Las chicas del Gueto

V.S. Alexander · Capítulo 21 de 28

Páginas del PDF

Las chicas del Gueto

Capítulo 20

Septiembre de 1942

Hicieron un pacto para mantenerse con vida, por su propio bien, con la pequeña esperanza de que Hanna los rescatara. Izreal les dijo que estaba en Varsovia, trabajando para sacarlos del gueto. ¿Por qué no aferrarse a ese anhelo frágil en tiempos difíciles?

Stefa lloró mientras su padre les informaba estoicamente del breve reencuentro. Daniel y Aaron lo miraron con incredulidad, casi escépticos de la historia que les contó. ¡Qué orgullosa se habría sentido su madre al saber que Hanna había regresado! Stefa y Daniel estaban llenos de preguntas, pero su padre se cansaba fácilmente desde la desaparición de Perla y no hablaba más. Para él, recordar el encuentro con la hija que había rechazado aparentemente era como abrir una herida supurante.

Los horrores nazis continuaron a un ritmo implacable. Stefa no tenía la energía emocional ni el tiempo para llorar adecuadamente la muerte de su madre, lo que, a mediados de septiembre, parecía casi seguro. El trabajo era todo lo que tenían para mantenerse a salvo: ella en el comedor social y Aaron y su padre, quienes todavía se aferraban al restaurante lleno de nazis en el lado ario, con la esperanza de que sus trabajos se salvaran. Su padre había estado satisfecho de lavar platos y limpiar mesas en su capacidad reducida, y de que los nazis no necesitaran comidas kosher. Después de que se llevaron a Perla, Izreal le dijo a su familia que no desaparecería, como habían hecho algunos, porque trabajaba del lado ario, al igual que su hijo.

No podía pensar en nada peor que abandonar a sus hijos. Desde que Daniel renunció a la policía del gueto, se comportaba como un hombre buscado, permanecía oculto durante el día y movía las municiones de la resistencia por la noche: un trabajo peligroso. En esas noches, Stefa yacía despierta

esperándolo, rezando para que regresara a salvo, apretando el borde del colchón como si fuera la mano de Daniel.

A principios de agosto, Stefa fue testigo de un evento que la hizo llorar, pero que la llenó de una determinación adicional para hacer frente a los opresores de cualquier manera que pudiera. Ese día, los nazis, decididos a continuar con su Aktion, forzaron a Janusz Korczak y a los doscientos huérfanos bajo su cuidado a ir a la Umschlagplatz. Ella había visto desde una puerta apartada cómo Korczak, maestro y director del orfanato judío, barbudo y con anteojos, recorría los cinco kilómetros hasta los trenes con sus niños. Korczak consolaba a sus protegidos, diciéndoles que no tuvieran miedo del viaje que estaban a punto de emprender. Se formaron en filas de cuatro, vestidos con sus mejores galas y con sus mochilas a la espalda; el director a la cabeza, mirando al frente, tomando de la mano a los niños que caminaban a su lado. Stefa quería gritar, matar a los guardias que enviaban a estos inocentes al mismo destino de su madre. Sin embargo, tales acciones eran inútiles. Con todo lo que había pasado, esta vista, más que cualquier otra, la hizo más fuerte, aprovechando la fuerza de su hermana y la creciente resistencia de Daniel y Aaron.

Sorprendentemente, Emanuel Ringelblum la visitó un día en la cocina.

Caminar a plena luz del día se había vuelto peligroso porque los nazis disparaban al azar a la gente en la calle. Incluso ella era detenida por los guardias ahora, para que presentara sus papeles y permiso de trabajo y demostrara su afiliación con una agencia de servicios; incluso había llegado a coquetear con uno de los guardias, ofreciéndole un beso en la mejilla. Ese día, cuando ya no podían verla, escupió rápidamente y se limpió los labios.

Ahora sólo tres personas trabajaban en la cocina y la sopa no era más que agua caliente con unos cuantos trozos de papa o una cáscara de zanahoria.

Su trabajo se había ralentizado debido a las deportaciones. Sabía que la cocina cerraría pronto y su seguridad se evaporaría.

Ringelblum se veía tan melancólico y desaliñado como los demás residentes del gueto. Sus zapatos estaban desgastados y los dedos de sus pies casi salían a través del cuero gastado. Su chaqueta andrajosa estaba salpicada de abrasiones y pequeños mechones de tela azul sobresalían de los hombros y las mangas. Sus ojos se notaban aún más oscuros.

Ella no tenía nada que ofrecer excepto agua caliente. Él se hundió en una silla y sacudió la cabeza.

—He venido a despedirme, en caso de que nunca nos volvamos a ver.

Stefa se sentó a su lado en la gastada mesa que había contenido innumerables tazones de sopa.

—Por favor, no diga eso.

—¿Qué más puedo decir? Nos están disparando en la calle, llevándonos a los trenes. ¿Viste lo que les pasó a los huérfanos?

Stefa asintió.

—Esa no fue una marcha de la muerte, fue una protesta organizada y sin palabras contra el asesinato. Con las cabezas en alto.

—Lloré —dijo Stefa—, porque no había nada que pudiera hacer.

—Los combatientes de la resistencia dispararon contra el comandante de la policía judía, pero el viejo traidor vivió.

—Lo sé. —Daniel se lo había dicho, pero no le había mencionado si estaba involucrado en la planificación del asesinato. Ella tenía miedo de preguntar.

—Cuatro mil ochocientos judíos fueron deportados hace apenas unos días. Nuestras vidas se cuentan en segundos, no en años, meses, días ni horas. Hemos grabado el testimonio de un sobreviviente que escapó de Treblinka. Sabemos lo que los nazis están haciendo allí. —Tamborileó con los dedos sobre la mesa—. Escondí la primera parte de mi diario a principios de agosto. No tenemos mucho más. ¿Tienes alguna salida?

—Posiblemente, pero nada es seguro todavía.

—Tu padre y tu hermano podrían escapar, simplemente desaparecer en el lado ario, pero también hay problemas ahí.

Stefa suspiró.

—Sí, los polacos nos entregarían a cambio de una recompensa; no hay lugar seguro para esconderse. Mi padre ha dicho que no nos dejará atrás.

Él tomó su mano.

—Es un hombre honorable a quien Dios favorecerá. —Hizo una pausa

—. Quiero que tu diario quede escondido con los demás. ¿Has estado escribiendo?

Ella lo miró a los ojos, y vio un fuego que se encendió dentro de ellos al mencionar esas palabras.

—Me ha resultado difícil escribir desde que mi madre desapareció.

Debe de estar muerta, pero no quiero creerlo. Cuando tomo una pluma, lloro. Me tiembla la mano y no puedo continuar.

Él apretó sus dedos.

—Escuché sobre el equipo de filmación, qué acto tan despreciable en un lugar santo. Debe de haber sido horrible. Sin embargo, trata de continuar.

Escribe con todo el coraje que puedas reunir. Tus palabras, mis palabras, deben sobrevivir. Debemos decirle a la gente lo que realmente les sucedió a los judíos de Varsovia. Si estamos vivos, vendré por tu diario cuando sea el momento adecuado. Tengo planes de irme, pero todavía no.

—Siento que el mundo nos ha abandonado, que estamos solos en una isla sin comida ni agua, rodeados de tiburones.

—La oscuridad del alma puede ser devastadora; los nazis han desatado su arma más cruel contra nosotros. Nos han quitado la esperanza…, nuestra luz. —Se levantó de la mesa—. Por favor, cuídate. Comunícate conmigo de alguna manera, o a través de tu padre, así sabré dónde estás y que estás a salvo. Ve con Dios, Stefa.

Observó cómo se marchaba, encorvado sobre los adoquines, observando las puertas y los tejados en busca de alemanes escondidos. Así vivían todos en esos días, desde que comenzó el Aktion. Después de que se fue, una de las mujeres en la cocina puso su mano sobre el hombro de Stefa.

—Vamos a cerrar hoy —le dijo—, al mediodía…; no nos queda comida… y hay pocas personas a quienes servir. Hemos sido bendecidos hasta ahora, pero ahora debemos cuidarnos.

Stefa abrazó a la mujer.

—Entiendo. —Lloraron juntas y sus delgados cuerpos temblaban como cascabeles uno contra el otro.

El desván era sofocante durante el verano. Hanna tenía la sensación de estar durmiendo sobre toallas mojadas, y mantenía el panel del techo abierto en esas noches cálidas, que le ofrecía el único alivio refrescante cuando una brisa circulaba por la granja. Quería dormir en el granero, pero Eryk y Julia dijeron que no era seguro, en caso de que los alemanes hicieran una inspección sorpresa.

Durante esas noches de insomnio, varias imágenes vívidas llenaban su mente: vadeando las orillas del Vístula, con los pies hundidos en el barro, tenía visiones de su madre y de su padre en el balcón del antiguo departamento de Krochmalna. Cuando se movía, sus pies se sentían como si estuvieran atrapados en concreto. Se despertaba ansiosa y cansada, incapaz de llegar a sus padres.

Después de su encuentro con Janka y la desagradable experiencia con Karol, durmió en un hotel antes de regresar con los Rybak a la mañana siguiente. En las afueras de la ciudad, un granjero la había llevado en su carreta tirada por caballos. Cuando el camino lateral viró hacia el oeste, hacia la granja, caminó el resto del trayecto mientras el carro continuaba. El polaco marchito y endurecido por años en el campo había rechazado su oferta de dinero. Hanna, además de todo su agradecimiento, estaba dispuesta a ofrecerle monedas reales, y no las falsas que traía consigo.

Durante varias semanas siguió monitoreando las actividades nazis alrededor de Leoncin, pero había poco que informar. El verdadero problema estaba en Varsovia y el gueto. No podía ir a la ciudad todos los días: la creciente presencia de tropas alemanas lo hacía más arriesgado que nunca.

El primer lanzamiento desde su llegada ocurrió poco después de la medianoche del 17 de septiembre, bajo un cielo parcialmente nublado y una luna creciente. Ella había vigilado la hoguera para el avión. La entrega había sido impecable, y ella y Eryk habían descargado los contenedores y luego los habían quemado. Incluyeron otra botella de tinte de cabello, lo cual era necesario, porque se le estaba acabando el suministro. También enviaron más zlotys falsificados, ropa de invierno y un mensaje codificado de Rita Wright, felicitándola por un trabajo bien hecho y ofreciendo sus condolencias por la muerte de Dolores. No se hizo mención del mensaje de Hanna a «Romeo». Siguiendo las instrucciones de Rita, Hanna leyó la nota, la arrojó al fuego y vio cómo se enroscaba sobre las llamas.

Rescatar a su familia pesaba en su mente, mientras Polonia se deslizaba hacia el otoño. Un plan viable presentaba una serie de dificultades. Estaba el tema de los documentos. No podía pedirle a la SOE que los falsificaran para su padre y sus hermanos sin avisar a la organización que estaba trabajando para sacarlos de Varsovia. Rita rechazaría esa idea y la consideraría una violación directa de sus órdenes. Se suponía que el

personal militar aliado, los pilotos y los soldados eran su prioridad, en caso de necesitar ayuda. También estaba la cuestión de qué fotos podría usar su familia. Los documentos de identificación sin fotografías darían lugar a sospechas inmediatas y, muy probablemente, a su arresto. Una imagen sencilla pegada en la página sería un aviso obvio. Los hombres polacos de Briggens House eran falsificadores además de combatientes, pero recurrir a ellos violaría sus órdenes y podría dar lugar a un informe desagradable para su jefe.

¿Cómo sacaría a su familia? ¿Cuál era el modo más seguro de viajar?

¿A dónde irían? Tantas preguntas que necesitaban respuesta. Lentamente ideó un plan. Se necesitaría la ayuda de Janka. La próxima vez que Eryk viajara a Varsovia, regresaría al departamento de su nueva amiga, durante el día, cuando, con algo de suerte, Karol no estuviera en casa.

Todos los días, especialmente después de las transmisiones en la casa abandonada, se preguntaba si su familia aún estaría viva. A veces, la tensión se apoderaba de ella como un tornillo de banco y no la soltaba. Cuando era demasiado, vagaba por los campos circundantes, ahora teñidos de marrón por la primera helada, y pensaba en Phillip. En su mente, él estaba con ella, tomándola de la mano y besando su mejilla. Por un breve tiempo, esos pensamientos íntimos le levantaron el ánimo.

Convenció a Eryk para que la llevara a Varsovia un día nublado de octubre, conduciendo lo más lejos que pudieran sin despertar sospechas. Ataviada con su ropa nueva, más que nunca, lucía como una alemana bien vestida.

Después de un enérgico « Guten Tag», pasó junto a los soldados —que estaban más interesados en su apariencia que en sus documentos de identificación— y llegó al departamento de Janka.

No tenía idea de si Janka estaba en casa, pero había que arriesgarse, llena de incertidumbre, ya que tenía el tiempo en su contra. Subió las escaleras con vigor y llamó a la puerta.

Janka no ofreció resistencia. La mujer, con su vestido sencillo y sus zapatos sucios, parecía a punto de renunciar a la vida. Hanna sospechó que tendría que usar todos sus poderes de persuasión para involucrarla en el

plan, que requeriría su compromiso total. Si cometían algún error, todos estarían condenados.

—¿Su esposo está en el trabajo? —preguntó Hanna, y se sentó en la pequeña mesa.

Janka la estudió con ojos tristes, bordeados de rojo, como si hubiera estado llorando esa mañana.

—¿Qué le ha hecho?

—Greta Baur —respondió Janka solemnemente—. Se supone que no debo verla. Karol me golpeará si la encuentra aquí, tal vez incluso me mate.

—Se llevó a los labios una taza fría de café aguado y tomó un sorbo—. Salí corriendo de la casa después de que usted se fue y fui a la iglesia donde nos casamos. Recé para que a mi esposo se lo llevara el licor o la muerte. Nunca he deseado la muerte de una persona… Sin embargo, cuando lo vi en el sofá, inmóvil… —Cogió un pañuelo de su regazo y se sonó la nariz—. Se había desmayado cuando llegué a casa. Todavía temía por mi vida. Me fui a la cama y, poco tiempo después, cuando él despertó, vino a la habitación y se durmió. A la mañana siguiente, fue como si nada hubiera pasado. Se bañó, se vistió y se fue a trabajar, casi sin hablarme…, pero ahora sé que es capaz de asesinar.

Hanna se inclinó sobre la mesa y tomó la delgada muñeca de Janka. La carne que la rodeaba estaba suelta, como la de una mujer mucho mayor.

—Tengo un plan —dijo Hanna—, pero necesito su ayuda y su determinación inquebrantable para llevarlo a cabo.

Janka agachó la mirada hacia la mesa gastada y manchada, pero asintió.

—Se está poniendo en peligro extremo, como yo —continuó Hanna—.

Voy en contra de mis órdenes, pero no puedo dejar que mi familia muera.

Lo supe desde la primera vez que conocí a mis superiores en Londres, incluso cuando me estaba preparando para esta tarea. Todavía estoy haciendo mi trabajo y, una vez que mi familia esté a salvo, volveré a mis deberes. He tomado esa decisión.

—¿Qué quiere que haga?

—Déjeme explicar. ¿Tiene más café frío?

—Media olla en la estufa —dijo Janka—. Déjame calentarlo. —Se levantó de la mesa y Hanna la estudió. Los movimientos de Janka eran lentos, metódicos, como si la hubieran drogado; su estado general

preocupaba a Hanna. Era tan diferente a Dolores, una agente llena de energía y compromiso hasta el final de su vida. Janka encendió el quemador y volvió a la mesa.

—¿Está bien? —preguntó Hanna.

Janka exhaló, un suspiro nacido del agotamiento y la derrota.

—Estoy tan cansada y no veo salida…, para mí o para los judíos. ¿Sabía que su hermana me llamó una chica de la guerra?

Hanna reprimió una risa y se recostó en el respaldo de la silla.

—Mi jefa me llamó así y el nombre se me quedó. Creo que es un buen ejemplo.

Fue el turno de Janka de reír.

—Siento que he fracasado en la vida, en mi matrimonio, en mi fe, en mi capacidad para ayudar a una familia que ha sido amable conmigo.

—Tal vez mi plan le levante el ánimo.

La cafetera siseó. Janka apagó la estufa y regresó con una taza. Hanna sopló el vapor y el leve olor del brebaje diluido llegó a sus fosas nasales. De todos modos, la bebida la animó bajo el cielo nublado y los confines turbios del departamento.

—Aún debo descifrar gran parte de eso —continuó Hanna—, pero mantenga la mente abierta. —Apoyó los brazos sobre la mesa y se inclinó hacia Janka—. Tenemos que sacar a mi familia. Creo que la mejor manera es sobornar a un policía, tiene que ser polaco, un guardia nazi sería más difícil de convencer y probablemente me entregaría a cambio de una recompensa.

—¿Qué hay del novio de tu hermana?

Hanna la miró fijamente.

—¿Qué novio?

—Daniel; es un policía del gueto…, o al menos lo era cuando lo conocí.

«Otra posible llave inglesa atorando el mecanismo», pensó; era una frase que su tío usaba a menudo.

—No sabía que mi hermana tenía novio.

Janka tamborileó los dedos contra la taza.

—Entonces, ¿sobornar a un policía polaco para que podamos sacarlos por la puerta? Cuando visité el gueto, el guardia alemán se veía más relajado que el policía polaco.

—¿Ha estado en el gueto? Eso es aún mejor. ¿Cómo lo hizo?

Hablaron durante la siguiente hora; Janka le explicó cómo entró en el gueto y Hanna reveló los conceptos básicos de su plan. Janka escuchó atentamente, asintiendo en la mayoría de los puntos y ofreciendo sus propias sugerencias. Cuando terminó su tiempo, acordaron que el esquema era el mejor que tenían, pero aún requeriría varias semanas de planificación antes de que pudiera llevarse a cabo.

—Debemos fijar una fecha, y dos o tres más, en caso de que no funcione

—dijo Hanna.

—Hay tanto que hacer —agregó Janka—, pero podría funcionar. —Una chispa de vida brilló en sus ojos, junto con una leve sonrisa.

—Eso es lo que quería ver —dijo Hanna, levantándose de su silla—. Ya me he tomado demasiado tiempo y no quiero otro encuentro desafortunado con su esposo.

Janka llevó a Hanna a la puerta, pero luego se detuvo, con la mano apoyada en el pomo.

—Tengo una pregunta que no hemos considerado.

—¿Sí?

—¿Qué hay de mí?

Al principio, Hanna no estaba segura de a qué se refería, pero luego se dio cuenta. Janka tenía razón, había otro punto en el que no había pensado.

La mujer buscaba una respuesta específica: cómo deshacerse de Karol.

—¿Quiere dejar a su marido?

Su respuesta fue inmediata.

—No quiero quedarme aquí. Quiero desaparecer.

Ella abrazó a Janka, conmovida por un alma buena que había sido maltratada y, ahora, ofrecía su vida, con gran riesgo, por una familia judía.

—Se nos ocurrirá algo.

Hanna descendió las escaleras. «Por eso Rita no quería que me involucrara con mi familia. Ahora tengo cuatro vidas en mis manos, además de la mía. Mi madre siempre decía: “Tu padre sabrá qué hacer”. Ahora tengo que ser más astuta que Rita, mi padre y el esposo de Janka».

Salió al aire fresco, contenta de estar fuera del departamento. A poca distancia de Krochmalna, dos guardias alemanes estaban parados en una

intersección. «¡Confianza! La confianza y un buen plan nos sacarán adelante». Pensando en alemán, caminó hacia los hombres.

—Guarda silencio y escucha —le advirtió Daniel.

Stefa ladeó la cabeza, escuchando mientras el silencio se apoderaba del ático.

—Es sólo un perro aullando. —La temperatura exterior estaba cerca del punto de congelación, pero proporcionaba un bendito alivio para el trabajo que estaban realizando en el espacio mohoso. El viento golpeaba contra el techo.

—Exactamente —dijo Daniel—. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que escuchaste a un perro? Escucha…

El horrible sonido le desgarró el corazón. El grito que se elevaba y bajaba no era el de un animal adolorido, sino el de uno perdido para el mundo, como si fuera el único de su especie que quedaba en la Tierra: un lúgubre grito de pérdida que atravesó su cuerpo y su alma. Entonces, el sonido agudo pero lejano del silbato de un tren llegó a sus oídos, recordándole la pérdida de su madre, los padres de Daniel y, como acababan de enterarse por un policía judío, de la señora Rosewicz, que había sido secuestrada en la calle Pawia.

Daniel inclinó la cabeza y miró hacia otro lado, como si luchara contra las lágrimas.

—El perro se está muriendo…; como nosotros lo estamos haciendo: solos. —Se desplomó contra la línea del techo inclinado—. Lo siento. Estoy tan cansado de aguantar.

—Terminemos por hoy —dijo ella, tratando de calmarlo—. Es tarde.

—Este tablón tiene que caber entre los dos áticos para que podamos conectarlos. Tenemos que asegurarnos de que los nazis no puedan verlo.

—¿Eso es todo? —preguntó Stefa, tratando de hacerlo sonreír. Se volteó. Como todos los demás en el gueto, a excepción de los pocos que se inclinaban ante los alemanes, Daniel había adelgazado más, tenía los ojos más oscuros, el cabello negro más espeso y tupido que nunca. Había poco tiempo para acicalarse estos días. Incluso ella había dejado el bote de crema facial en el antiguo departamento del gueto cuando lo abandonaron.

Después de que los alemanes facilitaran las deportaciones por razones desconocidas, la familia se mudó a una habitación grande en la parte superior de un edificio de tres pisos en el extremo oeste de la calle Miła.

Aparentemente, los inquilinos anteriores habían encontrado su destino en la Umschlagplatz. Izreal y Aaron todavía trabajaban y tenían que mostrar sus permisos todos los días. Stefa y Daniel habían escapado de los dos trenes diarios a Treblinka, evadiendo a los alemanes, manteniéndose un paso por delante y ocultándose con éxito con otros miembros en la clandestinidad.

Vivían como topos, manteniéndose lo más apartados posible, escondiéndose para escapar de la detección.

El área original de 3.4 kilómetros cuadrados del gueto se había reducido más de la mitad cuando los judíos fueron reasentados en el este. Los nazis habían animado a todos a mudarse a las nuevas áreas designadas mediante tácticas de mano dura y asesinatos brutales. De esa manera podrían controlar mejor a la menguante población judía. Daniel había anticipado esto y encontró un nuevo espacio, y le advirtió a la familia que llevaran sólo lo que pudieran cargar a su nuevo hogar para no despertar sospechas. Con acceso al ático y a un espacio de rastreo al aire libre semicubierto hasta el edificio de al lado, podrían evadir las incursiones nazis. Al menos eso era lo que esperaba.

Daniel le entregó la lámpara de aceite a Stefa.

—El truco es hacer que parezca que no pasa nada extraño con el edificio. —Abrió la ventana solitaria y una ráfaga de aire frío se derramó sobre ellos—. Protege la lámpara. El edificio miraba al suroeste, pero el viento del norte envolvía su esquina. El ático sin calefacción estaba tan helado como la noche.

Stefa ahuecó sus manos alrededor del globo que sostenía el preciado aceite. Daniel agarró una tabla y, alzándola, estiró su cuerpo por la ventana.

Colocó la madera hacia la casa al este y trabajó varios minutos antes de volver a entrar. Sus mejillas y nariz brillaban con un tono carmesí por el frío.

—Gracias a Dios, este edificio tiene cornisa y alero. De lo contrario, no podríamos salir de este ático. Eso es suficiente por esta noche. Lo probaré mañana.

—¿Estás seguro de que es lo suficientemente resistente como para sostenernos?

—Habrá que gatear, no podemos ponernos de pie. El único que me preocupa es tu padre. Si te resbalas por el alero, es una larga caída hasta la calle.

Ante la mención de su padre, el estado de ánimo de Stefa cambió a la desesperación. Había estado preocupada por su comportamiento reciente desde que se llevaron a Perla. Todos sabían lo que estaba pasando en Treblinka. Sólo aquellos que tuvieron la suerte de escapar, que regresaron al gueto porque era el único lugar que conocían, vivieron para relatar los asesinatos y los gaseamientos que tuvieron lugar a los pocos minutos de bajarse del tren. Izreal se había vuelto más callado a medida que pasaban los meses. Hablaba poco, no tenía interés en el sabbat ni en la ceremonia y no ofrecía ayuda ni consejo a nadie. Se vestía para el trabajo y luego regresaba a casa, día tras día. Stefa estaba segura de que había perdido las ganas de vivir.

El nuevo departamento tampoco ayudaba. Había sido despojado de casi todo. Lo único que quedaba era inútil. Una chimenea calentaba la habitación. Tenían que cocinar en ollas colocadas en el fuego, si podían encontrar suficiente combustible. Vivían de los desechos que Aaron lograba sacar de contrabando del Palais, e incluso esos estaban escaseando a medida que los nazis presionaban al propietario polaco para que se deshiciera de sus judíos.

Dos ventanas daban a la calle Miła, y una buena cantidad de sol se filtraba a través de ellas en los días sin nubes. Sin embargo, Daniel había elegido el departamento por sus posibilidades, no por su luz o su diseño interior. Una pequeña escalera plegable, que estaba unida a un panel del techo, conectaba el ático con la habitación principal. A través de la única ventana del ático, uno podía arrastrarse una corta distancia por los aleros y emerger al ático de al lado entrando por una ventana sin llave. Y si uno lograba bajar las escaleras de ese edificio, lo esperaba un búnker secreto en construcción. Daniel había descubierto todo esto gracias a sus contactos en la Organización de Combate Judía, la ŻOB.

Tan pronto como abandonaron su departamento anterior del gueto, la ŻOB había sacado las municiones del escondite del patio. Nada de eso se

había usado. Todas las armas se habían transferido de manera segura a otros sitios, con sólo una víctima: un miembro valiente que los alemanes mataron a tiros cuando lo atraparon con un alijo de pistolas.

Stefa esperaba que la promesa que Hanna le había hecho a su padre se cumpliera, pero cada día era como un reloj de arena, cayendo en una catarata hacia la perdición. Las deportaciones habían disminuido, pero la violencia aleatoria y los asesinatos no. Nadie estaba a salvo.

—Escucha —le indicó Daniel de nuevo—, apaga la lámpara.

Stefa giró el botón del quemador y la llama se apagó, sumergiendo el ático en la oscuridad.

Súplicas en polaco. Órdenes en alemán. Pasos apresurados. Una andanada de tiros entrecortados.

Silencio, después de los gritos.

Se acercaron el uno al otro, Stefa apenas podía respirar debido al pánico que se apoderaba de ella como una parálisis.

Daniel hizo un gesto hacia la ventana y la abrió lentamente con un ligero crujido.

Los pasos que habían escuchado en la calle subían las escaleras y pronto estarían en el departamento. Afortunadamente, su padre y su hermano estaban en el trabajo. Había tan poco en la habitación que los alemanes podrían suponer que nadie vivía allí. Habían estado durmiendo en el piso, cubiertos solo por delgadas mantas y usando ropa enrollada como almohadas. El hogar estaba frío. Sólo encendían un fuego antes de acostarse para no morir congelados.

Nadie llamó. Los nazis abrieron la puerta y entraron; sus pesadas botas resonaban en la habitación.

«Dios, por favor, no dejes que miren al techo». Stefa rezó, juntando las manos. Daniel, en cambio, visible sólo por la luz pálida que se filtraba a través de la ventana, parecía tranquilo; su rostro era severo e imperturbable por el miedo. Se preguntó si él estaba tan nervioso por dentro como ella.

Los hombres caminaron y se detuvieron. Los alemanes no tenían cómodas ni armarios para hurgar, ni mesas ni sillas que volcar, por lo que la inspección fue tranquila, sin encono. Quizá creían que las pocas pertenencias que quedaban en la habitación pertenecían a gente que ya había sido enviada a la Umschlagplatz. Izreal había escondido la plata de la

familia, el dinero del escondite del hueco de la escalera, la menorá y sus cuchillos debajo de una tabla del suelo.

Un oficial alemán gritó desde la calle. Los hombres salieron de la habitación y descendieron las escaleras. Stefa y Daniel se sentaron durante media hora, escuchando y esperando a que regresaran los soldados. Pero no lo hicieron.

Cuando por fin pudieron respirar un poco más tranquilos, Daniel cerró la ventana y se arrastró en la oscuridad hacia la escalera.

—Se fueron, por ahora —dijo.

—Volverán —respondió Stefa—. ¿Cómo podemos seguir así?

—Al menos tenemos un plan de escape, junto con otros como nosotros, trabajando para salvar nuestras vidas.

Ella había conocido a esos otros varias noches atrás, cuando Daniel la había invitado a reuniones clandestinas. Estaba Mordechai, que parecía tener el control del grupo, un apuesto joven con ojos inquisitivos muy separados, labios sensuales y una cabellera negra tan rica y espesa como la de Daniel; una joven conocida como Sarenka, de pómulos altos y pestañas finas sobre ojos oscuros, que también parecía estar al mando; Moshe, Antek y otros cuyos nombres no recordaba. Los nombres no eran importantes, la causa, el deseo de vivir y la voluntad de resistir alimentaban su fervor.

Sarenka le había declarado de manera desafiante al grupo: «No iremos como ovejas al matadero». Stefa se había animado por sus palabras, pero se estremeció ante el significado detrás de ellas. Todos querían creer que había una salida, que los Aliados vendrían a rescatarlos, pero a finales de 1942, la guerra llevaba más de tres años, y había pocos indicios de que Hitler abandonaría su búsqueda del poder o su plan para exterminar a los judíos.

Daniel pegó la oreja al panel y escuchó antes de bajar la escalera. Al no escuchar nada, descendió, pero la dejó extendida en caso de que tuvieran que usarla nuevamente. Aferrándose a la lámpara, ella lo siguió en la fría oscuridad. Daniel trataba de asegurarle que todo estaría bien, que encontrarían la manera de salir del gueto que los había atrapado.

Ella no le creía. Incluso mientras hablaba, sus palabras sonaban falsas, como si las hubiera inventado para calmarla. Cuando lo miraba a la luz del día, cuando podía ver a sus ojos y observar realmente dentro de su alma, descubría más que una lucha por sobrevivir. El fuego de la venganza ardía

profundamente dentro de él, al igual que la voluntad de vivir. Daniel buscaba combatientes que se vengaran y salvaran vidas a la vez.

Los pasos volvieron a sonar en las escaleras, pero el primero de ellos era fatigoso, seguido de uno más ligero. Stefa los reconoció: pertenecían a su padre y a su hermano. Daniel encendió la lámpara cuando llegaron a la puerta.

Izreal quedó bañado en la luz amarilla parpadeante, con Aaron detrás de él.

Algo andaba mal, y Stefa lo sabía por la expresión de dolor de su padre, que últimamente se mostraba plácida hasta la locura.

Aaron dio un paso alrededor de él y, suspirando, se hundió en el suelo cerca de ellos.

—Nos despidieron, y nos dijeron que nunca volvamos al Palais.

Stefa miró fijamente a su hermano. Sabía muy bien las consecuencias de su despido: no más migajas, dos cuerpos más para esconder de los nazis.

—Después de todos mis años de servicio, me dijeron que los alemanes no quieren que los judíos toquen su comida —dijo Izreal. Entró sigilosamente en la habitación y se acomodó cerca de su manta.

A Stefa se le ocurrió una idea mientras trataba de ver algo bueno en la situación.

—Padre, ahora tú y Aaron pueden salir del gueto hacia el lado ario. Los nazis nunca notarán la diferencia porque los alemanes no te extrañarán en el restaurante. —Sabía que la oportunidad había estado ahí todo el tiempo, pero su padre regresaba a casa todos los días después del trabajo. Stefa nunca dudó que su hermano se quedaría porque tenía muchas ganas de pelear.

—Nunca los dejaría a ti y a Daniel —exclamó—. Nunca abandonaría a mi familia.

—Yo tampoco lo haría —agregó Aaron—. Me alegro de que hayas encontrado este lugar —le dijo a Daniel—. Es una bendición.

—Y una maldición —replicó Daniel—. Los nazis estuvieron aquí esta noche. Nos escondimos en el ático.

Izreal contuvo el aliento y ahogó un sollozo. Stefa se deslizó junto a su padre y lo abrazó.

En el pasado, ella le habría preguntado qué hacer, qué solución se le ocurría para aliviar su dolor o liberarlos de su situación. Nunca lo había visto tan cansado, débil y derrotado.

No tenía más lágrimas y sólo podía apoyar la cabeza en su hombro y rezar para que Dios le diera la respuesta, ya fuera una forma de salir del gueto o…, no, no quería pensar en «eso».

Se preguntó si seguirían a su madre en un último viaje a Treblinka.

OceanofPDF.com