Las chicas del Gueto
Capítulo 3
Stefa pensó que sus padres hicieron todo lo posible por preservar las festividades de septiembre a pesar de los bombardeos y los rumores de la rendición del ejército polaco.
Perla encendió las velas al atardecer en la víspera de Rosh Hashaná y recitó la bendición shehecheyanu; apenas pudo controlarse mientras entonaba las palabras sagradas. Debido a los bombardeos, Izreal decidió que era demasiado peligroso ir a la sinagoga para el servicio vespertino y, en vez de asistir allí, intercambió saludos festivos en casa con la familia.
La víspera de Yom Kippur tuvo una sensación de melancolía similar.
Perla estuvo angustiada la mayor parte del día porque la familia no pudo asistir a la sinagoga otra vez. En cambio, encendió velas en memoria de los muertos mientras Izreal recitaba oraciones y ofrendas solemnes.
Normalmente, habría hecho kaporos antes del atardecer y sacrificado un pollo según el ritual. El ave se cocinaría y se comería para la cena. Stefa conocía el significado de la antigua ceremonia y cómo la vida del ave sería un sustituto de la muerte y los pecados del portador.
—Ojalá tuviéramos un pollo —dijo Stefa. «Si alguna vez un pájaro puede ser sustituido por una vida humana, ahora es el momento».
Pasaron el Día de la Expiación entre oraciones y ayuno. Sin embargo, Aaron pudo romper el ayuno porque tenía menos de trece años. Stefa concluyó, después de la meditación sobre la expiación, que perdonar a los nazis era ridículo. A pesar del día, los enemigos no iban a convertirse en amigos. Y por primera vez desde que comenzó la guerra, Stefa pensó en Hanna y en lo que podría estar haciendo en Londres. Podía perdonar el desafío de su hermana, sus diferencias con sus padres y también las peleas que tuvo con su hermano, pero ¿cómo podría perdonar a Hitler por sus asesinatos indiscriminados? De hecho, ¿cómo podría perdonar al pueblo
alemán, o a los simpatizantes de los nazis, sin importar dónde residieran, por apoyar a un loco tan cruel? No tenía idea de lo que sus padres pensaban sobre estos asuntos y no se atrevía a plantear tales preguntas en un día festivo; en cambio, buscó controlar sus emociones mientras las horas de silencio la envolvían.
Antes de Yom Kippur, Izreal bendijo a Stefa y Aaron, en preparación para la declaración de Kol Nidre. Nuevamente, Stefa pensó en su hermana y también en Daniel, un hombre al que había llegado a amar. En años anteriores, habrían estado en el servicio de Kol Nidre, pero este año, Izreal sintió que era su deber pronunciar las palabras en casa.
Mientras su padre declaraba que los votos y las obligaciones no cumplidas quedan perdonados, nulos y sin efecto, Stefa reflexionó sobre el verdadero significado de la declaración. Si un judío fuera forzado u obligado a hacer algo en contra de la religión judía, Kol Nidre anulaba esa obligación. Cuando los judíos fueron subyugados como cristianos, muchos, para salvar sus propias vidas, continuaron practicando en secreto su religión. Hanna no fue perdonada por estas palabras; se había ido por su propia voluntad, pero los judíos, en circunstancias normales, de acuerdo con la ley judía, respetaron la tradición de la declaración. Pero, ¿y si ella y Daniel resistían la ocupación nazi? ¿No se les aplicaría la declaración de Kol Nidre? ¿Y si ella o Daniel tuvieran que matar a un hombre, o incluso a una mujer?
Por un momento, se estremeció en su silla cuando la oscura sensación de matar la invadió. Su padre había matado casi todos los días de su vida cuando era carnicero, pero esas muertes eran animales destinados a encontrar un lugar en la mesa. Miró a Izreal, con su manto de oración sobre sus hombros y su cabeza meciéndose mientras pronunciaba una bendición en silencio. ¿Podría matar a un hombre y perdonarse a sí mismo?
Ahora estaban en el tiempo de Sucot, la Fiesta de los Tabernáculos, una fiesta para regocijarse. Ahora que los nazis estaban en Varsovia, construir cabinas sucá al aire libre sería arriesgado, si no es que prohibido.
A última hora de la tarde del último día de Sucot, Stefa notó que había oficiales alemanes parados afuera del edificio. Su padre estaba en el trabajo y Aaron no había llegado a casa de la yeshivá.
—Mamá, mira. —Se asomó por el balcón y le indicó a su madre que se acercara.
—¿Quiénes son? —preguntó Perla; la preocupación en su voz era notoria.
—No lo sé, pero se ven importantes y peligrosos. No son soldados.
Tres hombres, dos vestidos con uniforme gris y el otro con un traje marrón, estudiaban los nombres que aparecían en el directorio de departamentos. Uno de los hombres sacó un cuchillo del costado de su abrigo y arrancó la mezuzá de madera de su lugar en el marco de la puerta.
La tiró al suelo y la aplastó con su bota, mientras el hombre del traje marrón garabateaba en un cuaderno.
Stefa empujó a su madre hacia dentro, para no correr el riesgo de ser vistas. Cerró las puertas de vidrio y se quedó mirando, conteniendo la respiración por un momento, y escuchó los pasos que subían por las escaleras. Entonces, vio a su hermano que se acercaba por el lado este de Krochmalna.
—Espera adentro —le indicó a su madre. Abrió las puertas lo más silenciosamente que pudo, con la esperanza de que su hermano mirara hacia el balcón.
Aaron, vestido con su ropa de la escuela y su kipá, levantó la cabeza brevemente después de ver a los hombres, y luego bajó la mirada. En esos preciosos segundos, Stefa agitó las manos hacia la derecha, instando a su hermano a que siguiera caminando de frente cuando pasara por su departamento. Para su alivio, él lo hizo. Ella se deslizó dentro y vio desde una ventana cómo su hermano desaparecía detrás de un montón de escombros que aún no habían sido recogidos de la acera.
—¿Quién era? —preguntó su madre—. ¿Era Aaron? —Perla agarró un mechón de cabello que se le había caído del pañuelo y lo colocó en su lugar
—. ¿Lo viste?
Stefa asintió.
—Pasó caminando. Vio a los alemanes en la puerta. —Estudió el rostro de su madre mientras Perla se dirigía hacia el sofá que había sido colocado años atrás contra una pared interior para que la tela verde acolchada no se desvaneciera con el sol. La débil luz de la tarde mostró lo mucho que se había demacrado su madre desde que comenzó la guerra. Perla siempre
había sido menuda, más delgada que sus hijas, pero los huesos comenzaban a notarse bajo la carne de sus brazos. Su rostro había adquirido una apariencia de tiza; las aflicciones del mundo habían quedado grabadas en los pliegues que formaban telarañas en su piel, junto con los círculos oscuros debajo de sus ojos y su cabello ahora estaba salpicado de mechones grises.
Stefa se sentó al lado de su madre, mientras ambas escuchaban atentas a cualquier movimiento en las escaleras. Perla agarró las manos de su hija; los dedos de su madre se sentían fríos y huesudos contra los suyos.
Esperaron y escucharon, mientras el reloj de pared hacía tictac en sus oídos y los minutos pasaban. Finalmente, escucharon gritos y golpes en las puertas, y algunas que crujían al abrirse. Luego, las puertas se cerraron con un ruido sordo.
Incluso sin oír los pasos, sabían que los hombres estaban en el pasillo: el crujir de su ropa y el susurro de sus abrigos contra el aire anunciaban su presencia. Stefa se preguntó si estarían observando las mezuzá en todas las puertas. Podía sentir que uno de ellos apretaba el puño y golpeaba la puerta con fuerza, casi derribándola por el golpe. Un pie calzado con una bota fue lo siguiente que escucharon: este astilló el pomo y la cerradura, y los hombres lograron entrar a raudales.
Un fuerte golpe la devolvió a sus sentidos. Estaban en la puerta principal al otro lado del pasillo, en el departamento de su vecina, la señora Rosewicz. Era viuda, tenía más de ochenta años, llevaba varios meses con problemas de salud y había vivido en Krochmalna durante más de cuarenta años.
Uno de los hombres gritó en polaco.
—¡Abran!
Perla respiró hondo y Stefa se llevó un dedo a los labios. Pensó en Daniel y en lo que él haría en esta situación. Cargaría contra los hombres, tal vez incluso pelearía con ellos, obligándolos a bajar las escaleras.
¡Ridículo! Una fantasía ingenua en el mejor de los casos. Daniel estaba desarmado y no sería un rival para tres nazis.
Los golpes continuaron hasta que la puerta de la vecina se abrió y la pequeña voz de la señora Rosewicz se escuchó en el pasillo. Stefa le susurró
a su madre que permaneciera sentada. Caminó con agilidad felina hasta su propia puerta y colocó una oreja firmemente contra la madera.
La señora Rosewicz habló primero, y les preguntó a los hombres qué querían.
—¿Quién eres tú? —respondió uno de ellos bruscamente.
La vecina respondió en voz baja.
—¿Vives sola?
—Sí. Mi marido está muerto. Mis dos hijos viven en Cracovia.
—Son judíos… como tú —el hombre dijo esto como un hecho, no como una pregunta.
La señora Rosewicz no respondió.
—¡Hazte a un lado! —le ordenó el hombre.
Se produjo una pequeña conmoción cuando la mujer murmuró una débil objeción. Stefa escuchó voces apagadas, muebles moviéndose, raspando contra el piso de madera. La vecina y los hombres continuaron hablando, pero Stefa no podía entender lo que decían.
Regresó al sofá para unirse a su madre cuando la puerta se cerró. Su puerta traqueteó con una avalancha de fuertes golpes.
Stefa iba a responder, pero Perla, con el terror brillando en su mirada, la agarró del brazo.
—Madre, tenemos que responder —susurró Stefa.
Perla negó con la cabeza; su rostro estaba invadido por el pánico.
El pomo de la puerta hizo ruido, y luego, el ruido cesó. Un terrible silencio las envolvió. Stefa rezó para que su hermano se mantuviera alejado del edificio, que se hubiera dado cuenta de que los hombres habían entrado.
Contuvieron la respiración mientras el silencio se prolongaba.
—Volveremos más tarde —dijo uno de los hombres en polaco.
Finalmente, descendieron las escaleras. El aire silbaba a través del pasillo mientras se marchaban. Después de unos minutos, Stefa se levantó del sofá, caminó hacia el balcón y miró hacia la calle. Los tres hombres marchaban casi al unísono hacia el este, la dirección de donde venía Aaron.
—Ya se fueron —dijo Stefa—. Voy a ver cómo está la señora Rosewicz.
Perla murmuró:
—Ten cuidado, hija. —Apretó los puños y miró por la ventana.
El pasillo estaba vacío y silencioso, sin indicios de que los hombres hubieran estado allí. Habían desaparecido como los demonios de un mal sueño, sólo que eran reales. Los vio y oyó; el recuerdo estaba grabado en su mente.
Stefa llamó a la puerta de su vecina y susurró:
—¿Señora Rosewicz?
Después de unos momentos, la mujer respondió:
—¿Stefa? ¿Eres tú?
—Sí.
La puerta se abrió con un crujido y el rostro hundido de la mujer apareció por el borde.
—¿Está bien? —Stefa tocó la mezuzá y luego besó sus dedos.
—Sí…, entra. Mira lo que hicieron.
Nada había sido dañado en el departamento, pero todo se veía revuelto, fuera de lugar, muy distinto al espacio inmaculado que tenía la señora Rosewicz habitualmente. El sofá había sido movido de la pared, las puertas del armario estaban abiertas de par en par; los hombres habían saqueado la despensa.
—Pensaron que alguien podía estar escondido aquí —dijo, sacudiendo la cabeza—. ¿Puedes imaginarme a mí, una anciana, tratando de esconder a alguien de los alemanes?
Stefa se puso tensa. Si los nazis ocupaban la ciudad durante algún tiempo, temía que esa pregunta se convirtiera en una rutina. ¿Podría la máquina de guerra alemana permanecer en Polonia durante los próximos años? Apartó el pensamiento de su mente y se ofreció a ayudar a la mujer a colocar los muebles de vuelta en su lugar.
—Deje que me encargue de eso —le dijo a la agradecida señora Rosewicz.
Quince minutos después, todo en el departamento estaba como antes: el sofá descansaba nuevamente contra la pared, las puertas del armario y la despensa estaban aseguradas, la cama desordenada estaba hecha y las alfombras enderezadas. Mostrando nada más que intimidación, los nazis habían hecho un lío.
Después de despedirse, Stefa salió al pasillo y casi chocó con Aaron mientras este subía corriendo las escaleras.
—¿Los viste? —preguntó con una voz vertiginosa que se acercaba a la virilidad.
Hizo pasar a su hermano. Perla se levantó del sofá y se apresuró a abrazar a su hijo.
—Sí, pero nos quedamos calladas —respondió Stefa—. No los dejamos entrar.
—Bien —dijo Aarón—. Habrían destrozado nuestro departamento.
Stefa le dio una palmada en el hombro.
—Sí, pero volverán. Debemos estar preparados.
Perla se sentó en una silla y se tapó el rostro con las manos.
—¿Cómo? ¿Cómo podemos detenerlos?
—Son nazis, madre —dijo Stefa.
Perla negó con la cabeza.
—No quiero hablar de eso, ni escuchar ese nombre. Ninguna desgracia vendrá a esta casa. ¿Por qué invocar al diablo?
—Madre, es posible que tengamos que desafiarlos lo mejor que podamos. —Stefa sonrió para animar a su madre y habló con un tono más ligero—. No te preocupes, papá sabrá qué hacer. Tenemos dos hombres que nos protegen. —Incluso mientras hablaba, dudaba de sus palabras, pero el bienestar de su madre era más importante que decir una mentira piadosa.
Aaron le sonrió a su hermana.
—Cumplo trece en marzo.
—Sí, eres un hombre en lo que a mí respecta.
Perla frunció el ceño.
—Sigue siendo un niño, hasta que sea declarado un hombre.
Stefa se retiró a su habitación, pensando en la ocupación alemana. Los Majewski necesitaban un plan.
Daniel sabría qué hacer, si tan sólo pudiera verlo. Se sentó en su cama e imaginó a Hanna disfrutando de la vida en Londres. ¿Habría renunciado Hanna a la fe judía? Tal vez su hermana fumaba, bebía, salía con hombres y, tal vez, incluso, había cambiado el color de su cabello. Ella no sabía si estas cosas eran ciertas. La comunicación con su hermana había sido escasa. Su madre había recibido algunas cartas, y las únicas palabras que dijo al abrirlas fueron: «Les envía sus mejores deseos».
Se reclinó hacia atrás, apoyando la cabeza en la almohada, mientras Hanna flotaba como un ángel sobre ella. Sostuvo todos esos pensamientos sin malicia ni celos hacia su hermana. Hanna había elegido la vida que quería y Lucy y Lawrence habían elegido hacerle la vida más cómoda a su sobrina. Su madre y su padre no podían cambiar eso.
¿Hanna pensaría en ellos a menudo? Los ojos de Stefa se cerraron.
No muy lejos, en Krochmalna, Janka caminaba a casa bajo la luz mortecina, después de un día de recorrer los escaparates. Metió la llave del departamento en la cerradura; ya sabía lo que encontraría. Karol, todavía vestido con su sucio uniforme de trabajo, estaba estirado en el sofá con un brazo colgando perezosamente sobre sus ojos; sus ronquidos retumbaban por la habitación.
No se atrevió a despertarlo; le bastó olfatear una vez para darse cuenta de que había estado bebiendo. El olor penetrante del vodka barato impregnaba la habitación. Molestar a su esposo borracho a esa hora incitaría la ira y los insultos, algo que no quería escuchar ese día.
Su mañana había sido lo suficientemente desalentadora sin el estrés adicional de su esposo. Si hubiera capitulado ante las imágenes y los sonidos de Varsovia, habría sido fácil perder la compostura. Sus viajes la llevaron a edificios destruidos que alguna vez admiró, y sus fosas nasales se llenaron con los olores acre del aceite y el humo, la fetidez persistente de los explosivos que aún se aferraban al aire, el hedor desgarrador de los caballos muertos en las alcantarillas y los cuerpos aún no levantados de los escombros. La oportunidad de estar fuera del departamento, vestirse y usar algo de maquillaje, dar un paseo a pesar de la destrucción y ver a otros que habían sobrevivido a los bombardeos, mantuvo su tristeza bajo control. Por supuesto, también le llamó la atención la creciente presencia nazi: uno en cada esquina de la calle, y hasta en medio de la cuadra. Tanques, camiones y tropas seguían llegando.
La peor parte había sido su incapacidad para encontrar trabajo. Muchas tiendas todavía estaban cerradas, y las que no lo estaban no necesitaban sus habilidades limitadas. Sólo una modista judía que buscaba una «costurera calificada» parecía ser una posibilidad. Sin embargo, se había apartado del
cartel escrito a mano pegado en la ventana. Con la cabeza agachada y sujetando su bolso, sentía que muchas más mujeres, particularmente judías, eran mucho más capaces de coser que ella.
Resistió el impulso de caer en la desesperación mientras caminaba hacia su casa, consciente de que Karol probablemente se había detenido en el bar después del trabajo. La rutina de su vida era enloquecedora, incluso mientras agradecía a regañadientes las bendiciones de tener un marido y un hogar, por miserables que pudieran ser.
Karol estaba en casa cuando regresó. Janka pasó junto a él como de costumbre. Rara vez se despertaba de su estupor inducido por el alcohol y, si lo hacía, por lo general resoplaba, se ponía de lado y se dormía otra vez.
Sin embargo, exigía que su cena siempre estuviera lista cuando se despertara, casi siempre a las ocho de la noche. Luego de comer, se desvestía, a veces se bañaba, aunque ahora menos debido a la escasez de agua, y se metía a la cama sin siquiera darle un beso a Janka.
Una vez en el dormitorio, ella se quitó el abrigo, lo colocó suavemente sobre una percha en el armario y se cambió el vestido y los zapatos. Las manecillas del reloj del dormitorio marcaban las siete: la evidencia de una cena inconclusa.
Se escabulló hasta la despensa y encontró unas cuantas latas de sopa y un poco de leche enlatada. Los suministros disminuían a medida que aumentaba el punto de apoyo nazi, y había rumores de racionamiento, incluso prohibiciones en la venta de carne. Ese día, no había tenido tiempo de ir al mercado y esperar en la larga fila. Karol se enojaría cuando descubriera que no había pollo ni carne para la cena. No había nada que hacer al respecto. Había unas pocas zanahorias flacas y varias papas de tamaño mediano en el cajón de las verduras; a una de las papas le habían comenzado a brotar zarcillos de color blanco verdoso. Su esposo tendría que conformarse con una papa frita y un caldo de res; no precisamente una comida digna de un rey.
Después de sacar en silencio una sartén del armario, sumergir los dedos en una lata de manteca de cerdo a medio terminar y untar la grasa en el fondo de la sartén de hierro fundido, encendió una cerilla, prendió la estufa y se limpió la mano con una toalla.
Había recogido dos cántaros de agua que debían durar el mayor tiempo posible. Janka no se molestó en lavar la papa, porque el agua era un recurso precioso; en cambio, la limpió con un paño húmedo y comenzó a cortarla en silencio en la mesa de la cocina ya perforada por el filo del cuchillo.
La grasa chisporroteaba, pero no lo suficiente como para despertar a su marido. Estaba a punto de dejar caer las rodajas de papa en el aceite caliente cuando un fuerte golpe hizo que su corazón latiera con fuerza en su pecho.
Resoplando, Karol se despertó.
—¿Qué diablos está pasando? —Su voz pasó de un gruñido soñoliento a la irritación.
Se escuchó otro golpe en la puerta. Karol, aún medio dormido, gritó:
—¡Bueno, con un demonio, ve quién es! Si son esos vecinos de mierda, se lo pensarán dos veces antes de volver a tocar esta puerta.
Janka dejó el cuchillo, apagó la estufa y luego se alisó el vestido mientras caminaba hacia la puerta.
Cuando la abrió, había tres hombres frente a ella. Dos estaban vestidos con los uniformes grises de los oficiales alemanes, y el otro vestía un abrigo que cubría parcialmente un traje marrón.
—¿Frau Danek? —preguntó el hombre del traje marrón en alemán.
Ella asintió mientras los demás se concentraban en su esposo, quien se estaba levantando del sofá. Los hombres vestidos de negro lo miraron casualmente, pero con interés, como un conductor de tren podría ver a un pasajero mientras le pide ver su boleto.
—¿Podemos entrar? —preguntó el hombre de traje marrón en perfecto polaco.
Janka volteó para mirar a su esposo, quien, con un movimiento de cabeza, les dio permiso a los hombres para entrar a su casa; ella sospechaba que negarse habría sido inaceptable.
—¿Qué puedo hacer por ustedes, caballeros? —preguntó su esposo, sonriendo y enfatizando la manera obsequiosa de su pregunta. Karol plantó sus manos firmemente contra el sofá y se levantó, fingiendo estar sobrio.
Janka ya había visto este comportamiento antes.
Los tres hombres entraron y ella cerró la puerta detrás de ellos.
—Tenemos algunas preguntas —continuó el hombre del traje marrón—.
Como fundadores de un nuevo gobierno para el pueblo polaco, estamos
realizando un censo. Esto tomará poco tiempo, mientras los oficiales que me acompañan echan un breve vistazo alrededor. El Partido Nacionalsocialista quiere asegurarse que se sienta cómodo. Estoy seguro de que no tendrá ninguna objeción.
Karol asintió y señaló el sofá.
—¿Gusta sentarse?
El hombre miró la tela verde algo sucia y arrugó la nariz.
—No, prefiero estar de pie. —Los agentes se pusieron en marcha para registrar el departamento.
—No hay mucho que ver —les dijo su esposo mientras pasaban.
—Comencemos con sus nombres.
Karol le lanzó una mirada a Janka que parecía decir: «Mantén la boca cerrada mientras hablo».
—Karol y Janka Danek.
—¿Dónde trabaja usted?
—En la planta de procesamiento de cobre, no muy lejos, al oeste en Krochmalna.
—Sé exactamente dónde está. Bien…, un trabajador esencial. ¿Y su mujer?
El hombre garabateó en su cuaderno, ignorando a Janka. Ella no se atrevía a responderle ni a interrumpir el interrogatorio.
—Es ama de casa.
—Así que cuida de su esposo, como todas las mujeres buenas deben hacerlo. En Alemania, las mujeres tienen hijos y ofrecen lealtad eterna al Reich… y a sus maridos. Algunas pueden trabajar, pero sólo si el Reich necesita que se aparten de su marido.
Una sonrisa apareció en el rostro de Karol y se sentó de nuevo en el sofá. La puerta del armario se cerró de golpe en el dormitorio.
—Así es como debe ser —respondió su esposo—. Mi Janka es una buena esposa y siempre leal, incluso a nuestros nuevos amos. Haremos lo que nos pida; hasta puedo ser de utilidad para ustedes.
El hombre miró a Karol con ojos penetrantes, como de ave de rapiña.
—Se está adelantando, Herr Danek. Soy cauteloso con los hombres que se desmoronan cuando ni siquiera saben lo que esperamos o queremos. Aun así, haré una nota al respecto. En breve se hará un anuncio de que todos los
hombres y mujeres polacos en edad de trabajar deben estar empleados. Su esposa tendrá que encontrar un trabajo.
Los dos oficiales regresaron de su búsqueda en el pequeño departamento y se pararon junto al interrogador. Él los miró; su rostro indicaba claramente lo que quería saber.
—Nada —dijo uno de los hombres.
—Algunas preguntas más. ¿Son judíos?
Karol se rio y señaló el dormitorio.
—¿Vio el crucifijo colgado sobre nuestra cama? ¿Judíos? No, odio a esa sucia escoria. Son sinvergüenzas, toman nuestro dinero y trabajos. Todos ellos deberían recibir un disparo en lo que a mí respecta. —Miró a uno de los otros hombres.
Sin levantar una ceja, el hombre escribió notas adicionales.
—¿Es católico?
Karol asintió.
—Me parece extraño que no tengan hijos. Los católicos, como los judíos, se reproducen.
El rostro de su esposo se sonrojó y, por primera vez, parecía como si no tuviera respuesta a las preguntas del hombre.
Janka interrumpió.
—Soy estéril.
Los tres alemanes se volvieron hacia ella con miradas que iban desde la lástima hasta el asco. El hombre de traje marrón parecía ser el más comprensivo.
—Ya veo.
—Queremos tener hijos, pero no podemos —dijo Janka, continuando con la mentira. Karol era el que siempre se había opuesto a tener niños: eran desordenados, ocupaban demasiado tiempo y devoraban el dinero de la familia. Aunque la verdadera razón de su disgusto era su forma de beber y su exigida libertad de la responsabilidad familiar; no quería gastar recursos preciosos en nada más que licor.
—Calla, Janka —dijo Karol—. No les interesa saber eso.
—No, es información útil —respondió—. Una última pregunta. ¿Alguna vez han hecho amistad con los judíos o les han dado consuelo?
—Eso nunca sucedería en esta casa —respondió Karol rápidamente; sus ojos se abrieron como si estuviera sorprendido por la implicación. Su mirada se desplazó hacia Janka—. Mi esposa tampoco lo haría, puede estar seguro de eso. Somos polacos, polacos católicos que entienden lo que están tratando de hacer en Varsovia.
El hombre cerró su libro.
—¿Y qué es lo que estamos tratando de hacer?
—No lo sé, pero lo apoyo —respondió Karol.
—Que siga siendo así. —Se dirigió a la puerta con los demás, pero antes de abrirla, miró hacia atrás y agregó—: Sería útil que aprendieran alemán, en especial usted, Herr Danek. Muy útil.
En un instante se fueron y comenzaron a golpear la puerta de un vecino.
Karol se levantó del sofá y se dirigió hacia ella.
—¿Estás loca? ¿Por qué dijiste que eres estéril, tonta? —Su cara roja hacía juego con sus ojos inyectados de sangre. Levantó la mano, como hacía a veces cuando estaba enojado, y la mantuvo suspendida sobre su rostro.
Ella se dio la vuelta, sin retroceder.
—¿Querías que supieran la verdadera razón? Los nazis se encargarán de que cualquier cosa sea asunto suyo, incluso la razón por la que no tenemos hijos. Dije una mentira para protegerte. Era obvio que no podías pensar en nada que decir.
El rostro de Karol se suavizó y bajó la mano.
—No lo pensé de esa manera.
—No, no lo hiciste, eso podría habernos metido en problemas.
Frotándose la frente, volvió al sofá y se hundió en él.
—¿Qué hay de cenar?
—Caldo y papa frita. —Encendió una cerilla y volvió a prender la llama de la estufa bajo la grasa fría.
—Caldo y una papa. Debí haberme quedado en el bar.
—Entonces te habrías perdido la visita de nuestros salvadores —dijo ella de espaldas a él.
Él rio.
—No te acerques a ningún judío, ¿entendiste?
Ella asintió, consciente de que ya había cometido un error potencialmente mortal.
OceanofPDF.com