Las chicas del Gueto
Capítulo 24
Mayo de 1943
«Dos lobos han sido capturados, pero uno escapó».
Ese era el mensaje críptico de Praga que indicaba que Aaron e Izreal habían llegado a la frontera con Eslovaquia y que Zeev había regresado al bosque en las afueras de Varsovia. Hanna había llorado cuando lo leyó, pero sus lágrimas de alegría se habían atenuado debido a la preocupación por su hermana.
El levantamiento del gueto, como se le llamó, había hecho imposible el contacto con cualquier persona dentro de él. Incluso viajar a Varsovia era arriesgado. Los controles eran estrictos, los documentos de identificación se escudriñaban en lugar de pasarse por alto. Eryk decidió no viajar sino hasta que la resistencia colapsara. Tenía pocas esperanzas de tener éxito.
Mientras tanto, Hanna andaba en bicicleta por Leoncin, informando a la SOE sobre las pocas cosas que sabía. Aunque sentía culpa por sus acciones, informó en código que había rescatado a su padre y a su hermano del gueto y que se dirigían a Londres. Quería que Rita Wright supiera que había tomado el asunto en sus propias manos, que había ideado la operación y la había completado con éxito. Un incentivo adicional para la transmisión fue la inclusión de Aaron, y la perspectiva de un servicio útil que podría brindar a la SOE si terminaba en Inglaterra. Hanna no estaba segura de si llegaría a Londres, porque sabía la propensión de su hermano a pelear, pero estaba segura de que antes de cualquier cosa, se aseguraría de que su padre estuviera a salvo.
Las noticias del gueto le llegaban en partes y nunca eran buenas. Eryk y Julia habían oído por medio de uno de sus contactos que un despiadado nazi, el general Jürgen Stroop, había sido puesto a cargo de sofocar el levantamiento. Estaba arrasando el gueto, prendiendo fuego a varios
bloques a la vez, obligando a los judíos restantes y a los combatientes de la resistencia a saltar de los edificios en llamas o ser incinerados en sus escondites.
A mediados de mayo, el problema judío parecía estar resuelto bajo la dirección de Stroop, por lo que ella y Eryk se aventuraron a Varsovia. Ante todo, Hanna quería recibir noticias de primera mano sobre su hermana, y sólo había una forma de hacerlo.
Eryk tomó prestado un automóvil de un agente que se quedó con Julia mientras iban a la ciudad. Era más seguro, pensó, tomar un sedán en lugar de la camioneta. Los puestos de control aún existían, pero los documentos de identificación de Greta los llevaron a la ciudad sin problemas. Su esposo, Stefan, se había vuelto más cercano a varios funcionarios nazis de alto rango, incluido el general Stroop: una historia impresionante que, utilizada sabiamente, llamaba mucho la atención, en el buen sentido.
Él la dejó en Krochmalna mientras se ocupaba de sus propios asuntos con sus contactos. Primero, Hanna fue a la iglesia donde ella y Janka habían celebrado sus reuniones secretas. No tuvo que esperar mucho antes de ver al sacerdote canoso que había pasado junto a ella meses atrás.
—Disculpe, padre —dijo Hanna. El sacerdote se detuvo y la miró con ojos cautelosos—, estoy buscando a Janka Danek. ¿Sabe dónde podría estar?
—¿Por qué? —preguntó, con bastante tosquedad para un sacerdote—.
No sé nada de ella.
—Pensé que tal vez sabría dónde está.
Él agachó la cabeza como si estuviera cansado de todo en la vida, incluidas las preguntas sobre Janka.
—¿Quién es usted?
—Ella me ayudó.
Él levantó la cabeza y sus labios se abrieron en señal de reconocimiento.
—¿Cómo?
—¿Le contó de algún escape?
Sus ojos brillaron por un momento.
—Camina conmigo.
La dirigió al frente, cerca del altar, y le dijo que se sentara en un banco, como si hubiera acudido a él por algún asunto espiritual. Él oró por ella por
un tiempo y luego susurró:
—¿Qué escape?
—Del gueto.
—La señora Danek está con una mujer de Dios en Ignaców y está a salvo. —Se santiguó—. Ve con Dios. —Asintió y salió del santuario.
Ella salió de la iglesia y se dirigió hacia el gueto. Pasó por la casa de su infancia y el antiguo departamento de Janka al otro lado de la calle. Una vez que tuvo el muro a la vista, se le cortó el aliento. Por lo que podía ver sobre su límite divisorio, los edificios que había conocido desde su juventud se erguían como tumbas carbonizadas, monumentos desmoronados a la destrucción nazi. Ninguna bomba aliada había caído sobre el gueto: los nazis lo habían destruido. La extensión de la destrucción, y el persistente olor a humo en el aire, la golpeó con fuerza. La intuición le decía que lo más probable era que Stefa y Daniel estuvieran muertos.
Hanna caminó hacia el muro y le habló en su mejor alemán a un joven soldado que estaba cerca de una reja de alambre.
—Buenos días —dijo ella.
Él devolvió el saludo con voz monótona.
—¿Podría decirme qué está pasando aquí? Acabo de llegar de Berlín. Mi esposo es chofer del Gobierno General.
—Son los sucios judíos —respondió, levantando ligeramente el rifle del hombro—. Están todos muertos, o deberían estarlo.
—Vaya, consiguieron lo que el Führer anunció para ellos. —Presionó su mejilla con un dedo, como si se limpiara una mancha de maquillaje—.
¿Alguno de ellos sobrevivió?
—Tal vez algunos. Han sido gaseados y quemados. Nuestras tropas encontraron el búnker de comando. Lo gasearon y luego lo volaron.
Sus nervios se crisparon antes de responder.
—Bueno, Stroop ciertamente sabe cómo hacer su trabajo. Buenos días.
—Se alejó, tratando de no apresurarse mientras luchaba por contener las lágrimas. «Los malditos nazis realmente saben cómo hacer su trabajo. Hijos de puta».
El soldado la llamó.
—Stroop terminará el trabajo hoy. Hará explotar la Gran Sinagoga.
Se dio la vuelta, con un poco de fuego iluminando su mirada.
—¿En serio? Debo ver eso.
Se marchó y se dirigió al parque Saski. Primero, se sentó en un banco, y luego caminó hacia la esquina noroeste, donde podía ver la cúpula ornamentada que se alzaba sobre las volutas y el frontón de la fachada clásica. Debajo de las columnas de soporte había grandes escalones flanqueados por menorás esculturales gigantes a ambos lados de la pasarela.
No muy lejos, había una multitud de soldados alemanes, todos mirando hacia la sinagoga con los ojos en alto. Por sus movimientos emocionados, se dio cuenta de que la demolición ocurriría pronto, incluso cuando los fuegos mortales aún brillaban en el gueto.
No estaba preparada para lo que estaba a punto de ver. Una voz gritó
« Heil Hitler», y un estallido rompió el aire. El edificio pareció elevarse desde sus cimientos antes de ser tragado por un estallido de fuego. El humo se elevó hacia el cielo, mientras las llamas rugían y el polvo se asentaba en la tierra.
Asqueada, Hanna se volteó.
El gueto estaba acabado, pero ella no. Miró su reloj. Pronto sería hora de encontrarse con Eryk para el viaje de regreso a la granja. Se alejó rápidamente de la sinagoga en llamas hasta que estuvo de nuevo en Krochmalna.
Se detuvo en una tienda desierta, fuera de la vista de todos, y lloró por su hermana y por el hombre con el que quería casarse. Sus lágrimas eran amargas y duras. Después de recuperar la compostura, se preguntó si Rita estaría enfadada con ella por haber salvado a su padre y a su hermano, o si aplaudiría su iniciativa. Ya se enteraría más tarde. Phillip entró en su mente.
Tal vez volvería a verlo en suelo inglés, y tendrían muchas historias que contar.
Mirando hacia el edificio de departamentos, donde había vivido durante tantos años, hizo un juramento en silencio.
«Viviré para ver el final de esta guerra».
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EPÍLOGO
Finales de mayo, 1946
Sir Phillip Kelley había visto por última vez a Hanna subirse a un avión para su salto a Polonia. De alguna manera, ella había regresado a su vida como un fantasma, una sombra en movimiento que sólo reconoció después de que pasó cerca de él.
Pensó que la había visto en Baker Street y luego en una de las oficinas administrativas en otras partes de Londres. Si Hanna se había reunido con Rita Wright, su superior no había dicho nada al respecto. Esa clase de comportamiento era lo estándar en la SOE.
Los espías, mensajeros, personal del ejército y administradores seguían con sus vidas, ahora que la guerra mundial había terminado hacía casi un año. Hitler se había suicidado en su búnker de Berlín. Las bombas nucleares habían caído sobre Hiroshima y Nagasaki.
Husmeando un poco, pudo encontrar un número de teléfono en Croydon. Un hombre mayor y con acento, al que no se le entendía mucho, había contestado. Tiempo después, pudo comunicarse con Hanna y concertar una reunión en Stag’s Horn, el pub donde se encontraron por primera vez.
Mientras abordaba el tren de la tarde en Londres, se preguntó cómo sería Hanna ahora, si estaría dispuesta a retomar lo que habían dejado pendiente a pesar de los años transcurridos desde su último encuentro. En la breve conversación que habían tenido por teléfono, ella parecía algo reacia a hablar. La guerra cambiaba a la gente; ciertamente, lo había cambiado a él.
No había resultado herido físicamente, pero el conflicto había cobrado su precio emocional. Hombres y mujeres a los que había entrenado habían sido asesinados o mutilados, y en su mente, imaginaba lo que habían pasado, cómo habían sufrido. Se había encontrado con soldados discapacitados,
viudas devastadas y niños con los ojos llorosos. Cuando ofrecía sus condolencias, a menudo pensaba que sonaba como una grabación, soltando frases de simpatía y dolor de parte de la SOE para aliviar el sufrimiento de la familia por la pérdida de sus seres queridos. La perorata lo agotaba hasta el punto de la extenuación.
Caminó desde la estación de Croydon hasta el pub, bajo el cálido sol, bajo un cielo azul sedoso; un hermoso día, raro en Inglaterra. El Stag’s Horn se erguía sólidamente en la esquina; su techo de pizarra y sus piedras no habían sido dañadas por el Blitz. Su mano tembló un poco cuando abrió la puerta.
Se sentó en la misma cabina, en el mismo lugar donde se había sentado a su lado. Por supuesto, faltaban Betty Martin y Rita Wright, pero todo lo demás parecía estar igual: la niebla del humo del cigarro que flotaba en el aire denso y las cabinas íntimas que habían escuchado tantas historias, tantas risas y lágrimas.
Hanna lo vio, levantó su taza de café, bebió un sorbo y sonrió.
Se deslizó en la cabina frente a ella. Un silencio incómodo se apoderó de Hanna mientras envolvía sus dedos alrededor de la taza. Una cigarrera dorada, similar a la de Rita, yacía sobre la mesa a su derecha.
—Han pasado algunos años —dijo él después de un tiempo, y esbozó una leve sonrisa.
Ella asintió.
—Sí.
Su figura era más esbelta, su cabello más oscuro, similar a su color original y apartado de su rostro. Las uñas cuidadas estaban pintadas de rojo.
Llevaba un vestido azul oscuro, acentuado por una bufanda blanca atada alrededor de su cuello. Todavía la encontraba tan atractiva como en el momento en que se conocieron. Entonces, el deber se había interpuesto en el camino de cualquier relación. Tal vez aún lo haría.
Apareció una camarera y Phillip pidió una cerveza oscura.
—Todavía en el servicio, por lo que veo —dijo ella, levantando un dedo de la taza y dirigiéndolo hacia su uniforme.
—Cumpliendo con mi comisión —respondió él—. Me queda un año más, después, el futuro es mío. —Otro silencio cayó sobre ellos cuando la
mesera regresó con su cerveza. Tomó un sorbo del espumoso líquido, que dejó una capa transparente en su bigote—. ¿Fue una mala idea?
Hanna sonrió y negó con la cabeza.
—No. No hablo mucho de la guerra. Después de regresar a Inglaterra, no quería revivirlo.
Él se apoyó contra el alto respaldo de madera de la cabina.
—Mucha gente se siente así. Puedes hablar conmigo, si quieres. —
Dirigió su mirada a la cigarrera—. ¿Fumas?
—Algunas veces. Pensé que calmaría mis nervios, como la bebida ocasional. El estuche fue un regalo de Rita. —Hizo una pausa, y sus ojos se iluminaron un poco—. Estoy trabajando en la librería otra vez. El viejo señor Cheever aceptó recontratarme. La SOE no me hizo rica.
—Creí haberte visto en la calle Baker, pero desapareciste antes de que pudiera saludarte. Ni siquiera estaba seguro de que estuvieras allí, como un fantasma.
—Algo que me enseñó la SOE fue a protegerme, y lo he hecho. Lamento no haberme puesto en contacto, pero he pasado mucho tiempo pensando en mi papel en la guerra desde que terminó. —Agachó la mirada—. Maté a un hombre, a varios, de hecho. No estoy orgullosa de ello, pero hice lo que tenía que hacer. —Terminó el café y colocó la taza en el borde de la mesa.
—Me enteré de lo que le ocurrió a Dolores. Tuviste suerte. —Hizo una pausa—. ¿Cómo está tu familia?
—Mi padre vive conmigo en Croydon. Estoy bien con el arreglo por ahora, pero no durará para siempre. —Ella suspiró—. Mi padre se siente, cómo decirlo, incómodo aquí. No ha hecho amigos y se mantiene solo. No le gusta el clima inglés ni sus costumbres. Trato de animarlo, pero no sirve de mucho. Extraña a mi madre. Habla de ir a Palestina a vivir con mi hermano.
—No recuerdo su nombre.
—Aaron. Trajo a mi padre aquí desde Grecia y se fue directamente a la SOE. No tenía la edad suficiente, así que mintió. Creo que por esa razón Rita fue tan indulgente conmigo. Más de un Majewski fue a trabajar para ella. Es listo. Aprendió francés rápidamente y lo enviaron al frente. Luchó para salir de una redada nazi y resultó herido en el brazo izquierdo. Se recuperó y reubicó a sobrevivientes judíos de los guetos polacos.
La mesera trajo otra taza de café para Hanna. Ella encendió un cigarro.
—Y hay más que contar.
—¿Los que se quedaron atrás?
—Están muertos, y por mucho que mi padre y yo queramos esperar un milagro, no va a suceder.
Phillip se inclinó hacia delante.
—Lo siento.
—Fracasé en mi misión personal, pero mi hermana y su futuro esposo estaban decididos a permanecer en el gueto. En los pocos minutos que los vi, fueron mucho más valientes que yo. —Hanna miró su reloj, pasó las manos por la mesa y luego miró a los otros clientes que llenaban el bar—.
Conocí a las personas más extraordinarias —continuó, como si la hubiera golpeado una revelación repentina—. La pareja polaca que arriesgó su vida por mí. Cuando los nazis se retiraron, dejamos su granja, manteniendo la distancia entre los alemanes y el Ejército Rojo. Fue entonces cuando maté a dos hombres más. Hubo otros igual de valientes: una mujer llamada Janka.
Un joven, Zeev, que ayudó a escapar a mi padre y a mi hermano. Espero que haya sobrevivido a la guerra.
Hanna tomó un último sorbo de café, apagó el cigarro, puso la cigarrera en su bolso y se levantó de la cabina.
—Me gustaría dar un paseo en este hermoso día.
Phillip se paró a su lado.
—He pensado en ti muchas veces. ¿Te importa si te acompaño?
—Yo también he pensado en ti —dijo, y le tocó un lado del rostro—. Un poco de canas en las patillas, pero por lo demás, igual. Vamos.
—Bien —contestó él, mientras dejaba algo de dinero sobre la mesa.
Abrió la puerta para Hanna y salieron al sol brillante.
—Puedes contarme tanto como quieras —dijo Phillip, mientras doblaban la esquina. Hanna lo guiaba a un lugar en el que nunca había estado.
—Déjame mostrarte dónde vivían mis tíos. —Se detuvo y Phillip notó las lágrimas que brillaban en sus ojos.
Él tomó su mano.
Ella no se resistió.
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NOTA DEL AUTOR
Después de su concepción, Las chicas del gueto presentó varios desafíos que terminaron siendo parte de su escritura.
Primero, la gran historia de 2020: la pandemia del coronavirus y sus efectos persistentes en 2021 terminaron mi investigación presencial en los países que esperaba visitar: Inglaterra y Polonia. Normalmente —como hice con The Irishman’s Daughter y La traidora (Planeta, 2021)—, habría viajado a esos lugares para respirar el aire, comer, absorber la cultura y visitar los sitios históricos tan importantes para la novela. Pocos libros publicados permanecen libres de errores. He encontrado errores que se me habrían escapado de no haber hecho esos viajes. Esa fue mi experiencia con The Irishman’s Daughter. En mis primeros borradores, me había equivocado en la topografía de Westport, Irlanda, a pesar de mi investigación en línea. Sólo al visitar ese hermoso pueblo me di cuenta de los errores que había cometido. En lugar de viajar, he usado libros de referencia y herramientas en línea.
Otra desafortunada nota al pie sobre este tema fue cuando la pandemia cerró recursos que antes estaban abiertos al público. Debido al COVID-19, los museos estaban cerrados. Los funcionarios y los educadores eran imposibles de localizar. Los repetidos esfuerzos para contactarlos quedaron sin respuesta a medida que avanzaba la pandemia.
La cantidad de investigación realizada para este libro superó todo lo que había hecho antes. Más adelante en esta nota, citaré algunas de las muchas fuentes que utilicé. Después de profundizar en la cultura y en la tradición judía, sentí que sólo había arañado la superficie de una religión de cinco mil años. Tengo la suerte de trabajar con lectores y editores beta talentosos que facilitan mi trabajo en muchos niveles, incluida la verificación de hechos.
Presento la idea y la escribo, pero busco su experiencia para ayudarme a
hacerlo bien. En este caso, tengo una deuda especial de gratitud con las habilidades de corrección de estilo de Marsha Zinberg.
La idea de Las chicas del gueto había estado dando vueltas en mi cabeza durante algún tiempo, y se hizo realidad con la bendición del personal editorial de Kensington. Tuve que terminar el trabajo en The Sculptress antes de comenzar el nuevo libro, así que comencé mi investigación poco después de que empezara el año 2020, trabajando durante la pandemia y luego poniendo las palabras en papel a partir de fines de septiembre de ese año. A pesar de tener un breve resumen de la trama, no fue sino hasta que completé la mayor parte de la investigación de antecedentes que pude armar una sinopsis.
La novela contenía cuatro categorías investigables distintas: judaísmo, el Blitz, el gueto de Varsovia y operaciones de espionaje, específicamente la Dirección de Operaciones Especiales en Inglaterra. En el transcurso de cinco meses, además de otros trabajos, leí casi dos docenas de libros sobre estos temas y vi muchas horas de videos y presentaciones en internet. Casi todos los libros y videos revelaron más preguntas, lo que, si uno tiene un tiempo infinito para escribir una novela, puede ser una búsqueda de toda la vida por encontrar la verdad. Como he descubierto al hacer esto para otros libros, los hechos a menudo varían según la fuente. En este caso, con información diferente, hice una conjetura educada, con la esperanza de haber elegido bien.
No hay duda de que la Segunda Guerra Mundial contiene más historias de las que se pueden contar. Alguien me preguntó qué hace que este libro sea diferente de cualquier otra novela de la Segunda Guerra Mundial; la implicación es por qué escribir otro libro sobre el mismo tema. Es una pregunta difícil de responder, pero una explicación razonable radica en el desarrollo del personaje y en la intuición de ofrecer algo nuevo al lector a través de la esperanza y las ideas de los personajes que buscan contar una historia. Como saben los escritores, todas las tramas se han hecho ya, pero las historias individuales aún persisten, esperando ser escritas. Por cada Lista de Schindler, por cada El Pianista, hay innumerables historias que esperan ser desenterradas, y victorias y tragedias que esperan ser contadas.
Si sentimos que estas historias de guerra se vuelven trilladas, o que ya no tienen sentido, perdemos nuestra humanidad. A medida que la guerra
retrocede hacia el pasado, el mundo pierde la memoria de esa época terrible.
No podemos, ni debemos, permitir que eso suceda. Sólo cavando más profundo saldrán más historias.
Las vidas de mis personajes, Hanna, Stefa, Janka, Izreal, Perla, Aaron y Daniel me parecen reales y he hecho todo lo posible para hacer justicia a sus historias. Por aterrador que pueda ser, también debemos recordar que el ascenso de Hitler al poder comenzó hace unos cien años, pero las atrocidades más terribles cometidas por su régimen estallaron después de que asumió el poder en 1933, y continuaron durante una docena de años hasta el final de la guerra europea en 1945. Esos años están mucho más cerca de nuestras vidas de lo que pensamos.
Debo admitir que investigar los terribles eventos de la guerra durante una pandemia fue, en ocasiones, completamente deprimente. Hubo días en que no podía leer otro relato de la muerte y destrucción presenciadas por los sobrevivientes; tuve que mirar hacia otro lado por un día y luego volver a la lectura. Un libro en particular me afectó tan profundamente que sólo podía leer dos capítulos cortos al día, no más de seis páginas. Mi investigación continuó, de libro a libro y de un video al siguiente.
Las atrocidades cometidas contra los judíos durante el régimen nazi están más allá de los límites de la comprensión y la decencia humana. Este simple hecho no puede ser exagerado. Aunque he intentado retratar estos horrores en Las chicas del gueto, ninguna obra de ficción puede transmitir adecuadamente el terror y el dolor de aquellos que vivieron durante los años de guerra. Nosotros, en nuestra cultura saturada de medios, tendemos a categorizar nuestros sentimientos o dejar las cosas de lado. Si no es de nuestro agrado, lo ignoramos. Si nos pone tristes, encontramos algo que nos haga felices. Es fácil. Sin embargo, nada puede ni debe borrar la tragedia del genocidio perpetrado por Hitler. Escribo estas palabras sólo para transmitir al lector que, a menudo, durante ciertos puntos del libro, sentí que mis palabras eran inadecuadas cuando se comparaban con el evento real.
Las fuentes que he citado son principalmente de no ficción, a excepción de dos novelas. Leí esos trabajos porque sentí que podía aprender de esos autores, y así lo hice. Prefiero no leer ficción mientras estoy investigando un nuevo libro porque quiero centrarme en mi propia trama y estilo.
Aquí hay una lista abreviada de los libros que resultaron más útiles en mi estudio:
White House in a Grey City, Itzchak Belfer, Yanuka Books, 2017. Este relato fue escrito por un alumno de Janusz Korczak, maestro y pediatra, quien, en agosto de 1942, murió en Treblinka con niños de su orfanato después de que se negó a abandonarlos. El autor, tomando medidas extraordinarias para vivir, sobrevivió a la guerra.
Rescued from the Ashes, Leokadia Schmidt, traducido del polaco por Oscar E. Swan, Amsterdam Publishers, 2018. Este es el diario de la señora Schmidt, quien sobrevivió al gueto de Varsovia, junto con su esposo y su hijo pequeño. Gran parte de este libro se centra en las tácticas de supervivencia de la familia, incluida la separación y el traslado de un lugar a otro para evitar la captura.
A Cup of Tears: A Diary of the Warsaw Ghetto, Abraham Lewin, editado por Antony Polonsky, Basil Blackwell, Ltd., publicado por primera vez en 1988. Lewin fue miembro de Óneg Shabat, una hermandad dedicada a preservar la historia de los judíos en el gueto de Varsovia, nombre que hace referencia a la costumbre judía de celebrar el sabbat. El diario de Lewin fue encontrado escondido en una lata de leche después de la guerra. Fue asesinado en Treblinka.
Voices from the Warsaw Ghetto, editado con una introducción de David G. Roskies, Yale University Press, 2019. Una colección de prosa, poemas y obras de arte de los residentes del gueto.
The Warsaw Ghetto: A Photographic Record 1941-1944, Joe J.
Heydecker, IB Tauris & Co. Ltd. Londres, edición de 1990. Heydecker, un soldado alemán en Varsovia que trabajaba como técnico de laboratorio fotográfico, arriesgó su vida para conservar las fotos que había tomado. El relato de Heydecker establece su propia admisión de culpabilidad: «Me paré allí y tomé fotografías en lugar de hacer algo», e incluye la escalofriante respuesta de un guardia armado de las SS cuando se le preguntó qué estaba pasando mientras las deportaciones estaban en proceso. «Se giró con mucho tacto hacia un lado para que sólo yo pudiera escuchar lo que decía: “Deben ser eliminados”». Heydecker creía que la mayoría de los alemanes sabían de los asesinatos —campos de concentración, de exterminio y guetos—, pero
optó por ignorar la verdad porque estaban bajo el control de Hitler y no podían hacer nada para detenerlo.
Memory Unearthed: The Lodz Ghetto Photographs, Henryk Ross, colección de la Galería de Arte de Ontario, Yale University Press, 2007.
Blitz: The Story of December 29, 1940, Margaret Gaskin, Harcourt, Inc., 2005.
The Blitz: The British Under Attack, Juliet Gardiner, HarperPress, 2010.
The Wolves at the Door: The True Story of America’s Greatest Female Spy, Judith L. Pearson, Lyons Press, 2005. La historia de Virginia Hall, una extraordinaria directora de actividades de la resistencia.
Spymistress: The True Story of the Greatest Female Secret Agent of World War II, William Stevenson, Arcade Publishing, 2007.
Smithsonian World War II Map by Map, DK Publishing, 2019. Este libro, que muestra los sitios de batalla y las operaciones de combate, está repleto de información histórica.
De los libros de ficción, el primero es We Were the Lucky Ones, Georgia Hunter, Viking, 2017.
El segundo: The World That We Knew, Alice Hoffman, Simon & Schuster, 2020.
Otro apoyo provino de numerosos sitios web, incluidos Yad Vashem y el Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos. El relato de Szlamek Bajler, sobreviviente de Chełmno, se basó libremente en el contenido del Equipo de Investigación de Archivos y Educación del Holocausto (HolocaustResearchProject.org) llamado «Chełmno Diary», al igual que la descripción del entrenamiento de Hanna en paracaídas, que se encuentra en el sitio web de la British Broadcasting Corporation, WW2
People’s War, «Ringway, Paratrooper Training».
Debido a las limitaciones de investigación mencionadas, me tomé algunas pequeñas libertades con la historia de vez en cuando; por ejemplo, el lugar y las circunstancias detrás de la ejecución de ocho judíos el 17 de noviembre de 1941, descrita en el libro. Las cuentas a menudo difieren.
Hice todo lo posible para reconstruir la verdad en este caso, junto con algunos otros.
Debo incluir una breve nota sobre los apellidos polacos. Estos varían según el caso, la forma plural y las formas masculina y femenina. Pensaba
que el uso de estas formas sería confuso para los lectores, así que opté por la ortografía plural estándar que usarían las editoriales inglesas.
De la colección de Robert Pinsky se proporcionaron textos, demasiado numerosos para mencionarlos, sobre las festividades, la cultura y las tradiciones judaicas. Pinsky ha sido un lector beta desde la primera novela que escribí. Decir que él es vital para mi trabajo sería quedarme corto. Es un lector voraz y cuando le entrego un manuscrito, me estremezco y me regocijo al mismo tiempo. Sé que lo desmenuzará, pero sus puntos reflexivos siempre fortalecen mi libro. Es el tipo de lector con el que sueñan los autores.
Como siempre, agradezco a mi comunidad de escritores que me brindan esperanza y apoyo; gracias también a mi agente, Evan S. Marshall; mi editor en Kensington, John Scognamiglio, y a los lectores que han apoyado mis seis libros. Confío en todos ustedes para mantenerme en el teclado.
¡Gracias!
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