Las chicas del Gueto

V.S. Alexander · Capítulo 1 de 28

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Las chicas del Gueto

Dedicatoria

Para Emanuel Ringelblum, quien luchó con palabras.

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PRÓLOGO A LA GUERRA

Ni en sus sueños más oscuros hubieran predicho lo que el futuro les tenía preparado. El agosto del verano de 1939 fue como cualquier otro, con el calor que parecía emanar de las calles, las rosas que florecían al final de la estación y los nublados atardeceres en tonos rosa y carmesí que se desvanecían hasta convertirse en noche. La única diferencia fue las conversaciones llenas de temor y los rumores de una guerra.

A Stefa no le habían contado mucho de lo que ocurría en la Alemania nazi porque su padre no quería alterarla, ni al resto de la familia, en especial a su madre. Las pocas noticias de la guerra que recibía provenían de su impulsivo hermano menor.

El esposo de Janka era casi igual de silencioso, aunque ella notaba que una parte de él recibiría de buena manera una guerra inminente. «Los nazis harán lo que tengan que hacer», le advirtió él, y también le dijo que se preparara para una «gran invasión». Según él, estarían listos para sacarle provecho a la guerra; los ganadores se llevarían el botín.

La hermana mayor de Stefa, Hanna, se había marchado de Varsovia en enero para mudarse a Londres, ya que no soportaba las restricciones de su familia tradicional. Los había abandonado para irse a vivir con la hermana de su madre y su esposo. Inglaterra estaba al borde de entrar al conflicto, pero Hanna trataba de evitar las fuerzas destructivas que se movían más allá de su control; estaba feliz de ser libre y de disfrutar de la vida fuera de Varsovia. Ninguna de ellas hubiera imaginado lo que estaba a punto de ocurrir. Sólo Hitler lo sabía. Ninguna de ellas hubiera imaginado que se convertirían en las chicas del gueto.

Alta Silesia, después de las 8:00 p. m. del 31 de agosto de 1939

—Dispárale.

El oficial de las SS asintió y volteó a ver a Franciszek, « el Polaco»

Honiok, quien yacía tirado cerca de la entrada de la estación de radio en Gleiwitz. Las altas torres de transmisión se elevaban hacia el cielo a ambos lados del modesto edificio de piedra, como pilares que embellecían la entrada de un templo.

Un solo disparo en la nuca y Franz, como lo llamaban, sería enviado al otro mundo, a cualquiera al que Dios decidiera enviarlo. De cualquier modo, tan drogado como estaba, el Polaco no notaría la diferencia. En las horas que transcurrieron después del arresto de Franz el día anterior, los hombres de las SS llegaron a apreciarlo, a charlar con él, a bromear sobre su afinidad con los polacos a pesar de ser ciudadano alemán. Qué lástima que terminó del lado equivocado de la guerra. Con accionar el gatillo, todo terminaría, y el mundo se enteraría de que unos polacos nacionalistas habían atacado una estación de radio alemana y golpeado a los empleados para comunicar su mensaje de odio antialemán. Este suceso daría lugar a la muerte justificada de Franz a manos de los protectores alemanes.

Antes de disparar su revólver, el oficial tuvo tiempo de reflexionar acerca de los errores tácticos cometidos durante la Operación Himmler, la excusa nacionalsocialista para aniquilar Polonia. «A la menor provocación, destruiré Polonia sin advertencia y en tantos pedazos que no quedará nada», había dicho el Führer antes de ese mes. Pero la operación había salido bien.

La estación era sólo un puesto de relevo transmisor, no una estación de radio. Los agitadores de las SS no pudieron encontrar un micrófono y sólo había un canal de emergencia disponible para la transmisión de su mensaje antialemán breve. ¿Cuántas personas lo estarían escuchando? En definitiva, no los cientos o miles de personas que el Führer esperaba. Gleiwitz, una ciudad alemana soñolienta en una llanura salpicada de árboles con el primer rubor del otoño, registraría, quizá, la primera muerte de la guerra que se avecinaba.

«¡Dispárale!». La orden resonaba como un eco en la cabeza del hombre de las SS. Franz, quien seguía sedado, gimió, movió la pierna y levantó la

cabeza aturdida. Sus ojos revolotearon y luego se cerraron de nuevo.

El protector nazi apretó el gatillo; el cuerpo de Franz se sacudió cuando la bala entró en su cerebro, la sangre se acumuló alrededor de la herida y luego escurrió por su rostro.

La policía local tomó fotos del cuerpo, pero Berlín no estaba satisfecho.

Una muerte no era propaganda lo suficientemente buena. Ni siquiera un segundo cuerpo y más fotografías lograron convencer a la Gestapo de que se había hecho bastante para persuadir al público alemán de que Polonia debía caer ante la maquinaria de guerra nazi.

Wieluń, Polonia, 5:40 a. m. del 1 de septiembre de 1939

Irritado por el zumbido, Tomasz se cubrió con la manta de lana, se dio la vuelta y se acurrucó en el cálido capullo de su cama. La habitación estaba a oscuras; el único foco que colgaba del techo permanecía apagada durante la noche. En algún momento después de la medianoche, se humedeció los dedos con saliva y apagó la mecha de la pequeña vela que a menudo encendía para hacerle compañía mientras se quedaba dormido. La charla sobre la guerra que intercambiaron sus padres durante la cena le había puesto los nervios de punta y lo había mantenido despierto. Cuchicheaban acerca de un acorazado alemán cerca de Danzig, y de tropas y tanques nazis aglutinados en la frontera polaca. Ahora, en medio de la noche, sus padres dormían en la habitación contigua en el segundo piso.

Cuando se sentía solo —a sus once años no tenía hermanos ni hermanas

—, miraba fijamente el cuadro de la Virgen que su madre había colgado en la pared frente a su cama, como un recordatorio de que debía ser un buen niño lleno de devoción, piedad y sentido del deber. El pecado era para los malvados. Los hombres y las mujeres malvados pasarían la eternidad en el infierno; sin embargo, Dios cuidaría y protegería a los devotos. Su madre se lo había repetido tantas veces que él podía repetir sus palabras como si estuvieran inscritas en uno de sus libros de texto.

Los ojos de la Virgen siempre parecían seguirlo, sin importar en qué parte de la habitación estuviera, en especial si pensaba en niñas y en sus curiosas figuras tan diferentes a la suya. A menudo se preguntaba si el

corazón herido de María, atravesado por una espada y envuelto en rosas blancas, le dolía. Pero, más que nada, se veía serena, envuelta en su túnica azul, y el halo dorado detrás de su cabeza iluminaba su rostro angelical.

El zumbido se hizo más fuerte, taladrando sus oídos. Tiró la manta y se incorporó, esforzándose por ver a la Virgen en la pared verde oscuro. Un destello de luz amarilla iluminó su imagen, seguido de un estallido atronador que sacudió la casa. El yeso y las nubes de polvo cayeron del techo sobre su cabeza y su ropa de cama.

Su madre y su padre gritaron desde su dormitorio. Lo que escuchó no era normal: sus voces eran agudas y frenéticas, llenas de temor. El padre de Tomasz, un artesano, nunca tenía miedo, nunca había expresado tal sentimiento, ni siquiera cuando se cortó la punta de su dedo con un hacha.

«Es solo sangre y un poco de carne», dijo entonces su padre, envolviendo el muñón sangrante con un pañuelo.

Empujó la manta y plantó los pies sobre la alfombra trenzada. Más ondas de choque expansivas golpearon la casa y, en algún lugar no muy lejano, llegó el sonido de disparos rápidos y gritos. En ese momento, se preguntó si lo que estaba oyendo y viendo era una pesadilla. Imaginó que se despertaría sudando y estaría a salvo en su cama, como le había sucedido muchas veces, cuando comía demasiado pastel de chocolate.

Sintió que algo caía sobre él; el peso, la presión, atravesando la atmósfera en una ola monstruosa. Pasó zumbando por encima de su cabeza y explotó con un rugido ensordecedor, y la casa pareció levantarse de sus cimientos y volver a caer a la tierra con un ruido sordo. Todo en la habitación rebotó en el aire y luego cayó, incluida la imagen de la Virgen, cuyo marco protector de vidrio y madera se hizo añicos en el piso. Tomasz se encontró boca abajo sobre la alfombra, cubierto de trozos de yeso y piedra. La sangre chorreaba por su brazo y pierna derechos, pero se estiró y aún podía moverlos. Era una buena señal.

—Mama… Tata. —No alcanzaban a escuchar su voz por encima del estruendo de los aviones y las explosiones.

Se levantó del suelo y luego se dio cuenta de que la habitación estaba inclinada en un ángulo extraño. Su cama era lo único que le había impedido rodar hacia la ventana que daba al tejado. Se arrastró por el piso hasta la puerta del dormitorio, la abrió y gritó. El resto de la casa había volado por

los aires: las escaleras yacían en una masa desordenada cuatro metros más abajo, llamas anaranjadas saltaban de lo que solía ser la cocina, de la estufa de su madre, ahora enterrada. Miró a la izquierda, hacia la puerta de la habitación de sus padres y sólo vio un espacio vacío. El cielo, apenas visible a través del humo y la neblina, lucía negro, con una escasa capa de estrellas.

Se tambaleó hacia su cama, avanzando a tientas entre la madera astillada y la piedra. Se deslizó sobre el colchón, que había quedado apoyado contra la pared, cerca de la ventana. Con dificultad, levantó el pestillo, abrió el marco y, con cuidado de no cortarse la mano con los cristales rotos, salió al techo inclinado. La caída desde el alero hasta el camino del pueblo que serpenteaba en la penumbra era de unos pocos metros.

Mientras descendía, vio los contornos plateados y negros de los aviones que daban vueltas alrededor de la ciudad. A su derecha, el hospital ardía y los cuerpos yacían en la calle; las batas blancas de los pacientes estaban salpicadas con manchas oscuras. En el horizonte, pero acercándose rápidamente, una forma parecida a una aguja escupió fuego de sus alas.

Tomasz se cubrió la cabeza y se pegó a las losas de piedra. El avión rugió sobre él y escuchó el sonido de las balas que zumbaron a su lado, y que penetraban dondequiera que aterrizaran.

Nunca antes había visto un arma aérea como esa. Cierto día, él y su padre habían visto cómo un biplano polaco atravesaba el cielo con pocas nubes, pero nunca imaginó que existieran en los cielos creaciones tan rápidas y feroces.

No era seguro estar en el techo. Tomasz se deslizó hacia abajo y su pijama se enganchó en una de las baldosas irregulares. La tela se desgarró y él trató de sujetarse a cualquier cosa para amortiguar su caída. Aterrizó sobre las ramas de un árbol que la bomba había partido por la mitad y, con cautela, se dejó caer al suelo.

La primera neblina amarillenta se deslizaba desde el horizonte, pero la luz emergente no ofrecía nada a sus ojos. Si podía ver claramente era a causa del fuego que ardía a su alrededor. Su casa había sido diseccionada por la fuerza de la explosión. El techo había colapsado en la habitación derrumbada de sus padres. El impacto repentino de ver las vigas y los

escombros revueltos envió una ola de miedo a través de su cuerpo. Volvió a llamar a su madre y a su padre, pero no respondieron.

—¡Tomasz, Tomasz, entra, no te quedes expuesto afuera! —gritó un vecino a través de una ventana rota al otro lado de la calle.

Otra explosión sacudió su cuerpo con tanta fuerza que pensó que sus huesos cortarían su piel como cuchillos. El avión pasó velozmente sobre él, se detuvo y desapareció en un cielo que empezaba a aclararse con el amanecer.

Corrió en su pijama, ensangrentado, lejos del centro de la ciudad, lejos de las bombas y de los aviones que ametrallaban a cualquiera en las calles, y se refugió en una arboleda hasta que la noche cayó. Luego caminó de regreso a su casa para encontrar más destrucción: los hombres y las mujeres de Wieluń llorando a sus muertos.

Su vecino le dijo que las bombas nazis habían matado a doscientas personas del pueblo durante el día, sus padres estaban entre ellos. Él miró hacia las estrellas y lloró.

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