Mi yo contigo

Bela Marbel · Capítulo 7 de 30

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Mi yo contigo

Capítulo 6

 

Tiempos pasados

 

Doce años atrás

 

Sentía hambre y frío, pero no era nada comparado con el miedo. La vida no había sido justa con él, eso estaba claro, aunque de nada servía quejarse. Sobrevivir, eso era lo único que importaba. Su madre siempre había dicho: «Un minuto, solo debemos sobrevivir al próximo minuto, un minuto más y todo irá bien». Así es que contó otro minuto y bravo, había sobrevivido.

Leo nunca supo quién era su padre, su madre le habló de un marinero apuesto que murió en un rescate en alta mar. Le habló de un héroe de guerra que falleció en una incursión muy peligrosa. Le habló de un voluntario de ayuda humanitaria que había muerto de una enfermedad mientras trabajaba en un pueblo africano. Él sospechaba que había sido un drogadicto o un alcohólico o un proxeneta… o simplemente un cliente cualquiera en un mal día.

Su madre lo había querido mucho, le contaba historias preciosas de gigantes y princesas y ogros. Pasaban horas charlando y mirando las estrellas; eran libres. Apenas pudo ir al colegio porque siempre se estaban mudando. Cuando era pequeño, muy pequeño, la vida era un juego continuo para los dos. Él pensaba que su madre era la mejor del mundo, la más divertida, la más aventurera, la más guapa.

Claro, que también estaban esos momentos. Los momentos oscuros, los llamaba su madre. Aquellos en los que no salía de la cama y él lloraba y lloraba y pasaba hambre y miedo. Como en ese instante. En ese instante todo era un momento oscuro.

Con el tiempo los momentos oscuros fueron haciéndose dueños de sus vidas, hasta que una señora que decía ser trabajadora social los sacó de la casa que habían ocupado, ayudada por unos hombres de blanco que agarraron fuerte a su madre y le pusieron una inyección mientras ella gritaba y pataleaba, acusándolos de ser espías que trabajaban para el Gobierno.

Entonces Leo solo tenía diez años, pero ya sabía que eso no era cierto. Supo que los de blanco venían de una institución para locos, y que la señora iba a llevarlo a una casa normal. La palabra normal era odiosa. Su madre siempre lo decía: «Todo lo normal es aburrido, nunca seas normal, cariño mío. Debes ser un príncipe o, mejor, un pirata».

Menudo pirata estaba hecho, si su madre pudiera verlo… En una esquina cualquiera tapado con harapos y sobre unos viejos cartones. Lo que nunca podía faltar era su linterna y su libro. Había leído mil veces Las aventuras de Huckleberry Finn, y las leería mil veces más. Huckleberry tenía a Jim, él solo tenía su libro y su linterna.

Habían pasado cuatro años desde que se llevaron a su madre. En ese tiempo había estado en varias casas de acogida. La última vez que lo pillaron el trabajador social de turno le dijo que había tenido mucha suerte, le tocaban buenas familias, familias que solo querían su bienestar.

En la primera la señora Jinglé, una mujer con olor a galletas y perpetuo delantal, además de un poblado moño blanco, le contaba cuentos, tal y como había hecho su madre. Todos los domingos después de misa iban a verla. Pero Cat ya no era Cat, ahora era simplemente Catherine, alguien normal. Le decía que estudiase, que aprovechase el tiempo, que se hiciese un gran hombre. Ya no había piratas ni héroes en su mundo.

Su madre había sido diagnosticada como esquizofrénica paranoide. Mientras estuvo en la calle, tomaba la medicación durante un tiempo, y cuando creía estar bien se daba cuenta de que le aturdía los sentidos y la dejaba. Eso la convertía en alguien maravilloso y horrible a la vez. Alguien que sufría y vivía al límite en todo momento. Alguien incapaz de cuidar de un niño, o de ella misma. Su madre no era agresiva, nunca lo había sido. Solo estaba en un mundo que no la comprendía.

Leo se adaptó a la vida con la señora Jinglé, iba al colegio, hacía los deberes, era un gran lector, aprendía con facilidad, y tachaba en el calendario todos los días hasta que por fin era sábado. Vivía pensando en que llegara el domingo para poder ver a su madre. Estar con ella, que le contara uno de sus cuentos, aunque ya solo fueran palabras sin luz. Necesitaba el contacto físico con ella. Fueron cinco años de paz y tranquilidad en la vida del ya jovencito Leo.

Hasta ese domingo. El día que lo cambió todo. El domingo en que no pudo ver a su madre. Ese día se despertó temprano, como siempre que sabía que vería a su madre. La casa estaba en silencio y no olía a galletas, eso le extrañó, fue hasta el dormitorio de la señora Jinglé y sintió que la pena lo arrastraba de nuevo a un lugar oscuro. Sabía lo que significaba la palidez de la mujer, el gesto ladeado de la cara y la abierta y perdida mirada. Ese domingo nadie lo llevó a ver a su madre. Lo reubicaron con otra familia y comenzó su pesadilla particular.

Conoció un mundo de drogas, alcohol y abusos. Una casa tras otra hasta que en la última robó el bote del dinero y se largó a vivir en las calles. Estaba solo, y nunca más volvería a ver a su madre.

En ese momento todo aquello ya no importaba. No la había vuelto a ver y tenía hambre, frío y miedo. Huckleberry y Jim acababan de escaparse y eso era algo que él no podía hacer. Estaba atrapado. Quería sentirse libre como tantas veces le había dicho su madre, pero no podía. Esta no era la vida que él quería.

Él deseaba un fuego que lo mantuviera caliente, un plato de sopa, más libros. Quería estudiar, quería ser como los enfermeros que ayudaban a Cat. Los que hablaban con ella, los que la sostenían en sus crisis, los que trataban de comprenderla. No quería ser médico, eso no le parecía especial, él quería estar con los pacientes, quería el contacto con ellos.

Pero ¿qué tenía? Su libro, unas zapatillas baratas, pero de calidad, que le había comprado la señora Jinglé y que se le estaban quedando tan pequeñas que llevaba los dedos encogidos, y una manta raída. Sabía lo que tendría que hacer, y pronto, para conseguir comida. No le gustaba, pero era lo que había, mientras estuviera en la calle, podría escoger él. Si volvía a cualquiera de las casas de acogida que le tocaron en los meses posteriores a ese maldito domingo… no. Eso no iba a pasar.

Un chico caminaba por la cera en dirección a él. Le calculó su edad, unos quince años. Lo estaba mirando con curiosidad. Se plantó delante y aseveró:

—Mi tío dice que los que pedís en la calle sois unos vagos.

Él lo miró a los ojos, eran de un reluciente azul, aunque estaban algo rojos, probablemente hubiera llorado, o bebido. Le resiguió de arriba abajo con la mirada. Llevaba ropa de rico. Un polo azul claro, unos vaqueros muy nuevos y unas botas de cowboy relucientes. Piel buena, si se las quitaba y las vendía sacaría para comer un mes, incluso para estar caliente.

—No lo mires así, ¿eres marica o qué? —comentó otro chico que se había acercado a ellos. Tenía una postura mucho más agresiva y los puños dispuestos para pelear. También iba bien vestido, pero su ropa se veía más usada.

Leo continuó sin contestar, intuía peligro y prefería no provocarlos, si lo dejaban hecho papilla no podría conseguir comida.

Una chica rubia se colocó junto a ellos.

—¿Qué hacéis? Hola, soy Candy, ¿cómo te llamas? —le preguntó la joven.

Era muy guapa, muy rubia, se parecía al primero de los chicos, pero en agradable. El segundo matón cambió rápidamente de postura volviéndose un joven lobo con piel de cordero.

—Vámonos, chicos —ordenó—, vuestro tío Jack nos estará buscando.

—Espera, Dustin —pidió la joven mientras sacaba unas monedas del bolsillo de su vestido, alargó las manos y, cogiendo una de él, sucia y renegrida, le puso el dinero dentro—. ¿Quieres que llamemos a alguien para que te ayude? —le preguntó.

Él hizo un gesto negativo con la cabeza. Era un ángel, la chica rubia era su propio ángel. Y le sonrió.

Los tres se alejaron, pero el primero de los jóvenes se volvió y dejó caer un paquete de galletas sobre su regazo. Un amago de sonrisa ladeada apareció en su rostro. Era guapo, mucho, y a Leo le dio un vuelco el corazón. En ese preciso instante entendió que acababa de ganarse un gran problema.

Un minuto más. Solo tenía que sobrevivir al próximo minuto.