Las chicas del Gueto

V.S. Alexander · Capítulo 23 de 28

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Las chicas del Gueto

Capítulo 22

La familia estaba sentada en su departamento bajo la tibia luz invernal, tomando un descanso de los trabajos de construcción en el búnker de al lado. Comieron pan recubierto con una fina capa de mermelada de grosellas y se alegraron de haber rescatado la golosina de una mujer que escapó del gueto.

Las paredes del búnker eran de ladrillo y, a veces, estaban cubiertas de lo que Stefa describió como limo, como si la cal, blanca y viscosa y alimentada por la humedad, se filtrara por las grietas del cemento. Los restos de un librero de madera que llegaba hasta la altura del vientre de un adulto formaban una pantalla entre una pared exterior y el inodoro que había sido instalado en las tuberías del edificio. Cuando uno se sentaba ahí, podía ver a los demás en la habitación; lo mejor era inclinar la cabeza y mirar hacia otro lado. El mundo abarrotado de búnkeres, departamentos y furgones carecía de privacidad.

Los colchones esparcidos por todas partes y los armazones de madera de los catres, unidos con tela áspera, constituían las camas en las que dormían.

Una pequeña placa eléctrica proporcionaba la única superficie para cocinar, y debía enchufarse en uno de los conductos que proporcionaban electricidad al edificio. A veces, la corriente estaba cortada, pero ocasionalmente se encendía. Una estufa tosca, con ventilación en la pared, era la otra alternativa para cocinar, pero el humo a menudo nublaba la habitación, causando que todos se ahogaran. Alguien había traído una docena de huevos que estaban en un tazón cerca de la placa caliente.

Las mantas abandonadas y las telas que cubrían los colchones y las sillas eran las únicas comodidades, pero incluso ellas sucumbieron a la humedad mohosa. Un residente podría encontrar libros sobre una mesa o mirar

carteles políticos arrugados adheridos a las paredes húmedas. Esos artículos y la conversación en silencio eran todo el entretenimiento.

Asegurar el búnker era la tarea en la que los cuatro, incluido Izreal, habían estado trabajando durante un par de semanas. Los moradores emergían empujando a través de un piso de madera, después de hacer un túnel debajo de paneles similares, colocados en el estrecho pasillo entre los edificios. El descenso era húmedo, oscuro y no apto para claustrofóbicos.

La sensación era como deslizarse en una cueva negra sobre tu vientre, sin saber a dónde ibas hasta que el cráneo golpeaba contra una pared de tierra compactada o la cabeza tocaba las tablas.

Mientras trabajaba en el búnker, Stefa solía pensar en lo mucho que había decaído su familia desde que abandonaron el hogar de su infancia en Krochmalna. Pero luego se reprendía a sí misma por siquiera considerar tales pensamientos: ella había sufrido, su familia había sufrido, pero a muchos les había ido peor. Familias enteras habían sido aniquiladas por los nazis.

Su sufrimiento actual era el peor que habían experimentado durante todos sus años de encarcelamiento en el gueto: un tedioso deslizamiento hacia el olvido, mezclado con un terrible coctel de aburrimiento, ansiedad y terror.

Cuando escucharon pasos débiles en las escaleras, nadie entró en pánico.

Ningún nazi, ningún miembro de las SS caminaría con un paso tan lento y silencioso. Sonó un diminuto golpe en la puerta. Daniel abrió.

Emanuel Ringelblum estaba allí, con la barba un poco más espesa que la última vez que Stefa lo había visto. Su ropa, aunque estaba en mejor forma que la de la mayoría en el gueto, reflejaba los años de uso que amortiguaban su brillo. Sin embargo, un aire de tranquila dignidad infundía su persona, una cualidad que los nazis no habían podido extinguir de su alma.

—¿Puedo pasar? —preguntó, como si fuera realmente necesario. La pregunta era un requisito de su crianza y un testimonio de su espíritu.

Izreal se levantó del suelo y abrazó al hombre que había conocido hacía años, pero que había visto con poca frecuencia.

—Bienvenido, amigo —le dijo y lo invitó a pasar—. No tenemos sillas, así que tendrás que sentarte en el piso.

—Gracias, Izreal. Bendiciones para ti y tu familia, pero no puedo quedarme mucho tiempo. He venido por el diario de Stefa.

Stefa se limpió las migas de pan de los dedos, algo sorprendida de que Ringelblum apareciera por su diario. Sus labios fruncidos, sus puños apretados y sus ojos oscuros le informaron que algo desafortunado estaba sucediendo.

—Ha llegado el momento de ocultarlo con los demás —continuó—.

Todos sabemos lo que está pasando. —Agachó la mirada, como si admitiera la derrota—. He hecho arreglos para que mi familia abandone el gueto. Una pareja del lado ario ha accedido a acogernos.

—Puede que nosotros también nos vayamos —dijo Daniel—, pero no podemos estar seguros. Mientras tanto, estamos trabajando en un búnker.

—Los admiro —exclamó Ringelblum—. Mi familia…

—Hagan lo que deban hacer —intervino Izreal—. Dios los ayudará.

Aaron tosió desde su rincón cerca de la ventana y mordió su pan.

—Voy a buscar mi diario —dijo Stefa, caminando hacia las tablas del piso donde estaban escondidos los rifles. Las levantó, sacó el diario y se lo entregó a Ringelblum—. ¿Sabes dónde estará escondido?

—Sólo yo y algunos otros lo sabremos, por razones obvias, pero probablemente en la calle Nowolipki.

Stefa asintió.

—Todos deseamos bendiciones para su familia. —Besó el diario—. Y

sobre este diario, para que viva para siempre y cuente la historia de los judíos de Varsovia.

Él lo tomó.

—Es un honor. Te tendré en mis oraciones.

Fue interrumpido por un rostro que se asomó por la puerta entreabierta.

—¡Por Dios, Zeev! —Aaron saltó del suelo y corrió hacia él. Cayeron en los brazos del otro, y después de un largo abrazo, Aaron se dirigió a su familia con una sonrisa, palmeando los hombros de su amigo—. Todos, les presento a Zeev. —Apenas podía recuperar el aliento mientras estudiaba a su amigo de pies a cabeza—. Te ves maravilloso…, mucho mejor que el resto de nosotros. ¿Qué has estado haciendo?

Zeev dio un paso atrás, algo aprensivo al principio hasta que Aaron lo presentó con cada uno, disipando así sus temores. A Emanuel, Zeev le dijo:

—Señor Ringelblum, es un placer conocerlo. He oído hablar de su trabajo en el gueto.

—¿Y qué hay de tu trabajo? —preguntó Ringelblum.

—Soy un combatiente ahora —respondió Zeev, enderezándose y manteniendo la cabeza en alto—. Conozco el bosque y todas las calles del gueto. Yo también estoy haciendo algo importante.

Stefa pudo ver que Aaron se aferraba a las palabras de Zeev como si fueran oro que salía de su boca. Izreal tendría que impedir que se uniera a Zeev como combatiente.

—Siéntate —indicó Aaron—. Cuéntanos.

—Yo los dejo —dijo Ringelblum, metiendo el diario de Stefa bajo su abrigo—. Espero que nos volvamos a encontrar, liberados de esta atadura.

Izreal abrazó al hombre.

—Gracias, a la vida.

Ringelblum caminó tras la puerta y su sombra desapareció con él. Stefa se preguntó si alguna vez lo volvería a ver.

—¿Cómo entraste al gueto? —preguntó Aaron—. ¿Cómo nos encontraste?

Mirando a su alrededor, Zeev se quitó la gorra y la colocó en el suelo a su lado.

—No es tan malo aquí. —Intentó sonreír, pero la expresión se desvaneció de sus labios—. Pero no durará. Vivo en el bosque y en casas seguras; lo peor es un cobertizo no muy lejos de aquí, pero la familia es amable y no es amiga de los nazis.

—Como la señora Danek —dijo Stefa.

Esta vez, Zeev logró sonreír, y sacó una pila de zlotys del bolsillo de su abrigo.

Aaron se quedó sin aliento al ver el gran fajo unido por una banda elástica.

—No voy a preguntar cómo lo conseguiste.

Zeev puso el dinero encima de su gorra.

—Todos debemos bendecir y orar por la señora Danek y por una mujer llamada Greta, que es su amiga.

Izreal se inclinó más cerca.

—Mi hija.

—Sí, Greta —contestó Zeev—. Todavía no la conozco, pero Janka dice que es la mujer más inteligente, decidida y valiente que jamás haya conocido. Ella la llamó una mujer de la guerra. Greta le dio a Janka el dinero que usé hoy para pasar por la reja, y parece que toda la policía del gueto conoce la dirección de Daniel Krakowski.

Daniel hizo una mueca.

—Muchos miembros de la Policía Azul aceptan sobornos, pero hay uno en especial al que le gusta aceptar dinero a cambio de favores —continuó Zeev, pasando un dedo por los zlotys—. Los billetes son falsos, hechos en Inglaterra. Lo que no sepa no le hará daño.

—¿Mi hermana tiene un plan? —preguntó Stefa.

—Sí. Es por eso que estoy aquí.

Escucharon atentamente durante la siguiente media hora mientras el joven delineaba los pasos: las dos fechas, una en marzo, la otra en abril; su escolta fuera del gueto por Zeev y Hanna; el punto de cambio en el departamento de Janka, el viaje fuera de la ciudad en camioneta y la caminata hasta el campamento guerrillero.

—A Greta le preocupa la fecha de marzo. Estarán escondidos en la parte trasera de la camioneta, cubiertos por una lona y ramas de árboles. Si la temperatura es muy baja, al punto de congelación, la comida que les empaque puede estropearse, las armas fallar o hacer demasiado frío para continuar el viaje. Muchas cosas pueden salir mal.

Los labios de Stefa se abrieron con asombro.

—Ella ha pensado en todo. Si alguien puede hacer esto es Hanna.

Zeev se guardó el dinero en el bolsillo, miró el reloj y se puso la gorra.

—Tengo que salir de aquí en media hora o mi contacto se habrá ido. La idea es que regrese aquí justo después de la medianoche en los dos días que he mencionado. Si no vengo por ustedes, es que el plan se canceló.

Aaron ayudó a su amigo a levantarse del suelo.

—Te envidio. Estás luchando contra nuestros enemigos y no necesitabas el permiso de Dios. —Miró a su padre.

—No, pero rezo todos los días por ti y por mi vida. —Zeev caminó hacia la puerta y se detuvo—. Tuve un sueño la otra noche en el que estaba peleando en un bosque. La nieve estaba cayendo. El bosque estaba en silencio excepto por el sonido de los disparos. Mis amigos habían muerto y

yacían en los bancos de nieve; su sangre corría sobre el blanco helado. Eran como ángeles, con los brazos extendidos como alas, tan silenciosos en la muerte como la nieve que caía sobre las ramas de los pinos. Los alemanes corrían hacia mí cuando una luz cegadora brilló desde el cielo y me envolvió en su calor. Las balas rebotaron en el rayo y cayeron al suelo sin causar daño, como puntos negros en la nieve. —Hizo una pausa y se tocó el borde de la gorra—. Creo que el sueño significa que voy a vivir. Rezo para que tengas el mismo destino. Dios los bendiga a todos. —Desapareció por las escaleras.

Atónita por sus palabras, Stefa tembló ante el poder de ellas, y deseó haber tenido ese sueño.

Aaron, con el ceño fruncido y consternado por no poder unirse a su amigo, volvió a su manta cerca de la ventana. Tal vez algún día su hermano pelearía, pensó Stefa, si la maldita guerra no terminaba pronto. Pero ella se preocupaba más por Daniel. No dijo nada mientras Zeev describía el plan, sólo miró sus manos cruzadas. Ella tendría que averiguar qué estaba pensando. Mientras tanto, su descanso laboral había durado mucho más de lo habitual. Los demás estarían preocupados.

—Tenemos que irnos —apuró Stefa.

Daniel no dijo nada mientras él y los demás la seguían por las escaleras.

Hanna trataba de imaginar por lo que estaba pasando su familia y cada día que pasaba sin hacer nada la atormentaba. Esperar era como una locura a fuego lento. Sin embargo, la estrategia para salvar a su familia no era como asistir a un concierto. Uno no podía comprar un boleto y luego sentarse cómodamente para esperar el espectáculo. Como en una batalla, cada detalle tenía que resolverse, cada contingencia anticiparse, cada medida y cada movimiento tenía que encajar, incluso el clima.

La fecha de marzo fue cancelada. No se presentó en el departamento de Janka ese día, una señal de que el plan había sido pospuesto. La nieve había caído durante dos días junto con un viento gélido, y el viaje era demasiado arriesgado para los neumáticos desgastados de la camioneta de Eryk.

Además, Aaron y Daniel podrían navegar por los campos nevados y los ríos

helados con cierta facilidad, pero su padre y su hermana se quedarían atrás.

El frío cortante los expondría a la congelación en cuestión de minutos.

En retrospectiva, se preguntó por qué había considerado ese mes.

Cualquier día de marzo era susceptible a los cambios de clima, pero la respuesta fue fácil: esperaba sacar a su familia más temprano que tarde.

Hanna se encontró llorando en momentos extraños durante el día y por la noche, antes de retirarse al desván de los Rybak, debido a la presión de sus compromisos. Ella siguió adelante lo mejor que pudo. Sus entrenadores le habían advertido que podría experimentar tales sentimientos.

Debido a que Eryk había preparado la bicicleta para transportar equipos, alternaba las transmisiones entre la granja abandonada y los campos apartados, y a menudo enviaba mensajes desde las zarzas o al abrigo de los árboles caídos. Los alemanes aún monitoreaban las transmisiones, por lo que no se podía subestimar la precaución. De hecho, llegaban informes de otros agentes de que la Wehrmacht avanzaba hacia Varsovia en grandes cantidades, incluidos ucranianos que habían jurado lealtad a los nazis.

Abril parecía más prometedor, con días soleados y un clima más cálido, pero como recordaba de su infancia, esos días solían estar seguidos por una lluvia fría y, a veces, nieve. El pronóstico del tiempo para el día 17 estaba nublado con periodos de lluvia durante la noche. La lluvia era buena y obligaba a todos a entrar, excepto a aquellos que tenían que permanecer afuera. La lluvia oscurecía los rostros y las formas de los resistentes detrás de sus velos acuosos.

En ese día nublado, ella y Eryk cargaron la camioneta con provisiones para las cuatro personas que harían el largo viaje a través de Polonia, hasta el centro del floreciente movimiento de resistencia en Eslovaquia. A partir de ahí, esperaba que su familia encontrara el camino a Inglaterra en barco, de Grecia a Portugal y luego a Inglaterra. Hanna también consideró la posibilidad de que tuvieran que viajar a través del territorio ocupado por los nazis a España y luego a Lisboa, o permanecer con los partisanos hasta que pudieran obtener documentos falsificados y garantías de seguridad antes de continuar.

Estaba más nerviosa que nunca. Saltar en paracaídas a Polonia no fue nada comparado con la angustia desgarradora que sentía. Picoteó el desayuno que Julia había preparado, mientras un miedo paralizante invadía

cada poro, nublando su mente y ralentizando sus movimientos. Eryk intentó calmarla mientras cargaban la camioneta. Había construido una tarima falsa que se elevaba unos escasos centímetros sobre los rostros de los fugitivos.

Con comida y armas escondidas en la cama también, tendrían que acostarse con los brazos cruzados sobre el pecho, con rifles a su lado, mientras la lona, las ramas de árboles y algunos sacos de papas los ocultaban de los nazis. Eryk perforó unos pequeños agujeros en la madera para que entrara aire fresco.

—Mientras todos estén tranquilos y los alemanes no se pongan demasiado entrometidos, todo debería salir según lo planeado —explicó él, mientras levantaba la lona y le mostraba qué tipo de inspección tendrían que hacer los alemanes para descubrir su carga ilícita. Si los encontraban, dispararían contra los nazis. No había otra salida.

—Gracias —dijo ella. Eryk había dado su pleno consentimiento para llevar a cabo el plan, excepto por sus dudas sobre un detalle—. ¿Estás segura de regresar por Janka Danek?

—Si hay otra manera, sería mejor —respondió ella—. Significaría otro viaje dentro y fuera de la ciudad, y si algo sale mal… no sería bueno para ninguno de nosotros.

Ella percibió por el tono de su voz que no estaba entusiasmado por ocultar a la mujer polaca, que el riesgo podría no valer la pena. Hanna repasó los detalles una y otra vez en su mente. Todos los desastres posibles se formaron en sus pensamientos mientras intentaba concentrarse en la tranquila determinación que exigían Rita Wright y sus entrenadores de la SOE. Se preguntó cómo estaría Phillip; la posibilidad de volver a verlo, de una vida más allá de la guerra, aquellos pensamientos le quitaron un poco los nervios, aunque los mismos eran derrotados fácilmente por los escenarios catastróficos.

La primera prueba llegó pronto cuando Eryk tomó una ruta secundaria a Varsovia y fueron detenidos por guardias afuera de la ciudad.

Los alemanes detuvieron la camioneta con sus rifles en alto y les hicieron señas para que se bajaran. Como Eryk había hecho el viaje tantas veces, conocía a algunos guardias, pero hoy era diferente. Un grupo de hombres que no reconoció estaba frente a ellos. Hanna se armó de valor.

—Salgan de la camioneta —ordenó uno. Era un hombre brusco, bajo, de mejillas rubicundas y obviamente orgulloso de su poder sobre los demás. Su abrigo estaba abierto, pero las capas de insignias que decoraban su uniforme indicaban que era un oficial superior.

Hanna tomó su bolso y bajó del vehículo. El cuerpo del camión ahora la separaba de Eryk. «Divide y vencerás».

Otro alemán se acercó a ella desde la parte delantera del camión.

—Documentos.

Ella abrió su bolso, permitiendo que el guardia mirara dentro, y luego sacó sus documentos. Él los estudió cuidadosamente, mirando cada página, y luego se los devolvió.

—¿Su esposo trabaja como chofer para el Reich?

Ella respondió en alemán.

—Sí. Stefan. Voy a encontrarme con él.

—¿Por qué estás con este hombre?

—Mi esposo se fue a trabajar temprano desde Leoncin. Herr Rybak, siendo un buen amigo del Reich, se ofreció a llevarme a la ciudad. Con la cantidad de oficiales estos días, mi esposo está muy ocupado. —Apretó la mandíbula, pero le agradó que su respuesta sonara realista y no forzada.

—Ya veo. —El soldado miró dentro de la cabina antes de unirse al oficial superior, que estaba inspeccionando la caja de la camioneta.

—¿Por qué tienes todo esto? —preguntó el oficial, levantando la lona e inspeccionando la madera debajo.

—He estado limpiando en mi granja, no tuve tiempo de sacarlos. Greta me pidió que la llevara a la ciudad para encontrarse con su esposo. Otros soldados me conocen, pero no están aquí hoy. Cultivo y entrego alimentos para las tropas.

El oficial miró al otro soldado y asintieron.

—Está bien. ¿Regresarás por aquí?

—Sí, pero no hasta la noche. Es mi día de hacer rondas y recolectar pedidos.

—Continúen —dijo el hombre bajo, haciéndoles señas para que avanzaran.

Ambos subieron a la camioneta y se acomodaron contra el asiento.

Mientras se alejaban, Hanna exhaló y observó a través de la ventana trasera

cómo los soldados se desvanecían a la distancia.

Eryk se giró hacia ella.

—¿Lo ves? No había nada de qué preocuparse.

Ella asintió, aliviada de haber pasado el puesto de control.

Eryk la dejó en Krochmalna después de confirmar su cita en el departamento de Janka Danek, treinta minutos después de la medianoche.

Después de hacer sus rondas, planeó pasar la tarde en la casa de un partisano en la ciudad, asegurando la camioneta detrás de una puerta.

La ejecución del plan tenía que ser impecable, y todas sus facultades debían estar agudizadas cuando llegara el momento. Era peligroso estar en la calle. Los alemanes seguían aplicando un toque de queda en el lado ario, aunque los residentes polacos podían evitar la detención si su comportamiento no era sospechoso o si iban acompañados por un residente alemán. Si era necesario, Hanna se jugaría esa carta.

El día pasó lentamente. Janka tenía en sus manos el coñac y el polvo para dormir, junto con los zlotys falsos. Las instrucciones de Janka eran abrir la botella cuando Karol llegara a casa del trabajo. Probablemente estaría medio borracho para ese momento de todos modos. Si Herr Mueller estaba con él, también tomaría una copa.

Pasó la mañana vagando por la ciudad, recorriendo el gueto para estudiar la entrada de la calle Geòsia, buscando guardias y lugares donde su familia pudiera esconderse. Hanna se recompensó con un almuerzo tardío en una cafetería en la sección alemana de Varsovia, mientras intentaba sacudirse los nervios. Los cielos se estaban oscureciendo debido a una lluvia ligera cuando finalmente se aventuró a salir, buscando la vela en la ventana delantera de Janka que indicaba que todo estaba despejado.

Hanna la vio poco después de las nueve.

Subió los escalones despacio, pendiente de cualquier sonido que pudiera indicar peligro. Al no escuchar nada sospechoso, llamó a la puerta.

Janka abrió un poco la puerta y la arrastró adentro rápidamente. Karol yacía despatarrado en el sofá verde, con la cabeza echada hacia atrás, drogado, con los brazos flácidos a los costados. La botella de coñac, tres cuartos menos llena, estaba sobre la mesa.

—Lo hice —susurró Janka—. Se bebió dos vasos, rápidamente.

—Eso debería dejarlo noqueado hasta la mañana —dijo Hanna—.

¿Dónde está su pistola?

—Donde suele guardarla cuando está en el sofá: entre los cojines. No he querido tocarla.

El cuerpo de Karol bloqueaba la hendidura donde descansaba el arma.

Hanna levantó su brazo y luego lo dejó caer hacia atrás como si el hombre estuviera muerto.

—Realmente lo noqueó. Se despertará con un fuerte dolor de cabeza. —

Hanna hizo rodar a Karol sobre su costado, metió la mano entre los cojines y encontró el arma—. Me llevaré esto. —Comprobó si estaba cargada y luego la guardó en su bolso.

Janka se hundió en una silla en la mesa de la cocina y juntó las manos.

—¿Está bien? —preguntó Hanna—. Quince minutos es todo lo que pido, y luego nos vamos. Estaré fuera de su vida para siempre, si así lo desea.

—Eso es lo que temo. —Una tristeza repentina oscureció su rostro—.

Estas son mis últimas horas en este departamento. He tomado mi decisión.

Hanna se sentó frente a ella y observó cómo los dedos de su amiga tiraban nerviosamente.

—Buscaré refugio en la iglesia por la mañana —dijo Janka—. Si mi sacerdote no me acoge, encontraré un hotel. Tengo un poco de dinero extra.

Hanna se inclinó hacia ella.

—Después de que ejecutemos el plan, puede venir a la granja de los Rybak conmigo. Será peligroso, pero hay suficiente espacio en el desván para dos. No puede quedarse aquí. ¿Tiene amigos o parientes que pudieran acogerla?

Janka negó con la cabeza.

—No. Eso sería más peligroso que ir a casa de los Rybak. Karol me localizaría. —Miró a su marido, que gimió levemente y movió las piernas

—. Primero, probaré en la iglesia. Si eso falla, le enviaré un mensaje de algún modo.

—Bueno, sólo tenemos que esperar dos horas y media más y luego rezar para que todo salga bien.

—Zeev me dijo que le dieron permiso para acompañar a su familia a la frontera. Es un joven generoso y un verdadero patriota.

Un pinchazo de alarma apuñaló a Hanna. No había considerado que el combatiente de la resistencia los acompañaría, pero, en general, su presencia sería bienvenida. Zeev sería una protección adicional para su familia, así como una guía competente. El truco sería ocultarlo, muy probablemente bajo los adornos y la lona.

Hanna ayudó a Janka a recoger sus cosas mientras vigilaban a su esposo.

El tiempo pasó mientras trabajaban.

Se aproximó a la ventana cuando se acercaban las 11:30 y contempló su antiguo edificio de departamentos, enmarcado por el oscuro vacío de los edificios destruidos. La lluvia golpeaba contra la ventana y caía en gotas a través de la neblina de las farolas.

—Es hora —le dijo a Janka—. Si no regresamos en una hora, significa que algo salió terriblemente mal. Sólo tendremos unos minutos en la puerta.

Se cambiarán aquí y luego nos iremos de la ciudad.

—Preparé uno de mis vestidos para Stefa y algunas camisas y pantalones de Karol para los hombres.

Besó a Janka en la mejilla.

—Sé valiente…, y gracias. —Miró a Karol; su pecho subía y bajaba en un profundo sueño—. Es un hombre triste. No tiene idea de lo que está a punto de perder.

Janka cerró la puerta tan silenciosamente como la había abierto.

Hanna huyó en la noche lluviosa, adentrándose en las sombras mientras corría hacia el gueto.

—Les dije a los alemanes que fumaran dos o tres cigarros —le explicó el alto policía polaco mientras la lluvia goteaba de su gorra—. Tenemos veinte minutos, pero yo sólo contaría con diez. ¿Tienes el dinero?

—Ochenta mil zlotys en billetes de quinientos.

—¡Quinientos! —exclamó el policía—. ¿Qué voy a hacer con esos billetes grandes?

—Romperlos —respondió Hanna, mirando hacia el edificio del gueto donde los oficiales alemanes invisibles fumaban fuera de la lluvia, y luego

buscando en las calles cualquier señal de su familia—. No obtienes nada si te echas para atrás. —Levantó el doble fondo de su bolso, sacó los billetes envueltos en las cantidades requeridas y los agitó frente a él.

—¿Dónde están? —preguntó él nervioso—. El chico lleva media hora ahí.

Sabía que se refería a Zeev.

—¿Cuánto te pagó?

—Dos mil, pero la mayor parte fue para los alemanes por abrir la puerta y mirar hacia otro lado. Obtendrán más dinero cuando regresen. Les dije que dejaría que un polaco rico abandonara el gueto.

Hanna asintió.

—No es un mal salario para una noche. —Captó algo con el rabillo del ojo, y una sonrisa apareció en su rostro cuando cinco figuras oscuras se acercaron bajo la lluvia. Tenía que controlar sus sentimientos. Ahora no era el momento para un regreso a casa lleno de lágrimas. Su trabajo consistía en sacarlos por la puerta y llevarlos al lado ario lo más rápido posible.

El policía también los vio y abrió las dos puertas que los conectaban. En cuestión de momentos, estaban parados frente a ella en el lado ario. No podía creer que su padre, su hermano, su hermana y aquellos hombres que realmente no conocía estuvieran frente a ella. La velada no había terminado, pero ella los había liberado del gueto.

—¡Váyanse rápido! —dijo el policía.

Stefa abrazó a Hanna; el rostro de su hermana lucía pálido en la luz turbia.

—Daniel y yo nos quedamos.

—Yo también debería —dijo Aaron—. No es justo. Zeev, diles.

—No hay nada que decir —dijo Stefa—. Debes cuidar a papá y vivir para continuar con el nombre de la familia. Esa es tu tarea.

Aaron abrazó a Daniel y Stefa.

—Lucharé, lo prometo. Volveré por ustedes.

—Váyanse —los instó Stefa; la lluvia goteaba por su rostro y ocultaba su dolor.

Hanna tomó a su hermana.

—¿Por qué? Tienes que venir, te matarán, he trabajado durante meses para sacarlos.

—No puedes entender lo que ha pasado aquí —dijo Daniel—. El dolor y el horror que hemos visto, tenemos que luchar para honrar a los muertos.

—Tienes que irte, Stefa —exclamó Hanna, conteniendo las lágrimas.

Su hermana se apartó.

—Me quedo con mi futuro esposo. Vayan con las bendiciones de Dios.

—Dense prisa —susurró el policía con dureza, mientras Daniel y Stefa volvían a cruzar las puertas que, inmediatamente, se cerraron, En segundos, luego de despedirse brevemente de su hermana, la pareja desapareció en la oscuridad.

Hanna le entregó al hombre cuarenta mil zlotys.

—Acordamos ochenta mil —exigió, llevándose un silbato a la boca y amenazando con hacerlo sonar.

—Veinte extras por tu esfuerzo y eso es todo —replicó Hanna, empujando los billetes adicionales en sus manos—. Ni una palabra. La Gestapo estaría muy interesada en lo que has estado haciendo.

El policía guardó el dinero en el bolsillo y regresó a la puerta.

Hanna se los llevó, conmocionada por la negativa de su hermana a marcharse. Zeev los siguió mientras se dirigían hacia el sur, hacia Krochmalna, entrando y saliendo de las sombras, usándolas, en la noche húmeda, como protectores. Nunca había estado tan contenta de ver llover.

Las gotas ocultaron sus lágrimas.

El viaje al departamento de Janka fue muy parecido a un juego de escondidillas para niños. Observó guardias en los mismos lugares que había descubierto el día anterior. Los fugitivos corrieron a través de los escombros de los edificios destruidos; un camino difícil, pero los escombros los ocultaban a los ojos de los alemanes. Zeev tomó la delantera, fungiendo como observador mientras Hanna lo seguía.

Después de correr a través de Krochmalna, llegaron a casa de Janka pasada la medianoche. Hanna miró su reloj. Se suponía que Eryk llegaría en quince minutos y se pondrían en marcha. Karol farfulló en el sofá, de espaldas a la habitación.

Janka les dio pan tostado y agua. Izreal y Aaron se cambiaron con la ropa que Janka había dispuesto, y estuvieron listos en minutos. La ropa de

Stefa y Daniel se quedó sobre la cama.

—Llévanos hasta el río Pilica y los llevaré a Ostrava —le dijo Zeev a Hanna mientras esperaban en la mesa de la cocina—. Es más seguro cerca del agua.

En el tiempo que les quedaba, Hanna estudió a su padre y a su hermano y la vista le resultó inquietante. Era como si estuviera mirando a dos personas que eran sombras de sí mismas. Ambos eran delgados, casi irreconocibles. Su padre había perdido más peso desde que lo había visto en la calle cerca del Palais. Los dos hombres engulleron la comida que Janka les había dado y luego se sentaron a la mesa de la cocina con la cabeza agachada, como animales desorientados liberados de una jaula.

La frágil dureza que había crecido entre Hanna y su padre a lo largo de los años seguía presente. Quería abrazarlo, pero no estaba segura de si aceptaría el gesto o incluso si lo apreciaría. Su hermano se había convertido en un hombre; solía ser un niño no hacía mucho tiempo.

—Gracias por esto —le dijo Izreal a Janka, levantando la mirada brevemente de la mesa.

—De nada… Conocer a su familia ha sido el único punto brillante para mí en esta guerra tan oscura.

—Es hora —dijo Hanna—. Hay que ir bajando. Regresaremos.

—No. —Los ojos de Janka estaban llenos de una determinación ardiente

—. Debe hacer su trabajo, no se molesten por mí. Iré con mi sacerdote. Yo oraré por usted y usted orará por mí.

Hanna sabía que no debía rogarle a su amiga; se había preparado para enfrentar esta pérdida, si era necesario. Abrazó a Janka y la dejó con su marido dormido.

Hanna y los hombres bajaron sigilosamente las escaleras. Ella abrió un poco la puerta y vio a Eryk sentado en la camioneta mojada por la lluvia, con el motor y las luces apagadas.

—Hay un escondite incómodo en la plataforma de la camioneta —les indicó a su padre y a Aaron—. Hemos empacado mochilas y armas allí también.

Tan pronto como abrió la puerta, Eryk salió y corrió hacia la parte trasera de la camioneta. Abrió el panel de madera y ayudó a Izreal, que había endurecido su cuerpo, delgado como una tabla, a maniobrar hacia el

escondite. Su padre gimió un poco, mientras se retorcía sobre su espalda.

Aarón lo siguió de la misma manera.

—¿Qué pasó con los otros? —preguntó Eryk.

—Se quedan —respondió Hanna tan estoicamente como pudo—. Zeev acompañará a mi padre y a Aaron.

—Me quedaré debajo de la lona —dijo el joven partisano. Pásenme uno de los rifles.

Eryk tomó una de las armas que recubrían el compartimiento y se la entregó a Zeev. El joven combatiente apartó las ramas de los árboles y se colocó con la cabeza cerca del extremo de la camioneta. Eryk selló el panel, ocultando a Izreal y Aaron. Él y Hanna se subieron al cálido transporte.

Eryk hizo girar la camioneta desde el bordillo, encendió las luces y aceleró hacia el oeste por Krochmalna.

—Tendremos suerte de lograrlo —dijo él.

—Lo lograremos. —Hanna miró a través del parabrisas mientras la lluvia caía sobre él. Pasaron unos cuantos guardias alemanes tan rápido que los hombres no tuvieron tiempo de reaccionar. Eryk giró por varias calles laterales para variar la ruta antes de regresar a Krochmalna.

Pronto estuvieron en el puesto de control donde los habían detenido la mañana anterior.

—Problemas —dijo Eryk—. Pensé que ya se habrían ido.

—Los subestimas.

Una barricada de madera bloqueaba el camino, una estructura sobre cuatro patas de madera que el camión podía derribar fácilmente.

—Será mejor que nos detengamos —comentó Eryk—. Nos perseguirán si lo atravesamos.

—Déjame manejar esto —respondió Hanna, sacando la pistola de Karol de su bolso y colocándola a su lado.

Cuando se acercaron a la barrera, tres soldados salieron de un sedán estacionado al costado de la carretera. Uno de ellos era el oficial bajito y de mejillas rubicundas que habían visto antes.

El alemán se acercó a la ventana. Hanna bajó el vidrio.

— Hallo, Offizier —dijo, y le sonrió al hombre.

Él los recordaba.

—Regresaron, pero llegan tarde. —Agitó la luz de su linterna eléctrica hacia la cabina—. Bajen de la camioneta. Inspeccionaremos todo. —Dio un paso hacia atrás.

Hanna se asomó por la ventana.

— Offizier?

— Ja? —preguntó él, mientras volteaba a verla.

Ella sacó la pistola de su costado y le disparó un tiro en la cabeza. La sangre salpicó cuando el hombre cayó al suelo. Tomado por sorpresa, un segundo soldado corrió hacia ella, levantando su rifle. Ella disparó primero, dándole dos veces en el pecho. Zeev se levantó de su posición bajo la lona y le disparó a un tercer alemán en la nuca, quien cayó de bruces en el camino.

—Perfecto —dijo Eryk. Golpeó con el puño el cristal trasero y Zeev se metió debajo de la lona. Movió la camioneta lentamente hacia delante, apartando la barrera del camino hasta que pudo acelerar. Cuando estuvieron bien alejados del tranque, agregó: Tendremos que regresar por los caminos secundarios a la finca. Espero que estén todos muertos.

—Lo están —contestó Hanna. No sentía culpa, ni remordimiento, ni dolor en el estómago más que por el hambre. Había sido entrenada para matar, y su primer asesinato fue más fácil de lo que pensaba, como aplastar un molesto insecto, o librarse de alimañas: una acción desagradable pero necesaria.

Aceleraron hacia el sur unos cincuenta kilómetros hasta que llegaron a un punto donde el camino era paralelo al Pilica. El río yacía en la distancia, una franja negra como la tinta que atravesaba un terreno llano flanqueado por hierbas muertas, árboles y arbustos salpicados de motas negras de hojas en ciernes.

Eryk apagó las luces del camión, se detuvo en un campo y bajó de la cabina. Zeev ya se había arrastrado debajo de la caja. Eryk abrió el panel e Izreal y Aaron salieron.

—Las mochilas contienen comida para aproximadamente una semana, si la administran con prudencia —les indicó Eryk—. Tienen sus armas.

Llévense las extras también.

—Padre —exclamó Hanna—, ojalá tuviéramos más tiempo.

Izreal abrió los brazos y ella cayó en su abrazo.

—Después de la guerra —dijo—, tendremos más tiempo. ¿Dónde deberíamos encontrarnos?

—En Londres, espero. Los agentes te llevarán allí.

Aaron besó su mejilla.

—Es bueno verte de nuevo, Hanna. Me aseguraré de que papá esté a salvo, pero de alguna manera, en algún lugar, lucharé.

—Ya llegará tu momento —respondió ella—. Cuídalo bien. —Volteó hacia Zeev—. Contáctame cuando lleguen a Ostrava. Vayan a través del contacto de la SOE en Praga si es necesario. Y gracias por tu ayuda.

Él asintió.

—No tienes que agradecerme. A esto me dedico. Deberíamos irnos.

Le entregó a Zeev los veinte mil zlotys extra y luego volvió a la camioneta. Ella y Eryk observaron cómo los tres hombres atravesaban el campo lóbrego y desaparecían entre las siluetas oscuras de los árboles que bordeaban el río.

—Dios esté con ellos —susurró para sí misma, y luego, por primera vez en muchos años, lloró por lo que había perdido en Varsovia.

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