Las chicas del Gueto
Capítulo 11
—No soportan a los tontos por gusto, ni a nadie más —le dijo Karol a Janka una noche después de una cena que lo dejó, de alguna forma, feliz y satisfecho. En Nowaks, el mercado al que Zeev la había llevado, ya no vendían carne. Sin embargo, como Janka podía pagar un poco más que los demás clientes, y se esforzaba siempre por llegar temprano a la tienda, el dueño y la chica de cabello oscuro detrás del mostrador le reservaban algunas salchichas selectas y otros cortes de carne. Janka podía hacer esas compras por la estrecha asociación entre Karol y su jefe nazi, pues mantenía el dinero fluyendo.
—¿Quién? —preguntó ella, completamente consciente de a quién se refería su esposo. Secó los platos de la cena con un paño manchado de grasa mientras Karol se recostaba en el sofá, con la cabeza y el cuerpo en dirección hacia ella. Dio una calada a un cigarro barato y bebió de una copa de brandy aún más barato. El hedor mordaz del humo y el fuerte olor a alcohol llenaron la habitación.
—¿Quién? —Karol soltó una carcajada a su manera desaliñada—. Los nazis. Los pobres y patéticos judíos. —Sacó las palabras de sus labios a la fuerza—. Y los pobres y patéticos polacos que no se alinean. —Hizo una pausa—. ¿Quieres escuchar una historia divertida? —preguntó, acurrucándose contra el sofá como si fuera su amante.
Ella no estaba de humor para historias divertidas. El invierno había extendido sus garras heladas sobre Polonia desde el reasentamiento. Los días y las noches sombríos y deprimentes, escuchando a su esposo roncar, la inquietaban. Todo era más difícil. Incluso con las conexiones de Karol, su departamento a veces carecía de calefacción, el agua corría como si estuviera controlada por un capricho y la escasez de alimentos era común.
Apenas podía imaginar lo difícil que debían de ser las cosas para los judíos confinados en el gueto.
Al estar sola tanto tiempo, Janka pensaba a menudo en los Majewski, rezaba para que hubieran logrado sobrevivir. Recordó lo que Perla había dicho sobre salvar a una persona, que era como salvar el mundo. Esas pequeñas buenas acciones que había emprendido, a pesar de los nazis y de su esposo, le daban energía y fuerza durante el invierno. Echaba de menos tener conversaciones con personas que demostraban decencia común en lugar de malevolencia astuta. Sin embargo, el clima y los disparos que había presenciado la mantenían alejada de los muros del gueto.
Ella asintió, consciente de que era inútil objetar la historia divertida de su marido borracho.
—El comandante me dijo que las sorpresas apenas comienzan.
Con el estómago revuelto, Janka limpió el último plato y lo colocó encima de los demás en el gabinete. «No quiero escucharlo. ¡No quiero escucharlo!». Caminó hacia la ventana y levantó un poco el marco, a pesar de que la noche de abril era fresca. El invierno todavía tenía a Varsovia entre sus garras.
—¿Qué estás haciendo? —bramó Karol—. Hace frío afuera.
—El humo del puro me lastima los ojos. Continúa con tu historia. —
Miró hacia la calle tranquila.
—Bueno, la semana pasada le dispararon a un policía judío llamado Ginsburg.
Janka giró hacia él. «Stefa tiene un novio que es policía. ¿Cuál era su nombre? ¿Lo estoy imaginando?». Ella apretó los puños, esperando que él continuara.
—El tonto le pidió a un par de soldados de la Wehrmacht que le devolvieran un saco de papas que le habían quitado a una mujer judía. —Se rio—. ¿Puedes imaginarlo? Le clavaron sus bayonetas y luego le dispararon. Obtuvo lo que merecía.
Ella se quedó en silencio, y una frialdad de mármol inmovilizó su cuerpo.
—Luego, unos días después —continuó—, una mujer loca del gueto, una judía, por supuesto, que merecía morir de todos modos, se puso a bailar.
La hicieron bailar para su deleite, para hacerlos reír. Movía los brazos y las
piernas en el aire como una loca. —Formó una pistola con la mano derecha, apretó el gatillo imaginario y soltó una bocanada de aire—. Bum. Adiós. La mataron en el acto. —Volvió a reír, esta vez con tanta fuerza que se agarró los costados—. ¿No crees que eso es gracioso? —Se deslizó del sofá y sus pies tocaron ligeramente el suelo. Luego, levantó su cuerpo lentamente, con un aire de amenaza.
—No. Es asqueroso. Debería darte vergüenza. —Miró al hombre al que una vez había amado y que ahora, a sus ojos, no era mejor que los animales nazis que invadían la ciudad. Si hubiera tenido un lugar adónde huir, si hubiera algo de justicia en el mundo, habría salido por la puerta para no volver jamás.
Balanceándose, Karol se levantó del sofá y se acercó a ella.
—Yo tendría cuidado con lo que pienso y hago. —La señaló con un dedo manchado de ceniza de cigarro—. No puedo tener una esposa amante de los judíos. Y, por tu bien, es mejor que no sea el caso. Lo arruinarás todo.
Yo soy el que te mantiene a salvo —se acercó a un palmo de ella, el sudor de su frente brillaba a la luz y su aliento ácido golpeaba su rostro—. ¡No lo olvides! —Sus mejillas enrojecieron—. O estarás en la calle. —Se tambaleó hacia atrás, como si un pensamiento divertido lo hubiera golpeado.
A Janka le asustaba la sonrisa sardónica que se formó en sus labios tanto como sus amenazas de violencia.
—O mejor aún, podría entregarte por ayudar a los judíos. Si pasas un tiempo en prisión, podrías apreciar el pan que tienes sobre la mesa. —
Regresó al sofá, apoyó el cigarro en el cenicero y bebió lo que le quedaba de brandy—. Los guardias saben cómo tratar a una dama. —Apoyó la cabeza contra la tela, cerró los ojos y pareció caer en un sueño profundo; su cuerpo temblaba con cada respiración.
Ella había visto la reluciente Luger que le dio su jefe nazi. Karol la guardaba debajo de la almohada por la noche y la llevaba al trabajo durante el día. Pero ¿dónde estaba ahora? Un pensamiento horrible pasó por su cabeza, uno que nunca podría haber imaginado antes de que estallara la guerra. Lo vio muerto en el sofá, con una bala atravesando su corazón y una mancha roja extendiéndose por su camisa azul. Janka dio un grito ahogado y se llevó las manos a la boca. Sus piernas se estremecieron contra los cojines.
«Dios, perdóname. Por favor, Dios, perdóname». Caminó hasta el dormitorio, abrió la puerta del armario y lo revisó de arriba a abajo, pero no encontró ningún arma.
El sol de la mañana atravesaba las nubes, calentándole los hombros a través del abrigo. Durante meses, Janka había evitado el gueto por temor a presenciar otro tiroteo o ponerse en peligro. Karol le había advertido que se mantuviera alejada del muro y ella lo había obedecido, siempre preguntándose si los Majewski habían sobrevivido al reasentamiento.
Esta mañana fue diferente. Envalentonada por la luz y el calor que se extendía sobre ella como un bálsamo reconfortante, decidió caminar cerca de la pared, evitando los peligros evidentes. Había salido tarde del departamento, ya que se quedó en la cama por un rato después de prepararle el desayuno a Karol. No hacía falta visitar Nowaks, ya que la despensa tenía suficiente comida para el día.
Caminó por Krochmalna, luego hacia una puerta a unos trescientos metros por encima del punto donde la pared más al sur giraba hacia el este y se detuvo cerca del lugar del asesinato motivado por un pedazo de pan.
Janka casi esperaba ver a Zeev correr hacia ella o tirar de su abrigo, pero sólo había adultos polacos en la calle, ni un niño.
A la sombra moteada de un roble, cuyas hojas acababan de empezar a emerger, se apoyó contra su corteza estriada y respiró hondo. Miró su reloj: eran casi las diez. Fue glorioso alejarse de su sofocante departamento, que ya no le traía buenos recuerdos, y liberarse de sus problemas. El muro se alzaba, siniestro, al otro lado de la calle. Los ladrillos, unos pálidos como el yeso, otros rojos a la luz primaveral, la invitaban a imaginar cómo era la vida en la prisión que habían construido los nazis. ¿Seguirían vivos los Majewski y tendrían suficiente para comer? Eran dos de las preguntas que se planteó y, lo que era más importante, ¿podría ayudarlos? ¿Qué podría hacer?
Janka estaba a punto de darse la vuelta, para no llamar innecesariamente la atención de los guardias, cuando un hombre salió de detrás de una barricada de alambre de púas cerca de la puerta de entrada. Llevaba la
estrella de David en la manga del abrigo y caminaba con paso decidido hacia ella. Supuso que se dirigía a trabajar fuera del gueto.
Cuando se acercó, lo reconoció: era un hombre con el que, antes, había hablado una vez, Izreal Majewski. Su abrigo desabrochado flotaba alrededor de su cuerpo, mostrando el traje que llevaba puesto. Un pañuelo de lana azul claro le cubría el cuello y un sombrero de fieltro cubría parcialmente su frente. Janka pensó que se veía más sombrío; las líneas alrededor de su boca se habían acentuado y la barba, antes larga, había sido recortada. ¿La habría cortado para disminuir los ataques de los nazis rabiosos?
Ella jugueteó con su bolso para darle oportunidad de acercarse más. Sí, era Izreal. Los guardias habían desaparecido detrás de la puerta. Janka decidió arriesgarse.
Lo llamó por su nombre, consciente del peligro de juntarse con judíos.
Él siguió caminando, pero su paso se hizo más lento y miró hacia atrás por un momento. No estaba segura de si la había reconocido o si, incluso, recordaba la noche en que se conocieron, hacía tantos meses. Ella recordó que él trabajaba en el Palais; caminaba en esa dirección.
—No puedo hablar con usted aquí —dijo, sin detenerse—. No es seguro.
—Deténgase cuando pueda —dijo ella—. Yo lo seguiré.
Caminaron varias cuadras hasta que pasaron el gueto. Izreal desapareció entre las sombras de dos edificios, tan rápido que Janka pensó que se lo había tragado la tierra. Entonces se asomó bajo la luz turbia y luego entró de puntillas en un sucio callejón.
—¿Señor Majewski? —susurró ella, mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad. El callejón, lleno de restos de cajas de madera desintegradas, terminaba en una pared de ladrillos.
Él asomó la cabeza desde su escondite.
—Señora… ¿Danek? —preguntó él con una voz igualmente suave.
—Sí.
—Estoy feliz de verla. Tengo una carta para usted.
Estaba desconcertada. ¿Por qué Izreal tendría algo para ella?
Pasó junto a él, mezclándose también con la oscuridad, con el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Si los atrapaban, un hombre judío y una
mujer polaca en un callejón del que no podían escapar, ambos serían encarcelados, posiblemente ejecutados. Karol sería el primero en testificar en su juicio, si es que había uno.
—Lo siento —dijo él—. Este es el único lugar seguro entre el gueto y el hotel que conozco; he pasado cientos de veces por aquí. Pero hay que apurarse. —Metió la mano en su abrigo—. Stefa me dijo que esto pasaría.
No le creí. «Si no sucede, no estaba destinado a suceder», me dijo ella. —Y
colocó la carta en su mano.
Bajo la luz sombría, Janka pudo ver que la carta iba dirigida a una mujer en Croydon, Inglaterra.
—Stefa cosió un bolsillo falso en mi abrigo. He estado cargando esta carta durante algunas semanas. —Suspiró y se apoyó contra la caja que los ocultaba—. Es una copia de una carta a mi… hija…
—¿Sí? —Janka se preguntó por qué le costaba tanto terminar su oración.
—Mi hija, Hanna. Se fue a Londres hace más de un año y resultó herida en un atentado. Escribió hace poco, preocupada por nosotros. Stefa escribió una respuesta y se la dio a nuestro cartero, que es judío, pero los nazis aún leen el correo. Está dirigido a la hermana de mi esposa, que fue asesinada.
«Nadie está a salvo mientras Hitler esté en el poder».
—Lo siento. ¿Hanna está bien?
—Así parece. —Miró alrededor de la madera y luego se llevó un dedo a los labios.
Pasaron unas voces por el callejón y luego se desvanecieron.
Cuando todo volvió a estar en silencio, dijo:
—Estaba enojado…, decidido a nunca pronunciar su nombre otra vez, pero cuando leí su carta, lloré… —Su voz se contrajo—. Ella necesita saber que estamos a salvo por el momento. Stefa puso un retorno falso en el sobre. Si los nazis lo abren, no habrá nada que ver, ningún nombre. Es un mensaje inocuo. «Estamos bien. Espero verte pronto». No revelamos nada.
—Se abotonó el abrigo—. Hace frío en las sombras.
—Hemos estado en las sombras durante demasiado tiempo —dijo ella.
Él volvió a mirar alrededor de la caja.
—Tengo que irme. No puedo llegar tarde al trabajo. La mencionan a usted en la carta, pero sólo de una manera muy vaga. No se da ningún nombre. Stefa quería que lo supiera.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
—¿Por qué a mí?
—Para ser un contacto para Hanna, si regresa a Varsovia. Le dije a Stefa que era una locura. Ella dijo que no la subestimara.
—¿Cree que Hanna volverá?
—No quería preocupar a Stefa…, pero dudo que veamos de nuevo a Hanna.
Janka asintió y guardó la carta en el bolsillo de su abrigo.
—Gracias. Dios la bendiga. —Volvió a salir al callejón, pero ella lo sujetó del brazo.
—Déjeme ir primero, es más seguro de esa manera. ¿Tienen suficiente para comer? ¿Todos están bien?
—Me preocupo por mi esposa y Aaron, igual que cuando nos conocimos. Estamos bien y tenemos suficiente comida por ahora: somos afortunados. He tratado de mantenerme optimista, pero cada día se vuelve más oscuro.
—Quiero volver a ver a su familia. Que Dios los bendiga también.
—Eso es imposible. —Observó el camino fangoso—. Stefa cree que podría ayudarnos… en el futuro. No sé cómo, pero eso espero. —Levantó la cabeza—. Stefa la considera una chica de la guerra, alguien que es valiente y luchará por lo que es correcto.
Ella estaba desconcertada por su evaluación y por el apodo; bajo la opresión de Karol no se sentía ni valiente ni fuerte. ¿Podría ser valiente? Tal vez, si se lo proponía y no le importaba un comino su marido. Este era otro paso, tomar el nombre como un cumplido.
Janka lo dejó, evitando el lodo creado por la nieve derretida y mirando a ambos lados del final del callejón para asegurarse de que no había nadie a la vista. Había algunas personas caminando a la distancia. Contó los segundos y le indicó que se acercara; su figura sombría emergió de la oscuridad.
Janka se alejó rápidamente mientras Izreal giraba en la otra dirección, reanudando su viaje hacia el Palais.
Desafortunadamente, el barro había manchado sus zapatos negros, algo que tendría que remediar una vez que llegara a casa. Un poco de suciedad estaba bien, pero demasiado barro en su calzado, normalmente cuidado, despertaría las sospechas de Karol.
Cuando llegó, limpió sus zapatos y colocó la carta sin sellar sobre el mostrador; tenía que leerla antes de que su esposo llegara a casa.
Mi querida hermana,
Lamentamos leer sobre tu reciente desgracia. Estamos bien, pero en una nueva dirección. Si vienes, te rogamos que visites a nuestra amiga en Krochmalna. Enviamos todo nuestro amor y te deseamos una pronta recuperación y el fin de la guerra.
Tu amada familia
Eso era todo lo que decía. Izreal tenía razón, nada incriminatorio en lo más mínimo, pero podía leer las líneas. Nuestra amiga en Krochmalna. Las palabras ciertamente se referían a ella. ¿Hanna la contactaría en algún momento? Aun así, ¿cómo podrían encontrarse en una calle tan grande?
El pensamiento le provocó un escalofrío… ¿de emoción o de terror?
Llevó la carta copiada al baño, le prendió fuego y arrojó sus cenizas ardientes en el inodoro, tal como había hecho con la nota de Zeev que contenía la dirección de los Majewski.
Habían pasado casi seis largos meses desde el bombardeo de Croydon.
Milagrosamente, los largos días y noches del Blitz, como se le conocía, parecieron terminar en mayo de 1941. Pero, como sabía Hanna, las apariencias nazis podían ser engañosas. La mayoría esperaba que continuaran las redadas.
Su amiga Betty, vestida con uniforme militar para un puesto en el Servicio Territorial Auxiliar del que nunca hablaron, despidió a Hanna en la estación de tren. Betty siempre lucía elegante con la falda de su uniforme y la túnica cruzada que se ceñía por encima de la cintura con un ancho cinturón. Hanna estaba convencida de que su amiga también podría estar en la Dirección de Operaciones Especiales.
—Hitler está tramando algo —dijo su amiga mientras esperaban el tren.
Hanna llevaba un vestido estampado, sencillo, como los que la mayoría de las mujeres inglesas usaban durante el día. El bombardeo había reducido significativamente su guardarropa, sin embargo, la vestimenta era lo último que tenía mente, a diferencia de Margaret y Ruth, quienes todavía perseguían tales intereses con tanto vigor como la guerra se los permitía.
Betty sacó un pañuelo y una polvera de su bolso y, usando el espejo, se limpió una mancha de lápiz labial sobre el labio superior.
—Está tramando algo. Enfocando su atención en otra parte, guardando su armamento para otra víctima. Si tuviera que adivinar, diría que Rusia.
—¿No tiene un pacto de no agresión con Stalin? —preguntó Hanna.
Betty se burló.
—Le importan un comino los pactos o acuerdos. Mira lo que hizo después de Múnich. Chamberlain era un tonto. —Expresó su opinión demasiado alto y un hombre en la plataforma le lanzó una mirada de desaprobación—. Oh, al diablo con Hitler. Cuídate y saluda a ese apuesto oficial, sir Phillip Kelley.
—¿Cómo sabes que estará en Roydon? —Ella le había revelado gran parte de su futuro a Betty. Para ser honesta, había pensado en Phillip de vez en cuando, desde la entrevista en Baker Street número 64. Por medio de una llamada telefónica, le había llegado la noticia de que había sido aceptada y asignada a una residencia no especificada cerca de Roydon, en Essex, aproximadamente a una hora y treinta minutos al norte de Londres en tren.
Tuvo un pensamiento reconfortante: si las cosas se ponían demasiado incómodas, podría tomar el tren a casa desde el pueblo y estar de regreso en Croydon en dos horas.
—No lo sé, pero sospecho que podrías encontrarlo allí. —Betty se inclinó y besó la mejilla de Hanna.
—Tu pañuelo y tu polvera —le pidió Hanna.
Betty se rio y le entregó los artículos. Hanna estudió su reflejo en el espejo y limpió el contorno de los labios de Betty de su mejilla.
Al sur, un punto brillante relucía en los rieles. Hanna levantó su maleta que contenía todas las pertenencias que podía llevar: algunos vestidos, pares de zapatos, ropa interior, un frasco de crema de noche, un tubo de lápiz labial que podría aplicarse de vez en cuando y un tomo sobre historia alemana que había encontrado en la librería donde trabajaba. El propietario estaba triste de verla marcharse y se lo había dado como regalo de despedida cuando expresó su interés por el libro. Si iba a hacerse pasar por alemana, necesitaba saber todo lo posible sobre el país.
Betty la tomó de las manos.
—Tienes un dormitorio esperándote si lo necesitas, pero espero que no vuelvas. Eso significará que has tenido éxito.
Hanna abrazó a su amiga, y sus nervios aumentaron un poco cuando el tren se detuvo con un chirrido. Después de desearle buena suerte a Betty, subió a su vagón de tercera clase para emprender el corto viaje y se acomodó en su lugar, preguntándose si alguien más en el tren se dirigía al mismo sitio.
El paisaje cambió poco a medida que el tren avanzaba hacia el norte, pasando por los suburbios de Londres, con sus casas grises y las hileras de plantas manufactureras. De vez en cuando, un campo verde aparecía, iluminado por los rayos de un sol intermitente fracturado por nubes hinchadas. Abrió su maletín y sacó el libro, con la esperanza de dejar de pensar en el trabajo que le esperaba. ¿Era una misión o una aventura? Según Rita Wright, sería un trabajo, uno peligroso que podría acabar con su vida.
Tenía que pensar positivamente o no hacerlo en absoluto, de lo contrario, saltaría del tren en la próxima parada y regresaría a casa de Betty.
Cambió de tren en Londres después de una breve espera y volvió a dirigirse hacia el norte. Cuando pasó Cheshunt, la tierra se abrió a una amplia llanura llena de lagos, campos de labranza y caminos rurales. El tren siguió adelante, llevándola más al norte de la ciudad de lo que nunca había estado.
Hanna, dos hombres y otra mujer, todos vestidos de civil, bajaron del tren en la estación Roydon. Dos sedanes verdes los esperaban afuera de la pequeña estructura de madera. El conductor de uno era sir Phillip Kelley, quien sonrió y saludó vigorosamente a las mujeres mientras se apoyaba contra la puerta del pasajero.
—¡Hanna! ¡Dolores!
La mujer que había llegado con ella le devolvió el saludo. Hanna adoptó un enfoque más cauteloso.
—Suban al auto —dijo—. Los caballeros esperarán otro transporte.
Dolores caminó delante de ella, balanceando su maleta de cuero marrón en una mano. Era más baja que Hanna, pero de constitución poderosa, con piernas fuertes y brazos atléticos. Por lo que Hanna pudo ver, la mujer era lo suficientemente atractiva, pero mostraba un comportamiento como de
halcón, el cual se veía intensificado por su boca fruncida y sus ojos muy juntos.
—En el asiento trasero —les indicó Phillip—. Esta puede ser la única vez que seré su chofer. —Les abrió la puerta trasera.
—No, claro que no —dijo Dolores—. Oficial al mando o no, yo voy al frente.
—Está bien —accedió él—. Hanna, en la parte de atrás. —Abrió el maletero y metió el equipaje dentro.
Hanna se deslizó en el asiento trasero. El sol había calentado el interior y el auto olía a cuero tibio, un olor agradable que nunca había experimentado antes de venir a Inglaterra. Dolores se sentó con gracia en el asiento del pasajero, mientras Phillip tomaba su lugar al volante.
—Pensé que les gustaría tener la oportunidad de conocerse en el asiento trasero, damas —dijo.
Dolores miró por encima del hombro a Hanna.
—Tendremos mucho tiempo para eso en nuestros aposentos.
El asiento chirrió cuando Hanna se inclinó hacia delante.
—¿Compartiremos habitación?
—Por lo que veo, nuestro contacto no te informó muy bien —dijo Phillip, mientras el motor del automóvil se encendía con un suave zumbido
—. Dolores será tu compañera de cuarto durante estas semanas de entrenamiento. Pueden o no seguir juntas, dependiendo de qué tan bien lo hagan. —Ajustó el espejo retrovisor y salió a la carretera; el auto con los hombres iba detrás de ellos.
Sintiéndose como si hubiera sido emboscada, Hanna observó con cierta inquietud cómo pasaban las suaves olas de tierra, un plácido arroyo de color azul acero, los álamos con hojas tempranas y los altos pinos que formaban parabrisas. Phillip bajó la ventanilla y el cálido aire primaveral llenó el auto.
—Después del almuerzo, ya no serán Hanna y Dolores —dijo Phillip—.
Responderán sólo a sus nuevos nombres. Tengan cuidado con cualquier persona que las llame por su nombre de nacimiento. No respondan.
Habían recorrido una corta distancia cuando llegaron a una puerta de hierro. Un guardia permanecía a pocos metros de la entrada, que estaba flanqueada por pilares de ladrillo rematados con urnas clásicas. El soldado
resultó ser un compañero acogedor que hizo señas a los del otro automóvil para que pasaran sin dudarlo. Pronto llegaron al frente de la casa.
Hanna se quedó paralizada, mirando el edificio al que estaba a punto de entrar.
—Bienvenidas a Briggens House —dijo Phillip mientras abría la puerta.
Giró la cabeza y le guiñó un ojo a Hanna—. A partir de ahora, nadie sabe que están aquí.
Primero, se instalaron en su habitación en el tercer piso, la cual tenía vista al césped y a los jardines en terrazas en la parte trasera de la casa. Dolores entró y tomó la cama más cercana a la ventana, por lo que Hanna se acomodó cerca de la puerta. Se preguntó si este matrimonio forzado duraría.
Dolores parecía no tener modales en absoluto, un defecto que el difunto tío político de Hanna habría despreciado.
Desempacaron casi sin dirigirse la palabra y luego fueron a la sala común para almorzar. Las escaleras eran de una magnífica madera oscura; las extensas paredes interiores conservaban el empapelado verde bosque que parecía haber estado en su lugar, por lo menos, unos cincuenta años y, finalmente, varios paisajes bucólicos en marcos dorados adornaban las paredes.
Hanna vio a Phillip sentado en una mesa frente a una ventana grande. La habitación era espaciosa y llena de luz y se había convertido en algo parecido a un comedor militar desde que la casa había sido requisada.
Hanna afirmó su propia autoridad y aceleró el paso para asegurar el asiento junto a Phillip. Él se puso de pie y acercó la silla para ella, al parecer complacido de que hubiera elegido el asiento contiguo. Los labios de Dolores se fruncieron cuando tomó asiento frente a él.
—El almuerzo está allá —dijo él, señalando una mesa de bufet con platos plateados cerca del fondo de la habitación—. No está mal para ser comida de la SOE, como les gusta decir a los estadounidenses. Perdón por no esperarlas, pero tengo una reunión en unos minutos. —El plato frente a él contenía los restos de algún tipo de carne molida, puré de papas y salsa marrón. A pesar de la apariencia bastante desagradable, el olor y la vista de la comida despertaron el hambre de Hanna.
—Me muero de hambre —dijo Dolores, levantándose de la mesa.
—Antes de que te vayas —dijo Phillip, indicándole que se sentara—, hay algo que debemos discutir.
Dolores entrecerró los ojos y tomó su lugar. Él empujó su asiento hacia atrás para poder dirigirse a ambas.
—Ahora tienen nombres clave. Deben usarlos en todo momento y no responder a ningún otro. Un pequeño error podría acabar con su vida. Si un hombre dice «Hanna» en Varsovia y hay el más mínimo indicio de reconocimiento: una mirada hacia atrás, un giro de la cabeza o un paso vacilante, la Gestapo te arrestará, te torturará hasta que obtenga lo que quiere o te matará directamente. —Él alternaba su mirada entre ellas, aparentemente juzgando su reacción ante tal escenario. Hanna notó el hormigueo nervioso en la parte posterior de su cuello. En muchos sentidos, las cuatro horas que habían transcurrido entre Croydon y Briggens House la habían empujado a un mundo tan extraño que se sentía sola y vulnerable, como cuando llegó a Londres el año anterior.
—Si quieren dar marcha atrás, ahora es el momento —continuó—. Si se quedan, serán puestas a prueba. —Pasó un dedo por el bigote, sacó un papel del bolsillo de su chaqueta y sonriendo revisó la nota que tenía delante—.
Por cierto, ambas tienen maridos ahora.
—Eso es reconfortante —dijo Dolores.
Miró a Hanna.
—Tu nombre es Greta Baur, originaria de Múnich. Trabajas como mecanógrafa en Varsovia, Volksdeutsche. Eres de etnia alemana, pero no vives en Alemania. Tu esposo, Stefan, nunca está cerca porque es un conductor privado que trabaja para los nazis… ¿Entendido?
—Greta Baur —respondió Hanna—. De Bavaria, Múnich para ser exactos. Esposo: Stefan.
—Bien. —Se volteó hacia Dolores—. Eres Maria Zielinski de Varsovia, costurera, esposa de un carnicero. Él murió en los bombardeos de 1939. Su nombre polaco es, o era, Boris.
—Oh, Boris. —Miró un momento la mesa y luego, en perfecto polaco, saludó a una persona imaginaria, relatando la calle y la dirección donde vivía en Varsovia.
Los labios de Hanna se abrieron con asombro.
—¿Hablas polaco?
—¿Por qué crees que estoy aquí? —dijo Dolores con aire de suficiencia
—. Mira alrededor.
No se había tomado el tiempo para hacerlo; su atención se había centrado en Phillip. Las mesas estaban llenas de hombres y mujeres, algunos vestidos de uniforme, otros de civil, tomando un descanso o trabajando con la cabeza agachada sobre cuadernos. El inglés y el polaco flotaban por la habitación, junto con una pizca de francés.
—Tenemos documentos polacos falsificados, así como miembros de la resistencia polaca —dijo Phillip—. Eso es todo lo que puedo decir. Los verán en la casa y en los terrenos. Si todavía están con nosotros cuando se vayan de Briggens House, no tendrán que preocuparse por sus documentos de identificación. —Hizo una pausa por un momento y miró a Dolores—.
¿Quién eres tú?
—Maria Zielinski, esposa de Boris, mi querido carnicero muerto.
—Excelente.
—¿Y tú? —le preguntó a Hanna.
Ella entró en pánico por un momento, después de haber bajado la guardia para observar la habitación.
—Greta… eh… Baur.
Phillip frunció el ceño.
—Tienes que ser más rápida, menos tensa y decir tu nombre como si fuera tuyo. La más mínima vacilación conducirá a problemas.
—Lo siento —dijo ella, con las mejillas ruborizadas, particularmente después de la actuación estelar de su compañera de cuarto.
—Tienen esta tarde libre —dijo él—. Un miembro del personal les mostrará los alrededores. El Cuarto Barón de Aldenham y su familia viven aquí bajo un privilegio especial. Esa parte de la casa está prohibida.
Empezamos en serio mañana a las cero seiscientas horas. El desayuno es media hora antes. —Se levantó de su silla y recogió su plato de comida a medio comer—. Debo asistir a una reunión. Disfruten de su comida.
El sol de la tarde entraba oblicuamente por la ventana, y la luz se reflejaba en los platos de plata. Hanna siguió a Dolores a la mesa, más allá de las filas de hombres y mujeres, todos los cuales parecían diligentes y absortos en su trabajo. ¿Tendría el coraje de hacer este trabajo, de
enfrentarse a la muerte de manera arrogante como parecían hacerlo estas personas?
Tomó un plato y observó cómo Dolores se servía abundantes raciones de carne y papas. El racionamiento no estaba vigente aquí. Su apetito disminuyó cuando la realidad la golpeó de lleno.
Briggens House permanecía a oscuras; mantenían el apagón en caso de que los bombarderos nazis regresaran con su fuego destructivo. El aire de la noche entró en la habitación a través de una ventana entreabierta, y los rayos de luz de la luna menguante se filtraron a través de las ondulantes cortinas y se esparcieron sobre su dormida compañera de cuarto.
Hanna y Dolores se habían retirado a media tarde, ya que empezarían temprano a la mañana siguiente. A Hanna le costaba dormir, pues no paraba de pensar en reuniones familiares en las calles de Varsovia, batallas imaginadas con agentes de la Gestapo y soldados de la Wehrmacht. ¿Sería la realidad tan cruel? Phillip había insinuado que, aunque el peligro era real, el objetivo de un agente de la SOE, en particular de una mujer, era recopilar información. Había que mezclarse discretamente con Polonia para llevar a cabo una misión de reconocimiento. Enviar a las mujeres al combate, aparte de su defensa personal, era el último recurso.
Hanna se encontraba pensando en todo aquello cuando la puerta se abrió de golpe y el haz de luz de una linterna eléctrica iluminó el rostro de un soldado. Ella puso un cuchillo en su garganta, pero un par de manos se lo arrebataron y otras manos la detuvieron.
—¿Hanna Majewski? —preguntó la voz áspera—. Responde con la cabeza, sí o no.
—¿Hanna Majewski? —cuestionó otro hombre, en tono aún más amenazante.
Dolores se incorporó de golpe en la cama.
—¿Qué está pasando?
—Esto no te concierne. —La forma de una pistola apareció en su mano
—. Cállate o serás la siguiente.
¿Estaba soñando? Las voces parecían reales. La luz dispersa de la linterna delineó las formas de dos hombres vestidos de negro, con el rostro
cubierto con capuchas que revelaban sólo la boca y los ojos.
El hombre retiró su mano enguantada de su boca, aún esperando una respuesta.
En medio de la conmoción y el pánico, iba a responder que sí, pero luego reaccionó, y recordó que ya no era Hanna Majewski. Era Greta Baur.
No estaba en Croydon, estaba en Briggens House, bajo la custodia de dos hombres.
Ella sacudió la cabeza.
—Mi nombre es Greta Baur.
—Ven con nosotros —dijeron.
La empujaron fuera de la habitación, la arrastraron por el pasillo oscuro y, escaleras abajo, casi levantando sus pies del suelo, la llevaron a una habitación muy lejana del resto de la casa. Uno de los hombres abrió una puerta, la empujó adentro y le dijo que tomara asiento.
El hombre que sostenía la linterna arrancó la malla de tela que cubría la luz y, en el haz que se extendió, Hanna vio una silla de madera de respaldo recto al final de la habitación. Era negra y ominosa, y se mezclaba con las paredes casi del mismo color.
—¿Qué quieren? —preguntó ella, temblando en su camisón. El suelo estaba frío y húmedo sobre sus pies descalzos.
—Nosotros hacemos las preguntas —respondió otro hombre con un leve acento alemán.
—¿Quién eres tú? —preguntó el hombre.
Ella se sentó, mirando fijamente a la luz.
—Ya les dije. Mi nombre es Greta Baur. Soy alemana, nacida en Múnich.
Una cerilla se encendió en la oscuridad, y luego se desvaneció hasta convertirse en un resplandor naranja al final de un cigarro.
—¿Gustas uno? —La voz era casi amable, apelando a cualquier debilidad, cualquier simpatía que pudiera intercambiarse entre ella y sus captores.
—No fumo —respondió ella—. Las mujeres alemanas no deberían. El Führer lo dice.
La luz rebotó y se acercó a su rostro.
—¿A qué te dedicas?
—Soy mecanógrafa.
—¿Para quién?
La pregunta la tomó desprevenida. No recordaba ninguna empresa de secretarias en Varsovia. Entonces, su mente hizo clic: el nombre de su compañera de cuarto.
—Trabajo para Zielinski en Krochmalna.
—No hay ningún Zielinski en Krochmalna. No me mientas.
—No estoy mintiendo.
—Ya veremos.
Se sentó en silencio, mirando fijamente a la luz, esperando la siguiente pregunta. Una ráfaga de aire frío le golpeó la cara, seguida de una descarga eléctrica en el cuello y la espalda. El hielo triturado se deslizó en su piel; le habían vaciado un cubo de cosas congeladas encima. Se retorció en su silla, aturdida por la temperatura punzante que le enfrió la espalda y se asentó en un aglutinamiento ártico en la base de su columna.
—Sabemos lo que estás haciendo —dijo el hombre.
—Soy mecanógrafa, no he hecho nada. Revisen mis papeles y verán.
—Eso no es suficiente.
Otra ráfaga de aire la golpeó y un segundo cubo de hielo le cayó por la espalda. Se retorció en la silla, pero logró permanecer sentada.
—No estoy mintiendo —jadeó—. Soy Greta Baur.
—Trabajas para los polacos, ¿verdad? —El hombre hizo una pausa, lo que amplificó la sensación de amenaza y el silencio se hizo mortal.
—No sé a qué se refieren. Miren mis papeles.
La luz se acercó y luego se apagó.
La oscuridad llenó sus ojos antes de que se encendiera un banco de luces en el techo. Entrecerró los ojos por el dolor, mientras estos se ajustaban al resplandor. Los dos hombres que la habían sacado de su habitación se quitaron las máscaras: oficiales del ejército reclutados para el entrenamiento.
El hombre que había hecho las preguntas estaba sentado en un pequeño escritorio al fondo de la sala. Era bajo y calvo. Apagó el cigarro en un cenicero de cristal y se levantó.
—Eso fue satisfactorio, no está mal para un recluta. —Le arrojó una toalla—. Puedes irte, pero no le digas a nadie sobre esto. Estos ejercicios
son clasificados. Perdón por la humedad, pero si te atrapa la Gestapo, será peor, mucho peor.
—Gracias —dijo ella, sin saber qué más decir. Encontró el camino de regreso a la habitación después de navegar por el laberinto de pasillos y escaleras. Cuando abrió la puerta, encontró a Dolores, con la boca abierta, sentada en la cama.
—¡Dios mío, mírate! Pensé que te habían secuestrado, pero eso no tenía sentido.
Hanna se miró en el espejo del tocador. Tenía las mejillas enrojecidas por el frío, el pelo escurriendo en mechones lacios y el camisón empapado pegado al cuerpo.
—¿Qué sucedió? —preguntó Dolores.
—No puedo decírselo, señora Zielinski —dijo, frotándose la toalla por el cuello y la cabeza—. Hay gente aquí que nos quiere muertas.
—Maravilloso. Justo para eso me inscribí.
—Yo también. —Hanna se derrumbó en la cama, y se percató de que sus pruebas apenas comenzaban.
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