Las chicas del Gueto

V.S. Alexander · Capítulo 5 de 28

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Las chicas del Gueto

Capítulo 4

El clima se volvió más frío a finales de octubre en Croydon. Los árboles habían perdido la mayor parte de sus hojas. Incluso el pequeño sauce del jardín tenía un color amarillo enfermizo en sus ramas caídas. Permaneció enraizado porque Lawrence aún no había recibido las partes del refugio Anderson que iba a construir.

Hanna había escrito tres cartas a su madre desde la invasión alemana, pero no había recibido respuesta. Las noticias de Polonia seguían sorprendiéndola, mientras que la mayoría de sus amigas inglesas se lo tomaban con calma y le decían que no se preocupara: Hitler no llegaría muy lejos, y la guerra contra los nazis terminaría tan pronto como Gran Bretaña pudiera aumentar sus fuerzas de combate.

Con ayuda de su tío, Hanna pudo conseguir un trabajo de turno vespertino, cuatro días a la semana en una librería de antigüedades, principalmente de martes a viernes, y algunos fines de semana cuando era necesario. El anciano dueño de la tienda, el señor Cheever, era un jubilado que rara vez entraba en la tienda que había fundado antes de la Gran Guerra. La mantenía operando en beneficio de sus clientes más antiguos. Su familia estaba bien financiada por otros emprendimientos y no quería, o no necesitaba, una vieja y mohosa tienda de curiosidades.

A Hanna le encantaba el frágil olor a papel de los libros, el crujido de las páginas al pasarlas, las percepciones y el drama que se desarrollaban en su interior. Los libros más valiosos se guardaban bajo llave en un armario de vidrio en la parte trasera de la tienda, y el señor Cheever tenía la única llave. Sólo unos pocos clientes selectos habían visto estos libros,

únicamente con cita previa con el propietario. La posesión más preciada de la tienda era una copia de la segunda edición de The Monk, de Matthew Lewis, publicada en 1796. En sus dos semanas en el trabajo, ningún cliente había solicitado ver ningún artículo raro.

También le encantaba curiosear por la tienda cuando no había clientes; tocaba las encuadernaciones rojas, azules, verdes y negras, hojeaba los libros con reverencia, sintiendo la textura áspera o resbaladiza de las páginas entre sus dedos. Los libros, en su mayoría usados, en buenas condiciones y a un precio módico, estaban cuidadosamente catalogados, según el tema, en los desgastados estantes de roble.

Había espacios para ficción, historia, medicina, arte, negocios, idiomas y muchas categorías más. Le interesaba en especial la sección de idiomas, en particular los libros escritos en alemán y los pocos en hebreo. Su madre había alentado un poco su habilidad innata, reconociendo su propensión al habla. El polaco y el yiddish eran algo natural para ella por su familia. Dio el salto al alemán sin mayores dificultades por su similitud con el yiddish.

En su juventud, por voluntad propia, había elegido estudiar algunos de los grandes textos decimonónicos de escritores alemanes. Se encontró perdida en sus palabras, apoyándose con un diccionario alemán, durante las largas noches de invierno en Varsovia.

Mientras trabajaba, sus amigas, a quienes conoció a través de la amistad de Lucy con sus madres, la visitaban en diferentes momentos del día dependiendo de sus propios horarios escolares o laborales. Las hermanas Margaret y Ruth Thompson a menudo la visitaban juntas. Margaret, una vivaz pelirroja de cabello largo, sonrisa deslumbrante y actitud despreocupada, le recordaba a una estrella de cine. Trabajaba como secretaria para un abogado de Croydon, aunque le había dicho a Hanna muchas veces que el trabajo no le agradaba. La mayor parte del tiempo echaba de menos la emoción de los casos judiciales, ya que sus deberes estaban relegados a atender la recepción, la taquigrafía y archivar documentos. Era una mujer joven con mayores expectativas en mente, aunque no tenía muy claro cuáles eran. Hanna sospechaba que incluían casarse bien.

La hermana de Margaret, Ruth, era un poco como su hermana mayor, pero mucho más sensata, con los pies bien plantados en la tierra. Ruth, no

tan alta como su hermana, tenía el cabello castaño rojizo, más rojizo que castaño y un agradable rostro ovalado. Trabajaba en el departamento de ropa de mujer en una tienda local. Hanna no tenía idea de cuáles eran los sueños de Ruth. Su amiga parecía más que feliz con su trabajo y su posición en la vida. Hanna sospechaba que también quería casarse, pero estaba esperando el momento y el hombre adecuado, con o sin dinero.

La última joven del cuarteto era Betty Martin, quien, a pesar de su pequeña estatura, apoyaba el esfuerzo de guerra y quería, más que nada en el mundo, ofrecerse como voluntaria para cualquier tipo de servicio militar disponible para mujeres. Cuando se vieron, Betty le dio a Hanna la información más actualizada sobre la guerra; ya había iniciado un club de tejido compuesto por mujeres locales, donde elaboraban calcetines, bufandas y otros artículos que los uniformados podían usar, además de remendar su propia ropa como medida de conservación. Aunque Betty la había invitado a unirse, Hanna no era miembro del club. Stefa era mucho mejor que ella con la aguja y el gancho y, francamente, le resultaba aburrido sentarse durante horas a coser, remendar y chismear sobre la guerra y los hombres.

Betty había adoptado una especie de estilo militar en su vestimenta, pantalones y chaqueta, y llevaba un bolso de mano grande en caso de que fuera necesario meter en él pertenencias familiares durante los anticipados ataques aéreos nazis. Siempre tenía el rímel en su lugar, las mejillas pintadas y su largo cabello negro recogido, mientras escaneaba los cielos en busca de bombarderos alemanes.

Hanna estaba en la tienda un viernes por la tarde cuando vio a Betty a través del gran escaparate. Su amiga apagó el cigarro que estaba fumando y se metió un chicle en la boca, dejando caer el envoltorio de aluminio brillante en el bolsillo de su chaqueta. Cuando Betty abrió la puerta, la campana de la tienda tintineó.

La boca de su amiga se curvó en una extraña sonrisa, como si Betty supiera algo, o anticipara lo que Hanna pronto sabría.

—¿Cómo va el negocio? —preguntó Betty, acercándose sigilosamente al mostrador.

—Hoy está tranquilo. ¿Cómo estás?

—No podría estar mejor, pero estaré incluso mejor esta noche en el pub.

Sus planes para la noche intrigaron a Hanna, y se inclinó sobre el mostrador hacia su amiga.

—¿Ah, sí? ¿Tienes una cita?

—¿Una cita con un tipo? —preguntó Betty recatadamente.

—Sí.

—No —respondió ella mientras mascaba su chicle—. Ya quisiera…, pero deberías venir. Me gustaría que conocieras a alguien.

Hanna sospechaba que Betty estaba tratando de arreglar una cita para ella, así que negó con la cabeza.

—No esta noche. Prefiero estar en casa.

—Si sigues así, te convertirás en un ratón y sólo podremos sacarte de tu agujero con un pedazo de queso. —Sonrió; sus dientes blancos estaban rodeados por un óvalo de lápiz labial rojo—. Y no se trata de un tipo, si eso es lo estabas pensando, sino de una mujer. Le he hablado de ti.

Hanna se sentó en la silla detrás del mostrador, fascinada por lo que sonaba como la trama de una novela de misterio.

—Prosigue.

Betty dejó caer su enorme bolso sobre el mostrador, lo abrió y sacó un trozo de papel.

—No entraré en detalles ahora. ¿Cierras a las cinco?

—Sí.

—Nos vemos en Stag’s Horn a las siete en punto. El número de teléfono y la dirección están en la nota, en caso de que no puedas asistir. —Le entregó a Hanna el papel doblado—. No seas ratonil, te esperamos. Es importante que vengas. Betty le lanzó un beso, recogió su bolso y salió por la puerta.

Hanna abrió la nota. Todo lo que necesitaba saber estaba escrito con la pulcra letra de Betty. De hecho, Hanna sabía exactamente dónde estaba ubicado el pub, en el centro de Croydon. Lo que no entendía era por qué conocer a esta mujer misteriosa era tan importante como había dicho Betty.

Había planeado pasar la noche con su tía y su tío después de la cena, pero este compromiso parecía demasiado interesante para dejarlo pasar.

El Stag’s Horn se construyó siglos atrás, cerca del cruce de dos carreteras principales en Croydon. Su techo de pizarra, viejos ladrillos cómodos y reservados, y largas mesas de madera habían escuchado y conservado las risas, lágrimas y secretos de los lugareños durante generaciones. No era el único pub de la ciudad, pero, como el más antiguo, seguía siendo un lugar de reunión popular para aquellos que amaban Croydon y celebraban su historia.

Hanna se disculpó con su tía y su tío y se fue después de cambiarse de ropa y retocar el maquillaje que había usado para ir al trabajo. Después de casi diez meses en Londres, todavía no estaba segura de que sus elecciones de vestimenta y cosméticos fueran correctas, aunque nadie había dicho nada malo al respecto. Su tía la había guiado con mano amable, pero eso era de esperarse de alguien en la familia. Sus amigas no habían hecho comentarios despectivos. Se consideraba un tanto intermedia: ni tan glamorosa como Margaret, ni tan seria como Betty. Su estado emocional era el problema.

Hizo falta mucho valor para dejar Varsovia, pero ¿en realidad la había dejado atrás? Las tradiciones, las enseñanzas del judaísmo y toda una vida con su madre, padre, hermana y hermano no podían borrarse en sólo diez meses. Sin embargo, había hecho todo lo posible por eliminar las apariencias de su antigua vida. Incluso fumaba uno que otro cigarro a escondidas de vez en cuando; había probado la cerveza y tomado algunos tragos de licor en lugar de vino; había experimentado con el color del cabello; probado varios tonos de lápiz labial, polvos, y rubor, todo con el fin de hacerse bella y diferente de su antiguo yo. Había intentado desterrar la modestia y todo lo que esta implicaba.

Sin embargo, mientras caminaba hacia el pub, seguía teniendo dudas. Su padre aparecía ante ella a veces, con mirada dulce; otras veces, frunciendo el ceño con una intensidad casi demoniaca. Ese rigor de la religión, esa obstinada asfixia sin tregua, era lo que había disparado sus pensamientos de separación en primer lugar. ¿Qué tenía de malo hacer una nueva vida?

Responder a esa pregunta era más difícil de lo que nadie pudiera imaginar.

Se detuvo un momento frente al Stag’s Horn y miró, a través de una rendija en las cortinas opacas, hacia la cálida luz amarilla que se filtraba por la ventana. Rostros sonrientes y una neblina de humo de cigarro. La gente bebía cerveza a sorbos o tragos. Todo eso la esperaba al entrar. El pub

estaba tan alejado ese viernes por la noche de la víspera del sabbat como Varsovia lo estaba de Londres. El pensamiento la congeló y aplastó cualquier alegría que intentara sentir.

Con las manos heladas por el viento de finales de octubre, se levantó el cuello del abrigo y se asomó para encontrarse con Betty y con la mujer desconocida. Las vio en una mesa de la esquina, cerca de una chimenea crepitante. Su amiga había añadido una sorpresa: un apuesto militar con un fino bigote, probablemente de veinticinco años, que estaba sentado frente a las dos mujeres.

La idea de dar marcha atrás cruzó su mente, pero se armó de valor y jaló la manija de bronce de la puerta. El calor del pub la envolvió, eliminando el frío de sus manos y rostro. Se quitó el abrigo, lo colgó de un gancho cerca de la puerta y caminó hacia ellos con su bolso a un costado. Betty la vio y la llamó con un movimiento vigoroso.

Hanna se acercó. El único asiento disponible estaba a la derecha del soldado. Él se levantó y le ofreció el lugar a su lado. Ella se deslizó por el tablón de roble pulido; se sentía cómoda y cálida, pero un poco acorralada.

—¿Una cerveza? —preguntó Betty.

—¿Por qué no? —respondió Hanna, dejándose llevar por las convenciones: todos los presentes tenían frente a ellos un vaso alto del brebaje oscuro, tan cálido como la temperatura dentro del pub.

Betty levantó la mano y una camarera se acercó: era una chica menuda de cabello y ojos oscuros que lucía como si llevara demasiadas horas trabajando. Todos pidieron otra ronda.

Después de una pausa incómoda, Betty golpeó su vaso con la parte inferior del anillo de su mano derecha.

—Hanna Majewski, o debería decir Richardson, me gustaría presentarte a Rita Wright y Phillip Kelley.

—Hola. Encantada de conocerlos. —Hanna se sentía algo incómoda, abrazando su bolso, sin saber qué decir a continuación.

—Un placer conocerte —respondió el soldado con una sonrisa.

Ella le devolvió la sonrisa, sin tener idea de lo que hacía o cuál era su rango en las fuerzas armadas.

Rita Wright, por otro lado, la estudiaba, con una mirada tan determinada que Hanna desvió la mirada hacia Betty.

—Hace bastante frío esta noche —dijo Hanna, tratando de iniciar una conversación inocua que desviaría la atención de ella.

—No tanto —dijo Rita sin rodeos.

Hanna se sonrojó y agachó la mirada. Después de otro momento incómodo, pensó en lo que su padre solía decirle de niña, cuando se burlaban de ella en Varsovia por ser demasiado alta y desgarbada: «Nadie es mejor que tú. Somos judíos orgullosos. Siempre recuerda eso».

Levantó la cabeza.

—En mi opinión, hace frío.

—Entonces no sabes lo que es el frío —respondió la mujer.

—¿Disculpe? Claro que sé. Crecí en Varsovia. —La irritación se arrastró desde su pecho hasta su garganta, y se incrementó a medida que la tensión entre las dos aumentaba y el aire se sobrecalentaba.

—Hace suficiente calor aquí —dijo Betty, abanicándose con una servilleta.

Rita sacó una caja dorada y un encendedor de su bolso y encendió un caro cigarro francés. Torció la boca y exhaló el humo en un rizo cuidadosamente elaborado en medio del aire brumoso del lugar. Una sonrisa bastante sarcástica apareció en sus labios, pero desapareció tan rápido como se había formado.

Hanna estudió el rostro de piedra de Rita Wright. La mujer era bonita, con ese estilo majestuoso de la clase alta. Su cabello negro caía sobre sus hombros desde una onda sobre su frente y formaba un peinado circular alrededor de su rostro aristocrático. Hanna notó que tanto el lápiz de cejas como el rímel y el lápiz labial rojo oscuro estaban perfectamente aplicados, como si hubiera pasado horas frente al espejo, o como si alguien con gran habilidad la hubiera ayudado. Su piel estaba empolvada, casi blanca, lo cual acentuaba sus facciones. El rostro de Rita, del cuello para arriba, se parecía al antiguo busto de una mujer griega adinerada que uno se podría encontrar en algún museo.

Las cejas de Betty se movieron hacia abajo y le guiñó un ojo a Hanna antes de deslizar un cenicero sobre la mesa hacia Rita.

—Háblame de ti —le dijo la mujer a Hanna, con una voz monótona que no parecía tener ningún significado oculto.

—¿Le importaría a alguien decirme qué está pasando? —preguntó Hanna—. ¿Esto es una entrevista? Porque ya tengo trabajo.

La camarera cansada trajo la pinta de Hanna y la segunda ronda de bebidas para los demás. Ella levantó su vaso y bebió un sorbo, pero no le gustaba el sabor cálido y amargo de la cerveza oscura.

—Ojalá pudiéramos —respondió Phillip, mientras alcanzaba su segunda pinta—. Digamos que nos interesas.

—¿Yo? ¿Les intereso?

Rita sonrió y Hanna pensó que su rostro podría quebrarse debajo del polvo.

—Si no tienes nada para nosotros, será evidente, y podremos ir por caminos separados sin dañar a nadie.

—Responderé a sus preguntas, si ustedes responden a las mías.

—Lo siento, no funciona así —dijo Rita, después de dar una calada a su cigarro—. Betty tuvo la amabilidad de organizar esto porque cree que podrías ser un activo para el esfuerzo de la guerra, particularmente contra los nazis en Polonia.

—Mi familia está en Varsovia. No he sabido nada de ellos desde que comenzó la guerra. —Sus manos temblaban un poco mientras sujetaba su vaso.

—Lo sabemos —dijo Rita, balanceando delicadamente el cigarro entre el segundo y el tercer dedo de su mano derecha.

—Estoy en desventaja. —Hanna se apoyó en el respaldo con paneles detrás de ella.

Rita continuó con sus preguntas.

—¿Cuántos idiomas hablas?

Hanna suspiró.

—No sé por qué me pregunta esto, hablo polaco, mi lengua materna, yiddish y un poco de alemán e inglés, me las ingenio.

—El alemán nos resulta interesante —dijo Phillip—. Un talento para esos idiomas podría ser de gran ayuda.

Rita se tocó el cabello lacado a un lado de la cabeza y luego colocó el cigarro en el cenicero.

—¿Participaste en deportes cuando eras joven?

—Nadé, corrí, pero para mi propio deleite. Me gustaba estar fuera siempre que era posible… —Hizo una pausa, recordando los momentos en que no podía hacer las cosas que amaba porque estaban prohibidas para las mujeres, sin importar si era sabbat o algún día santo. En las raras ocasiones en que podía escaparse, les ocultaba esas actividades a sus padres.

—Pareces estar en buena forma —comentó Rita—. ¿Algún problema médico?

Hanna negó con la cabeza.

Rita la estudió de nuevo antes de hablar. Hanna le devolvió la mirada.

—Estaremos en contacto a través de Betty —dijo finalmente la mujer.

Hanna empezó a hablar, pero Rita levantó la mano.

—Estás llena de preguntas que desearía, con todo mi corazón, poder responder, pero el gobierno está lidiando con una situación delicada en este momento. Puedo decirte que esto es sólo el comienzo. La guerra es real.

Acabo de regresar de Varsovia y la devastación es horrible. Necesitamos gente en el frente.

—¿Está sugiriendo…?

—No estoy sugiriendo nada, pero si acaso solicitamos tu ayuda en una fecha posterior y decides apoyarnos, el gobierno estaría agradecido en extremo.

El soldado volteó hacia ella y le puso la mano suavemente en el brazo.

—Considera lo que te estamos pidiendo. Piénsalo bien; así, cuando llegue la pregunta, estarás lista.

—Es suficiente por una noche —dijo Rita, mostrando una hilera de finos dientes blancos a través de la curva de sus labios rojos—. ¿Qué les parece si redirigimos nuestra atención a los dioses de la cerveza?

Betty dirigió rápidamente la conversación a su club de tejido y la forma en que ayudaba a los chicos en casa, aunque en realidad no estaba pasando nada en Gran Bretaña, como señaló Rita. Después de algunas bromas sobre los preparativos para la guerra, terminaron sus pintas. Rita pagó la cuenta y todos se levantaron.

Phillip ayudó a Hanna a ponerse el abrigo en la puerta.

—Fue un verdadero placer conocerte. Espero que nos volvamos a encontrar.

Rita y Phillip se alejaron en direcciones diferentes al salir. Por su parte, Betty y Hanna se apretujaron contra una pared de ladrillos contigua que las protegía del viento.

—¡Caramba! —dijo Hanna, repitiendo como un loro una palabra que Lawrence usaba a menudo—. ¿Qué fue eso? La cabeza me da vueltas.

Betty arqueó el cuello, aspirando profundas bocanadas de aire frío.

—Es guapo, ¿no crees?

—No estás respondiendo a mi pregunta.

—Tú tampoco.

—Está bien. Supongo. Sus ojos eran de un agradable color azul pálido, casi translúcidos, cabello negro ondulado, buena figura, sonrisa alegre, y no fumaba, lo que es agradable para variar. —Si no hubiera estado tan absorta en el misterio de la noche, podría haber prestado más atención al hombre a su izquierda. Parecía amistoso e interesado en ella, pero ¿con qué propósito?

—No deberías arrojar piedras, tú también fumas de vez en cuando.

—Solo de manera experimental. —Se giró hacia su amiga—. ¿Quiénes son esas personas?

—No puedo decir más.

—Todo suena tan secreto, tanta intriga y misterio. ¿Hasta qué rangos llega todo esto?

Betty sacó unos guantes de su bolso y se los puso.

—A los más altos.

Hanna la miró perpleja.

—Hasta Chamberlain y un hombre del que quizá no hayas oído hablar mucho: Winston Churchill.

—Entonces es un asunto serio. Esta noche no fue una farsa. ¿Cómo los conociste?

—Muy serio. —Betty envolvió su cuello con su bufanda—. Tengo contactos.

—La verdad, es bastante sorprendente.

Se separaron con un beso en la mejilla. Hanna caminó hacia su casa bajo las nubes grises que se movían rápidamente en la oscuridad, consciente de que la conversación que había tenido con Rita Wright era real y significativa. El hecho de que fuera un asunto tan secreto la inquietaba, y

aceleró el paso, mirando hacia atrás por encima del hombro y hacia el cielo, como si los bombarderos alemanes pudieran aparecer en cualquier momento. El rostro blanco de Rita Wright dominaba sus pensamientos. Se preguntó si esta misteriosa mujer podría cambiar su vida, pero descartó la posibilidad. Estaba más preocupada por Polonia y por su familia que por su propio futuro.

Las delgadas bandas de metal cortaban las manos de Perla mientras se esforzaba por evitar que el agua saliera de los baldes. El líquido era demasiado valioso para desperdiciarlo, especialmente en preparación para el próximo sabbat. Hacía falta agua para cocinar y limpiar, y cada día la asfixiante presencia nazi hacía que aventurarse a salir fuera más peligroso.

Incluso el baño ritual, la mikve, parecía incierto. Corrían rumores de que los nazis sabían de su importancia para los judíos. Los alemanes detestaban las leyes rabínicas sobre la pureza familiar, tanto física como espiritual, pero, por el momento, sólo acosaban y se burlaban de aquellas mujeres que se atrevían a aventurarse allí. Los baños pusieron a prueba a los verdaderos creyentes. El agua, además de ser escasa y potencialmente contaminada, estaba fría ya que las fuentes de calor habían desaparecido.

Perla se detuvo por un momento y descansó al costado de un edificio, apoyando su cuerpo cansado contra el ladrillo. Sus manos temblaban por el peso. Había estado de pie durante casi dos horas, a primera hora de la tarde, para sacar agua de un grifo; uno de los pocos que funcionaban en Varsovia.

Nadie de la familia pudo ayudarla. Izreal estaba en el trabajo, Aaron en la yeshivá y Stefa en busca de pan. Perla imaginó que podría encontrarse con ella en la calle. Qué lindo sería si Stefa pudiera ayudarla con los cubos pesados.

Krochmalna seguía siendo un revoltijo de edificios derrumbados, intercalados con los que se habían salvado de las bombas. Nadie podía caminar por la calle sin sortear montones de escombros. Perla notó algo diferente ese día mientras regresaba de recoger el agua.

Los soldados de la Wehrmacht, con rifles apuntando a sus sorprendidas víctimas, estaban obligando a todos a abandonar lo que estaban haciendo, con la única excepción de los pocos niños polacos que estaban afuera, y les

daban palas a los trabajadores reclutados mientras gritaban órdenes en alemán. «¡Pónganse a trabajar! ¡Despejen las calles! ¡Más les vale que trabajen como si su vida dependiera de ello!».

Un grupo de polacos y judíos había sido rodeado sin contemplaciones a unas pocas casas de su departamento en Krochmalna. Tres soldados montaban guardia mientras los trabajadores levantaban rocas y ladrillos de la calle con las manos y arrojaban los desechos al cráter del edificio destruido. Otros cavaban en los escombros con sus palas, levantándolos y llevándolos al creciente montículo de ruinas.

Perla se ajustó el pañuelo, agachó la cabeza, recogió los cubos de agua y cruzó la calle con la esperanza de no llamar la atención de los soldados.

Levantó la mirada por un instante y vio a otra persona que no estaba bajo el dominio de los nazis: un joven judío que estaba parado frente a su edificio.

Estaba de espaldas a los trabajadores, mirando tranquilamente las placas de identificación en otro edificio. Pasó junto a él, con la cabeza agachada, hasta que escuchó una voz áspera que gritaba en alemán:

—¡Judíos, vengan aquí! Sus amigos necesitan ayuda.

Su primer impulso fue fingir que no había escuchado la orden y seguir caminando, pero sabía que era una idea temeraria y quizá mortal. Se detuvo y miró al joven que estaba cerca de ella.

El soldado se enfureció por su renuencia.

—¡Ustedes dos, vengan aquí! ¡Y traigan sus baldes!

—Haz lo que dicen —susurró el joven.

—Pero… mi agua —respondió Perla—. Si no tengo mi agua, no puedo honrar el sabbat.

—El sabbat tendrá que esperar —respondió el joven—. No habrá sabbat que honrar si estás muerta.

Caminaron lentamente por la calle hasta el oficial que les apuntaba directamente con su rifle. Era un hombre alto que portaba una casaca gris cuyas charreteras, botones y casco brillaban al sol. Sus dos compañeros alemanes observaban con una risa ahogada mientras sus miradas alternaban entre Perla y los trabajadores. El soldado sonrió; su cabello rubio brillaba debajo de su casco y sus duros ojos azules resplandecían como metal. Un gesto de crueldad atravesó su rostro, y cerró la boca por un momento después de que la sonrisa desapareciera.

—¿Qué tienes ahí, mujer? —preguntó, bajando su rifle.

Perla apoyó los baldes cerca de sus pies.

El soldado tocó las agarraderas de los baldes con el cañón del rifle y golpeó uno de ellos con su bota.

—¿Agua?

Perla asintió.

—Necesito…

El joven la agarró del brazo, silenciándola.

—¿Necesitas? —objetó el soldado, alzando la voz—. No necesitas nada.

—Alzó la pierna y pateó el balde, salpicando el vestido y los zapatos de Perla. Oscuros riachuelos del preciado líquido escurrieron por la calle.

Mientras sus compañeros observaban, el soldado recogió el otro balde y arrojó el agua sobre los trabajadores. Los hombres y mujeres aullaron y temblaron por el frío. Los guardias se rieron y los llamaron judíos débiles.

—Necesitan refrescarse después de todo su arduo trabajo —dijo el soldado que los había llamado, una vez que las risas se apagaron—. Ahora es su turno. Pónganse a hacer algo. Denles uso a esas manos.

Perla miró con incredulidad al hombre, quien les dio la espalda, los desafió a atacarlo por la espalda en venganza.

—Ven —susurró su joven compañero—. Te ayudaré.

La condujo al otro lado de los escombros, lo más lejos posible de los guardias. Aun así, estaban al alcance de la vista y del oído de los alemanes.

—Recoge algo ligero y llévalo a la pila —dijo el hombre—. Asegúrate de que te vean. —Juntó los brazos, se inclinó y reunió un montón de ladrillos—. Cerdos.

Perla hizo lo que le ordenó y lo siguió hasta el borde del cráter.

—Conocía a muchas de las personas que vivían aquí: un anciano y una familia joven. Me pregunto si todavía están vivos.

El joven reunió fuerza en sus brazos y balanceó los ladrillos en el aire.

Cayeron en una danza desordenada, golpeando la pila y levantando una nube gris de polvo. Varios de ellos rodaron hasta el fondo.

—Esos amigos no pueden hacer nada por nosotros ahora —respondió—.

¿Cuál es tu nombre?

—Perla Majewski.

Ella vio sus ojos agrandados y el rubor que se extendía por sus mejillas.

Era guapo, pensó Perla, con su cabello oscuro y ojos conmovedores. La expresión de su rostro era fuerte, pero no de una manera vengativa o dominante como la de los alemanes. Era un hombre que se conocía a sí mismo, que destilaba fuerza a través de su confianza. Por sus manos callosas y brazos poderosos, se notaba que estaba acostumbrado al trabajo duro. Ella estaba feliz de tenerlo a su lado. Caminaron juntos hacia los escombros esparcidos.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó ella.

Él dudó, como si estuviera revelando algo; tal vez no quería decírselo.

El sol le dio en la cara y parpadeó.

—Daniel… Daniel Krakauer… Krakowski, señora Majewski.

Perla entendía la distinción entre los apellidos yiddish y polacos, pero lo más importante era el nombre de pila del joven. Su intuición le dijo que este era el hombre que Stefa había estado viendo. De repente, tuvo sentido que hubiera estado esperando frente a su edificio. Al parecer, los nazis habían interrumpido una reunión secreta.

—Eres… —Se inclinó para recoger más rocas, y sintió una ligera tensión en la espalda.

—Sí. He estado viendo a su hija —Continuó con el trabajo, acunando más escombros entre sus brazos. Una gruesa capa de polvo cubría la mitad inferior de su chaqueta—. Lamento que tuviéramos que encontrarnos de esta manera. Stefa quería que los conociera a usted y a su esposo, pero la guerra se interpuso en el camino.

Los guardias gritaron más órdenes, exhortando a los hombres y a las mujeres a trabajar más rápido. El que los había llamado amenazó con golpear a un anciano con la culata de su rifle. Regresaron al cráter y arrojaron los escombros.

—No puedo decir en voz alta lo que estoy pensando —dijo Daniel en su camino de regreso—. Deberíamos ser buenos judíos y perdonarlos, pero no puedo encontrar el perdón en mi corazón. Esta guerra acaba de comenzar y ya los odio. No soporto ver sus rostros arrogantes y burlones, la forma en que caminan altaneramente por nuestras calles, que se apoderen de nuestros edificios y comercios. Nos mentirán y luego nos matarán.

Perla se estremeció ante la idea, sacudió la cabeza y dejó caer las rocas que había levantado.

—Sólo estás empeorando las cosas; no debemos pensar de esa manera.

Seguramente Dios cuidará de nosotros.

Daniel se detuvo a mitad del camino, giró la cabeza y miró a Perla con ojos tristes.

—Lo siento. No debí haberle dicho esas horribles palabras. Pero, como Stefa sabe, a veces no puedo evitarlo. Nada bueno puede salir de esto.

¿Quién sabe qué harán los nazis a continuación? Nada me sorprende de ellos, ya han demostrado que no tienen respeto por la vida, humana o animal. —Señaló el cadáver podrido de un caballo calle abajo que los carroñeros habían dejado limpio hasta los huesos blancos.

—¡Sin hablar! —Un soldado disparó un tiro por encima de sus cabezas.

La bala se estrelló contra la pared de un edificio adyacente y levantó una nube de polvo.

Daniel se levantó, miró al soldado y adoptó la posición de firmes.

—¡Sí, señor!

Perla lo agarró del brazo y tiró de él para que se sentara a su lado.

—No los provoques.

—Podría matarte a tiros, sucio judío. —Palmeó su rifle—. Vuelve al trabajo.

Una vez advertidos, continuaron trabajando sin hablar hasta que los escombros disminuyeron y el sol comenzó a ponerse. Un camión se detuvo en medio de Krochmalna. Los guardias recogieron las palas, las arrojaron en el camión y partieron por la parte trasera, mientras encendían sus cigarros y se reían de los pobres judíos. Y así de fácil, desaparecieron calle abajo, como si las personas a las que habían subyugado nunca hubieran estado allí.

Los trabajadores, polacos y judíos, cansados y aturdidos, se alejaron en la extraña calma. Perla se enderezó y se frotó la espalda.

—No estoy acostumbrada a levantar rocas. —La fuerza que había tenido toda la tarde se desvaneció, y un repentino agotamiento se apoderó de ella

—. No he hecho nada para el sabbat, y ahora no tengo agua.

—Iré y le traeré los cubos llenos, señora Majewski.

Los cubos plateados estaban vacíos en la oscuridad, y la luna casi llena sobresalía por encima de los edificios al este. Perla se secó la frente con un pañuelo.

—Eso es muy generoso de tu parte, pero no podría pedírtelo.

—¡Mamá! —La voz pasó de un susurro a un grito—. He estado tan preocupada. —Stefa corrió por la acera a sus brazos—. Vi a los guardias cuando volvía a casa. Me desvié del camino para evitarlos y, por suerte, encontré a Aaron para que no cayera en sus manos. Hemos estado sentados en casa, esperando —Entonces, Stefa dio un paso atrás, sorprendida por el hombre que se encontraba al lado de su madre—. ¡Daniel!

—Sí, ya nos conocimos. Estuve con tu madre toda la tarde.

—El señor Krakowski se ha ofrecido a traernos agua, pero es demasiado peligroso.

Stefa asintió.

—Sí…, no deberías salir después del anochecer. Están buscando judíos, cualquiera que se pase de la raya. —Tomó las manos de su madre entre las suyas—. Nos las arreglaremos sin el agua. Papá sabrá qué hacer.

—Sí, sí —respondió Perla débilmente—. Su padre. Estoy cansada, vámonos a casa.

—¿Puedo ver a su hija el domingo, señora Majewski?

Perla inclinó la cabeza, observando los ojos oscuros tan llenos de vida que se clavaron en los de ella.

—Hablaré con mi marido. Todavía no hemos considerado qué debe hacer Stefa, cuál será el arreglo, pero no creo que haga ningún daño si vienes a visitarla, siempre y cuando sepas en tu corazón que nada es seguro.

—Mamá —dijo Stefa—, vamos, estás cansada.

—Gracias —dijo Daniel—. Te veré el domingo, Stefa. Buen sabbat.

—Buen sabbat —respondieron Perla y Stefa al unísono.

Daniel se dirigió al este, mientras ellas recogían los cubos y caminaban a casa.

Cuando se acercaron a la puerta, Perla dijo:

—Me agrada. Se nota que es un buen hombre.

Stefa apoyó la cabeza en el hombro de su madre.

—A mí también me agrada, mamá.

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