Las chicas del Gueto

V.S. Alexander · Capítulo 22 de 28

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Las chicas del Gueto

Capítulo 21

Enero de 1943

Janka caminaba por Krochmalna un domingo por la mañana a mediados del mes cuando alguien le tocó el hombro. El contacto fue inesperado y ella se estremeció, girándose bruscamente para ver quién estaba detrás de ella.

El hombre se detuvo y la observó, esperando alguna señal de reconocimiento, pero como no sucedió, se acercó y susurró:

—Señora Danek…; soy yo, Zeev.

Ella retrocedió, lo observó bajo la luz gris. Los copos de nieve se arremolinaban a su alrededor como cenizas en el viento. Esperaba tener noticias de Hanna, pero nunca esperó ver al chico al que le había comprado dulces hacía tanto tiempo.

Él era diferente ahora, un poco más alto y fuerte de lo que recordaba. A pesar de que su cuerpo y rostro estaban oscurecidos por una chaqueta pesada y una gorra de ala ancha, parecía más fuerte y en mejor forma. Sus ojos marrones brillaban, llenos de vida. Un tono rosado enrojecía lo que podía ver de su rostro, y una barba clara trazaba su barbilla y sus mejillas.

—Camine conmigo —prorrumpió él, como si le estuviera dando una orden. Cuando se conocieron, ella le había pedido exactamente lo mismo.

—Voy de camino a la iglesia —comentó ella—, pero caminaré contigo hasta allí.

—Está bien —respondió él, y empezó a avanzar cerca de la acera con un paso lento y deliberado, como un soldado.

—Te ves bien —dijo ella—. Mucho mejor que la última vez que te vi.

—Me tratan bien.

Janka sabía que estaban hablándose con cautela; él la estaba poniendo a prueba y ella desconfiaba de él. Había pasado tanto tiempo…, ¿habría cambiado su lealtad?

—¿Te tratan…? —preguntó ella, mientras pasaban por varias tiendas vacías.

—¿Cómo está? —respondió él, evitando su pregunta—. ¿Ha visto a los Majewski?

—Sí, hace algunos meses.

Una amplia sonrisa se extendió por su rostro.

—Entonces lo ha hecho mejor que yo. He visto a Aaron a la distancia, incluso nos saludamos una vez, pero él estaba con su padre. Han desaparecido, pero creo que están vivos.

Janka se detuvo cerca de la entrada de un taller de reparación de relojes y se paró frente a él.

—¿Podemos hablar libremente?

Zeev se llevó la mano al corazón.

—Estoy trabajando con partisanos ahora, a veces en Varsovia, pero sobre todo en el bosque de Parczew. Es un buen trabajo a cambio de comida y techo. —Hizo una pausa—. Estoy acostumbrado a llevar una pistola debajo de mi abrigo, pero hoy no. Si los nazis me registraran, estaría muerto. Me siento desnudo sin ella.

—¿Tienen armas?

—Rifles, pistolas, granadas, bombas incendiarias. Lo que podamos conseguir. Estamos suministrando armas al gueto, pero es un proceso lento y difícil.

—Ruego a Dios que los Majewski sigan vivos, pero muchos han sido deportados.

—A un lugar llamado Treblinka. Sacan a miles de personas de los trenes y las gasean.

Ella cerró los ojos y exhaló. ¿Estarían muertos sus amigos? Tal vez esa era la razón por la que Hanna no la había contactado.

—Entonces, ¿no sabe si están vivos? Por eso quería verla. —Su voz se redujo a un susurro, pero ella podía escucharlo claramente—. Los combatientes están construyendo túneles fuera del gueto. Algunos incluso han escapado por las alcantarillas, otros han sido capturados y asesinados.

Pero a los alemanes no les gusta meterse en las alcantarillas. Prefieren atrapar a nuestros amigos cuando salen a la superficie.

—¿Hay algún policía polaco que pudiera aceptar un soborno para sacar a la gente?

—Quizás. ¿Por qué?

—No puedo decirte por qué, porque no estoy segura del plan, pero se trata de los Majewski.

Él pensó por un momento.

—Un polaco llamado Jan, miembro de la Policía Azul —dijo Zeev—.

He oído rumores. Pide un alto precio, pero puedo contactarlo.

Janka extendió la mano y Zeev se la estrechó, un gesto que se sintió como el cierre de un trato entre ellos.

—Debe estar en una de las entradas más pequeñas, no en la puerta principal —dijo Janka.

Zeev asintió.

—Lo encontraré.

—Deja una nota con su nombre y el precio que pide en la iglesia —

continuó ella—. Deslízala debajo del pie de madera del penúltimo banco.

Lo revisaré todos los días.

—No. —Sus ojos se centraron en ella, con una expresión marcada por la determinación.

—¿No? —respondió ella, sorprendida por su negativa.

—Lo haré con una condición. Tiene que decirme el plan. Quiero ayudarlos a salir.

Sabía que Zeev acudiría en su ayuda.

—Está bien. Búscame en la calle o en la iglesia. Nunca estoy lejos del departamento. Me pondré en contacto contigo tan pronto como sepa lo que está pasando.

—Estaré al pendiente de usted. Busque la nota pronto.

Salieron de la tienda de relojes. Zeev caminó hacia el departamento de Janka, mientras ella se dirigía a la iglesia.

Stefa se preguntó cómo alguien fuera del gueto, incluso los polacos como Janka que vivían a poca distancia, podía tener idea de lo que estaba pasando dentro de su infernal prisión.

El invierno llegó con fuerza y los judíos que quedaban vivían de las posesiones de los que habían sido desplazados durante el Aktion, incluso de los pocos paquetes de comida que quedaron atrás. Vendieron las prendas, la ropa de cama, los libros o artículos del hogar que habían confiscado.

Incluso se habían creado palabras para describir estas actividades: shabreven, tomar los objetos de valor, y tshukhes, venderlos a otros judíos o personas fuera del gueto, una operación que implicaba un gran riesgo para el vendedor. Ahora, era ilegal estar en las secciones antiguas del gueto. Los judíos atrapados en esas calles eran fusilados.

Los edificios de madera desaparecieron casi de la noche a la mañana, para usarlos como leña. A los alemanes no les importaba la destrucción.

Sabían que la autoconservación en el gueto era un ejercicio inútil. Nadie sabía cuántos judíos quedaban después de las deportaciones del año anterior. Algunos decían que cincuenta mil; otros pensaban que la cifra era menor, quizá treinta mil. Sin embargo, nadie podía negar que el gueto era más pequeño, y que las calles estaban más vacías que nunca desde que los judíos de Varsovia y los del campo fueron forzados a vivir en el gueto en 1940.

La desesperación reinaba en ese pequeño lugar de Varsovia, agotando a Stefa y a quienes la rodeaban. Los rostros pálidos y los cuerpos demacrados aparecían como fantasmas cuando caminaban por las calles, meras sombras de sí mismos, mezclándose con el cielo lúgubre y los edificios monótonos.

El tifus todavía hacía estragos, y la gente moría a diario de hambre y frío.

Por deporte, los nazis disparaban a quienes les desagradaban, sin importar cuán pequeña fuera la infracción.

Izreal sacó la menorá de su escondite a principios de diciembre para celebrar Janucá, pero la ocultaba durante el día por temor a que los nazis la destruyeran. Apagaban las velas, rescatadas del restaurante, si escuchaban algún ruido en la calle por la noche. Todos estaban en el departamento cada noche para encenderlas.

Izreal recitaba las oraciones, pero su voz era apagada y tímida, a diferencia de las dedicatorias pronunciadas en años anteriores. Vacilaba en sus palabras: «Condúcelos a salvo a través de todos los peligros», y sollozó al decir: «Te damos gracias también por los milagros, por la redención, por las obras poderosas y los actos de salvación que Tú realizaste, así como por

las guerras que hiciste por nuestros padres en los días antiguos, en esta época». Cuando su padre no pudo continuar, Aaron terminó la oración que él y su familia habían escuchado tantas veces antes. Daniel había rescatado media botella de vino, que todos compartieron, y hasta ahí llegó la celebración.

Una noche durante el festival, por orden de Mordechai, Daniel recuperó dos metralletas Błyskawica hechas con piezas de repuesto, así como cargadores y tres granadas. Subieron las armas a través de una ventana trasera usando una cuerda y una canasta provistas por un miembro de la resistencia. Daniel quitó otra sección del piso y las guardó junto a la plata escondida.

Durante días y noches, se sentaron con poco que hacer excepto esperar, escuchando los sonidos de los disparos que resonaban en la calle, aguardando ansiosamente la próxima deportación mientras corrían los rumores. Aaron trajo algunas papas al departamento, junto con harina que Stefa horneó para hacer pan. Su hermano no quiso decir dónde las había conseguido. Ella se preguntó si habrían venido de su amigo Zeev.

Su espera terminó en la mañana del 18 de enero.

Estaban terminando de desayunar cuando los alemanes llamaron a todos a reunirse en el patio detrás del edificio. El fuego todavía crepitaba en la chimenea. Dejaron caer sus latas de sopa y corrieron a la escalera del ático.

Daniel tiró de la cuerda y los escalones descendieron.

—¿Y las armas? —preguntó Aaron.

—No hay tiempo —respondió Daniel. Dirigió a Stefa a la escalera primero y luego a Izreal. Aaron lo siguió y Daniel fue el último en ascender.

Cuando estuvieron todos en el ático, levantó la escalera y aseguró la cuerda para que no la vieran los que estaban abajo. Se acurrucaron cerca de la ventana por si tenían que arrastrarse por el alero hasta el edificio de al lado.

Daniel había probado los tablones varias veces, siempre asegurándose de que la ventana contigua estuviera abierta.

Stefa permaneció extrañamente tranquila: esconderse se había convertido en una rutina. Se había preparado para esos momentos, al igual que la práctica de ir a un refugio antibombas. Para su sorpresa, los nazis

corrieron por el edificio, pero no se detuvieron a examinar los departamentos. «Qué frustrados deben de estar», pensó, «que la gente no vaya voluntariamente a morir».

Desde la ventana del ático, podían ver el edificio al otro lado de la calle y los tejados al sureste. De pronto, se escucharon más protestas y gritos, ya que las personas estaban siendo reunidas indiscriminadamente.

—No podemos simplemente sentarnos y mirar —susurró Aaron—. Esto tiene que parar.

—Así será…, así será… —dijo Daniel—. Mordechai dijo que se acerca el momento.

Izreal bajó la cabeza como si rezara. La tenue luz de enero se extendió por su rostro.

Stefa estudió el círculo formado alrededor de la ventana, como si estuviera mirando un cuadro: su hermano, fogoso, listo para ir a la batalla contra los nazis; Daniel, cauteloso, esperando el momento adecuado, como un comandante planeando un ataque; su padre, encorvado, todavía inseguro del plan que Dios tenía reservado para los judíos y sin saber si la gente debería pelear, convencido de que el Creador podría mirar desfavorablemente a sus hijos si se convertían en asesinos. ¿Qué secretos albergaba su padre? Aaron había insinuado que su padre le había salvado la vida, pero no le había contado la historia.

Se sentaron durante una hora mientras los gritos y los disparos resonaban por todo el gueto. Entonces, la voz de un hombre gritó desde abajo.

—Daniel…, ¿estás aquí? —Era Mordechai.

Daniel bajó la escalera y lo encontraron; lucía alterado pero regocijado, sus ojos separados ardían con intención y había sudor en su frente a pesar del día frío.

—Vamos tras ellos. No más sacrificios. Los alemanes verán derramada su propia sangre.

Daniel arrancó las tablas del suelo y cogió las dos metralletas y los cargadores, entregándole una a Aaron.

—Cárgala. Dásela a Stefa. Tengan cuidado, no tiene seguro.

Aarón se estremeció.

—¿Por qué Stefa? Yo debería llevarla.

—Tú toma dos granadas —le ordenó Daniel—. Puedes lanzar más lejos que ella.

—Los veré en la calle —dijo Mordechai—. Los nazis están haciendo una redada, obligándonos a ir a la Umschlagplatz. Estén atento a los portales y edificios desiertos. —Salió corriendo por la puerta y bajó las escaleras.

Aaron cargó el arma y se la entregó de mala gana a Stefa, indicándole que no apretara el gatillo.

—No sé qué hacer con esto —dijo ella.

—Mantén las manos lejos del gatillo hasta que estés lista para disparar

—le explicó Aaron—. Colócala firmemente sobre tu hombro, apunta y dispara. Tiene un poco de fuerza, pero no te derribará si te mantienes firme.

Apunta al corazón… o a la cabeza. Eso es todo el entrenamiento que vas a recibir.

Daniel le dijo a Izreal:

—Coloque las tablas. Escóndase en el ático si es necesario, pero asegúrese de que la cuerda esté oculta. Si los nazis lo persiguen, arrástrese por el alero hasta el siguiente edificio. —Abrazó a Izreal y luego lo besó en la mejilla—. Ore por nosotros.

Aaron tomó dos granadas y colocó una en cada bolsillo del abrigo.

Daniel y Stefa se pusieron los abrigos y cargaron las armas a los costados, ocultándolas parcialmente con los brazos.

—Iré primero —dijo Daniel—. Stefa detrás de mí. Aaron, mantén los ojos abiertos arriba y detrás de nosotros.

Cuando se dirigían a la puerta, Izreal los llamó, con los ojos llenos de lágrimas.

—Debo despedirme de mi hijo y mi hija. Recé para que este día nunca llegara, pero hombres más sabios que yo, rabinos de hecho, se han preguntado si Dios nos ha abandonado. ¿Cómo podríamos haber detenido la matanza? Otro rabino dijo que tenemos un nuevo mandamiento: «Salvar nuestras propias vidas». —Miró a Aaron—. Tienes razón, hijo mío. Dios no va a salvarnos, a menos que lo ayudemos. —Abrazó a sus hijos y luego se puso a trabajar, colocando las tablas del piso.

Daniel abrió el camino escaleras abajo.

Pronto, estaban en la calle Miła, en dirección a la Umschlagplatz. Stefa mantuvo la mano en alto mientras avanzaban a toda prisa. Tanto Daniel como Aaron estaban haciendo su trabajo: Daniel miraba hacia las puertas y hacia la calle, y su hermano buscaba nazis en los tejados o que se acercaran por detrás.

Mientras Stefa caminaba y medio corría por Miła, sintió como si hubiera dejado su cuerpo, un sentimiento que había experimentado sólo unas pocas veces antes, cuando la familia estaba en oración profunda y su alma, su ser interior, se había levantado de su cuerpo y flotado en el éter. Los edificios pasaban a toda velocidad, y sus pies se movían de forma independiente.

Aunque conocía el barrio, era como si lo viera por primera vez, y todo le resultaba extraño y nuevo.

Cuando llegaron a la intersección de Miła y Zamenhofa, Daniel agitó su mano, dirigiéndolos a un callejón angosto entre dos edificios.

Aproximadamente una docena de soldados alemanes aparecieron en una calle lateral y corrieron hacia el norte por Zamenhofa hacia la Umschlagplatz. Daniel les indicó que guardaran silencio mientras se apiñaban en el estrecho pasillo.

Al principio, un silencio vacío los cubrió. Todos, excepto la resistencia, estaban escondidos, manteniéndose lo más lejos posible de los nazis.

Después de un minuto, cuando Daniel estaba a punto de avanzar, estallaron gritos y disparos desde la dirección del patio de trenes.

Stefa se paró detrás de Daniel y miró por encima de su hombro, más allá de los ladrillos y las piedras que los protegían. Más soldados alemanes pasaron corriendo junto a ellos en respuesta a la lucha, sin darse cuenta de su escondite.

—Es una masacre —susurró Daniel. Se escuchaban ráfagas de disparos, seguidos de periodos de silencio.

—Tenemos que ayudarlos —dijo Aaron, empujando hacia delante.

Daniel lo detuvo.

—¿Quieres morir? Nos superan en número. Estaríamos caminando hacia una trampa mortal.

Aaron apartó las manos de Daniel.

—Iré solo. Dame el arma.

Stefa apretó el arma contra su cuerpo.

—No. Piensa en nuestro padre, perdería a todos sus hijos en un día. —

Sacudió la cabeza y miró a su hermano, que estaba ansioso por unirse a la lucha. ¿Qué había del futuro de Aaron? Él sería el hombre que continuaría con el apellido—. Debes proteger a papá y mantener con vida a los Majewski. Sólo tú puedes hacer eso.

Trató de juzgar lo que su hermano estaba pensando y si lo que le estaba diciendo tenía algún sentido para él. Su rostro se retorció mientras reflexionaba, con una mezcla de ira, frustración y remordimiento.

Los disparos se detuvieron por un momento, pero fueron seguidos por gritos, todos en alemán.

—Lucharemos otro día —añadió Daniel, mirando alrededor de las piedras, luego salió y los guio de regreso al departamento.

La adrenalina que la impulsaba había disminuido un poco y era más consciente de lo que la rodeaba. Estaban en Miła, a medio camino de casa, cuando escucharon:

— Halt. Hände hoch.

—No. —exclamó Daniel, empujándolos a ambos hacia la entrada de un edificio de departamentos. Los alemanes no podían verlos, a menos que estuvieran parados frente a la estructura.

Una lluvia de balas golpeó la madera sobre sus cabezas, esparciendo polvo de yeso y astillas sobre ellos. Una astilla golpeó la piel debajo del ojo derecho de Stefa y le cortó la mejilla. Ella se limpió la sangre.

—Arrodíllense —les indicó Daniel—. Y disparen cuando yo lo haga.

Ella asintió e hizo lo que le ordenó, presionando la Błyskawica contra su hombro.

Otra ronda de balas pasó zumbando junto a ellos; la puerta que los rodeaba aún los protegía. Daniel se dirigió a Aaron.

—Lanza una hacia el este.

—Con gusto —respondió Aaron. Tomó una de las granadas de impacto y, estirando el brazo por encima de ellos, la arrojó por el aire hacia los nazis.

Los alemanes desprevenidos, más conscientes del dispositivo que se precipitaba hacia ellos que de sus enemigos, se lanzaron hacia delante cuando la granada explotó detrás de ellos. Tres de ellos, asombrados y algo

asustados, corrieron hacia delante, confundidos de que los judíos tuvieran tales armas y temieron contraatacar.

La onda expansiva los empujó a la vista de Stefa. Antes de que Daniel tuviera la oportunidad de disparar, ella apretó el gatillo y el cargador disparó su ráfaga mortal, atravesando a los tres hombres por el pecho.

Temblando como marionetas, con los abrigos destrozados, se desplomaron en la calle. Uno levantó la cabeza, tratando de disparar a la puerta. Daniel lo remató con dos tiros en la cabeza antes de que lo hiciera.

Daniel instó a Stefa y Aaron a salir a la calle, mirando los cuerpos a su paso. El humo acre de la granada permanecía en el aire, oscureciendo su escape hacia el este. Corriendo lo más rápido que pudieron, llegaron al departamento en poco tiempo.

Izreal estaba sentado cerca de la escalera, con la cabeza inclinada.

La sangre del corte de Stefa le había manchado la mejilla y el abrigo.

Su padre la miró con pena y señaló la ventana.

—Vi lo que pasó, después de la explosión.

Stefa se desplomó en el suelo mientras Daniel y Aaron ocultaban las armas. Estaba entumecida y su lengua se sentía tan gruesa que se preguntó si podría hablar. Al fin dijo:

—Maté a tres hombres, papá.

Él la miró y la lástima en sus ojos se convirtió en incertidumbre. Izreal había visto las acciones mortales de su hija, la ráfaga de disparos…, la verdad de la confesión de su hija.

—Lo sé —le respondió—. Dios nos juzgará como Él quiera. Ahora vivimos como debemos.

Se levantó, se acercó a ella y la rodeó con sus brazos.

Stefa lloró en su hombro como nunca antes lo había hecho.

Janka había ido a la iglesia durante varias semanas después del encuentro con Zeev hasta que por fin fue recompensada con una hoja de papel debajo del pie del banco. Janka imaginó al joven luchador de la resistencia, sentado en el reclinatorio, un judío haciendo todo lo posible por imitar a un católico, inclinando la cabeza y deslizando furtivamente la mano hasta el suelo.

Quizá también había aprendido a hacer la genuflexión y a rezar el rosario.

La nota estaba escrita en polaco y decía sólo dos cosas: Jan y un pago obligatorio de veinte mil zlotys por cada persona que abandonara el gueto.

Habría que fijar la hora y la fecha. La puerta de la calle Gęsia frente al cementerio judío en el lado noroeste del gueto sería el punto de partida.

Janka sabía que estaba cerca. Un rápido paseo por la calle Okopowa llevaría a los fugitivos a Krochmalna y a su departamento. A partir de ahí, no tenía idea de lo que sucedería.

Un día de febrero, Janka vio a Hanna, que la seguía al otro lado de la calle. La agente de la SOE atravesó y pronto estuvo a su lado. Caminaron juntas un rato sin hablar, observando la vida muda de la ciudad aún en pleno invierno.

Hanna vestía un sombrero y un abrigo de lana, sus manos enguantadas estaban protegidas por un manguito de piel. Janka se preguntó si escondería una pistola en su interior. El viento frío alborotaba sus abrigos, cortaba sus rostros y enrojecía sus mejillas. Estar afuera era incómodo, pero era el lugar más seguro para hablar.

—Me preocupaba no volver a saber de usted —comentó finalmente Janka.

—Lo siento, pero no pude escaparme antes —respondió Hanna—. No puedo decirlo todo, pero hay algunas cosas que debe saber. —Hizo una pausa—. Han llegado algunos informes del gueto y no son buenos. Varios miembros de la resistencia murieron en una pelea en enero. Creemos que el líder, un hombre llamado Mordechai, sobrevivió. Varios nazis fueron asesinados y, en represalia, más judíos fueron deportados.

Jugando con el cuello de su abrigo, Janka lo subió para cubrirse.

—¿Ha tenido noticias de su familia?

—No. —Hanna se detuvo y miró por la ventana de una tienda de productos secos. Sólo se exhibían unos cuantos rollos de tela de colores.

Ella inclinó la cabeza hacia Janka—. Los alemanes están acumulando tropas cerca de Varsovia. Supongo que la Wehrmacht se ocupará de los judíos restantes antes de ser transferida al frente oriental. Hitler luchará hasta el último minuto. El Ejército Rojo ha derrotado a los alemanes en Stalingrado.

Janka tocó el hombro de Hanna.

—Es una excelente noticia.

—Sí, pero si fallan, los nazis destruirán todo lo que dejen atrás, incluida Varsovia.

Se alejaron de la ventana y caminaron hacia la iglesia. Janka llevó a Hanna al banco donde Zeev había dejado la nota y bajó el reclinatorio.

—Haga lo que yo haga —le indicó Janka.

Se arrodillaron una al lado de la otra, mirando el altar sencillo y el gran crucifijo de madera que colgaba sobre él. Otras dos mujeres, ambas mayores, estaban orando cerca del frente de la iglesia.

Janka susurró:

—Tengo un contacto. Ha encontrado a un policía llamado Jan que puede sacar a su familia.

—Sí.

—Veinte mil zlotys cada uno, en la puerta de la calle Geòsia. Eso es una fortuna.

Hanna se giró; su mirada era intensa y determinada.

—El dinero no es importante. ¿Confías en este contacto?

—Su nombre es Zeev. Es amigo de su hermano y miembro de la resistencia polaca. Me buscó hace mucho tiempo.

El sacerdote de cabello plateado entró en la nave por una puerta cerca del altar. Janka lo conocía desde hacía años de misa y confesiones, pero se preguntaba si le parecería raro verla sentada junto a una extraña. No podía preocuparse por eso ahora, cualquier incomodidad obvia o partida repentina parecería sospechosa. Pasó junto a ellas con las manos cruzadas, y saludó a Janka de camino al nártex.

—Escuche atentamente —dijo Hanna—. Dos fechas: 20 de marzo, el inicio de Purim, o el 17 de abril, antes de la Pascua, poco después de la medianoche. Si en el primer día no funciona por alguna razón, probaremos en el segundo. Pagaré por su liberación y los escoltaré desde la puerta hasta su departamento, donde podrán cambiarse y ponerse ropa limpia. Mi compañero Eryk y yo los esconderemos en la parte trasera de su camioneta y los transportaremos lo más que podamos al sur de la ciudad. A partir de ahí, seguirán a pie hasta contactar con partisanos eslovacos. Regresaré a la granja con Eryk o a Varsovia a buscarla.

Janka se puso tensa.

—Karol estará allí.

—Karol dormirá en los brazos de una buena botella de coñac francés que me entregaron hace una semana, junto con polvos para dormir.

Janka se quedó mirando el crucifijo. El altar estaba oscuro, excepto por la luz de unas pocas velas a cada lado, el cuerpo tallado de Cristo parpadeaba dentro y fuera de las sombras en la luz vacilante.

—Suena peligroso.

—Lo es, pero tiene que funcionar. —Hanna presionó su mano contra la de Janka—. Es peligroso, pero tendrá un arma.

—¿Yo?

—Su esposo tiene un arma. Róbela. —Hanna hizo una pausa—. Debo contactar a mi familia. Tienen que saber las fechas y adónde ir.

—Zeev lo hará —dijo Janka—. Y estoy segura de que le ayudará a rescatarlos del gueto. Lo encontraré. —El plan se estaba formando lentamente en su mente, sin embargo, Janka aún no tenía respuesta a la pregunta sobre qué debía hacer después de que liberaran a los Majewski.

Conseguir que Karol bebiera el coñac sería fácil, pero ¿y si de alguna manera se despertaba y encontraba a los fugitivos en el departamento? Por mucho que lo odiara y a menudo deseara su muerte, nunca podría matarlo.

Cuando finalmente despertara, a la mañana siguiente, sabría que lo habían drogado, que ella había hecho algo terrible. Tal vez podría recorrer la larga distancia hasta la casa de sus padres, pero estar allí también sería peligroso.

Las velas se iluminaron, empujando sus llamas hacia los lados, parpadeando y chisporroteando como si una brisa las hubiera azotado desde una puerta abierta.

No podía quedarse en casa después de ayudar a los Majewski, no con Karol, no con nazis como Herr Mueller merodeando. ¿Y la iglesia?

Janka miró la cruz y buscó una respuesta.

—Dígale a Zeev que le pagaré —indicó Hanna—. Mucho dinero. —

Luego le dijo a Janka que el dinero era falsificado.

Unos días después, Zeev estaba parado en Krochmalna, con la esperanza de saber si Janka había recibido su mensaje. No la había encontrado en la iglesia, así que caminó hacia el departamento y la vio llegar desde el gueto.

Ella sonrió cuando se acercó, lo que le pareció extraño a él. Janka siempre había sido tan seria, tan derrotada por la vida, y se preguntó qué había causado el cambio.

Se encontraron cerca de su departamento, como si fueran dos amigos conversando casualmente.

—Al fin estoy haciendo algo bueno por este mundo, algo de lo que puedo estar orgullosa —le dijo—. Me alegra que estés cuidando de mí.

Otras personas también me están cuidando. —Ella tomó su mano y la estrechó.

—Recibió mi mensaje.

—Sí, y tenemos que informar a los Majewski sobre el plan. No puedo arriesgarme a volver al gueto otra vez. ¿Puedes hacerlo?

Él se rascó la ligera barba incipiente de su barbilla, inseguro de poder comprometerse.

—Es peligroso, ahora más que nunca.

Una sombra cruzó el rostro de Janka.

—¿Cuánto dinero vale tu vida? ¿Cuánto vale la vida de cualquiera? —

Se pasó el pulgar por la parte superior de los dedos, como si estuviera alisando dinero en la palma de la mano—. Se te pagará más dinero del que jamás hayas visto.

Su rostro se iluminó.

—Sólo hay un problema: es falsificado.

Zeev se obligó a contener una risa que podría haberlo doblado en dos, si hubiera tenido la oportunidad de ser tan audaz. Luego, recuperó la compostura.

—Eso no es problema. Estoy feliz de hacer cualquier cosa que arruine la economía del Gobierno General.

Permanecieron al sol, saboreando el calor que los acariciaba. Janka le dijo las fechas y los detalles del plan. Él lo absorbió todo, elaborando estrategias sobre cómo entrar en el gueto y encontrar a los Majewski.

Necesitaba dinero para sobornos.

Dejó a Janka y siguió su camino hacia el gueto: era hora de volver a ponerse en contacto con Jan, si podía. La mejor manera de llegar hasta el policía era pasarle zlotys.

Mientras se alejaba, se encontró sonriendo también. «Estoy haciendo algo bueno, algo de lo que puedo estar orgulloso».

Aceleró el paso cuando el muro del gueto apareció a la vista.

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