —Él la observó con una inquietante mirada de indiferencia.

Ella se movió nerviosamente.

—Mi esposo, Karol, trabaja en la planta de cobre. Me dijo que por eso todavía tenemos nuestro departamento. Se le considera esencial ahora que los nazis la manejan. A mí me han pasado por alto, porque no tengo trabajo.

Él levantó su sombrero, se pasó la mano por el cabello ralo y se lo volvió a poner.

—Nosotros los judíos somos como suciedad para los nazis. —Su mirada se desvió hacia la calle—. Tengo que irme. Gracias de nuevo, señora Danek. Ya no recibirá más comida de nosotros. —Se encaminó hacia Krochmalna cuando pasaron unos cuantos polacos.

—Señor Majewski —dijo ella, deteniéndolo mientras se preparaba para partir—, gracias. Si necesita algo, recuerde mi nombre: Janka Danek, en Krochmalna. Espero que todo vaya bien para su familia. Ojalá pudiera hacer más.

Él la miró antes de desaparecer y dijo:

—Lo recordaré, Janka Danek.

Él ya había salido de detrás de los escombros, cruzado la calle y sujetando el pomo de la puerta cuando una voz aguardentosa llamó a Janka por su nombre.

—¿Qué demonios estás haciendo? —preguntó Karol, tropezando cerca de ella mientras abría la puerta—. ¿Estabas con un hombre?

—No…, debes de estar equivocado.

Karol chocó con ella y la empujó hacia dentro. Ella aterrizó bruscamente contra la barandilla de la escalera.

—¿Por qué estabas fuera en plena noche? —La astringencia ácida de su aliento mezclado con vodka le picó el rostro.

—Pues… yo… —Karol la había atrapado desprevenida y no se le ocurría ninguna buena excusa. Cualquier cosa que pudiera decir o inventar sonaría como una mentira.

Él levantó la mano, con la palma abierta, como si fuera a golpearla, mientras ella se escondía en las escaleras.

—No mientas. Lo vi. Un judío sucio, con esa barba. ¿Por qué? —Sus mejillas enrojecieron bajo el único foco que ardía en la entrada.

Ella agachó la cabeza, derrumbándose bajo su mirada brutal. Karol nunca la había golpeado antes, pero ella temía que lo hiciera en su ira borracha, tal vez por las lecciones que había aprendido de los nazis invasores.

La única salida era la verdad, pero un poco adornada. Se apoyó contra los escalones y, reuniendo todo el valor que pudo, lo enfrentó.

—¿Alguna vez te preguntaste de dónde sacamos la carne que nos ha mantenido con vida? No fue del carnicero polaco. Fue de los amables judíos que me agradecieron por ayudar a su hijo.

Él se tambaleó contra la puerta y el color de sus mejillas se desvaneció de rojo a blanco, estupefacto por sus palabras.

—¿Ayudaste a un judío?

—Sí, y lo haría de nuevo para que nosotros…, para que tú pudieras tener algo que comer, para tener algo que poner en nuestra mesa, además de unas pocas papas y zanahorias.

Karol acarició su barba recortada.

—¿Hemos estado dándonos la gran vida gracias a un judío?

Ella asintió.

—Y deberías considerarte afortunado de tener tales regalos.

Él se inclinó como para reír, pero en cambio, murmuró:

—¿Qué vamos a cenar esta noche?

—Tres salchichas de un carnicero polaco. Me dijo que tuve suerte de conseguirlas. —Su cuerpo se sentía pesado, sin vida, y cada pie como una pesa mientras caminaba penosamente hacia el departamento—. Se están enfriando en sus propios jugos.

Él la siguió escaleras arriba.

—¿Qué hiciste para ganarte tal favor de un judío?

Bajó la voz para que los vecinos no la escucharan.

—Justo después de que comenzara la guerra, lo protegí de un soldado alemán haciéndolo pasar por mi hijo.

Karol escupió en el rellano.

—¿Tu hijo? —El disgusto en su voz era palpable—. ¿Cuál es su nombre?

Ella se detuvo en la puerta y lo miró fijamente. El rubor del alcohol había regresado a sus mejillas y sus labios se curvaron en una media sonrisa sardónica. Un escalofrío se apoderó de ella. Sabía lo que él estaba pensando: su marido estaba tramando algún ardid peligroso. Si existía alguna manera de obtener ganancias o de protegerse de los nazis, Karol lo haría. Convertiría el hecho de conocer a una familia judía en una ventaja para él.

—No sé sus nombres —respondió ella.

—Estás mintiendo.

—No. Sentimos que sería más seguro para todos. —Abrió la puerta y el olor a grasa los envolvió—. De todos modos, no importa, los van a enviar a la zona amurallada. No habrá más comida de su parte.

Karol se quitó el abrigo, se acomodó en el sofá y puso los pies sobre la mesa de café.

—Qué mal. —Apoyó la cabeza en la tela verde—. Prácticamente podemos darlos por muertos.

Janka encendió la estufa y se quedó mirando la salchicha marrón ahora fría y cubierta con una fina capa de aceite gris. Clavó un tenedor en uno de los trozos y desvió la mirada hacia su marido.

Con los ojos cerrados y los brazos cruzados, Karol se veía al borde del sueño, aunque la sonrisa permaneció en sus labios y Janka supo que estaba pensando en los Majewski. No importaba si sabía o no sus nombres, de alguna manera, usaría esto a su favor.

Stefa, atónita, al darse cuenta de que su tiempo en el hogar de su infancia estaba llegando a su fin, observaba, con una mezcla de incredulidad y resignación, cómo la familia intentaba encontrarle sentido a la nueva y extraña vida que les esperaba al día siguiente.

Su padre, a menudo un hombre de pocas palabras, ofreció sólo una breve explicación, dirigiéndose a ellos mientras se reunían a su alrededor en la sala de estar después de la cena.

—Ha llegado el momento de dejar nuestro hogar. No tenemos opción. El Gobierno General y el Judenrat lo han dejado claro. Hemos tenido suerte hasta ahora. Tomen sólo lo que necesiten. Debemos olvidar los sentimentalismos. Yo tomaré la decisión final sobre lo que se va o se queda.

Perla había pasado la mayor parte de la noche llorando, abriendo cajones y mirando todo tipo de objetos, ya fuera en la cocina, el comedor o la sala.

Izreal había tratado de ser comprensivo con su esposa, pero le había advertido que sólo tomara lo necesario para su nuevo hogar, mientras le daba un abrazo reconfortante de vez en cuando. El tiempo se escapaba rápidamente y el mediodía, la hora señalada del día siguiente, pesaba mucho sobre ellos.

Tal vez quien la tenía más fácil era Aaron, pensó Stefa. Ella lo había visto en su dormitorio y lo había observado mientras guardaba ropa y algunos libros en una maleta y la cerraba de golpe. No tenía mucho para tomar, manifestó Aaron. Sin embargo, era posible que hubiera perdido algo más valioso que todos ellos: su juventud había sido arrancada y su futuro arrojado a una realidad incierta.

Stefa había intentado, con ojos perspicaces, quedarse sólo con lo necesario: ropa de abrigo, bufandas, guantes, tres pares de zapatos. Aunque quería llevarse los pocos vestidos bonitos que tenía, se preguntaba qué tan prácticos serían en el gueto. ¿A cuántas cenas, ceremonias religiosas especiales u ocasiones festivas asistiría? Una parte de ella ardía con el deseo de una vida mejor, un optimismo ilimitado de que el mundo mejoraría.

Varios pensamientos ilusorios revoloteaban por su cabeza como mariposas: los británicos los invadirían y los salvarían; las naciones esclavizadas se rebelarían y se levantarían contra sus captores nazis; su familia escaparía de algún modo del gueto; sin embargo, nada de eso se basaba en los hechos.

Lo poco que sabía sobre los acontecimientos mundiales confirmaba que todo estaba empeorando. Hitler y sus fuerzas habían barrido Europa Occidental, superando una resistencia fallida. Ningún ejército de liberación vendría a salvar a las naciones caídas, y mucho menos a los judíos de Varsovia.

Estaban exhaustos cuando se metieron en la cama cerca de la medianoche, con pocas esperanzas para el futuro, a pesar de las palabras de aliento de Izreal. Durante la larga noche, los recuerdos la inundaron, la acumulación de toda una vida de diecisiete años, mientras lamentaba las posesiones que dejaría atrás. Los dormitorios estaban en silencio, y el departamento estaba extrañamente silencioso. Finalmente, cerca de las cuatro, cayó en un sueño irregular.

Todavía estaba oscuro a las seis de la mañana cuando la familia se reunió en la cocina. Habían encendido las luces del departamento, pero no pasó nada. Izreal concluyó que se había cortado la electricidad del edificio.

No había agua en el baño. Aaron probó con el grifo del fregadero: emergieron unas cuantas gotas borboteantes que se deslizaron por la porcelana blanca hasta el desagüe.

Perla encendió velas y preparó un desayuno de pan y mermelada. Izreal bendijo la comida y comieron, conscientes de que sería su última comida en casa.

Los primeros rayos del amanecer brillaron a través de las amplias ventanas poco después de que terminaron.

—Yo recogeré la comida —dijo Perla.

—Te ayudaré a envolverla en los pañuelos —dijo Stefa.

—Tenemos dos bolsas cada uno.

—Yo tengo una —dijo Aaron, interrumpiendo a su padre.

—Excepto mi hijo, quien tiene una —dijo Izreal—. No tenemos carreta, ni burro, ni carro, así que debemos cargar lo que podamos llevar. Cualquier cosa pesada debe quedarse.

—¿La silla de la casa de mis padres? —preguntó Perla.

—No —respondió Izreal.

—La plata —suplicó ella.

—La menorá, mis cuchillos shochet, la plata y las tarjetas de racionamiento están en una maleta —dijo Izreal—. Y en la otra, tengo mi ropa.

—Las fotos…

—Nuestros recuerdos tendrán que bastar.

Las palabras de su padre le recordaron a Stefa que no había empacado el diario de Ringelblum que guardaba en el cajón de la mesita de noche.

Corrió a su habitación, localizó el libro y lo enterró en su maleta debajo de su ropa. Un debate rugía en su cabeza sobre otro tema. Por fin se decidió.

Abrió el cajón de la cómoda, tomó el frasco de crema facial que había estado escondido con tanto cuidado allí y lo colocó en su maleta.

—El mundo mejorará —dijo, mientras cerraba la tapa—. Tiene que mejorar.

Un trío de funcionarios alemanes, ninguno de los cuales Stefa había visto antes, llegó poco antes del mediodía, comenzó su visita oficial en el primer piso y subió las escaleras de mármol hasta la parte superior. A diferencia de las visitas anteriores, cuando los gritos abatidos acompañaban a los nazis, esta inspección fue diferente: un simple golpe en la puerta, una sonrisa de un oficial de las SS, seguido de una suave orden en polaco pidiendo a los Majewski que salieran a la calle. Luego, los hombres se dirigieron a casa de la señora Rosewicz. Izreal les preguntó por qué habían cortado la electricidad y el agua.

—Todo tiene que empezar de nuevo para las familias alemanas que se mudarán a este edificio —dijo un oficial con aires de autoridad—.

Queremos que la transición sea lo más fluida posible. Estoy seguro de que

las viviendas están impecables, pero tenemos que inspeccionarlas y desinfectarlas. —Dio un paso adelante y miró dentro del departamento; su abrigo crujía contra sus piernas—. Muy bien. Vas a dejar los muebles, sin duda.

—Por supuesto —dijo su padre—. No podemos llevarlos en la espalda.

El hombre volvió a sonreír con los labios ligeramente entreabiertos.

—Soy mashgiach —dijo Izreal—. No hay necesidad de desinfectar nuestra casa.

El oficial apretó sus dientes blancos y su mandíbula se tensó.

—Un hogar kosher. Supongo que comprenderá que tenemos órdenes que debemos obedecer. No es nada personal. Todos los departamentos deben limpiarse para las nuevas familias alemanas. —Saludó, taconeó y regresó de nuevo hacia el departamento vecino.

—Es hora de recoger nuestras cosas —dijo Izreal en un tono inusualmente alto, como si instara a su familia a emprender la formidable tarea—. ¿La comida está lista?

Perla asintió, pero Stefa pensó que su madre podría colapsar por la tensión. Su rostro había adoptado un tono cenizo al ver a los hombres.

—¿Podemos llevar la silla? —volvió a suplicar su madre, como lo había hecho la noche anterior—. Es todo lo que tengo para recordarlos.

—No —respondió él—. Tenemos que dejarla.

Los ojos de Perla se enrojecieron y se llevó las manos a la boca para sofocar los sollozos.

—Vamos, madre, no tenemos tiempo para eso —dijo Stefa—. Faltan sólo unos minutos para el mediodía.

Perla trató de recomponerse mientras Aaron, jadeando, arrastraba las maletas hasta la puerta. Su rostro estaba rojo por el pesado maletín de su padre, lleno de plata.

Stefa llenó los bolsillos de su abrigo y el de Perla con la comida envuelta.

—Quédate quieta mientras te pongo esto. —Su madre obedeció.

Entonces, Stefa colocó una mochila improvisada cargada con productos enlatados en la espalda de Perla. Luego, fue su turno de hacer lo mismo.

—Me llevé las mejores joyas —le dijo Perla a Stefa, mientras tomaba una de sus maletas—. Quiero que tengas algo después de que me haya ido.

—No digas eso —dijo Stefa—. Deberías disfrutarlas ahora. —Le dio una palmada en el hombro a su madre—. Puedes usarlas en nuestro nuevo hogar. —Qué extrañas se escuchaban aquellas palabras. Por mucho que quisiera permanecer optimista, dudaba que su madre tuviera algún uso para las joyas, aparte de convertirlas en una fuente extra de dinero. La cuenta bancaria de su padre había estado congelada durante casi un año, lo que permitía a la familia usar sólo los zlotys que recibía del trabajo. Le pagaban con billetes de baja denominación para evitar la supervisión nazi.

Se formaron en el pasillo, listos para comenzar la caminata por las escaleras hacia la calle. Todos llevaban dos abrigos y una maleta en cada mano. La única que tenía una mano libre era Perla porque Aaron se había llevado una de las maletas de su madre.

Se quedaron parados en la puerta, mirando los muebles que tuvieron que dejar atrás, silenciosos y fantasmales. La mesa del comedor bajo la cual se habían refugiado cuando comenzó la guerra, el sofá verde que daba a la hilera sur de ventanas, la silla que Perla deseaba tan desesperadamente llevar, el aparador que había contenido sus objetos más preciados, todo estaba vacío y triste, como objetos en una naturaleza muerta.

La puerta de enfrente se abrió con un chirrido y la señora Rosewicz se paró como una estatua frente a ellos. Sus delgados brazos cargaban una maleta y el peso la jalaba hacia abajo. Era evidente que no había dormido desde que recibió la orden de reasentamiento. Su cabello gris, normalmente peinado hacia atrás en un moño, fluía a un lado de su rostro en ondas rebeldes; el gorro de lana azul brillante y la bufanda que usaba no podían ocultar las líneas de desesperación grabadas en su rostro. Perla ya había puesto un pie en el primer escalón cuando vio a su vecina, y volteó hacia atrás.

—Dame mi maleta, Aaron. Toma la de la señora Rosewicz.

La anciana suspiró y su mirada oscura se elevó hacia el cielo con alivio.

Aaron le dio la maleta a su madre y tomó la de la anciana.

—Tome mi brazo, señora Rosewicz —dijo Aaron, mientras bajaban las escaleras. Izreal iba a la cabeza, seguido de Perla y Stefa.

La mujer sujetó el brazo de Aaron como si se estuviera aferrando a un bote salvavidas dentro de un mar tempestuoso.

—Gracias. No sé qué haré…, a dónde iré.

—¿No le dieron una dirección? —preguntó Aaron.

La anciana negó con la cabeza.

Izreal llegó al final de las escaleras. Los buzones habían sido despojados de los nombres judíos; estos habían sido borrados o arrancados de los soportes de metal. La mezuzá había sido destruida y habían recibido la orden de no colocar otra, de lo contrario, podían ser acusados de un delito castigado con la muerte.

A pesar del aire frío, el sol otoñal los iluminó cuando pisaron Krochmalna. Stefa se sentía acalorada e incómoda envuelta en sus abrigos, cargando comida en los bolsillos y en la espalda, además de las maletas.

¿Qué estaría sintiendo su madre? Pero no había nada que ella pudiera hacer para mejorar las cosas. Por unos segundos, se molestó con Hanna por dejarlos, la imaginaba a salvo con Lucy y Lawrence, viviendo una vida de comodidad y seguridad con la que sólo podía soñar ahora que la guerra los había destrozado.

No estaban solos. La calle estaba llena de judíos con brazaletes blancos.

Otros no llevaban marcadores que los distinguieran. Eran polacos, supuso, a quienes los nazis habían decidido reubicar también en el gueto, tal vez por casarse con judíos. Había visto corrientes de judíos que fluían hacia la ciudad amurallada antes, pero nada como eso.

—Padre, ¿cómo van a caber todas estas personas adentro? —preguntó ella.

Él la hizo callar y dirigió su atención a los guardias armados que bordeaban la calle. Por un momento, la multitud se quedó inmóvil, las voces bajaron y todo quedó en silencio, excepto por el viento que soplaba en Krochmalna. Las cabezas giraron hacia el oficial de las SS que había llamado antes a la puerta. Se paró en una gran caja de zapatos colocada en el centro de la calle.

—¡Judíos y polacos! —gritó—. Están en camino a sus nuevos hogares dentro del Distrito Residencial Judío. Lo encontrarán tan cómodo y acogedor como las casas que dejan. Los estamos protegiendo contra las epidemias que han estallado en la ciudad después de la gloriosa invasión.

Descubrirán, si aún no lo han hecho, que nuestra principal preocupación es su salud y bienestar. —Se detuvo y levantó su pistola, con el cañón apuntando hacia el cielo—. Podemos darles la bienvenida, pero ustedes

también deben dar la bienvenida a sus protectores. La policía, polaca y judía, los asistirá y los guiará a sus nuevos hogares. Así que sigan adelante este día del sabbat, viernes 15 de noviembre, si son judíos, sin miedo y con las mejores esperanzas de una vida mejor, cortesía de un Führer amoroso y de la generosidad del nacionalsocialismo.

Observó a la multitud y luego señaló a los guardias que vigilaban a los refugiados.

—Ahora, avancen rápido, tan rápido como puedan. Estaremos vigilando para asegurarnos de que lleguen a salvo.

Izreal los reunió a todos, incluida la señora Rosewicz, y deambularon por la calle como ganado al que llaman al establo para pasar la noche. Los guardias, algunos sonrientes, otros con los labios apretados y siniestros, imitaron sus movimientos a lo largo de Krochmalna. Los rifles colgaban de sus costados; no les apuntaban directamente, pero estaban listos para levantarlos a la menor provocación. Stefa mantuvo la mirada fija frente a ella o al cielo; muchos de sus compañeros agacharon la cabeza y marcharon con una sombría determinación en su paso.

Stefa miró hacia arriba y vio a Janka Danek de pie, detrás de la ventana de su departamento. Mantuvo la cabeza desviada, esperando que Janka la viera en la calle y que los guardias no notaran su comportamiento. Era imposible saludar o hacer cualquier gesto que pudiera alertar a los soldados.

Una figura fantasmal detrás de la ventana, el pálido reflejo de Janka, se desplazó hacia un lado. Stefa se detuvo un momento, bajó sus maletas y se tocó la parte superior de su cabeza. ¿Fue suficiente para llamar la atención de la mujer?

Recogió sus maletas, se encontró con su familia y miró hacia atrás por un momento, miró el departamento. Janka estaba de pie, con una mano en la boca y la otra señalándola. ¡La había visto! Su corazón dio un pequeño vuelco, al darse cuenta de que al menos una persona en el lado ario del gueto sabía a dónde iban. Esa mujer polaca podría ser de ayuda algún día.

La irreversibilidad de la situación de su familia le pesaba tanto como las maletas. Los negocios vacíos, muchos con la estrella de David pintada en la puerta, estaban en silencio a cada lado de Krochmalna, un testimonio de que sus dueños habían dejado la ciudad o ya estaban en el gueto. Calle abajo, un muro de ladrillos de más de tres metros de altura, rematado con alambre de

púas y pedazos irregulares de vidrios rotos que brillaban bajo el sol como diamantes mortales, encerraba las calles de Varsovia que solían estar abiertas.

La señora Rosewicz tropezó con un adoquín y Aaron la sujetó del brazo.

Gritó como si le hubieran disparado y dijo:

—¿Qué puedo hacer? Soy una anciana. Todo se ha ido.

Stefa corrió a su lado y, junto a Aaron, intentó consolarla.

—Aguante —dijo su hermano—. Es sólo un poco más lejos. No dejaremos que le pase nada.

—Sí —añadió Stefa—. Nosotros la cuidaremos.

Los guardias condujeron a la multitud a la izquierda y pronto se pararon frente a una alta puerta de alambre en la calle Chłodna, que constaba de doce paneles, seis a cada lado. Esta entrada estaba custodiada por las SS, los soldados de la Wehrmacht y la Policía Azul. Los guardias que los habían acompañado se separaron y dejaron a la multitud en control de quienes ahora fungían como amos del gueto.

—¡Aquí! —gritó un hombre alto de las SS, y movió un brazo en un amplio círculo alrededor de su cuerpo. Tenía una barbilla afilada y parecía un asta de bandera envuelta en uniforme.

La multitud avanzó como una oruga y se reunió alrededor del oficial de las SS, que permanecía erguido y sin mostrar emociones.

La puerta permaneció abierta, pero Stefa sabía que pronto se cerraría con un sonido metálico, sellándolos dentro de las paredes. Este era el Distrito Residencial Judío, el aire era denso y el mundo aislado. A pesar de haber crecido en estas calles, caminar por sus aceras, ir de compras incontables horas con su madre y con Hanna, este nuevo mundo parecía extraño. Puso sus maletas sobre los ladrillos y abrazó a Aaron.

—Bienvenidos a su nuevo hogar —dijo el hombre de las SS sin ninguna pretensión de calidez—. Algunos de ustedes tienen vivienda asignada, otros no. —Estiró los brazos, indicando los dos grupos diferentes de soldados que esperaban sus instrucciones—. Aquellos que no tengan alguna tarea deben seguir a estos hombres al norte. Todos los demás, diríjanse hacia el sur.

La señora Rosewicz se aferró al brazo de Aaron, y un espasmo de terror se extendió por su rostro.

—Señor Majewski… —susurró—, ayúdeme. No tengo adónde ir.

Su padre sujetó a la mujer y la colocó a su lado. El hombre de las SS no prestó atención a esa pequeña distracción.

—Si no tienen trabajo, lo encontrarán —continuó el hombre—. El trabajo es necesario. Necesitarán sus papeles y permisos para moverse. Si obedecen las instrucciones y hacen lo que les digan, todo estará bien.

Váyanse ahora. ¡Atención! —Saludó a los soldados, que habían pasado de una posición de descanso a una de servicio activo, como si hubiera encendido un interruptor—. ¡Los del norte!

Reuniendo sus cosas, aproximadamente la mitad del grupo se separó hacia donde estaban los soldados.

—Izreal —suplicó la señora Rosewicz—, haga algo.

—Señor, señor. —Su padre levantó la mano y llamó la atención del hombre de las SS, quien, esta vez, frunció el ceño ante la interrupción.

—Coronel para ti. ¿Qué sucede? Habla rápido.

Izreal dudó por un momento antes de hablar.

—Ella es nuestra vecina. No le dieron dirección y puede vivir con nosotros.

El coronel se abrió paso entre la multitud y extendió su brazo cubierto de cuero.

—Tu asignación.

Izreal palpó sus bolsillos.

—El papel… ¿Quién tiene el papel?

—Yo lo tengo —dijo Stefa.

—Dáselo al oficial —ordenó su padre.

Lo había colocado en su abrigo para mantenerlo a salvo, ya que los alemanes se lo habían dado. Después de buscar un poco entre la comida en su bolsillo, finalmente encontró el papel arrugado y se lo entregó al oficial.

Este lo estudió con desdén por un momento y luego lo arrojó hacia atrás.

—¿Cuál es tu nombre? —le preguntó a la señora Rosewicz, entrecerrando los ojos bajo el borde de su gorra negra—. No me mientas.

—Rosewicz —respondió ella mansamente.

—Tu nombre no está en la lista. —Tiró de la mujer para alejarla del lado de Izreal, y la empujó a través de la multitud hacia los soldados.

El grupo se separó cuando la mujer cayó de rodillas, rasgándose las medias y ensangrentándose las rodillas.

—¡Levántate, sucia bruja judía!

—¡Basta! —Aaron apretó los puños.

El coronel volteó hacia la multitud con una mirada furiosa.

—¿Quién dijo eso?

El oficial retiró la fusta a su costado y se paró sobre ella como un bruto enfurecido a punto de golpear a un animal acobardado.

—Preguntaré una vez más. ¿Quién dijo eso?

Izreal miró a su hijo, advirtiéndole que no dijera una palabra.

Aaron se separó de su padre y corrió hacia el oficial.

—Fui yo. Tengo su maleta.

—Tráela aquí.

Aaron recogió la maleta de cuero marrón y la colocó cerca de los pies de la mujer que lloraba.

—Ahora mira lo que sucede cuando cuestionas una orden dada por tus superiores. —Levantó la fusta con un movimiento irascible por encima de su cabeza y golpeó a la señora Rosewicz en la espalda, una, dos, tres, cuatro veces.

Stefa se dio la vuelta, el silbido del cuero y los gritos de la anciana le revolvieron el estómago. Aaron se quedó aturdido al lado de la señora Rosewicz.

—Recógela, judía inútil —ordenó el hombre—. Recoge tus miserables pertenencias. De cualquier modo, pronto serán nuestras.

Aaron ayudó a la mujer a ponerse de pie, y sus gritos de ayuda se convirtieron en sollozos apagados.

El coronel colocó su fusta sobre la maleta y ordenó:

—Levántala.

Alguien pasó junto a Stefa y envolvió sus brazos alrededor del pecho de su padre.

Stefa tardó un momento en darse cuenta de que ese alguien era Daniel, vestido con su uniforme de policía, parado frente a ella, abrazando a Izreal y susurrándole al oído. Estaba reteniendo a su padre, diciéndole que no interfiriera, pensó.

—¡Largo! —le gritó el coronel a Aaron, quien corrió hacia su padre.

—¿Puedes ayudarla? —le preguntó Aaron a Daniel.

Él sacudió la cabeza.

—Sólo le causaría más dolor.

Haciendo una mueca, la señora Rosewicz se agachó para recoger su maleta, pero no pudo sostenerla; la maleta cayó al suelo y se abrió, vaciando el contenido sobre los ladrillos.

—Déjala —dijo el oficial, y la empujó a los brazos de uno de los soldados que esperaban—. Ya hemos perdido suficiente tiempo. Muévanse.

—El soldado hizo una mueca, como si hubiera tocado algo sucio, y la empujó.

El rostro de Izreal se enrojeció e intentó liberarse de Daniel.

—¿Quién eres tú? Déjame ir.

—Soy Daniel Krakowski, de la Policía del Gueto Judío.

Los forcejeos de Izreal disminuyeron y se volteó para mirar el rostro del hombre a quien Stefa había estado viendo durante más de un año.

—Papá, él es Daniel.

Como muchos otros policías judíos, vestía un abrigo de lana cruzado ceñido, pantalones oscuros, zapatos de cuero y una gorra de estilo militar.

Lo único que lo marcaba como judío era el brazalete blanco que llevaba en la manga derecha.

—¿No puedo hacer nada? —preguntó Izreal—. Soy hombre a quien los nazis elogian, ¿y no puedo hacer nada? ¿Un hombre que asegura la excelencia de la comida que devoran?

Daniel dio un paso atrás, abrió su abrigo y dijo en voz baja:

—¿Ve algún arma, señor Majewski? No podemos hacer nada por ahora.

Pero después…

La señora Rosewicz desapareció de su vista; los soldados la arrastraron hasta que se perdió entre la multitud. Sólo las pertenencias derramadas de su equipaje, entre ellas una fotografía de su esposo, quedaron en el suelo.

Un policía polaco caminó casualmente hacia la maleta y la revisó. Arrojó la ropa al suelo e inspeccionó las pocas piezas de joyería en el estuche. Stefa quería estrangularlo.

Era hora de que ellos abandonaran la reja. El segundo grupo de soldados los movió hacia el sur, con precisión militar, hacia la parte amurallada de Krochmalna. Pronto, estaban en la calle, buscando la dirección que les habían dado los oficiales alemanes.

—Debe de estar cerca de aquí —dijo Izreal, protegiéndose los ojos del sol.

—Muy cerca —dijo Daniel—. Los escoltaré allí. Todos estamos viviendo juntos.

Stefa no podía creer lo que estaba escuchando.

—¿Qué?

—Te dije que había beneficios por ser policía —dijo Daniel.

—¿Tú arreglaste esto? —preguntó Izreal—. ¿Cuántos de nosotros estamos en este departamento?

—Ustedes cuatro, mis padres y yo, siete en dos habitaciones. Tenemos suerte. La mayoría de los judíos viven seis o siete en una habitación. Puede que otros se nos unan después. No tengo control sobre eso, pero el Judenrat accedió a mi petición. Conocen su reputación, señor Majewski.

—Me da gusto —dijo Aaron, mirando a Daniel con un poco de alegría en sus ojos.

Stefa no quería admitirlo, pero también estaba feliz. Daniel estaba a sólo una puerta de distancia. Ahora podría verlo tantas veces como quisiera y, lo que era más importante, sus padres lo conocerían mejor. Si hubiera una forma de salir de esta guerra, podría casarse con el hombre al que amaba, en lugar de uno que eligieran sus padres.

Daniel se abrió paso entre la multitud, sacó un trozo de papel de su abrigo y se lo entregó a un soldado.

—Esta es la dirección de los Majewski. —El hombre gruñó y apuntó su rifle al edificio.

Era una triste estructura de cuatro pisos que se veía como si llevara muchos años descuidada. Algunas de las ventanas se habían roto en el bombardeo y estaban cubiertas con tablones de madera; la fachada de piedra, que solía ser blanca, estaba cubierta de sucias vetas negras. Lo único bueno del edificio era que miraba hacia el sur, hacia el sol invernal.

—Su nuevo hogar —dijo Daniel, y los condujo por los escalones de piedra.

«Hogar…, hogar…». No se parecía en nada a lo que Stefa había imaginado. Tendría que sacarle el mayor provecho posible.

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