Mi yo contigo
Capítulo 13
Beso
«¿Por qué cojones has dicho eso?», se preguntó Stuart. Su boca había sido más rápida que cerebro. Quería borrarlo, volver en el tiempo como en las películas hasta el momento en el que todavía no había soltado semejante insensatez.
—Vale —contestó Lucy.
«¿Vale? ¿Cómo que vale? Un momento, para, para, para. No vale en absoluto. De aquí no puede salir nada bueno», se arguyó a sí mismo Stuart. «No seas gilipollas, solo la estás ayudando», se contradijo. «Será bueno para su autoestima y, por tanto, para el caso. ¡Ja! Eso no te lo crees ni tú, Stuart», argumentó. «Un momento, estoy discutiendo conmigo mismo, yo no hago eso, yo siempre estoy de acuerdo conmigo. ¡A la mierda!»
—Está bien, vamos a hacerlo —sentenció.
—¿Sí? —preguntó ella dudosa.
—Sí —confirmó Stuart.
—¿Cómo?
—Pegamos nuestros labios y si uno dice para, el otro se para. No hay más, ni malentendidos, ni dobles lecturas, ni confusión. La ley lo dice claro, y el diccionario también: parar es parar.
—Pero ¿y qué pasa si se ha traspasado el punto en que eso no es posible?
—No existe un punto en que no lo sea —aseveró Stuart.
—A veces, la pasión… —quiso rebatir la chica.
—Patrañas.
—¿Patrañas?
—Eso es blanquear sentimientos. Se dice para justificar lo injustificable, como «quien bien te quiere te hará llorar» o «te pego porque me importas».
—En los libros… —Lucy se levantó nerviosa y se puso a pasear por la habitación.
—Las novelas son novelas, te entretienes, te pueden hacer sentir cosas, pero no son un manual de instrucciones.
—Para ti es fácil hablar así. —Se volvió para mirarlo directamente a los ojos.
—¿Ah, sí?
—Tú eres pragmático, frío…
—¿Porque quiero respetarte? No debes culparte por lo que pasó. No fuiste responsable de nada —argumentó él dándose cuenta de que, en realidad, Lucy seguía sintiéndose responsable de lo que pasó. De todo lo malo.
—No lo sé… No sé qué pensar…
—Si fueras otra persona —continuó él levantándose y acercándose a ella — ahora mismo te cogería la mano y te enseñaría lo poco frío que me siento en este momento.
—Hazlo.
—¿Qué?
—Estoy cansada de que todos me tratéis como si me fuera a romper.
—Cariño, te rompiste.
—Me estoy arreglando.
—Sí. —La miró durante un largo minuto—. ¿Estás segura de esto?
—Como alguien me dijo una vez, no fueron los penes los que me hicieron daño, fueron las personas.
—Tengo miedo —confesó Stuart con una leve sonrisa dibujada en sus labios.
—¿Tú?
—¿Te sorprende?
—Un poco sí, la verdad.
—No quiero que vuelvas a temerme, como al principio.
—Nunca volveré al principio. Además, si no me ayudas te odiaré. —Se cruzó de brazos en actitud de clara pelea.
—Lo preferiría, la verdad.
—¡Eres un mentiroso! —lo acusó—. Después de todo no es solo un pene, tú tampoco puedes controlarlo, ¿verdad? —lo provocó.
—Aunque no lo creas, y te juro que casi no lo creo ni yo, no estoy pensando en mí en este momento.
—Pues gracias, pero no necesito que seas tan generoso, soy capaz de cuidar de mí misma. Ahora lo sé, lo siento aquí dentro —se señaló el pecho con el puño.
—¿Y si empezamos por algo más sencillo? —le propuso.
—Eres como todos los demás, diciéndome qué debo hacer todo el tiempo.
—Solo te estoy proponiendo una alternativa. Si dices que no, probaremos con lo otro, aunque me dará un infarto y tú serás la única culpable.
Ella no pudo evitar una ligera risa ante la cara de agobio que puso el hombre.
—¿Una alternativa?
—Ajá —afirmó él con un movimiento de cabeza.
—Te escucho.
—Yo… haré cosas… —le dijo moviendo las manos en el aire sin un patrón.
—¿Harás cosas? —se extrañó ella.
—A ti, te haré cosas a ti. —En esta ocasión la señaló con un dedo.
—¡Ah! Vale.
—Y cuando digas para, yo me paro y luego hago otra cosa y tú dices para y así… hasta que aprendas a confiar en mí, digo en los hombres… —se corrigió—, en que no va a pasar nada que no quieras.
Una voz en el interior de Stuart seguía preguntándose cómo habían llegado hasta ahí, aun así, continuó con su plan.
—¿En los hombres? o ¿en ti? —insistió ella.
—En general —confirmó—. Esto es solo un experimento. Si yo puedo parar, puede hacerlo cualquiera, incluso tu Charlie ese, si algunos no lo hacen es porque son malvados, no porque no puedan, no por ti.
—Ojalá pudiera racionalizarlo, pero no sé hacerlo.
—Tendrás que darte tiempo. ¿Lo hacemos?
—Lo hacemos. ¿Empezamos ya?
Stuart acercó su mano a la mejilla de la joven y la acarició despacio, bajó por su cuello hasta la clavícula.
—Para —susurró ella.
Él separó los dedos. Dejó pasar unos segundos y le puso la mano en la cintura, abrió y cerró los dedos en una lenta caricia.
—Para —volvió a susurrar ella.
Lucy sentía la piel erizarse al contacto de los dedos de Stuart, se sentía viva, espléndida, no tenía miedo, no la abrazaba la angustia, solo él, él y sus manos, sus dedos, su ternura.
Stuart dejó pasar unos segundos y se acercó a ella. Le acarició el hueco bajo la mandíbula y bajó por el cuello hasta el escote.
—Para —pidió de nuevo Lucy, aunque con poca convicción.
Él dejó que pasase todo un minuto antes de posar sus labios sobre los de ella, los movió despacio, despertando la pasión de la joven con apenas la promesa de una caricia más pasional. Sus labios finos rozaban los carnosos de ella, empapándose con su sabor, pasaban los segundos, o tal vez minutos, y Lucy no decía nada.
—Tienes que pedirme que pare —rogó él con los labios aún sobre los suyos.
—Para —dijo con la voz quebrada por la emoción.
Stuart se alejó varios pasos para tratar de serenarse. Respiró hondo y cogió la chaqueta de ella de encima del sillón y se la tendió.
—Vamos, te invito a comer, será como una cita, luego podemos ir al cine y a pasear por el parque tomando un helado. Es lo que haréis más o menos, ¿no?
—Sí, supongo. Stuart —lo llamó ella cogiéndole del brazo cuando él ya se disponía a salir por la puerta—, esto que ha pasado, ha sido… ha sido muy…
—Solo ha sido un experimento y ha salido bien, no te has desmayado ni te ha dado un ataque. No le dejes llegar a más en la primera cita. Si quiere algo más en la primera cita, será mejor que lo machaques directamente.
—Lo haré —sonrió ella—. Stuart… —Lo paró de nuevo.
—¿Sí?
—Gracias.
—Ha sido un placer.
Si ella supiera cuánto, se asustaría. Abrió la puerta y se hizo a un lado para dejarla pasar. Su corazón galopaba dentro de su pecho y no estaba seguro de que no sería él el que se desmayara de un momento a otro. Ese corazón suyo era un debilucho, de mañana no iba a pasar llamar al médico.
Habían comido evitando hablar sobre lo sucedido, evitaron también el caso, evitaron sacar el tema de cuando pasó todo lo malo e incluso consiguieron evitar a Charlie. Habían visto una película, tal y como Stuart había propuesto, tomaron un helado paseando por el parque y finalmente decidieron ampliar la jornada con una cena en un bonito restaurante italiano de la zona.
Finalmente, Stuart se armó de valor y sacó el tema del juicio o trato cuando estaban en el postre y ella se relamía el borde del labio para limpiarse el chocolate que le había quedado ahí. Sí, la mejor forma de joder el momento sería hablar de lo que él quería del caso y a ella no le convenía nada.
—Lucy, hay algo que debo decirte sobre… bueno, sobre el caso.
Ella dejó la cuchara sobre el plato, cruzó los brazos en la mesa y lo miró a los ojos con decisión.
—Tienes toda mi atención.
Stuart se aclaró la garganta.
—Tenemos nuevas pruebas, ya no es solo tu palabra contra la de ellos.
Él vio como la chica cambiaba el gesto a algo parecido a la felicidad, si la mezclamos con sorpresa.
—¿De qué hablas?
—Hay otras chicas, otros casos, el mismo grupo de chicos a excepción del que era tu novio.
—¿Se lo hicieron a otras?
—Sí.
—Eso es horrible. ¿Nativas?
—De diferentes razas. No hacían distinción.
Lucy le dio un trago al café con el que acompañaba la tarta de chocolate y Stuart se fijó en que le temblaban las manos. Se las cogió en un intento de reconfortarla, pero ella lo apartó.
—Eso… eso será bueno para el juicio, ¿verdad? —preguntó al fin.
—Si lo hay, sí.
—¿Cómo que si lo hay? —Los ojos de la chica echaron chispas, unas chispas que podían provocar un gran incendio.
—Además de las nuevas testigos, tengo la pieza débil, si lo presiono le sacaré una confesión.
—Pues hazlo, ¿por qué no lo has hecho ya?
—Los estoy dejando hervir a fuego lento. Confía en mí, Lucy, soy bueno en lo que hago. Pero hay algo que tienes que decidir.
—Ojalá pudiera decidir el castigo.
—En parte puedes hacerlo.
—¿Qué pasa, ayudante? —Hacía mucho que no lo llamaba así. Lucy estaba en pie de guerra.
—Podemos llegar a un acuerdo.
Lo soltó de golpe, a bocajarro, sin preámbulos. Lo soltó y dejó que lo masticara, y parecía que lo estuviera haciendo, porque su cara era pétrea. Había apretado la mandíbula, las aletas de la nariz hinchadas mostraban que estaba respirando con dificultad, y los puños…, debía estar haciéndose daño de tanto como los apretaba, se veían blancos.
—Eres un hijo de puta, Stuart K Lyon. —Fue todo lo que dijo antes de agarrar sus cosas y salir del local hecha una furia.
—Espera… me cago en… espera, Lucy… ¿se puede saber…? —Dejó aprisa unos billetes encima de la mesa y salió corriendo detrás de ella.