Las chicas del Gueto

V.S. Alexander · Capítulo 8 de 28

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Las chicas del Gueto

Capítulo 7

El verano de 1940 no había sido bueno para Gran Bretaña, como Lawrence Richardson, citando los periódicos de Londres, le señalaba diariamente a Hanna y Lucy.

Hanna lloró cuando supo que París había caído en junio. La Wehrmacht había entrado en la ciudad sin resistencia. También llegaron noticias inquietantes de Polonia. Los reporteros habían arriesgado sus vidas para llevar información a Inglaterra, donde sus historias fueron noticia de primera plana. Hubo informes de «campos» establecidos en la campiña polaca para detener a los presos políticos. Se desconocía su propósito exacto. ¿Habían sido construidos para poner a los detenidos a «trabajar»?

En septiembre, los tranvías «Sólo para judíos», con una estrella amarilla de David, comenzaron a circular por las calles de Varsovia. En octubre, a los mismos judíos se les prohibió salir de sus casas por la noche. El único horario legal para trabajar o comprar era de ocho de la mañana a siete de la tarde. Hanna se preguntó si su padre habría perdido su trabajo en el restaurante.

El final de la «guerra falsa», que había durado un año, fue inmediato y amenazador para la ciudad de Croydon. Los primeros bombardeos nazis en Londres y sus alrededores marcaron el comienzo de la verdadera guerra en la isla. Los avistamientos de bombarderos alemanes, reales o imaginarios, incitaron a Lawrence a terminar el refugio Anderson para jardín a principios de agosto; ajustó bien todas las partes, colocó sacos de arena a los lados, apiló césped en la parte superior y construyó unas literas improvisadas en el interior, en caso de que la familia necesitara refugiarse durante la noche.

Lucy incluso había plantado violetas en la parte superior para «embellecerlo un poco».

A mediados de agosto, Hitler demostró que hablaba en serio cuando una docena de bombarderos Messerschmitt destruyó el aeródromo de Croydon.

Lawrence había visto los aviones desde el jardín una tarde de verano. Antes de que tuviera tiempo de reunir a Hanna, Lucy y Charlie en el refugio, los aviones habían dejado caer su carga letal y habían pasado. Luego, cuando ya era demasiado tarde, la advertencia de un ataque aéreo sonó con su chillido monótono y vacilante al que Lawrence bautizó como «Gaby Gritona».

Unas semanas después, el 7 de septiembre, llovió más destrucción de los cielos cuando trescientos aviones alemanes atacaron hacia el final de la tarde. Las bombas incendiarias apuntaron a los Muelles Reales y los Muelles Comerciales de Surrey, provocando incendios que los pilotos alemanes utilizaron como puntos de referencia para los objetivos de ataque.

El cuerpo de bomberos hizo lo que pudo, pero el incendio se salió de control.

Todos estaban en casa ese sábado y corrieron al refugio. Durante una pausa en el bombardeo, Hanna salió del Anderson, asombrada por el humo negro y grasiento que flotaba en el cielo hacia el norte. En otras dos horas, todos fueron conducidos de regreso al refugio, agarrándose de sus costados mientras caían las bombas guiadas por los incendios. Las grandes explosiones, a muchos kilómetros de distancia, sacudieron la tierra incluso en Croydon. La incursión continuó hasta el amanecer, devastando no sólo los muelles, sino también el East End, Woolwich, Deptford, West Ham y Whitechapel. Murieron más de cuatrocientas personas, incluidos diecisiete bomberos. El Blitz había comenzado oficialmente.

Los londinenses parecían haber abandonado la vida social, como si caminaran sobre una cuerda floja, mientras una tediosa asfixia se apoderaba de ellos y se preparaban para el próximo ataque aéreo. Incluso la optimista y glamorosa Margaret usaba menos maquillaje, usaba medias y le decía a Hanna lo agradecida que estaba de tener su puesto como secretaria en la oficina legal, a pesar de que anteriormente había dicho lo contrario. Ruth y Betty la visitaban menos, ahora que habían comenzado las redadas.

Aunque, a principios de octubre, las bombas cayeron más cerca de

Croydon. Lucy y Lawrence intentaron mantener los ánimos, pero la tensión se reflejaba en sus rostros arrugados, junto con una palidez poco saludable causada por no haber dormido lo suficiente.

Unas semanas después, luego del crepúsculo, con el apagón aún vigente, las sirenas antiaéreas volvieron a sonar. Lawrence, sentado en la sala y fumando su pipa, suspiró y dejó su libro.

—¿No podemos tener una noche tranquila? —preguntó, mientras Charlie temblaba a sus pies por el ruido—. Consigue algunas mantas limpias, en caso de que tengamos que pasar la noche en el refugio —le indicó a su esposa.

Lucy subió las escaleras hacia el armario de la ropa blanca mientras Hanna levantaba a Charlie del suelo y lo sostenía tembloroso, en sus brazos.

—Llévalo al jardín para que pueda hacer sus necesidades antes de refugiarnos —le dijo Lawrence.

Hanna obedeció y soltó a Charlie en el jardín, donde, de mala gana, olfateó cerca de la pared trasera. Una extraña quietud flotaba en el aire. La brisa del día había amainado y el cielo cambiaba de un azul brillante al tono oscuro del anochecer. Las primeras estrellas vespertinas habían aparecido con una luz parpadeante. Hannah ladeó la cabeza para tratar de captar cualquier sonido ahora que las sirenas se habían desvanecido. Se le erizó la piel de sus brazos y de sus hombros desnudos. Pensó en ir por un jersey, pero decidió que la manta sería suficiente en el refugio. Su tío político aún no había instalado un calefactor por temor a que pudiera ser demasiado peligroso en espacios reducidos. Sin embargo, el invierno se acercaba.

Su tíos aparecieron en la puerta del jardín; Lucy traía tres mantas en sus brazos. Lawrence había vaciado la cazoleta de su pipa y aún sujetaba la boquilla entre los dientes apretados, pero no brillaban ascuas ni salía humo del recipiente ennegrecido. Charlie corrió hacia él y se estremeció contra su pierna.

—Vamos, Charlie —dijo él—. Adentro.

—Odio esto —dijo Lucy, mientras pasaba junto a Hanna.

Charlie corrió hacia la puerta y fue el primero en llegar al refugio, seguido de Lucy y Lawrence, quien tuvo que agacharse para entrar.

Aprovechando las últimas bocanadas de aire, antes de resignarse a la atmósfera viciada y al calor pegajoso del refugio, Hanna caminó hacia la

puerta blanca y miró hacia el este. Los tonos púrpura florecían en el cielo, a excepción de unos pocos rayos de sol que teñían de rosa las nubes altas.

Una fila de puntos negros apareció en el horizonte y, a medida que pasaban los segundos, aparecieron más a la vista: oleadas de bombarderos que se extendían por el cielo como alas de langostas gigantes. Era imposible contar los aviones. Eran más de los que jamás había visto, más de los que podría haber imaginado.

A medida que la cresta de la ola se acercaba cada vez más, unos destellos de luz golpearon el horizonte, seguidos por el estruendo. Las llamas anaranjadas y amarillas se encendieron y luego retrocedieron; los bombarderos cubrían ya una cuarta parte del cielo. Elevándose desde Londres, hacia el norte, los rayos del fuego antiaéreo se adentraron en la oscuridad, dejando resplandecientes estelas detrás de ellos. Los estruendos aplastaron a Hanna como un tanque en movimiento. Hanna entró al refugio.

El techo de metal corrugado, de unos dos metros de altura, le rozaba el cuero cabelludo. Lucy se sentó sobre una manta en la parte trasera, acunando a Charlie entre sus brazos. Lawrence se había reclinado en una de las literas, con sus largas piernas estiradas hasta el suelo de tierra. Una vela colocada en posición vertical en un frasco lleno de arena arrojaba una luz parpadeante sobre las paredes de su prisión plateada.

Lawrence se inclinó hacia ella; su rostro estaba bañado en el brillo ámbar.

—¿Cuántos bombarderos?

Hanna tomó una manta y se sentó cerca de la puerta del refugio.

—No muchos —mintió para no preocupar a su tía. Muy pronto, las explosiones de la incursión llenarían sus oídos y Lucy sabría la verdad.

No dijeron nada mientras los bombardeos aumentaban en intensidad.

Hanna se cubrió el cuerpo y la cabeza con la manta y empujó la lana en sus oídos mientras el estrecho espacio temblaba con las vibraciones. La tela amortiguaba los sonidos del exterior, pero podía imaginar claramente lo que estaba pasando.

Las bombas incendiarias aullaban desde los cielos, aterrizaban en los techos, a veces los atravesaban y encendían todo lo que tocaban. Incluso si caían inofensivamente en la calle, sin detonar hasta aproximadamente un minuto después del impacto, según lo diseñado, los objetos cercanos

explotaban en llamas blancas incandescentes. Los árboles, los vehículos, cualquier cosa de madera eran rociados con productos químicos inflamables.

Las casas y los edificios crujían mientras ardían. La mampostería se partía y las ventanas se hacían añicos por el calor. Los tanques de gasolina de los autos reventaron en grandes bolas de fuego. Manzanas enteras, de varios kilómetros cuadrados, quedaban destruidas.

Las pesadas bombas explosivas generalmente venían a continuación, y derribaban las líneas de agua que usaban los bomberos. Hanna les temía más. El ruido era ensordecedor y la destrucción catastrófica. No dejaban más que cráteres, ladrillos, piedras destrozadas y madera astillada. Un golpe directo significaba la muerte. No se podía escapar de su poderosa devastación, ni en una casa, ni en un refugio Anderson, ni en una estación del metro.

El aire chisporroteaba a su alrededor, y Hanna volteó a ver a Charlie, esperando que esto calmara sus nervios. En cambio, vio la cara aterrorizada del animal, y sus ojos marrones muy abiertos por el temor. Parecía reconocer que esta incursión era diferente. Reprimió el miedo que amenazaba con inundarla. Podrían morir de calor y asfixia en el refugio si un incendio los rodeaba. La idea de que la casa de su tía se incendiara hizo que su corazón latiera con fuerza. Todo por lo que la familia había trabajado sería destruido. Lawrence había invertido gran parte de su dinero en la propiedad, así como en su remodelación. Él había proporcionado el salario, pero su tía había convertido la casa en un hogar.

Escucharon mientras los incendiarios rebotaban en la calle con una serie de sonidos metálicos, seguidos por el silbido explosivo, la señal de que la bomba de termita al rojo vivo había estallado fuera de su carcasa de magnesio.

—Debería salir —dijo Lawrence, levantándose de la litera—. Puedo apagar los incendios con tierra antes de que quemen la casa.

Lucy lo sujetó del brazo.

—No harás tal cosa. Es muy peligroso.

Lawrence negó con la cabeza y suspiró, resignado a que era impotente contra las bombas.

Se sentaron durante unos minutos y una quietud momentánea llenó el refugio. Incluso Charlie bajó la guardia por un momento y sus ojos se suavizaron a la luz de las velas.

—Tal vez ya. —Las palabras de Hanna fueron interrumpidas por una explosión tan severa que sintió como si sus entrañas se hubieran retorcido y su cuerpo flotara en el aire. La suciedad y la oscuridad se levantaron ante sus ojos cuando todos en el refugio desaparecieron detrás de un velo grueso.

No supo cuánto tiempo estuvo inconsciente. Al emerger de la oscuridad, vio el contorno borroso de las llamas en algún lugar a su derecha. Gimió y trató de mover las piernas, pero estaban cubiertas por algo grande y pesado.

Gritó, pero nadie respondió. Hanna sintió que perdía el conocimiento de nuevo y, en poco tiempo, la sensación de malestar en su estómago se movió hacia sus pulmones, luego a su garganta y, finalmente, a su cabeza.

Se atragantó y el mundo desapareció.

Un manto de densas nubes cubrió Varsovia después de que compartieron un almuerzo escaso. Stefa había ayudado a su madre con los platos y estaba sentada en su habitación cuando entró su padre.

—Quiero hablar contigo antes de irme al trabajo —dijo—. No volveré a casa hasta tarde.

Stefa asintió. Sabía de las largas horas que ahora trabajaba su padre para su jefe polaco. Frunciendo el ceño, su padre entró en la habitación y cerró la puerta, como si lo que quería decir fuera un asunto privado.

—Hace unas semanas, tuve una charla con un hombre. Sus palabras me perturbaron en ese momento, pero ahora, me perturban incluso más. No dije nada porque he estado pensando en lo que dijo.

—¿Quién, padre?

—Emanuel Ringelblum.

Stefa negó con la cabeza.

—¿Quién es él? No lo conozco.

—Es un amigo del padre de Daniel.

Stefa lo miró fijamente, sorprendida de que su padre mencionara el nombre de su novio.

—¿Daniel es policía ahora? —preguntó Izreal.

—Sí.

Tiró de su barba recortada, se sentó a los pies de la cama de Stefa y miró a través de la pequeña ventana que daba a Krochmalna.

—La calle puede estar tranquila o ruidosa ahora —dijo—. Solía estar llena todo el tiempo. No sé cómo Hanna… —Hizo una pausa, consciente de que había mencionado el nombre de su hermana delante de su padre.

Aunque Izreal no le había prohibido a la familia hablar de su hermana, todos evitaban el tema—. Me quedé dormida. Supongo que nos acostumbramos a las cosas.

—Quiero conocer a este hombre, a Daniel.

—Por supuesto, padre. Me alegro. Él quiere conocerte. —Quería decirle que su madre ya lo había conocido, pero sintió que era mejor mantener ese encuentro en secreto, así como la reunión entre Janka y su madre. Como en toda familia, había cosas que era mejor no decir.

—¿Le está yendo bien como policía?

Ella agachó la mirada, algo avergonzada por la pregunta. Era un grado de intimidad sobre Daniel que no esperaba de su padre.

—Sí. Ahora tiene un uniforme. A mí me pone nerviosa, pero él quiere facilitarnos las cosas.

—Lo entiendo y lo admiro —dijo Izreal, manteniendo la mirada fija en la ventana antes de voltear hacia ella—. Te entiendo mejor que a cualquiera de mis hijos. Aaron ya es un hombre. Puedo instruirlo y guiarlo, pero

¿escuchará? —Sus ojos brillaban mientras hablaba—. No tengo ninguna duda de que te convertirás en una eishes chayil, una mujer de valor, como lo es tu madre. Pero tu madre y yo nos estamos haciendo mayores. Ella es más frágil de lo que solía ser. Esta guerra no ha sido amable con ella.

—No ha sido amable con nadie, padre. —Se preguntó si su padre pensaba en Hanna todos los días, o si, de alguna manera, se las había arreglado para separar el pasado del presente.

—Sí. Eso es lo que Emanuel Ringelblum quería decirme. —Puso las manos en el borde de la cama, como si esto le brindara algún tipo de consuelo—. Quiere que registre lo que veo, que registre nuestra vida judía para las generaciones futuras. Al principio, pensé que estaba loco, una especie de chiflado que exageraba, pero desde que hablamos, hace meses, los nazis se han apoderado de la mayor parte de Europa. Se ha levantado un

muro cerca de nosotros. Tenemos prohibido salir de nuestras casas por la noche. Las cosas han empeorado para todos.

—Pero ¿qué tiene esto que ver conmigo?

—No soy escritor. Tú serías una mejor opción para registrar nuestra historia. Podrías escribir lo que tengo que contarte, e incluir tu propia historia, incluso la de Daniel, si quieres.

No supo qué decir. Nunca había oído hablar de tal idea.

—Él llama a su proyecto Óneg Shabat. Piensa registrar lo que hemos vivido los judíos de Varsovia.

Un pensamiento inquietante apareció en su mente y, por el movimiento rápido de la cabeza de su padre, supo que él sabía lo que estaba pensando.

—Esta es la parte difícil —dijo él—. Quiere registrar nuestra historia en caso de que…

—En caso de que muramos.

—… de que todos muramos.

Un nudo, frío como acero, se instaló en su estómago.

—¿Crees que moriremos?

Él tomó sus manos.

—He visto una brutalidad que nunca hubiera imaginado. Judíos humillados, sus barbas afeitadas y recortadas por los nazis. Ancianas empujadas al suelo. Hombres y mujeres obligados a trabajar como esclavos.

Hasta ahora me he salvado porque a los nazis les encanta el Palais y el propietario me mantiene por su buena voluntad. Si eso termina, no estoy seguro de lo que sucederá. Si nos llevan a ese campamento amurallado, las cosas empeorarán. Estoy seguro de eso. —Él palmeó sus manos—.

Piénsalo. Quiero darle una respuesta. Puedo decir que no.

Ella besó sus manos.

—Lo pensaré, padre.

—No le digas nada a Daniel sobre Ringelblum todavía, aunque su padre está involucrado. El hombre quiere mantener su proyecto en secreto. Si los nazis se enteran, las consecuencias podrían ser letales.

Ella asintió.

Izreal salió de la habitación, la dejó pensando en lo que había dicho.

Había visto a Daniel vestido para trabajar como policía. Verlo así la había sorprendido al principio y no estaba segura de cómo se sentía acerca de su

papel de ejecutor. Después de esa conversación, se preguntó si Daniel tenía razón. Quizás él podría ser una salida para todos ellos, un protector para la familia. ¿Habría llegado su momento de contribuir también?

El rescate de Hanna se desarrollaba como una pesadilla cada vez que lo revivía.

Había manos sujetándola, como garras clavándose en sus brazos. Gritos.

El agua fría de las mangueras contra incendios empapaban la cabeza y la espalda; las luces apenas visibles a través del barro; la mugre que nublaba sus ojos; las sirenas que no se escuchaban, ya que sus oídos parecían tapados con algodón. Sin embargo, los camiones de bomberos estaban a sólo seis metros de distancia en la calle llena de escombros y las mangueras de agua serpenteaban sobre los montones de piedra y pizarra.

Un rostro le resultó familiar al inclinarse sobre el suyo, pero lucía diferente a la luz chillona de las llamas que se extendían en la oscuridad.

¿Era su amiga Betty? Los labios de la mujer eran rojos, pero el rostro tenía un brillo blanco, como si estuviera iluminado por un reflector. El cabello negro de Betty, generalmente recogido para prepararse para la guerra, caía suelto alrededor de su cuello y su rostro. Su amiga le gritaba, le pedía que aguantara, que fuera fuerte, que le iban a quitar los escombros de las piernas y la iban a liberar.

No podía recordar cuánto tiempo llevaban ayudándola, era un grupo de amigos, vecinos y hombres del Servicio Auxiliar de Bomberos. El tiempo perdió todo sentido mientras ella perdía y recuperaba el conocimiento una y otra vez. En un momento gritó y un par de manos le sujetaron la cabeza, acariciando su cabello y sus mejillas, como si quisieran calmar a un animal asustado. Apretó los dientes y gritó aún más. ¿Y su tía y su tío? ¿Y Charlie?

¿Estaban vivos o muertos?

Giró la cabeza hacia atrás, pero sólo pudo ver las cabezas sudorosas y los brazos agitados de los hombres que cavaban para liberarla de la insoportable carga que cubría sus piernas. La piedra, los ladrillos y la madera que levantaban no parecían hacer una diferencia en el peso. ¿Podía siquiera sentirlos? ¿Estaban allí?

Vomitó bilis en el barro. El miedo de que nunca volvería a caminar la consumía.

—Respira hondo —dijo alguien—. Te sacaremos de aquí.

La oscuridad se apoderó nuevamente de ella y, al despertar, estaba en una camilla cerca de la acera; Betty estaba a su lado, sosteniendo su mano, y había una enfermera al otro, colocando una bolsa intravenosa.

—Mi tía, mi tío… —Forzó a las palabras para que salieran de su garganta, pero la frase parecía estar atascada como humo.

Betty articuló algo que no entendió. Hanna sujetó la mano de su amiga, rogándole que se inclinara para poder entenderla.

—¡Todavía no los encontramos! —gritó su amiga—. El Anderson fue destruido, y tú saliste volando.

No tenía lágrimas, porque su cabeza parecía tan seca como un desierto.

Mientras retiraban la camilla, Hanna giró la cabeza hacia un lado y abrió la boca con horror y tristeza.

Iluminada por la luz anaranjada del fuego, vio la casa destrozada. Todo lo que quedaba eran los armazones rotos de las paredes y las vigas que sobresalían de los escombros como cerillas quemadas. La bomba había golpeado la mitad trasera de la residencia casi de lleno, empujando los escombros hacia delante, como una gigantesca excavadora, hasta que un enorme trozo de lodo, madera y roca cubrió todo el jardín, incluido el refugio. Y para empeorar las cosas, una cañería de agua se había roto en la parte trasera de la casa, inundando el jardín y convirtiendo los escombros en lodo. Eso era todo lo que recordaba, hasta que se despertó aquella tarde en el hospital. Intentó hablar con una enfermera que vestía un uniforme blanco almidonado, medias de seda y un gorro circular, pero la mujer se llevó un dedo a los labios y le indicó que volviera a dormir.

—Descanso es lo que necesitas. Tus amigos te han visitado, pero has estado dormida.

—Mi tía y mi tío… ¿mis piernas?

La enfermera arrugó la boca, eligiendo sus palabras con cuidado.

—Los buenos doctores salvaron tus piernas. Fue un procedimiento delicado. Tendrás que aprender a caminar de nuevo. Pero no sé nada de tus parientes. Nadie ha preguntado por ti. Tal vez tus amigos puedan contarte más. —La enfermera se marchó.

La cama de Hanna estaba situada en una habitación grande llena de pacientes cuyas camas estaban rodeadas por cortinas blancas. La suya estaba cerca de una ventana en el segundo piso del edificio. Podía ver el césped verde y, un poco más allá, los árboles que aún tenían las hojas marrones del otoño.

El borrón de días y noches pasó lentamente. ¿Fueron días? ¿Semanas?

Una tarde, cuando el sol se ponía detrás de las nubes color pizarra, alguien fue a visitarla. Al principio no reconoció a la elegante mujer, vestida con un abrigo negro que ceñía su cuerpo desde el cuello hasta las pantorrillas. Llevaba un bolso a juego con asa metálica. La mujer sonrió, se desabrochó el abrigo y se sentó en una silla de metal cerca de la cama.

—Me dijeron que no debía fumar, así que no tardaré mucho. Sacó su cigarrera dorada del bolso y la golpeó con sus uñas rojas, como si el mero contacto con el contenedor le diera alguna conexión con su precioso contenido.

La audición de Hanna se había aclarado un poco, pero muchas conversaciones todavía sonaban como si se llevaran a cabo bajo el agua. Le indicó a la mujer que se acercara.

—¿Te acuerdas de mí? —preguntó la mujer, levantándose y empujando la silla hacia delante con un elegante movimiento.

—Sí, pero me resulta difícil recordar su nombre.

—Rita… Rita Wright. —Se sentó de nuevo.

—Claro. —Los dos encuentros anteriores con Rita aparecieron en su mente, el último en la casa de su tía.

—¿Cómo estás?

Hanna intentó sentarse, pero el esfuerzo fue demasiado grande y cayó hacia atrás, hundida por la tensión en la espalda.

—No te esfuerces. Debes mejorar.

—He estado aturdida. ¿Qué día es?

Rita levantó la caja de oro, la miró y no dijo nada.

—Tiene malas noticias, ¿verdad? —Hanna esperaba lo peor, pero nunca imaginó que la mensajera de la muerte, magníficamente vestida y con manicura perfecta, estuviera sentada frente a ella.

Rita cruzó las piernas y apoyó el estuche en los pliegues de su vestido.

—Sí. He estado en contacto con Betty. Ella no quería decírtelo. Ha sido un momento complicado para todos. Incluso Phillip estuvo aquí. Creo que se preocupa por ti más de lo que debería, algo que no debe alentarse.

Hanna no estaba preocupada por los visitantes.

—Están muertos, ¿verdad? Mi tía, mi tío y Charlie.

Rita asintió.

—Tu tía y tu tío no tuvieron posibilidad alguna de salir con vida.

Las lágrimas se acumularon en los ojos de Hanna.

Rita suspiró.

—Trata de verlo de este modo…, fueron muertes misericordiosas, tan misericordiosas como los nazis pueden proporcionarlas. Tu tía y tu tío no sufrieron. Tú fuiste arrojada; la onda expansiva hizo volar la puerta. La mitad trasera del Anderson, donde estaban sentados Lucy y Lawrence, quedó enterrada. Fueron aplastados por la explosión cuando el agua los cubrió.

—¡Oh, Dios mío! —susurró ella, desviando la mirada hacia su propio reflejo pálido en los cristales ahora oscuros. La rabia la consumía y quería maldecir a los nazis y luego a Dios por permitir que ocurriera tal tragedia—.

¿Y Charlie?

—Murió en los brazos de tu tía.

Hanna se apoyó sobre sus codos y se estremeció de dolor.

—Tengo que encargarme de los cuerpos, tengo que salir de aquí.

Rita se inclinó hacia delante y su mirada se suavizó, aunque su rostro aún transmitía la expresión severa de alguien que está a cargo.

—Es demasiado tarde para eso. Ya se encargaron de ellos, fueron enterrados con las otras víctimas de Croydon. No hubo tiempo para los servicios funerarios o para el duelo. Las bombas siguen cayendo. —Hizo una pausa—. Lo lamento muchísimo.

Hanna luchó por mover las piernas, pero con cada movimiento, por leve que fuera, el dolor se agolpaba en su pecho. ¿Cómo podría hacer algo, cualquier cosa, después de esto? Ni siquiera estaba segura de poder caminar.

—Por favor, dime qué día es. —Una lágrima se deslizó por su mejilla.

Rita miró su reloj.

—Quiero que pienses en lo que ha sucedido. Los nazis te hicieron esto a ti y a tu familia. Las condiciones en Varsovia empeoran cada hora. No te digo esto para destruir tu espíritu. Mi consejo es que canalices tu ira hacia algo que hará que el mundo sea mejor para todos. Puedes ser una mujer de la guerra como el resto de nosotras, alguien que se enfrente a los nazis y luche por la libertad. Marca este día, el día en que descubriste lo que realmente le sucedió a tu familia, como una insignia de honor, para Dios y el país. —Se levantó de la silla, abrió su bolso, sacó su tarjeta y la colocó en la mano de Hanna—. Luchar contra ellos y defender lo que es correcto son la mejor manera de honrar a tu tía y a tu tío y al resto de tu familia.

Rita se dio la vuelta para marcharse, pero se detuvo en las cortinas que ocultaban a Hanna de los otros pacientes.

—Preguntaste qué día es. Han pasado diez días desde el bombardeo. Los músculos y tendones de la parte inferior de tus piernas fueron aplastados y magullados. Tienes una fractura en la pierna izquierda. Estas lesiones necesitan tiempo para sanar. El hospital te cuidará bien, pero no olvides lo que te he dicho. Estaré esperando tu respuesta.

Rita corrió las cortinas y Hanna se quedó sola. Durante los últimos días, sus piernas habían zumbado con electricidad, como si le estuvieran clavando agujas en la piel. Un médico le había dicho que era una buena señal, aunque tenía que tomar un medicamento para aliviar el molesto dolor por las noches y poder dormir.

Miró la tarjeta. Era idéntica a la que Rita le había dado antes: la letra impecable en manuscrita que detallaba su dirección y número de teléfono.

Ahogó los sollozos, sin saber si debía romper la tarjeta en pedacitos o apoyarla contra su pecho. Ahora no tenía familia en Londres, sólo unos cuantos amigos, ningún lugar dónde vivir y ninguna forma de contactar a sus padres, excepto a través de cartas que probablemente no recibirían respuesta. Era fácil culpar a su madre y a su padre por su situación: sus exigencias y restricciones la habían orillado a huir de Varsovia. Y era fácil culpar a un Dios ausente, que podría haberlos salvado a todos de la tragedia si tan sólo hubiera extendido su mano todopoderosa. Sin embargo, Rita tenía razón: los nazis tenían la culpa.

Un cansancio repentino se apoderó de ella mientras colocaba la tarjeta debajo de la almohada y sopesaba las palabras de Rita. «Puedes ser una

chica de la guerra como el resto de nosotras, alguien que se enfrente a los nazis y luche por la libertad». Mientras cerraba los ojos, con la esperanza de soñar con la venganza, con el ojo por ojo, diente por diente, se preguntó qué debía hacer una vez que pudiera volver a caminar.

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