Las chicas del Gueto
Capítulo 18
Había cuatro guardias en la entrada del gueto cerca de la calle Krochmalna: dos policías azules afuera de la puerta y dos soldados alemanes adentro, con sus cascos verdes en forma de cuenco cubriéndoles la cabeza.
Janka estaba de pie bajo el sol de la mañana a una buena distancia de ellos, tratando de determinar cuál de estas autoridades sería la más amable, cuál de los cuatro podría tener más respeto por su situación. De las dos combinaciones frente a ella, una a cada lado de la puerta, ninguna parecía fácil. De la pareja de la izquierda, el policía polaco parecía el más duro, con labios delgados y una mirada oscura, como un gato al acecho. Su compatriota alemán al otro lado de la cerca, un joven con el rifle colgado del hombro derecho, charlaba y sonreía, mientras fumaba un cigarro e intentaba conversar con los inflexibles polacos. La pareja de la derecha parecía medianamente interesada en todos los que pasaban, pero nunca sonreían ni hablaban entre ellos. Decidió probar con el policía polaco de la izquierda, con la esperanza de que el joven alemán pudiera verla a través de la puerta.
Todo estaba en su lugar: la carta del doctor Josef Bühler, secretario del Estado del Gobierno General. Janka la había falsificado en un papel que dejó su asistente, Herr Mueller, después de una de sus reuniones de borrachera con Karol. Mueller cargaba documentos importantes, en un esfuerzo por impresionar a Karol, y a veces compartía planes nazis, pero a veces no. A Janka no le sorprendía que el papel membretado se hubiera caído al suelo, debajo de la mesa de café.
Había pensado en todo: sus documentos de identificación cuidadosamente doblados; el pretexto que se le había ocurrido para visitar a los Majewski. Había trazado y elaborado su plan cuidadosamente. Aun así,
tenía la boca seca y trató de controlar las ganas de huir; el peligro acechaba a unos pasos de distancia.
Habían pasado meses desde que tuvo contacto con la familia. Después de varias menciones de Herbert Mueller de la «solución final» que ocurriría pronto, sintió que era necesaria otra advertencia.
Armada de valor, respiró hondo varias veces y reunió todo su coraje. La puerta estaba a sólo diez metros de distancia. Era hora de actuar, en lugar de llamar la atención sobre sí misma.
Cuando se acercó, el policía se giró y levantó la mano para que se detuviera.
—¿Qué quieres? —Escupió las palabras en polaco; sus ojos parecían agujeros de ébano sin sentimiento.
Izreal la había llamado una mujer de la guerra. Se armó de valor para estar a la altura de esa expectativa.
—¿Cómo te atreves a hablarme en ese tono? —espetó ella, en respuesta a su pregunta. El joven alemán se giró, prestando atención al pequeño altercado fuera de la puerta.
La expresión en el rostro del polaco cayó, como si hubiera sido atacado,
¡y por una mujer! Janka se dio cuenta de que no esperaba una respuesta así.
—Estoy aquí para observar —continuó ella con fuerza—. Más te vale que me dejes entrar, a menos que desees desobedecer al doctor Bühler, el secretario de Estado del Gobierno General. Tengo una carta firmada aquí.
—La sacó de su bolsillo.
El polaco la miró con frialdad, tomó el papel y miró al alemán en busca de orientación.
—Yo me encargo de esto —dijo el joven nazi, caminando hacia la puerta. Él la abrió y le indicó que entrara.
Janka le arrebató la carta al policía y entró en el gueto.
El alemán cerró la puerta y la llevó a un lado. El aire olía diferente del otro lado del muro: apestaba a muerte y a enfermedad. Una plaga había descendido sobre la atestada prisión de Varsovia.
—La carta —indicó el guardia en alemán, mientras la tomaba de sus manos. La leyó y luego preguntó—: ¿Conoce al doctor Bühler?
«Concéntrate, Janka. Responde con seguridad en alemán».
Hablaba un alemán entrecortado, pero el guardia agradeció su esfuerzo.
—Mi esposo y yo conocemos a Herbert Mueller, su asistente. Herr Mueller ha estado en nuestra casa varias veces. La solicitud vino del secretario de Estado, a través de él.
—Sus documentos de identificación y bolso para inspección.
—Por supuesto. —Abrió su bolso y le entregó ambos.
Él los revisó antes de decir:
—Bienvenida, señora Danek. No habrá nadie que la escolte; debe regresar a esta puerta cuando se vaya.
—No tardaré mucho —respondió ella, recuperando su bolso—. Sólo hago esto por insistencia del secretario. Estoy ansiosa por salir de este apestoso muladar.
Los ojos del guardia se iluminaron.
—Tiene suerte de poder irse. Mi puesto está aquí.
—Lo siento. —Se dio la vuelta para irse, pero el hombre la detuvo con otra pregunta.
—Dígame una vez más, ¿cuál es el propósito de su visita?
Dio un paso adelante, mostrando algo de exasperación por su pregunta y habló en polaco. El policía se acercó a la puerta para poder oír.
—¿Entiendes polaco?
—Un poco.
—Todo está claramente escrito. No puedo decir más, debo juzgar la actitud de los judíos en el gueto para ayudar al secretario a comprender qué tan rápido se pueden implementar los planes.
El joven alemán asintió, como si entendiera lo que Janka estaba insinuando, aunque ella misma no lo supiera.
—Sí. Los planes… que están por implementarse. ¿Por qué no vinieron el secretario de Estado o Herr Mueller?
Janka se pellizcó la nariz.
—¿A este lugar? Les estoy haciendo un favor. No tienen ningún deseo de entrar en este infierno. —Ella sacudió la cabeza con disgusto—. Me bañaré tan pronto como llegue a casa.
Ella lo dejó atrás, cerró los ojos por un segundo y exhaló. Se sentía agotada, pero había logrado pasar la puerta. Ahora, sólo tenía que encontrar el departamento de Krochmalna cuyo número había memorizado antes de quemar la nota de Izreal.
Janka se aseguró de estar bien alejada de la puerta antes de girar hacia el sur, hacia el tramo cortado de Krochmalna. Todo parecía tan normal a primera vista: los tranvías corriendo por las vías, los rickshaws que transportaban a los que podían pagar, las calles llenas de gente. Pero una inspección más cercana reveló una estrella de David en el carrito: sólo para judíos. Había un lamentable café callejero instalado por una mujer pobre que usaba una pequeña mesa de madera para servir a sus clientes; un niño que vendía brazaletes judíos y periódicos del gueto; un mendigo vestido con harapos, esperando una limosna; los rostros hundidos de las personas que caminaban por las calles con ropa desgastada. Había algunas excepciones: hombres y mujeres vestidos con mejores atuendos.
Pronto estuvo de pie frente al monótono edificio de departamentos. Los escalones de piedra desmoronados necesitaban ser reparados, y la puerta principal no estaba cerrada con llave; incluso, parecía como si hubieran forzado la cerradura; la madera alrededor, expuesta y blanca. Las pocas ventanas que no estaban rotas, o cubiertas con madera, estaban ennegrecidas por la mugre. Antes de la guerra, ningún polaco que se preciara de serlo habría dejado que un edificio cayera en ese estado.
El olor rancio y execrable del pasillo casi la derribó. Se tapó la nariz con un pañuelo para no tener arcadas. La puerta del departamento a su izquierda colgaba en un ángulo extraño de sus bisagras. Ella miró dentro. La habitación estaba en desorden: la cama inclinada contra una pared, fragmentos de vidrio y platos rotos esparcidos por el suelo. Claramente, algo horrible había sucedido. Janka esperaba que los Majewski no hubieran vivido en ese sitio.
Subió las escaleras hasta el siguiente rellano y llamó a la puerta con la sensación de que no había nadie en casa. Sin embargo, el silencio podía ser engañoso durante la guerra.
Después de un segundo golpe, escuchó la voz de una mujer, baja y suave.
—¿Quién es?
—Janka Danek.
La puerta se abrió con un crujido, y un par de ojos hundidos se asomaron por el borde.
—¿Stefa?
La mujer tartamudeó y retrocedió para dejar entrar a Janka. Si alguien le hubiera contado cómo vivía la familia, le habría resultado difícil de creer: colchones en el piso; una tina para lavar ropa y platos; una estufa destartalada que se usaba para cocinar y calentarse; ventanas manchadas de mugre que daban al maltratado extremo de Krochmalna; maletas y ropa esparcidas por el suelo.
Janka lanzó sus brazos alrededor de Stefa, gritando de alivio, pero también de lástima por su condición. Su amiga había adelgazado considerablemente, tenía el rostro demacrado y pálido, y las mejillas hundidas como cuencos. Stefa llevaba un vestido azul desteñido que estaba hecho jirones en el dobladillo y las mangas por las muchas lavadas a mano.
Sus zapatos de cuero negro se habían vuelto grises y estaban a punto de perder las suelas.
Un hombre joven, que mostraba un semblante similar, estaba de pie con su uniforme de policía judío y su bastón listo en la mano derecha. Una anciana encorvada estaba acurrucada en una silla cerca de la estufa. Tenía que ser Perla; ella era la más cambiada. El cabello de la mujer estaba gris, ralo y colgaba en mechones lacios de su pañuelo. Tenía los ojos tan oscuros como el carbón.
—Es bueno verla —dijo Stefa—. Esta es nuestra amiga, la señora Danek
—le dijo a Daniel, quien bajó el único instrumento de fuerza que podía llevar.
—Nos tomó por sorpresa —expresó Daniel.
Perla levantó la vista con una débil sonrisa.
—Siéntate, amiga mía.
—Claro. —Janka se sentó en la silla frente a Perla.
Stefa y Daniel se sentaron en el colchón, mirándola expectantes. ¿Cómo podría darles la noticia de una solución final? Eran meras especulaciones.
Sin embargo, los pronunciamientos embriagados de Herr Mueller y la ansiosa servidumbre de su esposo parecían razón más que suficiente para expresar sus temores.
Al principio, hablaron de las preguntas que surgieron inmediatamente:
¿Cómo pasó Janka por la reja? ¿Quién era el policía judío que vivía en sus habitaciones? ¿Cómo estaban sobreviviendo, especialmente porque la falta
de alimentos ahora afectaba a todas las clases sociales? Janka se levantó y se paró frente a Stefa y Daniel.
—No quiero preocupar a tu madre —susurró—. ¿Cómo están tu padre y tu hermano?
—Nos preocupan —respondió Stefa en voz baja—. Todavía trabajan en el Palais, pero casi ningún judío o polaco come allí estos días. El restaurante subsiste con lo que gastan los nazis. Creemos que, si hay problemas, cerrará.
—Lo siento —exclamó Janka.
—Mis padres trabajan en las fábricas alemanas —dijo Daniel—. Yo trabajo para la Policía del Gueto Judío, pero he llegado a odiarlo. Hay tanta brutalidad.
—Daniel se niega a ser cruel —agregó Stefa.
Janka suspiró, se sentó frente a ellos y luego miró por encima del hombro a Perla. La mujer estaba sentada mirando al techo, meciendo su cuerpo en la silla fija.
—¿Qué se puede hacer por ella?
—Pierde un poco más de sí misma cada día —dijo Stefa—. Nos comunicamos con ella tanto como podemos, pero, a menudo, está alejada de nosotros.
—Tengo noticias inquietantes —musitó Janka—. No entren en pánico, pero he escuchado, de una autoridad dentro del Gobierno General, que pronto se tomarán medidas.
—¿Qué medidas? ¿Cuándo? —preguntó Daniel.
—Si supiera, te lo diría, pero prepárense tanto como puedan.
—¿Qué has oído? —preguntó Stefa.
Janka negó con la cabeza.
—El Reich está buscando una solución final para los judíos y Polonia será una de las primeras naciones en presenciarlo.
Los ojos de Stefa se agrandaron.
—¿Que significa eso?
Daniel, cada vez más furioso, habló demasiado alto.
—Sé lo que significa: quieren matarnos…, borrarnos de la faz de la Tierra.
—Silencio —exclamó Stefa—. Mi mamá no debería escuchar esas cosas.
—Podría suceder en cualquier momento —continuó Janka, mirando a Stefa—. ¿Has tenido noticias de tu hermana?
—No desde hace meses.
—Por favor, dale mi dirección si alguna vez regresa. Tal vez, juntas, podamos ayudarlos a salir. Si tuviera más amigos y recursos…
—No se culpe —dijo Stefa, sacudiendo la cabeza—. Ha sido buena con nosotros. No sé si volveré a ver a mi hermana. Espero que sea feliz en Londres.
—No puedo quedarme más tiempo, o sospecharán —comentó Janka, mirando su reloj—. Dios los bendiga. Por favor, cuídense. —Después de despedirse de ellos, salió del departamento. Los Majewski estaban vivos, pero vivían como ratas. Si tan sólo tuviera más que ofrecer. Ella no tenía ni el dinero ni las conexiones para ayudarlos. Karol y sus amigos nazis eran como pesas sobre su cuerpo, mientras luchaba por nadar en un lago fétido.
Su esposo siempre la estaba observando, aunque su juicio por lo general se veía afectado por el alcohol. A veces eso lo hacía más peligroso que un hombre sobrio. Cuando la bebida hablaba por él, sospechaba de ella y la acusaba.
El joven alemán todavía estaba en la puerta, aunque, debido a una rotación operativa, se había movido al extremo opuesto. Ella hizo lo que le ordenó y caminó hacia él.
—¿Puedo ver su bolso de nuevo? —Extendió la mano.
—Por supuesto —respondió ella.
—¿Encontró lo que buscaba? —Él tomó su bolso.
—Los judíos están listos.
Asintiendo, lo inspeccionó y luego se lo devolvió.
—Creo que sí.
Abrió la puerta, y caminó tranquilamente, junto al malhumorado policía polaco, hacia las calles arias donde, a pesar de la miseria general a causa de la ocupación, la vida se sentía diferente. Incluso el pequeño sabor de la libertad al otro lado de la pared le permitió relajarse mientras caminaba; pudo respirar mejor.
Pasó por su departamento y siguió hasta la iglesia donde ofreció una oración: «Cambia el corazón de mi esposo y ayúdame a descubrir una manera de ayudar a mis amigos». Sentada en los fríos confines de la nave, no estaba segura de si Dios le concedería alguna de las dos peticiones.
Hanna iba por un camino lleno de surcos y marcas causadas por los tanques y las tropas alemanas. Notó que el campo se había fusionado con lo que quedaba de Varsovia y cómo el vibrante rugido del comercio parecía silenciado, tanto que durante los veinte minutos de su caminata sólo escuchó el silbato de un tren solitario.
Al llegar a las afueras de la ciudad, pasó junto a algunos centinelas armados. Le dieron una mirada y uno de ellos le silbó. Para apaciguarlo, ella sonrió y siguió caminando. Ninguno pidió sus papeles. ¿Acaso esta entrada a Varsovia era menos transitada y, por lo tanto, menos sujeta al escrutinio nazi? Por supuesto, uno nunca podría contar con accidentes tan afortunados. La próxima vez, el camino podría estar bloqueado por un puesto de control fuertemente vigilado. Sus entrenadores de SOE le habían dicho que era una buena idea cambiar de ruta.
Cerca de un cementerio, encontró un tranvía en funcionamiento y pagó la tarifa con dinero falso. Viajó hacia el este y luego, después de la transferencia, continuó hacia el norte, hacia Krochmalna.
A pesar de las advertencias de Julia y de su propia sensación de cómo se veía la devastación, nada la preparó para la vista desde la sucia ventana del tranvía. Bloques enteros convertidos en escombros después de una invasión, que había ocurrido casi tres años atrás. Tanto el olor a madera quemada y a petróleo, asqueroso como el polvo de los restos, permanecían en el aire. Por cada cuadra destruida, había otra cercana que había escapado a la destrucción, aunque no lucía tan brillante como recordaba. Todo parecía estar cubierto por una película de suciedad, como si el mundo estuviera fuera de foco, borroso bajo la sombría luz del sol.
Los guardias nazis ocupaban la mayoría de las esquinas de las calles; algunos parecían aburridos, otros tal vez molestos porque su deber los había llevado a una ciudad destruida con poca o nada de acción. Hanna tomaba notas mentales para su informe a la SOE. Vio tanques y otros equipos
militares pesados en las calles principales, pero no tantos como había imaginado. Los polacos se dedicaban a sus asuntos normales. Muchas tiendas estaban cerradas. Ver los horribles símbolos y eslóganes por primera vez, en una tienda judía, la conmocionó: la pintura blanca ahora se desvanecía, los carteles se despegaban del vidrio, condenando al dueño y a quienes la frecuentaban. Todos deambulaban bajo la atenta mirada de los guardias, las SS o la sigilosa Gestapo. Varsovia, ahora una ciudad sometida, había sido aplastada por los nazis.
Mostrar emoción por lo que veía sería un error. Sabía que ningún nacionalsocialista endurecido debería verse conmocionado por la fuerza destructiva de la Wehrmacht; debería estar acostumbrada a tales espectáculos. «Mézclate en la ciudad, en la vida de Varsovia tal como es.
Nadie debe verte llorar».
El tranvía pasó cerca del Palais. Hanna alcanzó a verlo, pero se sintió congelada, incapaz de reconciliar sus deberes con la SOE con la preocupación por su familia. Tal vez alguien la reconocería. Una reunión inesperada podría ser demasiado para su padre. También existía la posibilidad de que él la reconociera y la ignorara. No estaba lista para enfrentar el aguijón de su rechazo, de nuevo.
Se bajó del tranvía unas paradas más adelante, cerca del límite sur del gueto. La pared era claramente visible a través del vidrio frontal. Su estómago se contrajo mientras caminaba cerca del muro; era imponente, con alambre de púas y vidrios rotos en la parte superior. Las puertas estaban bien protegidas por la policía polaca y los guardias nazis. Luego, vio el puente y la fila serpenteante de personas que iban en ambas direcciones, de una sección del gueto a la otra; el movimiento era anónimo, sus posturas desplomadas, un signo palpable de dolor, como si una interminable procesión fúnebre se llevara a cabo para divertir a los nazis.
Sus padres, su hermano y su hermana, la anciana señora Rosewicz estaban detrás de ese muro, tal vez en la corriente de peatones del puente.
Luchó contra un creciente malestar estomacal.
Una ráfaga de frío se apoderó de ella, acompañada de una oleada de náuseas que golpeó su estómago. Se detuvo bajo la sombra de un roble medio demolido. ¡Hasta los árboles habían desaparecido! Las fuentes
estaban secas también. Si pudiera aplastar la ciudad en su mano, se desmoronaría en polvo por su fragilidad.
El vidrio a lo largo de la parte superior de la pared brillaba, como si se burlara de la belleza. ¿Por qué seguir? Había visto todo lo que necesitaba de la fortaleza impenetrable. La muerte residía allí, mientras la vida se refugiaba del otro lado.
Se giró hacia Krochmalna; de nuevo, el dolor de las tiendas cerradas y la burla del lado ario se apoderaron de ella. Los peatones avanzaban: un hombre esquivó un coche en la calle y una mujer bordeó un carro tirado por caballos al pasar.
Pronto, llegó cerca del departamento donde creció. Fingiendo tener problemas con su zapato, se detuvo sobre los escombros de una vivienda cercana. El viejo edificio se veía igual, pero más gastado por el clima y más monótono de lo que recordaba. La amiga que estaba buscando era una vecina, pero no tenía idea de dónde podría vivir esta persona. Supuso que esta conocida era joven, probablemente una mujer que Stefa conocía. Sus padres no eran mucho de hacer amigos y Aaron era demasiado joven en el momento de la invasión para conocer a alguien que pudiera ayudarlos.
Cruzó la calle, mirando casualmente hacia arriba, fijándose en la fachada. El balcón que su hermano amaba todavía estaba allí. El departamento era demasiado alto para mirar por las ventanas, pero habían cambiado las cortinas: rojas, mucho más decorativas y caras que las sencillas cortinas que tenía su madre.
Después de cruzar otra vez, caminó hacia la puerta. La mezuzá se había ido y los nombres en la placa de dirección eran alemanes. Alguien llamado Schiller ahora vivía en su antigua casa.
Ella miró su reloj. Se le acababa el tiempo. Caminar de regreso al punto de entrega le llevaría el resto del día.
Mientras estaba allí, notó a una mujer en el lado opuesto de la calle que se acercaba desde el oeste. La mujer era casi de mediana edad, lucía un poco monótona, ciertamente no rica, pero tampoco pobre. Sus miradas se encontraron brevemente, y luego, la mujer desvió la mirada, abrió una puerta al otro lado de la calle y desapareció escaleras arriba.
«Cualquiera podría ser la amiga», pensó Hanna. No tenía tiempo de averiguarlo.
La camioneta de Eryk estaba estacionada debajo de un árbol. Hanna se subió; empezaba a tener calambres en las piernas por la larga caminata por Varsovia. El motor se encendió con un chasquido y, durante varios kilómetros, ella no dijo nada, sino que se limitó a mirar cómo los verdes bosques y los campos pasaban volando.
Él habló primero, sonando un poco tímido.
—¿Algo que valga la pena informar?
Ella sacudió su cabeza.
—Nada fuera de lo común, nada que la inteligencia no sepa ya.
La camioneta siguió rodando varios kilómetros más antes de que volviera a hablar.
—Los mensajes codificados no dan mucha libertad, pero cualquier pequeño detalle podría ser útil.
—Lo sé.
—¿Estás bien?
Ella se giró, estudiando su perfil barbudo y las ondas despeinadas de cabello negro, pensando que él y Julia eran los verdaderos héroes de esta guerra, no ella.
—No sé lo que esperaba. Varsovia es la mitad de una ciudad, gran parte de ella destruida, gran parte aún en pie. Casi me enfermo del estómago cerca del muro del gueto, sabiendo que mi familia está encarcelada detrás de esa asquerosa barrera.
—Eres fuerte, pero eres humana —comentó él, con una media sonrisa.
—No, tú y Julia son los fuertes. Hoy, por primera vez, dudé de la decisión de dejar a mi familia. Mientras caminaba por el gueto, me sentí como una cobarde por abandonarlos y dejárselos a los lobos. —Miró por la ventana mientras giraban hacia la granja—. ¿Cómo has lidiado con la guerra? Los últimos tres años deben de haber sido un infierno.
—Ha sido un infierno, pero Julia y yo decidimos hace mucho tiempo que tomaríamos una posición, de la mejor manera que pudiéramos.
Lucharíamos contra ellos hasta la muerte si fuera necesario. Decidimos no tener hijos porque no queríamos traerlos a este mundo y, si nos pasaba algo, o al bebé… Bueno, puedes imaginar lo difícil que ha sido.
—Los respeto a ti y a Julia —dijo ella.
—Tuve algo de tiempo para pensar mientras te esperaba. Para que podamos evitar el pelotón de fusilamiento, puedes tomar la bicicleta vieja que tengo en el establo y pedalear hasta una casa desierta a unos cuatro kilómetros de la granja. El viaje es fácil…; terreno bastante plano. Puedo construir dos portadores en cada lado para esconder la radio inalámbrica y la batería. Podríamos hacer compartimentos secretos con fondos falsos y cubrirlos con vegetales o flores. Quizás queso. Si los alemanes te detienen, lo entregas. Y si quieres evitar la carretera, usas la bicicleta. Ella asintió.
Sería menos arriesgado que transmitir desde la granja. Si la atrapaban en otro lugar, sólo le costaría la vida a ella y no la de los Rybak.
Después de que Eryk detuviera la camioneta frente a la granja, Hanna notó que la caja estaba vacía, excepto por las canastas de vegetales.
Julia estaba en el sofá bebiendo vino cuando entraron. Hanna pensó que se veía particularmente sombría, con los ojos agachados y ambas manos sujetando la copa con fuerza.
—¿Quieres algo de beber? —preguntó Eryk—. Nos queda un poco de vino blanco y un poco de vodka polaco. No mucho, pero lo suficiente para beber a nuestra salud.
Julia había encendido una pequeña lumbre, aunque el día aún era cálido.
La habitación olía a humo con un toque de sequedad.
—Siéntense —les dijo Julia, llevándose la copa a los labios—. Tengo algo que decirles. Un amigo me visitó esta tarde, no necesitan saber su nombre. —Eryk se sentó a su lado.
—¿Conocías a una mujer llamada Maria Zielinski? —preguntó Julia.
El cuerpo de Hanna se tensó al pensar en Dolores.
—Sí.
—Está muerta —dijo Julia rotundamente—. Los nazis la capturaron en la casa de un operador cerca de Płońsk. Fue torturada durante dos días y luego ahorcada en la plaza. Nuestro amigo no sabe si habló.
—Otra razón para ser cautelosos —comentó Eryk, sin mostrar emoción.
De pronto, Hanna se dio cuenta de cómo se habían enfrentado a la guerra los Rybak: distanciándose de ella. Otra muerte era simplemente otra muerte, un hecho cruel de la vida bajo el Tercer Reich. Ese tipo de
distanciamiento personal era exactamente lo que la SOE había estado inculcando a sus agentes.
Ansiaba contarles sobre Dolores y su personalidad coqueta, su amor por el maquillaje y su gran fuerza interior, pero eso no era necesario ni importante para los Rybak. Ella no creía que «Maria» se hubiera quebrado por la tortura, pero ¿y si los nazis habían logrado sacarle algo a la fuerza?
Los dos combatientes de la resistencia se habían lanzado en paracaídas sobre Płońsk. ¿Por qué estaba Maria allí, en lugar de estar en su punto de entrega en el pequeño pueblo del sur? Tal vez tenía información importante que necesitaba llegar a la SOE; después de todo, Maria era mensajera. El frío que la envolvía disminuyó un poco mientras consideraba qué hacer a continuación. ¿Estaban las SS o la Gestapo aguardando el momento oportuno, esperando tender una trampa o planeando cuándo irrumpirían en la granja?
Se levantó de su silla y miró a Eryk.
—Me gustaría un vodka…, y por favor, llévame a la casa abandonada al atardecer. Necesito ver el nuevo punto de transmisión.
Eryk asintió y sirvió el licor.
Hanna tomó un sorbo y miró hacia el fuego, preguntándose cuánto sabían los alemanes sobre ella. Con la muerte de Dolores, la situación se había vuelto más apremiante.
Un gran cuervo se sentó encima de un poste de luz que colindaba con el lado ario de la pared. Perla no se habría dado cuenta, pero era muy raro ver algún animal esos días en el gueto, o cerca del mismo, en las últimas horas de un mes de julio menguante. Incluso los perros y gatos callejeros habían desaparecido.
El pájaro se sentó por un momento bajo la lluvia, sacudió su cuerpo y el agua de sus resbaladizas plumas negras y se elevó en dirección al noreste, hacia el Vístula.
«No pueden ocultarme esto. Tengo cerebro. Tengo ojos».
Tisha b’Av había pasado, el día de ayuno anual de luto y contemplación que conmemora la destrucción del Primer y Segundo Templo en Jerusalén.
Cada día era como un ayuno ahora y, además de decir algunas oraciones, la fecha pasó casi desapercibida para ella y el resto de la familia.
Habían tratado de ocultarle la noticia, pero ella podía escuchar, incluso cuando pensaban que estaba dormida, incluso cuando creían que no prestaba atención. Perla había aprendido a engañarlos.
Todo el mundo en el gueto estaba aterrorizado, le había susurrado Daniel a Stefa. Las tiendas estaban cerradas. Los judíos corrían por las calles como pollos, tratando de escapar de la mano del carnicero. Hombres y mujeres, niñas y niños habían sido detenidos y llevados a la Umschlagplatz, una plaza junto a los apartaderos del ferrocarril, antiguamente utilizada para el comercio.
Ella escuchó cómo los alemanes habían sacado judíos de un carro y los habían ejecutado como si fueran ganado para ser sacrificado. La gente lloraba, se arrancaba el cabello y metía lo que podía en una maleta antes de ser conducidos a la Umschlagplatz, donde los detenían antes de… «¿Antes de qué?».
Sus pertenencias: ropa, libros, utensilios, alhajeros, sartenes, platos, lámparas, incluso los muebles que creían poder cargar sobre sus espaldas, cubrían las calles. La policía judía estaba involucrada y Daniel había dicho que no quería tener nada que ver con lo que estaba sucediendo. Habían disparado a policías por enfrentarse a los nazis, pero él insistía en no golpear a nadie ni llevar a la gente a su muerte. Se quitaría el uniforme antes de volverse como ellos. Izreal, sin embargo, lo había instado a no renunciar a su trabajo, sino a ayudar, tal vez podría salvar a algunos en el camino mientras ocurría el horror.
«Pero ¿qué horror? El lugar donde los detenían antes de…, ¿antes de qué?». Nada de eso tenía sentido, excepto el terror, y eso hizo que su cerebro diera vueltas.
Stefa había ido al comedor social, Izreal y Aaron al Palais, y Daniel, de mala gana, a trabajar. Perla estaba sola en su habitación, mirando por la ventana al cuervo y las pesadas nubes de lluvia que separaban a Varsovia del cielo.
«Perla», había susurrado Izreal. «Debo ir al trabajo. Si vienen los alemanes, ve al escondite en el descansillo».
Ella asintió, pero ya había decidido que nunca más se aventuraría en ese terrible lugar de oscuridad y olores rancios, donde sentía como si fuera a caer en picada en el pozo negro de una letrina. Daniel le había susurrado a su padre sobre otro escondite descubierto por Aaron, pero le advirtió que era peligroso ir allí a menos que fuera absolutamente necesario, porque allí habían escondido secretos, secretos tan mortales que no podía hablar de ellos hasta que fuera seguro que todos lo usaran. Todo parecía tan complicado como un sueño retorcido. De todos modos, Perla no estaba segura de poder encontrar el camino, o abrir el panel del que Daniel le había hablado a su padre.
Una tos, seguida de un gemido, se elevó de la habitación vecina. Wanda estaba enferma de nuevo, tan enferma que Jakub se había quedado en casa para estar con su esposa. Él aseguraba que la causa de su enfermedad era un caso leve de disentería, pero Perla sabía que Wanda había estado pálida y demacrada durante meses, sin mejorar, y que había faltado uno o dos días de trabajo cada semana.
La puerta entre las dos habitaciones había sido cerrada por privacidad, y el colchón en el que dormían Daniel y su padre había sido apartado. Perla caminó hacia la ventana y miró la lluvia de la mañana caer en grandes gotas, con la esperanza de encontrar algo volando por los cielos, alguna señal de un mundo más allá del gueto. Miró hacia la calle y jadeó. Un camión verde con una esvástica se había detenido frente al edificio.
La puerta principal se resquebrajó cuando un pie calzado con una bota la abrió de una patada. El aterrador pisoteo resonó escaleras arriba, seguido de otra bota contra su puerta. Jakub apareció, asomado entre las habitaciones, con el horror grabado en su rostro.
— Aussteigen! —gritaron los dos nazis, con rostros enrojecidos por los gritos, y con voces llenas de ira—. Komm mit uns!
Ella se puso de pie, clavada en el suelo por un momento, hasta que uno de los hombres se arrojó sobre ella y tiró de su cabello, debajo de su pañuelo. Había dos ucranianos en la puerta, observando el proceso con los rifles preparados. Ellos la miraron, mostrando más odio en sus ojos que los alemanes, como si fueran los ocupantes. El otro nazi entró en la habitación de los Krakowski y les ordenó que se fueran. Jakub no tardó en llegar a la
puerta con una Wanda pálida y temblorosa, que vestía un camisón y un abrigo sobre los hombros.
—Déjenme llevar algunas cosas —dijo Perla, alcanzando su maleta.
El alemán golpeó su mano con la culata de su rifle, rasgando la frágil piel.
Ella gritó de dolor y miró sus dedos ensangrentados.
—Trae una toalla, perra judía —ordenó en alemán—. ¿Sólo son ustedes tres? ¡Necesitamos más! ¿Dónde están los otros?
—Están en el trabajo —dijo Jakub—. Permítame mostrarle nuestros papeles de trabajo…, puedo darles dinero. —Sostuvo a Wanda cerca de su costado.
—No quiero tu sucio dinero —dijo el nazi—. Y adónde vas no lo necesitarás.
—¡Muévanse! ¡Rápido! —El otro alemán los hizo avanzar con su rifle.
Perla envolvió una toalla alrededor de su mano y miró el departamento, preguntándose si alguna vez volvería a ver la habitación. La menorá, la plata y las joyas quedaron atrás. Seguramente, alguien compraría la plata si Izreal tuviera que venderla.
«Adiós, mi amor».
Un ucraniano la golpeó en la espalda con su rifle cuando pasó.
Wanda luchó por ponerse de pie mientras los nazis la empujaban a ella y a su esposo por las escaleras.
La lluvia caía cuando los guardias los condujeron a la calle.
Normalmente, agradecían el sonido del agua golpeando los adoquines. Hoy, el chapoteo constante sonaba como una sentencia de muerte. Mientras caminaban por el puente Chłodna, Wanda comenzó a sollozar y Perla la consoló lo mejor que pudo. Estaban mojados, temblando en sus ropas empapadas. Wanda llamó a su hijo con la esperanza de que escuchara sus gritos de ayuda. Perla dudaba que Daniel pudiera hacer algo ahora que habían sido elegidos…, «¿para qué?».
Otros se unieron a ellos mientras eran conducidos al norte. Los guardias se detuvieron en Leszno y Pawia, y sacaron a la gente de sus casas, empujándola hacia la calle y arreándola con golpes antes de seguir avanzando por la calle Zamenhofa. Parecía que el mundo estaba clamando
por misericordia mientras las súplicas de ayuda se elevaban de la multitud a oídos sordos. Escuchó disparos y gritos, y un guardia exclamó:
—Eso es lo que pasa cuando intentan escapar. —Perla no tuvo fuerzas para huir mientras se aferraba a Wanda. Una ola de personas los impulsó hacia delante hasta que, por fin, llegaron a una plaza lúgubre sellada por el muro del gueto, una valla y los edificios de piedra que lo rodeaban.
El olor a humanidad apiñada perduraba en la plaza, contaminando a todos con la toxicidad del vómito, las heces y el olor acre de la carne sucia.
Unos cuantos policías judíos estaban en el borde de la plaza observando a la multitud, manteniendo a la oleada de gente dentro de la Umschlagplatz.
Perla, a su vez, los observaba, buscando cualquier señal para ver si los oficiales estaban aceptando sobornos o ayudando a los judíos a escapar. No vio nada que indicara que podían ayudarla.
Otros habían llegado antes; todo estaba en silencio, excepto por el llanto ocasional de un niño. La madre, temiendo que los guardias lo mataran, lo hizo callar rápidamente. Diez filas de judíos, incluidos polacos relegados al gueto debido a su herencia judía, estaban sentados sobre las piedras en estrechas filas grises, negras y blancas, bajo el cielo empapado. Perla, Wanda y Jakub ocuparon sus lugares cerca del frente y esperaron mientras los nazis, con sus cascos y abrigos resbaladizos por la lluvia, paseaban de un lado a otro de la plaza.
El silencio y la espera pasaron factura y Perla podía sentir que su mente se escapaba. La toalla que tenía alrededor de la mano se había puesto roja y los bordes se habían oscurecido a medida que la sangre se coagulaba. ¿Algo de esto era real? ¿En verdad estaba sentada sobre piedras frías bajo la lluvia, esperando lo desconocido? Nadie podía hacer sus necesidades, nadie tenía agua si no abría la boca al cielo. ¿Dónde estaban Izreal —que siempre sabe qué hacer— y Daniel?
Una voz débil, varias filas detrás de ella, la llamó por encima de un grito ahogado.
—¿Perla? —La pregunta llegó de nuevo, antes de que un guardia se volviera en su dirección.
Después de que pasó, Perla giró la cabeza y vio un rostro pálido que no había visto en meses.
—¿Kachna?
La señora Rosewicz asintió.
Se quedaron horas sentadas, mirándose mutuamente, sin poder hablar.
Perla decidió que, adondequiera que fueran, se irían juntas.
La lluvia había amainado un poco cuando el sonido de una locomotora y el roce metálico de sus ruedas atravesó la plaza.
—Levántense, levántense —corearon los guardias, apuntándoles con sus rifles.
Todos obedecieron como cadáveres que cobraban vida, tomaron sus bolsas y las manos de sus hijos mientras los látigos golpeaban sus espaldas.
Perla se abrió paso entre la multitud, dejando a Wanda y Jakub para alcanzar a la señora Rosewicz.
—¡Kachna! —gritó, sujetando a la anciana, que se sentía como un esqueleto en sus manos. Su amiga lloró sobre su hombro.
Los guardias los empujaron hacia el norte, a otra sección de la Umschlagplatz, donde había vagones de madera detrás de una locomotora.
Unas carretas, custodiadas por las SS, también los aguardaban. Los vagones estaban cargados de ancianos que estaban débiles o parecían enfermos.
Perla no sabía hacia dónde se dirigían, pero los hombres portaban ametralladoras. Uno de los guardias sujetó a la señora Rosewicz y dijo que
«no era apta para el transporte», pero cedió, después de ver que los vagones estaban llenos y la dejó ir. Los otros nazis les gritaron que subieran a los vagones, con o sin sus maletas. Algunas bolsas cayeron al suelo, esparciendo su contenido sobre la tierra mojada.
—No tengo nada —dijo la señora Rosewicz—. Es hora de que esto termine.
—No dejaré que te vayas sola, Kachna —dijo Perla—. Toma mi mano.
Wanda y Jakub habían sido empujados más adelante, en las vías. Perla los vio desaparecer en una de las carretas mientras otros las ayudaban a subir.
Varias manos enguantadas las empujaron hacia delante, hasta que llegaron a la puerta de un vagón repleto de hombres, mujeres y niños. Dos hombres se agacharon y las levantaron hasta las tablas del suelo.
Un guardia le gritó algo en alemán a otro y la puerta se cerró, esquivando los pies de Perla por poco. La cerradura hizo clic con una finalidad ominosa.
Se abrazaron unos a otros; sus cuerpos temblorosos se adaptaron al hedor agobiante de la carne y la sangre mojadas y hacinadas en el coche.
Una mujer clamaba a Dios para que los salvara y otra gritaba:
—¿Adónde nos llevan?
«El tren avanza, pero no veo nada a través de las grietas, excepto algunos edificios que quedan en mi amada Varsovia. Nos dirigimos hacia el este, a través del Vístula y hacia el campo.
»El aire es espantoso y apenas puedo respirar. Me mojé el vestido porque no tenía dónde ir al baño. El olor es repugnante y estamos tan apretados que algunos se han desmayado. La pobre señora Rosewicz se aferra a mí como la última rosa del verano en la vid. Ella tiene razón, es hora de que esto termine.
»He perdido a mi esposo, mi hijo y dos hijas. Quizá sea mejor así. Que Dios los bendiga con largas vidas, lejos de aquellos que nos destruirían.
Estoy demasiado débil para luchar. Tomaré la mano de Kachna para que podamos morir juntas, si eso es lo que Dios ordena. Algunos dicen que vamos a un campo donde trabajaremos, pero ¿qué puedo hacer? ¿Qué puede hacer Kachna? Somos ancianas maltratadas por nuestros opresores, no servimos para nada. Supongo que podría encontrar trabajo si tuviera que hacerlo, pero ¿Kachna?
»Nos detuvimos en algún lugar por un momento, pero todo lo que veo a través de la grieta es un trozo de tierra vacío y un cielo opaco. ¡Imagina si saliera el sol! Todos nos asfixiaríamos. Algunos claman que aquí es donde bajaremos del tren, pero no veo nada más que otra fila de vías oxidadas.
»Hemos comenzado a avanzar de nuevo, arrastrándonos. Ojalá la puerta estuviera abierta para que pudiéramos respirar el aire fresco» .
El tren silbó hasta detenerse por segunda vez y los que aún tenían voz para hablar gritaron. Alguien preguntó:
—¿Dónde estamos? Por favor…, alguien… díganos.
Perla acercó el ojo a una rendija y se asomó. Un letrero azul y blanco cerca de las vías señalaba la dirección a la que se dirigía el tren.
—¡Hay un poste indicador! —gritó Perla.
—¿Qué dice? —preguntó una mujer.
—Es un pueblo, una aldea, pero nunca he oído hablar de ella.
Perla hizo una pausa para asegurarse de que lo había leído correctamente.
—Treblinka —dijo.
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