Las chicas del Gueto

V.S. Alexander · Capítulo 20 de 28

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Las chicas del Gueto

Capítulo 19

Stefa llegó a casa del comedor social antes de las siete. La puerta estaba abierta: sin duda una señal siniestra.

Su padre, con la cabeza entre las manos, estaba sentado en la silla cerca de la estufa que su madre ocupaba con más frecuencia durante el día y siempre por la noche. Sollozaba incontrolablemente.

Aaron estaba acurrucado en la esquina cerca de la ventana, mirando al cielo cenizo. La espalda de su hermano estaba recta, con los brazos firmemente plantados a los costados, como si desafiara a los nazis afuera.

Daniel estaba de pie en la puerta de su habitación, vestido con ropa que podría usar para ir a la sinagoga, con la kipá coronando su cabeza. Sus ojos estaban rojos y sus manos sujetaban su libro de oraciones con tanta fuerza que parecían las garras de un pájaro sosteniendo a su presa.

Se quedó parada por un momento, preguntándose qué decir, sabiendo que algo terrible había sucedido.

—¿Dónde están? —preguntó, porque su madre y los padres de Daniel siempre estaban en casa a esta hora.

Izreal levantó la cabeza.

—Se han ido.

—No —dijo ella, sacudiendo la cabeza, aunque sabía que era verdad—.

¿Cómo que se han ido? —Corrió hacia su padre y se arrodilló ante él; las lágrimas brotaron.

—Vi a los guardias conduciendo a la gente esta mañana hacia las vías, me mantuvieron alejado —dijo Daniel en voz baja—, en la comisaría,

haciendo trámites. Sabían que nunca permitiría que sucediera, no mientras yo viviera.

Stefa se desplomó a los pies de su padre, gimiendo:

—Se han ido… Dios…, ¿por qué? ¿Por qué?

Aaron se giró, como si estuviera muerto.

—Sabes por qué.

Izreal puso una mano sobre la cabeza de Stefa.

—Debemos ser fuertes…; uno para el otro.

—Debemos luchar —exclamó Aaron con fuerza, contrarrestando a su padre.

Izreal agachó la cabeza.

—No puedo pensar en pelear ahora. Tengo que creer que están vivos, que lo que dicen los alemanes es cierto y los han enviado a un campo de trabajo.

Daniel se paró frente a ellos.

—Czerniaków, el jefe del Judenrat, está muerto…; tomó cianuro en su oficina después de enterarse de que los nazis quieren deportar a seis mil personas por día. Dejó una nota: «Me exigen que mate a los niños de mi nación con mis propias manos… No tengo nada que hacer más que morir…

Ya no puedo soportar todo esto». —Daniel bajó la voz—. Czerniaków entendió que la deportación significaba la muerte.

Stefa quería clamar con voz feroz a Dios, por la liberación de su madre y de los padres de Daniel, para que azotara a los nazis, pero la rabia y el odio eran inútiles ante tan temible enemigo.

—El gueto se reducirá a medida que nos reubiquen —continuó Daniel

—. Nos obligarán a mudarnos, otra vez.

Stefa lo miró.

—¿No puedes hacer nada como policía?

Daniel suspiró.

—Renuncié hoy. Les dije que no volvería. Como Czerniaków, ya no puedo soportarlo. Si no puedes sobornarlos: a la policía del gueto, los azules y los nazis, no hay esperanza de evitar la Umschlagplatz. Y, a la larga, el dinero se acabará.

Ella luchó en contra del pánico, que fue su primer instinto, mientras se desvanecía otro medio de escape. Sin embargo, se levantó del suelo.

—¿Qué puedo hacer?

—Puedes estar a mi lado, con el permiso de tu padre.

—Debemos escapar —dijo Izreal, con voz agitada—. Nos llevaré a todos al lado ario.

—¿Cómo? —preguntó Stefa.

—Venderé lo que tenemos…, sobornaré a los guardias…, nos sacaré de contrabando. —Miró a Aaron—. Tal vez mi hijo haya encontrado otra ruta de escape.

—¿Ahora acudes a mí? —preguntó Aaron.

—No seas así, no esta noche —le dijo Daniel.

—El muro es seguro ahora más que nunca —agregó Aaron—, en especial ahora que el Aktion ha comenzado. Si no podemos escapar, hay que luchar.

—¿Luchar? ¿Luchar? —Los ojos de Izreal brillaban como los de un hombre enloquecido—. Dios debe salvarnos.

—No —le dijo Aaron—. Entra en razón. ¡Dios no vendrá a levantarnos!

Izreal se desplomó y volvió a llorar.

Daniel puso sus manos sobre los hombros de Izreal.

—Aaron tiene razón. Dios nos cuida, pero no tiene control sobre los nazis ni sobre sus formas de matar. Tenemos que salvarnos a nosotros mismos.

—¿Qué hay de la mujer que vive en Krochmalna? —preguntó Izreal—.

A quien le di la carta.

—¿La señora Danek? —respondió Stefa.

Izreal asintió.

—Su esposo odia a los judíos —dijo Aaron—. Me escondió en el armario para que no me viera. No puede ayudarnos.

—Encontraremos una manera —expresó Daniel—. Oremos por nuestros seres queridos.

Aaron se giró hacia la ventana, donde la luz se desvanecía de gris a negro. Izreal y Daniel se pararon juntos, mientras que Stefa se sentó en la silla.

Después de la oración, Daniel le dijo a Izreal:

—Venga, tengo algo que mostrarle. Aaron lo encontró y podemos usarlo como escondite, pero ahora es peligroso, está lleno de armas. Soy parte de

una organización que no se quedará tan tranquila como la policía.

Siguieron a Daniel al pasillo; Stefa fue la última en salir del departamento. Sus pasos en las escaleras sonaban tan huecos como ella se sentía. ¿Cómo viviría sin su madre? ¿Cómo se las arreglaría su padre sin su esposa? A pesar de su papel como líder de la familia, Izreal siempre había dependido de que Perla estuviera allí para él, para ser la fuerza silenciosa y, a veces, el ancla, o el contraste, en su relación. Ahora se había ido. Se imaginó lo peor. ¿Para qué los habrían llevado a la Umschlagplatz? ¿Harían trabajar a su madre hasta la muerte? ¿Y si los nazis no le encontraban alguna ocupación? ¿Qué harían entonces? La salud de Perla se había desvanecido desde que los obligaron a entrar en el gueto. Por un momento, pensó en Hanna y en dónde podría estar. En Londres, desde luego, preocupada por su familia. Eso era lo mejor que Stefa podía esperar. Al menos, su hermana estaba a salvo.

Daniel los condujo al escondite, levantó el panel y abrió la puerta que conducía al recinto.

—Dense prisa —dijo Daniel—. Los nazis están en todas partes. —Sacó una pequeña linterna eléctrica de su bolsillo y alumbró la cavidad.

Stefa estaba asombrada, pero asustada por lo que vio. Cuatro rifles estaban apoyados contra la pared, y muchas cajas, grandes y pequeñas, llenaban gran parte del espacio. Antes, el lugar habría bastado para ambas familias si se hubieran apiñado; ahora, tal vez dos adultos podrían caber, con trabajos.

—¿Sabías sobre esto? —le preguntó Izreal a Aaron.

—Sí. Daniel y yo nos hemos unido a una organización…

Daniel apagó la linterna y cerró la puerta.

—Yo no recluté a su hijo, quiero que lo sepa, señor Majewski. Aaron encontró al grupo por su cuenta. Tres movimientos juveniles sionistas se han unido para formar un grupo. La resistencia se está movilizando para protegernos.

—No he oído de estos grupos —dijo Izreal.

—¿Por qué lo harías, padre? —preguntó Aaron—. Servimos a los nazis en el Palais. El restaurante es tu vida. Era mejor que no lo supieras. Incluso mi amigo Zeev se ha convertido en parte de la clandestinidad polaca. La gente se está levantando contra los alemanes.

—Mi vida… —dijo Izreal, algo avergonzado por la evaluación de su hijo.

—¿Que hay ahí? —preguntó Stefa.

—No hay lugar ni para un cigarro —respondió Daniel—. Los rifles son difíciles de conseguir, tenemos cuatro pistolas, dos cargadores para cada una, municiones, dos cajas de granadas y materiales para bombas incendiarias.

—Me daría miedo hasta respirar —expresó Stefa.

Daniel aseguró el panel, corrieron por el patio y regresaron al pasillo.

Volvieron a ocupar sus lugares en el departamento. Izreal parecía aturdido mientras reflexionaba sobre lo que había visto.

Stefa se sentó junto a su hermano en el colchón, mirando a Daniel. ¿Por qué no le había contado sobre sus actividades secretas? Una vez más, la había sorprendido con la guardia baja. Quizás era lo mejor, pero su secreto la dejó ansiosa y herida.

—Entiendo por qué no has hablado de este lugar —comentó Izreal, como si canalizara los pensamientos de Stefa—. Pero dos personas, tus padres, podrían haberse salvado.

—No —dijo Daniel, sacudiendo la cabeza—. Es demasiado peligroso, podrían haber volado en pedazos. Además, no lo habrían encontrado a tiempo. El Aktion se lleva a cabo con la velocidad del rayo. Si descubrieran las armas, todos en este edificio habrían sido ejecutados. Era mejor que no lo supieran. —Se paró al lado de Izreal—. Pero la batalla apenas comienza.

Czerniaków sabía exactamente lo que los nazis habían planeado, y ahora nosotros también lo sabemos. Él no vio salida.

Izreal se sentó en la silla de Perla cerca de la estufa, y Daniel se arrodilló ante él.

—Quiero llamarlo padre porque estamos juntos como una sola familia

—exclamó Daniel.

Izreal le dirigió a Daniel una mirada inquisitiva.

—…Estoy enamorado de su hija. Quiero casarme con ella. No ahora…, no en este momento…, cuando sea el momento adecuado. Espero que me acepte como su hijo.

Izreal se giró hacia Stefa y la miró con ojos dulces.

—¿Eso deseas tú? ¿Ser la esposa de este hombre?

Ella se levantó del colchón, caminó hacia Daniel y le puso la mano en el hombro.

—Sí, padre, más de lo que jamás he deseado algo.

—¿Hay algo de alegría en este momento de tragedia? —preguntó Izreal, y colocó su mano sobre la cabeza de Daniel—. Mi esposa se ha ido y deseas casarte con mi hija. Apenas puedo pensar, pero debemos mirar hacia el futuro. No tenemos nada más. No tengo objeción, pero me mantendrás informado. No más secretos.

—No más secretos —prometió Daniel, tomando la mano de Stefa.

—Desaparecerán más personas mañana —dijo Aaron—. Debemos tener un plan.

—Vayan a trabajar —agregó Daniel—. Allí estarán más seguros.

—¿Y en la noche? —preguntó Aaron.

—El escondite, si podemos llegar a él —respondió Daniel—.

Tendremos que sentarnos sobre explosivos.

—O disparar para salir —expresó Aaron.

Stefa quería creerle a su padre, que Dios los estaba cuidando, pero su día con el equipo de filmación nazi y la desaparición de su madre y los padres de Daniel la habían convencido de lo contrario. Podía perder la fe, pensó, pero nunca su identidad. Era judía y lo seguiría siendo hasta su muerte.

Una sorprendente sensación de libertad se apoderó de Hanna mientras pedaleaba por el campo hasta la granja abandonada que Eryk le había mostrado. Las ricas amapolas rojas y un arcoíris de lirios silvestres salpicaban los campos. El trigo había sido cosechado en algunos campos, dejando los surcos fangosos y marrones después de las lluvias de verano.

Fiel a su palabra, Eryk había construido dos portadores para la radio y su equipo. Había terminado las cajas tan bien que prácticamente no tenían costuras. «Una cerradura o cerrojo no servirá», había dicho él. Además de las papas y otras verduras, llevaba trozos de queso por si tenía que vérselas con alemanes inesperados.

El aire estaba denso y húmedo. Hanna sudaba a pesar de que el camino de tierra a la casa era casi plano. Había variado su horario de transmisión para evitar ser detectada y viajaba principalmente antes del amanecer o

alrededor del atardecer, forjando caminos por su cuenta, avanzando a través de la hierba alta, ahuyentando a los mosquitos y las moscas que pululaban por el bosque.

La casa abandonada parecía lo suficientemente sólida desde el exterior, pero el interior estaba destrozado. La madera había sido arrancada, aparentemente para leña, lo que provocó grandes brechas en el techo. Lo que quedaba de los armarios y muebles de madera yacía hecho añicos en el suelo. Todo lo que era valioso, en términos de alimentos u otros productos útiles, había sido sustraído. Hanna se preguntó quién habría vivido ahí:

¿tenían hijos? ¿Eran nacionalistas polacos o judíos? ¿Habían muerto? Si acaso Eryk y Julia conocían la historia, sólo habían dicho que la casa estaba desierta antes de que llegaran los alemanes.

Transmitir desde la nueva ubicación fue bastante fácil. Una vez que el equipo estaba conectado, la antena quedaba colgada a través de una ventana rota, entre las ramas de una haya envejecida. Hanna se comunicaba durante cinco minutos, para luego empacar todo rápidamente.

Informó a la SOE de los movimientos de tropas alemanas a lo largo de la carretera que corría paralela al Vístula; les envió un mensaje sobre la visita sorpresa de los nazis a los Rybak y la creciente necesidad de precaución; ordenó una lista de suministros que serían necesarios dentro de dos semanas y, lo más importante, les avisó de los rumores de un reasentamiento masivo de los judíos de Varsovia. Al final incluyó un guiño codificado a «Romeo».

Eryk no la había llevado a Varsovia en varias semanas. Después de enterarse de las deportaciones, decidió que era hora de contactar a su padre o, de lo contrario, podría ser demasiado tarde.

Una mañana de agosto, Eryk cargó la camioneta con productos de verano. Salieron de la granja, recorriendo la misma ruta a Varsovia que habían tomado antes. Después de no tener contacto con los guardias alemanes, Eryk la dejó un kilómetro más allá del primer punto de encuentro. Esta vez, ella llevaba más dinero, y le informó que buscaría una habitación para pasar la noche y regresaría a la granja, incluso si tenía que viajar en carreta o a pie.

—¿Qué estás planeando? —preguntó Eryk con preocupación en su voz.

—Vuelvo en dos días —respondió ella, sin revelar nada más.

—De acuerdo. Buena suerte. —La camioneta se alejó chisporroteando mientras ella caminaba bajo el calor de la mañana.

Cuando llegó a la ciudad, fue detenida por un joven alemán que le pidió sus papeles. Parecía incómodo; el sudor goteaba por sus mejillas debajo de su gorra y el uniforme de lana caliente mantenía su rostro y cuello sonrojados por el calor.

—¿Su esposo es chofer? —preguntó en alemán después de inspeccionar los documentos.

—Sí —respondió ella—. Stefan está muy ocupado, así que no nos vemos mucho.

—Me encantaría estar en un sedán, con el aire corriendo por el compartimiento.

—Estoy de acuerdo —dijo ella—, pero no hay suficiente espacio para mí y los oficiales que transporta. —Ella se rio—. Entonces, ¿adivine quién tiene que caminar? Deberían darle un uniforme de verano.

—Esos van a África. —Él sonrió y le deseó un buen día.

Hanna evitaba el sol cuando podía, caminando a la sombra, hasta que llegó al Palais. Su estómago rugió y se reprendió a sí misma por no traer algo de comer mientras buscaba a su padre. Había ideado un plan para caminar cerca del hotel, vigilando la puerta hasta las once. Si no veía a su padre para entonces, se arriesgaría a entrar.

Poco después de las diez, un hombre dobló la esquina, y aunque estaba a media cuadra de distancia, su forma de caminar lo delató como el hombre que ella buscaba. Parecía mayor, más delgado, y mostraba un ligero encorvamiento en su postura. No era el hombre robusto que ella había dejado atrás.

Lo alcanzó en la puerta y le preguntó en polaco:

—Disculpe, señor, ¿puedo hablar con usted un momento?

Él la miró fijamente, algo sorprendido por la repentina intrusión; sus ojos se agrandaron en un reconocimiento elemental y luego se contrajeron en una mirada burlona, como si se hubiera equivocado.

Ella tocó su brazo.

—Camine conmigo. Por aquí, por favor.

Al principio, él se resistió, pero, luego, la siguió un paso atrás, como si fuera un perro atado con una correa.

—¿Quién es usted? —preguntó por fin.

Hanna se detuvo frente a la ventana de una tienda; el vidrio mostraba sus reflejos. Él tenía puesto un traje y un abrigo a pesar del calor, y la banda con la estrella de David firmemente sujeta a su brazo derecho. El cabello de ella era más claro y corto y su cuerpo más pesado que cuando se fue de Varsovia. Tal vez él realmente no sabía quién era ella.

—Soy Greta —respondió ella, mirando a la ventana—, pero tal vez usted me conozca por otro nombre.

—Ha… Han… —Bajó la voz.

Ella asintió.

—Sí. No me mires…; camina delante de mí para que pueda hablar contigo.

Así lo hizo, caminando a paso lento mientras pasaban por las tiendas incendiadas, y otras que operaban como lo habían hecho antes de la guerra.

La voz de su padre llegó a sus oídos desde adelante.

—¿Realmente estás aquí? ¿Mi hija?

—Debes llamarme Greta Baur, nunca con otro nombre. Soy alemana y tengo un esposo llamado Stefan que conduce para el Alto Mando.

—¿Un esposo?

—No es importante. ¿Puedes recordar mi nombre?

Él asintió y siguió avanzando. Cuando llegaron al final de la manzana, él cruzó al otro lado de la calle y lo siguió.

—Nos dejaste —dijo él, con una frialdad repentina en su voz. Se detuvo frente a una tienda de productos secos—. Sólo tengo una hija.

Ella se paró a unos metros de distancia, y esperó a que todos en la calle pasaran para hablar.

—No, tienes dos. No dejaré que lo olvides.

—Tu madre se ha ido, se la han llevado. Ha comenzado.

Sintió como si alguien le hubiera dado un puñetazo en la garganta. La fría reserva que había practicado durante más de un año la abandonó mientras luchaba por mantener la compostura. La rabia ardía en su pecho y parpadeó para quitarse las lágrimas, sin atreverse a llevarse las manos al rostro.

—Tengo que sacarlos de aquí.

Él siguió caminando.

—¿Cómo?

—Déjamelo a mí. ¿Quién es la amiga a la que puedo contactar en la ciudad?

—Janka Danek. Vive en el edificio que está en diagonal frente a nuestro antiguo departamento en Krochmalna…, en el segundo piso.

—Janka Danek. Segundo piso.

—Sí.

Caminaron hasta que estuvieron frente al Viceroy.

—Tengo que trabajar hasta tarde esta noche. No es seguro que me vean con nadie.

—Me quedaré a pasar la noche y luego regresaré a mi base.

Él se volteó.

—No hablemos del pasado, Greta…, tus hermanos necesitan tu ayuda.

—¿Y qué hay de ti, papá?

Sus labios temblaron y luego cruzó la calle. Sin mirar atrás, entró en el hotel.

Ella se pasó las palmas de las manos por el estómago, con la esperanza de calmar sus nervios. Al menos sabía el nombre de la mujer que podía contactar. Ahora, podía continuar con el siguiente paso del plan.

Janka estaba de pie junto a la ventana, mirando el brillante día de verano, no muy diferente a otros que había vivido antes. Sin embargo, cada día que se prolongaba la guerra, circulaban informes de nuevos horrores, lo que la dejaba emocionalmente agotada. Herr Mueller había tenido razón. La Aktion había comenzado. Todos los polacos en Varsovia parecían saberlo, pero muchos tenían diferentes puntos de vista. Algunos celebraban la expulsión de los judíos del gueto; Karol podía dar fe de ello. Otros, como ella, temían por los Majewski, por los niños, los ancianos y los enfermos.

Las personas que no eran lo suficientemente fuertes para trabajar fueron de las primeras en ser reasentadas en el este, pero la selección también había sido aleatoria. Los rumores sobre lo que les estaba pasando a los que reasentaron circulaban por todas partes, incluidos horribles informes de que estaban siendo gaseados.

Janka sólo podía pararse en la ventana y preguntarse. Su único viaje al gueto la había sacudido. Había recurrido a sus reservas de valor, sólo para derrumbarse en la cama y llorar cuando regresó a la seguridad de su departamento. Durante semanas, se preguntó si los nazis, y Mueller en particular, podrían alcanzarla. ¿El joven guardia alemán que había sido tan servicial en la puerta podría haber pensado en entregarla? Temiendo por su propia seguridad y denunciando su propia cobardía y culpa, se había mantenido aislada en el departamento, sólo salía cuando era necesario ir por comida o agua, o cuando el agua de los grifos se reducía a un goteo.

La vida con Karol se había vuelto aún más intolerable desde que su esposo se hizo amigo de Mueller. Karol la había olvidado: el nacionalsocialismo, el dinero mal habido y el alcohol se habían convertido en las tres amantes de Karol.

Cuando se paró frente al espejo del baño por la mañana, mirando un rostro que cada día parecía tener más líneas, carne suelta, círculos oscuros debajo de los ojos y mechones de cabello gris, se preguntó cuál era el punto de todo. ¿Por qué no pasar el día en la cama y dejar que el mundo resolviera sus terribles problemas? ¿No era así como sobrevivía la mayoría de la gente, ignorando lo que sucedía a su alrededor, simplemente llevando vidas tranquilas, esperando que no les ocurriera ninguna tragedia? Eso es ciertamente lo que muchos de los judíos pensaban antes de que los nazis invadieran. Hitler era sólo un chiflado, pensaron que nunca tendría ningún poder real. Janka incluso había buscado el arma de Karol, con la esperanza de que él la hubiera olvidado en casa. El coraje para usarla con su esposo había disminuido, ya que el pecado del asesinato pesaba sobre ella, pero ¿y usarla en ella misma? ¿Sería el pecado del suicidio de alguna manera menos grave que el asesinato a los ojos de Dios?

Esos eran los pensamientos que pasaban por su mente todos los días frente a la ventana, mirando el antiguo departamento de los Majewski, decidiendo si quería pasar otro día en un planeta tan miserable.

Cuando llamaron a la puerta, no tenía idea de quién estaba al otro lado; no había escuchado pasos en las escaleras.

Janka caminó lentamente hacia la puerta, pendiente de cualquier movimiento. Después de un segundo golpe, preguntó en polaco:

—¿Quién está ahí?

—¿Puedo pasar? —respondió una voz de mujer—. Tengo noticias de un amigo.

—¿Quién es usted?

—Greta Baur. Conozco a los Majewski —brotaron las melancólicas palabras.

Janka dudó si abrir la puerta, pero volvió a reunir valor. Además, ¿quién sino una amiga podría conocer a la familia de cualquier modo?

Una joven alta, vestida como las mujeres alemanas que ahora caminaban por las calles de Varsovia, estaba de pie frente a ella. El vestido estampado de campanillas blancas sobre un fondo azul, con mangas cortas y cuello blanco, estaba de moda, pero no era llamativo. La visitante tenía el cabello del color del trigo de verano y un rostro bronceado que sólo aumentaba su atractivo. Janka pensó que la mujer debía haber pasado mucho tiempo al aire libre en los últimos meses, lo cual contrastaba con su propia tez pálida y su figura menos vigorosa.

Se quedaron mirándose la una a la otra por un momento, antes de que la joven preguntara:

—¿Puedo pasar?

—Por supuesto —contestó Janka, alisando la tela de su vestido. Ella quería agregar: «Por favor, no se fije en el departamento, no he sido la mejor ama de casa últimamente»; pero ¿era necesario disculparse con una desconocida durante una guerra?

Janka quitó una de las camisas de Karol del sofá y le ofreció un asiento a la mujer.

—Le ofrecería algo de beber, pero no tengo mucho. ¿Té?

—En realidad, me encantaría una taza, si tiene.

Janka se acercó arrastrando los pies a la estufa, deseando que sus pasos no fueran tan deliberados… y viejos. Todo le quitaba energía. El mechero estalló a causa de la cerilla. Vertió agua fresca en la tetera y la colocó sobre la estufa

—¿Qué puedo hacer por usted? —Las llamas azules lamieron el metal gris.

—Me llegó una carta que me hablaba de una amiga a la que debía contactar, Janka Danek.

Por supuesto, pensó…: la carta que Stefa envió a su hermana. ¿Podría ser realmente ella? ¿Cómo se llamaba?

—La hermana de Stefa en Londres, ¿Hanna?

La visitante asintió.

—Sí, pero debe llamarme Greta Baur…, llamarme Hanna sería peligroso para las dos.

Janka apenas podía creer que «Greta» estuviera sentada frente a ella, y se sintió un poco tonta e indigna, considerando el valor que debió haber necesitado esta joven para viajar de Londres a Varsovia. Sin embargo, la presencia de la visitante era como una luz brillante que resplandecía a través del triste departamento. Por primera vez en meses, Janka sintió una incipiente sensación de propósito, de esperanza.

—¿Qué puedes decirme? —preguntó Janka, mientras le llevaba el té.

—Muy poco, pero espero que pueda brindarme información.

Hablaron durante mucho tiempo sobre todo lo que Janka había experimentado desde que comenzó la guerra: lo que sabía de los Majewski; cómo había rescatado a Aaron dos veces de los guardias nazis; cómo habían obligado a la familia a abandonar el departamento; cómo había conocido al amigo de su hermano, Zeev; cómo había visto al guardia matar a una mujer que arrojó pan por encima del muro; la relación fallida con su esposo y su estrecha asociación con los nazis, incluido Herr Mueller y, lo más angustioso, su última visita al gueto y el Aktion nazi.

Hanna le dio las gracias después de que Janka terminó.

—Cuénteme lo que pueda sobre usted —suplicó Janka.

Hanna le contó historias de cómo creció en Varsovia: cuando nadaba en el Vístula; cuando iba de compras en Krochmalna con su madre y su hermana; las visitas a la sinagoga y de la vida a la que le había dado la espalda, pero concluyó con:

—No puedo contarle nada de lo que ha ocurrido desde que me fui.

Janka, que había tomado su lugar en el sofá junto a Hanna, tomó las manos de la visitante.

—Tenemos que ayudarlos.

—Lo sé. Por eso estoy aquí. Tengo un plan, pero llevará tiempo.

—Haré lo que pueda —expresó Janka.

Antes de que pudiera decir algo más, fueron interrumpidas por una conmoción en las escaleras. Karol le gritó a un vecino:

—¡Fuera de mi camino!

Janka podía notar, por su dificultad para hablar, que estaba borracho.

—Es mi esposo —le dijo a Hanna, con los nervios de punta. No había tiempo para esconder a su visitante, como había hecho con Aaron. ¿Qué pensaría Karol de la mujer extraña sentada en el sofá?

—Déjeme hablar —comentó Hanna—. Y mantenga la calma.

Recuerde…, Greta Baur. —La chica palmeó su bolso negro, como si llevara algo confortante en su interior.

La llave se deslizó en la cerradura y la puerta se abrió. Karol estaba de pie en la entrada, con la cabeza agachada; emanaban breves jadeos de su boca por haber subido las escaleras, y traía una pistola empuñada en la mano derecha.

Janka dio un grito ahogado y se tapó la boca con las manos. La camisa de trabajo azul de su esposo estaba abierta, revelando una camiseta blanca salpicada de sangre. Janka miró a su visitante, quien parecía imperturbable ante la imagen.

Karol, con el cabello negro alborotado por la pomada resbaladiza habitual, se apoyó contra el marco de la puerta y las miró fijamente.

—¿Quién es esta? —Agitó la pistola en el aire de manera caótica. Janka temía que se disparara accidentalmente—. ¿Y qué está haciendo aquí? —

preguntó con una voz insistente al borde de la ira.

Hanna se levantó del sofá.

—Soy Greta Baur. Estaba hablando con Frau Danek sobre los residentes de este edificio. Puede ser que mi familia se mude cuando otros sean desplazados.

—¿Desplazados? —Karol se deslizó alrededor de la puerta como una serpiente y se desplomó contra ella, cerrándola de golpe.

—Yo le abrí la puerta a Greta cuando la oí tocando —agregó Janka, acercándose a él—. ¿Qué diablos pasó, Karol? ¿Estás herido?

Karol le hizo señas para que se alejara.

—Déjame solo. Necesito sentarme. —Se tambaleó hacia el sofá. Hanna levantó su bolso, apretándolo contra su costado y permitiendo que Karol

tomara su lugar. Él agitó la pistola en dirección a Hanna—. No estoy herido, son los judíos los que están sufriendo.

—Preferiría que guardara el arma —dijo Hanna.

—¿Quién crees que eres? —Karol se enfureció—. Diciéndome qué hacer en mi propia casa…, si no estuviera tan… —Intentó levantarse del sofá, pero cayó hacia atrás—. Déjame ver tus papeles.

Hanna abrió su bolso.

—No tiene ninguna razón ni autoridad para pedir mis papeles. Sólo porque su esposa ha sido tan amable… —Se los entregó a Karol.

Deslizó la pistola entre un cojín y el respaldo del sofá y miró los papeles con los ojos entrecerrados.

—Greta Baur, ¿por qué estás aquí? —Karol empezaba a relajarse un poco ahora que estaba tranquilo y la bebida había vuelto a apoderarse de su mente.

—Mi esposo, Stefan, es chofer del Alto Mando. Con todos los reasentamientos, hay más departamentos desocupados, incluso entre los polacos. Deseamos asentarnos en la ciudad. Este parece un buen edificio.

—No nos vamos a mudar —dijo Karol, arrojando los papeles.

—Eso me comentó su esposa. Parece que están bien ubicados aquí. Me alegra saber que todos estamos al servicio del Reich. Otros en este edificio no son tan afortunados.

Janka estudió a Hanna. Estaba tranquila, serena, segura de su historia, preparada para este momento de una manera que la convenció incluso a ella.

—Deberías irte —indicó Karol—. Necesito dormir.

—Estaba saliendo cuando llegó —añadió Hanna—. Lamento lo de su accidente.

Karol sonrió.

—No fue un accidente.

Hanna estrechó la mano de Janka y le dijo:

—Puede que nos veamos en el futuro.

—No si yo tengo algo que decir al respecto —afirmó Karol, estirándose en el sofá.

—Buen día, Herr Danek.

Estaba sola de nuevo con su marido. «Greta» le había dado la inyección de valor que necesitaba, pero esta se disipó rápidamente en el aliento empapado de licor y la figura salpicada de sangre de su esposo.

Karol se levantó sobre los codos.

—Maldita Kraut… Entrar aquí como si fuera la dueña del lugar. No vuelvas a hablar con ella. Mándala lejos si regresa.

Janka se quedó de pie junto a la estufa, sujetándose de ella, tratando de controlar su temperamento.

—Primero fueron los judíos, y ahora los alemanes. ¿Con quién se supone que debo hablar?

—¡Cállate y sírveme un trago!

Janka encontró la botella de brandy, que estaba casi vacía. Era más fácil complacerlo que pelear. Sirvió lo que quedaba en un vaso y se lo llevó, mirándolo con lástima.

—¿Qué sucedió?

Él se dio la vuelta, metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó un puñado de zlotys doblados que agitó en su cara.

—Esto es lo que sucedió, lo que nos permite seguir adelante.

—No quiero escucharlo.

—Te lo diré de todos modos —dijo con sarcasmo—. Cuando acorralan a los judíos en la Umschlagplatz, algunos de ellos intentan escapar. Es como dispararles a ranas en un estanque de nenúfares. Los ucranianos y yo somos buenos tiradores. Arrastramos los cuerpos lejos. —Señaló las manchas en su camisa.

Ella se alejó.

—Me das asco.

—¡Vete a la mierda! Te estoy manteniendo con vida. Deberías ponerte de rodillas.

Ella se giró hacia él.

—¡No! Si estuviera en mi poder, te echaría de esta casa.

Él alcanzó la pistola.

—Pero no está en tu poder.

Ella corrió hacia la puerta, la abrió de golpe y bajó corriendo las escaleras hasta que llegó a salvo a la calle, mientras escuchaba los bramidos de su esposo.

Se fue corriendo al único refugio que conocía, la iglesia; se sentó en un banco y lloró. Nadie la molestó y nadie le preguntó qué le pasaba, ni siquiera el sacerdote que la conocía desde hacía años. Pensó en confesarse, pero incluso eso le revolvió el estómago. ¿Qué necesitaba confesar? No había hecho nada malo, excepto querer dejar atrás a su esposo y a Varsovia.

Janka se sentó durante varias horas en la tranquila iglesia antes de reunir el valor para regresar a casa. Cuando llegó a la puerta del departamento, oró a Dios para que Karol se hubiera desmayado por la bebida o estuviera muerto.

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