Mi yo contigo
Capítulo 14
Sí, beso
La traicionera lluvia había comenzado a caer mientras ellos estaban dentro del restaurante. Lucy ya estaba empapada cuando Stuart la alcanzó fuera.
—Lucy, ¿quieres esperar? Hablemos.
—No tengo nada que decirle, ayudante Lyon.
—Vale, estás enfadada, lo capto. Ahora, ¿puedes parar un momento para que hablemos? —le dijo arriesgándose a cogerla del brazo.
Tal y como esperaba Stuart, Lucy se soltó de un tirón, pero no lo dejó ahí, le dio un empujón enviándolo contra la pared.
—Quieres deshacerte de mí y mis problemas, ¿eh? Has decidido ir a lo fácil y no tenías pensado consultarme, confiesa, sé un hombre por una vez en tu vida.
—Deja de insultarme, Lucy.
—¿O qué?, ayudante Lyon —lo provocó ella apuntándole con el dedo.
—O esta conversación se habrá terminado aquí, te meteré en un taxi y te mandaré a casa.
—Es usted un cobarde, no tiene derecho a decidir sobre mi futuro.
—No he decidido nada, te he dado la opción de elegir a ti, cosa que no tengo por qué hacer, por cierto. Y lo que yo quiero es un juicio, son tus amigos los que tratando de protegerte desean evitarlo.
—¿Mis amigos? —le preguntó sorprendida.
—Sí, pero en realidad solo quieren protegerte de todo lo que se montará alrededor.
La lluvia seguía cayendo, empapándoles y dificultándoles mirarse a la cara.
—No necesito que me protejan tanto, los quiero, pero están comenzando a agobiarme y tú no me haces ningún favor dejando de ser la persona egoísta que eres.
—Sigo siéndolo, he estado a punto de no decirte nada y seguir hacia delante con el juicio…
—Me lo habría dicho Jeremy…
—Sí, pero yo decido si los encauso o no, al margen de lo que tú quieras.
—Yo quiero ir a juicio, quiero enfrentarme a ellos y quiero verlos tan derrotados como ellos me dejaron a mí, y, sobre todo, quiero que vean que ahora soy fuerte, ya no van a poder conmigo —le confesó agarrándolo de las solapas de la empapada chaqueta.
—Pero tienes que saber que Jeremy tiene razón en cuanto a todo lo que se va a hablar de ti. De lo que has hecho, de los novios que has tenido, de si te gusta… en fin… cosas de tu pasado, las redes sociales lo distorsionarán todo y será duro.
Stuart le puso las manos alrededor de la cintura sin apenas darse cuenta, dejándose llevar por el momento, el frío repentino y la adrenalina de la discusión.
—Podré soportarlo, y tú me ayudarás. Lo haremos juntos. —Sin pensarlo un momento se acercó a él y, abriendo la boca, lo besó con pasión. Una pasión pasada por agua, enervada por la pelea y combinada con ternura.
Él se alejó un paso y al minuto la cogió de nuevo y esta vez la besó a conciencia, introdujo su lengua en ella, la paseó por su boca, exploró cada recóndito lugar y la sintió arder en sus brazos.
—Pídeme que pare, por favor —le rogó en un momento de lucidez.
—Para.
Nadie más que ellos dos, podrían haberla oído.
Stuart se alejó de ella jadeando, lo suficiente como para reponer fuerzas, tras unos momentos se volvió a acercar, pero tras poner sus labios sobre ella se separó bruscamente y paró un taxi.
A Lucy no le dio tiempo a reaccionar, observó como si tratara de otra persona cómo él la metía en el coche, le daba la dirección del rancho de Wellstone al taxista y le entregaba un billete de cien con una tarjeta.
—Si no es suficiente, póngase en contacto conmigo mañana.
—Algo en mí está mal —susurro ella ya a solas. Sacó su teléfono del pequeño bolso y le mandó un mensaje.
Lucy 01:15
Eres un mentiroso
Stuart 01:17
He parado ¿no?
Lucy 01:17
No te lo había pedido
Stuart 01:18
Yo también decido, de eso se trata.
He decidido parar.
Stuart dio vueltas por la ciudad, a pesar de estar mojado no concebía irse a su casa, no se encontraba en condiciones, valoró realmente ir a las urgencias de un hospital, el dolor en el pecho en el momento en que había besado con desesperación a Lucy solo se podía comparar a su dolor en otra zona aún más sensible de su cuerpo.
Había terminado buscando la dirección de Leo, el enfermero amigo de Jeremy, y ahora acababa de aparcar delante de la puerta del edificio de apartamentos en el que vivía. Él podría ayudarlo sin levantar demasiadas sospechas, tal vez solo fuera la tensión, la tendría alta como su padre, o el colesterol. ¿El colesterol hacía que te doliera el corazón? No lo sabía, él sabía de juicios y peleas, pero no de enfermedades. Lo que estaba claro es que el pulso que le latía en la cabeza se la iba a partir en dos.
Cuando Leo echó un vistazo por la mirilla de seguridad de la puerta no creyó lo que veían sus ojos. Abrió aún con la sorpresa reflejada en el rostro.
—¿Stuart K Lyon? Son las dos de la mañana…
—Tienes que tomarme la tensión o algo —le interrumpió entrando sin pedir permiso.
Se plantó en medio del salón y lo miró esperando una reacción por parte del otro hombre.
—¿Perdona? —Fue todo lo que Leo pudo decir.
—Me duele el pecho, tengo palpitaciones. —Mientras lo decía se mesaba el pelo con la mano.
—Ve a un hospital, yo no puedo hacer nada y menos a estas horas…
—No me puedo permitir que la prensa se entere de que tengo problemas de corazón —le dijo sentándose en el sofá, que dejó completamente mojado.
—Yo no soy médico, Stu, y tú no tienes problemas cardíacos.
—Eres lo más parecido a un médico que conozco…
—No me conoces, en realidad. Podría vender esta historia a la prensa por lo que tú sabes.
—No, no. Candy me ha hablado de ti, sé lo que hiciste por ella, tú no eres así.
Leo se quedó pensando un momento, desde luego tenía razón, pero le indignaba un poco la seguridad que mostraba.
—Tú no sabes cómo soy.
—Un momento —dijo poniéndose de pie—, ¿lo harías?
—Claro que él no lo haría, pero si hablamos de mí, eso es otra cosa. —La voz de Lester sonó desde la puerta del dormitorio.
Stuart se puso rígido, una cosa era confiar en el bueno de Leo, pero a Lester lo había trincado él, le había caído una condena notoria que había conseguido cumplir en un centro de rehabilitación, todo ello rubricado por el propio Stuart.
—¿Qué tal si te preparo una infusión, Stu? —insistió Lester—. A mí me funcionan.
—¿Qué coño hace él aquí? —preguntó Stuart.
—¿Tú qué crees? —le contestó Lester que había decidido que no se escondería nunca más.
—Leo —insistió el fiscal.
—Soy mayorcito, no hace falta que… vale, no se lo digas a Chack, ni a Candy, ya que estamos.
—No lo voy a hacer, no es asunto mío, pero…
—Cierto —lo cortó Lester.
—… pero no es bueno para ti, tienes que dejarlo. Como las adicciones, lo mejor es cortar por lo sano.
—¡Eh! Sigo aquí —se quejó Les.
—Pues lárgate —se atrevió a soltarle Stu.
—Ni lo sueñes. Ni lo soñéis ninguno de vosotros, este es mi lugar — aseveró poniéndose frente a él a solo unos pasos de distancia.
—Ve a preparar esa infusión, Lester, por favor —le rogó Leo.
Con algo parecido a un gruñido, se dio media vuelta en dirección a la cocina.
—¡Ponte algo encima! Me están dando arcadas —se quejó Stuart.
—Siéntate —le ordenó Leo—. Las arcadas son por Les, o por el ataque de ansiedad.
—¿Ansiedad? Yo no sufro ansiedad. ¿Por qué iba a tener ansiedad? ¿Por qué? ¿eh?
—Por el juicio de Lucy, ya sabes…
—He tenido casos mucho peores, créeme.
—Está bien. —Leo se sentó frente a él—. ¿Qué hacías en el momento en que comenzó el dolor?
—Estaba hablando con Lucy.
—¿Sobre el caso?
—Sí, bueno, no exactamente. —Leo levantó una ceja interrogante—. Quiero decir que estábamos hablando del ataque, de que no todos los hombres eran así. Siempre se puede elegir, ¿no? Ellos eligieron atacarla, pero podían haber elegido no hacerlo. Le estoy enseñando que los hombres escogemos, que no nos dejamos llevar por una fuerza que no controlamos.
—Y estabas hablando cuando comenzaste a sentir…
—Bueno, no, eso fue esta tarde, pero el dolor fuerte ha comenzado esta noche, con el beso…
—¿El beso? —preguntó Leo verdaderamente sorprendido.
—¿Te has liado con tu clienta? ¿Eso no es ilegal? Desde luego, hasta yo sé que no es ético. Me alegra saber que los hay de peor calaña que la mía — intervino Lester.
—No es mi clienta, yo soy de la fiscalía, mi cliente es el país.
—Gran discurso —apuntó Les—, ¿alivia tu conciencia? ¿tienes conciencia? Porque no has desmentido que te hayas liado con tu clienta.
—¿De verdad te gusta este tío? —Stuart se dirigió a Leo.
—En realidad, no me gusta mucho —se sinceró el joven.
—¿Ah, no? —se sorprendió Lester.
—Volvamos a lo que importa —intentó reconducir Leo—. ¿Te has liado con Lucy?
—No. Es un experimento —dijo tomando un sorbo de la infusión y poniendo cara de desagrado—. Yo la beso, ella dice para y yo paro. Para que tome confianza y deje de culparse a sí misma. Nada sexual. Tiene que saber que no todos los hombres son así, que la mayoría, la gran mayoría respeta a las mujeres.
—Es la idea más estúpida que he escuchado en mi vida —intervino Lester.
—En realidad, yo le encuentro sentido —apuntó Leo.
—Esta tarde, cuando lo hemos intentado por primera vez, ha ido más o menos bien, pero esta noche han comenzado estos horribles dolores de nuevo y he tenido que salir corriendo antes de hacer el ridículo más espantoso. —Le dio otro trago a la infusión—. ¿Qué demonios es esto?
—Tú bebe —insistió Lester que se reía sin disimulo.
—La otra vez —intervino Leo—, cuando viniste al hospital, también lo sentiste estando con Lucy…
—Sí, empezó… ¡joder! no me acuerdo. El caso es que siento que me arde el pecho y me falta la respiración, tengo palpitaciones y se me embota la cabeza.
—¿Y cómo se te pasa? —quiso saber Les.
—Cuando dejo de verla. —Dio otro sorbo—. No está tan mal esto.
—Cuando dejas de ver… ¿a Lucy? —trató de confirmar Leo.
—¿Qué? —se sorprendió Stuart.
—Has dicho que se te pasa cuando dejas de ver a Lucy.
—¿He dicho eso?
—Sí —confirmaron a la vez Leo y Lester.
—Umh. No sé, no creo que lo haya dicho —continuó bebiéndose la infusión.
—¿Cuándo te ha pasado por última vez? —Leo decidió hacer un último intento de hacerle ver a Stuart que su problema tenía nombre de mujer.
—Hace un rato, hemos pasado el día juntos, he tenido algunas palpitaciones, pero al final de la noche, con el beso… en fin. ¿Me ayudas? ¿Me tomas la tensión o algo?
—¿De verdad eres así de gilipollas? —se sorprendió Lester.
—¿Sabes que puedo rebatir tu acuerdo de libertad?
—No, no puedes, y decir eso no te hace menos gilipollas. ¿Cuándo pasaste un día entero con una mujer que no fuera de tu familia y con la que no quisieras acostarte? —insistió Les.
—No lo sé, yo… y, ¿qué más da? —se quejó volviéndose hacia Leo—. ¿Me puedes dar algún tipo de medicación o algo?
—Podría hacerte una recomendación, pero prefiero que te des cuenta tú solito. Será más divertido.
—¿Qué? Te he dicho que no puedo arriesgarme a que se filtre que tengo problemas de corazón, si consigo una buena condena en este caso, tengo el ascenso asegurado.
Leo escribió algo en un papel y se lo entregó.
—Ten, no lo mires hasta que estés en el coche. Y no vuelvas a venir a mi casa de madrugada, ni a ninguna otra hora ya que nos ponemos, o seré yo quien hable de tus… problemas.
—De acuerdo —le contestó levantándose—. Y gracias —le dijo alzando la nota.
Cuando salió a la calle había dejado de llover, la ropa le pesaba y un estornudo salió despedido de su aparato respiratorio. Lo que le faltaba era un resfriado. Se metió en el coche y encendió la calefacción al máximo. Para ser el mes de mayo la noche se había quedado fresca. Abrió la nota.
Trata de echar un polvo
—Pero qué demonios… —fue todo lo que dijo.