Las chicas del Gueto
Capítulo 17
Mayo de 1942
Stefa escuchó gritos muchas veces después de la noche sangrienta de abril.
Los nazis continuaron con su ataque sistemático contra el gueto, abriéndose paso en departamentos abarrotados, golpeando a los residentes, a veces disparándoles y arrojando sus cuerpos por las ventanas a la calle, donde sus cadáveres se unían a los que habían muerto de hambre.
Si miraba hacia otro lado e ignoraba lo que sucedía a su alrededor, podía caminar con los demás por las calles convulsas: hombres con sus abrigos cruzados, sombreros y maletines de cuero; mujeres vestidas con sus finas ropas de abrigo, algunas con joyas, sujetando sus bolsos como si nada pudiera detener su avance, ni siquiera el cuerpo desnudo de una joven tirada en la acera, con piernas y brazos tan frágiles y delgados como palos podridos. Pero Stefa no podía mirar para otro lado, a pesar del esfuerzo de algunos —especialmente de los que aún tenían dinero— por hacer la vida lo más normal posible en el gueto.
También se preocupaba por Daniel, quien, tras negarse a aceptar las tácticas más brutales de la policía judía, se estaba ganando la reputación entre sus compañeros oficiales del eslabón débil. Él hablaba con las ancianas que necesitaban retirarse de alguna puerta, o que obstruían el tránsito vendiendo trapos, en lugar de golpearlas con su porra, darles puñetazos o patadas. No aceptaba zlotys por favores: era como cualquier otra persona, tratando de sobrellevar la situación, le decía a los pobres y hambrientos. Otros policías no tenían objeciones en desatar la violencia contra su propia gente; de hecho, parecían orgullosos de ello. A medida que esta fiebre dentro de la fuerza contra Daniel aumentó, también lo hizo su odio por sus compatriotas indiferentes y sus supervisores nazis. Nunca le hablaba a Stefa de su ira, pero ella podía ver la amargura en sus ojos
acerados, la tensión consumidora que llenaba su cuerpo. A menudo, durante una noche de pesadillas, gritaba.
Cuando llegó mayo, un equipo nazi ingresó al gueto para filmar lo que Daniel describió como propaganda. No sabía si era para mostrar el gueto de una manera buena o mala, o de alguna manera en particular, pero Stefa había visto a los hombres camino al comedor de beneficencia y se detuvo para observarlos.
Cuatro soldados alemanes, con dos hombres de las SS como guardias, maniobraban un carro con la cámara más grande que jamás había visto.
Buscaron rostros demacrados, ojos escrutadores desprovistos de sentimiento y pelo corto para mantener alejados a los piojos. A los hombres los filmaron de frente y de perfil, para que los alemanes de sangre pura en Berlín pudieran obtener una buena imagen de cómo era un judío. ¿Se suponía que la película mostraría que los nazis habían maltratado a los judíos o que los judíos se habían maltratado entre ellos? Stefa creía que la máquina de propaganda difundiría la idea de que los judíos del gueto no se preocupaban unos por otros. Después de todo, las imágenes de esas damas y caballeros judíos bien vestidos pasando cortésmente por encima de los muertos beneficiarían a los nazis en Berlín.
Ella había visto los carros cargados de cuerpos que eran empujados a un foso en las afueras del gueto. La pila de cadáveres, filmada por los nazis, caía por un tobogán de madera hasta un pozo, mientras los rabinos ancianos ofrecían oraciones silenciosas por los muertos. Otros judíos habían sido reclutados para cubrir los cuerpos con una mezcla de tierra y cal.
Los alemanes llevaron a los miembros del Judenrat al edificio del consejo, presuntamente para filmar el arduo trabajo de los administradores.
La artimaña de todo esto era transmitir cómo vivían los judíos comunes por su propia voluntad, cuando en realidad, no vivían en absoluto. Las escenas mostraban a multitudes de hombres; niños, con sus gorras planas, y mujeres con abrigos y bufandas siendo empujados por la policía judía hacia algún destino desconocido para el beneficio de la cámara. ¿Acaso este sería un ejercicio de entrenamiento para algo más terrible que estaba por venir?
Daniel le dijo que los alemanes filmaban la miseria a través de las puertas abiertas, pero lo contrastaban con judíos adinerados cenando, bebiendo y teniendo una velada social en un restaurante como el Palais.
¿Qué creerían los nazis en Múnich al ver cómo sufrían las masas pobres mientras los ricos las ignoraban para darse un festín? ¿Podía el alemán corpulento y de rostro rubicundo, que acababa de salir de una cervecería, realmente creer que estaba viendo la verdad en una película? Todo había sido escenificado para su beneficio: la gente caminando por el puente de la calle Chłodna, que unía la vida entre el gueto pequeño y el grande; el interior de un departamento resplandeciente, que le recordaba al espectador que no todos los judíos vivían como animales.
Nada de eso era real.
Varios días después de que comenzó la filmación, Stefa se dirigía al comedor de beneficencia cuando una voz gritó en alemán:
—Niña, ven aquí.
Todos sabían que debían mantener la cabeza agachada y los ojos apartados cuando se les daba tal orden. Tal vez, si se ignoraba, la orden se desvanecería en el aire y llamarían a otro desafortunado.
Una mano pesada sobre su hombro le impidió avanzar.
—¿Me escuchaste, judía? —le preguntaron con brutalidad.
Ella hizo una mueca y se volteó para ver a un joven nazi del equipo de filmación, quien esbozaba una sonrisa maliciosa que revelaba su verdadera naturaleza, a pesar de su rostro redondo y agradable. La agarró del brazo y la empujó hacia delante, a través de una multitud que se abrió a su alrededor.
—Contigo bastará. Joven y bonita. Vas a salir en el cine.
Todos se quedaron mirándolos: una mujer joven obligada a caminar con un oficial alemán generalmente era el resultado de una infracción, pero esta vez no hubo altercado ni quebrantamiento de la ley nazi.
—¿Qué? —No sabía qué hacer ni qué decir.
—Serás famosa en los cines de toda Alemania.
No tenía idea de adónde la estaba llevando, pero cruzaron el puente a grandes zancadas hacia el gran gueto, y luego hacia el norte, hacia la prisión. Al pasar esa estructura de mal agüero, Stefa comenzó a temer por su vida.
Otra voz, una que ella reconoció, interrumpió su ritmo frenético. Era Daniel.
—¿A dónde la llevan? —gritó, alcanzando el brazo del alemán.
—No. Estaré bien. Vete. —Él traía su uniforme de policía, y lucía más oficial que nunca. El brazalete con la estrella blanca de David en su brazo derecho brillaba bajo el sol.
—Una chica inteligente —dijo el alemán—. Sería prudente que siguieras su consejo porque si te acercas un paso más, te mataré. No me importa si eres policía judío. —Se llevó la mano que tenía libre a su pistola y escupió a los pies calzados con botas de Daniel.
El rostro de Daniel enrojeció. Estaba reprimiendo su furia como un boxeador esperando para golpear a un enemigo. Sin embargo, no había nada que pudiera hacer.
—Vete —ordenó Stefa, con el corazón latiendo rápidamente.
Murmurando, Daniel dio media vuelta y se alejó.
El oficial la arrastró y pronto llegaron a la mikve, uno de los baños rituales que había estado cerrado desde la invasión. El baño tenía demasiada importancia en la vida judía como para permanecer abierto, según el Alto Mando. Normalmente, por pureza, los hombres se bañaban allí en preparación para el sabbat y los días festivos, así como las mujeres después del parto y la menstruación. A veces, los utensilios de cocina eran purificados en la fuente natural de las aguas. Por modestia, hombres y mujeres siempre se bañaban por separado bajo la guía de un observador, quien se aseguraba de que se realizara una inmersión adecuada. El castigo nazi por usar la mikve era de diez años de prisión o la muerte. Stefa había oído que algunas operaban en secreto. Izreal le había prohibido a la familia ir, por el peligro que esto implicaba.
Cerca de la entrada, cuatro mujeres y cinco hombres que no conocía habían sido detenidos. Eran de diferentes edades y estaban levemente afectados por el hambre que tantos habían soportado. Estos hombres y mujeres también habían sufrido, pero habían sobrevivido tres años de gobierno nazi con poco daño físico aparente.
Stefa nunca había puesto un pie en esta mikve. Estaba claro, por los guardias que rodeaban la entrada y la rampa que sobresalía más allá de la puerta, que el equipo de filmación pesado había sido arrastrado adentro.
Sintió un pinchazo de terror. ¿Los alemanes iban a filmarlos dentro del baño, a los hombres y a las mujeres juntos? Miró a su alrededor, con la esperanza de que alguien, incluso Daniel, pudiera ir a rescatarla.
El oficial que la había detenido estaba ocupado con los miembros del equipo de filmación. El sol de mayo era brillante y cálido, pero ella estaba helada hasta los huesos por lo que acechaba detrás de la puerta de la mikve.
—Adentro —ordenó uno de los hombres.
Miró por encima del hombro y vio a Daniel entre los que estaban en la calle. Su expresión de dolor creció debajo de su gorra, como si fuera a matar a cualquiera que se cruzara en su camino. Ella no dudaba que lo haría si tenía la oportunidad.
Fueron conducidos al interior por los guardias de la puerta. El equipo de filmación, incluido el hombre que se la había llevado, los dirigió a dos habitaciones, una para hombres y otra para mujeres. La luz deslumbrante utilizada para filmar rompió la oscuridad. El edificio había estado cerrado durante tanto tiempo que el aire estaba viciado y áspero por el polvo, sin embargo, no muy lejos de ella, el agua fluía. De pronto un fino velo de humedad se abrió paso en la habitación. Stefa se preguntó si los alemanes acababan de llenar la palangana. Seguramente, el agua adentro estaba sucia.
—Desnúdense —ordenó el oficial.
—Qué humillación —susurró una mujer mayor.
—Cállate —respondió el oficial y sacó un largo látigo.
Por tradición, no se usaba nada en el baño y Stefa juró honrar esa práctica quitándose la ropa, el collar y los aretes sencillos que solía usar en el comedor de beneficencia. Las mujeres colocaron su ropa en los bancos de madera y se quedaron de pie, esperando, cubriéndose los senos y los genitales con los brazos y las manos bajo el resplandor de la luz. En algún lugar, detrás de la cegadora incandescencia, zumbaba una cámara.
La sala se llenó de movimiento y oyeron el chapoteo del agua. Los hombres se habían desnudado, los habían sacado de su habitación y los habían filmado sumergiéndose en el baño, pensó ella. Las mujeres serían las siguientes.
La luz en el pasillo se hizo más estrecha, y apareció un hombre. Stefa giró la cabeza, evitando ver su cuerpo desnudo.
«Qué degradante. Si Daniel supiera lo que estaba pasando, los mataría.
Gracias a Dios, no lo trajeron a él. Una mujer nunca debería ver así a su potencial esposo…».
El pensamiento casi la hizo reír. Humillación, degradación, terror nazi tras terror nazi, ¿y le preocupaba ver a Daniel desnudo? Eso reforzaba cuán profundamente la tradición y la cultura habían sido arraigadas en ella. De esto es de lo que su hermana había tratado de escapar. Su padre se había esforzado mucho por santificar el sabbat y por honrar las festividades a pesar de las prohibiciones y la constante amenaza de violencia que se cernía sobre todas las familias. Izreal había empezado a reconocer el valor de Daniel, a apreciarlo. Ella rezaba para que le diera su bendición a su matrimonio. Con mucho gusto se casaría con Daniel ese mismo día, sin importar cuánto tiempo les quedara.
— Schnell bewegen. Schnell! —El oficial chasqueó los dedos y sujetó el látigo a su costado, incitando a las mujeres, mientras los hombres regresaban corriendo a su habitación. Stefa fue la última en salir y el oficial la golpeó con el látigo en la parte posterior de las piernas.
—Vayan…, sumérjanse como si estuvieran siendo bautizadas. —Él se rio de su propia broma.
Las mujeres mayores encabezaron el camino por las escaleras hacia el lavabo; las luces y la cámara las enfocaban desde arriba. Stefa las siguió mientras se sumergían en el agua. Le dolían los dedos de los pies por el frío, pero el agua se sentía bien contra el escozor en sus piernas. Se agachó, temblando de frío, cerró los ojos y se sumergió bajo la superficie. Todo estaba en silencio bajo el agua, y casi anhelaba que la muerte llegara y prolongara aquel silencio.
Permanecieron de pie durante minutos, frotándose los brazos y protegiéndose lo mejor que pudieron del ojo intruso de la cámara. Un hombre de las SS chasqueó los dedos y el guardia con el látigo se alejó por un momento, pero pronto regresó con los hombres desnudos.
—¡Entren! —gritó el alemán mientras su látigo azotaba sus espaldas.
Ellos se zambulleron en la palangana, todos amontonados, mirando el agua para evitar mirarse a los ojos. La cámara empezó a rodar de nuevo después de un cambio de película.
El equipo de filmación discutió por un momento antes de que el oficial de las SS gritara:
—¡ Fick…, fick…! —Siguió repitiendo la orden, pero nadie se movió; estaban congelados en sus lugares, hasta que el látigo cayó sobre ellos. El
nazi sacó su pistola y la agitó en el aire—. Obedezcan o los mato.
La orden alemana sólo podía significar una cosa: obscenidad…, intimar.
Stefa se quedó de pie, temblando, mirando a los hombres y las mujeres forzados a meterse en la palangana, sintiendo como si estuviera flotando fuera de su cuerpo.
El hombre de las SS disparó al techo. Una lluvia de yeso cayó sobre ellos. Una de las mujeres gritó. Un hombre con peyets avanzó chapoteando hacia ella. La tomó en sus brazos y susurró:
—No me mires. Finge que no estoy aquí. Lo siento, hermana.
Ella miró sus ojos marrones y, luego, cerró los suyos.
Stefa sintió como si hubiera muerto cuando salió de la bañera; su cuerpo se sentía pesado, su respiración superficial y forzada. Su vestido, zapatos y abrigo se sentían como cargas sobre sus miembros. Se estremeció de frío porque los nazis no les habían dado toallas; su ropa estaba empapada.
¿Por qué? Esa era la única pregunta que pasaba por su mente. ¿Fue para mostrar cuán depravados eran los judíos? ¿Cómo podrían burlarse de las leyes de Dios en un lugar sagrado? ¿Acaso fue filmado por alguna excitación perversa?
Caminando como si estuviera muerta, con el estómago adolorido, salió a la luz cálida del sol, sintiéndose hueca y sucia. Estaba segura de que el hombre no había entrado en ella, aunque él había hecho todo un espectáculo, frotándose contra ella para salvar sus vidas. De eso sí estaba segura.
No tenía intención de ir a trabajar. Su único objetivo era llegar a casa, acostarse y asegurarse de que no hubiera sufrido lesiones graves.
La última persona a la que quería ver era a Daniel. Sin embargo, él corrió hacia ella, al haber dado, apenas, unos pasos de distancia. Estaba demasiado entumecida para pensar. Él quería tomarla entre sus brazos, pero ella lo empujó.
—¿Qué sucedió? —preguntó él; su voz denotaba preocupación—.
Estuviste horas ahí.
—No puedo hablar de eso —dijo ella.
Él notó que todavía estaba mojada.
—¿Estás herida?
—¡No sé!
—Déjame llevarte a casa.
Ella se detuvo en la calle llena de gente, con lágrimas en los ojos.
—¡Déjame sola! Caminaré a casa sola. —Metiendo las manos en los bolsillos, se alejó rápidamente.
—¡Stefa!
Ella se dio la vuelta.
—¡Vete! —Su ira explotó. Ningún hombre debería tocarla ahora, tal vez nunca más.
Los ojos de Daniel se llenaron de lágrimas.
—Te amo —logró decir él cuando la alcanzó—. Podemos hablar esta noche.
—No, quiero dormir. —Siguió avanzando. El gueto que la rodeaba parecía muy lejano, los aparadores de las tiendas, la gente dentro de sus paredes tan delgada como recortes de cartón. El calor en sus hombros le pareció extraño, como si nunca antes hubiera sentido el sol. Las piernas que la cargaban bien podrían haber pertenecido a otra persona.
Cuando llegó a casa, subió las escaleras y encontró a su madre en su lugar habitual. Perla trató de entablar conversación, pero Stefa la interrumpió y se acostó en el colchón que había sido su cama durante tantos meses. Giró la cabeza hacia la ventana, miró el cielo todavía azul y sollozó.
Su madre se quedó sentada, en silencio en la silla cerca de la estufa.
Hanna transmitió distintos mensajes en muchas ocasiones desde que aterrizó en la granja de los Rybak; había emprendido estas comunicaciones después de establecerse en su escondite. A veces, ayudaba a Eryk en los campos para que pudieran conversar sobre las instalaciones alemanas cercanas, o daba un paseo hasta el cercano río Vístula, la franja negra de agua que había visto desde el Dakota antes de su salto. Desde su punto de vista en la orilla sur, podía observar casualmente tropas o cualquier movimiento sospechoso a lo largo de los caminos que discurrían cerca del río.
Sólo hacía transmisiones en código morse de no más de dos minutos, ya que Eryk le había dicho que había radiogoniómetros que operaban alrededor de Varsovia y que podían rastrear la señal. A veces, sólo era cuestión de minutos después de enviar un mensaje para que aparecieran los nazis.
También era más seguro transmitir un aviso en los cambios de turno, cuando los alemanes estaban distraídos y era menos probable que detectaran alguna señal.
El maletín del radio era voluminoso, pero lo suficientemente pequeño como para caber debajo de la cama. La parte más conspicua e importante para el proceso de transmisión era colocar la antena larga que Hanna insertaba a través de las rejillas de ventilación y por el costado de la casona.
Había que salir después de la casa para estirar la antena con cuidado sobre las copas de los arbustos; ésta podría retirarse rápidamente si era necesario, siempre y cuando no quedara atrapada en la vegetación. El camino del mensaje era complicado debido a la distancia entre Londres y Varsovia.
Según las órdenes, el código se transmitía a una serie de operativos partisanos y agentes de la SOE desde Praga, hasta Bruselas y, finalmente, Londres. Las posibilidades de errores en medio de múltiples contactos se magnificaban con este arreglo en forma de V, pero la SOE no tenía otra opción que depender de una red de comunicaciones que, en el mejor de los casos, alcanzaría los ochocientos kilómetros. La interferencia y el clima también dificultaban la capacidad de difundir información.
Hanna estaba adentro, ayudando a Julia a preparar el almuerzo, cuando Eryk gritó a través de la ventana.
—Saquen a Hitler: vienen los alemanes. Métete en el desván y luego pásame la escalera, rápido.
Hanna dejó caer las remolachas en el fregadero y corrió a colocar la escalera. Julia volteó el retrato y luego sostuvo la escalera mientras Hanna abría el panel del techo y se impulsaba hacia el desván. El día era cálido y bochornoso, y el escondite del ático había comenzado a calentarse. Tuvo que acostarse en la cama sin hacer ruido.
El panel cayó en su lugar y el desván se oscureció, excepto por los brillantes rayos de luz que se filtraban a través de las tablillas.
Oyó movimientos frenéticos abajo: la puerta de la granja que se abría y se cerraba, pasos apresurados hacia el fregadero y, finalmente, silencio. Un
automóvil ronroneó cerca de la puerta principal y Hanna sólo se atrevió a mirar rápidamente por temor a que la vieran. No vio nada, excepto los arbustos al costado de la casa y la mitad inferior de los troncos de los árboles que bordeaban los campos. La Browning yacía debajo de la cama.
La recogió y la apretó contra su pecho como si fuera un objeto sagrado, un arma sacramental que no dudaría en disparar.
La voz de un alemán, en beligerancia estática, retumbó a través de la granja. Eryk respondió en alemán, al igual que Julia y un coro de « Heil Hitler» llegó a sus oídos. Los nazis habían profesado su devoción por el retrato.
A partir de ese momento, pudo distinguir poco más que unos pasos arrastrados, como si se estuviera realizando una inspección. Uno de los hombres mencionó a Załuski, el objetivo sobre el que Dolores se había lanzado en paracaídas. Unos minutos después, el auto se alejó y la casa quedó en silencio.
Hanna se preguntó si Eryk y Julia habían sido arrestados; sin embargo, después de unos minutos insoportables de respiración superficial, la escalera raspó contra el techo.
El panel se movió y Julia asomó la cabeza desde el desván.
—Puedes bajar. Ya cruzaron el río.
Hanna colocó la Browning junto a la radio y descendió por la escalera.
Eryk estaba sentado en el sofá, secándose el sudor de la frente.
Hanna lo miró expectante.
—Estuvo cerca —dijo él—. Apenas tuve tiempo de sacar la escalera cuando llegaron.
—¿Qué querían? —preguntó ella. Los alemanes no habían ido a la granja para una visita social.
—Había cuatro de ellos. Te quieren a ti —respondió él—. Recibieron señales cerca de aquí y fuera de Załuski.
Hanna pensó en Dolores de inmediato, pero sabía que su compañera agente era una mensajera, no una operadora de radiocomunicación.
Eryk se guardó el pañuelo en el bolsillo y se levantó del sofá.
—Eso fue una advertencia. Están confundidos en este momento, pero si detectan otra señal cerca de aquí, volverán y no serán tan amables la segunda vez. Destruirán el lugar piedra a piedra.
—Sé qué hacer —dijo Hanna—. Reposicionaré el sitio del transmisor.
—Los nazis son rápidos y siempre están al acecho. Creo que debes suspender las comunicaciones hasta que podamos encontrar una forma de enviar mensajes de forma segura, sin ponernos en peligro a todos.
Hanna asintió. No tenía interés en poner sus vidas en peligro.
—Deja que se enfríen unos días. Todo lo que he transmitido hasta ahora es «buen tiempo», lo que significa que no he visto nada importante.
—Puedo dejarte en Varsovia mañana, mientras hago una entrega.
—Quiero ir, pero tengo miedo de lo que veré.
—Varsovia no es lo que solía ser —expresó Julia—. La destrucción sigue siendo evidente y, por supuesto, está el gueto…
—Mi padre solía trabajar en el Palais. Me pregunto si todavía está empleado allí.
Eryk sonrió.
—Podrías averiguarlo mientras tengas tus papeles, Greta. Prepárate para adherirte a un horario estricto.
Ella miró sus piernas; las cicatrices del bombardeo apenas eran visibles bajo el dobladillo de su vestido.
—Estoy lista. ¿Inspeccionaron?
—Sólo movieron algunas cosas, más por curiosidad que por otra cosa —
contestó Eryk, y luego, señaló la imagen—. Creo que Hitler nos salvó la vida, el bastardo asesino.
Hanna saboreó la ironía. El retrato del Führer había apaciguado tanto a los hombres que tenían poco interés en una búsqueda exhaustiva, por lo que pasaron por alto a una sudorosa agente de la SOE en una cama sobre sus cabezas.
Hanna pasó dando vueltas en la cama y durmió poco esa noche, porque el calor del desván tardó horas en disiparse. Estaba ansiosa y, al mismo tiempo, emocionada por estar en casa. Sin embargo, la palabra le parecía tan extraña como el lecho de paja que ahora anclaba su vida. Un grave caso de nervios prendió fuego a su piel a medida que las horas pasaban en cámara lenta.
Se recordó a sí misma que su deber principal, como lo había definido Rita, era con la SOE, pero no podía evitar preguntarse qué era de sus padres y sus hermanos, cuál había sido su destino. Si se los encontraba ahora en la
calle, seguramente se disculparían y seguirían su camino, sin reconocer el tono más claro de su cabello peinado hacia atrás, o su ropa alemana de clase media. Ella era mecanógrafa y su esposo, Stefan, era chofer de los nazis, cuyos deberes lo alejaban constantemente de su lado. A pesar de que le habían inculcado una identidad, tenía que recordarse a sí misma que el enemigo estaba entrenado para detectar traidores y espías. Pero, si pudiera entrar en Varsovia sin ser detectada, el primer lugar que visitaría sería su antiguo hogar en Krochmalna,en busca de la mujer mencionada en la carta, quien, quizá, podría ayudarla a encontrar a sus padres. Pero la ciudad era grande y tenía pocas esperanzas de ese milagro. Podría tener mejor suerte yendo al Palais, en busca de su padre. Se preguntaba si verla sería demasiado impactante, o si aún la repudiaría, como si estuviera muerta.
Se dio la vuelta y hundió la cara en la almohada. Había tantas preguntas que no podía responder.
La luz rosada del amanecer se filtró por las tabillas y la despertó después de unas horas de sueño agitado. El roce familiar de la escalera contra el techo la sacó de la cama. Sintiéndose letárgica, se puso el vestido y bajó.
Su peine y el polvo facial descansaban junto al fregadero cerca de los cosméticos de Julia. Después de ir al baño, regresó y encontró una olla de café sobre el fuego.
—Una ocasión especial —dijo Julia. Lucía mucho más animada que Hanna—. Al verte esta mañana, pensé que podrías necesitarlo. No está muy cargado, pero es mejor que nada. —Removió las brasas de la chimenea y las chispas anaranjadas volaron, vertió el brebaje y le entregó una taza—.
Últimamente, el café es tan difícil de conseguir como la gasolina. Los nazis han desviado todo para ellos y las familias alemanas puras que se han reasentado aquí, mientras que a los polacos sólo nos tocan las sobras. Eryk sólo recibe gasolina porque la comida que vendemos termina alimentando a las tropas alemanas.
—Entonces, ¿mantienen a la Wehrmacht? —preguntó Hanna, sospechando que había más detrás de la historia que vender vegetales.
Julia la ignoró y regresó al fregadero.
—Lo siento —añadió Hanna—. Fue una mala pregunta. No quise decirlo literalmente.
Julia se dio la vuelta; sus ojos marrones brillaban con amargura.
—Tú, más que nadie, deberías saber elegir tus palabras con cuidado.
Hanna se sentó en la silla, sosteniendo su taza.
—Sí… Entiendo. Es difícil ser otra persona todo el tiempo y no caer en el sarcasmo de vez en cuando, por lo menos. Por eso me fui de Varsovia. Mi vida se había vuelto demasiado rutinaria, demasiado predecible, demasiado atrapada en… el judaísmo. —Tomó un sorbo de café—. Y mira lo que obtuve: un viaje de regreso gratis.
Julia se apoyó en el fregadero.
—Le vendemos a personas que antes eran mayoristas en el mercado, ahora son traficantes individuales dominados por los nazis. Se han apoderado de los negocios de todos. Parte de lo que vende Eryk se destina a alimentar a las tropas alemanas, pero no podemos hacer nada al respecto.
También va a restaurantes en la sección aria de Varsovia.
—¿Dónde está Eryk?
—En el campo…, cargando la camioneta. El viaje es rutinario, el mismo todas las semanas, pero eso lo hace seguro. Algunos de los guardias lo conocen.
Hanna tomó un sorbo de su café; el sabor era algo entre agua caliente y una infusión.
—¿Cómo te metiste en el peligroso negocio de albergar a personas como yo? Mucha gente no se atrevería.
—Amamos a nuestro país, lo suficiente como para morir por él. ¿No amas a Polonia?
—Ahora más que nunca, pero por un tiempo no fue así.
La luz del sol entraba a raudales por la ventana de la cocina; los rayos amarillos iluminaban los arbustos que rodeaban la granja y los frondosos árboles que bordeaban los campos. Unas altas nubes blancas, libres de lluvia, navegaban por encima. El clima le recordó a Hanna su infancia, cuando no podía esperar a que terminara la primavera y empezara a hacer más calor para poder correr o nadar.
—Todo lo que quería, una vez que fuera mayor de edad, era irme de Varsovia —continuó—. No sé por qué te digo esto, se supone que debemos guardar el pasado para nosotros, pero ahora que estoy aquí, sola, no parece importar.
Julia se acercó al fuego, se sirvió una taza de café y se sentó en el extremo opuesto del sofá.
—Lo que importa es la vida…, y puedes decirme cualquier cosa. De hecho, creo que te haría bien.
Hanna miró a Julia.
—Nunca he hablado de esto con nadie, ni siquiera con mi hermana. —
Agachó la mirada brevemente—. Nuestras tradiciones, nuestra cultura, me sofocaron. Si quería hacer algo tan simple como nadar, tenía que escabullirme para asegurarme de que nadie se enterara. Mis padres menospreciaban mis actividades, particularmente mi padre. Mi madre siempre fue una esposa muy devota. Nunca fui la hija que él quería. Nos peleamos, a nuestra manera. Por supuesto, eso significaba que no podía expresar nada como ira o mi desprecio. Odiaba cómo me gobernaban y cómo querían verme casada con un hombre al que, estoy segura, no iba a amar. A mi hermana no parecía importarle, lo cual era exasperante.
—Debe de haber sido difícil irse.
—Lloré tantas veces. Sólo quería ser yo misma, y no podía. —Una tristeza que no había sentido en años la invadió, como si estuviera tomando la decisión de irse nuevamente—. Entonces decidí que me alejaría de todos, que renunciaría a todo lo que había sido. Por suerte, tenía una tía en Londres que había pasado por lo mismo. Ella accedió a acogerme. —Hanna respiró hondo—. Ella fue asesinada en el Blitz.
—Lo siento —dijo Julia, inclinándose hacia ella—. ¿Cómo te sientes ahora?
Hanna suspiró.
—Estoy aquí para hacer mi trabajo, y lo haré, pero no puedo dejar de pensar en mi familia. Esas preocupaciones están nublando mis pensamientos, y debo tener cuidado.
Julia ladeó la cabeza.
—No debí decir eso. Cumpliré con mi deber, tengo una deuda con mis padres y con mi patria: ellos me hicieron lo que soy.
—A menudo pensamos en el hermano de Eryk, que murió luchando contra los alemanes durante la invasión, y en sus padres, que murieron en los bombardeos de Varsovia.
—Lo siento —exclamó Hanna, reconociendo una conversación llena de tristeza y poca esperanza—. Todos sabemos lo que tenemos que hacer.
—Mi esposo y yo daremos todo lo que podamos a la resistencia.
Entendemos cómo se siente la pérdida. Sé que estaría orgulloso de ayudar a su familia.
La camioneta avanzó desde el campo y se detuvo frente a la granja. Eryk entró por la puerta con toda la energía de un joven.
—Estoy listo para el desayuno. Luego, nos iremos.
Julia tomó la mano de Hanna.
—Estará listo en un momento. —Se levantó del sofá y comenzó a cortar pan para tostarlo y comerlo con mermelada.
A las ocho de la mañana, el sol caía sobre ellos. Hanna se había tomado unos momentos para mirar las cestas de verduras cuidadosamente empacadas en la parte trasera de la camioneta: las hojas verdes de acedera, que se usaban en sopas y como guarnición; los pequeños y blanquecinos bulbos de colinabo, aún adheridos a sus tallos; el ruibarbo picante que, cocinado con azúcar, se usaba para hacer golosinas que le recordaban a su infancia, y la remolacha roja, un ingrediente básico de las sopas y espárragos verdes.
—¿Qué te parece? —preguntó Eryk.
—Me preguntaba si los soldados inspeccionan la camioneta.
—¿Tú qué crees? —Eryk dio un último vistazo a los productos—. Los guardias se inclinan, echan un vistazo rápido y te despachan. No puedes esconder rifles en cestas de verduras.
—Podrías, pero sólo un tonto lo haría. Vamos.
Ella se subió al asiento del pasajero e hizo una última inspección de su bolso antes de irse. Se había llevado varios cientos de zlotys falsos, pero dejó la Browning debajo de la cama. Era demasiado peligroso llevar un arma.
Eryk puso en marcha la camioneta y se dirigió hacia el noreste, siguiendo el curso del río antes de girar hacia el sur en un área densamente arbolada.
Hanna bajó la ventanilla, asomando la cabeza al aire de la mañana, aspirando el olor húmedo del bosque, y vio algunos alisos y hayas. La tierra estaba marcada por cortes profundos donde los árboles de hoja caduca habían sido arrancados.
—Han sido enviados al frente —comentó Eryk, por encima del silbido de aire que entraba en la camioneta.
Hanna echó la cabeza hacia atrás.
—¿Qué me dices de las granadas de mano?
—¿Qué?
—¿Podrías esconder granadas de mano en las canastas?
Él se rio.
—Sí… Pero se nota que no has estado cerca de un verdadero nazi. Son meticulosos. Es un rasgo de su carácter, y seguirá siéndolo hasta que sean derrotados. No los hagas enojar ni los subestimes. —Apartó la vista del camino por un momento y la miró con la misma seriedad que había mostrado su esposa unas horas antes.
—No los subestimaré.
—No pretendo decirte cómo hacer las cosas, pero mantente en guardia.
Puede que no veas mucho desde nuestra granja, tal vez un pequeño convoy de vez en cuando, pero el peligro se vuelve más real al entrar en Varsovia.
Te dejaré unos kilómetros después de pasar Blizne, al oeste de Varsovia.
Entregaré las verduras y luego te recogeré. ¿Cuánto tiempo necesitarás?
Hanna había oído hablar del pueblo, pero nunca lo había visitado.
—¿Cuánto tiempo tarda uno a pie?
—Desde el punto de entrega, una hora, tal vez un poco más, hasta el centro de la ciudad.
—¿Puedes mantenerte ocupado hasta la una?
Él asintió.
—Hablaré con mis distribuidores, con calma, y regresaré a la una. Eso te da unas tres horas.
Condujeron hacia el este, a través del pueblo, hasta que Hanna pudo ver Varsovia acercándose cada vez más. La ciudad no era la que ella recordaba.
Incluso desde esa distancia podía ver los armazones quemados de los edificios, la parte superior de los que habían sido arrasados por los
bombardeos y los que aún estaban en pie, como los restos de un bosque quemado.
Eryk detuvo la camioneta en un camino lateral aislado y protegido por árboles.
—Buena suerte, Greta —le dijo—. Recuerda ese poste de referencia y este camino. Toma un tranvía cuando llegues a la ciudad, si es que puedes encontrar uno que esté funcionando. Tendrás más tiempo de esa manera.
Esperaré media hora después de la una. Si no apareces, estarás sola hasta que te veamos en la granja.
Ella bajó de la camioneta mientras Eryk retrocedía. Hanna agitó su mano para dispersar el humo del escape. Un cartel de madera en forma de flecha apuntaba hacia Varsovia.
Iba a casa.
OceanofPDF.com